~ roadtrip

— No es por aquí — negó Otabek, sin embargo, no quitó el pie del acelerador — ¿estás seguro que es por aquí?

Yuri rodó los ojos mientras escuchaba los maullidos de Potya en el asiento trasero, presa del pánico por los desniveles del suelo y no tener pulgares oponibles con los cuales afirmarse.

— Estoy seguro — dijo cabreado — el maldito mapa dice que si vamos por aquí, saldremos por la carretera del este.

Otabek intentó asomarse al extenso papel entre las manos de Yuri, pero el chico no lo dejó.

— ¡Concéntrate, Beka!

El chico al volante chasqueó la lengua, volviendo los ojos al camino frente a ellos.

Cuando Mila Babicheva presentó a Yuri y Otabek, dos años atrás, ambos chicos supieron de inmediato que eran almas gemelas.

Tenían demasiadas cosas en común, música, géneros de lectura, costumbres cotidianas, la forma de hacer las cosas, un humor parecido, hasta la estúpida maña de beber jugo directamente de la botella en vez de servirse en un vaso. Yuri y Otabek se acoplaron demasiado bien el uno al otro y el amor surgió de inmediato; en tan solo el tercer mes el uno ya conocía todo del otro y ambos compartían el mismo deseo de dejar esa monótona ciudad donde vivían e irse, tan solo irse y viajar sin ataduras.

Cuatro años después de altibajos, de duro trabajo y de recibir el apoyo de ambas familias, lograron concretar sus planes. Cargaron el automóvil que habían comprado juntos con ropa, víveres, útiles y demases, le pusieron las correas a su pequeña hija gata y ajustaron su arnés al cinturón de seguridad. Se fueron.

Lo viajes en carretera eran maravillosos. Lejos de la mundana ciudad fúnebre y gris, de sus calles repletas de tráfico y sus jodidos edificios, el paisaje libre de concreto, con árboles, maleza y hasta los campos abiertos con o sin animales pastando eran como un Edén.

Sacar la mano y sentir el aire frío chocando con fuerza era placentero. Recorrer carreteras vacías y detenerse o avanzar cuando ellos quisieran, simplemente genial. Iban a su paso, nadie ni nada los retenía, ellos decidían y eso los hacía sentir muy libres.

Como la señal de sus móviles era mala en tales parajes, decidieron trazar un plan de viaje en un mapa que constaba con los estados que recorrerían y las paradas en los poblados que harían.

— Esto es un camino cortafuego — murmuró Altin negando.

— Te estoy diciendo que si seguimos por aquí, según esta cosa, podemos llegar a la carretera.

— Estamos perdidos — declaró.

Detuvo el auto a medio camino de tierra.

— ¡Es por acá! — volvió a exclamar Yuri, mirándolo feo.

Otabek intentó no liarse mucho la cabeza. Hacía un calor de mierda y estaban en medio de un cortafuegos con solo vegetación y árboles a sus costados, desde ahí podía ver montañas a lo lejos, pero definitivamente ninguna jodida calle de concreto.

Suspiró. No, no se haría un lío la cabeza. Perderse también formaba parte de la travesía.

Con ese pensamiento, y dejando solo a Yuri en el asiento de copiloto (que miraba enfurruñado el mapa entre sus manos), se bajó del carro. Abrió la puerta trasera y destrabó la correa de seguridad de Potya, dejándola solo con su pechera arnés.

La minina bejó del carro y pareció muy aliviada de tener la tierra bajo sus patas y aire fresco en sus pulmones. Olisqueó el ambiente conociéndolo con sus ojos azules. Los chicos tenían la suerte de que Potya fuera una felina tremendamente mansa y rápida al adaptarse a lugares nuevos; respondía cuando se le llamaba por su nombre y le encantaba estar y viajar con de sus padres adoptivos.

Otabek sacó su platillo de la cajuela del carro y le sirvió un poco de alimento y agua fría para que se hidratara. Seguido, rodeó hasta la ventanilla de Yuri que reposaba sus pies en el tablero frontal del auto y había echado hacia atrás su asiento, exhausto. El mapa estaba tirado en el asiento de Otabek.

— Yura, no te frustres — le dijo sonriendo, apoyado en la ventana abierta y haciéndole cariño en la pierna.

— No estoy frustrado — respondió en un gruñido bajo, las gafas de sol ocultando que acababa de rodar los ojos.

Otabek abrió la puerta y se sentó en la orilla del asiento. Se inclinó con algo de dificultad para besarlo y de inmediato Yuri rezongó.

— ¿Cómo demonios nos perdimos? — preguntó con voz quejosa.

Claro que estaba frustrado.

Otabek volvió a sonreír, echándole un breve vistazo a Potya que perseguía una mariposa.

— No es tan malo. Estamos tú y yo juntos... y Potya.

Altin se apoyó en el pecho de su novio y Yuri hizo un puchero. Otabek siempre era tan positivo que le daban ganas de golpearle la cara, suavemente, con sus labios...

Se acomodaron como pudieron en el asiento, pegados a pesar del calor horrible que hacía. Estuvieron un rato besándose, tranquilamente y algo perezosos con el clima, con el único sonido de los árboles y los pastizales mecidos por una suave brisa. No había nadie en ese lugar excepto ellos y aunque no encontraran la carretera, se sentía bien estar así de tranquilos. Tanta paz.

Las manos de Otabek resbalaron con gracia bajo la delgada camiseta de Yuri, rozando sus pezones y haciéndolo temblar. Ambos sonrieron en medio del beso. Yuri hizo volar sus gafas de sol y, nada de tonto, aprovechó de manosear el trasero de su novio con descaro.

Llevados por el momento, Otabek se apoyó en el respaldo, quedando sobre él y sin separar sus labios que se mordían y lamían con destreza. Yuri abrió sus piernas y levantó la sudadera de su novio quien rápidamente se reincorporó y con su ayuda se la quitó. Altin le ayudó con sus pantalones, apretando y amasando a gusto sus sedosos muslos.

— ¿Lo hacemos?

— Sí, sí — dijo a medias, su cuello siendo devorado por un oso hambriento.

— ¿Dónde están los condones? — preguntó en un suspiro, simulando una suave embestida a la que Yuri respondió jadeando.

Oh, mierda, Otabek ya estaba duro. A la par que sentía su propia entrepierna doler, Yuri soltó una risita entretenida, le gustaba cuando su chico se emocionaba.

— En tu puerta, el bolsillo de tu puerta.

El kazajo se estiró veloz para sacar los condenados paquetes de ahí, mientras Yuri lamía y daba mordiditas en su cuello y pecho.

Fue cuando Altin se dio cuenta.

— ¿Amor?

Descorrió su sudadera que había caído sobre el mapa. Yuri musitó un leve "¿mh?" mientras seguía besando su cuello.

Otabek recorrió con la mirada el trozo de papel y buscó en la esquina superior derecha la rosa de los vientos que marcaba las cuatros direcciones; norte, sur, este y oeste. No estaba allí. Estaba en la esquina izquierda de abajo.

Procesó un poco la información, hasta que comprendió.

— ¡Estamos mal! — exclamó de pronto.

Yuri se detuvo en seco al escuchar eso, ¿acaso le había hecho daño al morderlo?

— ¿Qué?

Otabek se sentó a horcajadas sobre él, con el mapa entre las manos. Yuri todavía no comprendía. Siguió con la vista el dedo índice de Beka que intentaba reconocer el camino que habían seguido. Cuando se situó, entonces se detuvo en una delgada línea muy lejos de la autopista que debían atravesar.

— Estamos aquí — miró a Yuri con la mirada entrecerrada — bebé ¿tú alguna vez tuviste geografía en tu escuela?

— ¿Qué? — volvió a preguntar, confundido, un poco ofendido por ese último comentario.

Otabek soltó una carcajada incrédula.

— ¡Tenías el mapa al revés, Yura! el norte siempre va hacia arriba.

Enderezó el papel, mostrándoselo a su novio. Fue cuando a Yuri se le descompuso el semblante. Soltó un pequeño gruñido avergonzado, tapándose el rostro y cayendo hacia atrás.

Otabek volvió a reír mientras se acomodaba en su pecho y buscaba la manera de cómo demonios devolverse de ese lugar.

Aunque fuera pésimo copiloto, admitía que viajar con Yuri era divertido.


día 6: viaje por carretera (largas distancias)

¡Gracias por leer!