XXXII
Ron llegó a la lápida donde se hallaba enterrado aquel personaje histórico, y comprobó que la fecha era, en efecto, la contraseña al revés. No obstante, no parecía haber nada más que un epitafio común y corriente inscrito en la lápida. En su cara anterior estaba escrito el nombre de quien descansaba debajo, la fecha de su deceso y el epitafio. Ron, al menos por un momento, creyó encontrar alguna pista que le indicara la ubicación del siguiente templo, pero no pudo hallar nada. Frustrado, Ron siguió mirando la lápida, buscando cualquier cosa que estuviera fuera de lugar, aunque no esperaba hallar nada.
—¿Qué rayos es eso?
Preguntándose por qué no había visto ese detalle, Ron se inclinó delante de la lápida, y notó que cada dígito de la fecha estaba encerrado en un cuadrado. Por pura curiosidad, Ron pasó un dedo por uno de los dígitos, y cuál fue su sorpresa cuando éste cambió. Por un momento, se preguntó por qué la fecha podía ser cambiada, pero después recordó la contraseña, y todo cobró sentido.
Con los nervios a flor de piel, Ron cambió todos los dígitos de la fecha de muerte, de forma que mostraran la contraseña. Inmediatamente Ron supo que había hecho lo correcto. La lápida no se movió, pero el epitafio desapareció, para luego mostrar otras palabras, palabras que no tenían que ver con las que usualmente correspondía poner en las lápidas. Era, más bien, lo que Ron esperaba encontrar: una pista. Pero, como iba siendo la tónica en aquella prueba, las palabras que se escribieron solas en la lápida no apuntaban a ningún lugar en concreto. De hecho, se trataba de otro acertijo.
Dos personas miran el mismo número, pero ven números distintos, y sin embargo, ambos tienen la razón.
¿Qué número es?
Ron era malo para los números, y peor para las abstracciones. ¿Cómo un número podía ser dos números al mismo tiempo? ¿Y, si fuesen números distintos, cómo ambos podrían tener la razón, si no estaban viendo lo mismo? Sin embargo, había más en la lápida. Algo que debió haber leído en primer lugar.
Cerdo verrugoso
Esta vez, Ron no tuvo que hacer mucho trabajo mental para descifrar esa pista. "Cerdo verrugoso" era, literalmente, Hogwarts. Eso significaba que allá se encontraba el tercer templo. No costaba mucho trabajo imaginar en qué parte del castillo podría hallar la cuarta pista. ¿Y qué hay del acertijo? ¿Acaso tendrá alguna utilidad? Porque ya tengo la ubicación del tercer templo. El acertijo puede que solamente sirva para despistar. Ron, después de darle varias vueltas al asunto, llegó a la conclusión que no necesitaba resolver nada. De todas formas, había visto en varias ocasiones que las pruebas eran mucho más simples de lo que aparentaban, y muchos caían en la idea de que debían ser muy difíciles, ahogándose en un vaso de agua. ¿No es esa una prueba en sí misma?
Seguro de sí mismo, como no lo había estado durante todo aquel desafío, Ron se transportó hasta la entrada a Hogwarts, claro que tuvo que hacerlo por partes, pues el colegio se encontraba demasiado lejos de Londres para viajar de forma directa. Acabaría haciéndose una Despartición, y no estaba de ánimos para sufrir accidentes.
Después de tres desapariciones, Ron llegó a la estación de Hogsmeade, atravesó la verja flanqueada por cerdos alados, y caminó a través de los terrenos, hasta llegar a las puertas dobles. Nadie le impidió el paso, pero sí se encontró con algunos profesores conocidos en su camino hacia el séptimo piso, donde se encontraba la Sala Multipropósito. Ron esperaba encontrarse con caras viejas, pero también con docentes nuevos (Hagrid seguía a cargo de Cuidado de las Criaturas Mágicas, y, al parecer, finalmente había cobrado conciencia de su posición y ya no mostraba animales peligrosos en sus lecciones). Había que recordar que, después de la Batalla de Hogwarts, los puestos de Defensa Contra las Artes Oscuras y Transformaciones habían quedado vacantes. Muchos alumnos habían propuesto a Harry para profesor de Defensa Contra las Artes Oscuras. Tendría que pasar mucho tiempo para que sus compañeros olvidaran que, gracias a él, pudieron defenderse, no solamente durante los eventos del quinto año, sino que en la Batalla de Hogwarts también. Sin embargo, la directora del colegio quería a alguien con más experiencia y paciencia para enseñar, pese a que Harry había pasado por situaciones en las que ningún otro mago en la historia había estado antes.
Después de unas breves pláticas con los profesores que él conoció, Ron subió hasta el séptimo piso y se detuvo delante de una pared que no era una pared. Lo único que uno necesitaba hacer era pensar en lo que más necesitaba en ese momento, y eso, al menos para él, era acceder al templo, por lo que le dio fuerza a ese pensamiento, paseándose de un lado a otro, como tratando de hallar alguna respuesta a un problema difícil.
Cuando Ron abrió los ojos, vio que la puerta, para su sorpresa, había aparecido. Estuvo unos pocos segundos de pie, inmóvil, sin saber qué hacer, hasta que recordó que debía darse prisa. Entró por las puertas dobles, y lo que vio no supo interpretarlo, porque esperaba algo similar a lo que había visto en los otros dos templos. En lugar de eso, vio una habitación simple, sin decoraciones, como si fuese el dormitorio vacío de una casa que estuviera en remate. El único objeto presente era un espejo. Pero cuando Ron se aproximó a éste, se dio cuenta que no era un espejo cualquiera. Se trataba del espejo de Erised.
Considerando todo lo que había visto en aquella prueba, Ron concluyó que el espejo contenía la clave para acceder al siguiente templo. ¿Pero cómo obtengo la clave? Ciertamente no se trataba de la inscripción en el borde superior del espejo. Estrujó su cerebro para recordar lo que fuese que le había dicho Harry sobre aquel objeto. Sabía que el espejo no mostraba el reflejo de alguien, como los espejos comunes y corrientes. Aquel objeto no reflejaba otra cosa que el deseo más profundo y desesperado del corazón de una persona. También recordó lo que Harry le había platicado sobre su primer, o mejor dicho, segundo encuentro con el Innombrable, sobre cómo había podido encontrar la Piedra Filosofal.
¿Tendré que hacer algo parecido?
Ron miró al espejo como si quisiera extraviarse en éste. Lentamente, el reflejo comenzó a cambiar. Se podía ver a sí mismo agarrar algo que flotaba desde el techo. Se trataba de un trozo de pergamino. Su reflejo leyó el contenido del pergamino, y se lo guardó en el bolsillo de su túnica. Como por instinto, Ron hurgó en los bolsillos de su túnica y, para su sorpresa, encontró algo que no estaba allí hace unos segundos atrás.
Un trozo de pergamino.
Ron, como lo había hecho su reflejo, leyó su contenido. Enseguida supo que estaba yendo por el camino correcto.
Bajo los cientos de pies privados de libertad podrás dar el siguiente paso.
"Bajo los cientos de pies privados de libertad podrás dar el siguiente paso". Ron pensó que, después de todo lo que había visto, aquella pista era la más obvia de cuantas había hallado. Pies privados de libertad. Era claro como el agua que la frase estaba hablando de una prisión. Y había una sola prisión de magos en Inglaterra. Así, Ron supo que su próximo destino se encontraba en Azkaban.
Con el ánimo por el cielo, Ron se dispuso a salir de la Sala Multipropósito, pero la puerta no se abrió. En lugar de eso, apareció la cabeza de un pájaro, la de un hipogrifo para ser específicos. Si recordaba bien, la puerta que daba acceso a la sala común de Ravenclaw actuaba de ese modo, e imaginó que un acertijo venía después. Pero se había equivocado.
—¿Contraseña? —preguntó la cabeza de hipogrifo.
Ron quedó helado. ¿Cómo diablos iba a saber la contraseña de la puerta? Ni siquiera le había dado una pista. Era más como si tratara de acceder a la sala común de Gryffindor, o a la de Slytherin. Luego, miró más detenidamente a la cabeza, y se dio cuenta que la contraseña la tenía frente a él. ¿Qué otra cosa podía ser? No había pistas adicionales de las que echar mano.
—Hipogrifo —recitó Ron, en una voz clara, de modo que la cabeza pudiera entenderle.
En segundos, supo que decir aquellas palabras había sido un error, porque la puerta no se abrió. La empujó con todas sus fuerzas, pero era lo mismo no hacer nada. Desesperado, trató de emplear múltiples hechizos, sin que hubiera ningún efecto en absoluto.
Pasaron tres minutos, y Ron daba vueltas por toda la habitación, tratando de encontrar algo que le ayudara con la contraseña, pero no había nada. Ni siquiera una muesca. Probó en el espejo, buscando por delante, por atrás, por el marco, en la base, sin hallar nada relevante. Después, Ron notó que cada vez se le estaba haciendo un poco más difícil respirar. No fue hasta que miró al techo cuando vio los agujeros. De ellos brotaba un gas de color verde ponzoñoso, y asumió que aquel era su castigo por errar la contraseña.
Para ganar tiempo, se aplicó un encantamiento casco-burbuja, y reanudó la búsqueda, empleando la varita para revelar potenciales escritos invisibles, cosechando los mismos resultados anteriores. Frustrado, Ron se quedó en medio de la habitación, respirando de forma agitada, ardiendo en ganas de partir su varita por la mitad, o romper algo, lo que fuese, para descargar su furia. No era capaz de calmarse, y eso hacía que fuese agotando el poco aire fresco que le quedaba dentro de su burbuja. Y, mientras tanto, el gas a su alrededor se iba haciendo cada vez más denso conforme pasaban los minutos. Tampoco podía pedir ayuda. Nadie sabía dónde había ido, aunque, para el tiempo que los profesores se dieran cuenta que él no aparecía, ya sería demasiado tarde.
Otros cinco minutos pasaron, y Ron no estaba más cerca de hallar la respuesta. En su nerviosismo, se paseó de un lado a otro de la habitación, tratando de aprovechar cada gramo de aire que pudiera respirar, y se puso las manos en los bolsillos, como toda gente hacía cuando se sentía incómodo, su mente viajando a otros tiempos y a otros lugares. Costaba trabajo creer que, hace una hora atrás estuviera al aire libre…
¿Será posible?
Ron se percató de que había una pista a la cual echarle mano, y la había visto hace una hora atrás, en la lápida de un personaje histórico. No le había dado importancia en su momento, porque pensó que se trataba de la pista para descubrir la ubicación del tercer templo, pero era la pista para encontrar la contraseña de la puerta. Tonto, tonto, ¡tonto! Si tan solo hubieras resuelto aquel acertijo en su momento, no estarías en este problema.
Porque, en ese momento, tenía un límite muy acotado de tiempo para encontrar la contraseña.
