16 Tunnel
—Vale, vamos a mezclarnos. Ayudame a encontrar a Esmeralda.
Maggie, Nia y yo recorremos las salas de Tunnel, que parecen laberintos, mientras una mezcla de olores de las paredes de arcilla, sudor, junto con perfume, colonia y alcohol, nos asalta. Por otro lado, las luces intermitentes y la música nos atraviesan mientras no dirigimos al corazón de Tunnel, el «foso». Maggie encabeza el grupo y yo lo cierro, girando la cabeza mientras la busco.
—Apuesto a que está ahí.
Nia señala una sala a la derecha abarrotada de gente, por lo que ni siquiera veo a través del muro de vestidos brillantes y un sinfín de centímetros de piel desnuda.
—¿Por qué ahí?
—¿Hola? Cuando el río suena, agua lleva. Donde hay CHICAS, ahí está Luthor.
Frunzo el ceño ante el comentario, me abro paso hasta la esquina más atestada de gente y el corazón me da un vuelco al ver que ahí está la dueña de mis hormonas. Jack y Sam están guapos, pero Luthor podría llevar un cartel con la siguiente inscripción: TRÁETE UNA MUDA.
Dos mujeres están sentadas en el regazo de sus amigos, una bonita rubia famosilla habla con Lena y la mira con total éxtasis.
La música retumba en los altavoces. Mientras se chocan los unos con los otros y se empujan, aprovecho el momento para observarla ahora que no me mira. Está bronceada, tiene el cabello ligeramente de punta y la blusa remangada hasta los codos, como siempre que sale de fiesta, cuando actúa de forma sexy y alocada. Dios, mariposas.
Se ríe mientras se gira para escudriñar la sala con despreocupación, luego, tensa los hombros. Cuando noto que me ha visto, se me detiene el corazón, acto seguido, me da un vuelco. Me convierto en el objeto de su incómodo escrutinio.
Arquea una ceja, una vez más, sonríe de esa forma tan suya. ¿Vas a quedarte ahí toda la noche?, parece que dice.
Luthor coloca la copa en la mesa de al lado y se acerca. El corazón se me acelera a cada paso. Me observa, de los pies a la cabeza; sus ojos no se pierden detalle.
—Kara.
Me arrastra hasta sus brazos y me da un beso en la mejilla. El roce de sus labios es tan increíblemente ligero que no puedo creer que un gesto tan mínimo pueda hacerle tantas cosas a mi cuerpo. En mi interior se disputa una guerra mientras intento respirar con normalidad cuando me da la mano y me lleva a la mesa del fondo. Soy una chica, hay pruebas de ello en mi certificado de nacimiento. Pero nunca me he sentido como una chica hasta este momento, cuando siento la mano diminuta y frágil en su fuerte agarre.
Jack y Sam me saludan a través de la música.
—¡Hola, Kara!
—¡Hola, Kara!
Tomo asiento en el reservado y Lena se coloca a mi lado. La blusa se le pega tanto en tantos lugares que no puedo evitar sentirme atrapada en mi propia piel solo con mirarla.
Me pide una copa, se vuelve a sentar y parece tan relajada como yo tensa. Algo sucedió cuando vino a mi apartamento. Que le importara si estaba bien o no me tocó la fibra, pero, además, se abrió conmigo de una forma que me sorprendió, y lo más asombroso es que yo me abrí a ella.
Compartimos cosas, cosas reales. Ahora, la intimidad entre las dos es tan palpable que cada centímetro de mi cuerpo ansía estar más cerca de ella, tan cerca como aquella noche.
Tiene el brazo estirado detrás de mí, sus amigos siguen bromeando y haciendo cosas perversas a las chicas con sus copas.
—¿Qué tal la semana, Kara? —Ante la pregunta de Luthor, un brillo cálido de excitación me recorre las venas porque hay interés genuino en su mirada.
—Bien. El trabajo va bien. Mi madre está bien. Yo… bueno, no quiero aburrirte. —Pero sonrío. No logro recordar a nadie escuchándome tan atento describir cómo me ha ido la semana.
Entonces le pregunto por su viaje a Londres, porque leí que estuvo allí 48 horas, y contesta:
—Bien. —Luego cambia de tema—. ¿Sobre qué estás escribiendo ahora? —susurra.
Siempre está muy concentrada en todo lo que digo. La gente pasa, le da palmaditas en la espalda o la llama y ni una vez levanta la cabeza para mirar a alguien que no sea yo. Igual de absorta en ella y con dificultad para alejarme de temas peligrosos, doy un rodeo y digo:
—Estoy investigando para la columna de la semana que viene.
Noto que ha bajado uno de los brazos extendidos por el respaldo de mi asiento y pienso: tú eres la protagonista.
Un anhelo doloroso me golpea justo en el centro. Guau. ¿De dónde ha venido eso?
Echo un vistazo a mi regazo mientras intento recomponerme. ¿Por qué?
Oh, ¿por qué tengo que sentir esta inestabilidad contigo?
¿Es porque quiero sacarte a rastras cuando te pones tan seria y no me tomas el pelo?
¿O es que de verdad quieres saber, por alguna inexplicable razón, lo que me conmueve?
¿O tal vez es porque me pones tan nerviosa… o quizá solo porque has preguntado?
Intento respirar, consciente de que me observa con esos ojos infinitos y profundos de color verde bosque enmarcados por esas densas pestañas que esconden todos los secretos de alguien que en realidad nunca enseña sus cartas hasta que termina el juego. Unos ojos astutos e interesados. Quiero cerrarme en mí misma y no exponerme mientras siga sin ofrecerme casi nada, pero no puedo evitar desear responderle cuando me pregunta. Echo un vistazo a la pista de baile, me pongo de pie lentamente y le tomo la mano.
—Baila conmigo —le pido.
Estoy harta y cansada de preocuparme, estresarme, desearla y luchar contra ella. Estoy cansada de pensar, de tratar de no sentir. De repente, lo único que quiero es bailar con ella. Una hora de diversión, una hora para ser una simple chica con su "cita".
Arquea una ceja sin decir nada…, pero se levanta. Lo hace despacio, como una serpiente cuando se desenrolla. Me río y tiro un poco más de su mano para guiarla hasta la sala que comunica con esta, donde está la pista de baile.
—Baila conmigo, Luthor.
Con la mano tiro de ella hacia delante. Deja que la guíe, como un animal salvaje y perezoso que complace a su presa antes de abalanzarse, salta a la pista de baile conmigo y lleva las manos a mis caderas. Cuando levanto la mirada y veo su pícara sonrisa se enciende un fuego en mi interior.
Me observa mientras me muevo de forma sinuosa bajo sus manos, arriba, abajo y a los lados, como si fuera una barra. Una barra que quiero besar, al igual que cualquier chica, porque, a fin de cuentas, soy una simple humana. Empieza a dejar vagar las manos arriba y abajo por mis costados, con un brillo demoníaco en los ojos. No logro hilar un solo pensamiento, tengo la mente en blanco. La deseo desnuda, sudorosa, fuera de su zona de confort, sin sonreír, sin divertirse y, por supuesto, fuera de control.
—¿Es eso lo mejor que puedes hacer? —Me burlo, sorprendida cuando tira de mí para acercarme a ella.
Entonces, con las manos en mis caderas, me mueve. Guau. La gente salta a nuestro alrededor y nos golpea mientras Lena baila como si su cuerpo fuera una extensión del mío. Me arrastra contra ella con muy poco esfuerzo por su parte, me acaricia la espalda hasta llegar al cuello con los anillos que tiene en los dedos. Estoy tan impresionada por la sensualidad de sus movimientos y caricias, la sensación de sus músculos contra los míos, así como lo segura y excitada que me siento en sus brazos, que tengo la impresión de estar colocada. De ella. De esta noche. Estoy robando caricias que sin duda podrían quemarme, pero mis manos tienen vida propia. Una parte de mí ha enloquecido. Sus labios están hechos para besar y sus manos, para acariciar. El único propósito de su espeso cabello es que las mujeres se aferren a ella mientras las degusta a su antojo. Su mirada me ofrece un vistazo al cielo y a algún tipo de fiesta en el infierno, todo eso me enloquece.
Le recorro la blusa con los dedos, los paso por sus hombros y saboreo la sensación de los músculos, duros como piedras. ¡No podría dejar de desear acariciarla ni aunque me atara!
La canción termina, me agarra de la mano y me lleva de regreso a la mesa. Tengo el canalillo perlado de sudor. Nos observan decenas de personas; casi todas las mujeres de la sala me están examinando de la cabeza a los pies, la mayoría con expresiones de querer despellejarme.
Casi me estremezco.
En el reservado, Jack les cuenta las anécdotas de Luthor a las famosillas.
—Oh, sí, pero Luthor exterminó esos rumores.
—¡Los exterminó! —repite Sam con orgullo, y se da un puñetazo contra la palma abierta de la otra mano.
Lena los ignora y me mete en el reservado con ella. Vuelve a colocarse con el brazo en el respaldo de mi asiento y la cabeza agachada hacia mí para que sienta su cálido aliento en la oreja.
—Oye… Mírame —me insta mientras desliza la mano por mi muslo y dejo de pensar.
La caricia despierta todas mis terminaciones nerviosas y mi anhelo. No sé si ha crecido por minutos, horas, días, semanas o durante toda la vida, pero sé que nunca soy consciente de ello a menos que ella esté cerca. Me giro y me apoyo un poco contra ella, gobernada por un impulso. Se mueve de tal manera que deja el brazo suelto alrededor de mis hombros y me estremezco cuando me roza con los dedos por debajo del cabello. Sus amigos están hablando. Luthor me susurra al oído:
—Estás muy guapa.
De repente, me arden las mejillas y mi estómago ha cobrado vida propia. La música se detiene y comienza a sonar Kiss You Slow, de Andy Grammer. Me envuelve la cara con las manos, entrecierra los ojos y me besa
la comisura de los labios.
El aire parece una lengua de fuego en mi piel.
Me aprieta cada vez más contra el costado y luego arrastra los cuatro dedos con los anillos por un lateral de mi cara, siguiendo con la mirada el rastro.
—Esta noche estoy con la chica más sexy de Tunnel —murmura mientras me quita el pintalabios de la boca con el roce de pulgar más sensual del mundo.
Y ahí, en sus hermosos ojos, hay un deseo salvaje que refleja el mío propio. Un deseo que, a diferencia de todo lo que he conocido, me seca la garganta y me impulsa a pellizcarle el pulgar con suavidad. No debería estar haciendo esto, pero no puedo parar. La canción habla de besar lento…
Aparto la vista un instante para darme cuenta de que sus amigos están enrollándose en su esquina con las chicas al igual que Luthor lo hace conmigo, de que mis amigas se están mezclando con la gente por ahí, en algún lugar, de que hay personas bailando, otras mirando hacia nosotras y de que mi vida, justo en este momento, cambia de alguna manera cuando me mira a la cara y el tono de sus ojos varía como un caleidoscopio mientras parece luchar contra las mismas emociones confusas que yo.
Me toma por las caderas, despacio, me guía a su regazo. Me dejo llevar con demasiada disposición, con el cuerpo relajado para que pueda sentarme de lado mientras lo agarro por el cuello como si me fuera la vida en ello.
—¿Quieres hacerlo? —susurra mientras extiende la mano por debajo de la falda y siento la calidez de la misma acariciando la parte interna del muslo.
El pulso se me dispara y deslizo los dedos por su cuello mientras intento atraerla hacia mí. Agacho la cabeza para olerla. Entonces le susurro de forma imprudente al oído:
—Yo estoy con la chica más guapa.
—Eres una zorra. ¡Seguro que luego te tiras a Kara! —dice Sam desde su asiento, levantando la copa de vino hacia nosotros mientras su chica intenta recolocarse el vestido.
Luthor saca la mano de mi falda, pero me aprieta el muslo mientras me mira a los ojos con pesar.
—Estoy ocupada, S —gruñe. Luego, lanza una mirada a Sam con la que simplemente podría arrancarle la piel a tiras.
Dejo escapar el aliento, recuerdo que las imágenes y los rumores que ya se cuentan sobre mí solo hacen que mi trabajo sea mucho más arriesgado.
—Aquí no —le digo cuando recobro al menos un poco de cordura.
¿Revolcándote en una discoteca? ¿En serio, Kara? ¿Con Luthor? Lena me agarra por las caderas y me ayuda a bajarme de su regazo.
—Oye, le gustas de verdad —me dice Sam moviendo las cejas mientras Lena llama a un camarero para pedirle algo.
El hombre se marcha corriendo, regresa enseguida y asiente con la cabeza.
—Señora Luthor, sígame —dice el camarero.
Lena coge la chaqueta del asiento y luego me toma del codo al tiempo que me murmura al oído:
—Ven conmigo, Kara.
Nos llevan a una sala privada. Hay una mesa en el fondo con velitas eléctricas. Una cubeta con vino, dos copas, un jarrón con un único tulipán rosa y una tenue iluminación. Se escucha la misma canción que fuera, pero de forma mucho más íntima.
—¿Necesita algo, señora Luthor? —pregunta el camarero, cuando Lena le pasa lo que parece ser un fajo de billetes, el camarero casi se desmaya.
—Gracias —dice Luthor. Me lleva de la mano hasta el sofá y el camarero cierra la puerta con un ligero, suave y reconfortante clic.
Mis piernas prácticamente no pueden sostenerme, pero, gracias a Dios, Luthor me sienta. Mueve su bronceado y hermoso cuerpo para mirarme. Dios, qué ojos. Ni siquiera puedo sostenerle la mirada más de unos segundos. El corazón me late estrepitosamente y lo noto en el pecho, el cráneo y en la dolorida entrepierna.
—Lena… —empiezo a decir.
Parece tener una sola idea en mente mientras nos acomodamos en el sofá y agacha la cabeza para besarme en el cuello.
Gimo y deslizo los dedos por su pelo; siento lo espeso y suave que es mientras una necesidad ardiente e hirviente me recorre las venas.
Me estremezco cuando me da un beso en la muñeca, donde se toma el pulso. Me prueba con la lengua despacio, explorando la suave piel de mi cuello, me tiemblan las piernas y el resto del cuerpo mientras me envuelve el pecho con la mano y lo aprieta con suavidad al mismo tiempo que me acaricia el brazo desnudo, de arriba y abajo, con los dedos libres.
—¿Te parece bien esto?
Se echa hacia atrás con una sonrisa en los labios mientras me observa, cuando asiento con la cabeza, completa y totalmente sin aliento, me sostiene por la nuca y me da un beso delicado en la comisura de los labios. Es dulce, demasiado dulce. En un minuto, estoy demasiado embriagada, por la lujuria y por Lena, como para hacer algo, salvo existir. Besos. Caricias. Besos en la oreja. En la comisura de los labios.
Vuelve a deslizar la mano por debajo de mi falda.
—¿Qué llevas debajo? —pregunta con voz ronca.
—Algo. —Me tiembla la voz por el deseo.
—¿Algo que quieras mostrarme? —Vuelve a sonreír.
Me siento indefensa bajo su mirada inquisitiva mientras me levanta la falda para verme las bragas. No quiero respirar, ni siquiera deseo vivir después de este momento, cuando me está mirando de esa forma.
—Lena —suplico, me siento promiscua y nerviosa.
—Chist —contesta en voz baja mientras echa un vistazo a mis diminutas bragas de encaje transparente—. No voy a hacerte daño. Solo quiero mirarte.
—¿Mirarme? —No sé si quiero que me diga que sí, que no o que no lo sabe.
—Y tocarte —añade.
Me coloca la pierna en su cadera y me acerca para que quede medio a horcajadas sobre ella mientras me desliza los dedos por la corva. De repente, un millar de terminaciones nerviosas cobran vida, tan sensibles a la ligera presión de sus dedos que gimo contra su cuello. Cuando me tira del cabello, agacha la cabeza y me recorre el cuello con la lengua, gimo más profundamente…
Por lo general, esperaría que se dirigiera directamente al lugar más caliente y húmedo de mi cuerpo, pero es una chica experimentada y no hace nada que espero que haga. Me da un beso en la sien mientras juega con la parte trasera de la pierna con los dedos y me roza la parte interna de los muslos con los pulgares. Se me corta la respiración, los pezones se me endurecen contra la camisa de seda y siento los suyos.
Arqueo el cuello, respiro con tanta urgencia y fuerza que percibo su embriagador perfume. Creo que acabo de gemir su nombre. Luthor desliza los dedos por las braguitas.
—Dime que deseas tener aquí mis dedos —susurra.
Sonríe contra mi sien con puro y obvio placer, porque ya estoy completamente húmeda. Cierro los ojos y le rodeo el cuello con los brazos. Nos imaginó desnudas, moviéndonos al unísono.
Sigue acariciándome la parte interior del muslo y de la pierna con una mano mientras desliza la otra por debajo de la camisa.
Un moderado apretón en el muslo y las cosas se ponen serias.
Ya noto un creciente orgasmo que podría hacer temblar la Tierra y empiezo a sentir algo de miedo.
—Luth… eh, Lena… No dejes de tocarme, pero… necesito ir más despacio…
Se retira y nos separamos por un instante, respirando sonoramente. No puedo enfocarla, la veo borrosa. Tengo que escribir sobre este borrón, no acostarme con ella.
—Dame la mano —susurra.
Levemente, extiende el brazo y me agarra la mano con fuerza. Siento como sus ojos, acuosos y verdes, observan mi reacción mientras hunde el dedo en mi palma. De repente, me acuerdo de cada una de las cuarenta mil terminaciones nerviosas de la palma. Me acaricia los dedos hasta los nudillos, es un roce tan estimulante como la electricidad.
Observo, paralizada, mientras entrelaza su mano con la mía y utiliza el pulgar para masajearme la palma hasta la base de los dedos con lentos y pequeños círculos. Parece que me brota la sangre. Una llama se aviva en mi cuerpo cuando me sostiene la mano y me endereza el brazo poco a poco.
Me besa con dulzura la parte interna del codo, moviendo la lengua por mi piel y limpiando el cálido lugar con su aliento. Sus movimientos son como una droga, una que nunca quiero que deje de darme.
Me levanta la blusa lentamente y la sujeta con la tira del sujetador para dejarla subida.
He leído que el plexo solar es una poderosa red nerviosa, pero nunca lo he sentido antes. Luthor empieza a acariciarme por debajo de los pechos, hacia arriba, me tiende en el sofá para besarme con delicadeza por el ombligo. Cuando gimo, me calma, me susurra, me relaja el cuerpo, y mi vientre se destensa para que toda la sangre se dirija a la entrepierna, que es una llama viva.
Arde y hormiguea ante la perspectiva de sus caricias. Luthor está tan cerca y, al mismo tiempo, tan lejos. Me recorre de arriba abajo la zona de las costillas. Agacha la cabeza para pasarme la lengua por el ombligo y después sumergirla, cálida y húmeda, en el diminuto hueco. Una decena de zonas erógenas despiertan. Mis terminaciones nerviosas, nunca antes estimuladas así, hormiguean y gritan de placer; las zonas calientes cobran vida. Me siento muy viva. Estoy mental, física y emocionalmente excitada.
—No tienes idea de lo mucho que me excitas… —admito mientras le acaricio el cabello. Entonces, levanta la cabeza, me baja una copa del sujetador, rodea un pecho con los dedos y succiona suavemente la punta del pezón con un famélico sonido.
—Esta noche te quiero debajo de mí, Kara. —Levanta la mirada para observarme y veo que el borde dorado alrededor del verde de sus ojos brilla con intensidad. Cada aliento, cada movimiento ondulante de mi cuerpo bajo el suyo mientras succiona, me deshace desde el mismo núcleo hasta el exterior—. Retorciéndote —añade—. Jadeando. Húmeda.
Vuelve a tomar con la boca el pezón endurecido, ya sensibilizado. Me deslizo por el asiento, separo las piernas e intento ponerla encima de mí. En vez de eso, desliza la mano por mi entrepierna. Le rodeo los hombros con los brazos lo bastante fuerte como para sentir los músculos flexionados y tensos bajo mis dedos mientras, lentamente, hace a un lado las braguitas con el pulgar y desliza un dedo en mi interior.
La caricia desencadena una cascada de placer por todo mi cuerpo. Me arqueo y se me escapa un ligero sonido de necesidad y éxtasis. Contemplo como deja caer la máscara de control que siempre lleva puesta mientras me observa, con los labios curvados en una suave sonrisa.
—Por mí…, Kara. Déjate llevar por mí.
El roce del pulgar en el clítoris, el hábil dedo en mi interior, esos ojos, brillantes y observadores, esa voz que tanto me atrae, me provoca un orgasmo que hace que me retuerza sin poder evitar que se me escape un suave grito e incapaz de decirle que yo también deseaba que se dejara llevar por mí.
Jadeo una y otra vez durante un rato. Mueve su cuerpo y me mira con una ligera sonrisa mientras me vuelve a bajar la falda y deja caer la camisa para cubrirme, utilizando una mano para colocarla bien al mismo tiempo que me susurra al oído:
—He querido hacer esto desde el día en que te vi en la fiesta del Ice Box.
Me está tomando el pelo. Ya conozco ese tono. Así que hago lo propio.
—Me desafiaron unas amigas. Supongo que ahora puedo decir que te conozco y que eres la cabrona sin corazón que todas dicen que eres.
—¿Quiénes son todas?
—Tus exnovias.
—No tengo exnovias.
—Examantes, lo que sea.
—Yo también tengo algo que decir al respecto.
—Oh, ¿de verdad? ¿Qué?
—¿Soy inocente? —dice con una sonrisa.
Me río. Quiero besarla, darle un apasionado beso y follármela con más pasión aún. Oh, Dios, quiero darle lo que ella acaba de ofrecerme a mí, pero ¿luego qué?
—¿Te lo estás pasando bien conmigo?
—En realidad era yo que intentaba que la dama se divirtiera conmigo.
Coloco una mano en su muslo de forma juguetona.
—Haces que mi mundo gire un poco más rápido.
—Me gustaría sacudirlo incluso más —dice en un murmullo, me echo a reír.
Me observa con esa sonrisa, esos ojos. Toda ella es picardía a la enésima potencia. Picardía y pecado.
—¿Qué significa para ti sacudir el mundo de una chica?
—Dímelo tú. —Me recorre el cuerpo con la mirada.
—¿¡Yo!? —grito—. ¿Qué tengo yo que ver?
—Nunca he deseado sacudir el mundo de una mujer de la forma en que deseo hacértelo a ti.
Parece que se me acaba de congelar el aire en los pulmones.
Se inclina hacia delante en el asiento, en vez de hacer lo esperado, que es tomarme el pelo porque me ha dejado sorprendida, parece muy seria.
—Tengo que contarte una cosa de mí —dice mientras me envuelve el rostro con su cálida mano—. Me doy todos los caprichos que quiero. No me niego nada que deseo. Ni estoy dispuesto a negarles a los que me rodean lo que desean. Soy tuya si me quieres, Kara.
Me mira en silencio.
—No encajamos —contesto—. Yo solo quiero un lugar acogedor, cálido, con vistas bonitas y lo necesario para dejar de mudarme y quedarme allí, en ese lugar. Tú nunca permanecerás en el mismo sitio.
Se le oscurecen más los ojos. No responde.
Me acaricia despacio la curva de la mejilla con el dorso de un dedo mientras me penetra con la mirada como si quisiera algo de mí. Como si, más que algo, lo quisiera todo. O tal vez cualquier cosa, pues parece hambrienta.
—Yo creo que encajamos a la perfección —murmura al fin. La puerta se abre y aparece mi mejor amiga.
—¿Por qué no me sorprende?
Gruño y me levanto, tratando inútilmente de esconder las pruebas del revolcón: el cabello enredado por haberme retorcido en el sofá, el pintalabios corrido y la ropa arrugada. Me pongo como un tomate; sin duda, a Lena le divierte mi vergüenza. Dios, debo de estar ridícula con el pelo rubio y la cara roja. Me giro hacia ella, por el bien de Nia, le digo con un tono de advertencia fingido:
—Y no creas que tienes barra libre, voy a escuchar esa historia.
—Oye, te vas a quedar conmigo esta noche —dice confundida. Me quedo de pie, mirándolo, mientras Nia me agarra de la mano.
—Lo siento —contesto finalmente con una leve mueca—. Tengo que irme.
Luthor se pone de pie, levanta la chaqueta y mira a Nia mientras la dobla sobre el brazo.
—¿Qué tal si la llevo a casa?
—¿Qué tal un «no»? —responde con una sonrisa.
—Por cierto, soy Lena.
—Te vi en nuestra casa, ¿recuerdas? También he visto tu cara en todas las revistas, a pesar de que estás más guapa en persona, soy completamente inmune. Dile adiós a Kara ya.
Me toma del brazo y Lena pregunta:
—¿Quieres venirte conmigo esta noche, Kara?
Ahora su rostro es inescrutable, pero manifiesta cierta molestia.
—No, lo siento. Tengo una acampada en unos días, así que debería descansar. Adiós —digo con torpeza mientras me giro para marcharme con sus ojos puestos en mí. ¡Oh, mierda, joder, qué mal ha ido!
Me paso las manos por las mejillas ardientes antes de que Nia me arrastre por uno de los largos pasillos del túnel.
—No ha pasado nada —murmuro en respuesta al gran signo de interrogación en negrita que tiene en la frente.
—Está bien, voy a soltarlo —empieza a decir Nia—. Luthor no es un buen partido en absoluto. Ni en cuanto al trabajo, ni en cuanto al corazón. Solo podrías elegir a una persona peor que Paul, y esa es Luthor… sus dos amigos lameculos. Kara, no tienes que decirme lo que ha ocurrido, ya veo que te ha tenido totalmente estampada contra la pared. Pareces una zanahoria.
—¿Qué quieres decir con que parezco una zanahoria? ¿Estoy naranja? — Abro mucho los ojos, flipando.
—Kara, todavía no lo sabes, ¡pero no tienes ninguna posibilidad! Y Sam, me ha follado totalmente con la mirada cuando he ido a por ti a la mesa de Luthor.
—¡No me pongo naranja, Nia!
—Te juro que Sam me ha follado del todo con la mirada y mi corazón todavía no se ha recuperado.
—¿Naranja? ¡Tienen que haber sido las luces de Tunnel! Por favor, dime que querías decir cereza. Al menos la cereza es de un tono más bonito que el puto naranja.
—¡Estás roja! ¿Vale? Relájate, Luthor no se acordará de tu nombre en unos días cuando se levante con cuatro chicas desnudas.
Abro la boca para responder, pero lo único que puedo decir mientras me repongo de mi colocón orgásmico es:
—Si Luthor no es un buen partido, Sam tampoco lo es, ¿vale? No quiero que juegue contigo.
—No me gusta que ninguna de esas cabronas juegue contigo. Este proyecto empieza a no gustarme. —Me agarra por los hombros y me zarandea—. Dime que no te gusta Luthor.
—Yo… —No sé qué decir. No quiero hacerle daño, no quiero mentir, ni siquiera sé lo que estoy haciendo, así que contesto—: A mis ovarios les gusta. —Y cuando frunce los labios con fuerza, añado—: Un poco.
—Oh, no. —Niega con la cabeza de forma salvaje—. No, Kara.
Es inútil. Me corrí en sus brazos en la discoteca. Ahora, me muevo en la cama y la huelo en mi piel. Todavía escucho su invitación para estar con ella mientras encuentro mi lugar seguro. Quiero saber lo que es acostarse al lado de ella sin nada que nos separe. Un millar de preguntas flotan en mi cabeza y siento dolor entre las piernas. Sobre todo, quiero mandarle un mensaje para decirle: Me lo he pasado bien esta noche. ¿Pero de verdad tengo el valor de abrirme de esa manera? Tal vez, si la historia de Luthor fuese distinta. Tal vez, si fuera una chica normal. Tal vez, si yo no estuviera tan centrada en trabajar más que en encontrar pareja. Tal vez en otra vida.
El lunes transcurre a paso de tortuga. Me levanto, café, trabajo, correos electrónicos, edito el borrador del día anterior y el interrogatorio de Cat sobre lo que está pasando. Victoria se acerca con los ojos como platos.
—Funcionó, ¿verdad? ¡He oído que vieron a Luthor con una chica de pelo rubio platino en su regazo!
—Chist. —Me río, la acerco, y entonces me doy cuenta de que no quiero hablarle de ella. A veces, cuando escribo, no quiero hablar de mi tema: lo protejo y lo mimo antes de aporrear las teclas y que vea la luz.
Con esta mujer es distinto. No puedo soportar compartirla. Ni siquiera con mis amigas. No entiendo por qué parece como si estuviera construyendo una burbuja a nuestro alrededor para que nadie pueda opinar ni llevárselo. Ni las chicas, ni su estilo de vida, ni mis amigas.
—Tuve suerte, pero no ocurrió nada. Ya conoces a ese tipo de mujeres, les gusta flirtear.
—Oh, bueno, pues flirtea tú también. —Me guiña un ojo y se marcha.
Joder. Gruño y me desplomo en el escritorio cuando Valentine pasa por allí con la misma cantinela.
—¿Rubia platino? La gente le está preguntando en su red social. Conozco a la mismísima rubia platino…, así que habla ahora, rubia platino. De hecho, dame unos cuantos consejos para la cita de esta noche.
—Valentine, ¿tienes una cita? Guau, el amor está en el aire. ¿Chico o chica?
—Chica. La voy a llevar a un chino grasiento para asegurarme de que sabe divertirse como es debido. Odio cenar con palillos. Por eso resulta tan sexy cenar con un hombre. Nada me pone más que alguien con buen apetito.
Sigo navegando por internet, buscando.
—¿Sabías que los pingüinos son monógamos? —pregunto.
—Sí, formé parte de esa tribu una vez, pero me rebelé. Verás, las normas de las citas tradicionales ya no me limitan, y tampoco deberían limitarte a ti. Oh, espera, tú no tienes citas. ¿No?
Sonrío.
—Solo porque tú no lograste que cambiara de opinión no significa que nadie más pueda hacerlo.
—¡Ves! ESTÁS saliendo con ella.
—¡NO! ¡NO! Solo… Calla, por favor. Tienes que irte y… meditar. A tu escritorio. ¡Chist!
Respondo a preguntas durante toda la jornada, fingiendo que la noche anterior no le di una gran sacudida a mi pequeño mundo.
