XVI
A solas
Cazando a las Sailor Senshi, Parte 4

Trost

La transformación que había sufrido Petra había traído una consecuencia imprevista. Levi podía ver, con cortés desconcierto, que ya no parecía tener ningún dolor ni ninguna herida. Podía moverse como si jamás hubiera sido atacada por un titán de quince metros de altura.

—¿Me he… recuperado? —preguntó ella, mirando a Levi de forma inquisitiva, como si él tuviera la respuesta a su inquietud.

—Así parece —repuso Levi, mirando de arriba abajo a Petra, como si recién en ese momento la estuviera viendo apropiadamente—. No sabía que transformarte en una Sailor Senshi podía curar las heridas.

—No —intervino Luna, y Petra y Levi clavaron sus ojos en la gata—. Solamente Sailor Mercury tiene esa cualidad al transformarse (6). Pero eso no es tan importante. Debemos reunirnos con los demás y salir de esta ciudad cuanto antes.

Levi arqueó una ceja.

—No sé si te has dado cuenta, pero estás hablando con soldados, y los soldados respetan la cadena de mando. En este momento, yo soy el oficial de más alto rango, así que te conviene recordar cuál es tu lugar.

Luna no dijo nada, pero era obvio que se encontraba contrariada por la respuesta de Levi. Al final, decidió que era mejor hacer caso al capitán. Levi se quedó un rato más, mirando a Petra, como si no pudiera creer que era, en efecto, ella, con ese uniforme tan extraño. No obstante, juzgó que Hange ya había hecho su trabajo y se dispuso a salir de la habitación, cuando Petra le habló.

—Podría acompañarte.

Levi miró a Petra como si ella acabara de decir que a él le faltaba un tornillo.

—¿Estás segura? No podemos saber si tus heridas realmente han sanado.

—Estoy bien, capitán. Déjeme hablar con los enfermeros y que ellos comprueben por sí mismos si estoy lista para la acción.

Levi juzgó que aquella era una petición razonable, y dejó que Petra hiciera lo suyo, claro que debió transformarse de nuevo, de modo que el personal del hospital no se llevara una impresión demasiado grande. Tuvo que esperar otros cinco minutos para que Petra volviera a la habitación, con una amplia sonrisa en su cara.

—Todo bien.

—Entonces, guíanos hacia el mercader que nos va a aprovisionar.

—Considérelo hecho, capitán.

Luna se trepó al hombro de Levi, y él desapareció por la ventana. Petra, por otro lado, descendió por las escaleras, sin olvidar su cetro de transformación, y salió del hospital por la puerta de adelante, sin que los guardias que custodiaban la entrada pudieran hacer algo al respecto. Por un momento, Petra creyó que los efectivos de la Policía Militar la iban a detener a causa de su falta de cooperación con Nito Orloff, pero ninguno de los dos guardias hizo alguna mención de aquello, y Petra salió sin problemas de las dependencias del hospital. Se reunió con Levi y Luna a unas tres casas del recinto, viendo que Hange y los demás se acercaban lentamente, acarreando unos bultos cubiertos con una manta de grandes proporciones. Cuando Hange vio a los tres, frunció el ceño.

—Recuerdo haberte dicho que no tuvieras ninguna charla romántica —dijo, dedicando a Levi una mirada socarrona—. Y ahora me encuentro que Petra te acompaña, sabiendo que está malherida aún.

—No seas ridícula, Hange —dijo Levi con un leve gruñido—. Petra ya se encuentra bien. Los mismos médicos comprobaron su estado y le dieron el alta. Además, te tenemos una sorpresa con respecto a ella.

Hange puso los brazos en jarras.

—Déjame adivinar. Petra es una Sailor Senshi.

—Justamente esa era la sorpresa —dijo Levi, mirando a Luna—. Ella lo descubrió mientras le preguntábamos sobre posibles mercaderes que estuvieran de nuestro lado.

Hange había dicho esas palabras en broma, pero cuando vio que Levi había hablado en serio, abrió la boca a causa del desconcierto. Era cierto que era una posibilidad encontrar una Sailor Senshi en Trost, pero no esperó que la hallaran tan pronto, y menos que Petra fuese una de ellas.

—Estás bromeando, ¿verdad?

—Sabes que detesto las bromas —repuso Levi, quien lucía un poco inquieto—. No tenemos mucho tiempo. Debemos ir donde el mercader para que nos entregue provisiones. Petra, llévanos allá.

—Yo me encargaré de los pertrechos —dijo Hange, indicando a Eren, Jean y Sasha para que le siguieran—. Procura no coquetear con Petra.

Levi gruñó, mientras Hange y los demás se dirigían hacia el muro.

—¿Es verdad que a Petra le gusta el capitán? —preguntó Sasha, con una cara apropiada para alguien que no hubiera probado comida en días, aunque, en realidad, ella estaba hambrienta de chismes.

—Solamente es un chiste —explicó Hange, y Eren y Jean dedicaron miradas de desaprobación a Sasha, quien se limitó a encogerse de hombros—. Aunque admito que hay algo parecido a encaprichamiento cada vez que ella dice "cabo" o "capitán". De todos modos, no tenemos tiempo para enfocarnos en esas cosas. Necesitamos pasar estos pertrechos al otro lado del muro, y vamos a necesitar otra distracción. Jean, usa una señal de humo amarilla.

Jean tragó saliva.

—Pero, ¿eso no hará que la Policía Militar sepa que estamos aquí?

—No les servirá de nada ver el humo si no pueden encontrar a quién lo lanzó. Nos mantendremos en movimiento. Nos mezclaremos con la gente, de modo que los soldados no nos puedan encontrar—. Jean lanzó el proyectil de humo al cielo, y, segundos más tarde, otra estela, del mismo color, se alzó hacia las alturas desde lo alto del muro, bastante alejado del perímetro de la ciudad. Cinco minutos más tarde, una estela de humo verde les indicó que los ascensores estaban siendo montados. Desde lejos se podían escuchar los rayos que estaba conjurando Mikasa a modo de distracción.

—¡Mira! —exclamó Eren, indicando un punto en lo alto del muro, y Jean, Sasha y Hange miraron hacia arriba. Vieron que unos soldados trabajaban afanosamente en montar los ascensores—. Tienen mucha prisa.

—Espero que Levi no se demore mucho con lo suyo —dijo Hange, mezclándose con un grupo de mercaderes que vendían especias a precios ridículos—. Por cierto, la economía de Trost no es la mejor. Supongo que tener una invasión de titanes es malo para los negocios.

No tuvieron que esperar más de veinte minutos para que el ascensor estuviera listo para ser cargado. Levi llegó justo después, junto con Petra y Luna. Levi llevaba un saco voluminoso a la espalda, lleno de víveres necesarios para una expedición larga.

—¿Estamos listos?

—El ascensor está funcionando. Hagámoslo ahora.

En las afueras de Trost

Mientras Mikasa seguía entreteniendo a los guardias del muro con sus poderes, y Erwin coordinaba las labores de traslado de la carga desde el interior del muro hacia afuera, Armin seguía intranquilo. No lo estaba solamente por el hecho que Erwin había permitido que Ymir se llevara a Historia con tanta facilidad, sino por los recuerdos que habitaban su mente. Y lo peor de todo el asunto era que no se trataban solamente de recuerdos, sino que también de emociones, emociones tan poderosas que eran capaces de anular la razón. Armin sabía que eran los recuerdos de Bertholdt, pero le era muy difícil controlarlos, porque había una urgencia casi primigenia por ir al distrito de Utopia, allá en el perímetro del muro Sina.

Bertholdt quería ir a Utopia para rescatar a Annie. Es obvio que siente algo por ella, pero, ¿por qué yo me siento igual? ¡No son mis recuerdos! Y aún así, también quiero salvarla de lo que sea que le estén haciendo.

Pocas habían sido las veces en las que Armin no había podido ocupar la razón para resolver un problema. Pero aquel dilema era uno desafiante, pues era un problema que se encontraba en su interior, diciéndole lo que debía hacer, anulando el pensamiento constructivo y apelando a una parte de su mente que sabía que no podría controlar. Después de todo, las emociones no estaban diseñadas para ser controladas.

Tú eras el que mejor le caía, Armin. Es tu mejor herramienta para obtener más información sobre los titanes. Puedes convencerla de que te la entregue. ¿Acaso no vale la pena hacer un pequeño sacrificio para tener una mejor comprensión de tu enemigo?

Armin se dio cuenta que era Bertholdt quien le estaba hablando desde las profundidades de su mente. Trataba de persuadirle de que fuera en busca de Annie, usando su curiosidad por saber más de los titanes. Pero Armin sabía que aquello no era necesario, pues tenían a Reiner y a Zeke cautivos, y era más factible obtener información de ellos que de alguien que se había encerrado en una prisión de cristal, precisamente para proteger los secretos de los titanes.

Pero, en ese momento, Armin aprendió que había un trecho muy largo entre saber y experimentar. Y las emociones que estaba sintiendo no le permitían pensar con claridad, ahogando su lógica e instándolo, una y otra vez, a que hiciese la voluntad de Bertholdt. Y no era que Armin tuviese una gran fuerza de voluntad tampoco. Él no era Eren, a quien era muy difícil sacarle las ideas de su cabeza. Tampoco era Mikasa, quien era capaz de dejar un reguero de cadáveres humeantes de titanes solamente para salvar a Eren, y menos Erwin, quien era capaz de tomar decisiones difíciles y vivir con las consecuencias. De pronto, había vuelto a su infancia, cuando era demasiado débil para devolver los golpes y no tenía la suficiente convicción para creer sus propias ideas. Su única arma era su inteligencia, pero era justamente esa herramienta la que no podía usar por culpa de los recuerdos que habitaban en su cabeza.

Quien no toma riesgos, no puede conocer el éxito.

Aquel era el lema por el que vivía el comandante. Erwin era reconocido por jugar con la suerte y arriesgarlo todo, con tal de ver sus afanes coronados por el éxito. Armin se dio cuenta que, para resolver el problema de su mente, había que tomar riesgos. En específico, deseaba ver hasta dónde podía llegar con eso, dejándose llevar por los recuerdos de Bertholdt e ir al distrito de Utopia para rescatar a Annie. Con eso en mente, se dirigió a Erwin con un poco de tiento, pues sabía que había dos posibilidades con lo que se proponía hacer: que el comandante aceptara su juicio o no. No había más.

—¿Comandante? —dijo Armin, con una voz un poco más aguda de lo usual.

Erwin no pareció hacerle caso, pero luego, Armin vio que estaba finalizando las instrucciones para el armado de los ascensores. Una vez acabado esto, giró sobre sus talones hacia Armin, dedicándole una mirada penetrante.

—¿Qué ocurre?

—Tengo un problema —dijo Armin, dándose cuenta que había sonado tonto, por lo que añadió—. Desde que me comí a Bertholdt, he estado recordando cosas que no he vivido, he experimentado emociones que nunca he sentido en mi vida. Creo que, al comerme a Bertholdt, heredé sus memorias, y son difíciles de manejar. A cada momento me dicen que debo ir al distrito de Utopia.

Erwin frunció el ceño.

—¿Utopia? Es allí donde tienen a Annie Leonhart.

—No creo que esto sea de dominio público, pero creo que Bertholdt estaba platónicamente interesado en ella, o al menos esa impresión me da cada vez que mi propia cabeza me dice que debo ir a Utopia. Me es muy difícil manejar todo esto, y, para serle franco, no sé hasta dónde pueda soportarlo. Por eso, quería pedirle algo.

—¿Y de qué se trata?

—He decidido tomar el riesgo e ir a Utopia, a ver hasta donde llega todo esto. Si es solamente un capricho, entonces me devolveré cuanto antes. En caso contrario, de todas formas volveré, con Annie de ser necesario.

—¿Y cómo planeas transportarla? Tienes que entender que, si vas a ir a Utopia, lo harás solo. No puedo permitir que vayas con escolta, pues tenemos pocos soldados y realmente necesitamos entregar, de algún modo, a Reiner y a Zeke a la Policía Militar. Son individuos demasiado peligrosos para dejarlos sin custodia.

—Con el debido respeto, comandante, no estaba pidiendo escolta. Ya asumí que esa misión deberé emprenderla solo.

Erwin se quedó mirando a Armin, y él supo lo que estaba pensando. Ya había dejado ir a Historia, a sabiendas de que ella era la mejor pista que disponían para descubrir el secreto de los muros. Perder otro soldado clave en su estrategia no era ni remotamente ideal. No obstante, la misión actual no requería de sus talentos, y era perfectamente plausible que Armin fuese capaz de regresar con el Cuerpo de Exploración cuando fuese necesario. Por supuesto, no había ninguna garantía de que así fuese, pero el comandante estaba tan acostumbrado a tomar riesgos que tomar la decisión no le fue en absoluto difícil.

—De acuerdo. Tienes total libertad para actuar como estimes conveniente —dijo Erwin, mirando a Armin con una expresión parecida a orgullo—. Si hay algo más detrás del deseo de Bertholdt por rescatar a Annie, entonces es preciso averiguarlo de inmediato. Tal vez en sus recuerdos esté la forma de sacarla de esa prisión de cristal.

—Señor —dijo Armin, haciendo el saludo militar. Sabiendo que iba a necesitar su caballo para emprender la larga marcha hacia el distrito de Utopia, Armin se subió a éste, y cabalgó hasta el borde del muro, donde tomaría el ascensor y penetraría en Trost. Desde allí, saldría por la entrada norte. No obstante, sabía que iba a necesitar víveres, de otro modo, se iba a morir de hambre antes de llegar al muro Sina. No obstante, tenía un poco de miedo, pues era la primera vez que iba a estar completamente solo, en medio de la nada, pues los titanes no eran los únicos seres que comían humanos.

Afueras de Trost, al norte del muro Rose.

Una patrulla de la Policía Militar rondaba por el campo de entrenamiento, viendo distraídamente a los reclutas recibir preparación de combate cuerpo a cuerpo. Se acercaban a la pequeña casa, que funcionaba como despacho del instructor, conversando sobre temas intrascendentes para la historia. No obstante, uno de los soldados divisó algo extraño en los alrededores de la casa. Junto a ésta, había un pequeño matorral que se extendía hasta los límites del campo de entrenamiento, pero había un rectángulo donde no había pasto. El soldado se acercó al rectángulo de tierra, y vio que el pasto circundante se hallaba aplastado, como si alguien hubiera caminado por allí. Era obvio que alguien había hecho una excavación allí, y luego tapado algo con la misma tierra. Si aquello no era sospechoso, entonces no se imaginaba qué podría serlo.

El jefe de la patrulla ordenó que removieran la tierra, en caso que hubiera juego sucio involucrado. Usando las bayonetas de sus rifles, los soldados removieron la tierra suelta. Tardaron quince minutos en hacer la excavación, y cuando vieron qué era lo que ocultaba la tierra, se quedaron mudos de desconcierto.

Había dos cuerpos enterrados en la fosa, uno al lado del otro. Un soldado identificó a uno de los cadáveres como uno de sus colegas, Nito Orloff. El segundo cadáver no era otro que el de Keith Shadis. Ambos tenían heridas profundas en sus cuellos, alargadas, como la que propinaría una espada, o cuchilla. Los soldados se quedaron mirándose entre ellos, sabiendo lo que los cortes en el cuello implicaba.

Él había vuelto a las andadas.


(6) Eso fue algo que se me ocurrió de paso, pues el personaje original de Sailor Mercury, Ami Mizuno, tiene aspiraciones de estudiar medicina (su madre es doctora también).