No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de los Cullen). Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

El cuervo volaba a lo largo del borde de los acantilados. Abajo, las olas se estrellaban y formaban espuma contra las rocas, cada una ascendiendo más y más alto, extendiéndose casi airadamente hacia el pájaro negro. El cuervo cambió de curso, girando tierra adentro a través de campos de flores silvestres, sobre colinas desnudas, volando hasta alcanzar la foresta. Parecía dirigirse a algún lado, planeando despacio por el cielo, los rayos cálidos del sol brillaban a sus espaldas. Parches de nubes grises comenzaban a vagar en el horizonte, casi a su estela, como si el pájaro estuviera dibujando una sombra gris en la tierra de abajo. Una vez al abrigo de los árboles, el pájaro cambió de velocidad, reduciéndola rápidamente, maniobrando a través de las frondosas ramas y rodeando troncos de árboles como compitiendo con la puesta de sol. Voló tan recto como era posible sobre la ladera hasta la arboleda de la lejana pendiente de la montaña. Se abrió paso infalibremente hasta una rama gruesa y retorcida. Se posó allí, plegó las alas bastante majestuosamente, con sus ojos redondos y brillantes atentos a la pequeña mujer de abajo.

Isabella amontonaba cuidadosamente tierra fértil alrededor del pequeño helecho que recientemente había transplantado. La tierra allí era más fértil que la cercana a su casa y haría florecer sus muy necesarias e infrecuentes formas de flora. Utilizaba extractos de las plantas como medicamentos para la gente de los alrededores de la villagi y las granjas. Lo que había empezado como un pequeño jardín en el flanco de la colina había crecido hasta ser una enorme porción de terreno transplantado con todas las hierbas y flores que requería para varios remedios. Sus manos desnudas estaban enterradas en la tierra, las ricas fragancias de las hierbas la envolvían, un tumulto de color procedente de la vegetación se esparcía por todas partes a su alrededor.

De repente se estremeció cuando una sombra gris oscureció los últimos cálidos rayos de sol, dejando un amenazador presagio de desastre en su mente. Muy lentamente Isabella se puso en pie, limpiándose la tierra húmeda de las manos y después de la larga y amplia falda antes de inclinar la cabeza hacia arriba para mirar al pájaro sentado todavía sobre ella en el árbol.

-Así que has venido a convocarme -dijo en voz alta, su voz resultó suave y ronca en el silencio de la arboleda-. Nunca me traes buenas noticias, pero te perdono.

El pájaro la miraba fijamente, sus pequeños ojos redondos brillaban. Un último rayo de luz golpeó las plumas de su espalda, haciéndolas casi iridiscentes, antes de que las nubes grises oscurecieran el sol completamente.

Isabella suspiró y empujó hacia atrás la salvaje masa de largo y enredado cabello que flotaba como una cascada por su espalda hasta su pequeña cintura, con algunas pequeñas ramas atrapadas entre los sedosos mechones. Parecía una criatura tan misteriosa y mística como el silencioso cuervo, salvaje e indomable con sus pies descalzos, ojos oscuros, y delicados rasgos teñidos de dorado por el sol. Una joven y hermosa bruja, quizás, tejiendo hechizos en medio de su frondoso y exótico jardín.

El pájaro abrió el pico y emitió un fuerte graznido, la nota resultó irritante en el silencio de la arboleda. Por un momento los insectos cesaron su incesante zumbido, y la misma tierra pareció contener el aliento.

-Ya voy, ya voy -dijo Isabella, cogiendo un morral de cuero fino.

Alzó la cabeza al cielo sobre ella, después giró en un lento círculo, deteniéndose con los brazos extendidos, mientras se enfrentaba a cada una de las cuatro direcciones, norte, sur, este y oeste. El viento tiraba de su ropa y fustigaba el pelo a su alrededor como una capa. Apresuradamente empezó a recoger hojas y semillas de varias plantas, añadiéndolas a las hierbas secas y aplastadas y las bayas para medicamentos que ya había en su morral.

Isabella empezó a correr a lo largo del camino bien trillado que bajaba la colina. Los arbustos le enganchaban la falta, el viento tiraba de su pelo, pero se abrió paso fácilmente a través de las zarzas y la espesa vegetación. Ni una vez sus pequeños pies tropezaron con una roca o rama que yaciera a la espera en el suelo. Cuando se aproximó al arroyo, simplemente se recogió la larga falta sobre sus piernas desnudas y corrió sobre las piedras lisas y expuestas, salpicando ocasionalmente un chorro de agua, como una ducha de brillantes diamantes.

El bosque doy paso a praderas y después a roca estéril cuando se acercó al océano. Podía oír el mar atronando contra los acantilados, buscando continuamente erosionar los enormes picos. Se detuvo antes de completar su descenso para contemplar el enorme palazzo que se alzaba severamente sobre el acantilado más cercano sobre el violento mar. El castillo era grande y hermoso, aunque oscuro y amenazador, surgiendo de entre las sombras. Cuchicheaba acerca de grandes salones que contenían muchos secretos y pasadizos ocultos que podían conducir directamente al mar si fuera necesario.

El palazzo tenía muchos pisos, con alerones, torretas, altas terrazas, y la infame torre, que se rumoreaba era una especie de prisión. La fachada que daba al acantilado había sido esculpida en segmentos de piedra que formaban intrincados e inusuales patrones, que parecían tener algún significado en vez de ser simplemente divisiones de paredes de piedra con grandes ventanas. Esos portales y sus inusuales patrones siempre captaban su atención... y también la hacían sentir como si estuviera siendo observaba. Esculpidos en los aleros del castillo, aguilones, torrecillas, e incluso en la torre había centinelas silenciosos, aterradoras gárgolas que observaban el paisaje circundante con ojos vacíos y penetrantes y alas extendidas.

Isabella sacudió la cabeza, sin atreverse a demorarse más. Sentía una urgencia; la necesidad de mantenerse en movimiento debía ser grande. Volvió la espalda al palazzo y empezó a caminar rápidamente por el sendero que conducía lejos del mar de vuelta al interior. Las primeras casas aparecieron a la vista, pequeñas y pulcras granjas y moradas dispersas por las colinas. Amaba la visión de esas casas. Amaba a la gente.

Una mujer mayor se encontró con ella cuando entraba en el cuadrado de la plaza principal.

- ¡Isabella! ¡Mírate! ¿Dónde están tus zapatos? ¡Aprisa, piccola, debes apresurarte! -La mujer que la llamaba "pequeña" sonaba enfurruñada, como ocurría con frecuencia, pero en realidad estaba sacando gentilmente las ramas y hojas del largo pelo de Isabella-. Rápido, piccola, tus zapatos. Debes arreglarte el pelo mientras caminamos.

Isabella sonrió y se inclinó hacia la mujer para dejar un beso en su mejilla arrugada.

-Sue, eres la luz de mi vida. Pero no tengo ni idea de donde dejé mis sandalias. -Y era cierto, además. En algún lugar del camino, quizás junto al arroyo.

La Signora Sue suspiró suavemente.

-Bambina, aunque seas nuestra sanadora, serás la muerte para todos nosotros.

Isabella era la alegría del villagio, su alma, su secreto. Era imposible de domesticar, como intentar sujetar el agua o el viento entre las manos. La mujer mayor alzó un brazo y lo ondeó hacia la cabaña más cercana. Al instante oyeron el sonido de una risa, y una niña pequeña salió corriendo llevando un par de sandalias de cuero fino, arrastrando las tiras por el suelo.

Riendo, la pequeña de pelo oscuro empujó los zapatos hacia Isabella.

-Sabíamos que los perderías -dijo.

Isabella rió, el sonido fue tan suave y melodioso como el del agua clara corriendo por los arroyos cercanos.

-Angela, pequeño diablillo, sal de mi vista y deja de atormentarme.

Sue ya estaba mirando hacia el estrecho camino que conducía de vuelta a los acantilados.

-Vamos rápido, Isabella, y trénzate el pelo. Una bufanda, bambina... debes cubrirte la cabeza. Y coge mi chal. No puedes atraer la atención sobre ti misma -Estaba cloqueando las órdenes sobre su hombro mientras caminaba enérgicamente.

Era vieja, pero se movía como si aún fuera joven, bien acostumbrada como estaba a viajar por las laderas empinadas.

Isabella le mantuvo fácilmente el paso, con las sandalias colgadas alrededor del cuello por las tiras mientras recogía su pelo hábilmente en una larga y gruesa trenza. Después la retorció cuidadosamente y se cubrió la cabeza con una bufanda fina.

- ¿Vamos al Palazzo Della Morte? -sugirió.

Sue se dio la vuelta, frunciendo el ceño ferozmente, emitiendo un lento siseo de desaprobación.

-No digas tal cosa, piccola. Da mala suerte.

Isabella rió suavemente.

- -Tú crees que todo da mala suerte. -Se envolvió el maltratado chal negro alrededor de los hombros para cubrirse los brazos desnudos.

- - Todo da mala suerte -regañó Sue-. No puedes decir tales cosas. Si él te oyera...

- -Eso no da mala suerte -insistió Isabella-. ¿Y quién va a contarle lo que dije? No es la mala suerte lo que mata a las mujeres que van a trabajar a ese lugar. Es alguna otra cosa.

Sue se presignó mientras miraba alrededor cuidadosamente.

- -Ten cuidado, Isabella. Las colinas tienes oídos. Todo llega a él, y sin su buena voluntad nuestra gente estaría sin hogar y sin protección.

- -Así que debemos tratar con Il Demonio y rogar porque el precio no sea demasiado alto -Por primera vez Isabella sonaba amargada.

Sue se detuvo por un momento, extendiendo la mano para coger el brazo de la joven.

- -No des refugio a tales ideas, piccolla, se dice que puede leer la mente -advirtió gentilmente, amorosamente, con pena y compasión en sus ojos.

- - ¿Cuántas más de nuestras mujeres e hijas se tragará ese lugar antes de que se haga algo? -exigió Isabella, sus ojos oscuros brillaban como llamas a causa de la furia- ¿Debemos pagar nuestras deudas con nuestras vidas?

- -Cállate -insistó Sue-. Vuelve al villaggio. Con esta actitud, no deberías acompañarme.

Isabella marchó pasando a la anciana, con la espalda tensa, los delgados hombros cuadrados e indignación en cada paso.

-Como si fuera a dejarte enfrentar al Signore Morte sola. No podrías superar esto sin mí. Lo presiento, Sue debo ir si ella va a vivir -Isabella ignoró el jadeo indignado de Sue ante su abierta admisión de saber algo que aún no les había sido revelado.

Intentó no sonreir cuando solemnemente Sue hizo la señal de la cruz, primero sobre sí misma y después sobre Isabella.

La neblina se alzaba desde el espumoso mar, fina, llevando gotas de agua salada que se enroscaban alrededor de sus tobillos y se aferraban a su ropa. El viento era salvaje ahora, levantando las olas del océano que chocaban contra sus pequeñas formas como si intentaran hacerlas retroceder. Se esforzaron por ralentizar su paso y elegir su camino cuidadosamente sobre el sendero poco utilizado hacia el voluminoso palazzo. Cuando rodearon el angosto y empinado acantilado que sobresalía sobre el mar, y el palazzo apareció a la vista, el sol se puso finalmente cayendo bajo el horizonte de agua, empujando una mancha rojo sangre por el cielo de arriba.

Sue gritó, deteniéndose cuando el vívido color se extendió por los cielos, un portento de desastre y muerte. Gimió suavemente, temblando mientras se mecía adelante y atrás, aferrando la cruz que llevaba alrededor del cuello.

-Vamos hacia nuestro juicio final.

Isabella puso un brazo protector alrededor de los hombros de la anciana, su joven cara era apasionada y feroz.

-No, no es cierto. No te perderemos, Sue. No te perderé. ¡Él no puede tragarte como ha hecho con las otras! He probado ser demasiado fuerte para él y sus terribles maldiciones.

El viento aulló y desgarró sus ropas, rabiando contra su desafío.

- -No digas esas cosas, bambina. Es peligroso decir esas palabras en voz alta. -Sue cuadró los hombros-. Yo soy una vieja, mejor que vaya sola. He vivido mi vida, Isabella, mientras la tuya solo está empezando.

- -El Palazzo Della Morte se llevó a la mia madre y la mia zia. No te tragará a ti también. ¡No lo permitiré! -juró Isabella ferozmente, lanzando las palabras de vuelta al salvaje viento, negándose a inclinarse ante su despiadada intensidad-. ¡Voy contigo como siempre y él puede irse al infierno!

Sue jadeó de sorpresa y bendijo a Isabella tres veces antes de proceder a lo largo del sendero. El viento chillaba su ultraje ante el desafío de Isabella, rugiendo a través del paso, y arrancando guijarros que caían sobre ellas, golpeando a las dos mujeres mientras se apresuraban a pasar entre los dos acantilados. Isabella rodeó la cabeza de la mujer mayor protectoramente con un brazo, intentando protegerla de la lluvia de piedras que caía en cascada alrededor de ella mientras corrían.

- - ¿Es que comanda a las mismas montañas? -se lamentó Sue. Sus palabras fueron fustigadas desde ellas y llevadas mar adentro por la furia del viento.

- - ¿Estás herida? -exigió Isabella, pasando las manos sobre la anciana, buscando heridas, su furia y desafía se arremolinaban juntas como la nebrina.

Fue amable, sin embargo, su tacto ligero y consolador a pesar de las furiosas emociones de su interior.

-No, no estoy herida en absoluto -la tranquilizó Sue- ¿Qué hay de ti?

Isabella se encogió de hombros. Sentía el brazo entumecido, pero la roca que la había golpeado no había sido particularmente grande, se sentía afortunada de haber escapado solo con una magulladura. Ahora estaban en las tierras del palazzo, y en lo alto las nubes se oscurecían y giraban como el caldero de una bruja. Largas y oscuras sombras se extendían por todas partes, sombreando cada arbusto, árbol y estatua cuando la mansión surgió ante ellas. Se alzaba desde el acantilado, un castillo deslumbrante con su enorme torre alcanzando los cielos. Enormes y pesadas esculturas y otras más pequeñas y delicadas punteaban los terrenos, que también tenía en su haber grandes piedras talladas colocadas en impresionantes barricadas alrededor del laberinto y los jardines. Dos enormes fuentes de mármol con bordes dorados y pesadamente decoradas con deidades paganas aladas se elevaban en el centro de los círculos.

Isabella y Sue avanzaron por el sendero inmaculado hacia la puerta del castillo, las estaturas las miraban fijamente y el viento las golpeaba continuamente. La puerta era enorme e intrincadamente tallada. Isabella estudió las tallas por un momento mientras Sue la preparaba, asegurándose de que estaba apropiadamente cubierta.

-Tus zapatos, bambina -siseó la anciana.

Estaban ambas temblando en el viento constante. Estaba oscuro y sombrío ante el gran llamador de la puerta que parecía mirarlas fijamente de forma desagradable. Isabella pensó que las tallas eran almas perdidas chillando entre las llamas, pero claro, su imaginación siempre la asaltaba cuando estaba cerca de este lugar. Sue tomó el pesado llamador y lo dejó caer. Este resonó cavernosamente, el sonido aulló y reverberó en la creciente niebla y la oscuridad.

Isabella se puso apresuradamente las ofensivas sandalias, atando las tiras alrededor de sus tobillos mientras la puerta se abría silenciosamente. Filas de velas ardían en candelabros en el vestíbulo alto de entrada, titilando y danzando a lo largo de las altas paredes, envolviendo el largo corredor y los techos abovedados en sombras grotescas. El hombre que estaba de pie en el umbral era alto y delgado con mejillas demacradas y pelo salpicado de plata. Sus ojos oscuros se movieron sobre las dos mujeres con una pizca de desdén, pero su cara permaneció inexpresiva.

-Por aquí.

Durante un momento ninguna de las mujeres se movió. Entonces Isabella entró al palazzo. Al momento la tierra se movió. El movimiento pareció tan suave como el más liguero de los temblores, apenas sentido, pero las velas del vestíbulo se balancearon, las llamas saltaron un poco como advertencia y la cera salpicó el suelo. Sue e Isabella se miraron la una a la otra. La más anciana hizo rápidamente el signo de la cruz hacia el interior de la casa y después tras ellas hacia la oscuridad y el viento aullador.

El sirviente se giró sin mirar a las mujeres. Inmediatamente, Sue le siguió, pero no antes de modificar su comportamiento entero. Se irguió más alta, aparentemente confiada, una callada dignidad se aferraba a ella. Isabella asumió la postura opuesta. Agachó los hombros y se arrastró a lo largo del gran salón, lanzando miradas nerviosas a un lado y al otro, esperando fundirse con las sombras, sus finas sandalias eran silenciosas en el suelo de mármol, sin atraer la atención sobre sí misma en su intento de mascarada como la humilde aprendiz de la "sanadora".

El hombre abría el camino que tomó vueltas y recodos a lo largo de varios corredores y salones y a través de varias grandes habitaciones, moviéndose tan rápidamente que una persona corriente no habría tenido tiempo de tomar nota de ninguna marca. Sue parecía serena a pesar de las circunstancias, confiando en Isabella, como había hecho tantas veces en el pasado, para conocer el camino de vuelta. El interior del palazzo era un increíble ejemplo de imaginación de un maestro escultor y de su arte. Las paredes enormemente gruesas eran de liso mármol rosa y blanco. Los techos eran altos, abovedados, con impresionantes cúpulas y arcos. Los suelos eran de azulejos de mármol, sin embargo, grandes bloques imposiblemente lisos bajo sus pies.

Esculturas y otras de arte abundaban, con frecuencia enormes criaturas aladas guardando la guarida del demonio. Huecos y portales alojaban intrincadas tallas de ángeles y demonios. Caballos y criaturas míticas saltaban desde los pasajes abovedados y a lo largo de las paredes. Grandes columnas y arcos se alzaban hacia arriba; y cada habitación era más grande y más ornamentada que la anterior. Las antorchas proporcionaban una cierta animación a las silenciosas esculturas, que miraban hacia abajo con ojos fríos a las mujeres que se apresuraban a lo largo de los cavernosos corredores.

El sonido de un aullido resonó a través de los salones. Cuando rodearon una esquina, dos mujeres aparecieron a la vista. Se aferraban la una a la otra, la más joven sollozando histéricamente, la más vieja llorando suavemente. Un joven estaba en pie algo impotentemente junto a ellas, obviamente apesadumbrado, cubriéndose la cara con una mano. Un vistazo rápido dijo a Isabella que eran personajes de alta alcurnia, su ropa lujosa, su pelo perfecto a pesar de las circunstancias. Por alguna razón ese detalle causó efecto en su mente. Conocía a las dos mujeres de vista, por supuesto; venían con frecuencia con sus sirvientes al villagio demandando nuevas telas para sus modistos.

La más vieja era hermosa, fría, y distante, de no más de treinta y cinco años y probablemente más joven. Carmen Cullen y su hija, Tanya. Carmen era viuda, una pariente Cullen lejana que había vivido en el palazzo la mayor parte de su vida. Su hija tenía alrededor de quince o dieciseis y era extremadamente arrogante con las chicas del villaggio. Isabella sabía que el joven era Edward Cullen, el hermano más joven del don. Apartó los ojos rápidamente y los hundió más allá de la oscuridad del corredor.

El sirviente que las escoltaba se detuvo ante una puerta.

-La bambina está aquí dentro. Está muy enferma. -El tono sombrío y fatalista de su voz indicaba que habían tardado mucho en llegar.

Abrió la puerta y retrocedió, no para entrar sino para apartarse rápidamente del camino, cubriéndose discretamente la boca y la nariz con una mano. Una ráfaga de aire caliente y olor apestoso explotó desde la recámara. El hedor era abrumador.

La niña había vomitado repetidamente. La colcha estaba húmeda y manchada por los esfuerzos de su cuerpo de librarse de los venenos. Isabella tuvo que aplastar la rápida oleada de furia que le provocaba el que los adultos hubieran dejado a una niña sufrir sola por temor a un posible contagio. Reprimió la necesidad de vomitar ante el infame hedor y se aproximó a la cama. Tras ella la puerta se cerró con un fuerte ruido sordo, pero a pesar de su grosor, no ahogó el inútil y molesto gemido que llegaba del salón. El fuego estaba rugiendo, generando tremendo calor y haciendo que la habitación brillara de un inquietante naranja a causa de las llamas.

La niña parecía diminuta en el pesado armazón de madera de la cama. Era muy joven, quizás siete años, su pelo oscuro colgaba en mechones, sus ropas estaban empapadas de sudor y manchadas. Su cara estaba perlada por la transpiración y retorcida por la agonía.

Isabella se aproximó a ella sin dudar, sus ojos oscuros reflejaban compasión. Deslizó una mano alrededor de la diminuta muñeca de la niña, con el corazón en la garganta.

- ¿Por qué han esperado tanto para llamarnos? -susurró suavemente.

Algo grande y amenazador se movió entre las sombras más alejadas de un hueco empotrado cerca de las grandes ventanas. Sue gritó y saltó hacia atrás hacia la puerta, persignándose. Isabella se interpuso protectoramente entre las sombras y la niña, preparada para defenderla del espectro de la muerte. La gran forma de un hombre emergió lentamente de la oscuridad. Era alto, de constitución poderosa, con el pelo largo y negro empapado por el sudor. Se tambaleó precariamente por un momento, con una mano presionada contra el estómago. Había dolor tallado profundamente en las líneas de su cara.

Isabella avanzó rápidamente hacia él, pero él sacudió la cabeza, y sus agudos ojos negros se estrecharon en advertencia.

-No se acerque a mí. -Su voz era débil, pero contenía una orden inconfundible. Señaló a la niña con un gesto- ¿Es la Muerte Negra? -Su mirada estaba fija en la cara marchita de Sue.

Ambas mujeres se quedaron congeladas por un momento. Este era el don... el mismísimo Don Cullen. Incluso enfermo como estaba, atormentado por la fiebre y el dolor, parecía poderoso y absolutamente capaz de disponer fácilmente de dos mujeres campesinas. Para gran disgusto de Isabella, Sue se persigno una segunda vez.

- - ¡Dio! ¡Por Dios, mujer, respóndame! -exigió él, sus dientes blancos estaban apretados como los de un lobo hambriento.

- - ¿Signorina Swan, es la plaga?

Sue miró muy brevemente a Isabella, que sacudió la cabeza ligeramente y se acercó una vez más a la niña, reasumiendo rápidamente el comportamiento de una joven sirviente asustada. Estaba bien versada en el rol, lo utilizaba con frecuencia cuando lo necesitaba. No volvió a mirar al hombre, concentrando su atención en vez de eso en la pequeña.

Salvarla sería toda una lucha, la niña estaba casi acabada. Isabella quitó la colcha y la ropa de cama, tomando gran placer un abrir la puerta y echar los artículos al salón donde el arrogante sirviente y los gimientes aristócratas se hacinaban.

-Necesitamos agua caliente -dijo, sin levantar los ojos para encontrar los del hombre-. Montones de agua caliente, trapos limpios y ropa de cama fresca al instante. Y envíe a dos sirvientes para ayudar a limpiar esta habitación inmediatamente. La sanadora debe tener estas cosas ya si quieren que la bambina sobreviva. -Su voz era débil y chillona, una cualidad también bien practicada.

Apresurándose a volver adentro, ignoró al hombre que se inclinaba contra la pared y abrió la ventana de un tirón. El viento entró aullando en la habitación, haciendo que las cortinas danzaran macabramente y el fuero saltara y rugiera. El frío aire del mar entró inmediatamente, y la temperatura de la habitación cayó casi al instante mientras la neblina empujaba fuera el terrible hedor.

La niña estaba temblando, el sudor corría por su cuerpo. Isabella le quitó la ropa sucia, alisándole el pelo. Sue se inclinó acercándose para que pudieran conferenciar.

- - ¿Estás segura de que no es la Muerte Negra? Él está enfermo también. -La anciana susurró las palabras en el oído de Isabella.

- - Necesito saber que comida compartieron -Los labios de Isabella a penas se movieron. Sus manos eran gentiles sobre el abdomen duro de la niña.

- - ¿Buen señor -preguntó Sue- usted y la niña compartieron una comida? Debo saber si los dos compartieron algo de comer o beber.

El hombre estaba temblando casi incontrolablemente. Apretó los dientes para evitar que castañetearan.

- - ¿Está segura de lo que está haciendo, dejando entrar el frío de esta forma?

- - Debemos bajar la fiebre rápidamente. Los dos están demasiado calientes. Y la habitación huele a enfermedad. Eso no es bueno. Vamos, vamos, chica, apresúrate ya -A Sue no le gustaba la forma en que los ojos negros y penetrantes del don se detenían sobre las gráciles y consoladoras manos de Isabella mientras estas se movían sobre la niña. Deliberadamente se colocó delante de la joven, fingiendo examinar al paciente. - ¿Y bien, Don Cullen? ¿Han compartido algo comestible?

- - Compartimos una ración de sopa. Alice no podía terminársela. Yo la ayudé. -Las palabras revelaron mucho más del hombre de lo él podía pensar.

Isabella le miró fijamente, no pudo evitarlo. Era il demonio, el demonio, su familia estaba bajo una terrible maldición. Era arrogante y distante, frío y persistente, sus vecinos temían cruzarse con él, pero había compartido un cuenco de sopa con una niña, quizás para evitar que fuera castigada por no terminar su comida. Era la primera cosa agradable que había oído sobre él, su dictador, su don, el hombre que tenía el poder de la vida o la muerte sobre su gente.

Sue tosió para llamar su atención. Isabella reasumió rápidamente su charada de tímida e insignificante aprendiz de la sanadora Signora Swan, encorvándose mientras cerraba la ventana y enderezaba las cortinas. Dos sirvientes se asomaron tímidamente con cubos de agua caliente y cargados de trapos.

Tras ellos un sirviente más alto cargaba sábanas limpias dobladas en sus brazos. Ninguno de ellos entró en la habitación, sino que se demoró fuera en el salón. Isabella tuvo poca paciencia con ellos y tomó el agua y los trapos bastante bruscamente, dejándolo todo antes de arrancar las sábanas de las manos del tercer sirviente. Con el pie les cerró la puerta de golpe, esperando que les diera justo en las narices.

Sue siseó suavemente hacia ella, frunciendo el ceño ferozmente para recordarle que el don estaba observando. Isabella y Sue siguieron trabajando. Mientras Sue bañaba a la niña para bajarle la fiebre y limpiarla, Isabella limpiaba la habitación y la cama. Sue consultaba a su "ayudante" en susurros con bastante frecuencia.

Aparentemente bajo la mirada vigilante de la anciana, Isabella combinó varias pociones, asegurándose de que los medicamentes fueran mezclados apropiadamente. Fue Isabella la que asistió a la niña, apretando el cuerpecito entre sus brazos, meciéndola gentilmente mientras la alimentaba a pequeños sorbos, persuadiéndola y consolándola con susurros de ánimo mientras el demonio en la esquina las observaba con mirada negra firme y despiadada.

Solo cuando la niña hizo un débil intento de beber por sí misma él finalmente se movió, recostándose contra la pared como si sus piernas ya no pudieran soportar su peso. Sue fue al momento hasta él, ayudando a su forma grande y musculosa a sentarse.

- Está ardiendo -dijo con una mirada nerviosa a Isabella.

Isabella tendió a la niña cuidadosamente en la cama, colocando la colcha. La manta captó su atención. Pequeños puntos pulcros, un hermoso trabajo, el patrón le era muy querido y familiar. Por un momento apenas pudo respirar, su garganta estaba atascada por dolorosos recuerdos. Cambió de lugar con Sue, como si la anciana necesitara examinar a la niña mientras su ayudante se ocupaba de las necesidades básicas del segundo paciente.

Isabella utilizó la excusa para pasar las manos sobre la piel caliente del don, para examinarla y "sentir" su enfermedad. Don Cullen era todo músculo, duro como el tronco de un árbol bajo sus dedos gentiles y exploradores. Le rozó ligeramente, consolándole con su tacto.

De repente los dedos de él le rodearon la muñeca como un cerrojo, manteniéndola inmóvil mientras le examinaba la mano. La examinó curiosamente.

Esos ojos llenos de dolor veían demasiado. Isabella tiró para recuperar su mano, el corazón le palpitaba incómodamente en el pecho. Se apartó de él, colocándose fuera de su alcance, de vuelta a las sombras, atrayendo el chal más firmemente a su alrededor. Había peligro en ese agudo escrutinio. Sue e Isabella habían perfeccionado sus ilusiones, el intercambio de roles que aseguraba la seguridad de Isabella, ocultando sus "diferencias" exitosamente de los ojos de aquellos que pudieran pensar que era una bruja y llamar a la Santa Iglesia... o al propio Don Cullen... para que fuera investigada... o algo peor.

Sue cloqueó su simpatía mientras trajinaba pareciendo ocupada. Conferenció con su ayudante, observando atentamente para garantizar que la joven mezclaba sus hierbas y polvos correctamente e insistió en ayudar al don a tragar el líquido por sí mismo.

-Ahora debe descansar -ordenó Sue-. Nosotras nos ocuparemos esta noche de la niña. Recemos porque no hayamos llegado demasiado tarde.

Isabella hizo un ademán discretamente con la mano mientras otra vez volvía a persuadir a la niña para que bebiera pequeños sorbos de la medicina.

-Debo saber si otros se han puesto enfermos. ¿Otros compartieron la sopa? -preguntó Sue ante la sugerencia de Isabella.

El hombre sacudió la cabeza murmurando.

-Nadie más -e ignoró el jadeo nervioso de la anciana mientras se levantaba y se tambaleaba a través de la habitación hacia una gran silla. -Me quedaré con la niña -dijo firmemente, cerrando los ojos y apartando la cara de ellas.

Sue miró impotentemente a Isabella, quien se encogió de hombros. La habitación estaba tan limpia como podría estarlo en tan corto tiempo. La fiebre de la niña había bajado ligeramente, aunque todavía estaba bastante enferma. Pero el hecho es que estaba reteniendo el alimento que Isabella había conseguido darle, que su estómago no lo estaba rechazando, era buena señal. El don probablemente no estaba tan enfermo como la niña. Él era mucho más grande y fuerte, y su cuerpo más capaz de luchar contra los efectos de la enfermedad de la sopa que ambos habían injerido.

Sue cogió varias velas de la bolsa de cuero de Isabella y las colocó por la habitación. Isabella las hacía ella misma de cera de abeja y varias hierbas aromáticas. Su fragancia llenó al instante la habitación, disipando los últimos restos del apestoso hedor a enfermedad. La fragancia era también tranquilizadora y consoladora, para calmar aún más a la pequeña.

-El mio fratello espera noticias de su bambina. -Fue otra orden, emitida por un hombre acostumbrado a ser obedecido.

Isabella estaba enfurecida con el hermano de ese hombre... el padre de la niña... estaba fuera de la habitación, dejando a su hija al cuidado de su tío enfermo y dos desconocidas. Se mordió el labio con fuerza para evitar emitir un sonido. Nunca entendería a la aristocrazia. Nunca.

Sue abrió la puerta y comunicó la noticia de que el don se recuperaría y ellas continuarían batallando por la vida de la niña a lo largo de la noche. No era la enfermedad mortal que la familia había pensado, y el don quería que lo supieran.

Isabella deseó que todos se marcharan y acabaran con su incansable gemir. ¿Qué bien hacía semejante estrépito? Ninguno de ellos se había acercado a la niña, temiendo poder coger su enfermedad. Pobre bambina, ¡sin importar lo pequeña que era su propio padre se negaba a verla! El corazón de Isabella estaba con la niña.

Cuando finalmente un silencio cayó sobre la familia, Isabella se colocó en la cama cerca de la pequeña Alice. La niña necesitaba desesperadamente más medicina para contrarrestar los efectos del veneno. ¿Había sido accidental? ¿O deliberado? Isabella intentaba no pensar en eso mientras silenciosamente se quitaba las sandalias, colocándolas contra la cabecera extrañamente tallada, recogiendo las rodillas, y encogiendo piernas desnudas bajo la larga falda. Con el brillo del fuego atizado y las velas parpadeando, tenía luz suficiente para observar la habitación.

Isabella no podría comprender por qué alguien pondría a un niño pequeño en semejante recámara. Era demasiado grande, y las tallas de las paredes eran demoníacas.

Largas serpientes enrolladas y extraños reptiles con colmillos y garras retorciéndose entre las enormes ventanas. Los relieves de mármol y una gárgola de aspecto particularmente perverso parecían casi vivos, como si pudieran saltar de las paredes y atacarte. Las cortinas eran pesadas y oscuras, y el techo era demasiado alto y tallado con una plétora de animales alados con picos y garras afilados. Isabella no podía imaginar a una niña de siete años intentando dormir con esas criaturas rodeándola en la oscuridad.

Finalmente, Sue cayó desplomada en una pequeña silla junto al fuego. Isabella la cubrió con una colcha de repuesto y reluctantemente comprobó al don. Estaba muy callado, su respiración era superficial y podía decir que continuaba sufriendo, pero se negaba a reconocerlo. Aunque casi temía tocar al hombre, posó una mano fresca sobre su frente. Una extraña corriente pasó de repente entre los dos. Pudo sentirla arqueándose y crujiendo bajo su piel, bajo la de él, y la puso inconfundiblemente incómoda. La fiebre había bajado, pero no había desaparecido. Con un pequeño suspiro, Isabella le llevó una taza de líquido a la boca. No quería despertarle, pero él también necesitaba los medicamentos para asegurar su recuperación.

La mano de él se alzó bruscamente para atrapar las de ella alrededor de la taza mientras bebía, haciéndole imposible apartarse. Era enormemente fuerte para ser un hombre tan enfermo. Cuando hubo acabado con el contenido, él bajó la taza, pero permaneció en posesión de su mano.

-Me pregunto cómo sabe la sanadora que remedio utilizar. He oído hablar de sus habilidades; con frecuencia se habla de la sanadora de vuestro villagio con gran respeto.

Isabella se tensó, el corazón le atronaba en los oídos. Tiró, un no-tan-sutil recordatorio de que la soltara, pero esta vez él apretó su garra, sin dejarla escapar de vuelta a las sombras. Había peligro allí; sentía una amenaza para ella.

-Yo... no sé, Don Cullen. Sus secretos son solo suyos. -Deliberadamente tartamudeó y agachó la cabeza, encogiéndose como una sierva no-demasiado-brillante.

El don continuó sujetándola, evaluándola a través de los ojos entrecerrados. A la luz del fuego parecía un demonio oscuro y peligroso, demasiado sensual y poderoso para engañarle. Isabella no vaciló bajo su escrutinio, aunque deseó liberar su mano y correr por su vida. Él era mucho más peligroso para ella de lo que había pensado en un principio. Lo presentía, como hacía con todo. Resueltamente miró al suelo.

El don permaneció en posesión de su mano unos pocos momentos más, después bruscamente la dejó marchar, cerrando los ojos, evidentemente despidiéndola. Isabella evitó que se le escapara un suspiro de alivio y se movió rápidamente para poner una distancia segura entre ellos, enroscándose sobre la cama junto a la niña una vez más. Respiró lentamente, calmándose, observando la subida y caía del pecho de él hasta que estuvo segura de que dormía una vez más.

Varias veces atendió a la niña, bañándola para bajarle la fiebre, animándola a beber fluidos y sólidos. La niña parecía estar respirando más fácilmente y cada vez que Isabella descansaba la mano sobre el pequeño abdomen tenso, parecía estar menos duro, el dolor decrecía.

Finalmente, ella misma se estaba quedando dormida cuando un movimiento en el lado más alejado de la cámara captó su atención. Una campana pareció moverse, aunque no había brisa. Cambió de posición para mirar fijamente la pared tras la campana, observando atentamente. El panel liso y sin costuras pareció ondear, como si sus ojos estuvieran desenfocados.

Se sentó, mirando intensamente. La pared era de mármol, de un hermoso rosa y blanco, pero parecía moverse a la luz del fuego. Las sombras danzaban y se extendían, y las llamas y cortinas saltaban como si una ráfaga de aire hubiera entrado en la habitación. Se estremeció cuando dos de las velas se apagaron de repente.

Por un terrible momento creyó ver el brillo de unos ojos mirándola malévolamente desde las sombras, pero entonces la niña a su lado se movió intranquila, rompiendo el hechizo. Instantáneamente Isabella la abrazó protectoramente, pasando la mirada una vez más por la pared. Estaba tan inmaculada como una piedra pulida por el mar. La pequeña empezó a llorar entre sueños, un sonido suave y patético.

Isabella la meció gentilmente y empezó a tatarear, después cantó bajito una tranquilizadora nana, una melodía susurrada para la niña. La pequeña empezó a relajarse entre los brazos de Isabella, aferrándose a ella firmemente como si nunca fuera a dejarla marchar. Las palabras, aunque largo tiempo olvidadas, emergían naturalmente, una balada que la madre de Isabella con frecuencia le había cantado cuando era pequeña. El corazón de Isabella estaba con la solitaria niña, que no tenía a nadie que se preocupara lo bastante por ella como para abrazarla en la oscuridad cuando aparecían las pesadillas.

Isabella examinó la cavernosa habitación, reparando en las pesadas cortinas y horrorosas esculturas, suficiente para provocar pesadillas a cualquiera. Mientras la mecía, la pequeña se acurrucó contra ella, y cayeron dormidas juntas, sin notar ninguna al hombre que sentado en la silla observaba a Isabella con ojos entreabiertos.

.

.

.

¡Tachan! Gran estreno jajaja Este libro me gusta muchísimo jaja y es de una autora que ya algunas conocen, si están familiarizados con mis adaptaciones, sabrán que soy gran fan de Christine Feehan, este libro en particular me gusta porque tiene un twist ligeramente diferente, por eso me encanta jajaja

En fin, hoy decidí hacer este lindo estreno porque es mi cumpleaños y porque es mi primer aniversario como ficker y pues estoy muy alegre jajaja aspi que espero que les guste y me den su linda opinión de este primer capítulo.

No olviden dejar su comentario.

¡Nos leemos pronto!