12. Jueves
Es jueves.
A las 16.01, salgo del edificio.
—Oh, ya le abro yo la puerta, señora Sheppard.
La vecina de la tercera planta, que hace unas increíbles tartas de café todos los días festivos, parece que ha salido a pasear al perro con el gato acurrucado en el brazo.
—Kara, estás muy guapa con el pelo suelto. —El gato ronronea mientras ella le acaricia el dorso de la oreja—. Ni siquiera puedo pensar en una actriz tan rubia y de piel tan clara como tú. ¿Quién te ha maquillado? Es muy natural.
—Mi compañera de piso, Nia. —Le sostengo la puerta abierta—. Trabaja en unos grandes almacenes, en el departamento de cosméticos, y estamos probando diferentes looks.
—Ah, sí. El día que tenga un baile y un bonito vestido, iré a visitarla.
El perro me ladra en el tobillo y me estremezco un poco, pero me pongo firme y vuelvo a la calle una vez que ella entra. Me quedo congelada. En vez del Rolls-Royce, el que está aparcado fuera es el BUG 1 de color negro brillante de Luthor.
Ella está apoyada en el coche mientras me observa y me sonríe. A mí. Da un paso adelante.
—Hola —me saluda. A mí. Olvido todo. Hasta mi nombre. Hasta que se supone que hoy estoy trabajando. Se me retuerce el estómago e incluso la garganta.
—Hola —contesto, y observo su traje negro mientras me abre la puerta del copiloto.
Oh. Dios mío, ¿qué es esto?
Me ofrece la mano, la miro con temor y anticipación antes de deslizar los dedos por los suyos. Me agarra los dedos levemente mientras me deslizo en el asiento, la caricia persiste mucho después de que se marche y cierre la puerta.
Entra en el coche y nos encierra en el espacio más reducido en el que nos hemos encontrado desde que nos conocimos. Me envuelve su aroma junto con el cuero del coche y me empiezan a doler los pulmones cada vez que respiro.
Mientras me vestía, seguía diciéndome a mí misma que no necesitaba lucir perfecta porque no serviría de nada. Pero en realidad me he pasado más tiempo que nunca pensando en lo que me iba a poner y preguntándome qué le parecería.
Dean me envió un mensaje informándome de que debería ponerme algo cómodo porque algunas partes del edificio todavía están en construcción. Al final, me he puesto mis vaqueros favoritos, un suéter sin forma y holgado con el que me encanta escribir y las botas de invierno, porque me encanta llevar calzado cómodo.
Soy fan de los calcetines gruesos, mis botas Ugg y de meter los pies en algo suave y ceñido. Pero no importa si a ella le gusta, ¿no? Porque de esto no puede salir nada. Estoy trabajando y ella…, bueno, ella está siendo más amable conmigo de lo que jamás habría imaginado al ofrecerme una visita.
—Espero ir vestida para la ocasión —susurro.
Me recorre el cuerpo con sus ojos verdes, de repente, el calor de mis pies se extiende a otras partes de mi anatomía y aparece una ligera sonrisa en su rostro. Extiende un brazo por detrás del asiento y me mira de frente.
—Me gusta tanto como lo que llevabas el día que nos conocimos.
Me cubro la cara y me río.
—Seguro que no quieres decir eso.
Cuando me obligo a mí misma a dejar caer las manos, me está observando. De verdad que nunca me han mirado como ella me mira, con ese brillo travieso en la mirada, sexy, oscura, profunda y enturbiada con las promesas más exquisitas. Cuando me toma el pelo así, se me calienta la carne, me pasan cosas que solo podían explicarse mediante colisiones, partículas, energía y química. No lo soporto.
Sin tranquilizarme más por mi apariencia ni lo mucho que le gusta o no le gusta, arranca el coche, echa un vistazo a los retrovisores y se incorpora a la carretera con un chirrido de neumáticos.
Al segundo siguiente, estoy hundida en el asiento del coche y sin aliento.
—Este coche hay que conducirlo como si lo hubieras robado —dice.
Toma una curva de forma un poco temeraria y empieza a reírse; es un sonido bajo y divertido.
—¿Estás bien, Kara? —Sonríe y me da un apretón en el muslo. Levanto la mirada hacia ella con un hormigueo de adrenalina y lujuria que parecen campanas repicando bien fuerte en mi interior.
Sonrío y asiento con la cabeza, pero añado:
—Aunque eres un demonio.
Disminuye la velocidad comienza a conducir como una persona normal durante el siguiente par de calles, hablando bajito y mirándome de soslayo con curiosidad.
—¿Más demonio que santa?
—No serías una santa ni, aunque te pusieran una aureola.
Sonríe, pero hay algo en esa sonrisa que no llega a los ojos mientras vuelve la atención a la carretera. Desde el momento en el que la conocí, el aire que nos rodea parece distinto que cuando no estoy con ella. Más denso, más eléctrico. Cada mirada, sonrisa o palabra causan ondas en el ambiente. Pero ahora mismo, en este coche de cuero con olor a mujer, siento su presencia con cada aliento. Cada respiración, cada movimiento; esos movimientos suyos, cuando gira el volante, cuando cambia de marchas. Y mis movimientos: me echo el pelo hacia atrás y me paso las manos por el suéter.
Cuando llegamos al aparcamiento subterráneo de Interface, estaciona en la primera plaza vacía, me digo a mí misma que debo olvidarme de sus deliciosos besos fantasma mientras se quita la chaqueta y la arroja al asiento.
Pero es inútil; la visión de su cuerpo debajo de la tela de la camisa de algodón blanco no ayuda a que las rodillas me vuelvan a funcionar con normalidad. Se desabotona la blusa y la suelta, flexionando los bíceps bajo la camisa. No puedo apartar los ojos de ella. Siento su llamada de forma visceral, justo en mis entrañas. La observo y me doy cuenta de que, después de pasarse los dedos por el cabello, un mechón le cae sobre un ojo.
Tengo el estómago lleno de nudos mientras lo sigo al ascensor y llegamos a la planta superior.
Su voz pastosa, de repente, me recorre la columna como si fuera una pluma.
—¿Quieres hablar ahora de Interface?
Aparto la atención de sus bonitos labios y la encuentro observándome. Su mirada es demasiado aguda y sabia para mí como para sostenerla durante mucho tiempo, pero tampoco puedo mirar hacia otro lado.
—No sé.
—Entonces, ¿no quieres charlar sobre Interface?
Su voz es áspera, más profunda de lo habitual, y la repentina sonrisa en sus labios es absolutamente sensual.
Me muerdo el labio inferior sin saber qué decir mientras da un paso adelante, mirándome inquisitivamente y también… de forma expectante. Se me acelera el corazón. Siento que algo está pasando. Un huracán llamado Lena Luthor está pasando. He soñado con ella, con las dos. Extremidades, carne, caricias, ligeros besos en la comisura de la boca…
Siento un hormigueo de nervios en cada centímetro de mi cuerpo mientras se mueve para colocarse delante de mí. Estira el brazo por la pared detrás de mí con los ojos brillantes. Está tan cerca que veo los fragmentos helados en sus iris, lo que me recuerda otros momentos en los que esos fragmentos parecían haberse derretido por el calor.
—Hola —dice, y me recorre la mandíbula con el pulgar. Entonces, de repente, me sonríe.
Huele a jabón. Su cercanía ilumina mis nervios como si fuera un árbol de Navidad.
Me coge los dedos con una cálida mano y me levanta el brazo, observando cómo encajan sus dedos con los míos mientras sostiene mi mano entre ambas, a la altura del cuello.
—Pregúntame lo que quieras, Kara —me pide mientras me frota el dorso del pulgar con el suyo. Una caricia que electrifica mis terminaciones nerviosas.
Extiende la mano libre y acaricia las tarjetas que agarro con la otra mano.
Echa un vistazo a la nota superior.
—Implacable —lee en voz alta.
Sorprendida, me pongo manos a la obra y cojo las tarjetas con las dos manos. Sonríe y observa cómo meto las tarjetas de forma temblorosa en el bolsito.
¡Estás totalmente descentrada, Danvers! No sé qué hacer ni qué decir, solo que lo que ha ocurrido no es bueno para CatCo, ni para mi carrera, ni para desenmascararla. Oh, joder.
—¿Crees que soy implacable? —Le divierte.
Mientras busco en mi cerebro una respuesta de forma frenética, me contempla con una expresión seria.
—Soy mucho peor que eso —murmura. El ascensor se detiene.
Luthor echa un vistazo hacia arriba.
—Ya estamos aquí.
Salimos del ascensor. Mármol, ventanas, todo nuevo y recién pintado. A un lado hay latas de pinturas, el aroma de la pintura secándose se mezcla con el plástico y el yeso. De los techos sobresalen cables. Es una obra de arte en progreso, un edificio visionario para gente visionaria.
—Oye, ven aquí, quiero enseñarte algo —me dice Luthor, observándome caminar hasta donde ella se encuentra.
Me lleva a una enorme sala de reuniones. Miro a todas partes.
—Es hermosa.
Noto que ella solo me mira a mí. Me mira como si quisiera algo de mí, como si quisiera algo demasiado y desde hace mucho tiempo.
Consciente de que me estoy poniendo como un tomate, aparto la mirada y me distraigo con la enorme obra de arte de la pared de su izquierda. La pared es tan grande que no reconozco las manchas de color cuando las observo todas, pero, cuando me centro en cada una de ellas, lo hago.
Aquí, cubriendo una de las paredes de un extremo a otro, está el enorme mural en lienzo que Nia y yo pintamos en el parque, junto con casi una centena de personas.
Mareada, camino hacia adelante y escudriño todas las manos. Ahí está la de Nia. Y, sí, ahí está la mía.
—¿Qué te parece?
La miro sin creerme lo que estoy viendo. En un impulso, me giro hacia el mural y levanto la mano para colocarla sobre mi huella de mano roja, dedo con dedo.
¿Cómo lo supo? Cuando fui a su oficina, estaba manchada de pintura roja y le dije dónde había estado. Vaya. Miro las manos, todavía sin dar créditos mientras doy un paso atrás.
Recuerdo montarme en uno de sus coches una vez mientras apostaba en una subasta.
Recuerdo todas las cosas de las que se ocupó en el espacio de unos minutos.
No me puedo creer que una de ellas, una de esas veces que estaba al teléfono, uno de esos días, estaba ocupándose de algo relacionado con la única cosa que lo significa todo para mí.
—Verás, estoy corrigiendo una injusticia —dice detrás de mí—. Interface ha contribuido a la causa en la que crees tanto… Y no puedes devolver esto.
Me río y la miro. Las rodillas me tiemblan cada vez más.
—Sí que herí tu orgullo devolviéndote la camisa, ¿no?
—De muerte.
No sonríe.
Su atracción es más fuerte que nunca. Su mirada es más verde que nunca.
—Las donaciones ofrecidas por las instituciones que compran estos artículos van a las familias de las víctimas. Esas donaciones ayudaron a mi madre de verdad cuando mi padre murió —me escucho admitir a mí misma, con un nudo de emoción en la garganta—. Es un gran gesto. Gracias por tu ayuda.
Sus ojos se cristalizan, como si este agradecimiento exiguo que le acabo de ofrecer fuera lo único que había querido.
Sonríe, asiente con su oscura cabeza, de repente, no es suficiente. No es suficiente para nada. En un impulso, me acerco a ella con las botas Ugg sin hacer ruido sobre el mármol. Luego me pongo de puntillas y le doy un beso en la mandíbula. Ella mueve la cabeza, así que termino besándole la comisura de la boca.
Sorprendida, retrocedo entre jadeos.
Tiene los ojos oscuros…, pero brillan de placer. Como si aceptara el agradecimiento, pero si puede tomar más lo haría.
Me doy cuenta de varias cosas. Me ha agarrado por la cintura para evitar que retroceda. Tiene las manos en mis caderas. Me estremezco ante su tacto. También noto la decidida e inconfundible expresión de cazadora en su rostro, como si no planeara dejarme marchar, y me siento mareada por su aroma. Rápido. No imaginaba que el cuerpo humano pudiera desear tan rápido y tanto de un instante a otro.
—Rodéame con los brazos —me susurra con una voz ronca al oído.
Se me encoge el estómago por la sorpresa, siento la explosión de unas mariposas desde la boca del estómago hasta la punta de los dedos. Su mano cálida, sus dedos me rodea la cadera y me sujeta contra ella.
—Rodéame con los brazos —repite lentamente, observando mi reacción mientras me agarra las muñecas, me levanta los brazos y me entrelaza las manos en su nuca. Me mira mientras agacho la cabeza, qué emoción, qué exquisita tortura es desear esto y no querer desearlo al mismo tiempo.
—No puedo respirar —susurro, y echo hacia atrás la cabeza mientras ella se inclina hacia delante.
Empieza a cerrar los ojos, cuyas pestañas oscuras proyectan una sombra en sus pómulos mientras acerca la boca a un milímetro de la mía.
—No quiero que respires.
Me besa la comisura de la boca y mi cuerpo se contrae ante el contacto. Retrocede (no mucho, como si no quisiera dejarme ir o alejarse más de un centímetro) me observa como si fuera absolutamente nueva… preciosa y quisiera jugar conmigo tanto que en realidad no está segura de si quiere hacerlo por completo o, tal vez, guardar algo para luego. ¿Y yo…?
Yo estoy ardiendo hasta los huesos.
Más allá de lo imaginable en este instante.
Deseo tenerla. Quiero olvidar que hay múltiples razones por las que esto no es buena idea; porque no importa si es bueno o hasta correcto, solo que le doy a mi cuerpo lo que quiere. Y lo único que quiero ahora mismo es que me mire como si ella también quisiera dármelo.
Tengo miedo, pero eso no me impide levantar la cabeza en ofrenda, con los labios separados de forma totalmente imprudente.
—Hazlo otra vez —susurro. Le brillan los ojos mientras me observa con una mirada penetrante y deliciosa mientras me paso la lengua por los labios y me retuerzo un poco debajo de ella Luthor…—hazlo otra vez… —pruebo de nuevo.
Agacha la cabeza y el segundo beso en la comisura de los labios está tan cerca del centro de la boca que puedo saborearlo. Oh, Dios, deseo saborearla. Ahora está jugando conmigo. Juega conmigo con besos y un deseo que no he sentido nunca, funciona: estoy anhelante, palpitante, deseosa y moribunda.
—¿Te gusta eso?
Asiento rápido con la cabeza, respirando con dificultad.
—Otra vez… Por favor. —Levanto más la cabeza. Observa mi reacción con unos ojos oscuros y entrecerrados, y yo sigo aturdida mientras lucho por respirar. Me inclina la cabeza hacia atrás para colocarla en el ángulo que desea.
El aire que nos rodea parece fuego; donde su muslo toca el mío me chamusca, tengo los pezones aplastados y calientes los suyos.
Inclina la cabeza y se apodera de mis labios, ahora por el centro. Si me acabaran de quemar en la hoguera, el impacto habría sido menor que la sensación ardiente de su lengua al abrirme la boca. Estallo en llamas y ella me acerca con un ruido sordo mientras profundiza con la lengua y acaricia la mía, dominándome, saboreándome, besándome.
—¿Eso también te gusta? —Sumerge la lengua caliente y húmeda en mi boca; luego me sujeta por la nuca con una mano, me abre la boca para penetrarla más hondo, con más fuerza. Me atraviesa una avalancha de sensaciones, cuando me mueve la cabeza para colocarla en otro ángulo, para saborearme más, abro más la boca para que siga haciendo lo que está haciendo, para que siga frotando su lengua con la mía y alimentándome con su indescriptible y delicioso sabor.
—Sí —gimo suavemente, y respiro ávidamente su aliento—. Puedo saborearte en cada centímetro de mí.
El sonido de sus manos deslizándose por mis brazos, sobre la ropa, es decadente y delicioso. Inclinamos la cabeza, nos besamos un poco y, luego, otro poco más. Entonces, el beso se vuelve más suave… y se retira…
Un temblor se apodera de mí cuando me roza la boca, suave y húmeda, con la suya, el fantasma de una caricia tentadora.
Cuando por fin nos separamos, noto un hormigueo en la boca y la veo muy cerca. Advierto los tonos de verde que cambian en sus ojos, las manchas cobre dispersas en su interior; ahora no son frías, no hay ni una pizca de frialdad en ellas.
Siento que me acaricia las sienes con las yemas de los dedos mientras me aparta el cabello de la frente para mirarme. Deja las manos ahí durante lo que parece un segundo y, al mismo tiempo, una eternidad. Parpadeo a la vez que retiro a regañadientes las manos de su nuca y las coloco, temblando, a los lados. Centro la vista en su rostro.
—Yo… Esto no puede pasar.
—Ha pasado. Está pasando, Kara.
Tiene una mirada pesada, con los ojos entrecerrados mientras examina su obra: mis labios húmedos, hinchados… Al menos, así los siento. Sin darme cuenta, le acarició los hombros, nerviosa.
—Luthor…
Dios, ni siquiera sé lo que voy a preguntar.
Es el tipo de chica que nunca sería amiga de una mujer ni tendría una relación fraternal. Es el tipo de persona que sueñas tener como amante, me desea. Cuando agacha la cabeza, me pongo de puntillas para volverla a besar. Nos saboreamos, nos exploramos lentamente, cuando quiero que vaya más rápido porque me tiemblan las piernas y todo el cuerpo, me frena con la boca, con la lengua. Está al mando, disfrutando de su festín, de mí, y no quiere darse prisa. Mi boca se ha convertido en su expedición y quiero que me explore, justo así.
Se retira; tengo que tragarme una protesta.
Me observa, de los ojos a los labios para volver a subir a los ojos acabar de nuevo en los labios, y lo hace prolongando cada vez más la mirada. Estoy agonizando. De repente, inclino la cabeza, beso su cuello. Gime suavemente, me agarra del pelo y me echa la cabeza hacia atrás. Y ahí, sus labios aguardan a los míos hasta que se fusionan como si hubieran estado esperándose durante mucho tiempo. La caricia, el calor, es tan eléctrico que me retiro con un jadeo y sorprendida.
Volvemos a sostenernos la mirada. Jugamos a este juego de besarnos y luego detenernos… Por la leve sonrisa de su boca sé que lo está disfrutando.
Pero yo no. Estoy sufriendo por el deseo, jadeo mientras lucho contra la necesidad de restregarme contra ella como un gato y desnudarle el pecho. Quiero comérmela viva, tan fuerte y tan rápido que tengo que apretar los puños para evitar hacerlo.
Me sostiene la mandíbula con la mano y me mantiene inmóvil. Me observa hasta el último momento mientras acerca la boca a la mía. Me prueba, me saborea, me vuelve a inundar su sabor embriagador, me derrite. Capto el roce de su mandíbula contra mi mejilla, el calor húmedo de su lengua sobre la mía. Cuando dejo escapar un gemido que me asusta, retrocede un instante para contemplarme de nuevo.
Oh, Dios. Le miro la boca mientras me estremezco por lo mucho que nos hemos besado y lo mucho que sigo deseando hacerlo. Cada vez que retrocede, vuelve a besarme con más fuerza. Con más fuerza. ¿Acabo de tener sobre mí esa boca? Por extraño que parezca, todavía la siento en mí. Me hormiguean los labios de extremo a extremo y de arriba abajo. Ahora también los mira. Luego me aprieta los brazos con las manos y me besa una vez más con fuerza.
Me tenso ante el ataque, temerosa del cataclismo que me alcanza. Intento alejarme y liberarme, pero cada vez que lo hago mueve la boca y siempre está ahí, preparada para volverme a saborear, rozándome con la punta de la lengua para abrirme la boca.
La excitación me corre por las venas cuando me atrevo a abrir la boca lo máximo posible, entonces, me saborea. Es un morreo de infarto que me marea, me desestabiliza y me asombra. Con las manos en sus brazos, me arrojo contra su cuerpo con tanta fuerza que me duelen los pechos al chocar contra los de ella. Entonces le devuelvo el beso. No de forma lenta ni saboreando el momento, sino dando a entender que nunca me besarán así de nuevo y que ansío que me coma como yo quiero comerlo a ella.
Es Lena Luthor, el protagonista del artículo de mis sueños, la salvación de CatCo, debería haberla alejado de mí. Pero, de repente, me siento desesperada. He estado prestando atención a cada signo visual, cada palabra que intercambiamos, tratando de silenciar lo que me hace sentir. Esa necesidad. Esa evidente sed. Pero su boca está sobre la mía y estoy más sedienta que nunca.
Separamos los labios y su boca busca de inmediato el camino hacia mi garganta. Giro la cabeza y le muerdo el lóbulo de la oreja al tiempo que le recorro el cabello con las manos. Nunca he tocado a una mujer así. Tiene el cabello denso y sedoso, oscuro. Gime bajo mis caricias lentas pero impulsivas y el sonido es como una oleada de erotismo que me arrasa.
Sus lentos besos por el cuello me vuelven loca, pero sigo anhelando su boca; la mía está dolorida y parece que el único modo de no ser consciente de ese dolor es con otro beso suyo, que me complazca con locura.
Giro la cabeza. Ahí está, como si ella también necesitara mi boca. Separamos los labios y volvemos a fusionarnos.
Ella gruñe; yo gimo.
Nos saboreamos la una a la otra de forma febril. Noto su lengua caliente y húmeda contra la mía, este único beso me ha excitado más que cualquier otra cosa en la vida.
Pero… ¿Quién te crees que eres, Kara? ¡Venga ya! ¿Elizabeth Bennet?
¿Jane Eyre, quizá?
Me separo con esfuerzo, me sacudo y apoyo la frente contra la suya mientras recobro el aliento.
—No podemos hacer eso de nuevo. —Retrocedo y me paso las manos por el cabello—. ¿Alguien puede…? ¿Me puedes pedir un taxi?
No se niega, solo me mira; luego me observa las manos y vuelve a mirarme a los ojos. Me echa un vistazo a la boca con ojos pesados.
—Te llevaré a casa. Solo dame diez minutos para calmarme.
—No, cogeré un taxi. Yo también tengo que calmarme. Solo puedo verte… para hacerte entrevistas. —Está tan sexy, atractiva , de repente, es tan alcanzable que no soporto estar aquí más. Me acerco el bolso y me dirijo a la puerta.
—Nos vemos fuera en diez minutos —dice con la voz todavía pastosa por el deseo—. Solo deja que me tranquilice —repite.
Pero si te veo fuera, seré la puta que vendió su alma para conseguir tu historia.
Niego con la cabeza sin girarme para no ver que me sigue a los ascensores.
—Tengo que irme.
—Kara. Tomemos una copa mañana —propone.
Pulso el botón para bajar varias veces y le agradezco a Dios que el ascensor se abra enseguida.
—No puedo…, Luthor —contesto, y entro.
—¡Lena! —responde bruscamente mientras se pone en marcha el ascensor.
Me siento embotada de camino a casa.
Lena.
Ni siquiera puedo pensar en su nombre, parece muy íntimo después de lo que hemos hecho.
¿Qué hemos hecho? Me ha tocado la mano. Me ha besado la comisura de la boca. Y luego me ha besado con lengua, me ha puesto las manos alrededor de su cuello, parecía tan fuerte, alta, sólida, poderosa y yo tan débil, líquida y vulnerable que deseé que me hiciera más cosas, cosas que me hiciesen sentir más y menos completa, que me hiciesen sentir como el aire, como un pozo de deseo.
No nos hemos acostado, pero ni siquiera lo hemos necesitado.
Básicamente, he dejado que me coma viva.
Suspiro ruidosamente e intento centrarme en los edificios que tengo enfrente, en la gente que pasea por la acera. Sácatela de la cabeza, Danvers. No, deshazte de las hormonas. Usa esto para desenmascararla. Luthor se siente desafiada o intrigada por ti, pronto habrá acabado y tendrás todo lo que necesitas, todo lo que el mundo ansía conocer.
Me autoconvenzo durante todo el camino a casa, pero nada me aporta paz.
El mejor trabajo que he hecho en mi vida y pierdo una pequeña parte de mí. No soporto pensar en la magnitud de la pérdida cuando termine el artículo.
Estoy cachonda y se debe a que Luthor quiere acostarse conmigo. Es muy obvio: su cuerpo estaba vibrando y tenía los ojos entrecerrados. Además, cuando estaba apoyada contra su cuerpo, noté cómo me deseaba. Está claro que es una afrodita. Utiliza el sexo para… algo. No puedo dejar que me usen así. Soy una periodista profesional. Tengo que mantener las distancias, cosas así no pueden pasar. Siempre y cuando vuelva a erigir los muros entre ambas, todo irá bien. Tiene que ir bien.
Cuando salimos a tomar unas copas la noche siguiente, Nia se muestra indignada por la anécdota de Maggie.
—Os digo que entró en la tienda y me pidió que posara para él —nos asegura Maggie.
—¿Por qué, Kara? Dime por qué Maggie, que tiene novio, ahora tiene a otro detrás de ella, chupándole el culo. ¡Y no hizo absolutamente nada, excepto preguntarle si estaba buscando un aceite o una vela en especial de la tienda!
Le doy un trago al cóctel con la mente dispersa. Puede que no dispersa, pero en otro lugar. Ha vuelto a la sala de congresos de la planta superior de Interface.
—¿Kara? En serio, ¿por qué Maggie atrae a todos los hombres? Que quede claro que yo no quiero ninguno, pero estaría bien que alguno me deseara, ¿sabes?
Dios. Me. Besó. CON FUERZA. Y yo le devolví el beso de la misma forma. Nos enrollamos.
—¿Estaba bueno al menos? —pregunta Nia a Maggie.
—Oh, claro que sí, pero estoy con Esmeralda, ¡no le haría eso!
Vale, así que el Lena besa bien. Es una casanova, por supuesto que besa bien. Pero eso no significa que vaya a volver a ocurrir. De hecho, significa que no debería permitir que ocurriese otra vez.
—De verdad, Kara, ¿estás escuchando?
Como mis amigas parecen tan desconcertadas, intento volver al tema. Maggie, sí. Y su habilidad para atraer cada vez a más hombres mientras mantiene una feliz relación con otra.
—Dios los cría y ellos se juntan, supongo. Los ricos se hacen más ricos, los pobres más pobres, ¿no es eso lo que se dice? Dale a un pobre mil dólares y volverá con un par de vaqueros de marca; dale a un rico mil dólares y volverá con diez mil.
—Dale mil a Luthor y volverá con un millón. Luthor, bueno, sí.
—Tiene ese don —admito.
—¿Y tú conoces su don? —me provoca Maggie con una ligera sonrisa.
Ni de coña voy a divulgar mi secreto más oscuro, así que le doy un trago a la copa.
—Oh, conozco esa mirada, la mirada de que ha estado soñando con su don—dice Maggie.
Cierro la boca y arrojo la llave invisible. Luego, bromeo:
—Todas sabemos que da mala suerte hablar de lo que sueñas. —Me encojo de hombros—. Además, los sueños deben quedarse en la cama, porque no van a hacerse realidad. Es decir, es ridículo pensar en tirar por la borda una gran oportunidad profesional solo para flirtear con una mujeriega reconocida ¿Verdad?
—¿Has encontrado algo extrajugoso?
—¿Aparte de ella? —Arqueo una ceja. Se ríen, pero en mi interior estoy dolorida. Siento dolor en lugares del cuerpo que no deberían dolerme. No sabía que los pechos pudiesen doler de este modo cuando no tienes síndrome premenstrual. En mi interior, entre mis piernas, donde la deseo, me duele.
—Esta noche me piro pronto —dice Maggie mientras echa un vistazo al reloj y coge el abrigo del respaldo de la silla.
—No, venga ya, es noche de chicas, apenas te vemos —se queja Nia.
—Bueno, porque tengo a Esmeralda. Las relaciones hay que regarlas. ¡Como las plantas! —Sonríe.
—Tengo una relación seria con Chris Hemsworth, aunque él todavía no lo sabe. —Nia saca la lengua y luego succiona de la pajita.
—Vosotras dos, de verdad… A veces simplemente no os entiendo. —Con las manos en la cintura, Maggie nos lanza una mirada con la que nos dice «ni siquiera sé por qué os quiero».
—¿Qué? ¿Qué tenemos de malo? —pregunta Nia.
—Bueno, ¿no lo deseáis? ¿De verdad no queréis encontrarlo? Porque está ahí fuera, la mitad de la población lo tiene, los demás lo buscan, otros lo acaban de perder, pero está ahí. No podéis ignorar lo que es.
—Parece que estés hablando de la gripe —se queja Nia. Maggie niega con la cabeza.
—Podéis decir lo que sea de mí, pero voy a por ello. Y ustedes son unas cobardes, deberíais hacer lo mismo. Buscad a un chico o chica que pueda amarlas como un loco y ustedes del mismo modo. ¿Qué es lo peor que puede pasar? ¿Que necesitemos un par de copas de más cuando quedemos la próxima vez?
Al ver que nadie responde, Maggie añade:
—¿Sabéis qué? Pago yo.
—¿Los chicos o las copas? —pregunta Nia.
Cuando Maggie, enfadada, deja un billete en la mesa y se marcha, Nia se gira hacia mí.
—Creo que le dijo a Esmeralda que la quiere y ella no dijo nada.
Mientras le doy vueltas al cóctel, pienso en lo humillante que debe de ser decirle a una chica que vas en serio, estás enamorada de ella y que no te conteste lo mismo.
El resto de la noche, Nia y yo hablamos de todo, excepto de esa mujer poderosa e implacable que no me quito de la cabeza.
Noto que mi camiseta es más fina de lo normal cuando me voy a la cama esa noche y, de alguna forma, mi piel está más sensible bajo ella. Así que cuando me despierto a medianoche de nuevo, sudando y lloriqueando, ni siquiera me sorprendo de la persona con la que estaba soñando.
La sangre es lava en mis venas, el deseo me recorre el cuerpo hasta el punto de que cada centímetro del mismo tiembla bajo las sábanas. Ojalá fuera un deseo canalizado; ojalá deseara saber más de ella, cosas profundas, superficiales, cosas que nadie más sepa, incluso cosas que no pueda incluir en mi artículo solo porque necesito saciar esta necesidad de información. Pero también es un deseo de otro tipo: incontrolable, irracional, no planificado, no deseado. Anhelo desde el mismo fondo de mi ser y no desde mi intelecto, sino de algo más primitivo y antiguo dentro de mí, algo que nunca antes ha respondido a nada ni a nadie.
—Oh, Kara —gimo cuando me percato de mi mano vagando entre los muslos—. No, Kara —digo, deteniendo la mano en la parte interna del muslo.
Por un momento, pienso que voy a ganar, hasta que recuerdo cómo me besó, que ninguna quería parar y que esta es la única manera en que puedo permitirme tenerla. Así que entierro más la mano entre los muslos y le digo a Luthor lo mucho que la deseo.
