~ childhood
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Otabek recordaba cuando Yuri y él se conocieron. Los Plisetsky se habían mudado hace no mucho a su barrio y él pensó que su hija era la niña más bonita que nunca había visto. Obviamente Otabek también recordaba cuando le regaló unas pequeñas y blancas flores a tal belleza y Yuri se las había tirado por la cabeza muy ofendido "¡soy hombre, tonto!" le había gritado para seguido huir enfadadísimo a su casa.
Yuri todavía se destornillaba a carcajadas cuando recordaban eso.
Otabek recordaba cuando Yuri y él se convirtieron en amigos. El rubio había estado llorando en la acera de su casa porque su gatito se había muerto y el kazajo pasaba por ahí en bicicleta.
— Te dejo dar una vuelta a la manzana si dejas de llorar — le había dicho angustiado, pero también precavido, ya que Yuri todavía lo veía con saña por haberlo confundido con una niña.
El rubio, algo más halagado por una bici que por flores, aceptó enjugándose las lágrimas. Y así pasaron toda la tarde turnándose la bicicleta, compitiendo por quién hacía el menor tiempo al dar la vuelta a la manzana y riendo cuando vieron a Leo de la Iglesia correr calle abajo gritando y llorando porque el perro de la señora Lilia (un Toy miniatura y muy chillón) lo seguía como una fiera ladrando con espuma en la boca.
No tardó mucho tiempo antes de que ambos se vieran todos los días y se hicieran mejores amigos.
Otabek recordaba con afecto su infancia junto a Yuri, las veces que recorrían las mismas calles viniendo después del colegio, cuando veían películas en casa de Yuri y este siempre se dormía primero, cuando la madre de Otabek les hacía galletas al llegar sucios y sudados tras una intensa partida de fútbol con otros chicos de la cuadra, los veranos cuando jugaban a mojarse con la manguera porque no había nada más divertido que hacer, la vez que Yuri se quebró el brazo y Otabek lo cuidó por tardes enteras porque sus padres debían trabajar.
Otabek recordaba la forma en que los ojos verdes y gigantes de Yuri Plisetsky lo seguían cuando hacía cualquier cosa, poniéndolo muy nervioso y alborotando su estómago.
Otabek recordaba a un Yuri muy enfadado cuando Mila Babicheva, la niña de la cuadra vecina, le había robado un inocente besito y se había ido corriendo a su casa entre risitas divertidas. Yuri lo había golpeado muy fuerte ¡como si él hubiese tenido la culpa! y esa fue su primera pelea porque Yuri le había gritado cosas muy feas y Otabek se había enfadado por ser golpeado injustamente.
Otabek también recordaba su reconciliación. Al salir del colegio, de vuelta a casa, él se había ido adelante y Yuri iba algunos metros más atrás; no fue sino hasta que volteó para curiosear qué hacía su amigo que se fijó que Yuri venía llorando. El kazajo corrió de vuelta a donde el rubio y lo abrazó, siendo correspondido por su amigo lleno de mocos y lágrimas que le pedía disculpas por golpearlo, pero que no besara nunca más a Mila porque era fea y tonta. Otabek aceptó y se fueron tomados de la mano hasta llegar a sus casas.
Otabek también recordaba sus fugaces y alocados pasos en la adolescencia. Cómo Yuri crecía con gracia y cada día le parecía más bonito, con sus facciones finas y puntiagudas, la nariz que parecía un punto, el cabello que recogía grácilmente en una coleta que lo embobaba, los ojos grandes y verdes y los labios que soltaban groserías a los demás, pero que a él le sonreían con un brillo singular.
Recordaba su pelea con Jean Jacques Leroy en medio del patio del colegio porque había llamado a Yuri "asqueroso maricón". La rabia que había sentido cuando, a pesar de que Yuri le había dado cara, Leroy se había atrevido a empujarlo y botarlo al suelo. Altin no supo contenerse y tampoco fue como si quisiera hacerlo, todavía recordaba la nariz rota de Jean y la boca bañada en sangre, el moratón que le había quedado en el pómulo suyo, la suspensión por una semana de clases con la que los castigaron a ambos y a Yuri llorando nuevamente de vuelta de clases porque decía que todo había sido por su culpa.
Antes de llegar a casa, el rubio lo abrazó y Otabek suspiró, apoyándose en los suaves cabellos de su amigo y respirando el aroma de su champú de manzanilla. Le dijo a Yura que no era su culpa y que no iba a soportar que ningún imbécil hablara mal de él, fue cuando el chiquillo había llorado con más ganas diciendo lo preocupado que había estado.
Otabek no lo soportó mucho más. Tomó el rostro de Yuri con delicadeza y unió sus labios, el primer beso de ambos.
Yuri confesó entre sollozos que lo quería, que lo quería más que a nada. Y Otabek volvió a besarlo con una sonrisa rendida.
Otabek claramente recordaba sus días de romance. Cuando sus familias aceptaron su relación con un simple "¿no que ya eran novios?", la consternación de Yuri ante esas palabras y la incógnita que siempre les quedó: ¿desde cuándo en sus casas sabían de sus enamoramientos? ¿tan obvios eran?
Los momentos besándose mientras escuchaban música en el piso del cuarto de alguno de los dos, las citas en el café del centro, o en el cine, o en el parque, o en cualquier otro lugar, pero que estuvieran juntos, el constante apoyo de Yuri en cada uno de los partidos de hockey de Otabek, la vez que Yuri estuvo a punto de repetir una materia de no ser porque Otabek se quedó toda la noche hasta el otro día ayudándolo a estudiar, las tranquilas tardes de verano acostados haciendo nada y repartiéndose mimos, las cortas siestas en las que Yuri despertaba primero y se le quedaba viendo con una mirada de amor que lo derretía, la vergüenza y las sonrisas torpes la primera vez que tuvieron sexo, la vez que a él se le había escapado el primer "te amo" en la relación y Yuri había saltado sobre él chillando con una sonrisa emocionada...
Otabek recuerda eso, eso y mucho más mientras ve cómo se acerca la persona que más ama tomado del brazo de su padre. Los invitados voltean a ver al novio y él aguarda en el altar. Sus ojos se encuentran y se sonríen. Yuri Plisetsky luce fenomenal en aquel traje blanco, el anillo de compromiso en su dedo anular izquierdo brilla. Otabek piensa que está a solo unos minutos de cambiarlo por uno que los convertirá a ambos en esposos y su corazón rebota en júbilo.
El señor Plisetsky le entrega su hijo a Otabek y le susurra un suave "cuídalo". Por supuesto que lo hará.
Yuri toma su mano y, antes de que inicie la ceremonia, Otabek saca unas pequeñas y blancas flores del bolsillo interior de su saco. Se las entrega con una sonrisa divertida, Yuri suelta una risa.
Ya no se las tira por la cabeza como habría hecho en su niñez. Ahora se las recibe y le sonríe cómplice.
— Por hoy aceptaré que "soy la niña más bonita que has visto jamás" — le dice, y Otabek no puede evitar soltar una carcajada.
día 8: infancia
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