No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de los Cullen). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella yacía bajo la colcha, incapaz de dormir, moviéndose y girando de acá para allá. Fuera, el viento soplaba contra las finas paredes de la cabaña como si asaltara una fortaleza. Lleva consigo la voz de él. La voz del don. Podía oir la voz murmurándole continuamente, implacable, un incansable asalto que temía no fuera a terminar nunca. Suave. Anhelante. Exigente. Seguía y seguía, el sonido rozaba el interior de su mente y hacía arder su cuerpo de forma poco familiar.

Había algo oscuramente sensual en esa voz, un susurro pecaminoso, erótico y seductor, que la dejaba deseando, necesitando y ardiendo en su cama. Isabella se retorció y se puso las manos sobre las orejas intentando ahogar el sonido. Este solo aumentó de volumen. Sentía la piel húmeda y sensible, los pechos le dolían de deseo.

Furiosa, se sentó, el largo pelo le cayó en cascada sobre los hombros. Lo trenzó impacientemente con rapidez, caminando silenciosamente sobre los pies descalzos hasta la ventana, para mirar fijamente a la oscuridad.

Deseaba desesperadamente salir en medio de la noche e inspeccionar la ensenada. ¿Qué le había ocurrido a Don Cullen? ¿Estaba a salvo? ¿Estaba simplemente soñando que la llamaba? ¿Había habido otros yaciendo a la espera para emboscarle? ¿Podía estar allí afuera, herido y necesitado de ayuda? Pero la voz sonaba suave y obsesiva, no débil y herida. La voz sonaba seductora, como el arma de un hechicero que se filtraba a través de carne y hueso, y bajo su piel haciendo para arder con un calor perverso en sus pechos, en su estómago, entre sus piernas. El color trepó por su cuello, su cuerpo entero parecía caliente y poco familiar.

¿Era el don capaz de realizar magia negra, como se rumoreaba? ¿La había marcado de algún modo al haber visto sus diferencias? Se puso una mano a la defensiva en la garganta. Pocas cosas la asustaban en la naturaleza, pero Don Cullen y su maligno palazzo se las habían arreglado para hacerlo.

Paseó impacientemente por la habitación para arreglar la colcha más firmemente alrededor de Sue. El corazón se le caldeó ante su visión, durmiendo tan sonoramente. La mujer siempre había estado allí para ella desde que podía recordar. Isabella sabía que compartían un lejano lazo de sangre... casi todas las familias en el villaggio estaban emparentadas de algún modo... pero Sue era para ella más parte de su familia que ningún otro que hubiera conocido. Mucho antes de que su madre y su tía hubieran muerto, allí había estado Sue.

Recordaba el bajo murmullo de voces femeninas conversando mientras ella dormitaba. Su madre. Su tía. Sue. Tranquilizador, seguro. Había sido aceptada y amada por Sue toda su vida. Ahora no tenía a nadie más, y probablemente nunca lo tendría.

¿Estaban viniendo a por ella, los subalternos del don? Caminó con los pies desnudos de vuelta a la ventana para ver ansiosamente en dirección al palazzo. ¿Ahora mismo estaban reuniendo antorchas y partiendo ante la orden del don de declararla bruja? Podía oír su corazón latiendo demasiado ruidoso y rápido.

Antes se las había arreglado para parecer tranquila, pero la verdad era que estaba aterrada. Este era su hogar, no conocía otro. Esta gente era su familia, no quería otra. No quería intentar huir, y nadie quería ser quemada por bruja. ¿Y qué ocurriría con su gente? ¿Sufrirían por haber dado cobijo a semejante abominación entre ellos? ¿Era la voz que estaba oyendo una señal de Dios? ¿Se había vuelto loca?

El viento sacudió la pequeña cabaña y se abrió paso a través de sus grietas, haciéndola estremecer. Aulló dolorido a través de los árboles, un sonido extraño y fantasmal que se alzó como un débil gemido y murió, solo para volver una y otra vez.

Oía los gritos de caza de lobos en la distancia, primero el líder de la manada y después los otros respondiendo, señalando la presencia de la presa. Los gritos provocaron otro estremecimiento en su espina dorsal. La neblina procedente del océano se había vuelto una pesada niebla, rodeando las colinas circundantes. El viento hacía girar la pesada niebla viscosa hasta que pareció hervir furiosamente, y se movieron sombras dentro del velo grisáceo como si avanzaran más y más cerca. Todo mientras la voz le murmuraba, una orden baja e insistente que Isabella intentaba no oír.

Se quedó mirando por la ventana la mayor parte de la noche hasta que el viento amainó y se llevó el murmullo implacable con él. Se derrumbó contra la pared al amanecer, cayendo dormida, cuando el joven Tyler, hijo de su amiga Jessica entró de golpe en la cabaña tras solo una llamada superficial.

-Tienes que venir ahora. La mia madre dice que tienes que venir a la granja de su hermana. Tía Marie está muy enferma. Su bebe está llegando, pero algo va mal. Madre dice que no dejes que muera su hermana, Donna Isabella. -Su cara estaba blanca, y entregó su mensaje sin tomar aliento-. Está gritando, Isabella. Tía Marie está gritando. Corrí tan rápido como pude.

Isabella se despertó inmediatamente, apresurándose a consolar al chico.

-Has hecho bien, Tyler. Tu madre estará orgullosa de ti. Iré enseguida. Enciende una vela a la buena Madonna para que mi trabajo de esta mañana vaya bien.

Ante el sonido de la voz aguda y asustada de Tyler, Sue se sentó en su cama y miró ansiosamente alrededor, temiendo que los hombres del don hubieran venido a quitarle a Isabella.

Isabella le sopló un beso.

-Debo irme ya. Con Marie, está dando a luz. Sígueme tan rápidamente como puedas. No puedo esperar, suena demasiado urgente. -Se envolvió un chal alrededor de los hombros, cogió su morral de medicamentos, y salió de la cabaña, sus pies descalzos golpeaban el suelo.

Pensamientos y miedos sobre brujería y el don fueron empujados a un lado mientras rezaba todo el camino hasta la granja. Marie era demasiado joven para ser madre. No tenía dieciseis aún, se había casado con un hombre mucho más mayor que ella. Isabella y Marie eran amigas, e Isabella tenía miedo de perderla. Ya había visto a demasiadas mujeres perder la vida en el proceso del parto.

La granja estaba a cierta distancia, e Isabella perdió la cuenta de las veces que suplicó a la Madonna que diera alas a sus pies. A Sue le llevaría más de una hora hacer la caminata. Lo que fuera que debiera hacerse tendría que hacerlo Isabella a solas. Casi deseó tener magia en sus dedos para ayudarla. Cada paso era arduo y empinado. Su pantorrilla herida ardía para cuando vio las antorchas encendidas alrededor de la granja donde Marie residía con su marido, Alistair.

Él abrió la puerta al vuelo, obviamente había estado atento a su llegada, su gran corpachón llenaba el umbral, tenía la cara retorcida de culpa.

-Aprisa, Isabella. Temo que llegas demasiado tarde.

Isabella apartó a un lado el terror de él junto con el suyo propio y buscó calma profundamente en su interior. Estaba allí, la reserva con la que siempre podía contar, a la que podía recurrir, y entró en la morada como una sanadora confiada y tranquila. La hermana de Marie, Jessica, se puso en pie de un salto con un grito de aliviado saludo.

La casa ya estaba llena de mujeres enlutadas, y todas gimieron ante su evidente molestia. Inmediatamente cesaron con su incesante gemido. Nadie se atrevió a desafiarla o señalar que ella misma apenas había dejado de ser una niña. Isabella era una poderosa sanadora, y ellas eran muy supersticiosas. Si Isabella podía curar, también podía ser capaz de hacerles daño.

-Jessica, llévate a estas mujeres a la otra habitación, donde puedan rezar a la buena Madonna en paz -ordenó Isabella prudentemente-. Necesitaré agua caliente y ropa limpia. -Se aproximó a Marie con más confianza de la que sentía.

La chica estaba gimiendo, con el estómago hinchado y duro, su cuerpo agotado por la labor.

Isabella saltó pasando junto a Jessica hasta Alistair, mirándole directamente a los ojos.

-¿Por qué no se me llamó en el instante en que comenzó el parto? -Su mirada brillaba con ardiente acusación.

Él apartó la mirada inmediatamente. Ambos sabían porque Alistair no había querido llamarla. Todavía estaba enfadado porque Isabella había rechazado sus atenciones para después volver sus ojos hacia Marie. Él había querido hijos, trabajadores para su granja, y, había elegido a una esposa joven para que se los proporcionara. No había llamado a la sanadora porque había tenido intención de guardarse sus ganancias para sí mismo, con la esperanza de hacerse más rico. No había pensado en las consecuencias para una "yegua de cria" tan joven y pequeña, y en ese momento estaba mortificado ante su propio comportamiento.

Isabella apretó los labios y para evitar arremeter contra ese hombre ignorante e inmediatamente comenzó a inspeccionar a Marie. Su joven amiga estaba bien avanzada en el parto, el bebé era muy grande. Isabella había visto esto muchas veces. Marie era pequeña, el bebé grande, todo iba mal. El resultado era generalmente horroroso: ambos, madre e hijo, morían. Miró a Jessica, y por un momento sus ojos lo dijeron todo, un conocimiento intercambiado entre mujeres sobre una situación sin esperanza que no debiera haber ocurrido.

-Marie -dijo tranquilamente-. Voy a intentar ayudar. El bebé está todavía vivo. Debes hacer lo que digo y confiar en mí-. Isabella se quitó el chal y se enrolló las mangas, hundiendo las manos en el agua hirviente.

Esa era una de las extrañas diferencias de Isabella, comentada a menudo como esa obsesión con el agua caliente cuando atendía a los enfermos.

Afortunadamente, tenía manos pequeñas, y dependía de su guía interna, que siempre parecía saber exactamente qué estaba mal y como arreglarlo. Tenían que haberla llamado antes, estaba bastante segura de que podría haberlos salvado a ambos, madre e hijo, pero Marie estaba exhausta, su cuerpo delicado desgarrado. Isabella la guiaba a través de cada oleada de dolor, mientras todo el rato maniobraba pacientemente hasta poder agarrar al bebé para ayudarle a salir.

Jessica empujó una vara fina y redondeada entre los dientes de su hermana, temiendo que gritando salvajemente pudiera tragarse la lengua. Isabella trabajaba firme y pacientemente, con el sudor corriendo por su cara tan profusamente que a veces no podía ver.

El bebé estaba atascado. Moriría, y también Marie. Nada podía hacer pasar al bebé a través de la pequeña abertura de los huesos pélvicos. Una idea de qué hacer en tales ocasiones había estado rondando su mente desde hacía algún tiempo, pero Isabella temía intentarlo sola, deseando el consuelo de la presencia de Sue antes de intentar algo tan terrible. Pero no disponía del lujo de poder esperar a Sue. A Marie se le acababa el tiempo. Tenía que ser ahora o nunca.

Miró a los ojos desesperados y suplicantes de su amiga y tomó su decisión. Con el estómago revuelto, llevó a cabo la tarea rápidamente, rompiendo rápidamente el hombro del bebé, después girándolo entre las manos y sacándolo. Lo sacó al aire, azul, sin vida e inmóvil. Rápidamente limpió la mucosidad de la garganta y frotó el pecho del bebé para estimularlo a tomar una bocanada de aire. En el momento en que empezó un débil gemido, pasó el bebé a Jessica, volviendo su atención rápidamente a cortar el cordón y atender a Marie.

Ahora será cuestión de controlar la hemorragia. Todo el rato mientras trabajaba, sentía nauseas por lo que había hecho a un bebé indefenso. Tenía claro que incluso si salvaba a Marie esta vez, su marido insistiría en tener otro bebé inmediatamente, y, niña como era, Marie no tomaría la poción que Isabella le había dado secretamente para darle más tiempo a crecer antes de quedarse embarazada. Obedecería a su marido, y seguramente moriría.

Isabella estaba enferma, su estómago se revolvía ante la vasta cantidad de sangre de su amiga que la cubría, todavía con la idea de lo que se había visto obligada a hacer al bebé. Por encima de todo la enfermaba a muerte el desperdicio de una mujer joven y vibrante cuya vida estaba apenas empezando.

Isabella luchó por detener lo inevitable. Apeló a su don especial, sus manos se movieron sobre Marie, dejando que la calidez sanadora manara de ella y al interior de su amiga, intentando dirigir la energía a donde más se la necesitaba. El esfuerzo era agotador, tanto mental como físicamente. Nadie que estuviera observando podría decir precisamente que hacía, pero no podría negar que funcionaba.

Finalmente, Sue entró en la casa e inmediatamente se puso a trabajar a su lado. Ambas estaban exhaustas para cuando Marie cayó dormida, todavía viva pero terriblemente débil.

Isabella dejó a Sue insistir al marido de Marie sobre la necesidad de fluidos y reposo en cama hasta que hubiera sanado apropiadamente. Sue no pronunciaría las palabras cortantes y furiosas que ardían dentro de Isabella. Todo lo que Isabella quería era huir de vuelta a la seguridad de su montaña, lejos de las debilidades, las tristezas y la culpa que la abrumaban. Pero volvió su atención al recién nacido, sus manos encontraron la terrible rotura en el hueso y la alinearon perfectamente, vendándola firmemente para evitar que se moviera. De nuevo utilizó su don especial, el tacto de sus manos extendió calor y sanación hacia el bebé como había hecho con Marie. El esfuerzo fue agotador, algún elemento que no podía definir manaba de ella hasta sus pacientes para ayudar a la recuperación, pero lo utilizaba, no obstante.

Finalmente se lavó la sangre de los brazos y lenta y cansadamente se limpió la camisa empapada de sangre. Jessica la abrazó llorando, después rápidamente envolvió algo de pan y queso en un chal y lo empujó hacia ella, una muestra de gratitud. Demasiado cansada para protestar, Isabella empujó la escasa comida en el bolsillo de su falda. Exhausta por su noche sin dormir y la ordalía con Marie, explicó suavemente a Jessica que el bebé necesitaría un cuidado especial mientras sanaba su hombro, encendió una vela a la Madonna como acción de gracias, y abandonó la casa sin decir una sola palabra al marido de Marie. No quería volver a mirarle nunca.

-¡Isabella! -Alistair se apresuró tras ella, intentando cogerla del hombro con una mano como un jamón.

Casi le aplastó los huesos allí en la oscuridad. Podía sentir su furia hacia ella, apenas parpadeaba, y sus ojos estaban todavía ardiendo de codicia por el cuerpo de ella incluso con su esposa yaciendo moribunda después de dar a luz a su hijo. La asqueaba.

Mantuvo categóricamente la mirada en el suelo, temiendo arremeter contra él. No se atrevía a causar más hostilidad entre ellos cuando quería seguir siendo amiga de Marie y estar en buenos términos con todo el villagio.

-Estoy muy cansada -Retorció el hombro bajo sus dedos avariciosos.

Su tacto hacía que se le revolviera el estómago.

Alistair dejó caer la mano como si ella le hubiera quemado, su mirada era una mezcla de furia y vergüenza. Le ofreció su pago, pero siseó algo crudo hacia ella.

Sin una mirada atrás, ella caminó lentamente hasta el arroyo más cercano, sintiéndose como si tuviera cien años. Se quedó en pie con los pies descalzos metidos en el agua helada y miró arriba a las hojas de los árboles que volaban de un lado a otro sobre su cabeza.

Lloró entonces, por Marie y todas las jóvenes como ella, mientras el agua cristalina corría a su alrededor y bajaba el arroyo con su suave sonido límpido. Caminó ciegamente de vuelta a terreno seco, donde se dejó caer sobre el colchón de espesa hierba, recogiendo las rodillas, y sollozando como si su corazón se estuviera rompiendo.

La voz llegó a ella entonces, su voz, suave y cálida, una pregunta gentil... ¿o era su propia necesidad de conjurar esa voz cálida y reconfortante, un suave murmullo de protesta por su estallido de lágrimas? Isabella no sabía cómo podía hacerlo él, o siquiera si estaba aliado con el demonio, pero por primera vez dio la bienvenida a la voz que le susurraba. No había palabras reales, sino más bien una sensación, imágenes de calidez y seguridad, como fuertes brazos envolviéndola.

Una mano sobre su hombro la sobresaltó, acallando efectivamente la voz. ¿O disipando el encantamiento? ¿La red mágica de un hechicero de magia negra? Sue le acarició el pelo hacia atrás.

-Salvaste sus vidas, Isabella.

-Puo darsi -No levantó la mirada, con la cara enterrada entre las rodillas-. ¿Para qué? ¿Para que el bambino pueda ser el esclavo de Alistair toda su vida, y Marie pase por esto de nuevo y muera? Le odio, Sue. De veras le odio. Alistair hizo esto por mí, porque rechacé sus atenciones. Incluso para evitarle sufrir, no mandó a buscarme. Le odio.

-No puedes demostrarlo, Isabella -aconsejó la mujer mayor-. Él no olvida los insultos, y tú estás en una posición muy vulnerable.

-No me importa si sabe cómo me siento. Espero que lo sepa. No se merece a Marie, y no le hice ningún favor a ella esta mañana -Isabella lloró incluso más.

-A su manera se preocupa por ella -explicó amablemente Sue -. Pero no entiende. Piensa principalmente en su granja.

-¿Tan dificil es entender que una niña no puede tener un niño sin miedo a morir, Sue? Su "preocupación" la matará. Para él no es más que una yegua de cría, y cuando muera, conseguirá otra. Piensa solo en sí mismo -Se puso en pie y empezó a correr, sus piernas desnudas centelleaban bajo su larga falda mientras se alejaba de la granja a la carrera.

De Alistair y lo que representaba. De la sangre y la muerte. Pero se encontró dirigiéndose a la ensenada.

Deseaba comprobar por sí misma que no había habido nadie oculto entre las rocas para atacar el don, aunque por qué esto era tan importante en ese momento, no lo sabía. Tenía que hacerlo, sin embargo. No importaba que pudiera descubrir dos cadáveres, tenía que verlo por sí misma. Isabella se sentía atraída hacia la ensenada, atrapada impotentemente en un hechizo al que no se podía resistir. Hipnotizada, mesmerizada, quizás, atrapada en una red de creciente maldad... no importaba. En ese momento, lo más importante para ella era asegurarse de que Don Cullen seguía a salvo.

Corrió hasta que su pantorrilla herida protestó demasiado, obligándola a un paso más tranquilo, y entonces caminó rápidamente, deteniéndose solo para sorber algo de agua fresca de las diminutas cascadas esparcidas por las colinas. Llegó a los acantilados y miró abajo, queriendo estar preparada para cualquier cosa que pudiera encontrar antes de descender. La ensenada estaba vacía. Ni cadáveres, ni sangre manchando la arena, nada que indicara la violencia que había presenciado el día anterior. Ninguna prueba del incidente quedaba aparte de su recuerdo.

Isabella bajó a la ensenada, escogiendo sus pasos cuidadosamente en el estrecho y empinado sendero. La neblina del océano le lavaba las lágrimas de la cara mientras paseaba cautelosamente a lo largo del borde para escoger su ruta sobre las rocas hasta la arena. Buscó cuidadosamente, pero no había señal de muerte en la hermosa playa semicircular. Retrocediendo hacia la sombra de los acantilados, se sentó y miró al océano siempre en movimiento. La marea bañaba la costa interminablemente, meciéndose adelante y atrás con un ritmo firme. Debería haber encontrado paz, pero el lugar parecia más siniestro que nunca. Podía sentir los restos de violencia que quedaban allí.

El cansancio combinado con el rimo del mar finalmente se tomó su tributo. Dormitó un rato, extenuada por la pelea por salvar a su amiga. Las olas continuaban cargando adelante y atrás, una nana mientras ella dormía.

Fue el pájaro el que la despertó. Su sombra le pasó sobre la cabeza mientras volaba perezosamente en círculos. El cuervo bajó, sus círculos se hicieron más y más cerrados, hasta que aterrizó en la arena y saltó hacia Isabella.

Ella abrió los ojos de par en par y suspiró suavemente.

-Me has encontrado una vez más -dijo, con resignación en la voz.

El pájaro la miró fijamente, sus ojos redondos estaban fijos en ella. Ella sonrió.

-¿Crees que debería encontrarte algo de comer y recompensarte por alertarme? No estoy tan encariñada contigo y tus advertencias. -Se puso en pie lentamente, haciendo una mueca cuando sus músculos protestaron y la pantorrilla le latió y ardió. Se estiró, un largo y lento estiramiento, antes de buscar en el bolsillo de su falta el pan envuelto tan cuidadosamente en el chal de Jessica.

-No te lo mereces, pero de todas formas... -Isabella tiró varios trozos a la criatura.

El pájaro cogió los pedazos uno a uno con su afilado pico y los devoró. El pájaro continuó mirándola fijamente, soltó un graznido, y después saltó varios pasos playa abajo antes de tomar el aire.

Los hombros de Isabella se hundieron, y se tomó su tiempo para volver al villaggio. Fuera cual fuera el problema que se aproximara probablemente iría a encontrarla allí.

Pudo sentir la excitación en el aire en el momento en que se acercó al asentamiento. La gente estaba lavando, cuando no era día de limpieza, estaban ocupados en limpiar las estrechas calles, arreglando las casas. Saludó sin entusiasmo a Angela pero sacudió la cabeza cuando la chiquilla le señaló ansiosamente que se acercara a charlar.

Antes de poder entrar en la seguridad de la cabaña, Michael la enfrentó, sujetando la puerta, cortando su escapada. Su pelo negro estaba desaliñado, y parecía un poco salvaje, respirando con fuerza como un toro furioso. Sus ojos negros la taladraron.

-Mírate, Isabella, ¡corriendo descalza por las colinas! Ya he tenido suficiente de esto. He tenido mucha paciencia, pero no puedo soportarlo más. Prohíbo este vagar despreocupado por las colinas como una salvaje. No es seguro, y es más que impropio. Me estás convirtiendo en el hazmerreir del villagio. Es hora de que crezcas y hagas lo que ordena tu prometido. Insistiré al sacerdote en que nos case inmediatamente. Informaré a la Signorina Swan de que estamos prometidos.

-¿Has perdido la cabeza, Michael? -Isabella le empujó-. Saca el pecho ante alguna de las otras chicas. No voy a tenerte dándome órdenes de semejante manera. -Era pequeña en comparación con la alta y musculosa forma de él, pero no obstante le desafió. En realidad, Michael era apuesto y audaz. Le conocía de toda la vida y sentía algún afecto por él, pero su cariño era el de una hermana, una amiga, no el de una esposa. Él sabía que era guapo, sabía que las chicas le miraban... todas excepto Isabella. Alzó la barbilla arrogantemente hacia él. -Siempre correré descalza y libre por las colinas, y ningún hombre me dará órdenes, Michael. ¡Ciertamente tú no!

Él tiró de ella acercándola.

-Lo veremos, Isabella. Los ancianos saben que necesitas a alguien que te tome en su mano. Pediré su permiso como debería haber hecho hace tiempo. -Dejó caer su brazo y se marchó con paso airado.

Indignada, Isabella entró, cerrando la puerta de golpe con una fuerza innecesaria.

-Michael ha perdido la cabeza y necesita ayuda inmediatamente. Es enteramente posible que sufra de fiebre cerebral. No estoy bromeando.

Sue ignoró su cáustico comentario y la cogió del brazo.

-¿Dónde has estado, Isabella? ¡Has estado fuera toda la noche! ¡Estaba preocupada por tu seguridad!

Isabella colocó su morral cuidadosamente en la esquina.

-¿Atendiste al bambino de Marie?

-Está bien, fuerte y sano, gracias a la buena Madonna y a que pensaste con rapidez. Alistair, por supuesto, dice que fuiste brusca a posta para romper el hombro del bebé. Dice que también causaste mucho dolor a Marie. Debes tener cuidado, piccola. Cuando un hombre se siente avergonzado y culpable, con frecuencia busca pasar a otro la culpa.

Isabella alzó la barbilla.

-No me importa lo que diga. - Ondeó una mano restándole importancia-. Cuéntame que pasa. ¿Por qué tanta excitación? -Cruzó hasta la ventana y miró hacia la alborotada actividad del pueblo.

En vez de responder inmediatamente, Sue empezó a calentar sopa para Isabella.

-Debes comer, bambina. Sé que no has comido desde la sopa de anoche. Siéntate, y déjame alimentarte.

-¿Qué es lo que no quieres decirme, Sue ? Mejor sacarlo afuera. -Mecánicamente, Isabella sacó ropa limpia-. Solo cuéntame. No me hagas preguntar. -Sus dedos se cerraron alrededor del ruedo de su blusa.

Ya lo sabía. Era el don; no podía ser otra cosa. Él era la razón de que su corazón palpitara y su boca se estuviera quedando seca y estuviera de repente muy, muy asustada.

Sue permaneció testarudamente en silencio mientras preparaba la sopa y la colocaba en la mesa con pan y queso.

-Siéntate, piccola.

Tejió la misma hebra de autoridad en su voz que Isabella había obedecido desde que era niña. Isabella inmovilizó sus manos temblorosas, sentándose tranquilamente en la silla como una chiquilla obediente, y levantó la mirada hacia Sue.

-¿Él viene a por mí entonces?

Sue toqueteó nerviosamente un cuadrado de tela, cada arruga de edad era claramente visible en su cara.

-Eres consciente de las leyes de acuerdo con las que vivimos. Nuestro villagio está dentro del dominio del don. Le debemos fidelidad y estamos bajo su protección. La tierra pertenece a la famiglia Cullen. Sin él, nuestra gente estaría sin hogar, indefensa, sin nada con lo que vivir o que nos protegiera de los invasores. Hace dos siglos o más, mucho antes de la maldición impuesta a la famiglia Cullen, nuestros ancestros llegaron a un acuerdo, que siempre hemos respetado -Sue tomó un profundo aliento, sus manos retorcían de repente la tela en un apretado nudo-. El don ha invocado su derecho al Acuerdo Nupcial.

Isabella la miró fijamente, con los ojos enormes en la cara, sin comprender, incapaz de captar completamente lo que la anciana le decía.

El Acuerdo Nupcial. Había oído hablar de ello, por supuesto, como todas las mujeres del pueblo. Como muchachitas tontas habían discutido las historias del grandioso y apuesto aristócrata emergiendo de su ornamentado palazzo y llevándose a una de las doncellas a una vida de cuento de hadas de lujo y facilidades. Por supuesto la afortunada elegida pronto casaría a sus amigas con otros nobles jóvenes y ricos. Todos los de las granjas y villaggi circundantes que debían fidelidad al don participaban alegremente en el Acuerdo Nupcial, era causa de gran festividad. Todas las mujeres en edad casadera se habían bañado y vestido sus mejores galas, compitiendo por conseguir las atenciones del don del palazzo.

Pero eso había sido antes de que todos llegaran a creer en la maldición. Antes de que las mujeres Cullen, e incluso sus doncellas, empezaran a morir en extraños accidentes... o fueran tan obviamente asesinadas. Antes de que el palazzo fuera llamado, en susurros, Palazzo della Morte, Palacio de la Muerte.

-No puede hacer eso -susurró Isabella, su mano subió a la garganta defensivamente-. No puede.

-Está yendo a todas los villagi, como buscando una novia.

Isabella descansó la barbilla en una mano pensativamente.

-Eso debe hacer; no tiene otra elección. No puede mostrar preferencia premeditada. Pero es otra trampa para buscarme y capturarme. -Tomó un profundo aliento, después lo dejó escapar lentamente-. Debemos burlarle otra vez, Sue. Sé que podemos hacerlo. Si no es así, si no me está buscando, entonces no importa lo que hagamos.

-No puedes pensar en ausentarte -Sue parecía sorprendida.

Nadie podía desafiar una orden dada por el don. El honor del pueblo estaba en juego. Después de muchas generaciones de tradición, no podían fallar al compromiso de presentar a sus doncellas al don.

Isabella dijo las plegarias necesarias sobre su comida demasiado ausentemente para el gusto de Sue. La anciana golpeó a Isabella en los nudillos cuando iba a partir rápidamente el pan. Sue recitó plegarias muy largas sobre la comida, y muy devotamente. Isabella a penas se las arregló para evitar reír tontamente como Angela.

-Esto no es cosa de risa, Isabella. Creo que el actual don no tiene intención de cumplir el Acuerdo Nupcial. Han pasado dos generaciones desde que una de nuestras muchachas fue exigida. Don Emmett Cullen no ha dado indicio de semejante cosa, y su decisión es tan rápida, nadie ha tenido tiempo de prepararse adecuadamente para ello.

-Estoy de acuerdo -dijo tranquilamente Isabella. Lo sabía sin las observaciones de Sue. El cuervo la había advertido de un peligro venidero. Sentía el peligro. - Me está buscando a mí. -Partió un pequeño trozo de queso y se lo metió en la boca, masticando pensativamente-. No está todavía seguro. Por eso utiliza la demanda de novias. Todas las mujeres elegibles están obligadas a mostrarse, pero él no tiene por qué escoger. Puede volver el año que viene y no hacer nunca una elección en realidad.

-Quizás es como un pescador sin anzuelo -Sue empezó a relajarse-. Quizás no podamos esquivarle después de todo.

-Tiene un anzuelo -admitió Isabella al fin. Miró fijamente a Sue, después apartó los ojos, avergonzada por no haberlo confesado inmediatamente-. Hay sangre del villagio corriendo por sus venas. Él también es diferente. Sé que lo es.

Sue jadeó y se persignó, apresurándose al altar de la gran Madonna para encender varias velas. Después de haber rezado ávidamente, se dio la vuelta.

-¿Cómo es diferente? -Desafiaba a Isabella a ocultarle más información.

-No puedo explicártelo si ni siquiera sé cómo yo soy diferente. Simplemente sé cosas que no debería, siento la enfermedad cuando toco a la gente, y una calidez se alza en mí para curarles. Sé cómo mezclar hierbas para hacer medicamentos, y sé que mezcla ayudará al que sufre, pero no puedo explicar cómo. Es igual con él. No es como yo, pero es "diferente" a pesar de todo.

-Se rumorea que está aliado con... -Sue no podía obligarse siquiera a susurrar el nombre del demonio. Fue a por agua bendita y la salpicó hacia las puertas y ventanas, después sacudió una dosis generosa sobre Isabella-. Su casa está dedicada a deidades paganas. El mal acecha en ese palazzo.

Isabella se estremeció. Estaba de acuerdo con Sue sobre el mal; ella también lo había sentido. ¿Quién no? Pero no estaba necesariamente de acuerdo en que el don estuviera aliado con el demonio. El recuerdo de él de pie con los brazos abiertos, vulnerable al estilete, y después, agachando la cabeza con las manos sobre los ojos, le desgarraba el corazón.

-Que tenga el "don" no significa que venere a falsos dioses. Es raro para los hombres enfrentarse a lo desconocido, Sue. Tú misma me lo dijiste cuando yo no era más que un bebé.

-No puedes desafiar esa ley, Isabella -repitió Sue.

-Ni se me ocurriría desafiar las leyes de nuestro pueblo -Isabella cometió el error de sonreír, sus ojos oscuros estaban de repente iluminados de malicia.

Sue siseó hacia ella, golpeándole la mano.

-Cuidado, piccola. Eres más de lo que mi viejo corazón puede soportar. El don tiene nuestra lealtad y fidelidad. Vivimos una buena vida en sus tierras, nuestras barrigas están llenas, y estamos protegidos de todo invasor. Incluso la buena y Santa Iglesia, benditos sean los santos, nos deja al margen de sus cazas de brujas con generosos diezmos tan excesivos.

-La ley establece que toda mujer elegible debe presentarse. Quizás pueda parecer más joven. Demasiado joven para el matrimonio. Quizás tu memoria y la de Rachel haya decaído un poco sobre el año exacto de mi nacimiento. Estoy segura de ser un año demasiado joven para ser incluida. Si no es a mí a quien está buscando, la charada no causará daño. Y si lo soy, es un error inofensivo. -Se encogió de hombros-. Muchas de las chicas aprovecharán gustosamente la oportunidad de convertirse en la novia de un hombre tan poderoso. Quizás encuentre a una de ellas de su gusto.

Sue la evaluó firmemente con una ceja alzada. Observó los pechos generosos y caderas redondeadas con las que Isabella había sido dotada a una edad temprana.

-No creo que se trague semejante historia, Isabella.

Isabella hizo una mueca.

-Me ocultaré con la ropa. Y me mantendré fuera de su camino. Podemos difundir el rumor de que la gente me cree medio tonta y que soy un año demasiado joven para el matrimonio por si alguien pregunta.

-¡Isabella! –Sue estaba sorprendida y lo demostró. - La gente del pueblo permanecerá en silencio por su bien, pero nadie debe mentir. La buena Madonna no puede protegernos de semejante locura. ¡Qué idea!

Isabella seguía sin arrepentirse.

-Y debes hablar con Michael, Sue. Se está convirtiendo en una molestia. A muchas de las chicas les encantaría captar su atención, pero él me mira solo a mí.

Sue chasqueó la lengua.

-Michael se ha convertido en un buen hombre. Tienes suerte de que se fije en ti. No es bueno saber que eres tan hermosa, Isabella. La belleza no dura para siempre y puedes quedar atrapada en un podría-haber-sido como la vieja Rachel.

-Pero Michael sería uno de esos maridos engreídos y apuestos que siempre exigen mucho a su esposa mientras busca alguna pradera más verde, Sue. Yo no sería una esposa que pudiera sonreír, perdonar y complacerle cuando volviera a mi cama -La idea de compartir cama con él la repugnaba tanto que se estremeció y frotó los brazos-. Sé que Michael tendrá buenas intenciones, pero golpeará a su esposa si mira a otro hombre y la culpará si algún otro le dedica una sonrisa. Tiene un alto concepto de sí mismo, espera que su esposa se ocupe de los niños y la casa completamente sola mientras él pasa el tiempo bebiendo y jugando con los hombres. Ese no es matrimonio para mí -Isabella partió otro trozo de queso y sonrió a Sue -. Tendré que quedarme contigo.

Sue hizo ademán de poner los ojos en blanco y pedir paciencia a los cielos, pero, al mismo tiempo, parecía complacida.

-Probablemente tengas razón sobre Michael -Con un suspiro reluctante renunció al sueño de ver a Isabella asentada por medio del matrimonio con un joven apuesto-. Siendo un pavo real y teniendo un temperamento rápido, debería casarse con una mujer que no destaque mucho para los otros hombres.

Isabella alzó las cejas, pero se abstuvo de hacer comentarios. Tenía problemas para comprender como otras mujeres aceptaban el destino de convertirse en esposa y sierva tan ansiosamente, cuando ella sentía que la pérdida de libertad sería intolerable. Casada, nunca podría vivir como esperaba. Siempre había vagado libre. A causa de sus diferencias, no había tenido que adherirse a las muchas reglas tácitas que ataban a las demás mujeres. Dolía ver como amigas de la niñez como Marie hacían desastrosos matrimonios, pero en realidad no tenían elección. No muchas de ellas parecían comprender que sus matrimonios podían ir mal. Parecían albergar la ilusión de que la bendición del matrimonio se instalaría instantáneamente sobre sus uniones de conveniencia, incluso cuando los hombres eran indiferentes o crueles. Marie sería una yegua de cría y un burro de carga para su marido, y moriría a edad temprana sin siquiera conocer el verdadero amor.

Isabella se presionó dos dedos sobre la frente, ante el súbito dolor palpitante provocado por sus pensamientos. Miró por la ventana hacia las acogedoras colinas. En momentos como este, deseaba desaparecer en el abrazo de la naturaleza y verse libre del continuo golpear de sus emociones.

Sue sacudió la cabeza bruscamente.

-Oh, no, no puedes salir ahí. Si lo haces, no te veré durante días. Ya no eres una bambina para correr y esconderte cuando no quieres enfrentarte a algo. -Ondeó una mano hacia la ventana y las montañas de más allá.-. Una vez te encuentres de camino a las colinas, ni siquiera yo podré llamarte de vuelta.

-Tú todavía me llamas bambina. -señaló Isabella con una sonrisa burlona, forzando una ligereza que no sentía.

-No debería aguantar tus tonterías -la reprendió la anciana, pero en realidad, no podía soportar ver a Isabella infeliz. Nadie en el villaggio podía, no por mucho tiempo. Cuando Isabella sonreía, les traía la luz del sol. La mirada de Sue recorrió amorosamente a la joven. Ni siquiera la ropa gastada y descolorida podía ensombrecer su belleza natural-. No veo cómo podemos disfrazar tu apariencia femenina, Isabella-. Su mirada cayó sobre los pequeños pies desnudos-. ¿Dónde están tus zapatos? -preguntó como con tanta frecuencia hacía.

Isabella se encogió de hombros, despreocupada.

-En realidad, no lo sé. No los necesitaré. Creo que los pies desnudos ayudarán a reforzar la ilusión de niñez -rio suavemente-. Angela tiene bastante trabajo ocupándose de esas cosas. Pero eso la mantiene ocupada y fuera de problemas... y quizás alivie tus preocupaciones al mismo tiempo.

-¡Donna Sue ! -la voz resonante de Michael casi sacudió la choza-. Debo hablar con usted.

Sue se envolvió el chal alrededor de los hombros y se acercó a la puerta.

Isabella hizo una mueca.

-No dejes que ese pavo real vanidoso entre en nuestra casa -siseó.

-Compórtate -exigió Sue, y abrió la puerta.

Michael entró corriendo, casi derribando a Sue. Le quitó el aliento de un golpe y tuvo que cogerla para evitar que cayera. Sue le golpeó en las manos y frunció los labios, cloqueando con desaprobación como una gallina vieja.

-¿Qué pasa contigo, Michael? -exigió.

Isabella rompió a reír mientras Michael, mortificado, se ponía rojo. Sue silenció a Isabella con una mirada elocuente. Michael lanzó a Isabella una mirada furiosa y recobró la dignidad suficiente como para enfrentar a la anciana.

-He venido a pedir la mano de Isabella en matrimonio. Ella no puede estar entre las mujeres elegibles para el Acuerdo Nupcial.

Sue sonrió dulcemente y palmeó el brazo de Michael.

-Qué chico tan considerado, por pensar en ello, pero pareces haber olvidado que ella es un año demasiado joven para el matrimonio aún. No será incluida en el Acuerdo Nupcial del don. -Le condujo hacia la puerta-. Ha sido muy amable por tu parte ofrecerte a sacrificarte tú mismo -añadió irónicamente- pero no hay necesidad. Isabella permanecerá soltera al menos otro año.

Mientras le dirigía y palmeaba, le empujó a través de la puerta y la cerró firmemente. Entonces, habiendo pronunciado una falsedad, cuando había jurado que no podría hacerlo, se apresuró al altar de la Madonna en busca de perdón y misericordia.

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¡Hola, hola! Me tomé una mini vacaciones jajaja pero aquí les traigo otro cap de esta linda historia :3 espero les guste y espero me regalen un comentario para saber qué les pareció.

¡Nos leemos pronto!