XXIX

Harry y Hermione no podían permitir que llegaran refuerzos, pues sería mucho más difícil escapar de la encerrona sin ser descubiertos. Harry decidió emplear la Capa de Invisibilidad, la cual, pese a que no ocultaba su solidez, haría que a los soldados les fuera más difícil verlos, sobre todo, en aquella oscuridad donde no había luna. Cuando se lo comentó a Hermione, ella no puso ningún reparo.

—Es lo mejor que podemos hacer —dijo, mientras se apresuraba en empacar las cosas, apagar el fuego y tapar la leña con tierra—. ¡Diablos!

—¿Qué pasa?

—Se me cayó la escama con la que llamamos a…

Hermione se quedó quieta por un rato, lo que alarmó a Harry. La prisa era crucial para que no los descubrieran, o les fuese más difícil escapar de allí.

—Hermione, ¿podrías apurarte?

—Eso es. ¿Cómo no se me ocurrió antes?

—¿De qué diablos estás hablando?

—Esta noche no hay luna —dijo Hermione, mirando al cielo—, y hay muchas nubes también. Podríamos usar a Morro Negro para llegar más rápido al anfiteatro.

—¿Y qué hay con estos muggles? —dijo Harry, quien esperaba a que Hermione guardara todas las cosas en su bolso de cuentas—. ¿No van a ver al dragón también?

—Se me ocurrió una idea.

Harry, juzgando que era mejor no cuestionar a Hermione, asintió con la cabeza. Ella se acercó al borde del perímetro que dibujaban los encantamientos defensivos, y realizó un hechizo sin pronunciar palabra alguna. En segundos, la maleza cercana a los soldados se encendió en llamas, y ellos huyeron lejos del fuego, justo en la dirección que Hermione quería. Luego, haciendo un gesto a Harry para que la siguiera, ambos se dirigieron hacia una arboleda cercana, y una vez que estuvieron entre las ramas, Harry prendió fuego a la escama. Hermione miraba entre las hojas a los soldados, quienes trataban de apagar el fuego con sus capas, cuando oyó el batir de unas alas gigantescas encima de ella. Harry miró hacia arriba, y vio a una figura tan negra como la misma noche descender sobre la arboleda.

—Pensé que ya no me necesitarías más —dijo Morro Negro con su voz gutural y profunda—. Súbanse pronto, que esos soldados están por apagar las llamas.

Harry y Hermione hicieron caso, y, en segundos, ambos habían montado al dragón, y éste batió sus amplias alas, y se elevó en el aire, volando hacia el sur. Hermione se preguntó cómo Morro Negro podía orientarse en la oscuridad. Jamás había tenido una clase de Cuidado de Criaturas Mágicas donde hubiera visto dragones (aunque Hagrid habría estado bastante feliz si le hubieran dado la oportunidad), pero había leído varios libros sobre dragones, y, a diferencia de las aves, sus cerebros no eran capaces de captar el campo electromagnético del planeta. Mientras volaban por encima de un amplio bosque, la curiosidad pudo más que su silencio.

—Perdón que te pregunte, pero, ¿cómo puedes orientarte, si no tienes pistas visuales?

—Por las estrellas —fue la respuesta de Morro Negro, respuesta que, por supuesto, sorprendió a Harry y a Hermione—. No veo por qué les sorprende. Ya les dije en su momento que recobré la conciencia cuando el Jefe Dragón me tocó. Claro, los dragones salvajes lo hacen por instinto, pero siendo inteligente, no solamente puedo orientarme a partir de las estrellas. También puedo leer el futuro en sus movimientos.

—¿Eres un adivino? —preguntó Hermione, estupefacta.

—Adivinar es afirmar algo que va a pasar sin tener ningún argumento —repuso Morro Negro, elevándose aún más en el aire, de modo que pudiera ver más claramente las estrellas—. Además, leer el futuro no es lo mismo que saber el futuro. Cuando lees algo subjetivo, el significado está sujeto a especulación.

Harry miró a Hermione, y vio que ella tenía una cara de estupefacción. Sabía que ella tenía muchos prejuicios sobre la adivinación, y escuchar a un dragón hablar sobre la diferencia entre leer y adivinar le había dejado helada. Así que es cierto que los dragones son criaturas de sabiduría. Eso que son criaturas salvajes es una mentira. Pero, ¿por qué diablos ahora son unas criaturas salvajes? ¿Qué pasó para que ya no posean inteligencia o sabiduría?

—Pues no me importa cómo lo llames —dijo Hermione testarudamente—. Para mí, eso es adivinación, y puede ser algo muy impreciso.

—No le hagas caso —le dijo Harry a Morro Negro—. A Hermione no le gustan las cosas inciertas.

Hermione gruñó.

Llevaban media hora de vuelo, y ya habían avanzado un buen trecho. Harry miraba recurrentemente hacia abajo, cosa que a Hermione le hacía dar vueltas el estómago. Por supuesto, Harry no lo hacía para incomodar a su amiga, sino para verificar que estuvieran yendo en la dirección correcta. Harry sabía que, aun de noche, había carretas discurriendo por el camino, lo que era fácilmente discernible desde la altura a la que volaba. A juzgar por lo que vio la última vez que miró hacia abajo, no iban muy desviados de la ruta principal. El verdadero reto sería encontrar el sitio del anfiteatro, pues no había iluminación que los guiara, e incluso Morro Negro iba a tener problemas para encontrarlo, a menos que tuviera un as bajo la manga.

Dos horas después, Harry y Hermione comenzaron a tener hambre. Lo malo de viajar sobre el lomo de un dragón era el movimiento y la velocidad a la que desplazaban. No era como, por ejemplo, volar en un avión comercial, donde lo único de lo que uno debía preocuparse era de las turbulencias, pero aun así, era mucho menos movimiento que el que hacía Morro Negro para batir las alas. No podían tomar siquiera un bocado, porque la combinación de movimiento y velocidad haría que despilfarraran comida.

—¿Sabes adónde debemos llegar? —preguntó Harry al cabo de la tercera hora de vuelo.

—Es un anfiteatro, por lo que ustedes me han dicho —repuso Morro Negro, recordando la conversación que habían tenido cuando hubo transcurrido una hora de vuelo—. No se preocupen. Llegaremos. Lo bueno, y malo, de la magia, es que siempre deja huella.

Harry se quedó sorprendido con la declaración de Morro Negro, pues era más o menos lo mismo que había dicho Dumbledore un milenio después. La idea de que los dragones eran dueños de una sabiduría sin precedentes iba cobrando cada vez más sentido a medida que iba conociendo mejor a Morro Negro.

Ya iban cuatro horas de vuelo cuando Morro Negro comenzó a perder altura. La sensación era la misma que cuando uno iba viajando en avión por un tiempo considerable y, de improviso, se siente la presión en la parte superior de la cabeza, señal de que la aeronave había comenzado el descenso hacia el lugar de destino. Claro, había una o dos diferencias entre volar en una aeronave y volar sobre un dragón. Para empezar, la pérdida de altura era mucho más notoria encima de un dragón, y no iban volando tan alto como para necesitar cabinas presurizadas. Además, debido a la velocidad y a la altura a la que volaba Morro Negro, tenía que planear en círculos sobre la zona de aterrizaje para no perder demasiada sustentación. Aquello le causaba un miedo casi irracional a Hermione, quien gritaba como si Morro Negro se fuese a estrellar contra el suelo. Harry le dedicó una mirada de desdén, y ella dejó de gritar, pero todo su cuerpo temblaba.

Cuando Morro Negro dio con sus patas en el suelo, se podía atisbar una franja de color dorado en el horizonte. Hermione emitió un quejido y se apresuró a desmontar del dragón, mientras que Harry sentía exactamente lo opuesto. Deseaba que el viaje hubiese sido más largo, pero tampoco podía quejarse demasiado, porque su estómago ya se estaba hartando de protestar por un poco de trabajo.

—Es una lástima que nuestros caminos se separen aquí —dijo Morro Negro solemnemente—. Pero, Jefe Dragón, estoy eternamente agradecido de que me hayas devuelto la conciencia. Y estoy seguro que tus acciones tendrán repercusiones en el tiempo del que provienes.

—Lo tendré en mente, Morro Negro —dijo Harry, tomando el hocico del dragón una última vez—. Gracias por tus servicios, y que seas un ejemplo para tu especie en este tiempo.

—No te decepcionaré, Jefe Dragón.

Y Morro Negro batió nuevamente sus alas y voló hacia el norte nuevamente. Harry se quedó mirando la figura negra hasta que ya no la pudo discernir, y dirigió la vista hacia el velo, en el centro del anfiteatro.

—No debemos perder más tiempo —dijo Harry, caminando hacia el velo, pero no escuchó los pasos de Hermione seguirlo—. ¿Te pasa algo, Hermione?

Pero ella siguió en silencio. Harry se acercó a ella y vio que tenía una expresión vacante en su cara, como si hubiera visto a un fantasma. Harry la movió por los hombros, pero ella no reaccionó en absoluto. Era como si se hubiera desconectado completamente de la realidad y de lo que tenía que hacer.

—¡Vamos, Hermione! Si esta es una broma, es una muy mala…

—¿Recuerdas que te dije que podíamos haber olvidado algo? —dijo al fin, con una voz ahogada y muy baja, como si le hubieran puesto una almohada en la cara—. Ahora recordé qué fue.

Harry frunció el ceño.

—¿De qué hablas?

—Lo que dijo Morro Negro antes de irse. —Harry jamás había visto a Hermione tan asustada como en esa ocasión, ni siquiera cuando tuvo que montar a Morro Negro por primera vez—. "Estoy seguro que tus acciones tendrán repercusiones en el tiempo del que provienes". Ni quiero traspasar ese velo, por temor a lo que podría encontrarme.

—Aún no sé de qué hablas.

—¡Harry! —exclamó Hermione, luciendo realmente alarmada—. ¡Cuando devolviste la conciencia a Morro Negro, cambiaste la historia! ¡Puede que tenga crías después, y esas crías, tal como él, tengan conciencia! ¡Son mil años de diferencia entre este tiempo y el tiempo del que venimos! ¿Quién sabe qué diablos puede pasar en un milenio?

—O sea, ¿hubieras preferido que nos matara?

—Ya oíste a Morro Negro. Eres un Jefe Dragón. Ellos no pueden atacarte, aunque sean bestias sin conciencia. Bien pudimos haber pasado de largo y no nos habría pasado nada. Hubiéramos tardado más en realizar nuestra misión, pero lo habríamos hecho a la segura y sin correr riesgo alguno.

—¿Y me ibas a decir eso cuándo? —replicó Harry, dando media vuelta para entrar al velo—. ¡Tenías que habérmelo dicho cuando supiste que el dragón no nos iba a atacar! Es parte tu culpa también.

Hermione tragó saliva, pero Harry no tenía tiempo para dudas. Tomó de la mano a Hermione y prácticamente la arrastró hacia el velo, juzgando que era mejor enfrentar los problemas que huir de ellos.