~ hands

Desde la salita Yuri veía a Otabek preparar un café a tientas. Le había costado, pero lo había dominado.

Estuvo tentado a preguntarle a su amigo y pareja si es que necesitaba ayuda, pero recordó las muchas veces que Otabek le había dicho que él también tenía su orgullo y quería valerse solo al menos para prepararse un mísero café. Así que lo dejó así.

Vio las manos de Altin pasearse por los estantes superiores, mientras contaba casi por inercia.

— Uno, dos, tres...

Sus dedos se afianzaron a la cuarta manilla. La repisa de las tazas.

Yuri asintió, tenso en su asiento cuando vio que el agua ya hervía y Beka debía llenar el recipiente de porcelana. Alzó su cuello para observar mejor a su pareja, que atinara la punta del hervidor con la taza, que no derramara, que no se quemara las manos.

Solo pudo suspirar cuando vio que lo conseguía. Se volvió a sentar.

— El azúcar está acá, Beka.

— Bien.

Los ojos verdes no se despegaron de él, viendo como sus manos volvían a recorrer las paredes con la taza en su mano y rodeaba con cuidado cada mueble de la casa.

Cuando se sentó a su lado, Yuri sonrió.

— Sé que estás ansioso por hacerme una tonta tostada, así que te daré el gusto de hacerlo — suspiró Otabek con una sonrisa rendida.

Yuri dejó un beso en su mejilla y comenzó a hacer justamente lo que su pareja había previsto haría de todos modos.

Cuando a Otabek Altin se le diagnosticó una enfermedad que le deterioraría la vista progresivamente, nada había sido fácil. Ni para Yuri, ni para el muchacho mismo.

Fue la primera vez que Yuri había visto llorar a su mejor amigo. Le había pedido que lo dejara solo, pero él no se fue, se quedó con él en la habitación y lo consoló hasta que se quedó dormido.

También se quedó cuando Otabek le dijo que ya no podrían ser amigos porque él solo sería una carga para Yuri y lo mejor sería que él buscara mejores lazos. Se quedó cuando los primeros síntomas aparecieron, cuando Otabek tuvo un accidente en educación física, en el colegio, y lo trasladaron al hospital. Su amigo le pidió que se fuera porque no quería que lo viera así, tan lamentable. Testarudo, Yuri se quedó, ante los gritos de Otabek que se sentía un inútil y un próximo lisiado. Yuri se aferró a la puerta del cuarto de Otabek en el hospital y se quedó. Lloró, pataleó, discutieron, hubo muchos gritos, pero se negó a dejarlo solo.

Otabek volvió a llorar cuando Yuri lo besó y se le confesó. Para ese entonces la vista en su ojo derecho era muy borrosa y la de su izquierda casi perdida. Le rogó a Yuri que buscara a alguien mejor que él, alguien que sí pudiera merecerlo, alguien que sí pudiera mirarlo en las mañanas al despertar y en las noches antes de dormirse, alguien que pudiera contemplar lo hermoso que era y lo apreciara con todos sus sentidos. Un afortunado que pudiera mirar lo bonito que eran sus ojos antes de cerrar los párpados y besarlo.

No importó lo que dijera o lo que le pidiera, Yuri se quedó. Se quedó no por lástima o responsabilidad, se quedó porque podía y porque quería hacerlo, porque amaba tanto a su amigo que pensar una vida sin él era como si le quitaran el aire. No le importaba que Otabek quedara ciego con el tiempo, él quería quedarse con él, con sus voz grave, con su tacto cálido, con las margaritas en sus mejillas, con su corazón herido, con todo lo que era y sería.

Le había tomado las manos y se las había besado. Puso la punta de los dedos de su amigo en sus mejillas y le dijo:

— No necesito que me mires con los ojos, puedes hacerlo con tus manos. Otabek, no me iré.

Fue una lucha dura. Yuri recordaba haber visto llorar a Otabek más veces de las que quisiera, pero el tiempo fue gentil con ellos y él no podía estar más enamorado del hombre que tenía a su lado, de lo luchador que había sido y de cómo todavía seguía viviendo.

Cada año las súplicas de Otabek a Yuri para que se fuera fueron menos. Otabek lo dejó acercarse lentamente y, cuando ya se había acostumbrado al cariño de las tibias caricias de Yuri, dejó poco a poco de ser el animalito herido del rincón que mordía la mano que le ofrecía amor.

— Tienes otros sentidos para quererme, tu vista no lo es todo, no es necesario que me mires.

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Yuri levantó las tapas de la cama y se metió entre las sábanas, recostándose muy apegado al pecho de Beka. Sintió unos labios sobre su frente y rio. Tomó la mano de su novio y la acunó sobre su mejilla.

Otabek suspiró, cerrando los párpados. Sus dedos repasaron cada curva conocida en el rostro de Yura. Sus yemas resbalaban sobre la tibia y suave piel, descubriendo los pómulos alzados y las mejillas lisas, la mandíbula puntiaguda y el mentón firme, subían a los delgados y húmedos labios de Yuri donde era recibido con una que otra mordida furtiva y juguetona.

— No hagas eso — una suave risa brotando de sus propios labios.

La nariz pequeña y respingada, las cejas finas y suaves, su frente donde siempre encontraba algún mechón travieso cayendo, las largas pestañas que besaban sus yemas.

Cuando su mano bajaba por el cuello de Yuri como si fuera un tobogán, descubriendo bajo la ropa sus clavículas y su pecho ansioso, subiendo y bajando si se aventuraba a ir más allá. Sabía que Yuri estaba sonrojado y agitado, no necesitaba mucho conocimiento para saber que esperaba alguna caricia más profunda.

No necesito que me mires con los ojos, puedes hacerlo con tus manos.

Una tersa pierna desnuda escalando en su cadera y otra mano más pequeña buscando bajo su pijama. Un beso de Yuri en sus labios.

Ninguno necesitaba ojos para mirar al otro. Solo necesitaban el tacto cálido encubriendo ambos corazones que latían al mismo tiempo, sincronizados.


día 11: manos

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