~ paint
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El primer dibujo que halló tras la tapa de su cuaderno de química fue un pequeño corazón pintado con lápiz gel rojo. No le tomó mucha importancia, Otabek pensó que se trataba de Mila jugando con él; su amiga era muy cariñosa, hacía eso con todos sus amigos cercanos y siempre andaba abrazando a todos, repartiendo amor por el mundo.
El segundo dibujo fue un pequeño gatito con un lazo rojo al cuello, el mismo tono que el rojo del corazón en el mismo cuaderno. Nuevamente, pensó que había sido Mila, pero cuando se lo mencionó, ella lo miró confundida.
— Yo no hice eso, Beka — le había dicho.
Otabek quedó perplejo, si no era Mila, ¿entonces quién?
Jean no podía ser, Jean era una basura hasta para dibujar flores. Una vez le había escrito una carta a su novia Isabella y le había pedido ayuda para hacer un simple corazón en la portada. Isabella claramente tampoco podía ser, ¿por qué demonios le haría un corazón en el cuaderno si tenía novio y ella no era así? no tenía sentido. Leo, ni se diga, no era de hacer esas cosas, él demostraba su amor a golpes.
El tercer dibujito, en el mismo cuaderno y en la misma hoja, fue una casita ¿el color del techo?: sí, pintado de rojo.
El cuarto dibujo fue un sofá con cojines rojos.
¿De dónde diablos salían esos dibujos? ¿quién los hacía?
No quiso contarle nada a Mila porque -aunque era buena amiga- sabía que era chismosa y solo repartiría rumores sobre que tenía una admiradora secreta o algo por el estilo. Y no, no gracias, le gustaba ser un estudiante promedio sin resaltes.
No obstante, la semana siguiente aguardó nervioso por el próximo dibujo en su cuaderno. Hasta se sorprendió dejándolo como una dulce tentación sobre su banco cada receso de ese día jueves.
Se sorprendió más cuando no halló nada. Lo embargó una sensación de ¿decepción? y hasta se sintió un poco estúpido por ello.
— ¿Ya hiciste tu trabajo de matemática? — le preguntó su compañero un día.
— Ugh, ni me lo menciones — respondió.
Él y Yuri Plisetsky no eran de hablar mucho, el rubio siempre parecía huir después de un cierto tiempo, como si tuviera fiebre. Una vez le tocó la mejilla por la misma razón y Yuri se golpeó con la mesa al echarse para atrás. Nunca más volvió a hacerlo porque se sintió culpable.
Pero era un chico apuesto, debía reconocerlo. Tenía un rostro de gatito que inspiraba a rascarle el cuello para comprobar si ronroneaba.
— Ojalá la vieja Lilia se rompa el pie para no tener que entregarlo mañana.
Otabek se rio por eso, admitía que había algo de gracia en la crueldad de Yuri.
La semana siguiente tampoco pasó nada, tuvieron que entregar los cuadernos para que el profesor revisara una tarea y fue un día martes, en que llegaron del último receso, que alguien ya los había vuelto a repartir todos, dejándolos arriba del banco de cada uno.
Otabek revisó con el corazón acelerado la última hoja de su cuaderno, y ahí estada: un cuenco rojo con palomitas de maíz.
Frunció el ceño, de pronto hallando un patrón en todo eso, ¿un corazón, una casa, un sofá, un gato y palomitas? ¿eso no era como ver una película? se mordió el labio inferior, haciendo trabajar su cerebro ¿una película con un gato? ¿de quién demonios era la casa? ¿qué significaba el rojo? ¿acaso sería símbolo de un color sexual? los colores se le subieron a la cabeza y cerró el cuaderno de golpe. No, quizá era una coincidencia y él estaba sobre analizando las cosas.
La semana siguiente encontró un pene dibujado en su cuaderno, pero no en la misma página. Quedó mirándolo sorprendido hasta que reconoció el pequeño "JJ" como firma en la parte abajo de los testículos y miró ceñudo a su amigo que lo había estado observando aguantándose la risa por su rostro.
No lo admitió, pero casi lo mata del susto pensando que sí era de la persona anónima que le dejaba dibujos.
— Jódete, Jean — le había dicho, atacándolo en el momento que Leroy no se lo esperaba y dibujando otro pene mucho más grande en el cuaderno de biología de su amigo.
— ¡No! — reclamó Jean, todavía riendo — demonios, Beks, tenía la hoja con contenidos.
— Te lo mereces.
Creyó ver una cabeza volteando en las filas delanteras que los había estado observando. Pero cuando miró solo halló la cabeza agacha de Georgi, Yuri y Sala que parecía destornillarse la cabeza tratando de hacer su tarea.
El siguiente y último dibujo fue el logo de Netflix, pintado con el mismo color y confirmando la teoría de Otabek: alguien le estaba dando la sutil indirecta de ver una película. Pero ahí comenzó el problema, nuevamente, ¿quién era esa persona?
Otabek revisó su cuaderno las siguientes dos semanas, pero no había nada. Tampoco a la tercera.
Empezó a perder las esperanzas, ¿en verdad ahí acababa todo? sentía un poquitín de vergüenza al admitir que le había estado emocionando eso de los dibujos. No importaba si eran simples o pequeños o si no era una invitación real, simplemente le había gustado emocionarse y descubrir día a día uno nuevo.
La duda lo comenzaba a matar, ¿quién era el autor de esas pequeñas obras? ¿por qué se había desvanecido? ¿acaso no volvería? tal vez solo estaban jugando con él y...
Dejó de escribir en seco cuando, perdido en tales cavilaciones, en la hora que pertenecía a Literatura pudo vislumbrar un lápiz de tinta gel en la mano de Sala Crispino.
Se acercó como alma que lleva el diablo cuando la clase acabó y la chica había quedado sin sus amigos que habían bajado al patio.
— ¿Eres tú? — preguntó algo brusco, quizá demasiado porque Sala dio un respingo cuando llegó a su lado.
Lo miró confundida y ella soltó una risa.
— Eh, sí, soy yo, Sala Crispino, Otabek — asintió mientras terminaba de escribir algo y a su lado reposaba la lapicera roja — soy tu compañera desde quinto de primaria y fui a tu cumpleaños el pasado octubre, sí, creo que soy yo.
— Muy graciosa — dijo rodando los ojos — me refiero a los dibujos, tienes ese lápiz rojo.
La chica se congeló.
Altin tomó cuidadosamente el lápiz e hizo una pequeña línea en la esquina del cuaderno de la chica. Sí, era el mismo tono, el mismo gel, era ese lápiz.
— ¿Por qué estabas haciendo dibujos en mi cuaderno?
Sala lo miró nerviosa y balbuceó.
— Mi-Mira... — la Crispino miró nerviosa a la puerta de la sala y corrió a cerrarla. No había nadie más allí además de ellos dos — Mira, Beka — repitió — hoy se me quedó mi estuche de lápices y alguien me prestó sus lápices, ¿ves? — dijo mostrándole una lapicera negra y la susodicha roja.
Otabek frunció el ceño.
— ¿Y entonces de quién es? ¡tú sabes quién lo hizo!
Sala hizo un gesto extraño con la cabeza.
— No... digo, sí, sí lo sé, ¡pero prometí no decir nada!
— ¡Pero Sala, en verdad quiero saber quién es!
Sala pareció muy frustrada, al parecer, jamás pensó que ella habría de quedar encerrada en esa situación.
Otabek la miraba firme, decidido a saber el nombre de esa persona. Tenía que ser de esa clase, de su mismo curso ¡no era posible que fuera alguien más y ella lo sabía!
— ¡No puedo! — chilló la chica — esa persona es muy tímida y con suerte se animó a dejarte dibujitos, pero nunca se atrevió a dejarte su número.
¿Su número? Otabek tragó grueso, ¿o sea que eso no era un juego? su corazón adolescente revoloteó.
Pero justo antes de volver a interrogarla, Yuri y Georgi ingresaron al salón. El primero le sonrió y Georgi preguntó:
— ¿Qué hacen?
Sala miró por dos intervalos a sus amigos y luego miró ceñuda a Otabek.
— Nada, Otabek ya se iba.
Yuri pareció notar que algo andaba mal porque cuando Otabek se topó con su mirada, al rubio se le separaron los labios y puso una expresión que el kazajo no entendió del todo. Fue una pequeña sospecha para Altin que se tuvo que devolver enfurruñado a su puesto.
Ese día se fue con una sensación extraña en el estómago. De emoción y de vacío. Porque sí, él quería conocer a la persona que le había estado haciendo dibujos desde hacía dos meses, pero también se sentía vacío porque si Sala había dicho que esa persona era muy tímida, las probabilidades de que tuviera su número bajaban mucho.
No obstante, al siguiente jueves obtuvo algo que le aceleró en corazón. No, no era un número, sino unas simples palabras.
Sábado / 17:30 / Estación Murshka.
Leyó la nota unas quince veces. A la séptima notó algo.
La reconoció, la única i en la invitación. La reconoció.
Había hecho un trabajo de Literatura el año pasado y Mila le había preguntado al dueño de esa i si acaso era un punto o tal letra, puesto él parecía escribir tan rápido que no había tiempo de trazar el palito y solo dejaba el punto en el aire.
Sonrió y su vista buscó a Yuri entre las personas en el salón. Lo cazó justo cuando el muchacho lo observaba.
Le sonrió. De seguro Yuri supo que ya estaba delatado y, con todo su valor, no huyó de sus ojos y le devolvió la sonrisa. Como sus dibujos, su mejillas se pintaron de un bonito rojo.
día 9: pintar
¡Gracias por leer!
