Señora Luthor, soy Kara Danvers, de la revista CatCo. Me encantaría devolverle la blusa, si es posible. Y si me pudiera conceder otra oportunidad para hablar de Interface, no podría estarle más agradecida. Quedo a la espera de su respuesta.
Señorita Danvers, soy Dean de nuevo. La señora Luthor tiene que asistir al evento de una organización benéfica esta tarde. Si puede estar en el vestíbulo del edificio a las 17.00, la verá allí.
P.D.: Dice que se quede la blusa.
—Voy a verla otra vez. Oh, Dios. ¡Voy a volver a verla y esta vez no puedo permitirme que salga mal! Tengo que hacer preguntas claras. Contentarlo para que, tal vez, me reciba de nuevo. Nia, es fundamental que lleve el atuendo adecuado. Ayúdame a elegirlo.
—¿Qué tipo de atuendo?
—Algo que sea…
Observo una falda y una camiseta blancas: femenino y puro.
—Yo creo que vamos por algo más fuerte, que diga «aquí estoy yo y me encargaré de todo». —Nia señala una falda gris, una chaqueta corta, entallada del mismo color y unos tacones rojos.
—Pero quería parecer pura y vulnerable —digo con un gemido.
—Vamos, con esto triunfarás.
—Vale —acepto—. Esto y un conjunto de ropa interior bonito que me dé seguridad.
El jueves le digo a Cat que he conseguido una entrevista para marcharme antes del trabajo.
—¿Vas a ir así vestida? —Señala el atuendo que Nia y yo elegimos. Asiento con la cabeza.
Frunce el ceño.
—Pareces demasiado… una secretaria. ¿No podemos elegir algo un poco más sensual? ¡Queremos despertar su interés sexual!
—Pensaba abrirme un par de botones para que se me viera algo de escote—la tranquilizo.
—He escuchado que este fin de semana hay un fiestón en el Ice Box. ¿Has conseguido información sobre esto?
No, pero lo escuché mencionarlo en el coche.
—Intentaré asistir —le aseguro.
Llego temprano a L4 y pregunto si puedo verla antes de marcharnos.
—¿Cinco minutos para que le devuelva esto? —pregunto, levantando la percha con la camisa limpia y con la funda de plástico de la tintorería.
Una de las asistentes coge el teléfono, susurra algo al receptor, señala con la cabeza y me pide que me siente.
Hago lo que me dice, tras un minuto, levanto la mano libre levemente hasta la blusa y desabrocho el botón superior.
Luego me desabrocho otro y el aire me acaricia la piel del canalillo.
Respiro hondo y sopeso volver a abotonarme la blusa al menos una docena de veces hasta que me permiten entrar en su despacho. Cuando la veo de pie detrás del escritorio cogiendo la chaqueta del respaldo de la silla, se me olvida.
Una mujer de negocios de metro ochenta hecha a mano, con corbata negra. La visión de Lena Luthor con esa blusa blanca almidonada mientras agarra la chaqueta me parece tan evocadora y seductora.
No puedo dejar de mirarla. Capto su expresión en el momento en que me ve y me devuelve la mirada en silencio. Dios. Me perturba en todos los sentidos. No soy inmune a su atracción. La siento como un puño en el estómago, cada mirada es como un puñetazo más profundo.
Arquea las cejas con curiosidad, a modo de pregunta.
—¿Y esto?
Al darse cuenta de lo que llevo, se echa la chaqueta sobre el hombro, se queda quieta, me mira durante un segundo que se me hace eterno. Siento las piernas como si fueran de gelatina.
Creo que ni siquiera ha echado un vistazo «ahí», pero mostrar un poco de escote nunca me ha hecho sentir tan expuesta.
—Señora Luthor. —Me aclaro la garganta y el silencio se extiende entre las dos mientras se pone la chaqueta.
—Kara —dice con una sonrisa tan misteriosa que desearía saber en qué piensa.
Doy un paso adelante y le tiendo la blusa por encima del escritorio pulcramente organizado.
—Creo que esto es suyo. Siento la tardanza. Tuve que llevarla dos veces a la tintorería, primero a una ecológica y luego a otra normal para intentar quitarle una manchita de pintura.
Mira la blusa como si le divirtiera verla de nuevo y lo único que me pregunto es por qué todavía me siento tan desnuda si ni siquiera me está mirando el escote.
—Le dije a Dean que podía quedársela —me comenta.
—Me pareció inapropiado hacerlo.
Se inclina hacia el ordenador y escribe varios dígitos para bloquearlo.
—¿Por qué?
Al fin, agarra la percha de metal; sus dedos, cálidos y largos, envuelven los míos, los sujeta con fuerza mientras recupera la blusa. Cruza el gran espacio del despacho para colgarla con el resto y enseguida me abrocho los dos botones que había desabotonado; por fin puedo respirar.
—¿Alguna vez ha recibido un regalo, Kara? —pregunta. Es demasiado perspicaz, demasiado observador.
—Bueno, de hecho, yo… No. En realidad, no…
—¿Ni siquiera flores? ¿Algún novio de turno o novia?
Con un toquecito en la pared, abre el armario oculto y sigue mirándome desde el otro lado de la habitación. No puedo imaginarme por qué eso importa o le preocupa siquiera, pero logro responder.
—No.
Cuelga la blusa dentro, con el resto de ropa, pero por el brillo de sus ojos, parece que esta noticia le fascina, y no comprendo por qué. Gimo.
—Va a burlarse de mí, ¿no? - Levanta una ceja ante la pregunta.
—¿Yo? ¿Burlarme?
—Creo que le gusta burlarse de mí. Se está riendo de mí con la mirada ahora mismo —la acuso, apuntando a su cara mientras vuelve con ese paso largo, seguro y con la sonrisa más hermosa que me ha dedicado hasta ahora.
—Tal vez porque me gusta cómo se sonroja.
Ahora me estoy sonrojando mucho.
Su mirada no es tan gélida como la recordaba. Me siento tan caliente como refleja su mirada.
—¿Qué hay de su padre? —Se mueve hacia la puerta y salimos de su despacho.
Quiero darle una respuesta divertida e informal, pero nunca se me ocurre nada así sobre mi padre que de verdad sucediera. Esperamos el ascensor.
—Murió antes de que pudiera regalarme nada —murmuro al final.
El ascensor llega y me indica que entre. Mientras paso, agacha la cara hasta que noto su aliento en la oreja.
—No pretendía incomodarla, Kara.
Cuando subimos, todas las asistentes y todos los trabajadores que se encuentran en la planta parecen estar esperando, atentos a lo que haga Luthor. Me quedo ahí de pie, en silencio, a su lado, igual de atenta.
—No lo ha hecho —susurro para que solo ella lo oiga. Pero, oh. En realidad, no necesita hacer mucho para hacerme sentir incómoda. ¿Por qué importa mi vida personal? ¿Pensará que estoy demasiado verde, que no tengo suficiente experiencia para entrevistarle como merece una mujer de su posición?
Una de sus asistentes lo llama:
—Oh, señora Luthor. — Entra en el ascensor antes de que podamos marcharnos.
—¿Sí, Cathy?
Abre una carpeta y señala algo escrito allí.
—Está bien —responde la mujer en voz alta.
—Vale —dice—. ¿Y esto?
No lleva demasiado perfume. Su boca me distrae un poco mientras sigue respondiendo las preguntas que la asistente parece señalar con el dedo. De repente, esos labios que están frente a mí se curvan un poco, cuando levanto la mirada unos centímetros, advierto que me acaba de pillar observándola.
Estoy ruborizada cuando llegamos al vestíbulo.
—Gracias, Cathy —le dice.
—De nada, señora Luthor.
Cathy. Por lo menos tiene diez o veinte años más que ella, sin duda, está enamorada. ¿Cuánto tiempo lleva aquí?, me pregunto y me envío a mí misma un correo electrónico como recordatorio.
—¿Está bien? —Luthor me pasa una botella de agua ya en el coche. Sentada frente a mí, pareciera que ocupa todo el asiento de cuero de color hueso. Se le ve relajada, hoy lleva el cabello, negro y sedoso. El verde de sus ojos cambia a diario. ¿Tal vez esa es la razón por la que no puedo quitarle ojo?
—Sí, gracias por recibirme —le digo al final.
Saco las notas porque esta vez no voy a cagarla. Bebe agua en silencio mientras comienzo a soltar las preguntas. Me entero de que:
Interface también ofrecerá videos de Tumblr, gifs y vídeos de YouTube. La página web tendrá una gran capacidad para compartir archivos.
Las suscripciones de los usuarios exceden la estimación actual un 160 por ciento al día.
—Entonces, ¿Interface es la trigésima quinta empresa que ha creado desde cero?
—Trigésima quinta, trigésima sexta… El número es irrelevante. Cada una es como si fuese la primera.
Cuando llegamos, el evento ha comenzado. Tiene lugar en un gran jardín de la parte trasera de una mansión. Hay varias decenas de mesas con mantelería blanca, un podio, arreglos florales de sobra. Un gran toldo protege las mesas del sol y la lluvia, creando un efecto elegante y hermoso.
SALVA UN ANIMAL, dice la gran pancarta en letras azul marino situada sobre el podio. Cuando Luthor se detiene junto a una mesa para coger una paleta para la subasta, me siento confundida.
—Pensaba que hoy hablaba en público —comento mientras la sigo por las mesas.
—Voy a dejar que hable mi billetera.
—Luthor —dice un chico que se aproxima con una cámara—. Pensaba que no te caían bien los periodistas.
No recuerdo el nombre del chico, pero de repente me acuerdo de que trabajó unos días en CatCo. Es alto, rubio, joven y me mira con todo tipo de envidia profesional.
Luthor me toma del codo, ignora al chico y lo dejamos atrás mientras le advierte en voz baja:
—Métete en sus asuntos, Gregg.
—¡Tú eres mi asunto, Luthor! —grita Gregg.
Callada e intrigada por su reacción, levanto la vista para leer el perfil ilegible de Luthor. Enseguida me quedo impresionada por lo fácil que se quita al chico de la cabeza. Debe de estar acostumbradísima a este escrutinio, hasta el punto de que todos podríamos ser moscas, compitiendo por su atención, esperando a que haga un movimiento que podamos llamar notición. A veces complace a la prensa, ya que en otras ocasiones ha sido imprudente. ¿Cuánto deben de haberlo puesto al límite para que haya actuado con insensatez?
Noto que ignora a la mayoría de la gente o que solo saluda de forma cordial. Pero la actitud que irradia es «no me importa una mierda». La gente, por otra parte, no puede resistirse a su magnetismo. Parece gravitar hacia ella en cuanto lo ven. Soy incapaz de explicar el tipo de miradas venenosas que me llevo por parte de las mismas mujeres que luego lanzan miradas de adoración a Luthor.
Me sienta a una mesa en primera fila.
En cada asiento hay un pequeño catálogo de fotos de los animales salvajes más bonitos que he visto nunca.
—¿Qué opina? —me pregunta en un tono frío y formal mientras hojeo uno.
—¿Va a salvar a uno de estos animales? —pregunto, perpleja cuando asiente con la cabeza—. Es imposible elegir uno.
—Estaban en un circo. Los van a eutanasiar si no encuentran un hogar, para eso necesitan un patrocinador que ayude al zoo de la zona con los gastos de manutención.
—Qué triste me siento ahora. —Miro la lista de animales y me detengo en uno—. El elefante. Creo que es uno de los animales más nobles. Son tan atentos, tan fuertes y tan amables…
—¿Esa es su elección? —pregunta como si no lo divirtiese.
—No, acabo de empezar —digo, con el orgullo herido—. Los elefantes dan suerte. Apuesto a que, si salva a este elefante hoy, su suerte lo salvará algún día.
—Soy absolutamente insalvable, señorita Danvers, pero vamos a por el elefante. —Me pasa la paleta numerada para que haga la apuesta, luego, se sienta, saca el teléfono y responde correos electrónicos mientras levanto la paleta.
Empiezo a enloquecer a medida que el precio sube.
—Luthor…
—Siga hasta que sea suya.
—Es suya —corrijo. Se encoge de hombros.
—Si eso hace que se sienta mejor…
Salvamos a la elefanta, que se llama Rosie; ahora tendrá un hogar de por vida. También me quitó el palo y apostó por los demás animales lo suficiente como para aumentar el precio y hacer que el resto pagase un dineral. No dijo que iba a hacerlo, pero hacia el cuarto animal observé que estaba apostando por todos, llevando al límite a los presentes hasta que quedaba satisfecho.
Es como si el mundo fuera su patio de recreo. Estoy asombrada y también un poco asustada.
Luthor podría acabar con la revista…
Acabo de contemplar un lado tranquilamente despiadado de ella y espero no verla nunca en mi contra.
Cuando volvemos, está al teléfono hablando en otro idioma y yo trato de ignorar que el sonido de su voz acariciando las palabras extranjeras me hace removerme en el asiento. Escribo notas en el teléfono para mandármelas por correo, en especial la que me ocupa toda la mente.
No hace prisioneros. Solo aumenta el precio hasta donde los demás están dispuestos a pagar. ¿Por qué? Desafía a sus iguales y a estos no les gusta ¿Cuántos enemigos tiene?
Empiezo a sonrojarme cuando pienso en cómo parecía disfrutar tomándome el pelo. Suspiro y la observo hablar con alguien que estoy bastante segura que es Sam Arias. Se muestra distinto con sus amigos. Más a gusto, menos intenso. Pienso en las llamadas de negocios y en su actuación de hoy.
Es impulsiva e implacable; absolutamente insaciable.
Cuando volvemos a las oficinas de L4, donde lo espera el brillante BUG 3 con alguien de pie junto a él con las llaves, se despide con un «buenas noches». Le agradezco el tiempo que me ha dedicado hoy, luego, me siento allí, torturada, y me pregunto si esta ha sido mi última entrevista.
Cuando llego a casa, reflexiono sobre cómo voy a conseguir que vuelva a recibirme. Me siento inquieta y hasta pienso que esto ha terminado. Me pregunto si pareceré demasiado desesperada si le pido otra entrevista. Tal vez le escriba y consiga una cita otro día de esta semana.
Al abrir la bandeja de entrada de Interface y empezar un nuevo mensaje, busco la subasta y encuentro una hermosa foto del elefante. Añado una leyenda con lo siguiente: Sí que sabe cómo tratar a una chica; es mi héroe. Luego, escribo un mensaje:
Señora Luthor, no solo he disfrutado conociendo más cosas sobre Interface, sino que voy a dormir mucho mejor sabiendo que Rosie también lo hará.
Observo las palabras y dudo si estoy yendo demasiado lejos. Le estoy tomando un poco el pelo porque ella ha hecho lo mismo conmigo hoy. Quiero apelar a su lado humano para que comparta algo más conmigo, pero no me gustaría que pensara que actúo de una forma poco profesional. Le pregunto a Nia qué le parece que le envíe una foto del elefante.
—¿Qué tiene que ver un elefante con todo esto?
Decido que es algo que solo va a pillar ella, así que reúno coraje y lo envío. Luego gimo. ¿En serio? Ni siquiera estoy segura de que se vaya a reír, del tipo de humor que tiene. Acabo comprobando los mensajes de manera compulsiva, mientras espero una respuesta, me distraigo leyendo sus entrevistas. Leo y leo sin estar realmente interesada en las preguntas, sino en las respuestas, y más que eso, en cada espacio en blanco entre las palabras de sus respuestas, como si cualquier palabra que no haya dicho me ayudase a conocerla mejor.
Horas después, todavía no he recibido ninguna respuesta a mi mensaje.
Por lo general, en mi dormitorio reina la tranquilidad, pero parece que se la he enviado junto con la foto del elefante. Me paso la noche dando vueltas en la cama.
