XXXIV
Ron estaba sintiendo que le quedaba muy poco aire dentro de la burbuja que rodeaba su cabeza. Aquello no le permitía pensar correctamente, menos hallar la respuesta al acertijo que había visto en la lápida de la plaza de St. James.
Dos personas miran el mismo número, pero ven números distintos, y sin embargo, ambos tienen la razón.
¿Qué número es?
Sí, ¿qué numero es? ¿Qué mierda de número es? Ron parecía estar ahogándose mentalmente antes que físicamente. Y, mientras tanto, el gas seguía llenando la habitación, a tal punto que casi no se podían ver las paredes ni el techo. Volvió a revisar las paredes y el espejo, buscando, tratando de no omitir nada, ni siquiera una grieta, pero volvió a fracasar. No había nada de lo que pudiera echar mano para resolver el acertijo. Daba la impresión que toda la habitación se burlaba de él.
—Maldición, maldición… ¡MALDICIÓN! —rugió Ron, golpeando la pared con todas sus fuerzas, haciéndose daño en las manos, de las que comenzó a brotar sangre. Gruñó. Por si fuese poco, aparte de la falta de aire, tenía que convivir con el dolor. Curiosamente, éste comenzó a empeorar, haciéndose más agudo. Ron miró sus manos, y notó que se habían inflamado y que brotaban unas desagradables pústulas en sus dedos. Lo que me faltaba. Poco aire, dolor en mis manos, y gas venenoso. ¡Es mi maldito día de suerte!
Unos minutos más tarde, Ron sintió que la cabeza comenzaba a darle vueltas. El oxígeno casi se había agotado. Aspiró la última bocanada de aire y contuvo la respiración, sin retirar la burbuja de su cabeza. Lo máximo que había aguantado sin respirar eran unos tres minutos. Tenía esa cantidad de tiempo para resolver el enigma.
Sabiendo que no iba a hallar nada en las paredes y en el espejo, Ron, en un esfuerzo desesperado por probar cualquier alternativa, se plantó delante del espejo y le gritó en todos los idiomas que conocía, los que eran dos, y uno de ellos lo hablaba mal. Sin embargo, el espejo parecía no hacer lo que Ron quería que hiciera, porque se podía ver a sí mismo, inclinado sobre el suelo, haciendo lo que parecía un dibujo. No obstante, la nube de gas se había tornado tan densa que no podía ver apropiadamente lo que su imagen estaba haciendo. Había ocasiones en las que Ron creía que estaba alucinando a causa de la falta de aire, y había otras en las que tenía la fantasiosa idea de que el espejo le estaba dando una pista.
Un momento. El espejo muestra nuestro deseo más profundo y desesperado. ¡El maldito espejo me está diciendo cómo resolver el enigma!
Usando su varita para apartar un poco el gas, de modo que pudiese ver bien, Ron puso mucha atención a lo que estaba haciendo su reflejo. En el espejo, la habitación estaba llena de polvo, pero sin gas venenoso, y se podía ver a sí mismo dibujar siempre la misma figura. El Ron del espejo le miraba directamente a los ojos, mientras usaba un palo para hacer su dibujo.
La cabeza le comenzó a dar vueltas, y Ron supo que ya no podría aguantar más tiempo. El reflejo de respirar estaba comenzando a ganar la pugna entre la cordura y la supervivencia, pero Ron no tenía intenciones de rendirse así sin más. Usando sus últimos gramos de oxígeno, miró muy detenidamente el dibujo, solamente para comprender que no era un dibujo en absoluto.
Era un número.
Es el número 9. El muy maldito dibujó el número 9. ¿Será esa la respuesta?
Pero luego, Ron recordó las palabras del acertijo. Dos personas ven el mismo número. Ven números distintos, pero los dos tienen la razón. Si yo estoy viendo el 9, mi reflejo está viendo…
El aire se acabó. La cabeza de Ron daba vueltas, y sus extremidades perdían fuerza rápidamente. El impulso primigenio por respirar finalmente ganó la batalla, y Ron retiró el encantamiento casco-burbuja, aspirando una gran bocanada de gas tóxico, lo que irritó sus pulmones de forma inmediata. Sus piernas dejaron de responderle y cayó al piso. Usando lo que le restaba de fuerza en sus brazos, se arrastró, tal como lo haría un recluta del ejército al pasar por debajo de una malla de alambre de púa, y, a duras penas, llegó hasta la puerta con la cabeza de hipogrifo.
—¿Contraseña? —repitió la puerta.
—S… s… se… seis —farfulló Ron y no fue capaz de decir nada más. Sus ojos se les estaban cerrando solos, cuando escuchó el sonido de la puerta abrirse de par en par. El gas venenoso comenzó a retirarse por los agujeros en el techo, y los pulmones de Ron se llenaron de aire, de maravilloso aire fresco. La irritación en sus pulmones desapareció, así como las pústulas en sus manos. No obstante, tuvieron que pasar varios minutos para que pudiera ponerse de pie, y aun así, sus piernas temblaban. Decidió usarlas, y vio que el temblor iba desapareciendo de a poco. Pasaron varios minutos para que se sintiera relativamente normal nuevamente.
Con la cabeza más clara, Ron descendió hasta el primer piso del castillo, pasando a despedirse de los profesores que conocía, y salió de los terrenos a paso agitado. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que entró en la Sala Multipropósito hasta que salió, pero, a juzgar por la posición del sol, no debió haber sido mucho rato. Eso me recuerda que debo comprarme un maldito reloj.
Cuando estuvo en la estación de Hogsmeade, empleó la misma técnica para trasladarse a la prisión de los magos. Sin embargo, llegó a las puertas de Azkaban más agotado que de costumbre. Era mucho pedir que pudiera usar la desaparición sin secuelas, no después de todo lo que tuvo que soportar dentro de la Sala Multipropósito. Se tomó un tiempo para descansar del viaje, aspirando todo el aire fresco que sus pulmones podían acaparar, y luego, proseguir hasta la garita de seguridad. Antes de la Batalla de Hogwarts, no había necesidad de una, porque eran los tiempos en que los dementores custodiaban la prisión. Después, fue necesaria la contratación de guardias y la instalación de la garita de seguridad, de modo que se pudieran controlar las entradas y salidas. Sin embargo, aun sin dementores, Azkaban no era exactamente un resort. Siempre había nubes negras sobre el edificio de tres caras, rayos caían en el mar, y el viento era tan fuerte que hacía sonidos de ultratumba cuando chocaba con las paredes de piedra tan negra como carbón.
—Lo siento, pero no puede ingresar en el recinto sin una orden de parte del Departamento de Seguridad Mágica.
—¡Pero el maldito edificio se encuentra en bloqueo! ¿Cómo mierda voy a obtener una autorización? —rezongaba Ron, pero el guardia negó con la cabeza.
—Ese no es mi problema. La única forma en que usted pueda entrar a Azkaban es cometiendo un crimen.
Rugiendo en su interior, Ron dio media vuelta e iba a desaparecer, cuando vio un par de postes de madera sobresalir de la piedra, como si en algún tiempo hubiera habido un puente allí. Procurando que el guardia estuviera mirando en otra dirección, Ron se acercó a los dos postes, pero no vio ningún puente allí. En su lugar, había unas escalinatas de piedra, unas escalinatas de piedra muy estrechas, a tal punto que Ron juzgó que debía pasar de lado para no caerse al roquerío, cincuenta metros más abajo.
Típico se dijo Ron, gruñendo, y se internó en las escalinatas, procurando que su espalda quedara bien pegada a la pared de roca. La mala fortuna quiso que el viento estuviera soplando de forma paralela a la dirección de las escalinatas, lo que le zarandeaba de manera muy frecuente. Ron aplanó aún más la espalda contra la pared, usando las manos como apoyo, deslizándose muy lentamente, avanzando unos pocos metros por minuto. La inclinación del descenso tampoco le favorecía demasiado. Varias veces dio un mal paso, y casi cayó cincuenta metros hacia las rocas.
Por fortuna, después de varios minutos de descenso, el viento ya no siguió incordiándolo, pues la isla misma le protegía de las ráfagas. Con cuidado, Ron siguió su camino, lenta y tortuosamente, hasta que las escalinatas se acabaron. Por un desagradable momento, Ron creyó que había llegado a un callejón sin salida, pero después se percató que su espalda no tocaba pared alguna. Giró lentamente sobre sus talones, y vio una cueva que penetraba en el interior de la isla sobre la que estaba emplazada la prisión.
Bajo los cientos de pies privados de libertad podrás dar el siguiente paso.
La pista estaba en lo cierto. La cueva se encontraba bajo los cimientos de Azkaban. Encendiendo la punta de su varita, Ron entró en la cueva, cuidando de caminar realmente lento. Sin embargo, la pendiente no era abrupta, y el suelo no se encontraba mojado, lo que disminuía el riesgo de que se resbalara y cayera en un pozo del que no hubiera escape.
Cinco minutos de caminata le tomó a Ron llegar a una especie de habitación circular. No parecía que formase parte de la cueva, sin embargo. Las paredes habían sido talladas y había formas extrañas dibujadas en éstas. También había otro detalle que desconcertó a Ron, y era que había dos hendiduras a lo largo de toda la habitación, como si la pared estuviera dividida en niveles. Lo otro que le llamaba la atención a Ron fue que las formas en la pared no parecían concordar entre sí, pues había interrupciones entre líneas. Por el momento, decidió ignorar aquellos detalles, y se enfocó en el pilar que se erigía en el centro. De éste brotaban tres pares de manijas, dispuestos en tres niveles distintos. Ron se preguntó si eso tenía que ver con la disposición de la habitación, cuando vio el mensaje en la base del pilar. Estaba tallado en la piedra con una habilidad digna del mejor artesano.
Busca en la casa del tesoro.
Con la posición y la perspectiva correctas, el camino será revelado.
Ron maldijo para sus adentros. Más acertijos. ¿Por qué no son capaces de darme una pista que yo pueda seguir? Pero luego, recordó que estaba realizando la prueba para entrar a la Orden del Fénix. Era la única forma de saber qué había sucedido con Hermione, porque ya tenía claro que ella no iba a venir a él. De otro modo, ya lo habría hecho.
Por lo menos, pensó, no había trampas mortales en aquel lugar, ni tampoco le iba a faltar el aire. Aunque no tenía el lujo del tiempo, sí podía tomarse las cosas con un poco más de calma y averiguar para qué servían las manijas del pilar.
No tenía forma de saber que, en ese mismo lugar, mil quinientos años atrás, ocurriría algo que cambiaría su destino por completo.
