~ snow
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Yuri se asomó por la ventana de su casa en San Petersburgo y sonrió al ver los copitos de nieve que bajaban hasta caer en la acera. Su abuelito seguramente ya estaba echando los piroshkis al horno.
Fue en invierno, que el tigre de Rusia había caído por el Héroe de Kazajstán.
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Él tenía dieciséis años y un viaje familiar al centro de esquí en Krasnaya Polyana le tenía sumamente aburrido, sin mencionar que era el único de sus primos en no saber esquiar.
Tuvo que tomar clases básicas o "clases de bebé" como solía molestarlo su primo mayor, Viktor.
Recordaba haberse enfadado por ser la comidilla de sus primos, ¡incluso de Katlyna, que solo tenía siete años, pero que sabía esquiar al revés y al derecho!
— ¡Vas a matarte! — había chillado Viktor, viéndolo desde las barandas de seguridad mientras él se acomodaba los lentes de esquiar.
Ya no había ninguna sonrisa burlona en el rostro de su primo ahora que Yuri estaba decidido a lanzarse desde la pista de esquí más alta de todas, rodeada de gente experimentada, pero que un chiquillo con apenas tres clases para bebés estaba asegurado a romperse el cuello o algo por el estilo.
— ¡Seguridad! ¡Seguridad se va a matar! — gritaba histérico Viktor.
— ¡Cállate, tarado! ¡Estoy harto de esta estúpida familia, ya verán que no soy ningún beb...!
Habría querido lanzarse él mismo, ¡tenía las agallas!, pero un idiota descuidado chocó con su espalda sin darse cuenta y...
— ¡YURI! ¡YURI! ¡OH, DIOS MÍO! ¡YURI!
Yuri Plisetsky terminó rodando como bola de nieve lo que mide una cancha de fútbol entera, chocando con algunos esquiadores y culminando con un choque brutal contra una de las barreras de seguridad.
¿Que si se acordaba de eso? la verdad, no mucho.
— ¡Joder! ¿¡Estás bien?! — una voz algo distorsionada, ¿o eran sus oídos tapados?
Entre las capas de ropa y el equipo a medio destrozar, escuchó voces. Al parecer lo voltearon porque sintió que pudo respirar mejor, pero veía todo borroso.
Un chico de ojos rasgados se veía sumamente preocupado mientras le desabrochaba la chaqueta y miraba hacia atrás algo que el chiquillo atrevido no pudo ver. El desconocido traía una chaqueta color blanca y en una esquina un destellante parche amarillo donde, antes de desmayarse, pudo avistar el "instructor medio-3".
— Un codo dislocado y un tobillo esguinzado, menos mal que no te mataste, chico.
Fue lo que se ganó.
Su abuelo se rio cuando salieron del centro médico que asistió a su nieto allí mismo en Krasnaya Polyana.
— Hijo de tigre, salvaje e indomable — le había golpeado la espalda mientras se reía de él. — pero no vuelvas a hacer eso o a tu abuelo le dará un ataque peor que al de tu primo.
Yuri frunció el ceño, abochornado. Llevaba el cabestrillo en el brazo derecho y una bota ortopédica en el pie izquierdo.
Genial. Esas vacaciones serían un asco.
Lo único bueno fue saber que a Viktor le había dado un ataque de histeria y luego se había desmayado -también- al verlo caer. Lástima que no lo había visto.
Fue en esas aburridas tardes donde todos salían a pasear y disfrutar de los distintos juegos y actividades en el centro, que el chico que lo asistió antes de perder el conocimiento se acercó a él.
Otabek Altin se llamaba y Yuri sintió que los colores subían a su cara en cuanto lo vio de más cerca, ¡oh, Dios! ¡tenía los ojos rasgados! una de sus mayores debilidades. Sus ojos le hicieron una rápida inspección y alcanzó a cerrar la boca antes de soltar algún vergonzoso gemido.
Otabek se disculpó por no poder haber hecho mucho tras su caída, pero dijo que se alegraba de que nada peor le hubiera sucedido.
Era un chico simpático y amable, Yuri se sintió como un ermitaño sin saber cómo demonios comunicarse mejor con aquel apuesto muchacho.
¿Qué era eso? ¡nunca antes lo había sentido! la molestia en su estómago era horrible y no era nada parecida a las llamas que lo consumían cuando sus tontos primos se reían de él. No, era algo más agradable, que lo hacía sentirse tonto y en las nubes al mismo tiempo.
Se lo encontró un par de veces más mientras miraba con cara de amargado a su familia disfrutar de sus malditas vacaciones (menos a su abuelito, él era un sol y se merecía la luna), ¡agh! ¡él ni siquiera había querido ir! pero Otabek se sentaba paciente a su lado y comenzaba a platicarle con calma a pesar de que en las mayorías de las veces Yuri se sintiera cohibido con su presencia.
Así, en menos de una semana se enteró que ese chico era kazajo, vivía en Almatý, pero siempre venía a Krasnaya Polyana con sus dos hermanas mayores para trabajar como instructores de esquí porque tenían contactos y la paga era buena, tenía diecinueve años y era muy, demasiado, hiper mega cool.
— ¿Sabes patinar sobre hielo? — le preguntó un día.
Yuri negó con la cabeza.
— Podríamos ir a la pista de hielo que hay detrás de las cabañas.
El ruso chilló internamente por la propuesta, pero de pronto recordó algo.
— Ah, pero... — apuntó su pie — tengo esto.
Otabek abrió la boca y la volvió a cerrar. Un mudo "oh, cierto, tu bota".
Se quedaron un rato en silencio.
Yuri se sintió triste, le habría gustado conocer a Otabek en otras circunstancias, como por ejemplo justamente antes de tener esa alocada idea de lanzarse sin conocimiento alguno por la pista de esquí. Pero, antes de que empezara a lamentarse por ello, Otabek tomó su mano.
— No importa, puedes patinar si yo te ayudo.
. . . .VIDA, ¡le estaba tomando la mano! ¡le estaba tomando la mano! ¡la mano, la mano, la mano! ( .exe).
Otabek lo llevó hasta la pista de patinaje que a esas horas estaba vacía. Aunque Yuri le dijo que sería imposible patinar para él, el kazajo había sonreído con ese enigmático y pacífico rostro que poseía y que flechaba a Yuri.
¿Flechaba? ¿había pensado él eso?
Joder, no, ¿estaba flechado por Otabek?
El muchacho kazajo le abrochó el patín en su pie derecho con cuidado, su bota ortopédica ni la movió. Entre sonrojos y risas nerviosas por parte de Yuri, Otabek hizo que el chico se afirmara con su brazo bueno de su mano.
— No te soltaré — le había prometido con voz suave.
Era gracioso el estar patinando con un brazo y una pierna mala, dolía un poco, pero sin duda era mejor que esquiar y más si tenía a tan buen acompañante como Otabek.
Yuri soltaba risotadas al sentir el hielo bajo sus piel, se resbalaba a ratos, pero el kazajo mantenía firme el agarre de su mano. Lo observaba con una sonrisa.
La verdad, Otabek había querido acercarse antes a Yuri en cuanto lo vio en las inscripciones para los cursos; vaya decepción se llevó cuando notó que el rubio estaba en otra división y él no podría ser su instructor. No era como si agradeciera el que el chico hubiese caído rodando por casi 100 metros de pista, pero vaya que sí fue como un ángel caído del cielo (literal) y no desaprovechó oportunidad de acercarse cuando lo vio aguantándose las lágrimas por no poder estar allá afuera con su familia disfrutando de sus vacaciones.
— ¡Otabek! — jadeó el muchacho al resbalarse hacia atrás.
Casi se hubiese caído de punta de no ser porque ahí estuvo el Héroe de Kazajstán sosteniendo al Tigre Ruso malherido.
La cabeza de Yuri rebotó en la gruesa chaqueta de su compañero, justo sobre su pecho.
— Lo siento, me despisté — se disculpó el kazajo, apenado — ¿estás bien?
Yuri no lo pudo controlar, una risa nerviosa brotando de su boca al sentirse tan cerca del chico que había conocido tan solo la semana pasada, pero que ahora confirmaba le alborotaba el estómago y hacía bailar su corazón.
Apretó los ojos y se quedó ahí, aguardando a que Otabek lo separase o algo, pero el kazajo solo lo ayudó a recomponerse y no lo alejó.
Sentía su corazón en sus oídos latiendo feroz... un momento... ese era el corazón de Otabek.
Yuri elevó sus ojos verdes hacia Altin, el kazajo tenía un leve sonrojo en su rostro bronceado. Sus manos seguían tomadas y la otra de Otabek afirmaba su espalda con cuidado.
Otabek no eran tan alto, solo le sacaba algunos centímetros.
Ay, no, Yuri tenía ganas de besarlo.
Otabek notó cuando el rubio quedó mirando sus labios y aguardó por una señal, un consentimiento, algo. Pero Yuri quedó bloqueado porque ¿cómo sabía que quería besarlo cuando nunca antes había besado a alguien? ¿cómo se daba un beso? ¿y si chocaban sus narices y lo arruinaba todo? ¿acaso tendría buen aliento? recordaba haberse lavado los dientes tras comer su filete asado.
Oh, a la mierda.
Ya nada podía ser peor que tener dos patas quebradas en medio de las vacaciones familiares.
Se avalanzó sintiendo el inminente encuentro.
Para su suerte, Otabek solo rio despacio cuando chocó su nariz con la de él y le hizo daño con sus dientes. Amable como siempre, el kazajo tomó su rostro y ladeó su cabeza un poco. Así lo besó despacio, marcando un ritmo suave para que Yuri no se sintiera incómodo.
Fue una explosión de estrellas tras sus párpados cerrados. Juró que caería, pero no, Otabek lo sostenía firmemente.
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Su celular vibró con energías y él, ya sabiendo de quién se trataba, se paró veloz y se arregló el cabello frente al espejo en su habitación. Una vez algo más presentable, contestó la videollamada recostado en su cama.
— Yura — fue lo primero que dijo el chico tras la línea con una bonita sonrisa, sus ojos rasgados viéndose más pequeños y hermosos — ¿qué tal estás? ¿ya hiciste las maletas?
— Hola, y sí, el abuelo no para de preguntar por ti, quiere que le enseñes a esquiar — Yuri subió y bajó sus cejas — ya sabes que si por tu culpa mi abuelo se rompe la cadera, te mato Altin.
Otabek, en su natal Almatý, negó divertido.
— Espero que tu abuelo tenga mejores habilidades que su nieto, no queremos otro accidentado sin vacaciones.
Yuri profirió algunos improperios en ruso, pero su novio no se inmutó ni un poco... ¿novio? pues sí, su novio. Otabek Altin era su novio desde hacía tres años y no podían estar más enamorados.
Y en un par de días más ambos estarían patinando juntos en la pista donde había sido su primer beso, en Krasnaya Polyana.
día 2: nieve
¡Gracias por leer!
