No he olvidado esta traducción ni adaptación, solo he tenido mil cosas que hacer.

Aquí va la razón por la que hoy no estoy haciendo mi trabajo como debería: Luthor.

Luthor descansando en una tumbona. Luthor practicando esquí acuático.

Luthor pavoneándose por su yate.

Luthor llamando a otras personas de otros yates cercanos.

—¡Luthor! ¿Te has enterado de la paliza que les han dado a los Cubs?

—Qué mal. Vaya mierda.

Luego, Luthor charlando con sus amigos.

Luthor y yo llevamos un rato mirándonos en silenciosa perplejidad. Hay un armario lleno de bañadores y bikinis y termino poniéndome uno blanco diminuto y observo a las demás chicas sumergirse en el lago.

Esta tarde he usado una cantidad de protector solar suficiente como para broncearme sin quemarme. Me pica la piel debido a los rayos de sol. Siento el aire del lago Michigan, el viento jugando con mi pelo, el suave balanceo del yate mientras se desliza por el agua. El suave zumbido del motor me arrulla hasta dormirme. Pero soy demasiado consciente de lo que me rodea como para dormirme, no quiero perderme nada: ni las llamadas de trabajo que hace, ni cómo se relaja aun cuando sigue pendiente de sus negocios.

Luthor lleva todo el día metiéndose en el agua. Sé que está fría porque yo también me he metido una vez. Ha estado nadando un poco y buceando cada media hora, sin tener en cuenta si sus amigos estaban nadando o haciendo esquí acuático. Yo me he quedado en la tumbona, cómoda, tostándome bajo el sol, pero ella siempre está haciendo algo. Es como si no se relajara. Exuda fuerza, no es de extrañar que siempre esté activa. Esquí en pistas diamante negro, paracaidismo, vuelo… Corre los riesgos de alguien que no tiene nada que perder. Corre más riesgos que nadie que haya conocido.

Llevo puesto el diminuto bikini blanco y rodeo hambrienta un oasis de comida cuando sus amigos, Sam y Jack, se unen a mí.

Me quedo a su lado y, al mismo tiempo, intento evitar a Luthor solo porque parece que hemos llegado a una tregua, pero me siento un poco fuera de lugar. En su espacio, con sus amigos.

El interés que hay en su mirada cada vez que miro a mi alrededor y la encuentro observándome me pone más nerviosa de lo que nunca he estado en la vida.

Cuando me roza el brazo con el suyo, me aparto a un lado instintivamente. Cuando se acerca y se queda a mi lado, me encojo ante la calidez de su tacto. Estoy inquieta y no sé por qué. Termina dirigiéndose al lado opuesto de la fiesta. Desaparece en uno de los camarotes (por trabajo, dicen sus amigos) hasta que un par de mujeres van y lo persuaden para que salga a «sentarse» con ellas. Se deja caer en un sofá con los brazos extendidos en el respaldo. Notó su mirada fija en mí como una caricia.

Intento sumergirme en las historias que comparten sus amigos con el grupo. Pero por el rabillo del ojo, no puedo dejar de observar a las chicas sentadas a cada lado de Luthor, casi parloteando como si intentaran captar su atención.

Nos quedamos en la zona de estar de cubierta con el grupo mientras Lena bebe una copa de vino despacio. Y luego, otra.

Acabamos contando historias de borracheras, de amigos y de chicas que han acechado a Lena.

—Desde lo de Kalina, su padre nunca sabía lo que iba a llevar a casa — explica Jack.

—¿Llevaste a casa a una chica desnuda? —pregunta una de sus chicas, haciendo pucheros invadida por los celos.

Curva los labios y atisbo una ligera sonrisa.

—Era artista y llevaba la ropa pintada. La verdad es que era muy agradable.

Siento que yo también comienzo a sonreír. Fija la mirada en mí y su sonrisa se desvanece. Parece cada vez más pensativa.

—Te echamos de menos en nuestra afterparty —me dice Sam.

—Seguro que sí. —Echo un vistazo hacia donde se encuentra Luthor, relajada y distante, noto que una de las chicas sostiene un racimo de uvas en la mano e intenta meterle una en la boca. Ella me mira, me observa. Veo que abre la boca de forma ausente para masticar la uva, pero no aparta la vista de mí ni por un segundo.

—Una más —susurra la chica muy cerca de su mandíbula mientras le mete otra uva en la hermosa boca.

Tensa los músculos de la mandíbula mientras la aplasta con las muelas y me pregunto a qué sabe ahora. Fresco. Jugoso. Los ojos le brillan mientras observa mi reacción; me empieza a vibrar todo el cuerpo y experimento sensaciones que ni siquiera puedo procesar. Me arden las mejillas con el mismo calor que se me extiende por toda la piel como un reguero de pólvora. La noche solo la hace parecer más oscura.

Peligrosa y primitivamente oscura.

No puedo soportar el despiadado nudo que se me forma en el estómago cuando la tengo cerca. Me muevo a un lado y pregunto a sus amigos:

—¿Qué hicisteis vosotros? Sois famosos por vuestras fiestas, no me imagino lo que debe de suceder después.

—Yo nadé desnuda —sonríe Sam—. Jack estaba demasiado borracho como para acordarse.

—Luthor y yo lo pasamos bien —dice una de las chicas mientras le hace carantoñas a Lena.

Me arden las mejillas. No la mires. No la mires.

—Le dimos un buen espectáculo —dice la otra con un ligero ronroneo que hace que la bilis me suba a la garganta.

Esta es una información muy valiosa. De verdad. Es el tipo de material del que están hechos los artículos más picantes. Pero parece que no logro obligarme a quedarme y escuchar el resto. Siento un peso en el vientre e, incapaz de detenerme, me pongo en pie en silencio y pregunto si puedo ir al camarote a descansar un poco.

Ni siquiera espero a que alguien asienta, me limito a rodear la zona evitando la mirada de alguien, evitando su mirada. Como de repente necesito tomar aire, acabo dirigiéndome a la cubierta superior. Ya en la proa, me apoyo en la barandilla y observo el lago. El horizonte. El pequeño trozo de luna.

Saco el móvil e intento escribir algo. Escribir siempre me hace sentir mejor. Completa.

Pero no me puedo concentrar.

Lo dejo a un lado y observo el lago.

Minutos después, explotan fuegos artificiales en el cielo mientras el grupo observa y silba desde abajo. La vista es fascinante. Exhalo y observo cómo las luces salen disparadas desde el muelle y explotan en el cielo. Se está muy tranquila aquí, en el lago, de noche. Siempre he querido encontrar un lugar bonito y acogedor donde no se mueva nada, donde todo sea como debería ser, deseo quedarme aquí, quieta y tranquila, en este lugar. Es extraño encontrar ese sitio cuando tu mundo gira de forma descontrolada.

Escribo una palabra en el teléfono para sentirme mejor. La primera que me viene a la mente cuando contemplo como el lago y el cielo se rozan en el horizonte.

Infinito

El viento me sacude el pelo y me lo recojo en un moño a la altura de la nuca mientras me dirijo a la zona de estar de la cubierta superior. Entonces la veo. Está sentada, La blusa que utiliza permite ver el nacimiento de sus senos que la luz del teléfono le ilumina. No la he escuchado aproximarse. ¿Por qué no está abajo?

¿Por qué este estúpido nudo de mi interior no desaparece?

—Veo que, para ti, comerte el mundo es un trabajo a tiempo completo — susurro.

Se levanta despacio. La blusa de botones que lleva se abre de forma casual y deja entrever el bikini, los lisos y duros abdominales, sus senos cubiertos lo suficiente para ser jodidamente erótico, sin llegar a lo vulgar. Parece más alta cuando se acerca. El aire cambia enseguida de temperatura, o tal vez sea yo; empiezo a tener calor y me ruborizo porque ha estado aquí todo el tiempo. Y es tan hermoso… Es la primera vez en mi vida que veo algo tan hermoso que me duele al mirarla.

—Lo siento, no pretendía desconcentrarte. Te dejo tranquila —susurro.

—Quédate.

Su orden abrupta me impide marcharme. El rubor parece extenderse hasta la médula de los huesos al advertir cómo me observa ahora. Su aliento me agita el cabello de la coronilla mientras susurra:

—Quiero hacerte sonrojar desde aquí… —Me toca la frente y echa un breve vistazo al suelo—… hasta la punta de los pies.

Sonríe y tiene el pecho tan cerca que me calienta a pesar de la brisa. Ella es un huracán y yo, el lago, en calma en la superficie, pero con un millar de secretos en sus profundidades.

—¿Por qué no podías mirarme ahí abajo? —murmura con la voz rota al tiempo que levanta su mano y me recorre la mejilla con el dorso de los dedos.

Un anhelo cálido crece en mi interior.

—Luthor. No.

Levanta el teléfono y me muestra una foto en la pantalla.

—Me gusta esta foto tuya. Pareces delicada y pensativa. Se te ve la barbilla y una de tus orejas élficas asoma entre el pelo.

—¡Me has hecho una foto!

—Así es. —Desliza el pulgar por la foto de la pantalla y se me tensa la columna porque casi noto la caricia.

—Bórrala —digo, sorprendida.

—Ah. Negociando de nuevo…

—Luthor. No. Borra esa foto. No me interesas de esa forma. No quiero que me tengas en el teléfono.

Retrocede y me escudriña el rostro.

—Ven aquí, siéntate conmigo.

Se dirige al sofá y acomoda su cuerpo justo en el centro. Guau.

¿Espera que la siga?

Respiro hondo y me obligo a dirigirme al sofá, que ahora invade por completo. Me siento en el borde mientras continúa ocupando el centro. Nos miramos, yo frunzo el ceño, ella parece divertida, luego, giramos la cabeza y contemplamos los últimos fuegos artificiales desde la distancia.

—¿Estás enfadada conmigo porque hice que mi chófer te llevara a casa? —pregunta con un brillo despiadado en los ojos.

—Eso lo has dicho tú, no yo contesto.

Se ríe suavemente, emite un sonido bajo que me distrae. Como su gran cuerpo, de algún modo absorbe el espacio que lo rodea como un vórtice.

—Puede que te hubiese dejado venir a la fiesta de después si hubieras aceptado mi regalo. —Arrastra el pulgar de forma pensativa por el cuadrado rasposo que forma su mandíbula—. Soy una mujer orgullosa, Kara. ¿Cómo crees que me siento cuando veo mi blusa de nuevo en el despacho?

—Oh, ¿te sientes rechazada por una chica que no forma parte de tu millón de novias?

Baja la voz y su hermoso rostro parece perplejo.

—¿Por qué?

—¿Qué?

—¿Por qué me la devolviste? Te dije que te la quedaras. Nadie me devuelve los regalos. ¿Te parezco repulsiva?

Fijo la mirada en los tendones de su cuello porque no quiero que vea que no me parece repulsiva, que me resulta demasiado atractiva como para pensar la mayor parte del tiempo en ella.

—Prefiero no aceptar regalos de ninguna persona. —Levanto la barbilla un poco, entrecierro los ojos y le advierto en voz baja—: Y si sigues tomándome el pelo, me voy a casa.

Se inclina hacia delante.

—¿Sabes qué? Rosie no me tiró el regalo a la cara. Me llamó héroe…, y me gustó mucho.

Está provocándome. Sus bromas me gustaban mucho más cuando no tenía la cabeza hecha un lío.

—A: Los elefantes no suelen dar las gracias, así que espero que aprecies el gesto. Y B: Supongo que te han dado cosas toda la vida —digo.

Su sonrisa se entristece y se inclina hacia delante.

—Todo.

—¿Todo?

Asiente con la cabeza.

—No lo creo.

—¿Qué podría querer que no tuviera ya? —Se ríe con delicadeza—. Lo tengo todo, Kara. Al menos, lo tenía. —Extiende un brazo y me recorre la mejilla con el dorso de un solo dedo, despertando cada terminación nerviosa de mi cuerpo.

De repente, tengo la garganta seca. Su mirada se vuelve oscura y ávida; ninguna persona que lo tiene todo podría tener esa hambre.

Cuando nos quedamos en silencio, la brisa pasa por nuestro lado y el aire que nos separa cambia. ¿A qué juega conmigo? La foto me la hizo mientras estaba muy vulnerable, el perfil muestra mi confusión. No puedo soportar que me haya visto así.

Observa mi foto con un semblante serio.

—Me doy cuenta de que la compañía que tengo es especial. Aprecio que me des la oportunidad de compensártelo —me dice Luthor con seriedad, mirando el cielo oscuro donde antes se veían fuegos artificiales. Cuando gira la cabeza para enfrentarme, tengo que luchar por no apartar los ojos de esa mirada verde inquisitiva.

—Gracias por invitarme… Lo he pasado bien —contesto con la voz más ronca con la que he hablado nunca.

De pronto, yo también siento un deseo ávido.

De ella, de sus tomaduras de pelo, de que me haga reír y de volver a ver ese brillo en sus ojos que tanto me enfada, al mismo tiempo, me hace sentir burbujitas en las venas. Un deseo ávido de saber por qué dijo «me la pido» y por qué quiere que me quede con su blusa.

Sonríe de forma cordial y me señala.

—Ahora negociaré contigo, Kara. Si quieres preguntarme algo, te daré una respuesta, después, yo te haré una pregunta —dice, observándome.

—¿En serio? —Me levanto, cuando asiente con la cabeza de forma indulgente, le hago un gesto—. Tú primero.

—Vale. —Se inclina hacia delante con los músculos tensos bajo la camisa abierta que lleva—. ¿Por qué no podías mirarme ahí abajo, Kara?

—¿A qué te refieres?

—Ahí abajo. ¿Por qué no podías mirarme? Ni siquiera ahora. ¿Por qué no me miras? —Sigo sus dedos hasta donde se da toquecitos, sobre uno de los párpados.

Pienso en mi respuesta.

Antes de que pueda responder, murmura, casi como si fuera una advertencia:

—La verdad.

Me sonrojo. Dios, siempre quiere la verdad. ¿Acaso esta mujer confía en alguien?

—Tenías razón sobre mí, este no es mi sitio —digo, me encojo de hombros—. Veo que se te da bien leer a la gente.

—Puedo decir lo mismo sobre ti.

Se mantiene a la espera. Supongo que es mi turno. Quiero preguntarle cosas personales, como por qué no pude ir a su afterparty, pero tengo que centrarme en la entrevista. Así que me centro en ella.

—La pregunta que todos se hacen: ¿Crees que hay alguna persona ahí fuera para ti? ¿Una que encarne todos tus deseos?

Hago una evaluación rápida de sus rasgos, pero no revelan ni un atisbo de sus pensamientos.

—¿De verdad es eso lo que todos quieren saber?

—Me estás respondiendo con una pregunta.

—Y tú no estás haciendo las preguntas correctas.

Frunzo el ceño y agarro la bandeja de fruta que el personal del yate ha dejado también en la cubierta superior.

—Así no se hace —dice. Recuerdo la forma en que le han dado de comer abajo.

—¿Perdona? No soy parte de tu harén. —Me río—. Aquí tienes tu uva.

Le tiro una uva. Rebota en uno de sus senos. Me estremezco cuando me roza el muslo con el suyo mientras se mueve para coger otra uva.

—Me enseñaron a no jugar con la comida, sino a comérmela.

El mero tacto de su mano trazando círculos en mi nuca hace que un leve y extraño calor me recorra las venas.

—¿Qué estás…?

—Chist.

Cuando se inclina sobre mí, siento un cortocircuito. Me llega a la nariz el aroma a jabón mientras me acerca una uva con las pupilas tan dilatadas que son lo único que veo.

—Abre la boca —me insta.

El suave roce de la uva en mis labios envía una corriente eléctrica por todo mi cuerpo.

Me mira con una sonrisa malvada, luego, siento que vuelve a rozarme los labios con la uva. Instintivamente, abro la boca de forma sensual y dejo que me alimente; me cuesta respirar. Cuando me la trago, su sonrisa se desvanece.

Nos sostenemos la mirada durante unos largos segundos. Después siento la delicada caricia de sus pulgares en la mejilla.

Me recorre un temblor mientras agacha la cabeza. Y luego, oh, Dios. Me da un beso en la comisura de los labios. Me estremezco de la cabeza a los pies.

La sensación se intensifica cuando Lena me agarra de la barbilla y me gira de modo que sus ojos verdes se fijan en los míos. Tiene una mirada cautelosa y todavía famélica. Me digo a mí misma que esto no puede ser real.

¡No es posible que me desee de este modo!

Temo que me bese. Temo desearla. Huele incluso mejor que en mis sueños, la sensación de tenerla cerca es mejor y lo deseo mucho pero que mucho más.

Respira con fuerza, es evidente que lucha por mantener el control. Y yo quiero que lo pierda.

No. No, la única que tiene algo que perder soy yo.

—Mmm. Guau —digo aferrándome al dolor de estómago mientras me enderezo—. Guau, sabe distinto cuando te alimentan. Saboreo tus gérmenes en la uva.

Permanece sentada y una leve sonrisa ilumina sus labios como el sol.

—¡Luthor! —lo llaman los chicos. No les responde.

—¿Les parece bañarnos desnudas? —Eso es lo primero que dice Sam cuando aparece en cubierta.

—Kara y yo estamos hablando, pero vayan ustedes —comenta sin ni siquiera girarse. Se acomoda para ocupar la mayor parte del sofá. Me recuesto con incomodidad y ella me agarra un mechón de pelo para jugar con él.

—Tienes ganas de travesuras, ¿no? —Me río.

—Si te unes a mí, sí. —Me enseña mi foto en la pantalla del móvil y añade en voz baja—: Si la borro…, me dejas llevarte a casa esta noche.

—Llevas días llevándome a casa.

—Mi chófer te ha llevado a casa, no yo. —Su voz es baja pero firme, decidida—. Hay una gran diferencia, te lo aseguro, Kara.

Mi sonrisa se desvanece ante el aire depredador que la rodea. Luthor me seduce tanto como me aterroriza. Como es posible que una mujer tenga semejante energía, con ninguno de los chicos que he salido, tenia esta fuerza.

—Tengo que irme a casa temprano. Seguro que prefieres quedarte con tus amigos.

—Si así fuera, no te lo estaría pidiendo. —Acerca el pulgar al icono de «borrar» con una mirada expectante—. ¿Kara? —insiste.

—Si la borras, me lo pensaré —respondo.

Parece tensar la dura mandíbula, como si reflexionara sobre el desafío, y, en un lento segundo, baja el pulgar y presiona «borrar».

—Ya está —dice. Los ojos le brillan de alegría en la oscuridad—. Ahora te llevo a casa.

Solo pensarlo en ello me pone de los nervios. Mi apartamento es mi refugio seguro. Imagino su presencia cerca de mis cursilerías de chica. ¿Qué quiere hacer allí? Si su blusa invadió mis pensamientos y mi espacio, no puedo imaginar lo que hará la propia Luthor. Asiento con la cabeza solo porque deseo, necesito, no descartar ninguna posibilidad, pero especifico:

—Sí, pero no esta noche.

Lo único que me hace falta es distanciarme un poco de esos ojos, de la sensación de saturación que me invade. El corazón me late acelerado y cada parte de mí ser reacciona de forma exagerada a su sonrisa, su mirada y su aroma.

Así que me dirijo a la cubierta inferior sin decirle a dónde voy y me lanzo al agua fría con el diminuto bikini. ¡Plop! ¡Qué fría! Luego nado y comparto mi entusiasmo mientras lo hago.

Sam nada cerca, me guiña un ojo y su sonrisa se vuelve traviesa.

—Vaya, vaya, vaya…

—Ya vale, S.

Al oírlo, levanto la vista. Luthor se inclina sobre la barandilla con una leve sonrisa mientras me observa.

Esa noche me siento y tomo notas con frenesí.

Vale, céntrate en los hechos, Danvers. Exhalo e intento sacarme de la cabeza una uvita verde. Unos ojos verdes que me suplican, que me exigen, que le dejara traerme a casa. Y no puedo creer que estuviera a punto de decirle que sí.

Es una solitaria, parece independiente del grupo. Siempre va un paso por delante, siempre está en otro lugar.

Está acostumbrada a estar rodeada de mujeres (¿Son una idea de último momento? ¿Ruido de fondo? No parecía especialmente atento con nadie, ¡pero ellas bailan en la barra y se enrollan para divertirla!)

Voy a cepillarme los dientes y me dirijo a la cama. Me acomodo bajo las sábanas. Intento dormirme, pero no dejan de venirme otras cosas a la cabeza.

Como que, cuando me dio la uva, noté sus pechos contra mis pechos y su aliento en la cara.

Como que parece que siempre la huelo cuando el aire me llega de una cierta forma y la escucho por encima de los demás.

Intento alejar estos pensamientos, pero cuanto más me empeño, más salen a flote. ¡Hades!, no quiero obsesionarme con esto. No. Pero si quiero que este artículo salga bien, no puedo bloquear ciertas partes. No puedo escoger y elegir con qué me conviene lidiar y con qué no. Agarro de nuevo el bloc y empiezo con una palabra.

Eléctrica: Electrifica el aire.

Luego escribo unas cuantas más.

Arrolladora: Si está cerca, es difícil que notes otra cosa.

Obstinada: Es imposible negociar con ella.

¡TODAVÍA LE ENCANTA TOMARME EL PELO!

Me provocó y pinchó con el tema de la foto, las uvas, la camisa y hasta con lo de ser el héroe de Rosie…

Dejo el bloc a un lado y apago la lámpara, pero, hasta en la oscuridad, sigo viendo que me observa en el agua desde arriba. Todavía siento sus dedos en mis hombros cuando volví a subir al yate y me envolvió en una cálida toalla.