No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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- -¡Isabella! Volviste a dejar tus zapatos junto al arroyo -La voz infantil era risueña, burbujeando de risa. - Sue dijo que te vigilara. Dejaste tus sandalias en el palazzo. Ella dijo...

- -Nunca vas a dejarme olvidarlo, ¿verdad, Angela? -interrumpió Isabella, riendo. Colocó una guirnalda de flores en la cabeza de la pequeña-. No puedo creer que se lo contara a todo el mundo. ¡No es justo! -Pero sus ojos oscuros danzaban de júbilo compartido.

Angela rió de nuevo.

-Eres tan divertida, Isabella -La pequeña danzó alrededor, girando en círculos, con los brazos extendidos de par en par abrazando el vigorizante aire de la montaña. Flores silvestres explotaban en un tumulto de color, y en lo alto, los pájaros cantaban, cada uno intentando superar a los demás con sus melodías.

Isabella giró y se tambaleó junto a Angela, con las faldas acampanadas, el largo pelo volando en todas direcciones, y sus pies desnudos marcando un ritmo sobre la hierba. Empezó a cantar suavemente, su voz era melodiosa mientras danzaba, cojeando solo un poco. Su pierna estaba todavía dolorida, pero la hinchazón había desaparecido. La lavaba diariamente en el frío arroyo, aplicando emplastos para asegurar la curación.

Habían pasado varios días desde que había sido llamada al palazzo. El recuerdo del don no había palidecido en absoluto. En vez de eso, se encontraba intranquila, pensando con frecuencia en él. Por la noche soñaba con él. Un hombre alto y solitario con oscuros e hipnóticos ojos. Le susurraba, la llamaba, con voz suave e insistente, dolorida. Tenía sueños eróticos, cosas de las que nada sabía, soñaba con amor y muerte. Últimamente el único momento en el que se sentía en paz era cuando estaba lejos del pueblo, rodeada por la paz de las montañas. La joven Angela la acompañaba con frecuencia a las colinas mientras la madre de la niña trabajaba en telar. Las mujeres del villagio tenía reputación de tejer hermosas ropas, muy demandadas por la aristrocrazia y las fincas circundantes.

Cuando la salvaje danza hubo terminado, la pareja se derrumbó junta, riendo de sus tonterías, Angela puso un brazo alrededor de Isabella.

- -Me encanta estar contigo -admitió a la manera cándida de los niños.

- -Me alegro mucho, Angela, porque a mí me encanta pasar el tiempo contigo -Isabella había estado mezclando pétalos de flores en un intento de dar con un nuevo tinte para la ropa del pueblo.

Las tejedoras dependían de sus experimentos para producir cosas lo bastante únicas como para complacer a los del palazzo e intercambiar con los pueblos cercanos. Angela le proporcionaba ayuda recogiendo flores para ella. A la niña le gustaba ser su ayudante, recordando donde había dejado Isabella sus zapatos y ocupándose de que se acordara de comer el pan y el queso que había llevado, pero siempre olvidaba.

-Michael te estaba mirando de nuevo, Isabella -señaló Angela disimuladamente.

Isabella encogió sus esbeltos hombros.

-Aunque jura que se casará conmigo algún día, yo no soy lo que anda buscando. Me dijo que mi cintura era demasiado pequeña, como mis caderas. No tendría buoni bambini.

Angela estaba indignada.

-¿Eso te dijo?

Isabella asintió, ocultando su sonrisa ante la indignación de la niña.

-Si, lo dijo, y también dijo que era demasiado salvaje y que insistiría en domarme y hacerme cubrir el pelo y llevar zapatos todo el tiempo. De veras, Angela, ¿debería considerar siquiera casarme con un hombre que espera que recuerde donde están mis zapatos?

Angela pensó en ello solemnemente.

- -Michael es muy guapo, Isabella. Y creo que le gustas mucho. Siempre te está mirando cuando cree que no le ves.

- -Es guapo -concedió Isabella- pero es más importante que un hombre le guste a una mujer como persona, Angela. Y él debería gustarme a como persona, no solo por su apariencia. Michael será un buen marido para alguna chica, pero no para mí. Me querría cocinando y limpiando para él y quedándome todo el día en casa. Me marchitaría y moriría. Mi lugar está aquí. -Isabella extendió los brazos de par en par abarcando las montañas-. No debería casarme sino permanecer libre para hacer aquello para lo que he nacido.

La pequeña la miró, desconcertada.

- -¿No quieres tener bambini y un marido, una famiglia? -preguntó- Te quedarás totalmente sola.

- -No estaré sola, Angela. No parezcas tan triste -la tranquilizó Isabella, alborotándole afectuosamente el cabello-. Siempre te tendré a ti y a tus hijos, y a Sue, y a tu madre, y todos los demás del villaggio. Todos vosotros sois mi famiglia. Os tengo a todos y a mis plantas y el exterior. No podría pedir nada más para ser feliz.

El viento sopló, un simple susurro, pero Isabella se giró instantáneamente.

-¿Dónde dijiste que estaban mis zapatos? -Miró alrededor al terreno cubierto de flores de todo tipo, pasándose una mano por el pelo con agitación- Subito, Angela, debemos encontrarlos enseguida.

Angela rió de nuevo, con diversión juvenil.

-Sue está llegando por el sendero -supuso sabiamente. Nadie más podía hacer que Isabella se preocupara por su falta de calzado.

Sus zapatos actuales ni siquiera le iban bien. La madre de Angela le había regalado un par viejo y gastado cuando Isabella había vuelto descalza del palazzo. Angela no cuestionó el que Isabella estuviera presintiendo a Sue acercándose; Isabella sabía cosas que los demás no, aunque nadie hablaba de ello. Cuando había intentado hablar a su madre de las cosas maravillosas que Isabella podía hacer, su madre la había hecho callar severamente.

-Si, pequeño diablillo, Sue se acerca. ¿Ahora en qué parte del arroyo están esos zapatos? -Isabella se sentía desgarrada entre la desesperación y la risa.

Si Sue la cogía descalza otra vez después del incidente del palazzo, que todo el mundo creía terriblemente divertido, Isabella estaba segura de que se ganaría un largo sermón sobre madurar y convertirse en una dama.

Angela corrió rápidamente corriente abajo varios pasos y cogió el calzado justo cuando Sue aparecía a la vista por el sendero. La anciana se detuvo para coger aliento, esperando a que ellas se acercaran, claramente falta de aliento, como si hubiera corrido para alcanzarlas.

Isabella le cogió los zapatos a Angela casi ausentemente, con la cara alzada hacia el viento. Abrió los brazos hacia la tierra, y se giró en las cuatro direcciones... norte, sur, este y oeste.. buscando información. Echó un vistazo al cielo, buscando al cuervo, estudiando a los pájaros, escuchando a los insectos. Desconcertada, se giró una vez más hacia Sue.

-No te quedes ahí boquiabierta, piccola. Don Cullen ha convocado de nuevo a la sanadora. Tú no venías. Esperé, pero no respondiste a la llamada -Sue sonaba impaciente.

Isabella empezó a caminar lenta y pensativamente hacia ella, balanceando los zapatos ausentemente.

- -No hubo llamada, Sue. No hay nadie enfermo en el palazzo.

- -Debes estar equivocada. Él envió palabra de que quería de vuelta a la sanadora y su ayudante. -Sue se puso las manos en las caderas, frunciendo el ceño ferozmente hacia Isabella. - ¿Por qué estás cargando esos zapatos en vez de llevarlos puestos?

Isabella no pareció escucharla.

-No hay enfermedad, Sue, y ningún herido. No sé por qué el don ha convocado a la sanadora, pero no es para atender a un enfermo.

El color desapareció de la cara de Sue.

- -¿Estás segura? ¿Lo sabes?

- -Lo sé. No hay perturbaciones. No siento ninguna consecuencia. Lo sabría. Nunca me he equivocado, ni siquiera cuando era bambina, y he crecido mucho en los últimos años.

Sue se aclaró la garganta ruidosamente e hizo varios gestos nada sutiles con la barbilla hacia Angela para recordar a Isabella que no estaban solas.

-Yo estaba allí cuando llegó su sirviente. Dijo que fuéramos a la primera oportunidad.

Isabella silbó, un sonido que hizo que Sue jadeara ante los modales salvajes y desenfrenados de la joven.

-¿No lo ves? -preguntó Isabella-. Mira su orden. "A la primera oportunidad". No ordena la presencia de la sanadora como haría si un miembro de su casa estuviera enfermo. Su modo de llamar la sanadora indica que ella podría completar su trabajo si tuviera que ayudar a algún otro que esté enfermo. No ha convocado a la sanadora porque sus habilidades sean necesarias. Tiene otro motivo.

Sue se presignó devotamente repetidas veces.

- -¡Nos ha descubierto! -gimió-. Sabe que le engañamos. Nuestras vidas están perdidas.

- -No puede saberlo -señaló Isabella tranquilamente-. Puede sospechar, pero no puede saberlo. Es posible que esto sea una prueba.

- -Tu disfraz no funcionó -Sue sonaba asustada, y por primera vez aparentaba cada una de sus décadas.

- -No con Don Cullen -estuvo de acuerdo Isabella, sin perder la calma- Pero no hicimos ninguna falsa declaración. No puede condenarnos. No hubo peligro en el engaño. Alteré mi apariencia, eso es cierto, y te elogié como sanadora, pero ¿cómo puede él probar peligro o malicia en tales cosas?

- -Don Cullen no necesita pruebas, Isabella -dijo Sue desesperadaemnte-. Recuerda quién es.

- -No creo que haya llamado a la sanadora por condenarlas a ella y a su joven ayudante a muerte. ¿Qué le importa a él si utilizamos la ilusión de servidumbre para protegerme?

- -Tu eres la que sana, Isabella. Incluso cuando eras una simple bambina, tenías el don. Yo puedo ayudarte, y tengo algo de experiencia, pero no soy capaz de curar como tú. Ni siquiera entiendo lo que haces o cómo lo haces.

- -El don no sabe que yo soy la sanadora, Sue -dijo Isabella firmemente-. No puede saberlo. Quizás esto sea una prueba. Puede que sospeche y espere que hagamos algo que revele nuestro secreto.

- -Nos ha tendido una trampa -Sue dejó escapar el aliento lentamente. La idea de ella y su preciosa Isabella bajo el atento escrutinio de un hombre tan poderoso como Don Cullen era aterradora-. Quizás sea hora de enviarte lejos de aquí -aventuró Sue reluctantemente-. Sabíamos que esto podría ocurrir.

Isabella se quedó muy quieta, reconociendo el débil indicio de resolución en la voz de Sue. Raramente utilizaba esa inflexión, pero cuando lo hacía, lo hacía en serio.

- -No lo sabemos aún, y no le dejaré alejarme de mi casa sin saberlo. Quizás deberíamos volver la prueba contra él -dijo pensativamente.

- -¡Isabella! -Sue estaba acostumbrada a que Isabella desafiara las convenciones, pero desafiar a un hombre tan poderoso como Don Cullen era un suicidio.

- -Sabemos que no hay nadie en el palazzo lo bastante enfermo como para que tú no puedas ocuparte de él. Lleva a nuestra vecina, la vieja Rachel, contigo. Disfrutará siendo asustada y después cotilleando de la experiencia. Por otro lado, te ha acompañado muchas veces en el pasado a traer al mundo bambini en el villaggi. Puedes reclamar fácilmente que tienes más de una ayudante. El don no ha dicho a cuál de tus ayudantes debías llevar. Deberá preguntar por mí y por qué no te he acompañado, dile que querías que descansara la pierna uno o dos días más. -De repente Isabella empezó a reir-. Don Cullen nos ha dejado una forma de escapar ante sus narices. Creyó que unas simples mujeres serían fáciles de atrapar.

Sue se tomó su tiempo para pensar en el plan de Isabella. Las ramas en lo alto se balanceaban gentilmente, haciendo que las hojas centellearan de plata a la luz del sol. Podían oler el océano, fresco y salado. La brisa estaba empezando a soplar, trayendo las finas salpicaduras de niebla con ella.

Angela permanecía muy callada, pero sus dedos se enredeban con fuerza en la falda de Isabella. Sus ojos estaban abiertos de par en par, y su labio inferior estaba temblando.

- -Isabella no puede alejarse de nosotros, Sue -dijo-. ¿Qué haríamos sin ella?

- -Funcionará, Sue. Acallará sus sospechas -dijo Isabella- Un hombre como el don no seguirá perdiendo el tiempo con algo tan insignificante. Aceptará que tú eres la sanadora, creerá que tienes varias ayudantes, y pronto su ocupada vida continuará, y ... ¡poof!... desapareceremos de sus pensamientos -Los ojos oscuros de Isabella tintineaban de expectación-. Sé que funcionará. Tiene curiosidad, eso es todo, pero es pasajera, pronto estará perdido en cuestiones de estado más importantes.

Angela estaba asintiendo en acuerdo.

- -No hagas que Isabella se vaya, Sue. No quiero que se vaya.

- -Ni yo tampoco, piccola. Iré al palazzo con Rachel mientras Isabella descansa la pierna. Tú la vigilarás y te asegurarás de que no va bailando por ahí. No quiero pronunciar una mentira, pueda la buena Madonna cuidar de mí. -Hizo el signo de la cruz- Isabella debe descansar la pierna -decidió hipócritamente-. En realidad, no ha sanado como me gustaría. -Miró a Isabella con ojo severo-. No te permitiré ninguna tontería, bambina. Debes descansar mientras yo voy. No quiero tentar al lado malo de la buena Madonna.

Isabella arqueó una ceja, con expresión inocente.

-No sé si la buena Madonna tiene un lado malo, Sue.

Ultrajada, Sue irrumpió en un torrente de regaños, yendo incluso tan lejos como para dar una liguera palmada al trasero de la joven. Angela retrocedió, asustada por el inesperado despliegue de Sue, pero Isabella se mantuvo en su sitio, sonriendo y deslizando los brazos alrededor de la anciana.

-Scusa, Sue. Soy una ignorante, no quería causarte disgusto. -Sus ojos oscuros estaban iluminados por la travesura.

Su la empujó firmemente hacia atrás, bendiciéndola varias veces en el proceso.

- -Si no te viera diosa en tus plegarias, Isabella, temería por tu alma. Tienes más conocimientos de lo que conviene a una mujer. Vete a la cama y quédate allí mientras yo atiendo al don.

- -Puedo descansar aquí arriba, Sue -señaló Isabella-. El aire fresco ayudará a mi curación, y puedo continuar haciendo mi trabajo.

Sue tomó nota de su apariencia desaliñada y suspiró.

-No estabas trabajando, Isabella, sino tonteando otra vez. Nada bueno puede devenir de continuar con semejante comportamiento. Tengo intención de que te cases pronto. He notado que Michael te mira con frecuencia.

Angela se rió tontamente, pero mantuvo la mirada resueltamente en el suelo, sin atreverse a mirar a Isabella, que se había tensado y estaba de pie muy quieta.

Los ojos oscuros de Isabella llamearon con furia repentina.

-No me casaré con Michael ni con ningún otro. -Pronunció cada palabra cuidadosamente-. No lo haré, Sue. No creo que pueda cambiar de opinión. Semejante emparejamiento sería una sentencia de muerte para mí.

Sue se quedó en silencio mientras el viento tiraba gentilmente de su ropa. Suspiró suavemente.

- -Piccola, he cometido contigo una injusticia. Cuando perdiste a tu madre, estabas tan inconsolable, pasabas todo el tiempo en las regiones salvajes. Eras tan pequeña y triste, todos temíamos perderte. ¿Recuerdas aquellos días oscuros? Me sentaba bajo los árboles contigo y sobre los acantilados, muchas veces toda la noche. No hablaste durante semanas una vez. No parecías sentir el frío o la lluvia. Tuve que obligarte a comer. Arriesgabas tu vida, escalando acantilados inestables y explorando cavernas justo antes de que subiera la marea. Los lobos aullaban, y tú no te sobresaltabas. Yo veía sus ojos brillantes y te persuadía para volver al villaggio, pero nada te asustaba, y nada podía calmar tu pesar. Permitimos que lloraras a tu propio modo, pero no estoy segura de que fuera lo mejor. Tenías solo cinco veranos, pero estabas apartada de nosotros incluso entonces.

- -Siempre he estado apartada -señaló Isabella gentilmente-. Siempre soy consciente de que podría traer la morte a todo el villagio. Es una carga terrible que pende sobre mi cabeza. Sé que a los pequeños se les enseña a no hablar de mí a los desconocidos o si se acerca un extraño. Es una carga para ellos también. No pudo cambiar el ser diferente. No quiero ser diferente, pero acepto lo que lo soy. Intento utilizar mis dones para el bien de los demás, y enciendo velas a la Madonna para que eso sea lo correcto.

- -Eres un tesoro para nosotros, Isabella -Sue posó una mano sobre el brazo de la joven- Para mí eres una buena chica, y la Madonna lo sabe.

Angela aferró la falda de Isabella más fuerte aún. Isabella traía risa y amor al villagio. Los niños la adoraban y la seguían a todas partes.

- ¿Por qué tienes miedo, Isabella? -Ella no entendía la conversación, pero podía sentir la intensidad de las emociones que pasaban entre las dos mujeres.

Inmediatamente Isabella sonrió a la niña, sus ojos oscuros bailaron traviesos.

-Tengo una idea, Angela. Tú deberías casarte con Michael. Puede esperar hasta que tengas diecisiete. Son solo unos pocos años más, y para entonces podría haber hecho su fortuna.

Angela pensó en ello.

-Es guapo, pero realmente viejo. Probablemente es en realidad demasiado viejo incluso para ti, Isabella.

Sue tosió delicadamente tras la mano.

- -Ahora debo ir al palazzo. No haré esperar mucho al don. Rachel vendrá conmigo, pero tú quédate fuera de la vista. Las colinas tienen ojos, Isabella. El don es un hombre poderoso y muchos desean su favor. Si tiene interés en ti, alguien responderá a sus preguntas.

- - Tienes razón -estuvo de acuerdo Isabella.

Los que vivían en el diminuto villagio dependían de los extraños dones de Isabella para buena parte de su medio de vida. Pero vivían en tierras propiedad de Don Cullen, y él era un protector bueno, generoso y atento, aunque ellos esperaban trabajar duro en sus granjas y gremios y ser casi autosuficientes. Al contrario que otros, Don Cullen no tomaba una parte de sus ganancias, así que la gente le era leal, pero amaban a Isabella. Ella curaba sus enfermedades, determinaba la riqueza de la tierra para los cultivos, e inventaba los colores únicos que hacían que la aristocrazia siguiera viviendo una y otra vez en busca de finas telas.

Esparciadas por las vastas fincas de Don Cullen había muchas otras villaggi y granjas, pero pocas de ellas tenían para el don la importancia de la suya.

El villaggio de Isabella era diminuto en comparación con muchos otros, pero tenía cierto renombre y era el más próspero de todos.

Eran un grupo cerrado, cautos con los desconocidos. Todos eran conscientes de que otros niños como Isabella habían nacido en diferentes familias a través de su historia. Cada uno de ellos tenía ancestros que había sido quemados en el no-tan-distante pasado como brujas o conjuradores del diablo, así que cuidaban de mantener su imagen de gente devota y dosa completamente leal a su don.

- -Ten cuidado, Sue. El don es... -Isabella se interrumpió, insegura de cómo poner sus sentimientos en palabras. Sospechaba que el don era "diferente" como ella... no del mismo modo sino de formas mucho más peligrosas de lo que la anciana podía concebir.

- -He oído rumores y he conocido a su famiglia. No hablo a menos que se me pregunte, y Rachel estará demasiado asustada para abrir la boca. Ella es mucho más vieja y recuerda los días pasados.

- - ¿Qué recuerda? -preguntó Isabella, curiosa. Con la gente del pueblo era muy difícil separar realidad de ficción, rumores de verdad. La historia de la familia Cullen estaba plagada de maldiciones y oscuros misterios de los que se hablaba solo en susurros.

- -Se dice que el abuelo de Don Cullen estranguló a su esposa con sus manos desnudas. -Sue susurró las palabras suavemente para que el viento no pudiera llevarlas a otros oídos-. Rachel lo sabía bien, la sirvió fielmente. Está convencida de que el crimen fue cometido y el padre del don se deshizo de las pruebas. Tres asesinatos en menos de dos años, todas mujeres, y nadie hizo nada.

Isabella había oído los oscuros susurros de que el abuelo del don había estrangulado a su esposa, pero nunca había sido castigado. La mujer había muerto más o menos al mismo tiempo que la madre y la tía de Isabella, y muchos creían que el mayor de los Cullen había cometido más de un crimen. Pero la familia del don había cerrado filas, y nadie era lo bastante poderoso como para cruzarlas. Isabella casi podía creer tales cosas del viejo Cullen, ciertamente parecía despreciar a las mujeres. No podía imaginar a ninguna mujer siendo encadenada a un hombre tan terrible.

-La buena Madonna cuidará de nosotras, Isabella, y tú te mantendrás fuera de problemas y fuera de la vista -Sue expresó un decreto.

Isabella permitió que la sonrisa alcanzara sus ojos oscuros, iluminando su cara.

-Angela me vigilará mientras descanso.

Angela asintió solemnemente, complacida con la responsabilidad. Cuadró los hombros y pareció muy orgullosa. Isabella y la pequeña observaron a Sue empezar la caminata montaña abajo.

Isabella puso un brazo alrededor de los hombros de Angela.

-Quiero echar un vistazo a un grupo de plantas que transplanté en el lado más alejado de la montaña. Algunas veces si las llevo desde una zona más baja, luchan contra nuevos elementos al principio, y debo instruirlas sobre cómo crecer.

La pequeña boca de Angela formó una O.

- - ¿Hablas a las plantas? -Miró alrededor para asegurarse de que estaban solas. Hablar a las plantas no sonaba como algo que Sue aprobaría.

- -Por supuesto. A algunas les gusta que les cante -Isabella guiñó un ojo a Angela-. Así-. Tatareó suavemente, después intentó cantar.

Angela se deshizo en un ataque de risa tonta.

-Sabía que no hablabas a las plantas de verdad. -Saltó para mantener el paso de Isabella. Tuvo que detenerse una vez para recoger los zapatos que habían resbalado de las manos de Isabella hasta el sendero que subía la colina.

El océano apareció a la vista lejos bajo ellas. El profundo mar azul estaba rompiendo sobre las rocas en plumas de blanca espuma. Isabella se detuvo a admirar el panorama increíblemente hermoso.

- - ¿Ves esto, Angela? De esto va la vida. Nada de estar encerrada dentro, sino ser libre como los pájaros que nos rodean.

- -Isabella, no te acerques tanto al borde -regañó Angela, imitando a Sue casi perfectamente- Te caerás -Tiró de la amplia falda hasta que Isabella se alejó a regañadientes del borde del acantilado, sonriendo a la pequeña que se tomaba su trabajo tan seriamente.

Isabella amaba la vida y amaba a los niños que con frecuencia la seguían cuando vagaba por las montañas y valles en busca de las raras y preciosas plantas que necesitaba. Tenía una paciencia interminable, y opinaba que los niños eran una gran compañía en sus excursiones. Y su tutela de los pequeños ayudaba a las mujeres del pueblo mientras atendían a las ovejas y el telar.

Angela e Isabella pasaron el siguiente par de horas con las manos enterradas profundamente en la rica tierra. Isabella habló a las plantas, canturreó y les murmuró como hacía a menudo.

Angela reía incansablemente. Isabella engatusaba y animaba a los tallos marchitos. Para algunas añadió mezclas a la tierra, a otras las dejó en paz. Angela la observó atentamente, incapaz de distinguir exactamente qué estaba haciendo. Aunque ambas se reían de ello, Angela era lo suficientemente inteligente como para saber que algo que ella no podía ver o entender estaba sucediendo. Las plantas realmente parecían responder a la voz y los cuidados de Isabella. Y algunas veces ella les cantaba, y su hermosa voz era llevada por el viento.

En lo alto un oscuro pájaro alado se abatió sobre la pareja. Isabella alzó la cabeza para mirar al cuervo, con un débil ceño en la cara. Se puso de pie lentamente, alejándose de las plantas para volver su atención al viento. Este susurraba continuamente para aquellos que podían interpretar sus murmullos. Se tensó ligeramente y cogió el hombro de Angela. Muy tranquilamente se puso un dedo sobre los labios para señalar a la niña que estuviera callada.

-Quédate aquí, piccola. No te muevas hasta que yo vuelva a por ti.

Los ojos de Angela se abrieron, pero asintió con la cabeza diligentemente. Nunca nadie quería desafiar realmente a Isabella. Podía sanar a los enfermos, podía hacer cosas de las que nadie hablaba abiertamente. Obedientemente, Angela se sentó entre los arbustos y permaneció tan quieta como una piedra.

Isabella volvió hacia los acantilados, moviéndose rápidamente, con todos los sentidos en alerta. Abajo a lo lejos podía ver la figura de un hombre moviéndose de forma furtiva, merodeando de los arbustos a la roca, con el cuerpo inclinado buscando ocultarse, Exploró la ensenada, no podía ver ningún otro movimiento, pero sabía que algo no iba bien. Su corazón empezó a latir rápido. El sol estaba empezando a ponerse, manchando el cielo de un naranja rosáceo. El mar crecía furioso, el agua era oscura, las olas subían más alto mientras se apresuraban hasta la orilla y golpeaban las rocas.

Se llevó la mano a la garganta protectoramente. Algo terrible iba a ocurrir. Ella estaba demasiado lejos para evitarlo, solo podría quedarse en el acantilado observando impotente como el drama se desplegaba sobre la playa lejana.

El viento soplaba desde el mar, un gemino bajo y agudo que pareció alzarse a un gemido de advertencia. No podía apartar los ojos de la escena mientras el mar se encrespaba, golpeando las rocas incansablemente con expectación.

Le vio entonces, Don Emmett Cullen. Se movía veloz y fluidamente, como un poderoso cazador, con los hombros rectos, y la cabeza alta. Su cuerpo ondeaba con músculos tersos bajo su ropa elegante. El viento tiraba de su pelo negro ondulado, dejándolo despeinado como el de un muchachito. Aun así, parecía en cada uno de sus centímetros un hombre, desdado y peligroso, mucho más poderoso que ningún otro que hubiera conocido.

Isabella volvió su atención al tipo que ahora se agachaba tras una roca. No se había movido en absoluto. Don Cullen pasó sin saber junto al escondite, con la atención fija en algo que ella no podía ver. De la derecha, donde ella sabía que estaban las cavernas, otro hombre emergió, exclamando un saludo, con una sonrisa en la cara. Isabella no pudo oírle, pero los dos hombres parecían ser amigos. Era obvio que Don Cullen confiaba en él.

Apenas podía respirar, y su corazón latía tan fuerte que podía oír su frenético ritmo. El viento le fustigó el pelo en los ojos, y en un momento lo atrapó y se lo recogió firmemente a la espalda, los dos hombres estaban estrechándose las manos. Fue entonces cuando el que estaba oculto tras las rocas se movió. Lentamente. Furtivamente. Se abrió paso centímetro a centímetro hasta que estuvo directamente detrás de Don Cullen. Ella vio los últimos rayos de sol centellear en el estilete que tenía entre sus manos. El sol se hundió en el mar, y el cielo pasó a ser rojo sangre por segunda vez, el terrible presagio de muerte.

Isabella gritó una advertencia al don, pero el viento le arrancó la voz, llevándola de vuelta a las montañas y lejos del rugiente mar. Pero incluso aunque era imposible que él pudiera oirla, algo alertó al don, y se dio la vuelta cogiendo la muñeca de su asaltante. Se movió tan rápido, que pareció un borrón, rodeando de algún modo al hombre que tenía enfrente, mientras el que había estado hablando con él hundió su cuchillo profundamente, este se enterró en el asaltante del don en vez de en el propio don.

Don Cullen permitió al hombre desplomarse impotentemente sobre la playa. Isabella pudo ver la boca del asaltante abierta de par en par por la sorpresa, como si estuviera gritando, pero ella no pudo oír nada. El cuerpo se retorció por un momento, se contorsionó, después se quedó inmóvil. El don miró del hombre muerto desplomado en un montón a sus pies hasta el traidor. El corazón de Isabella estaba con el don. Casi sentía su pena, viéndola en la inclinación de sus hombros. Por un terrible momento pensó que él iba a abrir los brazos y permitir que el otro hombre le matara. Don Cullen parecía estar hablando suavemente, sacudiendo la cabeza.

-No -dijo ella suavemente hacia el viento- No.

En el preciso momento en que ella negaba su muerte, los hombros del don se enderezaron, y su traidor atacó. El don estaba girando una vez más en un borrón de movimiento mientras saltaba a un lado para evitar la daga, atrapando la muñeca de su oponente y retorciéndola mientras avanzaba hacia el hombre de forma que la hoja se enterró en el pecho del traidor. Se quedaron de pie, nariz con nariz, mirándose a los ojos, y después lentamente el traidor se colapsó, y el don le bajó reluctantemente a la arena. Se quedó en pie por un momento, con la cabeza inclinada con evidente pena, y ella vio como se cubría los ojos con las manos.

El corazón de Isabella dio un vuelco, y brillaron lágrimas en sus ojos por un instante, empañando la escena de abajo. Se las limpió y bajó la mirada de nuevo. El don de repente miró hacia arriba. Jadeando, ella se hundió hacia atrás entre el follaje. Incluso aunque era imposible pensar que Don Cullen la viera a través de las espesas hojas y ramas, sentía el peso de su mirada. No podía haberla visto, no desde ese ángulo; habría sido imposible. Ni siquiera había sabido que ella estaba allí. Sus dientes mordieron el labio inferior nerviosamente. Siempre había sido muy cuidadosa, pero en corto tiempo había tenido dos extraños encuentros con Don Emmett Cullen, el último aristocratico al que debería conocer.

- ¡Isabella! -la voz sentida de Angela captó su atención, y se giró para ver a la niña apresurarse hacia ella. Estaba obviamente alarmada porque no había podido ver a Isabella, y se había dejado llevar por el pánico. Corrían lágrimas por su carita.

Isabella inmediatamente cogió a la niña, arrastrándola lejos del acantilado para que no pudiera ver a Don Cullen y a sus asaltantes muertos sobre la playa de abajo.

- - ¿Tuviste miedo, piccola? -Isabella le acarició el pelo hacia atrás y se inclinó para besar la cara vuelta hacia arriba-. Creía haber oído algo, pero... -Se encogió de hombros casualmente-. ¿Qué te asustó?

- -Pensé... ¿Viste el color del cielo? Pensé... -Angela se interrumpió-. Sue me dijo que debía vigilarte. No quiero que te metas en problemas.

Isabella la abrazó.

- -El cielo era efectivamente de un color maravilloso, pero Sue ... bueno, ella puede asustar a los hombres del villaggio, puede asustar a las ovejas de las colinas, quizás incluso pueda asustar a los peces del mar, pero ciertamente no a ti, Angela. Porque te he visto empujar a tu hermano mayor cuando se burla de ti. Seguramente él es mucho más aterrador que Sue. -Deliberadamente bromeó con la pequeña mientras continuaba caminando con ella hacia el sendero.

- - ¡Espera! -gritó Angela girándose y corriendo de vuelta adonde habían estado trabajando en las plantas-. ¡Tus zapatos! ¡Dejé tus zapatos! ¡Sue me regañará!

Isabella estalló en carcajadas.

-No podemos permitir eso.

Angela rió, su mundo estaba bien de nuevo. Saltó detrás de Isabella, charlando feliz, completamente inconsciente del silencio de Isabella. Había oscurecido para cuando llegaron al pueblo. Cuando Angela vio a Sue, tiró de la falda de Isabella.

-Te está frunciendo el ceño -susurró a escondidas golpeando los zapatos contra la pierna de Isabella-. Presto, póntelos antes de que los vea.

Isabella alborotó el pelo de la niña mientras tomaba los zapatos.

-Ella lo ve todo, Angela. No te preocupes. Frunce el ceño, pero no muerde.

La madre de Angela cogió a la niña después de intercambiar todos los interminables cotilleos del día con Isabella, que los dejó pasar con una sonrisa aprobatoria.

Sue evidentemente sentía la misma impaciencia. Aferró el brazo de Isabella tirando de él.

-Debemos comer. Me desmayo sin comida.

Isabella la siguió rápidamente hasta la pequeña cabaña que compartían.

-Pareces cansada. Déjame prepararte algo de comer mientras descansas -Gentilmente ayudó a la anciana a colocarse en una buena silla que tenían junto al fuego.

Controlando su curiosidad, encendió el fuego y calentó la sopa. Sue parecía cansada y agotada. Generalmente era tan activa, que Isabella olvidaba con frecuencia su avanzada edad.

-Deja de echarme esas miradas preocupadas, piccola. Solo estoy cansada. Soy demasiado vieja para trepar hasta el palazzo con Rachel. Es una vieja tonta, esa.

Isabella ocultó su sonrisa. Todo el villagio mostraba deferencia a Sue, con excepción de Rachel. Rachel era más vieja que Sue, y, según ella, había sido la más hermosa y codiciada de todas las mujeres en su juventud. Las historias de sus conquistas románticas parecían crecer cada vez que las contaba, y Sue se exasperaba con tales cuentos.

-Vieja tonta -repitió Sue -. Realmente flirteó con el don.

Sorprendida, Isabella casi dejó reducida a migas la barra de pan...

- - ¿Que hizo qué?

- - ¡Ja! Vieja tonta. Te dije que se le iba la cabeza. Pero, no, tú siempre riéndote, como si fuera muy entretenida. ¿Y qué estás haciendo con ese pan? ¿Retorcerle el cuello? Tenemos que comer eso.

- -Rachel detesta a toda la famiglia Cullen. Recuerdo que hace algún tiempo dijiste que tuvieron que evitar que hablara a Carmen Cullen por su propio bien. ¿Qué ocurrió? ¿Qué puede haberla poseído?

Sue se persignó solemnemente.

-Es el palazzo. No está bien. El mal acecha allí. Creo que estaba... -bajó la voz, miró alrededor, y finalmente dejó escapar la palabra- ... poseída -Apresuradamente se levantó y acudió al altar de la Madonna en la esquina de la cabaña y encendió tres velas contra cualquier mal que pudiera haber invocado con sus palabras-. Isabella, quizás conozcas ofrendas poderosas que, con el consentimiento de la Madonna, podrías hacer por nuestro bien contra lo que yo pueda haber hecho.

Isabella jadeó hacia ella. Sue era una devota practicante de su fe. Nunca consideraría hacer nada impropio a menos que sintiera que estaban en peligro mortal.

- ¿Sue? -dijo suavemente-. Ven a sentarte, y cuéntame exactamente lo que pasó. Seguramente no es tan malo que no podamos mejorar las cosas -Se recogió el pelo hacia atrás en un moño antes de servir pan y queso en el plato de la anciana, la acción tranquilizó sus manos temblorosas.

No podía obligarse a sí misma a contar aún a Sue lo que había ocurrido en la ensenada. Necesitaba saber primero que había pasado en el palazzo.

-Intenté protegerte, Isabella, pero creo que Rachel contó al don cosas de ti. Él estaba haciendo muchas preguntas -Sue dejó el altar para acercarse muy lenta y pesadamente a la tosca mesa.

Isabella vertió agua caliente en una taza y añadió una mezcla de hierbas para preparar un brebaje consolador.

- -Empieza por el principio. ¿Por qué convocó el don a la sanadora al palazzo?

- -Dijo que quería pagarme por mis servicios. Y nos pagó generosamente. -dijo Sue con pena-. Estuvo mal aceptar su pago. - Sacudió la cabeza mientras Isabella colocaba un bol de sopa humeante delante de ella-. Sabía que él te estaba buscando. Miró a Rachel como si fuera una aparición. Creo que la vieja tonta pensó que él estaba intrigado por ella. Preguntó por ti, y le dije que estabas descansando -Miró fijamente a Isabella-. Estabas descansando -Era a la vez una declaración y una pregunta.

- -A mi manera -Isabella ondeó las manos airadamente y se sentó delante de Sue a la pequeña mesa-. Por favor continua.

- -Preguntó si sabías mucho de sanación. Estaba hablando tan casualmente, tan tranquilamente, yo estaba distraída al principio, él era tan amable. Pero entonces un hombre entró y le habló en un susurro, y durante la pausa comprendí que estaba contando al don cosas que no había querido decir -Se persignó de nuevo y besó el crucifijo que rodeaba su cuello-. Lo siento, Isabella. Me levanté para salir y no le volví a mirar, pero Rachel sonrió tontamente y le aduló en un terrible despliegue-. Los ojos desvanecidos de Sue se pusieron acuosos y no podía mirar a su joven amiga.

Isabella colocó su mano sobre la de la anciana sintiendo la piel arrugada bajo la palma. Sue sacudió la cabeza y apartó la mano.

-Yo soy tan culpable como Rachel. Te traicioné también. Él sabe que tú eres la auténtica sanadora.

Isabella tomó un profundo aliento y lo dejó escapar lentamente.

-Debemos comer mientras la comida está caliente -Inclinó la cabeza sobre la comida para darse tiempo a pensar.

Sue rezó devotamente algún rato antes de indicar que era tiempo de comer. Isabella tomó varios sorbos cautelosos de sopa antes de hablar.

- -¿Qué le dijo exactamente Rachel?

- -Le dijo que eras mágica. Realmente utilizó la palabra mágica. Yo la interrumpí e intenté decir que quería decir que estabas tan llena de alegría y risa que podías iluminar una habitación, pero Rachel solo le miró completamente embelesada y continuó tan alegremente como una niña. El don tuvo que salir para encontrarse con alguien... Le oí decir a su sirviente, Erik, que tenía una reunión muy importante y volvería tarde. Me apresuré a sacar a Rachel de allí, eso puedo decirlo, y la regañé de camino a casa. Ella estaba muy arrepentida, como debería ser, pero me temo que eso no te salvará. Solo pensarlo me rompe el corazón, debemos enviarte lejos, muy lejos, donde estarás más allá del alcance del don.

Isabella continuó comiendo tranquilamente, su mente corría. Ahora no se atrevía a decir a Sue lo que había visto en el acantilado. La enviarían lejos seguro. El don obviamente había ido a encontrarse con alguien de importancia en la ensenada, pero había sido una emboscada que terminó con dos muertos a sus manos. Si él supiera que había presenciado el evento, bien podría querer disponer de ella acusándola de bruja. Don Emmett Cullen podía vivir en una casa pagana, pero tenía lazos con la Iglesia. Tenía estrechos lazos con todos los que estaban en el poder.

- -Me quedaré aquí, Sue. No tengo intención de ocultarme de él. Por otro lado, nadie se oculta exitosamente del don. Tú misma lo has dicho en muchas ocasiones. Nadie ha venido a apresarme. Después de la cena iré a ver a Donna Rachel y la tranquilizaré. No quiero que se preocupe de si me ha colocado en una posición terrible.

- -Pero probablemente lo hizo, Isabella. No te estás tomando esta cuestión tan seriamente como deberías.

- -Me la estoy tomando muy seriamente -dijo ella suavemente-, más seriamente de lo que puedas pensar, pero no creo que sea justo que Rachel se culpe cuando yo creo que el don es capaz... de influenciar a la gente de algún modo. Tú misma dijiste que te influenció. Dijiste que se rumoreaba que podía leer la mente también. No es culpa de Rachel.

Sue la miró largo rato y sonrió lentamente.

-Hice bien al contártelo, bambina. Tienes razón, por supuesto. No podemos permitir que la vieja tonta se avergüence o llore. Es lerda... esa es su excusa. Yo, sin embargo, no tengo ninguna. Si el don te amenaza, viajaré lejos de aquí contigo.

Isabella sonrió dulcemente.

- -Te quedarás aquí donde sé que estás a salvo, y confiarás en que me oculte hasta que el don pierda interés.

- -Dijiste que perdería el interés inmediatamente, y no lo hizo. También estuviste de acuerdo en que nadie se oculta para siempre del don -La chispa estaba empezando a volver a los ojos de la anciana, no obstante, con el consuelo de Isabella.

- -Creía que me habías dicho que estabas olvidadiza -se burló Isabella en respuesta, complacida de que Sue ya no estuviera irritable.

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¡Hola, hola!

Les dejo el cap 3 de esta misteriosa historia jajaja (muchas la han llamado así jaja las amo), ¿qué les está pareciendo? Tal parece que Isabella ha descubierto el secreto de Emmett.

Por cierto, me han dicho que no les gusta la pareja de BellaXEmmett): me siento algo desilusionada… no se, no por el hecho de que no les guste (no todos podemos tener los mismos gustos, que flojera jaja) pero pues… la historia es muy linda y me gustaría que le dieran la oportunidad… francamente yo shippeo a Bella con todo el mundo jaja (menos con Charlie keasko XD) y pues les dije que habría mucho no canon en mis historias jaja pero en su mayoría intento mantenerme centrada en las parejas tradicionales… son solo unos gustitos que me estoy dando jaja

En fin, no olviden dejar un lindo comentario para que sepa qué opinan.

¡Nos leemos pronto!