6. Fiesta

Miro el techo del apartamento, terriblemente confundida.

¿Cometí un error al enviarle la foto del elefante?

Me dejé llevar por la emoción, tal vez, he cruzado una línea profesional. Hoy no he sabido nada de ella ni de Dean ni de nadie. Ahora no tengo ni idea de qué hacer, pero sé que esta noche va a asistir a una fiesta elegante en el Ice Box. Necesito ir como sea. Su vida parece estar dividida en secciones a la perfección; por un lado, los negocios y ¿por el otro? Si trabaja duro, su fama de fiestera es igual de conocida o (imposible pero cierto) incluso más.

A la prensa le encanta enfatizar que se rodea de mujeres, pero ¿quién puede culparla? Es guapísima, cuando caminé junto a ella en la subasta, no había ni una sola mujer que no me observara y luego arrastrara una mirada anhelante hasta su hermosa cara. ¿Quién puede culparla de aceptar lo que las mujeres le ofrecen si es una mujer tan joven y sana?

Luthor quizá crea que nos está dando un reportaje, pero ha hecho más que nadie por CatCo últimamente; ha cooperado más de lo que nunca habríamos esperado. Nos ha concedido más tiempo que cualquiera la mitad de importante que ella ha estado dispuesto a concederle a una revista con tantos problemas como la nuestra.

Puedo afirmar que es una jefe dura, pero mi instinto me dice que no es injusta. Interface y todo el conglomerado de L4 son ejemplos de visión y ambición, pero no de avaricia. De sus llamadas telefónicas solo he sacado que es una mujer de negocios extraordinario (según cuentan, es igual de extraordinaria como amante).

En la primera entrevista del coche, cuando pensaba en el Ice Box, ¿a quién llamó? ¿A uno de sus chicos? ¿Arias o Spencer?

Cojo el teléfono fijo que está junto al sofá de la sala de estar llamo a Valentine, uno de mis compañeros de trabajo, el único que está en la sección de sociedad. Conoce a todo el mundo, si no, sabe lo suficiente de ellos como para mentir.

—¿Puedes meterme en la fiesta de esta noche de Lena Luthor en el Ice Box?

—Puedo meterte en cualquier sitio, Kara. La verdadera pregunta es ¿qué me darás a cambio?

—Lo que tú quieras…

—Ah, ¡me encanta mi Kara sarcástica! Ahora te llamo. Minutos después, me llama y dice:

—Estás en la lista.

—Con Nia, ¿no?

—Kara, soy mago, pero no hago milagros. De nada. Me debes una.

—Y pagaré —prometo alegremente—, pero a Nia no le va a hacer gracia.

—¿Qué significa que no puedo ir contigo? —se queja Nia cuando se lo cuento—. Maggie va a salir y ¿tengo que quedarme en casa un viernes?

—Lo siento, Nia. —Hago una mueca mientras busco frenéticamente algo que ponerme—. ¿Qué tal si viene Valentine?

—Oh, no —gruñe—. No confío en ese hombre. Es como el calvo chismoso de Juego de tronos que juega con todo el mundo. —Luego empieza a escribir un mensaje—. Vale, le he escrito a Valentine porque es como el calvo chismoso de Juego de tronos. Podríamos tomarnos unas copas cuando te despache.

Acabo de salir de la ducha aún estoy con el albornoz puesto, mientras Nia y Maggie intentan ayudarme a encontrar el modelito perfecto, cuando alguien toca a la puerta. Maggie se levanta de un salto como si le hubiera caído un rayo. Sale corriendo al baño para arreglarse los rizos y luego cruza la sala de estar para abrir la puerta.

Al hacerlo, ahí está Esmeralda, una chef de un restaurante emergente. Su último ligue. A Maggie se le levanta la bufanda debido a la corriente de aire al abrir la puerta, Esmeralda agarra los extremos y tira de esta hacia ella.

La chica, alta y rubia, la besa en la boca; es un beso tan perfecto y de película que espero que en cualquier minuto suene la música de fondo.

Ningún hombre, ha tirado de mí de esa forma, menos una mujer, si mi primer intento es con Luthor. Nunca me han levantado en el aire como un avión, como le hacían a Maggie de pequeña, ni mi padre me ha basado en la frente todas las noches, como el padre de Nia hacía.

Maggie siempre ha sido la más delicada de las tres. Tiene intención de casarse y es experta en usar su feminidad para conseguir lo que quiere. ¿Y qué quiere siempre? Una pareja.

Nunca he querido un hombre en toda mi vida. Crecí deseando que mi padre estuviera vivo y todos mis deseos se han agotado; ese pozo hace tiempo que se secó.

Nia también los observa, cuando Maggie cierra la puerta tras ella, nos echamos una mirada que dice: ¿Nos estamos perdiendo algo grandioso por nuestro hartazgo?

Nia es la cínica de las tres. Salió con un tal Paul hace unos años, cuando iba a la universidad. Paul es un hombre agradable, no tiene pretensiones. Nunca creerías que alguien que se llama Paul mentiría cuando te dijera que te quiere. Nunca imaginarías que tendría otras dos novias con las que hablaría de ti. Nunca pensarías que el primer chico del que te enamorarías haría que ansiaras permanecer soltera el resto de tu vida.

Nia y yo estamos casadas con nuestros empleos, ambas queremos que siga siendo así. Nia trabaja en una tienda, vive por y para el descuento de trabajadora que obtiene. Yo vivo por y para mi columna.

—Pareces nerviosa —dice Nia mientras me aplico un poco de colorete en las mejillas—. Relájate, Kara. Solo es una mujer por muy divina que sea. Además, a ti no te van las tetas…

—No digas eso, que ya estoy bastante discotecas no eran lo mío ni cuando suplicábamos que nos dejaran entrar.

—Nadie sabrá que no es lo tuyo. Simplemente asegúrate de que parezca que lo son.

Observamos los tres conjuntos que he escogido.

Teniendo en cuenta que me ha visto con un mono y luego con un traje, esta noche quiero transmitir un mensaje completamente diferente con mi atuendo. Sus fiestas son conocidas por su decadencia y no quiero llevar nada que diga que soy una chica trabajadora del montón. Quiero parecer alguien que se lo pasa bien con su gente. Quiero parecer seductora, moderna y atrevida para que lo último que recuerde si me ve esta noche sea que soy la misma mujer que lo entrevistó para un artículo sobre Interface.

—¿Qué te parece? —le pregunto—. Opción 1: una bonita falda blanca con una camisa blanca muy fina. Opción 2: un vestido rojo hasta la rodilla muy ceñido. Opción 3: un vestido negro ajustado.

—A las mujeres les encanta que las mujeres vistan de blanco —dice Nia—. El demonio que habita en su interior no puede resistirse. El demonio que hay dentro de Luthor es el más salvaje de todos. También les gusta el rojo.

—Pero el negro es infalible —contesto—. No quiero llevar en la frente un «hace tiempo que no me acuesto con nadie» ni «ven aquí». Solo quiero llegar allí y decir: «Aquí estoy yo».

Asiente en señal de aprobación, así que voy al baño, me pongo la ropa interior de encaje negro, el vestido y salgo descalza para calzarme los tacones.

Nia deja caer la revista que estaba leyendo mientras valoramos mi apariencia en el espejo de cuerpo entero colocado en la puerta del armario.

Soy alta, delgada y tengo los pechos pequeños al lado de Luthor, pero firmes y turgentes. Tengo la piel de albaricoque y blanca, el cabello rubio platino, heredado de mi madre, que tiene raíces escandinavas, una cicatriz en mi frente, la cual me gusta, le da un toque de carácter a mi rostro. Por alguna razón, a la gente le gustan las curvas de mis hombros y cuello, el vestido escotado las muestra. Enfatiza mi delgadez, las caderas esbeltas y la estrecha cintura. La tela negra realza la translucidez de mi rostro y mi cuello. El cabello me brilla como si fuera oro plateado y tengo los ojos azules con manchas grises. El vestido se ajusta perfectamente a mi cuerpo.

—Pareces una modelo —afirma Nia desde la cama, asintiendo con la cabeza.

—Definitivamente tengo mejor aspecto que cuando lo conocí, con las zapatillas deportivas —respondo.

Me cepillo el pelo y me lo seco con el secador durante unos minutos.

Cuando termino, respiro hondo mientras me observo en el espejo.

—Estés lista o no, Kara, allá vamos.

—¡Claro que estás lista! —anima Nia.

Me río y me giro para mirarla; ojalá pudiera acompañarme. Es mi mejor amiga. Mi hermana adoptiva de corazón. Le sujeté la mano cuando Paul rompió con ella. Le pasé los clínex. Juré que nunca permitiría que nadie volviera a romperle el corazón, que estaría con ella hasta el final y no dejaría que nadie me rompiera el mío. Prometí que seríamos felices y solteras, porque ¿quién necesita un hombre o una pareja? Comimos helado, repetimos el mantra una y otra vez. Me voy a la discoteca, me siento como un ángel con un ala rota.

—Tú puedes —me dice con esa emoción típica de ella.

Trago saliva, cojo el bolso e intento decirme a mí misma que puedo hacerlo. Que quiero hacerlo. Que cuando (no si, sino cuando) escriba este artículo para desenmascararla, por fin silenciaré todas las dudas de mi cabeza sobre si puedo ser de utilidad para CatCo en el momento en que la revista más lo necesita.

Tengo un aspecto muy diferente al de la chica que Luthor conoció en su oficina. Pero no me siento nada distinta. Le doy mi nombre al gorila de la entrada con los nervios a flor de piel y me permite entrar a la discoteca. Siento cada parte de mi ser ceñida por el vestido mientras los tacones negros golpean el suelo.

Mientras que L4 era como un museo, el Ice Box es pura decadencia oscura. Hay esculturas de hielo sobre pedestales por toda la sala, jaulas con bailarinas con el cuerpo pintado colgando del techo y una barra con luces blancas y azules que se extiende de una pared a otra.

Las luces estroboscópicas parpadean mientras la multitud me empuja. Siento el golpe de los graves mientras la canción Waves, de Mr. Probz, suena para la muchedumbre que baila. Las bebidas fluyen en bandejas de plata brillante y están tan adornadas (con frutas, aceitunas, purpurina o coloridos remolinos líquidos) que parecen obras de arte. Esta no es una discoteca ostentosa normal. Es la discoteca de los niños ricos, y dondequiera que mires, hay gente guapa con ropa increíble.

—¡Me la he encontrado! ¡Dios! ¡Cuando me ha saludado, creía que me iba a desmayar…!

Me reconcomen los nervios cuando escucho eso, porque estoy segura de que están hablando de ella. Intento respirar y me adentro más en la discoteca; deseo tanto que Nia estuviera aquí que me duele. La sala está llena de mujeres; es evidente que algunas van de caza, otras ya tienen pareja y algunas están con sus amigos. Respiro despacio, inspirando, espirando, me digo a mí misma que puedo hacerlo, que solo es una discoteca. Puedo pasarlo bien. Hace tiempo que no voy a una discoteca y nunca he estado en una como esta, pero no importa. Puedo entrevistar a la gente y, si tengo suerte, puedo hacer algo más que eso.

Después de escudriñar la zona y tratar de encontrar los mejores lugares para espiar, me dirijo a la planta superior, donde consigo la mejor panorámica de lo que sucede en la esquina más concurrida de la sala de abajo.

Hablando de Afrodita. Se me detiene el corazón cuando veo su cabeza oscura, el nudo ardiente y odioso que siento en el estómago se tensa de verdad. Juro que nadie en mi vida me ha puesto tan nerviosa.

Está sentado con los brazos extendidos a la espalda, una copa de vino y dos mujeres compitiendo por su atención mientras charla con sus amigos. Ciertos ángulos de su rostro masculino se iluminan cuando las luces parpadean; su belleza es de otro mundo.

Vale. Respira. ¿Quiero que sepa que estoy aquí o no?

Las extremidades empiezan a fallarme mientras me obligo a bajar a la planta inferior. Me dirijo al baño de mujeres y me abro paso a través de la multitud de cuerpos hacia un gran espejo por encima de un conjunto de lavabos suspendidos modernistas. Un grupo de chicas se acicalan, se retocan el maquillaje mientras observo los reflejos. A mi derecha, una mujer hace mohines con los labios rojos, a mi izquierda, su amiga hace lo mismo con los labios rosas. ¿Y yo? Sigo siendo yo, pero parezco extravagante, como si este fuera mi sitio. Apenas me parezco a la chica vestida con mono que se presentó en sus oficinas. ¿Me reconocerá así?

—¿Vas a ir a la afterparty? —pregunta la de los labios rojos a la de los labios rosas mientras se retocan el maquillaje.

—No tengo la tarjeta todavía.

—Mira, mira. —La de los labios rojos hace gestos con la tarjeta en el aire.

Se escucha un chillido en el baño y se mete la tarjeta en el sujetador.

—¡Mía!

—Entonces, ¿hay una afterparty? —les pregunto.

—En el ático de Luthor —dice una asintiendo con la cabeza.

—¿Cómo se consigue una invitación a esa fiesta?

—Se distribuyen cien tarjetas durante la noche.

De repente se me pasa por la cabeza la idea de robarle la tarjeta que acaba de meterse en el sujetador. A ver, es solo una tarjeta. No sería un delito grave.

—Eh —me dice—, ¡deja de mirar mi tarjeta! Me he pasado tres años esperando conseguir una como esta. Saca el culo de aquí si quieres una. Solo los mejores culos la consiguen.

—Gracias —contesto, me giro para mirarme el trasero en el espejo. Nia dice que tengo buen culo. Algunos dirían que es turgente y del tamaño perfecto. Pero ¿qué diría Luthor?

Suspiro, me inclino contra la pared y veo las inscripciones en una puerta abierta. Entrecierro los ojos y me obligo a enfocar.

Lena, mamita

Le chupé el coño a Luthor

Sam me comio aquí

Jack lame el coño como un cavernícola

Vuelvo al ruido e intento encontrar un buen lugar para espiar cuando lo veo de nuevo. Las dos mujeres no se van a alejar de ella, ahora, por alguna razón, siento unos nervios en el estómago que me molestan. Una de las rubias coge un chupito del camarero, lame el borde y le añade sal.

Luthor se inclina hacia atrás, la observa con una expresión de aburrimiento y despreocupación, pero tiene una sonrisa en los labios, como si se divirtiera.

Estoy tan absorta (demasiado fascinada y un poco asqueada) mirando que no me doy cuenta de que un vigilante se me acerca hasta que lo tengo en la cara. Me hace señales hacia el fondo de la sala, desde donde los mejores amigos de Luthor me observan. Luthor ni siquiera mira hacia mí. Oh, no, está demasiado entretenido, todavía con esa sonrisa casi aburrida. Tal vez tengan que quitarse la camiseta para excitarla.

Las tres personas encajan a la perfección con el entorno lujoso, pero no puedo mirar a los otros dos. Solo a Lena. Su belleza oscura se mezcla con las sombras, como Hades en su propio rinconcito de infierno.

De repente se ríe de algo que hace una de las rubias, se gira un poco hasta que sus ojos aterrizan justo en mí y se detienen ahí.

Siento que su mirada es como una inyección de adrenalina. Quiero apartar la vista, pero no puedo. Me siento atrapada. No sé si lo he imaginado, pero habría jurado que se le ha movido el pecho como si se le hubiera cortado la respiración.

¿Me reconoce?

¿Quiero que lo haga?

De repente, el ambiente está tan cargado que no puedo respirar. Siento los pulmones como piedras, de verdad que no puedo respirar. Mientras me escudriña con un rápido y completo barrido de ojos que hace que se me salga el corazón por la boca de los nervios, me examina, desde los tacones hasta el cabello largo rubio; soy consciente de que el vestido me ciñe los muslos, las caderas, el vientre, los pechos e incluso el trasero. Oh, Dios. Me obligo a mí misma a seguir al vigilante hacia ella, con cada paso, se me acelera el corazón. Con ese traje negro, el botón superior de la blusa abierto y el pelo un poco despeinado, Luthor es la encarnación de la lujosa decadencia y el pecado. Es el pecado personificado y me siento como una auténtica… virgen.

Extiende sus piernas ante ella y mantiene fija la mirada en la mía sin ninguna aparente inclinación por apartarla.

—Señora Luthor. —El vigilante se aclara la garganta—. La señora y el caballero hicieron llamarla.

Aunque no le flaquea la sonrisa, la expresión de su cara es completamente lejana e ilegible.

—Aquí está, caballero, señoras —dice el vigilante a los otros dos, el rubio y el hombre de cabello cobrizo que me observan como si fuera su comida.

—Sam —se presenta la mujer de piel ambamarina, aunque con la luz de la discoteca se ve casi morena bastante elegante.

—Jack —dice el hombre el cual es moreno.

Luthor se limita a darles un cachete a las rubias en el trasero y las despacha; luego extiende el brazo para tomarme del codo en un gesto algo instintivo que me ofrece una extraña sensación de comodidad. No conozco a nadie más aquí, por lo que, cuando me coloca a su lado, me siento junto a ella en el extremo del largo reservado.

Entonces, inclina la oscura cabeza sobre mí y murmura:

—Lena.

Su voz es tan profunda y estremecedora que me hace temblar.

—Kara —contesto sin convicción.

Arquea una ceja y me observa. ¿Qué estás haciendo aquí, Kara?, parece preguntar.

Pienso en qué decir cuando Sam levanta la copa y se la bebe.

—Deberías estar en la cama. —El hijo del petrolero texano arrastra las palabras rezumando encanto.

No sé por qué, pero soy muy consciente de la postura del cuerpo de Luthor en relación con la mía. Se ha enderezado por completo en el reservado y se ha movido de tal manera que tiene el brazo notablemente estirado detrás de mí.

—Como suele decirse, no hay paz para los malvados —le respondo a Sam con una sonrisa muy amplia al tiempo que el corazón me late con fuerza por la cercanía de Luthor.

De repente, la huelo. Solo a ella. A pesar de la mezcla de aromas de la sala, el de Luthor se me mete en los pulmones con cada respiración. Irradia una vitalidad que me atrae como un imán. Me pone de los nervios, pero su cercana presencia tiene algo que también me calma.

—Al parecer hay un código de vestimenta. Luthor ha tenido que dejar la cola y los cuernos en la entrada —bromea Jack mientras un camarero coloca una copa delante de mí.

—Oh, sí. —Tiro del dobladillo de la falda con timidez—. A mí me ha tocado desprenderme de la mitad de mi vestido.

—¿Lo has hecho ahora? —pregunta Sam.

—S.

Una palabra, una letra por parte de Lena.

—¿Sí, Luthor? —responde Sam levantando las cejas.

—Me la pido.

Casi escupo la bebida. Toso y me doy golpecitos en el pecho. Luthor extiende la mano, me agarra la copa y la coloca a un lado.

—¿Estás bien? —pregunta, agachando la cabeza y mirándome a la cara.

Toso una última vez, cierro los ojos y asiento. Cuando los abro, tan solo veo a Luthor. La encuentro observándome con una mirada tan penetrante que la noto en los huesos.

—¿Acabas de llegar a la fiesta, Kara? —pregunta.

Mientras espera la respuesta, coge mi cóctel y extiende la copa ante mí. Tomo la copa con cuidado y le rozo los dedos con los míos.

Sam se mete la mano en el bolsillo del abrigo y sacude en el aire lo que sea que ha sacado.

—¡Luthor! ¿Puedo?

La excitación me sube hasta el pecho cuando me doy cuenta de que es una tarjeta.

—Eso no va a pasar, no es su ambiente —murmura Lena junto a mí.

—¡Au! Vamos, deja que le dé una tarjeta. Es una belleza, Lena —dice Sam alargando las palabras.

No doy crédito y apenas puedo respirar mientras Lena se levanta despacio. Hago lo propio y la miro a la cara con confusión.

—¿Qué quieres decir con que no es mi ambiente? —pregunto. Siento como si no hubiera gravedad cuando se detiene tan cerca de mí. Estoy mareada, confundida y me siento inesperadamente herida.

Por primera vez desde que nos conocimos, me mira como si estuviera perdiendo los papeles… conmigo. Se inclina sobre mí y coloca los labios contra mi oreja.

—Créeme cuando te digo que no es tu ambiente. Vete a casa —susurra.

Me lanza una mirada de advertencia y se aleja, mezclándose en la multitud.

Sam y Jack me observan boquiabiertos.

—Eso es nuevo —murmura Sam, y se marcha.

Siento que ardo por la humillación y la confusión. Peor que eso, cuando salgo, el mismo hombre que condujo el coche el día anterior se me acerca.

—Señorita Danvers, es un placer llevarla —dice mientras cuelga el teléfono, como si Luthor acabase de llamarlo. Es un hombre enorme, calvo e inexpresivo. Un segundo después me abre la puerta del Rolls-Royce.

¿En serio?

¿Luthor acaba de llamarlo para pedirle que me lleve a casa?

Consciente de que la gente observa que me dirige al coche de Luthor, me subo en la parte trasera del vehículo y murmuro un «gracias», porque no es su culpa.

El coche huele a nuevo, a caro, como ella. Conmigo viajan una botella de vino y otra de agua. Hay música de fondo, la temperatura es la correcta. El lujo perfecto del coche me tienta a pasarme las manos por el vestido y mirarme con absoluto desconcierto. ¿Qué tengo de malo?

Me siento como si hubiera tirado una alfombra bajo mis pies y me hubiera recordado a lo que me enfrento. Al eslabón superior de la especie. A alguien implacable.

No puedo soportar el calor que irradian mis orejas y mejillas. Me hundo en el asiento trasero y apoyo la frente en la ventana. ¡Céntrate, Danvers! Respiro hondo, cojo el teléfono e intento escribir los detalles de lo que he visto, pero ahora mismo no puedo. No puedo hacer nada más que estar aquí, en su coche, preguntándome por qué me siento tan vulnerable.

Alrededor de las 23.55, entro de puntillas en el apartamento, hago una mueca cuando la puerta se cierra un poco más fuerte de lo que esperaba. Voy a la cocina a por un vaso de agua y Nia sale de la habitación con el cabello enmarañado.

—Hola —digo como pidiendo disculpas. Ella frunce el ceño y entrecierra los ojos debido a la luz de la lámpara—. Lo siento, Nia, no pretendía despertarte. Vuelve a la cama.

—¿Cómo ha ido la fiesta?

—Bien. —Es lo único que soy capaz de decir—. Mañana por la mañana te lo cuento.

Se restriega los ojos.

—Uf, es demasiado tarde o temprano. Sí. Vimos Juego de tronos.

Vuelve a su habitación, me dirijo a la mía, me desmaquillo y me desvisto. Mientras busco mi camiseta de la universidad, diviso el lugar vacío del armario donde estaba su blusa y me quedo mirándolo. Debería estar contenta de que no esté aquí, pero en vez de eso, su ausencia me hace sentir peor, porque ni siquiera recuerdo si me he imaginado las veces que ha sido amable conmigo. Cierro la puerta del armario, me meto en la cama con unos culotes, el bloc de notas y me obligo a escribir. Una palabra, al menos. Solo una, porque el bloqueo de esta noche no me ayudará a alcanzar mis objetivos de ninguna manera. Escribo:

Territorial

Todavía no puedo creerme que dijera… «Me la pido». Sí. Significa exactamente lo que parece.

Frunzo el ceño, me recuesto en la cama, miro al techo. Danvers, ¿qué? No le ha gustado verte en su fiesta, eres periodista. ¿Esperabas lo contrario? ¿Sabes lo que esto significa? ¡Todo esto significa que tienes que llegar hasta el fondo!

Bueno como yo sufro, todas sufrirán conmigo, dejen votaciones o comentarios para continuar.

Harpohe1989 gracias por las correcciones, sos la mejor

Saludos desde Chile