No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.
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Fue un susurro de movimiento lo que despertó a Isabella.
Sintió la perturbación en el aire, el cambio de corrientes. Se quedó tendida apretando a la niña entre sus brazos mientras el corazón le palpitaba e intentaba orientarse. El fuego había muerto hasta un suave brillo naranja. La última de las velas chisporroteaba en su pro cera con un siseo, su fragancia aromática vagaba por el aire con un fino rastro de humo negro.
La recámara estaba situada en la cara del palazzo que daba al océano, y a pesar de las gruesas paredes, podía oír el constante choque y rugido de las olas cuando se estrellaban contra las rocas dentadas. En cierta forma el ritmo constante y firme era un consuelo.
Isabella miró hacia la silla donde Don Cullen había estado durmiendo. El asiento estaba vacío. Sue todavía estaba derrumbada en su silla, su pequeño y frágil cuerpo resultaba a penas visible bajo la colcha.
La niña se movió entre los brazos de Isabella, y una manita se arrastró por el brazo de Isabella hasta que apretó su mano firmemente. El capullo de rosa de la boca infantil se presionó contra el oído de Isabella.
-Algunas veces se susurran los unos a los otros toda la noche -Su voz era una hebra temblorosa, su diminuto cuerpo temblaba.
Isabella apretó los brazos alrededor de la niña, ofreciendo consuelo mientras yacían juntas en la inmensa cama. Las esculturas ornamentadas parecían estar susurrando, podía oír el suave murmullo, que parecía rodearlas, haciendo imposible discernir su fuente exacta. Las sombras se movían y profundizaban haciendo que las alas de las criaturas esculpidas parecieran extenderse preparándose para volar. Las garras curvadas de la gárgola de aspecto malévolo se alargaron y crecieron, extendiéndose hacia la cabecera, lanzando un gris más oscuro sobre las figuras escupidas en el techo. Una garra se alargó por los aleros y paredes, una forma oscura como una mano de muerte. Parecía estar buscando algo, y Isabella casi dejó de respirar cuando la sombra grotesca se cernió en el techo sobre la cama.
Alice sollozó calladamente, el sonido quedó amortiguado contra el cuello de Isabella.
-Shh, bambina, no permitiré que te nada te haga daño -prometió Isabella con su voz más suave y tranquilizadora.
Pero estaba asustada, observando a las sombras llevar a cabo juegos macabros, oyendo los horrendos murmullos. La garra sombría pasó por arriba y alcanzó la araña de luces con sus pesadas capas de filas de candelas. La garra se cerró alrededor de la base, una garra afilada que se clavó en la lámpara empotrada.
Inesperadamente vio la araña balancearse. Sintió un ondeo de movimiento muy parecido al temblor que había recorrido el suelo a su llegada al palazzo. El corazón le saltó a la garganta. Horrorizada, levantó la mirada al gran y pesado círculo de velas. Definitivamente temblaba, no era su imaginación. Esta vez el movimiento fue más pronunciado, un estremecimiento que envió la mitad de las velas encendidas a desparramarse por el suelo. Los misiles de cera no consiguieron tocar la cama, pero golpearon la silla donde dormía Sue. El candelabro crujió y se balanceó alarmantemente, enviando más velas girando salvajemente en espiral en todas direcciones a través del aire.
Isabella jadeó e intentó empujar a la niña a la seguridad de debajo de la enorme e intocable cama. Se vio obligada a utilizar preciosos segundo en arrancarse los dedos de la pequeña del cuello, y después se lanzó a buscar a Sue, arrastrándola fuera de la silla hasta el suelo, cubriendo a la anciana con su propio cuerpo.
Oyó un terrible chirrido, y la enorme lámpara se soltó del techo y golpeó la silla donde Sue había estado durmiendo. La silla quedó hecha pedazos, y la araña se rompió. Isabella no pudo evitar gritar de dolor cuando esquirlas de metal atravesaron su pantorrilla y algunos pedazos la golpearon.
Alice gritó, un débil gemido de terror. Isabella ignoró las preguntas amortiguadas de Sue y se levantó, quitándose de encima grandes trozos de la araña para ponerse a cuatro patas y arrastrar a la pequeña hacia ella. Alice estalló en lágrimas, enterrando la cara en el cuello de Isabella y aferrándose con fuerza a ella. Isabella podía sentir un líquido caliente y pegajoso corriendo por su pierna, y latía y ardía. Meció a la niña gentil y consoladoramente, mirando al techo. La extraña sombra había retrocedido, dejando a las esculturas como nada más que obras de arte y su pro imaginación.
La puerta del dormitorio se abrió de golpe, y un anciano, un desconocido, quedó allí enmarcado.
- ¿Qué pasa aquí? -Su forma era alta y delgada por la edad, su pelo espeso plateado, salvaje e indomable, crispado en todas direcciones. Las miró fijamente por debajo de unas cejas tupidas, resultaba intimidante después del susto reciente. Su mirada feroz se posó en Isabella, la niña aferrada a ella, y Sue en el suelo en medio de los restos de lo que una vez habían sido la silla y la araña. - ¿Qué demonios está pasando aquí? -Era una clara acusación.
Alice se encogió ante su tono de voz, e intentó enterrarse más contra Isabella, negándose a levantar la mirada. Sus sollozos aumentaron de volumen, rayando la histeria.
El anciano entró en la habitación, como un torrente de furia.
- ¡Basta de ese incesante gemido, pequeña desgraciada! -se irguió sobre ellas, con los puños apretados, sacudiendo un sólido bastón hacia las mujeres. Sus ojos brillaban cono obsidiana, su cara se retorcía en un nubarrón. - ¡Hurto es lo que ocurre aquí! ¡Nada menos que un robo en medio de la noche!
Isabella era incómodamente consciente de los ojos fijos de las variadas esculturas y tallas que las rodeaban... caras silenciosas y burlonas disfrutando de su infortunio.
Sue gimió y se sentó. Isabella mantuvo su atención en la pequeña. Resultaba obvio que Alice estaba tan aterrada por el anciano como por los espectros sombríos que embrujaban su habitación por la noche. Isabella empezó instantáneamente a susurrar palabras consoladoras a la niña, sabiendo que era mejor dejar al anciano a Sue, que no patearía su tobillo como tan ricamente se merecía. Isabella había estado asustada por los extraños murmullos y sombras y la araña estrellada, pero este anciano grosero de carne y hueso ahora la estaba enfadando. No sería sabio decir o hacer nada que provocara una inspección más estrecha sobre sí misma, no se atrevió a decir lo que pensaba.
Isabella hizo lo que pudo para reasumir su rol de joven sirvienta lenta y asustada. La última cosa que quería era que el don se fijara en ella. No quería que los campesinos sufrieran castigo por su comportamiento. Podrían ir a los pueblos circundantes y vivir modestamente, pero lo dudaba. Habían vivido en las colinas toda su vida, dependiendo de la tolerancia y buena voluntad del don.
Sue respondió al anciano respetuosamente, pero manteniéndose firme en la posición que le proporcionaba su rol de sanadora. El contrario que Isabella, tenía mucha práctica en tratar con la aristocratici y sus modales tiránicos a lo largo de los años, y obviamente se había encontrado con este anciano horrible antes.
- -Signore Cullen, hemos sufrido un terrible accidente. ¡Casi morimos! -dijo indignadamente.
- - ¡Estúpida mujer, puedo ver lo que está pasando aquí! -exclamó el viejo Cullen, claramente furioso porque alguien pudiera contradecirle, y una mujer humilde del pueblo, nada menos.
Una sombra más oscura cayó sobre todos ellos, bloqueando la luz de las velas del salón, reduciendo instantáneamente al silencio el intercambio entre la sanadora y el anciano. Incluso Alice dejó de llorar para hipar penosamente. Giraron las cabezas simultáneamente para ver al don de pie en el umbral.
- ¿Nonno, que haces? Abandoné esta recámara hace algún rato para volver a mi propia habitación, cuando la sanadora lo tenía todo bajo control.
El hombre mayor estalló en un aluvión de latín, italiano y otro dialecto, pero Isabella tenía el claro presentimiento de que el abuelo del don no estaba rezando. Con sus manos nudosas ondeaba el bastón salvajemente, y su cara se había vuelto casi púrpura, parecía estar amenazando a todos los que estaban a la vista. Una vez se inclinó y escupió en el suelo cerca de la puerta, su mirada feroz estaba fija maliciosamente en la pequeña.
Al sentirse amenazada, Alice se colgó más fuerte de Isabella, sin atreverse a levantar la mirada hacia el anciano. Este acusaba a la niña de todo, desde dar mala suerte a ser una bruja. Isabella miró rápidamente a Sue. La anciana estaba persignándose fervientemente y besaba el crucifijo que colgaba de su cuello.
El don parecía completamente exasperado, tanto que Isabella casi sintió pena por él. Estaba todavía sintiendo los efectos del envenenamiento, podía verlo en sus ojos y en la ligera forma en que encorvaba su cuerpo para dar alivio a los dolorosos nudos que se retorcían en su abdomen. Hizo señas con la mano a su abuelo para que saliera de la habitación, con voz tranquila pero severa, mientras le seguía al corredor. Los dos hombres hablaron brevemente antes de que el don volviera con las mujeres, examinando el desastre de la habitación.
- ¿Qué ha pasado aquí? -preguntó tranquilamente.
Alice se asomó para mirarle desde la seguridad de los brazos de Isabella.
-Ellos lo hicieron -Señaló hacia las silenciosas y expectantes criaturas del techo.
La mirada de Don Cullen se posó en la pequeña.
-No empieces con esas estupideces de nuevo, Alice -Su voz era templada, pero repartía una reprimenda.
La niña se estremeció enterrando la cara una vez más contra el cuello de Isabella. Los ojos oscuros de Isabella, con una chispa de fuego en sus profundidades, saltaron a la cara del don. Sue pateó deliberadamente un trozo de la araña caída para alejar la atención de la joven.
-Claramente esta cosa cayó -señaló Sue -. Fue solo gracias a la buena Madonna que no nos mató.
El don se acercó para inspeccionar los restos.
-Hay sangre en la colcha. ¿Alice está herida?
Isabella apartó rápidamente los ojos del don, y eso dejó a Sue sacudiendo la cabeza y respondiendo.
-Está ilesa. La fiebre ha bajado, además. Nuestra vigilia valió la pena -declaró, tocando su crucifijo en busca de perdón por la pequeña mentira, ya que ella se había quedado dormida incluso antes de que el don abandonara la habitación.
La penetrante mirada de Don Cullen se posó pensativamente sobre la cara de Isabella.
- Así que es usted la herida. Déjeme ver. -Cruzó el suelo con sus largas y fluidas zancadas y se inclinó para examinarla.
Sorprendida, Isabella atrajo las piernas bajo la falda y sacudió silenciosamente la cabeza, sintiéndose como una niña asustada y caprichosa, con mariposas revoloteando en su estómago.
- ¡Dio! Piccola, estoy perdiendo la paciencia! -Le rodeó el tobillo desnudo con sus largos dedos y le estiró la pierna para su inspección.
Fue un gesto curiosamente íntimo. Isabella nunca antes había sido tocada por un hombre, y ciertamente no en su piel desnuda. El color se extendió por su cuello e inundó sus delicados rasgos. Él era enormemente fuerte, y no tenía forma de combatir su fuerza o su dura autoridad.
Isabella dejó escapar un suave sonido de angustia y miró desesperadamente a Sue en busca de ayuda. Don Cullen le estaba girando la pierna para inspeccionar la pantorrilla. Sus manos eran sorprendentemente gentiles.
- -Este corte es profundo -Miró brevemente a la anciana-. Alcánceme un trapo -Había autoridad en su voz.
- -Yo la atenderé, signore -dijo Sue firmemente, aferrando el trapo, su sorpresa se reflejaba en la cara. No era decente que el don tocara así a Isabella, peor aún, era peligroso.
El don extendió la mano, tomando el trapo de las manos de Sue, y gentilmente limpió la sangre de la pierna de Isabella para poder ver la extensión de la herida. Isabella hizo una mueca cuando la laceración ardió, pulsando de dolor. Intentó no notar la forma en que el pelo del don se curvaba alrededor de sus orejas y se rizaba en ondas indisciplinadas en su nuca.
-Enciende una vela, mujer. Esta herida es profunda y debe ser atendida, o podría infectarse.
Una vez más Sue hizo un desesperado intento de proteger a Isabella del don.
- -Yo soy la sanadora, don Cullen. No debería molestarse con estas cosas.
- -He atendido muchas heridas de batalla -respondió el don ausentemente, inspeccionando concienzudamente la pierna torneada que sostenía entre sus manos.
Isabella estaba mortificada por tener al don arrodillado a sus pies, sosteniéndole el tobillo entre las manos. Era agudamente consciente del calor que emanaba de su cuerpo. Entre sus brazos, Alice empezó a retorcerse, iniciando un gemido.
El don cogió a la pequeña, sacándola de los brazos de Isabella, y la empujó hacia Sue con un único movimiento fluído.
-Ocúpese de sus necesidades -ordenó bruscamente, con la voz tan templada como siempre.
Estaba claramente distraído por las heridas de Isabella, sin mirar realmente a la niña o a la anciana. Las yemas de sus dedos se movían sobre la piel de ella, dejando una extraña sensación hormigueante detrás. Isabella se quedó muy quieta, temiendo moverse.
Sus dientes tiraron nerviosamente del labio inferior, atrayendo la atención indeseada de él a su cara. Él extendió la mano buscando un trapo limpio de la mesita de noche para usarlo como vendaje.
- ¿Estás preparándote como aprendiz de la sanadora? -preguntó casualmente mientras envolvía el vendaje alrededor de su pierna. Con una mano todavía le rodeaba el tobillo, así que le era bastante fácil sentirla temblar.
Isabella miró desesperadamente a Sue buscando ayuda, pero su mentora estaba atendiendo a la niña, que necesitaba utilizar la bacinilla en un hueco en el extremo más alejado de la habitación. Isabella retrocedió alejándose del don, esperando que la luz de las velas no alcanzara su cara. Se había entrenado para ser extremadamente cuidadosa en su contacto con los demás, pero estaba en una posición imposible. Nadie incurría en la ira del don Emmett Cullen. Era peligroso y arriesgado. Nerviosamente se pasó la mano por el espeso pelo, horrorizada al descubrir que el pañuelo de su cabeza había resbalado. Estaba demasiado lejos para que ella lo agarrara y se cubriera su abundante melena, pero al menos los mechones estaban todavía recogidos en un severo moño.
-Puedes hablar... te he oído -señaló Don Cullen-. ¿Qué era la melodía que le cantaste a Alice? De algún modo me resultaba familiar -Lo preguntó casualmente, ociosamente, como si no le importara en absoluto y simplemente le estuviera dando conversación.
Pero Isabella no se dejaba engañar. Los ojos negros estaban sobre su cara, agudos como los de un halcón.
Sintió el aliento abandonarla en una explosión como si él la hubiera golpeado con su puño. Inesperadamente estaba luchando por no llorar. La peña fluía llegada de ninguna parte, tan profunda que se le cerró la garganta, y ardían lágrimas tras sus ojos. Esa había sido la canción favorita de su madre. Isabella todavía conservaba recuerdos preciosos, de la voz suave y hermosa de su madre, de la calidez de sus brazos. Su madre había trabajado en el palazzo, y doce años antes habían llevado su cuerpo a casa desde el lugar de su muerte. Isabella apartó inadvertidamente la cara, intentando una vez más alejar la pierna del don.
Los dedos de él se apretaron como un grillete alrededor del tobillo.
-Quédate quieta.
Isabella se estaba desesperando. Hizo lo que pudo por parecer atontada. Bajo las presentes circunstancias, no era difícil. Se sentía completamente desequilibrada. Masculló algo ininteligible, sabiendo instintivamente que él no tendría paciencia para evasivas, y se cubrió la cara lo mejor que pudo. Aun así, el don tenía ojos agudos y probablemente no se había perdido nada en absoluto.
Algo en su voz, algo innombrable, algo indefinido, le dio a Isabella la inquietante impresión de que ya no la contemplaba como a una sirvienta sin nombre, ni edad ni descripción. Hablaba como si estuviera hablando a una joven doncella o a una niña asustada. Incluso la había llamado piccola... pequeña.
-Envía en busca de los sirvientes -ordenó a Sue, confirmando la sospecha de Isabella de que ya no pensaba en ella como una sirviente. La anciana había vuelto silenciosamente, pero él fue consciente de su presencia inmediatamente. - Tu aprendiz no puede quedarse en esta habitación esta noche.
Alice estaba luchando por ganar su libertad, retorció su mano para liberarse de Sue y correr hacia Isabella y gatear hasta su regazo. Isabella envolvió los brazos agradecidamente alrededor de la niña, ocultándose desvergonzadamente tras la pequeña.
Sue tiró apresuradamente de la campana y se irguió ansiosamente cerca de Isabella.
- -Ella es para mí de un valor incalculable, don - El amor y la preocupación se mostraban en las profundas arrugas de su cara, desnuda, transparente, y clara para alguien tan agudo como Don Cullen en leerla.
- -La herida es profunda, pero la he limpiado y vendado. ¿Dónde están sus zapatos? -Se puso de pie bruscamente, fluidamente, poder y coordinación fluido combinados, alzando a Isabella y Alice entre sus brazos con un solo movimiento.-. No quiero más heridas causadas por pies descalzos sobre los restos. Recoge sus cosas, iremos al cuarto de los niños.
¡Donde la niña debería haber estado desde el principio! ¿Por qué había estado Alice en esa monstruosa habitación? Isabella mordió la pregunta que clamaba en sus entrañas. Parecía que nadie prestaba mucha atención a Alice. Si acaso, la niña parecía estorbar. ¿La sopa había sido envenenada intencionadamente? ¿O había ido, en realidad, dirigida al don? Él tenía numerosos enemigos. Aunque su gente le era leal... estaban bien alimentados, protegidos, y cuidados... también le temían, y el miedo con frecuencia era una emoción peligrosa. Era también sabido que el Rey de España había hecho un tratado incómodo con el don. El rey había conquistado otras ciudades y fincas, pero no había tenido éxito tomando las tierras de Don Cullen. ¿Podría haber un traidor en el palazzo? Pocos se atreverían a desafiar el derecho del don, pero quizás habían encontrado otras formas de derrotarle.
No podía creer que el infame don la estuviera sujetando tan cerca de él, casi protectoramente, acunándola en sus brazos, contra su amplio pecho. Como un conejo asustado, no se atrevía a moverse o hablar. En cualquier caso, sabía con seguridad que luchar no le haría ningún bien. Don Cullen era un hombre que seguía su propio camino.
El sirviente que les había mostrado el camino antes llegó un poco sin aliento. Su ropa estaba algo desaliñada, como si se hubiera vestido a la carrera. Sus ojos se abrieron de par en par ante la visión de Isabella y Alice en los brazos del amo, pero era lo suficientemente discreto como para no hacer comentarios.
-Ocúpate de los escombros, Erik -ordenó Don Cullen, pasando junto al hombre sin mirarle mucho más.
Isabella contuvo el aliento, todavía sin atreverse a moverse o hablar. El cuerpo del don era duro, caliente e inexplicablemente masculino. Mientras las llevaba a ella y a Alice a través de los inmensos salones, notó pasajes abovedados reforzados, intentando automáticamente recordar el camino, pero él se movía muy rápidamente. Sue casi corría para mantener el paso. La escalera en espiral por la que ascendieron era amplia y ornamentada, la barandilla tenía forma serpiente dorada enrollada a lo largo de una rama dorada larga y tortuosa.
Sue estaba temiendo tocarla, murmurando una multitud de plegarias mientras subían. Normalmente Isabella habría encontrado las supersticiones de Sue divertidas, pero estar entre los brazos del don, apretada contra su pecho, la ponía nerviosa.
El cuarto de los niños estaba al final de otro largo pasillo abovedado, pero la habitación tenía un interior más pequeño y menos intrincado. Ni esculturas de criaturas míticas, ni gárgolas siniestras preparadas para la batalla esperaban allí. Sin embargo, oscuros y pesados tapetes cubrían la pared del techo al suelo tras el armazón de la cama, y la habitación estaba fría, sin leños en el hogar. El don colocó a Isabella y su diminuta carga cuidadosamente sobre la cama. Palmeó la cabeza de Alice bastante ausentemente, con su atención todavía centrada en Isabella.
-Mírame -Él pronunció las palabras muy suavemente.
Su voz era un arma, seductora, tentadora, una invitación a algo más allá de su comprensión. Era incómodamente consciente de su propio cuerpo, lo suave y curvado que lo sentía contra la dura fuerza del de él. Y después estaba esa extraña corriente que corría entre ellos, arqueándose y crujiendo con una vida que ella no entendía. Solo sabía que la voz de él era suave y podía moverse sobre su piel como el tacto de sus dedos, y que, si se atrevía a mirarle a los ojos, podría quedar atrapada allí para siempre.
Isabella sacudió la cabeza tercamente, apartando los ojos, mirando resueltamente abajo. El don, claramente exasperado por su desafío, le cogió la barbilla con dedos firmes y la obligó a levantar la cabeza hasta que los ojos oscuros se encontraron con su mirada. Durante un momento se miraron el uno al otro. Los ojos de él eran hermosos, negros como la obsidiana, brillando como gemas. Hipnóticos. Fantasmales. Sintió una curiosa sensación, como si estuviera cayendo. La sensación era tan real, que sus dedos se cerraron alrededor de la colcha para anclarse a la seguridad.
Sintió un revuelo en su mente, una calidez. Estaba perdiendo su resistencia, cayendo impotentemente en la seducción de los ojos de él. En su regazo, Alice se retorció, ya cansada por la breve actividad. En alguna parte salón abajo, Isabella oyó cerrarse una puerta con un sonido sordo. Por alguna razón el sonido le pareció siniestro en la tristeza de la habitación de los niños. Fue suficiente para romper el hechizo. Con un esfuerzo supremo arrancó su mirada de la de él y miró alrededor de la recámara, parpadeando rápidamente para enfocar la habitación. Se sentía como si estuviera despertando de un sueño. La llama de una pequeña vela daba muy poca luz, cada esquina parecía llena de sombras.
Isabella suspiró suavemente. Por muy altos que fueran los techos, por muy grande y espacioso que fuera el palazzo, tan ornamentado y lujoso, ella prefería el exterior, el mar y las montañas, las pequeñas cabañas. Había algo muy mal en esta casa, podía sentirlo. Y el don era mucho más peligroso de lo que nadie pensaba. Volvió su atención a la niña, deslizándola en la cama a su lado, arropándola mientras colocaba la colcha a su alrededor. Era consciente de Don Cullen erguido sobre ella con frustración, pero se negó categóricamente a levantar de nuevo la mirada. Contuvo el aliento cuando el giró sobre sus talones sin otra palabra y salió a zancadas de la habitación.
En el momento en que el don las dejó solas, Sue se derrumbó sobre la cama con alivio, conversando en susurros.
- -Nunca he visto algo tan descarado -admitió-. La forma en que te tocó, tomándose tantas libertades contigo. Ese hombre debe ser pagano. Había oído rumores, pero no los creía.
- -Vi un santuario a la Madonna en el gran salón -discutió Isabella, sintiendo por alguna razón la necesidad de defenderle-. Si fuera realmente ateo no tendría algo así en su cara. Y con frecuencia se reúne con el sacerdote del pueblo y los ancianos.
- -El anciano, su abuelo... es un pagano, eso es seguro. Pueda la buena Virgen protegernos de semejante hombre -Sue fue solemne-. Mira esta casa. ¿Has visto las criaturas en cada alcoba? Los antiguos dons veneraban a muchos dioses y construyeron este palazzo como desafío a la Santa Iglesia. Contenían a los ejércitos invasores, algunos dicen que, con el poder de muchos demonios tras ellos, pero este palazzo está efectivamente maldito. Durante años ha habido rumores de muertes, asesinatos. Una vez, un ejército invasor atrapó a la famiglia Cullen aquí en el palazzo. Cuando los soldados traspararon los muros del castillo, la familia simplemente había desaparecido, y la mayor parte de los invasores murieron de muertes horribles. Unos días después, la famiglia volvió como si la invasión nunca hubiera tenido lugar. -Estremeciéndose, sostuvo su crucifijo con ambas manos y lo besó varias veces-. Abandonaremos este lugar con las primeras luces. La bambina está mucho mejor y seguramente vivirá. Alguien aquí debe ser capaz de darle sus medicamentos.
Isabella metió a Alice bajo la colcha que la niña había pateado quitándosela de encima. Persuadió a la niña para que bebiera la medicina mezclada con agua, sonriendo cuando la pequeña agarró su mano.
-Quizás sería mejor continuar esta conversación cuando estemos a solas -aconsejó quedamente.
Se recostó y cerró los ojos cansada. Su pantorrilla estaba dolorida, ardía y palpitaba, ya hinchándose. Si no hubiera estado tan cansada, habría mezclado una poción para sí misma. Pero primero quería dormir; y después quería salir del palazzo y volver a su propio mundo, donde podría respirar más fácilmente.
-Isabella, el don es peligroso -anunció Sue suavemente-. Eres demasiado compasiva. Eres muy joven. Hay algo mal en esta casa. No me gusta la forma en que él te mira.
Isabella sonrió sin abrir los ojos.
- -Ti voglio bene. -dijo afectuosamente a la anciana que la amaba.
- - No te preocupes por mí. Lo has hecho toda mi vida. No volveré a ver al don. Me encanta vivir, Sue. No quiero ser quemada por bruja. - Estaba sonriendo, tranquilizando a la mujer, pero por dentro temblaba.
El don la aterraba como nadie había hecho nunca, de una forma que no podía explicar ni a Sue ni a sí misma.
La mujer más vieja siseó, mirando rápidamente en cada esquina de la habitación, asustada por la audacia de Isabella.
- -Hush, bambina, no puedes decir esas cosas. Nunca. La buena Virgen no te protegerá si invocas semejante mal innombrable sobre ti misma.
- -La pequeña está dormida, no hay nadie que me oiga -Isabella no estaba arrepentida.
- -Hay ojos y oídos por todas partes. Esta casa no está bien -le recordó Sue bruscamente, mirando nerviosamente alrededor del silencioso cuarto de los niños.
Una brusca llamada a la puerta rompió el silencio. Sue soltó un grito aterrado cuando la puerta se abrió hacia adentro.
El sirviente se escabulló dentro llevando una carga de madera para el fuego. No miró a las mujeres, sus rasgos estaban rígidos y decididos. Construyó un nido de rizos de madera recortada, añadió leños, y lo encendió todo. Cuando las llamas crujieron saltando a la vida, el hombre se giró y evaluó a la "sanadora" y su "ayudante" con una fría mirada.
-Su fuego, como se ordenó, -dijo de mala gana.
Por mucho que evidentemente deseara que las mujeres se fueran, la sanadora era respetada y necesitada en la comunidad, y no se atrevía a desdeñarla completamente. Giró sobre sus talones y salió decididamente, con la espalda recta.
- -No estamos haciendo muchos amigos aquí -observó Isabella con una sonrisita-. ¿Crees que esperaron tanto para enviar en nuestra busca con la esperanza de que fuera demasiado tarde para la bambina?
- - ¡Isabella! -Sue estaba sorprendida, su mirada recorrió salvajemente la habitación como si esperara ver al don allí de pie escuchando-. Prohíbo más de esta charla.
Isabellata estuvo más que feliz de irse a dormir. La niña estaba caliente entre sus brazos, y con el fuego crujiendo agradablemente, la habitación parecía mucho más placentera. Se acurrucó en la cama y se tendió silenciosamente. En cuestión de minutos, Sue estaba respirando uniformemente, lo que indicaba que había caído dormida inmediatamente. Isabella estaba muy cansada, pero no podía seguir su ejemplo. Demasiadas preguntas sin contestar rondando por su cabeza.
Ella era "diferente". Había nacido con habilidades únicas. Sue las llamaba dones, pero los había ocultado por miedo a ser llamada bruja. Podía tocar a un individuo y "sentir" su enfermedad. Sabía instintivamente qué hierbas o pociones necesitaba la gente enferma para aliviar su sufrimiento y ayudar a su curación. Podía incluso ayudar a curar al enfermo con sus manos consoladoras y su voz. Profundamente de su interior manaba una calidez sanadora que fluía de su cuerpo al de su paciente. Sue, devota como era, de hecho, nunca la había llamado bruja. Nunca había insinuado de ninguna forma que Isabella fuera capaz de hacer magia. Nunca señalaba que Isabella provenía de un largo linaje de mujeres "únicas" y que más de una de sus ancestros había sido quemada en la hoguera, lapidada, o ahogada deliberadamente. Sue la protegía cuidadosamente y mantenía el rol de la "sanadora", atrayendo la atención sobre sí misma en vez de sobre Isabella.
La gente del pueblo también sabía que Isabella era diferente, y ayudaban a Sue a engañar a la aristocrazia, manteniendo a Isabella lejos del palazzo y de todos los que lo ocupaban. La guardaban como un tesoro, y ella se lo agradecía mucho. Pero ahora...
Isabella suspiró. Repasó cuidadosamente todo lo que había ocurrido desde su llegada al palazzo. Ciertamente había captado la atención del don. Un estremecimiento corrió por su espina dorsal. ¿Era de miedo? ¿O de algo más? Isabella era lo suficientemente honesta como para admitir que Don Cullen era un hombre increíblemente guapo. Y el poder parecía aferrarse a él. No podía imaginar intentar desafiar a semejante hombre. Sus ojos oscuros eran penetrantes y parecían ver a través de la carne y el hueso hasta su alma. Se estremeció de nuevo y decidió que lo que sentía era miedo.
Él la había mirado con interés removiéndose en las profundidades de sus ojos. Nadie nunca la había mirado como lo hacía Don Emmett Cullen. No era ningún jovencito inmaduro sino un hombre adulto, un noble que se rumoreaba tenía una sociedad secreta de asesinos. Los que estaban en el poder le dejaban estrictamente en paz o competían por su atención. Pero, sobre todo, su familia estaba maldita. Ninguna mujer del pueblo, ni siquiera las muchas esposas de los Cullen, había sobrevivido mucho en el Palazzo Della Morte... el Palacio de la Muerte. Y él la había mirado, marcándola como su presa. La idea se arrastró indeseada hasta su mente extravagante. Un leño ardió en el hogar y se colapsó con una lluvia de chispas, las llamas saltaron momentáneamente lanzando una imagen demoníaca sobre la pared. El aliento de Isabella quedó atrapado en su garganta cuando la pesada puerta se abrió lentamente hacia dentro. Un hombre dudó en la entrada.
Isabella no creía en acobardarse bajo las mantas.
- - ¿Signore? -Se las arregló para mantener la voz firme, a pesar de que temblaba incontrolablemente. - ¿Qué pasa?
- -Scusa, signorina, no pretendía molestarla. Quería ver a mi hija -A pesar de la arrogancia natural de su tono, era extremadamente cortés para un aristócrata.
Era Edward, el menor de los tres hermanos Cullen. Tenía la misma constitución musculosa y confiada de sus hermanos mayores, como correspondía a alguien nacido en la nobleza, pero las similitudes terminaban ahí. Donde Don Emmett Cullen tenía un aura palpable de poder, peligro y autoridad sobre él, este hombre parecía devastado por la pena, casi como si no pudiera mantenerse derecho bajo el peso de su carga. Su joven esposa, por lo que Isabella podía recordar, había sido una de las bajas de la maldición Cullen, dejándole viudo sin madre para su hija.
Inmediatamente el corazón de Isabella se compadeció de él, su naturaleza compasiva compartía su pena. Normalmente nunca habría hablado directamente con un miembro de la familia Cullen... era tan natural para ella como respirar el evitar el contacto con la nobleza y los desconocidos... pero no pudo evitar responderle.
-No hay necesidad de preocuparse, signore, la bambina vivirá. La sopa que compartió con Don Cullen estaba contaminada. Se le ha dado medicina para ayudarla a sanar. -Su voz fue suave y consoladora, buscando "sanarle" inconscientemente también, como con frecuencia hacía con su gente.
Él hizo una reverencia, un gesto cortés de respeto.
-Soy Edward Cullen. La bambina es todo lo que me queda en este mundo. Cuando vi la recámara de abajo vacía, yo... -se interrumpió.-. No sé cómo se me ocurrió mirar en el cuarto de los niños. Estaba atontado y caminé hasta aquí ciegamente, sin pensar.
No era de extrañar que la pena estuviera grabada tan profundamente en su cara. Isabella le tranquilizó.
- -Un pequeño incidente, no más, Signore Cullen.
- -Gracias por salvar al don y a mi hija. No sé qué habría hecho nuestra famiglia sin el mio fratello, el don. Y la bambina lo es todo para mí.
- -La Signora Sue es una sanadora sin igual -mintió Isabella, con cara seria.
Agradecía las sombras de la habitación que evitaban que el hombre la examinara demasiado atentamente. El escrutinio de su hermano ya había sido suficiente aventura para una noche.
- ¡Edward! ¿Qué está pasando? ¿Alice ha empeorado? -La mujer, Carmen Cullen, que había estado llorando antes en el pasillo, asomó la cabeza a la habitación, envolviendo su mano familiarmente alrededor del brazo de Edward. Su cara reflejaba su profunda preocupación.
Isabella la estudió atentamente. Carmen parecía mucho más joven de lo que debía ser con treinta años o así. Tanya, su hija, aparentaba al menos quince. Carmen llevaba un largo vestido ajustado que revelaba más de lo que cubría, e incluso en medio de la noche, su pelo estaba perfectamente arreglado.
Carmen dedicó a las mujeres y la niña que estaban en la habitación una mirada rápida.
- -Ah -se persigno devotamente -gracias a la Madonna, la bambina está bien. Vamos, Edward, has sufrido mucho, debes descansar.
- - ¿Ambos os habéis vuelto locos? -La voz que llegó desde el umbral era baja, pero cargaba un látigazo, una dura autoridad que nadie se atrevería a desafiar. -Alice casi muere esta noche, estas mujeres están exhaustas por el trabajo que han hecho y vosotros ni siquiera les concedéis la cortesía de dejarlas dormir en paz? -Don Cullen entró en la habitación, su presencia dominó inmediatamente el cuarto de los niños y a aquellos que lo ocupaban. -Carmen, tú y Tanya teníais demasiado miedo para ocuparos de las necesidades de la bambina cuando os necesitaba, ¿pero ahora, en medio de la noche, entras en la habitación para despertar a sus cuidadoras?
La mujer se sobresaltó ante la reprimenda.
- - ¿Cómo puedes acusarme de semejante cosa? Miraba primero por la seguridad de Tanya, como debe hacer una madre. Los sirvientes tenían que ocuparse de la bambina. Les ordené lo que debían hacer, pero se negaron, pensando que podrían contraer la plaga. No puedo controlar las creencias supersticiosas de la gente de la villaggi. No escuchan cuando temen a lo desconocido. ¡Seguramente no me culparás a mí de su incompetencia!
- -Encontré a la pobre piccola abandonada, cubierta de desperdicios y vómito por todas partes -Los ojos de obsidiana eran letales. No alzó la voz, pero estaba cortando a la mujer en pedazos, y Isabella casi sintió pena por ella.
- -Di órdenes a los sirvientes – Carmen alzó la barbilla. - ¿Cómo te atreves a recriminarme delante de estas? -Ondeó la mano para abarcar a Isabella y la dormida Sue -. Edward, por favor, escóltame a mi habitación.
Edward tomó obedientemente la mano de la mujer y la colocó en el hueco de su brazo.
- -Grazie, por salvar la vida de mi bambina -dijo él sinceramente, inclinándose cortésmente ante Isabella.
- -Agradezco que al menos uno de vosotros sepa a quién debemos agradecérselo. -dijo Don Cullen suavemente. Su voz apenas supuraba amenaza, un látigo de tercipelo que enmascaraba una voluntad de hierro. Isabella se encontró temblando sin ninguna razón en absoluto.
De repente no quería que los otros abandonaran la habitación. Peor aún, sabía por la respiración de Sue que esta no estaba fingiendo, sino que estaba verdaderamente dormida.
Isabella no encontraría salvador si Don Cullen volvía todo el poder de sus ojos penetrantes en ella otra vez.
Carmen permaneció ahora en silencio contra la acusación del don, y eso dijo mucho a Isabella sobre la familia. Sus miembros le temían casi tanto como ella. Había algo frío y distante en el don. Algo en él le apartaba de los demás, estaba aparentemente relajado, aunque a la expectativa y listo para golpear como una serpiente. Su familia le trataba con tremenda deferencia, como si ellos también intuyeran que era peligroso.
Isabella permitió que sus largas pestañas bajaran mientras Edward sacaba a Carmen Cullen de la habitación. Se quedó muy quieta, sin atreverse a mover un músculo. El silencio se extendió tanto, que deseó gritar. No había ni un sonido, ni un roce de ropas o un indicio de movimiento. No saber lo que estaba haciendo el don era peor que enfrentarse a él. Yació allí con el corazón palpitando, apenas respirando. Esperando. Escuchando. No había ningún sonido.
Isabella comenzó a relajarse. Nadie podía estar tan callado. Suspiro de alivio. Él debía haber seguido a los demás fuera de la habitación. Se acurrucó más profundamente bajo las mantas, aprovechó una oportunidad y se asomó. Él estaba de pie sobre ella, tan inmóvil como las montañas, esperando, con esos ojos oscuros fijos en su cara. Había sabido todo el tiempo que no estaba dormida y que tarde o temprano miraría. Por un instante no pudo respirar, atrapada por la intensidad de su negra mirada. Las llamas del hogar parecían reflejarse allí, o quizás era el volcán hirviente en su interior, profundo, ardiente y peligroso.
-No se me engaña tan fácilmente como tú y la anciana podéis pensar -lo dijo calladamente, una suave y amenazadora declaración.
De hecho, las palabras fueron tan suaves que de hecho no estaba segura de que él has hubiera murmurado. Le vio girarse con su gracia peculiar y fluida y abandonar la habitación, cerrando la puerta tras él taxativamente.
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Aquí tienen el segundo cap de este interesante capítulo jeje ¿qué les pareció? A mí me gusta mucho, y ya conocimos a la pequeña Alice!
No olviden dejar un lindo comentario.
¡Nos leemos pronto!
