No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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El aire del pueblo vibraba de energía a la noche siguiente. Isabella sacudió la cabeza mientras observaba las festividades desde detrás de un gran árbol. Se presionó firmemente contra el tronco, esperando parecer una de las caras infantiles anónimas en las que la aristocracia nunca parecía reparar. Había vendado sus generosos pechos y llevaba un vestido holgado y deforme, un poco feo para llevar, pero limpio. Sus pies estaban inevitablemente desnudos, pero su falda ocultaba las piernas torneadas. Su pelo estaba recogido y firmemente cubierto con un pañuelo. Aun así, no iba a arriesgarse, estaba decidida a quedarse tan lejos como pudiera del don.

Durante las largas horas del día los adultos habían continuado limpiando y puliendo el villaggio con la esperanza de hacerlo más aceptable para el don. Todas las casas y entradas estaban ahora pulcras y ninguna colada colgaba de los arbustos. Los niños pequeños habían sido enviados como avanzadilla, apostados en el villaggi vecino para informar del avance del don. Este avanzaba lentamente entre pequeños pueblos y granjas, inspeccionando a las jóvenes y evidentemente sin encontrar a ninguna de su agrado. Avanzaba firmemente hacia ellos.

Isabella veía ansiosa como las chicas, sus amigas, todas en edad casadera, sonreían tontamente con su ropa más fina, limpias y empolvadas, olvidando cada trágica muerte, cada siniestro rumor. Estaban de pie en grupos, charlando en susurros, estallando de vez en cuando en ataques de risitas nerviosas. Pensaban solo en la riqueza, el prestigio, y en lo que el matrimonio podría ser.

Los dedos de Isabella se retorcían con fuerza entre la tela de su falda, y el corazón le palpitaba con fuerza en el pecho. Él se acercaba. No había encontrado novia aún, y en lo más profundo de su corazón sabía que no lo haría. Venía a por ella.

Estaba temblando, un pequeño estremecimiento que no podía controlar del todo. Sus manos estaban heladas, y su estómago se sobresaltaba curiosamente. La niebla había caído una vez más, extrañas bandas que serpenteaban alrededor de los árboles y casas. Había un terrible retumbar en su cabeza, como el sonido del trueno anunciando la tormenta. Él venía a por ella. Era una cancioncilla en su cabeza. Un horrendo estribillo. La auto conservación estaba en guerra con su sentido del deber. El don no podía ser derrotado. Hombres fuertes lo habían intentado, y habían muerto en el esfuerzo. Él venía a por ella.

Isabella sentía otra vez la piel de gallina. Cerca. Ya estaba cerca. Sentía las piernas de goma, y las rodillas débiles. Requirió toda su fuerza de voluntad el quedarse donde estaba, como una violeta timorata apoyada en un árbol.

Él apareció a la vista montando un enorme caballo negro con la crin y la cola al viento. El caballo estaba nervioso, hacía cabriolas de lado, tirando de la cabeza, pero la poderosa figura a lomos del animal parecía tranquila y absolutamente controlada. Muchos jinetes le acompañaban, hombres fuertes cada uno de ellos, con obvio orgullo y completa lealtad a su señor.

Isabella podía ver las emociones en sus caras, y eso la asustó todavía más. Estos serían los hombres que la quemarían en la hoguera si él lo ordenaba. Harían cualquier cosa que él mandara.

Don Emmett Cullen, con su gran talla, amplios hombros y grueso pecho terminado en caderas angostas, tenía el duro sello de autoridad estampado en su cara apuesta y angulosa. Ya no era un joven sino un hombre completo. Su boca tenía un toque implacable, sus ojos eran francamente sensuales, brillando como negra obsidiana, pesadamente rodeados por espesas pestañas negras. Parecía intimidante, un hombre nacido para mandar.

Le quitaba el aliento. Era guapo y aterrador y de aspecto tan poderoso, parecía completamente invencible. No le miró directamente, temiendo atraer su mirada. Uno de sus hombres tomó las riendas de su caballo, y Don Cullen desmontó con un movimiento fluido.

Parecía paciente y gentil mientras los ancianos del villaggio le saludaban con varios discursos prolijos y le regalaban obsequios. Los músicos del pueblo hacían lo que podían por entretener, ruidosos y entusiastas al menos. El sonido crispaba los nervios ya de punta de Isabella.

Estaba hipnotizada por el don, por sus gráciles movimientos, el juego de sus músculos bajo la fina tela de su camisa, la forma en que el poder se aferraba a él. Parecía fuerte y capaz, absolutamente confiado, invencible. Un oscuro hechicero lanzando un hechizo. Isabella deseó apartar la mirada, temerosa de atraer su atención, pero incapaz de arrancarse de la red que él parecía tejer a su alrededor.

-Es muy guapo -confió Angela, tirando de la falda de Isabella.

-Tú crees que todos los hombres son guapos -respondió Isabella, manteniendo la voz baja, aunque estaban lejos de las festividades principales.

Angela rió.

-Pero es viejo, Isabella. Me alegro de que no estés con las otras chicas, o seguramente te elegiría.

Isabella se tensó, pero no se atrevió a dejar que el don se apartara de su vista ni siquiera por un instante. Ya no confiaba en la situación. Su corazón estaba palpitando más fuerte que nunca.

- ¿Por qué dices eso, Angela? -Su boca estaba tan seca que apenas podía hablar.

-Solo sé que lo haría. Cualquiera te elegiría, Isabella -dijo Angela con confianza-. Eres tan hermosa y buena -Estudió al don-. Creo que él no está pasando un buen rato. Parece aburrido. ¿Crees que debería parecer aburrido cuando está eligiendo a su novia? -Arrugó la nariz-. Ni siquiera está mirando mucho a las chicas. Acaba de pasar junto a Lauren, y ella lleva su mejor vestido.

El extraño estremecimiento estaba empeorando. Los dientes de Isabella castañeteaban tanto, que los apretó firmemente, temiendo que el sonido pudiera atraer la atención del don. Angela tenía razón, Don Cullen estaba dedicando a las jóvenes solo la más cortés de las inspecciones. Estaba apenas evitando ser grosero, pero se podía ver que no le importaba lo más mínimo lo que nadie pensara. Su cara estaba oscurecida como una nube tormentosa. Le vio girar la cabeza para examinar a la multitud, su mirada brillante era aguda como la de un halcón. Buscaba a su presa, y Isabella supo instintivamente que ella era la presa a la que estaba buscando. Se llevó la mano protectoramente a la garganta, e intentó hacerme más pequeña. Él examinó las caras de la multitud con ojos pensativos y de repente se quedó muy quieto.

Isabella siguió la dirección de sus ojos y jadeó cuando vio que su mirada se había posado sobre Sue. Se inclinó y habló suavemente con el hombre que tenía más cerca. Al momento el hombre se abrió paso a través del gentío y fue directamente hacia la anciana. Cabizbaja, esta le siguió obedientemente de vuelta hacia el don.

Isabella cerró los ojos apretándolos con fuerza, deseando negar lo inevitable. No podía permitir que Sue enfrentara el estallido de cólera del don. Angela pareció presentir que algo iba mal, porque se acercó más y aferró la falda de Isabella.

- ¿Por qué está haciendo preguntas a Sue? -preguntó Angela lastimeramente- Da miedo.

-Calla, bambina -suplicó Isabella, deseando oír. De nuevo Angela tenía razón, el don parecía intimidante.

Su voz era más suave que nunca, pero indudablemente tenía toda la intención de salirse con la suya.

-¿Dónde está la joven que te acompañó al palazzo? No te equivoques, mujer, trato con dureza a quien intenta desafiar mis órdenes. El Acuerdo Nupcial ha sido invocado, y todas las mujeres deben presentarse.

Sue asintió varias veces.

-Entendimos, Don Cullen, que quería ver solo a las jóvenes elegibles para el matrimonio.

El don se tensó visiblemente.

-Tu ayudante no está casada, ¿verdad? -Declaró.

-Así es, Don Cullen, pero es bastante joven... a su manera -Las manos de Sue se retorcían por el esfuerzo de evitar hacer las señal de la cruz y aferrar el crucifijo mientras intentaba engañarle deliberadamente.

Los rasgos oscuros de Don Cullen se quedaron muy quietos, sus ojos brillantes estaban pensativos cuando descansaron en la cara de la anciana. Se inclinó ligeramente.

-Deseo ver a la muchacha. Haz que me la traigan inmediatamente.

Involuntariamente, varias de las jóvenes se giraron para mirar a Isabella con una mezcla de miedo y decepción en sus caras. Al instante el don siguió sus reveladores ademanes, su mirada inquieta se posó instantáneamente, infaliblemente en la cara de ella, como la punta de un estoque.

El aliento la abandonó y por un momento se quedó congelada en el lugar, incapaz de pensar o moverse. Todos sus instintos le decían que corriera, pero no podía, su mirada estaba atrapada en la de él. Su pulso palpitaba ruidosamente, como un tambor golpeando en sus sienes. No podía apartar la mirada de él sin importar cuanto lo intentara. Se sentía como si estuviera cayendo hacia adelante en las negras profundidades insondables de esos ojos.

El don no ordenó que se le llevara a Isabella, en vez de eso, empezó a moverse hacia ella. La multitud se separó inmediatamente, despejándole el camino, y él avanzó resueltamente, sin mirar ni a derecha ni a izquierda, solo a ella. Su prisionera. Su presa. La idea le golpeaba la cabeza al ritmo del furioso latido de su corazón.

Él se detuvo directamente delante, irguiéndose sobre ella haciendo que tuviera que inclinar la cabeza hacia atrás, su mirada encontró la de él. En ese momento sus sentidos estaban tan agudizados, que resultaba casi insoportable. Era consciente de todo, el viento que tiraba de ella, moviéndose sobre su falda con su fresco toque; Angela aferrada a sus faldas, el terrible temblor al que parecía no poder sobreponerse; la negrura de los ojos del don, sus labios perfectamente esculpidos, la forma en que los látigos de niebla parecían cerrarse alrededor de las piernas de él como si fuera de otro mundo.

Su oscura y penetrante mirada la recorrió lentamente, tomando nota de cada detalle de su monótona y poco favorable apariencia. Una débil y burlona diversión apareció en sus ojos, disipando el helado distanciamiento que era tan parte de él. Se giró sobre los talones de unas brillantes botas de montar y volvió a su caballo, sus movimientos eran un hipnotizaste despliegue de grácil y planeada coordinación.

Como el proverbial conejo acorralado, Isabella le observó, aterrada de lo que pudiera hacer. Era mucho esperar que volviera a montar su caballo, se alejara cabalgando, y la dejara en paz. Pura posesión había marcado su mirada cuando la había visto, e Isabella era suficiente mujer para reconocerlo. Solo podía esperar impotente, sintiéndose estúpida vestida con ropa de niña.

Él volvió y se detuvo directamente ante ella por segunda vez. Más cerca ahora. Tan cerca que podía sentir el calor de su cuerpo filtrándose en su pro piel helada. No podía apartar la vista de su negra, negra mirada para ver lo que estaba sosteniendo colgado de sus dedos. Él alzó la mano al nivel de sus ojos para que sus finas sandalias quedaran a la vista, balanceándose al final de las largas tiras.

-Quizás si se pusiera las sandalias, añadiría un centímetro a su altura y un año o dos a su joven edad, signorina. -sugirió él suavemente.

Isabella miró los zapatos con horror. Sus manos temblaban tanto, que no se atrevía a soltar su falda. Fue Angela quien extendió el brazo y le quitó las sandalias de las manos mientras él miraba directamente a los ojos de Isabella con una débil y burlona sonrisa.

El don ni siquiera miró a la niña, su mirada estaba fija en la de Isabella.

-Tú eres la elegida -dijo suave y pensativamente. Su voz se volvió ligeramente burlona-. Tuyo es el honor de ser elegida para el Acuerdo Nupcial.

Isabella le miró fijamente, todavía hipnotizada. Ambos sabían que no era ningún honor, era el equivalente a una sentencia de muerte. El conocimiento pasó entre ellos, tácito. Involuntariamente ella asintió con la cabeza, con los ojos abiertos y suplicantes.

Bruscamente Don Cullen arrancó su mirada de la de ella y se volvió hacia los ancianos del pueblo.

-El Acuerdo Nupcial se ha cumplido. Ella es la elegida.

Por un momento hubo un silencio absoluto. Incluso el viento se detuvo. Después explotó el caos. Un sonido de puro terror escapó de la garganta de Isabella. Michael, con la cara convertida en una máscara de furia, estalló en una feroz protesta. Varias de las posibles novias perdieron los nervios y empezaron a llorar ruidosamente. Los ancianos protestaron al unísono, y Sue empezó a rezar a la buena Madonna. Los hombres del don se miraban los unos a los otros, sorprendidos por la reacción de los campesinos ante el alto honor, pero, teniendo prohibido hablar, permanecieron estoicamente silenciosos.

Pero Michael había captado la atención del don. Don Emmett Cullen miró de la cara blanca de Isabella a la expresión indignada del joven. Una sombra oscura cruzó los sensuales rasgos del don. Se giró hacia Isabella, acercándose lo suficiente como para que quedara atrapada entre su duro cuerpo y el sólido tronco del árbol. Su mano le moldeó la garganta, sus dedos se cerraron alrededor del cuello como si fuera a estrangularla, mientras su mirada negra recorría la cara alzada para posarse en la boca suave y temblorosa.

-He elegido. Tu joven debe encontrar a otra. -Había una suave amenaza en su voz. Dura finalidad.

Pero esa misma voz se las arregló para tocar el centro de fuerza y fuego en Isabella. Sus dientes se apretaron con un golpe. Sus ojos oscuros lanzaron fuego hacia él.

-Escoge a otra. Hay muchas novias bien dispuestas para ti -siseó, sin preocuparse de que él pensara que era irrespetuosa y desafiante.

-He escogido, y mi elección se mantiene.

-No iré.

Alrededor de ellos había un clamor de charla y discusión, pero bien podrían haber estado los dos solos en el mundo. Isabella era profundamente consciente de la palma de él dando forma a su garganta, de los dedos sobre su piel desnuda. Había tanto calor en él, estaba grabándole a fuego su marca en el alma. Mirando directamente a sus ojos desafiantes, él sonrió, curvando lentamente y sin humor su boca perfecta.

-El matrimonio tendrá lugar tan pronto como la Santa Iglesia esté satisfecha.

Apartó las manos lenta y reluctantemente de la piel de ella, se giró y caminó tranquilamente de vuelta al grupo de ancianos. El calor permaneció en la piel de Isabella donde la palma de él había estado. Sue se apresuró a su lado, deslizando un chal alrededor de la cabeza y los hombros de la joven para darle una semblanza de privacidad mientras la escoltaba a través del gentío hasta su cabaña. Isabella podía oír a los ancianos protestando, pero sabía que cederían. El don no discutió con ellos, simplemente esperó hasta que se hubieron desahogado. Entonces les advirtió de sus planes con voz suave y exigente.

Una vez tras la puerta cerrada, Isabella se lanzó al otro lado de la habitación.

-No me convertiré en su novia. ¡No lo hare!... no me importa lo que digan los ancianos. No me importa si me amenaza con quemarme en la hoguera. ¡No lo haré! ¡No puede apartarme simplemente de mi hogar para llevarme a ese horrible, horrible palazzo y destrozar mi mundo!

Sue permaneció en silencio, permitiendo que Isabella desahogara su furia en la seguridad de su casa. Observó a la joven pasear de acá para allá por la habitación, demasiado enfadada para estarse quieta.

-Cualquiera de las otras chicas se habría alegrado de casarse con él. ¡Él sabe que podría haber elegido a cualquiera de ellas! Bien, no lo haré. No puede obligarme -Isabella se retorció las manos- ¿Crees que los ancianos le disuadirán? Quizás le convenzan de que soy medio-tonta. Solo una tonta se vestiría como yo hoy. ¡Seguramente no quiera casarse con una bobalicona!

-¿Isabella, viste su cara cuando Michael protestó por su decisión? -preguntó Sua tranquilamente-. Don Cullen no es hombre que se deje convencer.

-Bueno, tendrá que serlo -Isabella lanzó el chal y el pañuelo sobre la cama, sacándose el vestido informe por la cabeza, y tirándolo a un lado. Se arrancó la tela que le sujetaba los doloridos pechos. El disfraz había sido una idea estúpida desde el principio. Tiró la tela tras el chal como señal de protesta.

-No soy un objeto, Sue. ¡Nadie me posee! Acudiré al padre y protestaré inmediatamente. El don no puede hacer esto. -Isabella se sacó la falda y la blusa con movimientos rápidos y furiosos. Estaba respirando rápido para evitar llorar como un bebé.

Sue inclinó la cabeza, luchando por contener las lágrimas. Ella había sabido que este día llegaría. La Iglesia no ayudaría a Isabella; el sacerdote insistiría en que se casara con el don. Cullen era demasiado poderoso para que el sacerdote se enemistara con él. Tenía lazos con todos los grandes líderes políticos, y su ejército era fuerte. Si Don Emmett Cullen deseaba a Isabella, nadie se opondría. Los ancianos del pueblo no podían arriesgarse a provocar su ira; necesitaban su tierra y su buena voluntad y protección. Con una novia elegida en su villaggio, su estatus aumentaría considerablemente. Nadie salvaría a Isabella de su destino. Nadie podría salvar a Isabella, ni siquiera Sue.

Isabella estaba de pie en medio de la habitación tirando del moño de su pelo, dejando que la espesa melena cayera en ondas por su espalda. El que todavía estuviera temblando añadía combustible a su cólera. La enfurecía que un hombre tuviera poder para tomar el control de su vida. Sue no había señalado que estaba indefensa contra el don; sabía que estaba vociferando y maldiciendo contra un destino inevitable.

Se obligó a respirar lenta y profundamente, dentro y fuera. Nadie podía salvarla de esta situación.

-Los ancianos pedirán al sacerdote que lleve a cabo la ceremonia tan pronto como desee el don -dijo Isabella sombríamente. Miró a través de la ventana hacia la multitud de afuera. La niebla se estaba espesando, y el aire era frío, pero era tan densa como siempre. Isabella sabía que el don estaba todavía en el villaggio. Negociando. El elocuente y arrogante Don Cullen finalmente se aseguraría de que los ancianos estuvieran más que satisfechos con el emparejamiento, aunque era más probable que no hubiera esperado ninguna oposición en absoluto.

-¡Me están vendiendo a él! -estalló llorando, incapaz de contener su miedo. Tendría que dejar su amado hogar, su montaña, todo y a todos los que conocía y amaba. Tendría que dejarlo todo atrás.

-Piccola -Sue intentó consolarla- la tradición ha existido desde hace muchas, muchas generaciones. La mayor parte de las chicas se alegrarían de casarse con un aristocrático. No debes culpar a los ancianos. Intentaron desanimarle. Les oí.

Isabella estaba asintiendo, pero corrían lágrimas por su cara. La niebla era una gruesa manta ahora, y los chismosos finalmente se vieron obligados a entrar dentro. La noche había caído rápidamente como ocurría en las colinas, las sombras se extendían, el viento aullaba con dolor entre los árboles. Su mundo. Ese era su lugar, libre y salvaje, como los osos y los lobos. No tendría que estar prisionera en un maligno y horrendo palazzo con gente que nunca la entendería o amaría.

-Los ancianos estarán aquí pronto -advirtió suavemente Sue -. Debes calmarte, bambina. No pueden saber de tu desafío.

Isabella asintió, extrañamente agradecida de que Sue no hubiera mencionado que se tendría que marchar pronto. No creía que hubiera podido soportarlo. Recogió su penoso disfraz y lo apartó cuidadosamente de la vista. Refugiándose en el trabajo, hizo a un lado todo pensamiento de escapar hasta después de la ordalía que la esperaba. Encendió un fuego y preparó un té caliente de hierbas. Encendió varias velas buscando una fragancia consoladora y añadió unas pocas más al altar de la Madonna ante la sugerencia de Sue, absteniéndose de señalar que la Madonna debía haber estado haciendo buenas obras en algún otro sitio mientras el don la escogía.

Aunque se tensó cuando llegó el golpe en la puerta, se quedó de pie tranquilamente con la cabeza inclinada mientras Sue dejaba entrar a los dignatarios en la cabaña. Los ancianos evitaron mirar a Isabella, incapaces de enfrentarla sin vergüenza, pero ella sintió el peso de la mirada de Don Cullen. La animaba a mirarle, pero ella continuó mirando testarudamente al suelo.

Emmett hizo una reverencia a Sue.

-Naturalmente, Signorina Swan, dotaré generosamente a la novia. Ya he enviado en busca de costureras que se ocupen de su vestido de novia y del atuendo apropiado que necesitará como mi esposa. Estarán aquí rápidamente. Nos casaremos en la catedral tan pronto como se pueda arreglar.

Sue se lo agradeció. ¿Qué más podía hacer?

Isabella ardía de furia. ¿Cómo se atrevía a entrar en su casa y darle órdenes? ¡Ya había enviado a buscar a las costureras! ¡La enervaba! El don se paseó por la habitación y se detuvo ante ella, haciéndola rechinar los dientes. Podía decir por su aire de burlona diversión que era consciente de su irritación. Su sola presencia llenaba la pequeña cabaña, eliminando el aire y haciendo que se sintiera como si no pudiera respirar, como si nunca fuera a poder respirar otra vez. Puso las manos a la espalda, retorciéndose los dedos para no hacer ninguna locura, como borrarle esa mirada arrogante de la cara de una bofetada.

-Creo que volviste a dejarte esto atrás -El don sonaba divertido mientras hacía oscilar las sandalias delante de ella.

Isabella se las quitó, evitando cuidadosamente tocarle.

-Gracias, signore. -Deliberadamente le dio el trato más respetuoso del título, su voz fue apenas audible, una niña obediente agradeciendo de mala gana a un adulto bienintencionado.

-Vamos, bambina -Unos de los ancianos le ofreció la mano-. Déjame presentarte formalmente a nuestro don. Él se encargará de todo lo necesario para las festividades. Don Cullen, esta es nuestra amada Isabella.

Cometió el error de mirar a Emmett Cullen entonces, alzando sus pestañas de forma que sus ojos oscuros se encontraron con los de él brevemente. Él vislumbró la llama feroz que ardía en sus profundidades, traicionando su desafío y ardiente furia. Una ceja negra se arqueó, y una débil mueca burlona curvó su boca y tocó sus ojos, haciéndolos centellear perversamente.

-No quiero que se preocupe -Se dirigía a Sue, aunque su mirada seguía posada en Isabella-. Sé que siempre existe el peligro de algún enemigo que pueda intentar raptar a mi futura novia hasta que la tenga en la seguridad de mi palazzo. Para asegurar su seguridad todo el tiempo, mis hombres se quedarán aquí día y noche. - El más breve indicio de humor se enlazaba con su voz.

Isabella había tenido que apartar los ojos apresuradamente cuando él la había evaluado, pero ahora su barbilla se alzó, sus ojos le fulminaron. ¡No estaba protegiéndola, era su prisionera! Que dejara que los demás creyeran su pretexto... ¡ella sabía la verdad! Deseaba tirar algo a su apuesta y sonriente cara.

Sue jadeó, llevándose las manos al pecho.

-Seguramente eso no sea necesario, Don Cullen -Un pequeño villaggio no podía permitirse alimentar y alojar a sus tropas. ¿Y qué pasaba con las otras jóvenes, con los apuestos soldados? Era una situación peligrosa. Nadie había esperado que el don dejara atrás un regimiento de guardias.

-No se preocupen. Me ocuparé de todas sus raciones y suministros, y mis hombres tendrán órdenes estrictas. Aun así, podría ser prudente mantener a las jóvenes cerca de sus hogares -sugirió Emmett astutamente, una advertencia clara de que nadie frustrarían sus planes.

Isabella se alejó de él, retirándose desvergonzadamente tras Sue. Escuchaba la voz de Don Cullen, esa nota de autoridad que abanicaba los rescoldos de resistencia de su interior convirtiéndolos en un rabioso fuego. Sus guardias no la contendrían. No iría al terrible Palazzo della Morte. Los ancianos podían ignorar la larga línea de muertes misteriosas, pero ella no lo haría. Nunca olvidaría ese terrible día en que habían devuelto el cuerpo de su madre. Se quedó muy quieta en la esquina de la habitación, mientras todo el tiempo planeaba su escapada.

Mucho después de que los oficiales y Don Cullen se hubieran ido, Isabella permanecía de pie junto a la ventana, espiando hacia la manta de niebla. Sue empujó una humeante taza de té caliente a sus manos.

-Pareces como si fueras a desmayarte -le dijo gentilmente-. Deberías irte a la cama y descansar. Las cosas parecerán mejor cuando no estés tan cansada.

-¿De verdad? -preguntó Isabella amargamente-. Él ha cambiado mi vida para siempre.

Sue le palmeó el hombro amablemente.

-No es ningún pagano. Va a casarse contigo en la Santa Iglesia -intentó tranquilizar a la joven a su cargo.

-No le veo como un hombre bueno o santo, Sue. Está siguiendo los dictados de la Iglesia, pero por diplomacia, no por ninguna otra razón. Pero tienes razón... estoy muy cansada, y necesito descansar. -Dejó la copa cuidadosamente y empezó a rebuscar en las alacenas.

Sue la observó en silencio meter un chal gastado y una manta en su morral de medicinas, añadiendo pan y queso como si se preparara para un largo viaje. Isabella besó amablemente a la anciana y la rodeó con sus brazos, aferrándose un largo rato en silencio. Apagaron juntas las velas y se acostaron en sus camas. Sue cayó dormida con lágrimas corriendo por su cara, sabía que cuando despertara, Isabella se habría ido. No intentó hablar con la joven... sabía que sus consejos serían inútiles... pero la pena por semejante desafío sería la muerte. Si Isabella escapaba con éxito, Sue nunca volvería a verla. Y si era capturada... De cualquier modo, nunca volvería a ver a su amada Isabella.

Isabella se tendió callada, con la cabeza ocupada en sus planes. Si daba demasiadas vueltas, la seguirían fácilmente. Sería mejor buscar un lugar escondido y quedarse quieta unos pocos días hasta que el furor oficial por su partida se hubiera calmado. Al principio, todo el mundo estaría buscando, y difícilmente se dejaría de notar si estaba en movimiento. Mejor esconderse y esperar un tiempo.

Tenía fe absoluta en poder deslizarse por entre los guardias. Nunca esperarían que huyera, y ciertamente no de noche, cuando los animales salvajes buscaban su cena. No cuando los supersticiosos temían las oscuras sombras y legendarios monstruos que vagaban por las colinas. Solo podría rezar a la buena Madonna porque su acto de desesperación no provocara ningún daño a la fiel e inocente Sue.

Isabella esperó tendida en la calidez de la cabaña mientras el viento aullaba y gemía fuera y la niebla se espesaba hasta convertirse en una pesada sopa. Esperó hasta que Sue estuvo profundamente dormida. Los guardias estarían calentándose en sus fuegos de campamento, quizás mirando directamente a las llamas, lo que reduciría temporalmente su visión. Tuvo cuidado de vestirse de gris. Ni tan oscuro como para que la niebla la revelara, no tan luminoso como para que la oscuridad no se la tragara. Se trenzó el pelo hábilmente y se envolvió firmemente en el chal de viaje. Agarrando su bolsa, se deslizó por la puerta, una sombra delgada que se fundió rápidamente con la noche. Al instante se transformó en niebla.

Isabella se movió veloz y silenciosamente a través del pueblo, evitando con cuidado los grupos de soldados que se reunían junto a los fuegos. Sus pies descalzos encontraron infaliblemente el sendero angosto que conducía hacia arriba entre las montañas. Seguiría la costa antes de dirigirse hacia las lejanas colinas, lejos del palazzo. Allí conocía una red de cuevas que se internaban profundamente en la tierra. Poca gente era consciente de su existencia, y menos aún tenían el valor de entrar en ellas.

Una lechuza aulló, el sonido quedó distorsionado en la espesa niebla. Oyó un roce de alas cerca. Las ramas se balanceaban y danzaban, golpeándose en una danza macabra de monigotes, el sonido resultaba fuerte en la oscuridad. Vio los ojos brillantes de un depredador nocturno vigilándola entre los árboles. Había una extraña sensación en el aire, este era espeso, como las arenas movedizas, y sus piernas estaban demasiado cansadas, sus músculos se acalambraban. Nada en sus amadas montañas parecía igual. Incluso las ovejas parecían hostiles, extrañas apariciones blancas emergiendo de la niebla.

El viento se detuvo repentinamente. Las hojas cesaron de crujir. La noche parecía inusualmente tranquila. Isabella se quedó congelada, simplemente esperando, sin atreverse a moverse en medio del inesperado silencio. Una brisa gentil se alzó de nuevo, un suave tirón de sus faltas, un alboroto en su pelo. Pero el viento traía consigo esa voz que murmuraba, rozando su mente como alas de gasa fina de mariposas. La voz parecía clara ahora, casi podía distinguir las palabras. Era la voz del don, no había duda de que la reconocería en cualquier parte. Suave pero exigente, su tono firme y persistente hacía difícil concentrarse.

Isabella se presionó las manos contra los oídos, intentando acallarle y seguir caminando. Pero la voz en su mente estaba susurrando, incitando, mordisqueando su confianza, haciendo que se sintiera como si se estuviera moviendo en un sueño, incapaz de distinguir realidad de fantasía. Estaba parcialmente montaña arriba cuando comprendió que el don era bien consciente de que estaba huyendo, y estaba utilizando su voz hipnótica para entorpecer su progreso. Esta voz que susurraba en su cabeza no era coincidencia, sino un intento deliberado de atarla a él. Se aferró a un árbol para reafirmarse.

-Alto -susurró hacia la noche.

Él tenía que detenerse, o se volvería loca. ¿Había sido esto lo que le había ocurrido a la tatarabuela de él, la mujer que se había tirado de la gárgola de las alas extendidas agazapada en lo alto de la torre que daba al violento mar? Un guardián del palazzo, reclamaban, aunque una horrible criatura para ella. ¿La pobre chica se había visto forzada a casarse con un Cullen? ¿Había sido también víctima del Acuerdo Nupcial? ¿Arrancada de su hogar y su familia y entregada a un matrimonio sin amor con un hombre desdado y pagano? ¿Su marido la había conducido a la locura dándole órdenes, murmurando en su mente?

-Alto -susurró de nuevo, su voz resultó inaudible entre la manta de niebla.

Isabella giró a lo largo de la delgada cinta que era el sendero que conduciría a los acantilados más dentados. El borde rocoso era resbaladizo entre la niebla y el légamo que cubría las paredes lisas provocaba que sus manos se deslizaran cuando buscaban asidero. Se aferró allí, con los pies descalzos, arañados y sangrando por las rocas afiladas. La voz nunca flaqueó, ni por un momento. Podía distinguir algunas palabras ahora.

No te permitiré que me abandones. Voy a por ti. No puedes escapar de mí.

Isabella sacudió la cabeza en un intento de sacar la voz de dentro de su cabeza. No había en ella súplica o búsqueda de favor. Era tan arrogante como siempre, exigiendo su retorno, exigiendo que obedeciera sus deseos, sus órdenes. No había gentiliza en él, sino una dura y desdada autoridad. La encontraría. No podía escapar de él. ¿Cómo sería posible cuando compartía su mente? ¿Y si la cogía ahora? No quería pensar en las consecuencias que podría sufrir a sus manos.

¿Cerraría esos fuertes dedos alrededor de su cuello y la estrangularía? ¿Apretaría hasta quitarle el aliento lentamente, levantándola en el aire con su fuerza y peso superior? ¿Era eso lo que su abuelo había hecho a su abuela? ¿Había un legado de odio y locura que había pasado de generación en generación? ¿Era esa la terrible maldición que se cernía sobre la familia Cullen? ¿Era ese el destino que le esperaba a ella? Era fácil imaginárselo, allí en medio de la extraña y pesada niebla con la voz de él susurrándole continuamente. Se tocó la garganta con dedos temblorosos. Todavía podía sentir la marca de su mano caliente contra la piel desnuda.

Ya no me divierto, cara. La noche es amarga. Vuelve antes de que pierda la paciencia con tus tonterías.

Ahora sus palabras eran muy claras. ¿Cómo podía ser que hablara con ella en su mente? Seguramente, como Sue había sugerido una vez, estaba aliado con el diablo. Poseía gran magia, y muy probablemente esto no era un don de la buena Madonna como el de ella. Se mordió las uñas nerviosamente, incapaz de avanzar por el borde resbaladizo con las piernas temblando tanto.

-Vete -le susurró-. ¡Vete!

La estaba acechando, muy cerca, un depredador silencioso cazando bajo la cobertura de la oscuridad, tan letal como cualquier lobo. Isabella tanteó a lo largo del borde del acantilado en busca de un agarre firme. Sin advertencia, unos dedos fuertes rodearon su esbelta muñeca como un grillete.

Don Emmett Cullen simplemente la levantó, haciendo que por un terrorífico momento sus piernas colgaran sobre el acantilado, todo su peso soportado por una de las manos de él. Gritó, aferrándole el brazo, sus pies hundiéndose en busca de terreno sólido de cualquier clase.

Él la posó en el suelo a su lado. Isabella arremetió ciegamente, furiosa con él por asustarla. Furiosa con él por dar con ella. Furiosa con él por elegirla. Él atrapó su puño en medio del aire y simplemente se quedó allí mirándola. Se miraron el uno al otro, los ojos negros de él sin parpadear, como los de un gran león de montaña.

Tenía todo el derecho a tirarla por el acantilado si así lo deseaba. Nadie cuestionaría al don. Isabella no podía creer que esto estuviera ocurriendo. Alzó la cabeza desafiante.

-¿Por qué insistes en tener una novia? ¿Y por qué yo? -Con la repentina perspicacia que con frecuencia la inundaba en momentos de mucha emoción, añadió-. Ni siquiera quieres una esposa -Estudió su cara-. Nunca has tenido intención de tomar una esposa, ni siquiera para que te proporcione un heredero.

Él sacó los brazos de su abrigo.

-Estás temblando de nuevo, piccola. ¿Es de miedo, o de frío?

Envolvió la pequeña forma en su gran abrigo, uniendo los bordes y haciendo que se sintiera como si estuviera entre la calidez de sus brazos, rodeada por el calor de su cuerpo. Miró alrededor.

-¿Dónde están los demás? ¿Tus soldados?

Él alzó una ceja elegante.

-Calentando sus manos junto a los fuegos de campamento, sin duda. No quería que ninguno de ellos supiera que mi novia me teme tanto que huye en medio de la noche a la primera oportunidad. -Sonaba más sardónico que perturbado. Encogió sus amplios hombros casualmente-. Mejor recogerte yo mismo. No desearía que mis hombres supieran que mi novia prefiere la compañía de los lobos a la mía -Su mano le apartó un mechón de pelo negro renegrido de la cara, tocándole la piel.-. No debería haberte dejado abierta la posibilidad. Sabía lo que tenías en mente.

-¿Leyendo mi mente? -Le desafió a admitirlo y condenarse a sí mismo como siervo del demonio.

-Tu cara es transparente, piccola. No te encuentro difícil de leer en lo más mínimo. Te me escapaste -concedió, inclinándose ligeramente en saludo-. pero creo que nuestras aventuras han terminado por esta noche.

Isabella caminó de mala gana junto a él.

-¿Por qué de repente deseas una novia?

Emmett se quedó tanto tiempo silencioso que estaba segura de que no le respondería.

-He descubierto recientemente mi gran necesidad de una... pareja. -Su voz fue deliberadamente seductora, sugestiva y tan íntima que ella se ruborizó salvajemente. Isabella descubrió que estaba temblando de nuevo a pesar de la calidez del abrigo.

-Solo quiero ir a casa -En vez de absolutamente resuelta, sonó como una niña triste.

-Ahí es adonde te estoy llevando... y donde nos casaremos inmediatamente. A algunos hombres puede resultarles divertido perseguir jovencitas por las colinas de noche, pero después de todo es un asunto bastante frío.

-Don Cullen, hay muchas mujeres que se sentirían honradas de ser su novia. Cualquiera de ellas sería una esposa maravillosa para usted, encajaría mucho más con su posición que yo -Isabella intentó hacerle entrar en razón.

-Pero yo no estoy buscando una esposa que "encaje con mi posición". Las necesidades que tengo solo tú puedes satisfacerlas-. Extendió la mano ausentemente y le echó hacia atrás otro mechón de pelo que se le enroscaba en la frente.

Sus dedos se demoraron, como si no pudiera contenerse, como si no pudiera evitar tocar la suavidad de su piel. Fue casi una caricia, que envió un estremecimiento de consciencia que la atravesó con el calor de una llama. Vio el brilló del anillo de él con su escudo familiar.

-Me elegiste por lo que vi en el acantilado -acusó ella, asustada por la reacción de su propio cuerpo hacia él-. No se lo conté a nadie. Sabía que mataste solo en defensa propia.

-No volveremos a hablar de ello -Su voz fue un látigo de mando.

Ella caminó cierta distancia en silencio, dando vueltas a las palabras de él en su mente, sin entenderle en absoluto. Temiendo entenderle.

-Vas por el camino equivocado -notó de repente-. Pasaremos de largo el villaggio si continuamos en esta dirección.

-Te estoy escoltando a mi casa, donde permanecerás bajo protección hasta que estemos casados. No tengo ni el tiempo ni la inclinación para ir de caza nocturna en busca de mi novia errante -Una nota de burlona diversión se deslizó en su voz.

Isabella dejó de andar, mirándole sorprendida.

-Eso es impropio. No puedo ir a tu palazzo sin Sue como chaperona. Don Cullen, no puede llevarme allí.

Él extendió el brazo y la agarró firmemente del codo.

-Pero eso es exactamente lo que tengo intención de hacer, Isabella.

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¡Chan chan chan!

Va a haber boda jaja definitivamente todo lo salió mal a Isabella. Ya quiero saber qué pasará en el próximo capítulo.

No olviden dejar un lindo comentario.

¡Nos leemos pronto!