17 Noche
El domingo, en otra acampada vecinal, sigo recordando lo que ocurrió en la discoteca mientras busco en el móvil nuevos enlaces relacionados con ella. Qué extraño. Últimamente no ha estado nada activa en las redes. Apenas ha habido ninguna gran fiesta a la que se le haya vinculado desde esa afterparty a la que no me permitió asistir.
Noto, como en un segundo plano, que cinco chicos han estado entrando y saliendo del parque, montando la que creo que es la tienda más grande que he visto en la vida. Todo el mundo está metido en su saco de dormir comiendo nueces, bayas o malvaviscos. Me giro para mirar de nuevo la enorme tienda y me pregunto qué demonios está pasando.
—Oye, ¿sabes de quién es esa tienda? —le pregunto a la chica que hay junto a mí, una asistente frecuente a acampadas que se llama Rio y que está organizando sus cosas junto al saco de dormir.
Se gira para mirar la enorme tienda situada en el extremo de la zona de acampada y se encoge ligeramente de hombros.
—No tengo ni idea, pero está claro que quienquiera que sea quiere dar la nota.
Me río un poco y vuelvo al saco de dormir. Hace unos diez minutos que no han regresado los hombres, así que supongo que ya han terminado con la tienda.
Coloco el saco de dormir junto al de Rio. El sol se está poniendo y parece que todos se están relajando. Como necesito desconectar de ellos, tratar de relajarme y prepararme para dar caza a ya sabes quién la próxima semana, saco los auriculares, escucho algo de música, tendida bocarriba y mirando los rayos de sol que entran a través de las hojas de los árboles. A veces, una ráfaga de aire me enfría la piel y me agita el cabello.
Respiro hondo, disfrutando de la sensación de la hierba bajo mi ligero saco de dormir. Lo tengo desde hace años. Me lo llevé a mi primera fiesta de pijamas, en séptimo grado, y lo he usado en estas acampadas, aunque en estos años ha perdido relleno, pero me niego a tirarlo.
Rio me da unos toquecitos en el costado, me reincorporo un momento y extiendo el brazo para tomar un malvavisco que me ofrece. Entonces, de reojo, veo una figura oscura. Al girarme, veo a Lena Luthor bajando del coche mientras balancea una bolsa de viaje sobre el hombro. El corazón me da un vuelco. Me giro para mirar a Rio, veo que todos observan a Lena y se susurran cosas al oído. Fantástico.
Rio también la observa.
—No es la clase de persona que asista a nuestras acampadas.
Trago saliva y me centro en masticar el estúpido malvavisco que tengo en la boca.
Lena se dirige a su tienda mientras contempla el trabajo de sus empleados y coloca la bolsa de viaje en el suelo. Escudriña la multitud, buscando a alguien, siento que me vuelve a dar otro vuelco el corazón. Todos intentan actuar con toda la normalidad posible, pero noto que tienen la atención fija en la mujer con pantalones negros y blusa blanca que está de pie junto a una enorme tienda para diez personas. Al igual que la cara de Rio, las de los demás expresan un completo asombro mientras especulan, y es probable que empiecen a adivinar de quién se trata.
Una joven con el cabello rubio rojizo se tropieza.
—¿Luthor? ¿Qué estás haciendo aquí? —pregunta mientras el pecho le sube y baja demasiado rápido.
Luthor la mira. Parece tratar de ubicarla cuando la rubia habla de nuevo.
—¡Tammy! — le dice casi entre risas y preparada para explotar—. Tammy, del Ice Box, ¿recuerdas? Estuviste allí con tus amigos y yo con mis amigas…
—Oh, sí —murmura sin inflexión y, luego, levanta la mano a modo de despedida despreocupada—. Me alegro de verte, Tammy.
La deja boquiabierta un buen rato cuando ella se aleja y se dirige directamente (directamente) hacia mí. Oh, Dios. ¿Cuándo me ha visto?
—Ahora vuelvo —susurro a Rio, o tal vez a mí misma, mientras salgo del saco de dormir, me levanto y me sacudo el polvo. Siento que varios pares de ojos me siguen hacia Lena y su enorme tienda.
Oigo el crujido de la hierba y las hojas bajo mis pies mientras caminamos la una hacia la otra. Ella me sonríe y, una vez más, me sonrojo poco a poco.
—¿No estás un poco fuera de tu elemento, Luthor? —Me río. Lleva unos pantalones negros y holgados que le cubren las largas piernas y una camisa blanca que moldean sus perfectos senos.
Sonríe y me mira de arriba abajo.
—Estaba buscándote.
—¿Cómo supiste que estaría aquí? —pregunto.
Entonces recuerdo que se lo dije en Tunnel. Siento una leve calidez en el corazón al saber que ha venido esta noche a buscarme. ¿Por qué?
Hago un gesto hacia la tienda.
—Bonita casita la que tienes ahí. Se ríe.
—¿Casa?
—Sí, ahí caben… ¿Cuántas? ¿Unas diez personas?
—Solo planeaba alojar a dos —dice con una voz profunda. Le arqueo una ceja.
—¿Dos?
—Sí —añade—. Tú y yo.
Se me atasca la respiración en la garganta.
—Mmm, yo voy a dormir con Rio junto al roble. —Señalo los sacos de dormir.
Frunce el ceño.
—¿Dónde está tu tienda?
—No tengo, solo necesito el saco de dormir.
Me mira como si estuviera loca.
Me río.
—¿Siempre tienes que ser el centro de atención? Sabes que todos van a dormir en sacos de dormir, como yo, ¿no?
—No me importan los demás, me importas tú. —Me mira con esos ojos verdes letales—. Así que vas a dormir en mi tienda.
Antes de poder protestar, me agarra de la mano y me lleva a la tienda.
—Espera, tengo que coger el saco de dormir.
—No lo necesitas, te he traído uno —responde a mi espalda mientras continúa tirando de mí hacia la tienda.
Una vez dentro, veo que su tienda no es para diez personas; seguro que es para unas veinte. El techo mide casi dos metros de alto. Hay un enorme saco de dormir ya dentro que parece más bien un colchón.
No puedo evitar reírme.
—¿Qué? —Me está sonriendo y su aspecto es tan delicioso que me río más fuerte.
—Nada.
Me siento en el colchón/saco de dormir y doy unas palmaditas en la superficie para que se siente junto a mí. Luthor me obedece y la cercanía de su cuerpo caldea el mío. No nos tocamos, pero siento su mano cerca de la mía. Atisbo su perfil por el rabillo del ojo: su perfecto perfil, esos labios tan sensuales y las pestañas negras y rizadas. Es demasiado hermosa. No tengo ni idea de cómo es posible que exista un ser humano como ella.
Me he quedado pensando en la chica del cabello rubio rojizo. Y en sus largas piernas.
Sus labios. Sus pechos.
Y en si se ha acostado o no con ella.
—Apuesto a que esa chica fue una buena novia —susurro. Me mira con un brillo en los ojos.
—Soy una dama y no cuento esas cosas.
—Solo lo haces.
—Exactamente. —Dios, me está tomando el pelo otra vez. Y yo soy un gran manojo de nervios, de deseo y obsesión.
Me pregunto sobre su vida sexual. He leído mucho al respecto. Sus actividades. De día, por la mañana, de noche, cuatro mujeres al día a veces…
¿Y por qué no? La energía sexual corre por sus venas. Su cuerpo vibra con ella.
—¿Es cierto que solo te acuestas cuatro veces, como máximo, con una mujer porque tu número favorito es el cuatro…?
—También como bebés.
—¡Lena! En serio.
—¿Malgastas toda esta energía pensando en mí? —pregunta, y parpadeo—. ¿De verdad?
—No —digo—. De hecho, dos minutos tratando de entenderte me dejan exhausta.
—No trates de entenderme —sugiere con amabilidad.
Abro un paquete de malvaviscos. Me giro y la veo acostada, apoyada sobre el codo, mientras me observa con curiosidad.
Saco un malvavisco y se lo coloco en la mano. Me meto uno en la boca.
—¿Es para comérselo? —bromeo.
Se ríe porque me sale la voz amortiguada por el enorme malvavisco. Yo también me río y ella se mete el malvavisco que le he dado en la boca.
Qué labios. Qué boca…
La lujuria me arrasa como un tren a toda velocidad, de repente, intento pensar en algo, excepto en lo cerca que estamos.
Las voces se apagan en el exterior y ya ha oscurecido. El viento sacude los árboles y bostezo.
—¿Estás cansada?
Me acuesto de lado y me enfrento a Lena, que me mira con una expresión en los ojos que no puedo describir mientras espera una respuesta.
—Sí… Creo que es hora de apagar las luces. —Echo un vistazo al saco de dormir, luego, la vuelvo a mirar a ella.
El aire parece cambiar, me aclaro la garganta y me vuelvo a meter otro malvavisco en la boca.
¿Se supone que ahora tengo que ponerme el pijama? ¿Debería meterme en el saco y dormir? ¿Qué pasa si ella no quiere dormir todavía?
Dejo de hacerme preguntas cuando Lena se desabotona la blusa y la arroja por la tienda.
Lo siguiente que ven mis ojos son sus senos bronceados, podría compararlo con un costoso chocolate que deseo con ansias probar, pero no debo.
Se descalza, pero se deja los pantalones. Se le marcan los músculos de la espalda cuando se gira hacia mí, esta tan bien tonificada que no necesita de brasier, se mete en el saco de dormir. Hace calor esta noche, pero Lena Luthor sin blusa me hace sentir como si estuviera en una sauna.
Señala su saco de dormir; quiere que me una a ella. Comprenderla hace que se me acelere el triple el corazón y noto que el estómago empieza a dar vueltas de la emoción. O tal vez por el miedo o la ansiedad. Pero ¿qué esperaba cuando dijo que quería la tienda para las dos? Ni idea. Lo único que sé es que me siento como la próxima en la cola para montarme en una enorme montaña rusa y quiero subir, llevo mucho tiempo esperando, pero parece que no puedo moverme. Quiero quedarme en la cola un poco más. Sin embargo, esta montaña rusa tiene las manos apoyadas detrás de la cabeza y me observa con una mirada tan penetrante que me inunda una oleada de adrenalina.
Respiro hondo, camino hasta mi bolsa, desato la tira del vestido, atado al cuello, lo deslizo lentamente por mi cuerpo hasta que me quedo en bragas y sujetador. Alcanzo la bolsa, me pongo una gran camiseta de algodón para dormir. Lena sigue contemplándome, invitándome a meterme en su saco de dormir. Me dirijo hacia ella con los pies descalzos y siento el suave crujido de la hierba bajo el suelo de la tienda.
Abre la solapa del saco de dormir. Me deslizo en su interior y me aseguro de que hay algo de distancia entre las dos, porque no quiero parecer ansiosa. Me acomodo en el sorprendentemente agradable saco de dormir y miro al techo. Oigo el suave parloteo del exterior, el canto de los grillos y el viento que remueve las hojas. Siento el cuerpo de Lena junto a mí. Su calor, su perfume. No me atrevo a mirar porque sé que, si lo hago, puede pasar cualquier cosa. Estamos rodeadas de varias decenas de personas, pero, en el interior de la tienda, estamos en una burbujita. Solos ella y yo. Nadie más. Y eso me asusta muchísimo.
Siento que Lena se mueve y se abre paso con una mano hacia mi vientre y mi cintura para tirar de mí hasta que pega mi espalda a sus senos.
Madre mía, estoy haciéndole la cucharita. O ella a mí. Joder.
Me centro en respirar. Tengo la cabeza metida debajo de su barbilla y noto cómo le suben los senos con cada respiración. Su calor atraviesa mi camiseta de algodón, me calienta el vientre y la espalda. Tiene la cara tan cerca de la mía que, si me girara, le rozaría los labios con los míos.
Muevo el brazo de forma nerviosa para cubrir el suyo y ella gira la mano para entrelazarla con la mía.
Lo único que oigo es el latido de mi corazón en el pecho y el sonido del pulso en los oídos. Solo por estar así con ella me pierdo a mí misma. Me hace sentir un millar de cosas distintas, así que me acurruco más cerca de ella, como temeraria que soy, me digo a mí misma que no hay nada malo en desear un poco de calidez. Aunque aquí no hace frío. Me acaricia la cabeza, me agarra más fuerte y me da un besito en la coronilla. La sensación que me provoca cuando lo hace es indescriptible. Siento mariposas en el estómago y la garganta seca. Quiero girarme, abrazarla y besarla, porque sentir su enorme pecho contra el mío me vuelve loca. Me envuelve del todo, me sostiene entre sus brazos. Esos brazos cálidos. Nunca me he sentido tan segura como al ser arrastrada contra su pecho, rodeada por ella.
Abro los ojos y oigo las voces del exterior. Se oyen movimientos, risas y la luz del sol brilla a través del techo de la tienda.
El techo de la tienda.
El techo de la tienda de Lena Luthor.
Lena Luthor, que ahora mismo está acostada debajo de mí. MAAADRE MÍA.
Tengo el brazo extendido sobre su pecho y la cabeza en la curva de su hombro.
Mi pierna descansa sobre su cuerpo, entre las suyas.
¿Qué narices pasa conmigo? Joder.
Lo segundo que noto es que es puro músculo. Vale.
El corazón me va tan rápido que noto que amenaza con salirse del pecho y escapar.
Empiezo a zafarme de Lena y la siento moverse para estrecharme con más fuerza. Gruñe un poco y baja el brazo ligeramente.
Intento liberarme más y su mano acaba extendida en mi trasero. Su mano sobre nalga. Intento contener el pánico y otras emociones mientras me las arreglo para tumbarme de espaldas. Lena se mueve de nuevo. Me arrastra contra ella y jadeo. La muy cabrona está despierta, ¿no?
Tiene la cara apoyada entre mis pechos.
—¡Lena! —grito en un susurro. Permanece en silencio. —¡Lena, por el amor de Dios, alguien podría entrar en cualquier momento, aparta la cara de mis tetas!
Ante esto, se ríe y levanta la cabeza, mirándome en silencio.
Se me corta la respiración. Está guapísima. Con la mirada perezosa, el cabello despeinado y el cuerpo deliciosamente cálido mientras sostiene el mío. Siento un aleteo en la boca del estómago. Agacha la cabeza.
—No te enfades conmigo —me susurra en el cuello. Su voz suena incluso más profunda por la mañana. Gruño para mis adentros porque mi ira desapareció en el momento en que abrió los ojos y me sonrió.
No respondo porque sé que me va a traicionar la voz.
Me vuelve a mirar. Frunzo el ceño e intento dirigírselo a ella, pero creo que no funciona, porque sonríe, vuelve a agachar la cabeza hasta mis pechos, luego, se mueve hacia abajo.
Me planta un beso en el vientre, se levanta y me da otro beso en el cuello.
—¿Estás enfadada conmigo? —vuelve a preguntar. Ni siquiera sé lo que me ha preguntado.
—¿Qué? —contesto.
Me da un beso en el hombro, me toma de la mano y me besa el dorso de la muñeca. Sostiene mi mano en la suya, jugando con los dedos.
—¿Estás enfadada conmigo? —bromea, me coloca el cabello detrás de la oreja en un movimiento que, de repente, me inunda de anhelo.
—Sí, estoy enfadada. Estoy enfadada porque… ¿Qué estás haciendo aquí? No puedo acostarme contigo.
Se ríe.
—No puedo acostarme contigo, Luthor. No lo haré.
Tiene una mirada cristalina mientras me pasa el pulgar por el brazo.
—Sí, lo harás, Kara —afirma.
—No lo haré —respondo.
Toda la alegría se desvanece de sus ojos y se queda en silencio. Me estudia, y casi oigo el mecanismo de su cerebro girando mientras se pregunta cómo derribar mis muros.
—¿Hay un hombre u otra mujer en tu vida?
—¡No!
—Entonces no veo el problema.
—El problema es… —Señalo con el dedo hacia la cremallera de la tienda—. Tammy… y las demás chicas. ¡No quiero ser una de ellas!
—Entonces no seas una de ellas —me susurra al oído.
Cuando se ofrece a llevarme a casa para que pueda cambiarme para ir a la oficina esta mañana, ni siquiera bromeamos.
—Ven aquí para que te bese —me persuade desde el asiento de enfrente en la parte trasera del Rolls-Royce. Me siento vulnerable y salvaje, como si alguien acabara de abrirme y de echar un vistazo en mi interior. Sabe que la deseo y veo, por la expresión de sus ojos, que no va a parar hasta que me consiga. Me estremezco—. Kara —dice cuando estamos llegando a casa.
—No podemos seguir haciendo esto.
—Kara, lo voy a intentar todo para tenerte en mi cama —contesta con una mirada famélica y abrasadora.
Mi cuerpo responde y tengo que esforzarme al máximo para no saltar sobre ella, rodearla y dejar que me bese como una estúpida, como siempre hace.
—Gracias, Luthor —murmuro mientras el coche se detiene delante de mí edificio.
—Lena —replica en un murmullo mientras me bajo del vehículo.
Me detengo y la miro. Me siento como si la estuviera besando otra vez cuando cedo y murmuro:
—Lena.
Me mira la boca como si estuviera pensando en besarme de nuevo. Como si escuchar su nombre de mi boca fuera como una caricia…, tal vez en …. Dios mío, ¿en qué estoy pensando?
Me alejo y salgo corriendo escaleras arriba.
El jueves, me invita a cenar.
Mi corazón pega saltos y brincos en el pecho (te desea, Kara, te persigue sin disimularlo), pero mi cerebro acaba con esa ridiculez. No puedo arriesgarme a que me vean más periodistas, a que se descubra la verdadera historia. También me asusta verla de nuevo en una especia de cita. ¿Acaso no recuerdo lo que pasó la última vez?
Le digo que estoy ocupada y ella simplemente me contesta:
OK.
Me pregunto si mi negativa le tranquiliza o si, por el contrario, le frustra. Mi propia frustración sexual es tan intensa que les ruego a mis amigas que vayamos a nuestro restaurante japonés favorito porque necesito terapia de chicas. Distracción. De verdad que necesito dejar de pensar en ella.
Pero parece que las dos han averiguado, por el boca a boca y el mejor amigo de todo el mundo, internet, que Luthor estuvo en la acampada de Acabemos con la Violencia, y no pueden creerse que fuera a buscarme después de la cita en Tunnel.
—De acuerdo, deja que me aclare. Esta chica, una cabrona por excelencia. que no te conoce de verdad, ¿está dispuesta a hacer lo que Maggie y yo no hacemos? — dice Nia.
—No es para tanto. Me acompañáis a pintar murales, sois un gran apoyo.
—Quiere un revolcón, esa es una gran motivación. Maggie y yo, en cambio, no queremos nada de ti, excepto tu amistad.
—¿Quiere un revolcón? Eso lo tiene cuando quiere. Su cuerpo lo pide a gritos. —Me sonrojo—. Seguro que lo consigue en otra parte.
—Sal y emborráchate, diviértete y acuéstate tú también con alguien — contesta Nia.
No he dormido nada y estoy cansada.
—No estoy preparada para eso —me quejo.
—Lo estarás cuando te hayas tomado unas cuantas copas.
—¿Te preocupa que te guste? —pregunta Maggie.
—No. Esto no es una relación, solo estoy preocupada porque sea mucho más que una mujeriega. Es bastante guay.
—Al principio de la relación, es tan estresante y a la vez tan emocionante no saber lo que piensa —comenta Maggie.
—Oh, créeme, lo único en lo que está pensando es en meterse entre tus piernas —responde Nia.
—Cuando dices que estás preocupada —dice Maggie—, ¿te refieres a que estás preocupada porque te desea o a que puede que no seas tan fuerte como pensabas, lo bastante como para resistirte a ella?
—Me estoy resistiendo a ella. De no haber sido así, esa noche podría haberle quitado la ropa y haberla destrozado.
—¡Kara! —Maggie frunce el ceño—. Negar tus deseos físicos solo provoca que estés más obsesionada. Fóllatela y céntrate en el artículo; ella seguirá adelante tras darte un montón de información.
—Cierto —concuerdo con ella.
—Y pensarás con más claridad —añade Maggie.
La idea de hacerlo con Lena me está volviendo loca.
—Me parece que es peligroso.
—Es una misión suicida. No me gusta —dice Nia.
—Más peligroso es seguir prologando lo inevitable cuando Lena mueva ficha. Termina con esto y escribe el artículo —responde Maggie.
Acostarme con Lena. Cada vez estoy más obsesionada con eso.
Eso es lo que Nia está haciendo de momento, mantiene relaciones sexuales esporádicas. Es extraño el efecto tan profundo que pueden tener en mi vida amorosa las circunstancias de la gente que me rodea, como Nia. Pero así es. Toda mi vida he sido reacia a tener algo con una chica.
¿Y ahora decido que quiero acostarme con ella?
¿En serio?
Es como caer en el abismo más profundo del mundo al despertarte de una siesta.
Tengo trabajo que hacer. Yo quería ser profesional; no estaba en mis planes acostarme con ella para averiguar cómo es.
Mi vida ha girado en torno a los estudios, el trabajo, mi madre, un fantástico empleo, Nia y Maggie. ¿Las chicas? Somos amigas desde el colegio, fuimos al instituto juntas e incluso sobrevivimos a los años de universidad cuando Maggie se marchó. Quedábamos para ponernos al día en Navidad, Acción de Gracias y en verano.
Las tres «vivimos» el tema de Paul. Era muy agradable y estaba muy enamorado de Nia. Yo fantaseaba con conocer a mi propio Paul. Paul era a lo que Maggie y yo aspirábamos. Hasta que hizo lo que hizo y nuestra amiga se quedó completamente destrozada y nosotras luchamos para ayudarla a seguir adelante. Maggie lo superó, todavía cree que ahí fuera hay personas buenas, como Esmeralda. Yo, por otra parte, desarrollé un miedo al amor que me hizo decidir evitar que me rompieran el corazón a toda costa. Y, por lo tanto, también me hizo evitar el sexo y centrarme en el trabajo.
A Nia y a mí nos gustan los tíos, pero no los queremos cerca; de este modo, no nos hacen daño. Y nos sentimos afortunadas por saberlo. Estamos en el armario de las chicas listas, donde van todas las chicas que no quieren que les rompan el corazón nunca. ¿Verdad?
Aunque es cierto que Esmeralda nos demuestra que estamos algo equivocadas cuando Maggie viene a almorzar toda emocionada y sonrojada; resulta un poco deprimente. Pero solo necesitamos una historia de otro chico como Paul para recordar que estamos en lo cierto y reforzar nuestros objetivos. Lo que importa son nuestros trabajos, nuestras madres y nuestras amigas.
Aunque ahora ya no estoy tan segura.
Ahora me paso el día pensando en el cuerpo de Luthor. Tal vez, elegí la carrera incorrecta. Debería haber sido química o médica. Porque sigo preguntándome por qué me atrae tanto. Sigo deseando enloquecer, hacer lo que quiera con ella para luego ver que me deja tirada y escribir sobre ello.
—Kara está callada, creo que está planeando algo —dice Nia en tono preocupado.
Gimo y niego con la cabeza.
—No te acuestes con Lena, Kara, con ella no —murmura Nia. La miro y asiento con la cabeza.
Lo que tiene contar con tan buenas amigas como Maggie y Nia es que estamos decididas a arreglar la vida de las demás. Así que ahora Nia y Maggie están decididas a solucionar la mía. Y si no pueden, parece que están preparadas para liarme con algún chico.
—Está bien, con Lena no, pero se me ocurre alguien. El primo de Esmeralda es un partidazo —insiste Maggie—. Ahora Luthor te atrae porque…
—Porque es Luthor —gruñe Nia.
—Bueno, es cierto —accede Maggie—. Pero has estado centrada en el trabajo demasiado tiempo. Los extremos son malos hasta en las dietas, el sexo o la abstinencia.
—Chicas, parad. No quiero una cita, ¿vale? Quiero asegurar mi carrera profesional antes de dejar que ningún chico me lleve a dar una vuelta… Mirad, no os preocupéis —les digo—. Desde ahora, me limitaré a trabajar hasta que termine el artículo —prometo.
Imagino su carne contra la mía, a ella deslizándose en mi interior, su boca sobre la mía, sus gemidos al alcanzar el orgasmo… Ojalá las cosas fueran distintas, ojalá pudiera tenerla. Pero solo puede darme esto, esta historia, ¿no?
No es una mujer que le dé más a nadie y yo no soy el tipo de mujer que cambiará toda su vida por el loco sueño del amor. Pero ¿qué pasaría si me permito pasar una noche, una sola noche, con ella?
