14. Después de la fiesta
Seguro que mi madre está dormida. No ha respondido. Todavía me siento como una mierda. Joder, soy una mierda. Gruño, me cubro las rodillas con la camiseta, me abrazo las piernas y entierro el rostro. Al cabo de un rato, oigo el timbre de la puerta de la calle. No voy a contestar. De verdad que no.
A la tercera vez, que suena, me doy por vencida y me dirijo al telefonillo, que está en la cocina.
—¿Sí?
—Soy yo. Lena.
Echo un vistazo de forma frenética a la vivienda que comparto. El edificio es una antigua fábrica convertida en apartamentos. Las puertas que dan a los dormitorios se encuentran en un pasillo corto, uno a la derecha y otro a la izquierda. Hay estanterías de madera pintada, columnas de metal entre la cocina y la sala de estar.
Tenemos un agujero en la pared entre el comedor al lado de la despensa, la solución más barata que encontramos en ese momento fue colgar una gran pizarra ahí, en el lado del comedor, donde escribimos cosas cuando estamos borrachas o simplemente cuando tenemos ganas. Era mi pizarra de ideas, pero las chicas la secuestraron.
Es un… hogar. Mi hogar. ¿Qué pensará de él?
El apartamento me hace sentir orgullosa, es mi pequeño remanso de paz, ahora ELLA está aquí, será una experiencia intensa. Ha pasado un tiempo desde que mis amigas y yo tuvimos esta conversación, pero ningún hombre; ya que mis parejas siempre fueron hombres; ha cruzado la barrera sagrada del umbral de mi apartamento. Nunca. Ella es la primera.
Me pone nerviosa que vea mi casa, mi zona de seguridad, algo de lo que estoy orgullosa y que me hace feliz, a través de unos ojos que han visto mucho más del mundo. Mucho más que yo. Lo que a mí me parece bonito puede que a ella le parezca simple y aburrido.
—Sube —murmuro, le abro la puerta. Luego salgo corriendo a mi dormitorio, me pongo unas mallas y me cambio la camiseta por una blusa larga. Por último, compruebo mi reflejo en el espejo del baño.
Suspiro desesperada al verme los párpados hinchados, me lavo la cara con jabón y me dirijo a la puerta.
Está esperando fuera cuando abro, apoyada contra la pared y una mano en el bolsillo mientras se mira los zapatos con el ceño fruncido.
Levanta la vista hacia mí. Siento que se me paralizan las piernas, como si no les llegara bien la sangre. No sabe lo difícil que me resulta dar un paso atrás e indicarle que entre. Dios, tiene tan buen aspecto como hace minutos u horas, tanto que casi tropiezo con la alfombra.
—¿Te apetece un café?
Echa un vistazo a la vivienda y asiente con la cabeza.
A pesar del tiempo que ha pasado, se ve tan bien como al iniciar la noche en la fiesta. Tengo que luchar contra el impulso de extender el brazo y tocarla. En vez de eso, llevo dos tazas de café a la mesa de centro. Me siento en el sofá y la veo sentarse en mi sillón de lectura favorito, donde se me ocurren las mejores ideas. Me da un poco de miedo no poder volver a usarlo sin recordar que Lena se sentó ahí.
—Siento haber huido —susurro. Deslizo una taza por la mesa y retiro la mano antes de que ella la alcance.
—Me dijeron que no te sentías bien. —Se inclina hacia delante, ignorando el café. Ignorando el apartamento; todo, excepto yo.
Su mirada minuciosa me hace agachar la cara y exhalar.
—Sí, supongo que así era —afirmo.
—¿Te ha molestado alguien, Kara?
—Tal vez… —Levanto la cabeza ante su tono protector y cruzo los brazos sobre el pecho. Nunca se ha preocupado por mí ni me han protegido. Me gusta tanto la sensación que sonrío, un tanto divertida—. ¿Le vas a dar a ella un puñetazo por mí?
—¿A ella?
—A mí —especifico mientras niego con la cabeza—. Me refiero a mí misma, ella es la única que me ha hecho daño. —Aprieto los brazos porque verla en mi hogar hace que la mente se vaya a otro lugar, a otro tiempo, a la planta superior del edificio de Interface. No puedo creer que haya besado esa boca. No puedo creer que me diera un beso tan largo.
Se ríe suavemente y se pasa la mano por el pelo.
—Entonces, no. No le voy a dar un puñetazo. —Una pausa, una mirada cargada de significado.
Entonces, bésala otra vez, pienso con imprudencia.
Gimo por dentro ante la idea y apoyo la cara en la mano por un instante. Luthor parece estar más que desconcertada por mí en este momento.
—¿Esto es algo típico de chicas?
Su voz hace que levante la cabeza; su tono es una mezcla de confusión y diversión que, viniendo de una mujer tan hermética y difícil, me parece inesperadamente dulce.
—Es cosa mía —admito—. He visto a alguien esta noche. Trabaja en el mismo sitio que yo. Siempre es muy directa. Todo lo que escribe es buenísimo. ¡Sus temas, sus metáforas, sus símiles!
Su risa llena la habitación, es un sonido abundante y hermoso; luego se reclina más en el sillón y parece la encarnación de un empresario relajándose.
—Personalmente, soy fan de tu trabajo, Kara.
Mi… ¿qué?
—Siempre tratas tus temas con una honestidad refrescante.
—¿Has leído algo mío? —Estoy segura de que mi voz y los ojos como platos delatan mi sorpresa.
Vuelve a sonreír un poco, pero esta vez también frunce el ceño.
—¿Crees que le concedo entrevistas a cualquiera?
—¿Sinceramente? —pregunto.
Cuando asiente con la cabeza, agacho la mía.
—Pensé que viste mi foto de perfil, en la que mis pechos están a punto de hacer explotar la camisa, y que le dijiste a Dean que me la concederías.
Entrecierra los ojos con diversión, pero luego nos miramos durante unos largos y pesados minutos, las sonrisas se desvanecen.
—Leí tu columna antes de concederte la entrevista.
—Seguro que te decepcioné cuando me conociste. La primera entrevista que te hice fue la más lamentable de toda mi carrera —admito.
Nos volvemos a mirar.
Quiero que diga algo, así que espero.
—Me pareció que eras encantadora.
Me pongo como un tomate.
No es famosa por sus piropos, ni por ser una gran aduladora.
Se conoce por ser franca, tanto que su honestidad casi hace que la gente se sienta incómoda.
Ahora estoy incómoda porque siento que me observa con una nueva intensidad, cuando vuelve a hablar, la chica en mi interior se encuentra eufórica.
—Me causó un gran placer verte salir con mi blusa. Parece que todos los empleados que te vieron sabían que te deseaba. Todos lo sabían, salvo yo, quizá.
Se me corta la respiración.
—Oh —digo cuando logro pronunciar palabra.
—Entonces no lo sabía —especifica con una mirada impasible.
El deseo que siento es tan absoluto, tan poderoso, que no puedo pensar en nada más que en ella y en que no puedo tenerla.
Soy muy consciente de la distancia que nos separa, de cuántos centímetros hay entre ella y yo en la sala de estar. Enciendo una lámpara y la habitación cobra más vida; todas las luces parecen hacerle el amor a los ángulos de su rostro.
—¿Por qué estás aquí, Luthor? Si fue por lo que sucedió en Interface, cometí un error.
—Entonces, cometamos otro. Uno mayor.
Me río de forma nerviosa.
—¿Qué es esto? ¿Ahora soy un desafío para ti?
Sonrío.
—Un desafío es algo que dejas de querer cuando lo consigues. No puedo saber si eres un desafío hasta que te haga mía.
No puedo creer lo sexy que suena esa palabra tan corta, mía, cuando la mujer que deseo la pronuncia. Quiero escucharla decirla muchas más veces, al oído, más cerca. Oh, Dios. Danvers, contrólate.
Pero ¿cómo? La tensión se puede cortar en el aire. Inhalo su esencia con cada respiración; cada aliento me recuerda que tengo el cuerpo tenso y palpitante, con cada aliento me duele todo, por su culpa.
Me observa como si quisiera entenderme.
—Entonces, tu amiga…
—Victoria. Tiene mi edad, pero ya ha publicado historias cortas. Está escribiendo un libro infantil sobre educación sexual y hace que tener éxito parezca algo fácil. Nunca puedo abarcar tanto, pensar en los conceptos que se le ocurren.
—Úsala, úsala para hacerte mejor. Te esfuerzas al máximo cuando otra persona trata de vencerte. Yo era… —empieza, luego se ríe suavemente como si se divirtiera de sí misma—. Vale, probemos esto. —Se inclina hacia delante en el asiento—. Decepcioné a mi padre. —Habla de forma casual, pero me observa como si quisiera asegurarse de que sus palabras tengan efecto—. No sé si fue así desde que nací o pasó más tarde…, cuando enfermé. Mi padre nunca me perdonó esa debilidad. Pidió una prueba de ADN, seguro de que mi madre había tenido una aventura, deseando probar que yo no era su hija. Me hice más grande, más rápido, más fuerte, solo para probar al único hombre que quería que me subestimaba.
—¿Fue un padre duro?
—Duro como el acero. Nadie hacía nada lo bastante bien para él.
—¿Por eso nada de lo que consigues es lo bastante bueno? ¿Por eso siempre vas a por más?
—No es por él. Es porque nunca me parece suficiente. Nunca me detengo a menos que quiera que otra persona me alcance.
—Tú también eres dura como el acero.
Se ríe y niega con la cabeza mientras se pasa la mano por la misma sin descanso.
—¿Estás bien ya?
Asiento con la cabeza.
—Gracias —susurro.
—¿Por qué?
—Estás aquí ahora, evitando que vuelva a un infierno desagradable.
Se levanta, se me detiene el corazón cuando se acerca y se deja caer a mi lado. Cuando me arrastra con un fuerte brazo hacia el hueco entre el cuello y el hombro, estoy hecha un flan.
—Ven aquí. —Me sostiene durante un rato, rodeándome con el brazo. No es delicada en absoluto, tiene el pecho duro y los hombros cuadrados, pero siento su calidez, los latidos de su corazón, de repente, sin darme cuenta, le doy un beso en el cuello.
Me rodea la cintura con el brazo y me atrapa contra el pecho. A continuación, me acaricia el cuello desde la clavícula hasta el borde de la mandíbula.
Deslizo la mano por su vientre.
Me lanza una mirada cargada de una violenta fuerza y me cuesta respirar cuando agacha la cabeza.
Me besa la comisura de la boca. Cierro los ojos de placer y no me atrevo a mover un músculo.
Me enmarca el rostro con las manos, despacio, me roza la boca con la suya. Se echa hacia atrás un centímetro, me vuelve a mirar y se asegura de que estoy bien antes de inclinarse de nuevo y abrir los labios contra los míos.
Me sostiene ligeramente mientras le devuelvo el beso, como si me estuviera dando espacio, dejando que me acostumbre a ella. Todo es fantástico en ella: la mandíbula, el pecho, los brazos y las manos.
Pero, Dios mío, qué labios y qué lengua. Tiene los labios cálidos y suaves, me besa con urgencia utilizando la lengua para deslizarse por mi boca, lo que provoca que me funda en ella.
Nos hundimos en el sofá y dejo que me bese porque es la sensación más exquisita que he experimentado en mi vida. Abro la boca más, saboreando cada minuto, cada segundo que posa los labios sobre los míos. Me besa largo y tendido, una y otra vez, hasta que me deja sin aliento. No quiero que esto termine. Podría hacerlo durante horas. Es perfecta, increíble.
Se retira y me recorre el labio inferior con el pulgar.
Se me pasan tantas cosas por la cabeza que no pienso en nada en absoluto.
Me cuesta respirar al verla con el cabello alborotado, los ojos pesados y los labios un poco hinchados, devolviéndome la mirada como un tigre hace con su presa. Nos movemos para que me siente en su regazo, a horcajadas sobre ella. Me besa la línea de la mandíbula y yo me agarro a ella. Me vuelve a besar la comisura de la boca, asegurándose de que estoy bien, mientras me abre la camisa con las manos. Se inclina hacia abajo y me planta un beso justo debajo de la garganta.
Le observo el cabello negro azabache mientras siento su cálida boca en la clavícula. Me deja un reguero de besos desde el canalillo hasta la mandíbula para volver de nuevo al cuello. Un chupetón por aquí, un lametón por allá y más besos. Contemplo el techo e intento memorizar la sensación de sus labios sobre mi cuerpo. Siento que estoy separada de mi cuerpo. Si alguien me hablara, probablemente no lo escucharía. Lo único que quiero en mi vida ahora mismo es que nunca se detenga.
Se abre paso hasta mis labios y me da otro suave beso. Abro la boca enseguida, le rodeo el cuello con los brazos y la acerco a mí. Tiene sus manos sobre mis muslos; sin ellas, probablemente estaría en algún lugar cerca del séptimo cielo o, en este caso, en el septuagésimo cielo.
Me derrito cuando escucho su sexy voz contra mi piel.
—Sigo pensando en ese día. Y no tuviste la posibilidad de probar esta dulce…
Abro la boca, de repente, le beso con todo mi corazón. Es exquisita. Me devuelve el beso con ternura, luego, con urgencia. El aroma de su perfume me envuelve, el calor de su cuerpo me calienta y sus labios me vuelven loca poco a poco. Esta pequeña sesión de besos me va a llevar directa a un psiquiátrico.
—No te detengas —susurro meciendo las caderas con el repentino anhelo de acercarme a ella para sentir su piel sobre la mía.
Me tiembla el cuerpo. Levanta la cabeza, me besa la comisura de la boca y empieza a mordisquearme. Gruñe y puedo afirmar que está muy concentrada en ello.
—No pares —ruego.
—No voy a parar hasta mañana.
Se retira y me envuelve el rostro con las manos. Observo sus ojos verdes y brillantes que me miran con una luz que no puedo describir. Me contempla como si fuera una diosa. Como si nunca se hubiera imaginado a alguien como yo. Me mira con tal necesidad y ternura que noto de nuevo la boca seca.
No estoy lista para esto. Estoy asustada. Estoy nerviosa.
—¿Qué coñ…?
Se encienden las luces y me siento, confundida, al mismo tiempo que me cubro la cara ardiente con las manos.
Nia parpadea.
Luthor cierra los ojos con fuerza; luego los abre, y está tan sexy, tan femenina, tan enfadada y enloquecida por mí.
—Espero que lo que está pasando aquí no esté pasando en realidad. — Nia le frunce el ceño con las manos en las caderas.
—No es lo que parece —suelto. Lo miro mientras ella me observa perplejo, con el ceño fruncido. Tiene el pelo de punta de forma adorable, pero su expresión refleja que está más que molesta.
—Tu compañera de piso. —Maldice en voz baja como si acabara de acordarse de que tenía una.
Mortificada, la pongo de pie, con mucho esfuerzo, y luego la llevo hasta la puerta.
—Eso… ha sido más que un error. No sé qué me ha pasado.
Tiene la mirada oscura como la noche y la voz ronca por el deseo.
—Sé lo que te ha pasado, lo mismo que a mí.
—No. —Salgo al pasillo, llamo al ascensor y luego la meto a empujones con todo mi esfuerzo—. Adiós, Luthor.
—Te llamaré, Kara —murmura mientras me agarra la cara y me da un beso en la boca, pasándome la lengua ligeramente sobre la mía, haciéndome gemir antes de soltarme y de que se cierre el ascensor.
Dios. Mío. ¿Qué he desatado?
—¿Qué ha sido eso?
—Estaba despidiéndose.
—Soy Nia, ¿recuerdas? Tu mejor amiga. Sé cuándo mientes. ¿Estabais… revolcándoos en el sofá como una pareja?
—He tomado unas cuantas copas, ella también y luego hemos hecho… eso.
No… pienso con claridad.
—Vale, porque en el fondo sabemos que es Lucifer, ¿no? La versión femenina de un capullo. ¡No nos acostamos con capullos, no dejamos caer los muros!
Asiento con la cabeza y me marcho a mi dormitorio. Me restriego la boca con el dorso de la mano, me cepillo los dientes y luego me miro la cara en el espejo.
¿Qué estoy haciendo? Le he ofrecido mi corazón en bandeja. ¿Por qué no le he dicho sin más que estoy escribiendo un artículo para desenmascararla?
Esto no formaba parte del plan. Se supone que tengo que escribir un artículo para desenmascararla, no permitir que ella me deje al descubierto.
Pero no puedo dormir. Recuerdo la frustración en el rostro de Luthor cuando Nia entró. Un poco más tarde, enciendo la lámpara y cojo el móvil. Escribo:
Siento haberme despedido así.
Pero antes de enviar el mensaje, marco el número y me pregunto si contestará. No me lo pregunto mucho tiempo; escucho su voz al cogerlo. Me saluda.
—Siento haberme despedido así.
Cuando responde, noto una sonrisa en su voz que me alivia.
—Si eso es necesario para que me llames…
Me río, luego me pongo seria, me acurruco en la cama con el teléfono en la oreja y susurro de forma tímida:
—Eres diferente conmigo que con los demás.
—Por el letrero que llevas de «cuidado, frágil».
—No soy frágil.
—Eres tan frágil que te has empaquetado a ti misma para no romperte.
—Me gusta mi zona de confort.
—En la zona de confort no ocurre nada.
—De eso se trata: lo controlas todo, es predecible y… seguro.
Hay un largo silencio. Entonces, Luthor dice:
—Cuando salgas de la caja, te estaré esperando.
Bueno casi, casi… disculpen la demora, pero ya tiene su droga.
Saludos desde el país con la mejor salud del mundo mundial Chile (léase con sarcasmo)
