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14 horas para la revelación

Ron seguía encerrado en su casa, dando vueltas alrededor de la sala de estar, pensando en la clave que tenía sobre la mesa, la misma clave que parecía la mala contraseña para alguna cuenta de correo electrónico. Había ensayado varias permutaciones, combinaciones y sustituciones, todos ellos enseñados por Hermione, pero nada daba resultado. Tampoco era una opción volver a Stonehenge y repasar lo que había escrito. Para cuando fuese mediodía nuevamente, el plazo se habría acabado.

Un momento se dijo, pensando en el límite de tiempo que tenía para resolver el enigma, ¿por qué demonios tengo que resolver esto en catorce horas? No es que la vida de Hermione se encuentre en peligro, ¿verdad?

Lo que Ron no sabía, era que había otra razón por la que no le convenía que se acabara el plazo, y aquella no había que buscarla más allá de la conversación que tuvo con su hermana hace un par de días atrás. Pero Ron se dio cuenta que el límite de tiempo no tenía que ver con Hermione, sino que con otra cosa.

El plazo es parte de la prueba. Sí, puede que así sea. Esa cuestión de que hay cosas que no pueden ser detenidas es solamente una forma de presión. Pues bien, voy a resolver este maldito rompecabezas y encontraré a Hermione.

Se puso a examinar nuevamente el pergamino donde había anotado la clave, recordando las circunstancias en las que lo había hecho. Ron sabía que los caracteres estaban tallados en las piedras, uno a la vez. También trató de recordar el sentido en que fue anotando los caracteres.

Ron se quedó helado.

Anoté los caracteres en el sentido contrario de las agujas del reloj. ¿Qué pasaría si los anoto en el sentido de las agujas del reloj?

Tomó pluma y tinta y bajo la clave original, garrapateó lo siguiente.

030–ST–JAMES–636

Esto tiene algo más de sentido, pero aún me falta algo.

Ron siguió con su teoría de las agujas del reloj, y se dio cuenta que, en todos los relojes, la hora tenía un punto de referencia, el cual, sin excepción, era el 12. Estrujó su cerebro para recordar qué letra o número se encontraba en la posición de las 12 en punto. Evocó la escena en su totalidad: el sol en su cénit, las sombras que dibujaban las rocas sobre el suelo…

Ron se quedó helado nuevamente.

Recordaba estar mirando directamente hacia el norte cuando escribió la segunda "s". El norte indica la posición de las 12 en punto. Ron hizo una tercera anotación, lo que quedó como lo siguiente.

ST–JAMES–636030

El tercer guión ya no era necesario, porque asumió que solamente se empleaba para separar palabras. Ron quedó estupefacto. La ubicación del segundo templo se encontraba en la plaza de St. James, y el número de seis cifras debía ser la contraseña para entrar al templo. Eufórico, Ron guardó el pergamino en su bolsillo, y decidió transportarse mediante Desaparición hacia el segundo templo, preguntándose qué iba a encontrar allá.

No obstante, en cuanto salió de su casa, se sintió extrañamente débil. Sus piernas fueron las primeras en dejar de responder, luego su visión se vino a negro, y ya no fue consciente de nada más.

Despertó con una jaqueca de aquellas. Gruñendo, trató de no ponerse de pie demasiado rápido, en caso que la cabeza comenzara a darle vueltas. Una vez erguido, movió la cabeza, el cuello, las piernas, los brazos, no encontrando nada malo en su cuerpo. Luego, consultó su reloj, y se quedó rígido como una tabla.

Pasé una hora inconsciente. ¡No tengo tiempo que perder!

Ron giró sobre sus talones, y desapareció. La mala fortuna quiso que un muggle lo viera todo.

La plaza de St. James seguía tan verde como siempre, aunque no había demasiada gente. Ron se sentía medianamente orgulloso de que hubiera resuelto el acertijo por su cuenta, pero cuando fue consciente de las dimensiones de la plaza, el orgullo se le esfumó como agua entre los dedos. Emocionado como estaba de haber encontrado la ubicación del segundo templo, en ningún momento se puso a pensar en qué parte de la plaza de St. James se hallaba la entrada. Peinar la zona no era una opción. Tenía solamente medio día para llegar al cuartel de la Orden del Fénix.

Tal vez los números en la clave tengan algo que ver con eso.

Ron se puso a pensar.

La plaza de St. James era una ubicación casi en su totalidad muggle, salvo en un punto. Si recordaba bien, su padre le había comentado en una ocasión que un importante personaje moderno del mundo mágico había sido enterrado allí. Debido a que estaba prohibido establecer tumbas de magos o brujas en lugares no mágicos, el Ministro de la Magia de ese tiempo había prohibido, al menos en un principio acceder a su petición. No obstante, después de cinco meses de dimes y diretes, el Ministro aceptó la moción, pero con la condición de que las medidas anti-muggles fuesen extremas. De ese modo, se enterró a un mago en un lugar muggle. Un par de años antes de entrar a Hogwarts, su padre le llevó a ver la tumba de aquel personaje. La lápida tenía una forma bastante peculiar; la de un dragón. También recordaba muy bien la fecha de su deceso; un 03 de junio de 1936…

Espera un momento… 03 de junio de 1936. Eso se puede escribir como 030636. Y el número de la clave es 636030… 030636 al revés.

Ron sintió un escalofrío que recorrió todo su cuerpo. Se quedó congelado por un rato antes de correr como alma que llevaba el diablo hacia la ubicación de la tumba. Tenía la impresión que iba a encontrar algo más que un epitafio en aquella lápida.


El Alquimista, tal como Ron, pasaba por un buen estado de ánimo. Acababa de obtener una pista crucial para acabar con la Orden del Fénix de una vez por todas. Pero no lo iba a hacer de la forma en que muchos villanos lo harían, no. Iba a realizar una sola acción, pero iba a ser una que desarmara toda la idea de la orden. El Alquimista sabía que sus enemigos proclamaban la verdad como algo inviolable y que debía respetarse en todo momento, lugar y circunstancia. Pero primero, necesitaba descubrir cuál iba a ser el anuncio que iba a hacer la Orden del Fénix, y tenía doce horas para conseguirlo.

La parte más difícil consistía en entrar al cuartel general de la orden. No había puertas por las que se pudiera acceder, tampoco ventanas. Todo el recinto se encontraba bajo tierra, por lo menos unos veinte metros debajo de los ductos de agua potable y alcantarillas…

Alcantarillas… eso es. El cuartel debe estar protegido contra fugas de agua, pero si soy capaz de hallar una forma de socavar el terreno sobre el cuartel, a tal punto que debilite las fundaciones del edificio del Parlamento…

El Alquimista ya tenía un plan en marcha. Era tiempo de retirarse a su mansión y ponerse a trabajar en lo que mejor sabía hacer. Pese a que había pensado en deleitarse primero con una prostituta, el tiempo no trabajaba a su favor. Doce horas podían sonar como bastante tiempo, pero no lo era en su línea de trabajo. Preparar la infusión que necesitaba hacer tomaba unas seis horas, y al Alquimista no le gustaba contar con el tiempo justo para concretar sus planes. Algo podía salir mal, y todo se retrasaría de una forma en que a él no le convenía. Por esa razón, decidió aplazar el placer y enfocarse en su trabajo.

El subterráneo de la mansión era el lugar perfecto para preparar pociones. Las condiciones de temperatura y humedad eran las adecuadas, y, además, se trataba de un ambiente familiar. En el pasado, el Alquimista no destacaba en la preparación de pociones, pero, con la motivación adecuada, pasó de ser un sujeto promedio a una eminencia en pócimas, infusiones, brebajes, y todo lo que se podía ocurrir a alguien. La leyenda decía también que, en una oportunidad, el Alquimista había conseguido algo que se creía imposible; transformar metal en oro. En realidad, lo que había conseguido era cambiar el color del metal para que pareciera oro. Al parecer, aquello había sido suficiente para que fuese llamado con el nombre que se le conocía en ese momento. Aquel seudónimo no era de dominio público, y solamente gente del submundo de la magia le llamaba con ese nombre, y ellos podían ser muy insistentes cuando se trataba de proteger la verdadera identidad de una persona.

El Alquimista también se había asegurado de tener todos los ingredientes necesarios para sus pociones. Como disponía de una vasta fortuna, podía efectuar compras de ingredientes al por mayor, lo que abarataba el costo por ítem. Junto al salón principal, había una inmensa bodega, donde guardaba los ingredientes y los ordenaba por categorías. De ese modo, le era más fácil y rápido tomar las cosas que necesitaba.

En esa ocasión el Alquimista necesitaba preparar una pócima que acelerara el proceso de socavación de terreno. Tenía que combinarla con un ácido que reaccionara solamente con determinados tipos de materiales, como los metales empleados para las cañerías y el concreto que se usaba en los túneles de aguas residuales. También tenía que tener en cuenta que la poción solamente debía actuar en el momento indicado, por lo que necesitaba agregar un componente que fuese sensible a encantamientos a larga distancia. Aquello podría ser algo demasiado complicado para un mago común y corriente, pero el Alquimista tenía experiencia creando pócimas exóticas, tal como lo había hecho para deshacerse de uno de sus trabajadores, a través de Galeones explosivos.

Aunque no tuviera el tiempo para darse un gusto sexual, el Alquimista disfrutaba hacer pociones, sobre todo para menesteres que le convenían. De todas maneras, cuando el trabajo hubiera acabado, la Orden de Merlín le recompensaría con una generosa suma de dinero, parte del cual iba a emplear en indulgencias sexuales. Sonriendo con la perspectiva de coronar su plan con el éxito, el Alquimista se puso a trabajar.


Mientras tanto, en el cuartel general de la Orden del Fénix, ya habían hallado siete dígitos de la combinación del maletín.