~ candles

Uno de marzo, Yuri cumplía sus dulces dieciséis años.

No obstante, cuando despertó no había ningún mensaje de su mejor amiga a las doce en punto saludándolo. Mila lo había olvidado.

— ¿Qué demonios...?

¡Estúpida ingrata! ¿qué se creía no saludándolo en su día? se hizo el recordatorio mental de hacerla comprar su almuerzo en el colegio.

Bajó a la cocina esperando un delicioso trozo de sharlotka, la tarta de manzanas que le había pedido a su mamá cocinar para el desayuno acompañada de un sabroso té frutal. Pero abrió la boca sorprendido al llegar. No había trozo de sharlotka.

De hecho, no había nadie y mucho menos desayuno de cumpleaños.

En el refrigerador había una nota dejada por su padre: mamá y yo nos fuimos antes, olvidamos pagar la cuenta de la luz, luego nos vamos a trabajar ¡buen día!

— Los muy... se acuerdan de esa estupidez, ¡pero no se acuerdan que hoy nació su hijo más hermoso y precioso! — gritó indignado, arrugando la nota — ¡Viktor! ¡VIKTOR!

Pero cuando volvió a subir las escaleras, su hermano mayor tampoco estaba en su cuarto. Ya se había ido a la universidad.

Yuri soltó un chillido incrédulo, ¿lo estaban jodiendo? ¿su familia se había olvidado de su cumpleaños?

Sintió el agudo maullido de su gata a sus espaldas y sintió su pequeño corazoncito doler.

— ¿Potya tú también te olvidaste de mi cumpleaños? — preguntó con un hilo de voz.

Pero claro que no, su gata favorita (la única que tenía) se paseó entre sus piernas y lo miró con sus ojitos dilatados.

Aunque Potya quiso decir "dame comida, estúpido sirviente" Yuri interpretó un "te amo, eres lo más preciado para mí y ¡feliz cumpleaños! estoy tan feliz de ser tu chica, eres un tigre tan poderoso".

Pero todavía así, ¿cómo pudieron los demás olvidarse de su cumpleaños? ¿dónde estaban sus saludos? ¿y sus regalos? ¿y su chaqueta de cuero que vio en el centro? ¿y su Iphone 8? ¿y su viaje a París? ¿dónde?

Ok, bueno, se conformaba con una de las cursis cartas que le hacía su hermano mayor llena de corazones y diciendo que era el mejor hermanito del mundo, ¡pero no había nada! ¡nada!

.

.

.

De muy mal humor se fue al colegio, pero no encontró a Mila.

"Enferma, lo sientooo :( " rezaba el mensaje de la muchacha cuando le preguntó por qué no había ido ese día a clases. De nuevo, olvidó saludarlo y Yuri decidió no contestar más sus mensajes hasta que la tonta se disculpara de rodillas.

Fue un día muy malo. Estuvo solo, recibió un tres en su trabajo de literatura, le llegó un pelotazo en educación física y dejó en casa el dinero para el almuerzo confiado en que Mila compraría su comida.

Cuando solo pensaba en echarse a morir acostado en la banca del patio, llegó Jean Jacques Leroy a su lado.

— Vete, no quiero que se me peguen las pulgas — respondió sin ganas, echado entre sus brazos.

— Oh, vamos Yuri, dime por qué estás triste — insistió, aunque parecía poco importarle puesto no dejaba de mensajearse con su novia por su móvil.

Yuri no supo si fue porque se sentía muy triste o quería deshacerse luego de ese tarado y estar solo, pero respondió:

— Hoy cumplo dieciséis y todos lo olvidaron.

— Ok, gracias — se puso de pie y se marchó a su banca con sus amigos.

Yuri levantó la cabeza impactado, ¡qué hijo de perra! bueno, Jean nunca le había caído bien, era engreído y gritaba mucho, pero al menos un "feliz cumpleaños y adiós" hubiese estado bien.

Desde la banca de enfrente, notó que los amigos de Leroy volteaban hacia él y sintió mucha vergüenza. Seguramente Jean les había contado de su vergonzoso estado y se reían de su miseria.

Cuando notó los ojos negros de Otabek Altin sobre él, fue el punto cúlmine. Sintió la cara caliente y, antes de ponerse a llorar, tomó sus cosas con furia y se marchó de ese lugar. Ya era bastante malo que todos sus cercanos olvidaran su cumpleaños, no necesitaba que el chico que le gustaba supiera que era patético.

A las seis de la tarde salió del colegio entre la masa de estudiantes. Se fue calle abajo pateando piedras y sintiendo que la mochila pesaba diez kilos en su espalda de lo triste que estaba. Es decir, eran sus dieciséis, ¡sus malditos dulces dieciséis años como decían las mocosas americanas!

— ¿Vives muy lejos de aquí? — preguntó una voz a su lado.

Otabek Altin aguardaba junto a él el semáforo en rojo.

Yuri tragó duro, ¿le estaba hablando a él? volteó y no halló a nadie más.

Mierda, sí era a él.

— Ehm, más o menos — respondió con voz dudosa.

Nunca antes había hablado con Otabek, solía (siempre) ir a ver sus partidos de basketball, pero nunca había tenido el coraje para hablarle por más genial que le pareciese ese chico con corte undercut, chaqueta de cuero y botas de combate. Lo seguía en todas sus redes sociales, pero hasta darle un simple like ponía a chillar a Yuri de la vergüenza.

Sintió su estómago burbujear, ¡Dios, era tan apuesto!

El chiquillo sonrió divertido y se le marcó una margarita en la mejilla derecha.

— Te está sonando el estómago — mencionó.

Yuri se puso rojo. Joder, no eran burbujitas de amor, eran sus tripas sonando.

Al parecer Altin se dio cuenta que lo había avergonzado y se acarició el cuello arrepentido.

— ¿Quieres... quieres ir a comer algo? — preguntó.

La luz del semáforo cambió a verde y Yuri volvió a mirar a su interés romántico sorprendido y nervioso.

Se pellizcó sutilmente su muslo para verificar que no estaba soñando y ¡oh, sorpresa, no lo estaba! Otabek Altin lo estaba invitando a comer algo el día de su cumpleaños, ¿y esa rosa?

Yuri asintió repetidas veces y Otabek sonrió.

Sin embargo, el chico no lo llevó a ninguna cafetería o un restaurant, no, no, no. Yuri siguió curioso a Otabek hasta llegar a un mirador.

Omg, ¿por qué lo llevaba hasta allí? no desconfiaba del chico que había estado observando por todo un año, sabía que Otabek era alguien amable y tranquilo. Pero no dejaba de sentir mucha curiosidad por todo eso, ¿qué iban a comer exactamente?

¡Deja de pensar cochinadas, Yuri Plisetsky! Le gritó una voz en su cabeza.

— JJ dijo que hoy era tu cumpleaños.

Mencionó de pronto mientras dejaba su mochila en una de las bancas con mucho cuidado. Yuri asintió mientras se sentaba frente a él, apoyando los codos en la mesa.

— Sí... supuse que les había dicho porque no fueron nada disimulados al mirarme — murmuró abochornado y con algo de molestia en la voz.

Notó que Otabek se mordía el labio y se veía algo apenado.

— Lo siento — dijo mientras sacaba una caja blanca de su mochila — debí haber ido en persona a preguntarte por qué estabas triste, no mandar a Jean...

Yuri abrió la boca con sus ojos verdes abiertos como platos.

— T-Tú ¿qué cosa?

Otabek sacó otro paquete pequeño y un encendedor, ¿acaso fumaba?

— Es que nunca te había hablado antes y acercarme hubiese sido raro. Y Jean comparte matemática contigo, entonces ya te conocía.

No, no eran cigarrillos, era un paquete de velas. La caja más grande era un pastel, ¿cuándo había comprado todo eso? ¿lo había planeado antes de hablarle?

Yuri sonrió sin poder evitarlo. El chico que le gustaba había sido el único en reparar que ese día era su cumpleaños. Se removió emocionado.

— ¿Por qué haces esto?

Otabek lo miró de soslayo y sonrió mientras ponía las velitas sobre la crema blanca.

— ¿Crees que no distingo a una pelusa rubia que salta cada vez que mi equipo anota en la cancha de basket? — Yuri bajó la cabeza sin dejar de sonreír. — al inicio me hizo gracia tu actitud tan emocionada, pero con el tiempo me sorprendí a mí mismo buscándote entre los estudiantes en cada partido.

— Ya veo — murmuró mordiéndose el labio para dejar de sonreír como bobo — pensé que eras más callado, no sabía que fueras tan hablador...

Las manos de Otabek buscaron en encendedor y con cuidado fue prendiendo una a una las velitas. La tarde caía despacio y la luminosidad que se creaba en esa semi penumbra les agradó a ambos; tan íntimo y agradable.

— No lo soy — admitió Otabek.

Altin seguía algo avergonzado, de hecho, pero debía admitir que poder estar hablando con Yuri Plisetsky lo ponía ansioso. El muchacho ruso tenía un no-se-qué que lo ponía impaciente. De nada ayudó a calmar sus latidos cuando vio las delicadas facciones de Yuri siendo iluminadas por las dieciséis velas.

— Feliz cumpleaños, Yuri.

El muchacho sonrió mostrando sus perlados dientes. A la mierda si su familia había olvidado su cumpleaños, tenía el mejor regalo frente a él en ese preciso momento.

Cerró los ojos, pidió tres deseos y sopló.

— Supongo que tener que celebrar tu cumpleaños cada cuatro años debe ser algo tedioso — comentó Altin viendo a Yuri que comía con un cubierto desechable.

— ¿Qué cosa? — preguntó con la boca llena.

— Nacer en un año bisiesto — aclaró Otabek, limpiándole con una servilleta la mejilla — eres la primera persona que conozco que nace un veintinueve de febrero.

Yuri apoyó su mano con su cubierto de golpe en la mesa. Tragó apenas y sus labios se separaron.

¿Qué había dicho? ¿veintinueve de febrero?

— Otabek, mi cumpleaños es el uno de marzo.

El chico lo miró descolocado, frunciendo levemente el ceño.

— Yuri, hoy no es uno de marzo.

Miradas y silencio.

— Mentira...

Sacó su móvil de bolsillo desesperado, incluso lo manchó con la crema del pastel, pero eso fue lo de menos.

19:15 / jueves, febrero 29

— Hoy no es mi cumpleaños — dijo atónito.

¿Cómo había sido tan idiota?

Se produjo otro silencio. Incluso creyó ver que Otabek también verificaba la fecha en su móvil.

Sus padres, su hermano y Mila no se habían olvidado de su cumpleaños, ¡él era el equivocado! ¡se había deprimido el día entero por nada! ¡y ahora estaba comiendo pastel con Otabek!

La vergüenza se apoderó de su cara y apretó el tenedor en su mano.

Otabek soltó una suave carcajada. Yuri se frotó el rostro muy, muy, muy abochornado y apenas se atrevió a mirarlo.

Otabek Altin sonreía, se le marcaba esa bonita margarita que volvía loco a Yuri. Parecía muy entretenido con la situación.

— Intentaré verle el lado bueno: mañana tengo otra excusa para volver a hablarte.


día 4: velas

*Inspirado en 16 Candles

¡Gracias por leer!