No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella miró desde la cima de la colina hacia el palazzo que estaba en el próximo pico, ahora inmerso en la niebla. El Palazo della Morte parecía surgir de entre la niebla como un gran castillo en las nubes. Sabía que criaturas aladas guardaban las torretas, grandes gárgolas y extraños demonios con colmillos y garras, posadas en lo alto de las murallas y la torre. Sus muchos portales y grandes ventanas de cristales tintados describían varias escenas de serpientes llevando a víctimas indefensas a un infierno acuoso.

El castillo era extraño y siniestro, alzándose en la niebla como si estuviera separado de la tierra. Dejó de caminar bruscamente, mirando al palazzo con una especie de horror fascinado.

-Palazzo della Morte -Emmett Cullen susurró la suave burla-. Así es como has llamado a mi hogar.

En cualquier otro momento, Isabella se habría ruborizado de vergüenza. Ahora, en medio de la noche, con las criaturas aladas enfrentándose a ella con ojos fijos y en blanco, extendiendo sus garras hacia ella, no podía encontrar en su corazón preocupación por si el terrible nombre había herido o no los sentimientos del don. En cualquier caso, ni siquiera estaba segura de que él tuviera sentimientos. Parecía estar hecho de piedra, una escultura cincelada en mármol de un hermoso dios griego, apuesto pero frío. Sus dedos le apretaban el brazo como un grillete, conduciéndola a su guarida. El Palazzo della Morte.

-No puedo ir a ese lugar -dijo Isabella en voz baja-. Quiero volver a mi casa. Además, es impropio que esté a solas con usted.

-Fue impropio por tu parte huir como un conejito, pero lo hiciste -señaló el don suavemente-. Sugiero que continúes caminando, piccola. Sería mucho más impropio que tuviera que llevarte en brazos al palazzo. - Era una clara amenaza, aunque expresada con su acostumbrada voz tranquila.

Isabella arrancó su mirada del grotesco castillo flotante para mirarle con horror.

-¡No se atrevería!

Don Cullen bajó la mirada hacia su cara vuelta hacia arriba. Estaba extremadamente pálida, sus hermosos ojos oscuros estaban enormes por la sorpresa. Parecía joven, etérea, allí en la niebla, una intocable y misteriosa belleza. La piel era suave y tentadora, tan tentadora que su mano, por propia voluntad, le enmarcó los delicados pómulos.

Ante su tacto ella se inmovilizó, un gran temor se arrastró hasta la inocencia de esos ojos. Rozó el lujurioso labio inferior con el pulgar, enviando un extraño calor que la atravesó, empezando un fino temblor profundamente en su interior.

Le miró impotentemente, hipnotizada por su mirada oscura e hipnótica. Estaba ahogándose de nuevo, incapaz de apartar la mirada.

Vio cómo se inclinaba hacia ella, y abrió los ojos cuando observó la boca perfectamente esculpida descender lenta e implacablemente hacia la suya. Se quedó sin aliento, y escapó un pequeño gemido de terror de su vulnerable garganta. Él continuó bajando la cabeza hasta que sus labios le rozaron la comisura de la boca, después trazó un rastro hacia abajo por la piel satinada hasta el oído.

-Me atrevo a cualquier cosa -Susurró maliciosamente, su cálido aliento le revolvió mechones de pelo contra el cuello.

Sus dientes le capturaron el lóbulo de la oreja, un pequeño y doloroso mordisco rápidamente aliviado con una pecaminosa pasada de la lengua.

Isabella jadeó, su cuerpo entero saltó a la vida, la sangre la recorrió ardiente e inesperadamente... y de forma completamente inaceptable. Estaba temblando demasiado para apartarse de él, y, en cualquier caso, sus dedos todavía le apretaban el brazo.

-Insisto en que me devuelva a mi casa. Esto está muy mal.

Los dientes blancos de él relucieron hacia ella.

-¿Qué está mal? Estaría mal que un posible novio no encontrara a su novia atractiva en lo más mínimo -Su voz ronroneaba como la de un león satisfecho, un ronroneo salvaje y gruñón que hizo que su corazón palpitara alarmado.

Captó la nota de oscuro regocijo en su voz, y le fulminó con la mirada.

-No me divierte su perversidad, Don Cullen -Alzó la barbilla hacia él-. Tiene reputación de ser un caballero. Le exijo que me devuelva con la Signora Sue.

Una ceja negra se arqueó arrogantemente.

-No recuerdo haber sido etiquetado de caballero ni una sola vez en todos los cotilleos de los que me informan. Un sinvergüenza, un asesino, pero nunca un caballero. Camina conmigo, Isabella, o tendré que llevarte en brazos y despertar a toda la casa cuando entremos - Su mirada brillante danzaba sobre ella traviesamente-. Eso haría que las malas lenguas se menearan. Entonces exigirían que mostrara las sábanas de nuestra noche de bodas por la ventana del palazzo para que todos las vieran.

Isabella dejó escapar un sonido muy parecido al chillido de un ratón aterrorizado, tan indignada por su sugerencia que se apartó de él de un tirón y marchó hacia el palazzo. Mejor enfrentar una muerte segura que su ardiente seducción sexual. Caminaba con la espalda rígida, y sabía que él se reía secretamente de su inocencia. Alzó la nariz en el aire y asumió su expresión más arrogante. Don Cullen podía estar acostumbrado al libertinaje, pero Isabella ciertamente no. Adoptando la actitud piadosa de Sue, se persignó y continuó hacia el palazzo.

El don le mantuvo fácilmente el paso debido a sus zancadas mucho más cortas.

-Tengo entendido que recientemente ayudaste a venir al mundo a un bebé particularmente difícil -dijo él.

Isabella se mordió el labio. Los hombres no discutían cosas como un alumbramiento. Era impropio. Todo lo que él decía y hacía era escandaloso. Verdaderamente era un pagano. Y claramente tenía espías que le informaban. ¿Cuánto sabía de ella? Sin duda tenía poco sentido intentar más subterfugios, insistiendo en intentar engañarle para que pensara que Sue era la auténtica sanadora. Sue había sido la matrona del pueblo y una mujer sabia durante muchos años antes del nacimiento de Isabella, pero Don Cullen indudablemente sabía que Isabella era la única sanadora, la única capaz de cosas de las que no debería haber sido capaz.

Le espió de reojo por debajo de las largas pestañas, intentando juzgar su humor. Si decidiera condenarla como bruja, no sería capaz de defenderse. Acusar a cambio al don de leer mentes y estar aliado con el demonio sería ridículo.

-Fue difícil. Creía que perdería a la madre. Es mi amiga. -La voz de Isabella era un delgado hilo en la niebla, y su tono no invitó a más discusión del tema.

Él extendió hacia ella ambas manos y le acomodó mejor su abrigo, en un gesto extrañamente reconfortante.

-Eres muy valiente, piccola -dijo suavemente, le presionó los labios contra la sedosa coronilla-. Sabes que es peligroso vagar por esas colinas como haces. Aparte del peligro de los animales salvajes, hay muchos forajidos que se esconden por los alrededores. En este momento el Rey de España ha decidido que no vale la pena arriesgarse a intentar conquistar estas tierras, pero aun así son tiempos peligrosos. Esta tregua temporal puede cambiar con cualquier indicio de debilidad por mi parte. Quiero que permanezcas en el palazzo por tu propia seguridad. Al convertirte en mi prometida, puedes pasar a ser un objetivo para mis enemigos.

-Soy una sanadora -Hizo la declaración muy tranquilamente, no desafiante, sino con gran dignidad-. Eso es quién soy. Lo que soy. Debo ir a donde se me necesite.

-Eres mi prometida. Serás mi esposa. Eso es lo que eres -contrarrestó él-. Mi esposa hará lo que yo le diga.

Ella le devolvió la mirada, con una débil sonrisa curvando su suave boca.

-Es posible que hayas escogido por error a la novia equivocada. Ni siquiera miraste a Lauren, y llevaba su mejor vestido. Ella siempre obedece las reglas, y recuerda llevar zapatos. Yo no obedezco bien en absoluto. Pregunta a los ancianos. Pregunta a Sue.

-¿Y qué diría de eso ese joven airado? ¿Michael? ¿Diría que no obedeces? - Ahora había un filo oscuro en su voz que la hizo estremecer, como si toda su diversión masculina se hubiera evaporado de repente. Eso le recordó que estaba absolutamente sola en medio de la noche con él, y que estaba a su merced.

-Nadie diría que obedezco. Tus espías deben haberte proporcionado un informe completo cuando escogieron a tu novia. -Tan sensible como era a las vibraciones emocionales, su corazón empezó a palpitar de miedo.

-Estás apoyándote en tu pierna más y más. Tu herida no pude haber curado complemente aún. Quizás debería llevarte en brazos -reflexionó él-. Debería haber sido más atento. Vamos, piccola, déjame cogerte en brazos.

Su mirada oscura fue elocuente cuando le lanzó una mirada veloz y ardiente. La boca esculpida de él se curvaba sensualmente, y los ojos negros brillaban hacia ella, pero no reía. Intentó no notar lo apuesto que era, como su pelo caía en satinadas hondas por su nuca y se curvaba ligeramente sobre sus orejas. Como una de ellas caía insistentemente sobre su frente, haciéndola desear empujarla a un lado con dedos temblorosos. La misma idea era tan sorprendente como la caprichosa reacción de su cuerpo ante él.

Se acercaban al palazzo ya, el enorme castillo se extendía como una enorme prisión. Esparcidas por los terrenos había gigantescas fuentes de mármol, grandes esculturas de deidades y demonios alados. Las gárgolas la miraban maliciosamente desde los aleros y torreones. Podía sentirlas observándola con goloso silencio, ansiosas porque se pusiera a su alcance. Horribles garras parecían extenderse hacia ella, estoques afilados atravesando la gruesa niebla. Las ventanas miraban fijamente, un extraño color negro azabache en la tristeza de la noche. Como ojos ciegos. Ojos fríos y ciegos que la vigilaban.

La boca de Isabella se quedó seca. Cuando antes había acudido al palazzo, la sensación de maldad y fatalidad había sido impersonal. Ahora la malevolencia parecía dirigida a ella. Se acurrucó profundamente entre los gruesos pliegues del abrigo del don como buscando protección. Había un creciente terror en ella. Cada paso que daba la acercaba a esa maldad venidera.

-No dejaría la elección de mi novia a mis hombres -La informó Don Cullen suavemente, recogiendo el hilo de su anterior conversación como si esta no hubiera sido interrumpida-. Ningún otro te hubiera reconocido -Deslizó la mano por su brazo para entrelazar los dedos firmemente con los de ella - Isabella, obedecerás mis órdenes.

Ella apretó los labios para refrenar firmemente su réplica furiosa. Se inclinó contra su hombro, extrañamente agradecida por su fuerza y poder mientras subían los escalones de mármol hasta una de las muchas entradas del palazzo. Él extendió la mano para empujar la pesada y ornamentada puerta. Como las otras entradas, esta estaba cubierta de tallas, aladas criaturas que guardaban la oscura guarida. La puerta se abrió hacia adentro lentamente, irritando sus nervios ya tensos con un chirrido amenazador.

Isabella plantó sus pies fuera, pero Emmett tiró de su mano, llevándola con él mientras entraba en su casa con la misma fácil confianza con lo que hacía todo lo demás. Paseó por los salones oscurecidos, sin molestarse en encender las velas, moviéndose rápidamente a pesar de todo a través de los amplios corredores y subiendo las escaleras de caracol de memoria. Ella reconoció la dirección general de la habitación de los niños.

-¿Me estás llevando a la torre? -Isabella intentaba hacer una broma, pero la aterraba de que realmente pudiera encerrarla.

-No tengo intención de dejar que escapes de mí saltando a tu muerte -Su tono no contenía diversión, sino una sombría autoridad-. No estoy dispuesto a que la historia se repita. No permitiré tal cosa.

Ella alzó sus largas pestañas para mirarle.

-No soy del tipo de mujer que se tira de una torre. Si semejante caída ocurriera, puedes estar seguro de que sería asesinato. -Simplemente quería constatar un punto sobre su carácter, pero la palabra asesinato conjuró la reciente sensación de los dedos de él alrededor de su suave garganta y los viejos rumores de su abuelo estrangulando a su abuela. De su tatarabuela precipitándose a su muerte. De las otras mujeres que habían muerto en el palazzo. Su voz tembló a pesar de sus mejores intenciones.

-Harás exactamente lo que te diga, Isabella. No se le permitirá a nadie matarte a menos que yo decida concederme a mí mismo tal placer -Era un decreto, una amenaza.

Isabella se tragó su réplica, decidida a no participar en una confrontación directa con el don en la oscuridad de su guarida. Así era como pensaba en ella... su guarida, un lugar que encajaba con un cazador como Don Cullen. Se detuvo delante de una puerta a pocos pasos de la habitación de los niños. En vez de abrirla, llamó suavemente, con una mano en el hombro de ella, manteniéndola inmóvil, como si temiera que pudiera intentar huir.

Al instante la puerta se abrió de golpe, y Sue estaba allí de pie. Isabella soltó un grito feliz y estalló en lágrimas, lanzándose a los brazos abiertos de la anciana. Mortificada porque Don Cullen estuviera presenciando su derrumbamiento, se aferró a Sue y se negó a mirarle.

-Pediste ser llevada con la Signorina Swan, y así lo he hecho -señaló él con una sonrisa amarga-. Dejaré dos guardias apostados fuera de esta puerta siempre. Si deseas explorar la casa o los terrenos, ellos te acompañarán. Isabella... -Había hierro en su voz-. Si intentarás huir de nuevo, esos hombres sufrirían por permitir que escaparas. Los haré responsable si te ocurriera algo, o si te las arreglaras para encontrar la forma de volver a las colinas.

La furia la recorrió, y alzó la cabeza para mirarle a través de las lágrimas que inundaban sus ojos.

Los rasgos duros de él eran una máscara implacable.

-Puedo encontrarte en cualquier parte, en cualquier momento. No hay forma de escapar de mí. Sabes que es así.

Ella se limpió las lágrimas.

-No hay necesidad de amenazar a otros -Su barbilla estaba alzada en desafío-. Eso te rebaja.

Las cejas de él se alzaron.

-¿Un cumplido al fin? ¿Un comentario favorable sobre mi carácter?

Sue aferró el brazo de Isabella para evitar que replicara.

-Signoria Swan, confío en que recuerde proporcionar zapatos a Isabella. Parece que no puede mantenerlos puestos. Se ha herido los pies esta noche. Por supuesto, se ocupará usted de los cortes y magulladuras. La pierna también le duele aún, así que debe atender esa herida también -ordenó Don Emmett Cullen.

-Por supuesto, Don Cullen, no se preocupe usted -le tranquilizó apresuradamente la anciana.

-Las heridas de Isabella no son minucias, Signorina. Esperaré un informe de su condición por la mañana. Las costureras llegarán a mediodía. Sugiero que ambas duerman algo, ya que la noche acaba. -Se inclinó, con esa sonrisa ligeramente burlona en la cara mientras cerraba la puerta.

Isabella volvió a abrazar a Sue, después la examinó apresuradamente en busca de heridas.

-¿Sus soldados no te hirieron, verdad? Deben haberte dado un buen susto cuando te despertaron. Lo siento, Sue. Debería haber considerado las posibles consecuencias de mi huida para ti, pero egoístamente pensé solo en que podría librarme de él. Ahora ambas somos prisioneras.

-Sus hombres me despertaron e insistieron en que recogiera tus cosas y las mías, y me trajeron aquí sin demora. Comprendí entonces que el don había ido tras de ti, y naturalmente, no iba a permitir que estuvieras a solas con él. Sería impropio.

-Naturalmente -repitió Isabella suavemente, luchando por contener las lágrimas.

El comentario de Sue sobre la decencia del don parecía casi una traición.

Isabella se cerró a su alrededor el abrigo del don, intentando absorber algo de calidez, aunque danzaban llamas en la chimenea, proporcionando calor y ayudando a iluminar la habitación. Observó cuidadosamente lo que la rodeaba. La habitación era grande y ornamentada. Los aleros estaban cubiertos de esculturas, y había escenas de las Escrituras pintadas en las paredes, pero también vio algunas representaciones de mares ahogando a pobres almas, escamosas serpientes marinas, coleaban alrededor de los cuerpos mientras estos se hundían bajo el agua. En un hueco de la pared había una pequeña réplica de un bote con amplias velas, detallada y muy hermosa. La pieza no se parecía a nada que ella hubiera visto antes. No parecía pertenecer a la habitación con su plétora de almas atormentadas y demonios apresurándose a arrastrarlos a la muerte.

-Así que, aquí estamos de vuelta al palazzo -dijo Isabella suavemente-. Lo siento, Sue, me las he arreglado para convertirnos a ambas en prisioneras. -Paseó inquietamente por la habitación-. Pero no pude hacerle cambiar de opinión. El don está decidido a casarse conmigo. No hay error ni es una terrible broma. Insiste en que soy la adecuada para sus necesidades -suspiró pesadamente-. No soy apropiada en lo más mínimo, y él lo sabe.

-No debes volver a desafiarle, bambina -advirtió Sue-. ¿Te golpeó o castigó de algún modo? -Su voz temblaba de miedo. Isabella la ayudó inmediatamente a sentarse en una silla.

-No, no, Sue, fue amable conmigo -Se paseó de nuevo por la habitación, de acá para allá como un tigre enjaulado-. No creo que pueda escapar de él. Tiene... una forma de encontrarme -. Todavía no podía animarse a contarle a Sue la verdad absoluta sobre el don y su habilidad única-. Creo que podría encontrarme en cualquier parte -giró en círculos, examinando las apariciones que cubrían las paredes y el techo-. Estamos atrapadas en esta odiosa casa donde algún mal terrible e innombrable yace a la espera para devorarme.

Sue se puso en pie y revoloteó sobre la joven y la empujó a ella gentilmente a una silla.

-Debes haber sufrido un shock. Siéntate tranquila, bambina, y déjame ocuparme de tus pies.

-La casa me estaba observando cuando nos acercábamos. Todas esas criaturas estaban posadas en lo alto -Isabella se frotó la frente cansada- ¿Cómo puede vivir él aquí con todos esos ojos terribles mirándole, observando todo lo que hace y dice...? -se interrumpió, súbitamente pensativa.

Sue vertió agua del cántaro del lavabo en un cuenco y se lo llevó a Isabella. La entusiasmaba poco estar cerca del hogar.

-Esta casa es un monumento a muchos dioses -observó la anciana-. En algún momento al menos, los Cullen deben haber prestado tributo a la Santa Iglesia, aunque la casa no parece apoyar tales ofrendas -Se persignó devotamente para guardarse del mal mientras se arrodillaba para examinar los pies de Isabella.

-Yo atenderé mis cortes -protestó Isabella, avergonzada de tener a Sue a sus pies.

-Déjame hacerlo, Isabella -dijo Sue, toqueteando las laceraciones para echarle un vistazo mejor-. Tu pierna está un poco hinchada otra vez. Has abusado de ella. Debes ser más cuidadosa.

Isabella tomó un profundo aliento.

-Cuando Don Cullen me toca, me siento rara por dentro -anunció bruscamente.

Sue casi dejó caer el cuenco de agua.

-¿Te tocó? ¿Qué significa que te tocó? ¿Cómo te tocó? -La anciana estaba escandalizada-. ¡Te tocó! ¡A una jovencita como tú! No deberías haber estado a solas con él. Isabella, debes mostrar más sentido común -regañó, chasqueando la lengua suavemente con agitación.

A pesar de sí misma, Isabella empezó a sonreír.

-Si me caso con Don Cullen, Sue, espero que sean muchas las veces en las que esté a solas con él.

Sue la miró fijamente.

-Eso es diferente, y bien lo sabes, señorita. Esto no es cosa de risa. Los hombres pueden aprovecharse de las jovencitas.

-De eso te estoy hablando -replicó Isabella, con los ojos abiertos de par en par-. ¿Cómo es? ¿Por qué es diferente cuando él me toca? No siento lo mismo alrededor de Michael o de ningún otro hombre-. Ciertamente conocía los mecanismos del emparejamiento, había crecido rodeada de animales de granja y había atendido a más de una chica de la que habían abusado. Pero no sabía qué se esperaba de ella, y nadie parecía dispuesto a contárselo.

Sue trabajaba firmemente en los cortes de Isabella, negándose a levantar la mirada.

-No soy una mujer casada, Isabella. No sé mucho de esas cosas aparte de que debes hacer lo que desee tu marido. Él te instruirá en tales cuestiones.

-¿Y si no me gusta? -insistió Isabella-. ¿Y si es horrible?

-Es horrible si un hombre te toca cuando no debería -gruñó Sue- pero cuando es tu marido, no es malo y debe ser tolerado.

Isabella lo consideró.

-¿Cómo puede ser eso, si es el mismo acto? -preguntó curiosa, su mano se movió hacia su garganta donde la calidez de los dedos de Don Cullen todavía se demoraba.

Se tocó el lóbulo de la oreja, rozando una pequeña caricia donde los dientes de él la habían mordisqueado. Las extrañas sensaciones no eran solo recuerdos en su mente sino también en su cuerpo. Podía sentir la oleada de calor atravesándola, una anhelante necesidad que no entendía.

-¡Isabella! -Sue tiró el paño en el cuenco con suficiente fuerza como para que el agua salpicara en todas direcciones-. ¡Es suficiente! No hablaremos más de esto. Este lugar pagano ha confundido tu buen juicio. Tales cosas es mejor que queden entre marido y mujer.

Isabella alzó una pequeña ceja negra hacia ella, pero se abstuvo de hablar. Sue ciertamente no había respondido a ninguna de sus preguntas, y no iba a preguntar al don. La sola idea la hizo ruborizar. Cuando estuvieran casados, él tendría ciertos derechos sobre ella. Era un hombre grande; ella era pequeña. ¿Supondría eso una diferencia? Nadie iba a decírselo. Suspiró en voz alta.

-No estaba para nada tan enfadado como creía que estaría.

-Te arriesgaste demasiado, Isabella. Podría haberte mancillado o algo peor.

-Como no me preocupa mucho casarme con nadie, ser "arruinada" no me importa.

Sue chilló de indignación, el ruido se parecía mucho a una gallina. Palmeó sonoramente la rodilla de Isabella, tan sorprendida que por un momento no pudo hablar.

-Es suficiente. ¡Vete a la cama, y no pronuncies de nuevo palabras tan escandalosas! ¡Ya he oído suficiente!

Isabella suprimió el súbito deseo de reír, temiendo parecer un poco histérica. Estaba al borde de la histeria de cualquier modo. El día entero parecía una pesadilla. En alguna parte profundamente en su interior Isabella había sabido desde el momento en que Don Emmett Cullen había emergido de entre las sombras de la habitación de enferma de Alice que su vida estaba entrelazada con la de él.

Lentamente, con infinito cansancio, se preparó para ir a la cama. Estaba dolorida y magullada, tenía la pantorrilla tierna por haber abusado de ella. Le dolían los pies. Todo parecía dolerle.

Se tendió en la cama demasiado grande. Estaba sobre un estrado, una pieza enorme y pesada que no hacía nada por disipar el carácter sombrío en general de la habitación. En el techo sobre la cama había más tallas de serpientes de mar. Las estudió mientras la luz del fuego danzaba y jugaba en la habitación con las corrientes de aire.

-¿Por qué crees que pusieron todas estas extrañas tallas en las paredes y los techos, Sue? -preguntó, estudiando una criatura particularmente escamosa y escurridiza con colmillos.- ¿Quién querría semejantes cosas en una habitación donde duerme la gente?

-Te pareces a Angela, con todas sus preguntas -respondió Sue malhumoradamente-. Duérmete, Isabella. En este lugar son paganos, y sus habitaciones están diseñadas para paganos. Reza tus oraciones, y agradece a la buena Madonna que cuide de ti.

Isabella suspiró y continuó estudiando las extrañas tallas. Deseó poder tocarlas.

-¿Crees que ella estaba cuidando de mí? Yo creo que quizás la buena Madonna estaba respondiendo plegarias en una tierra lejana, ya que no respondió a las mías. O quizás respondió a las del don. Quizás él encendió más velas que yo -dijo sarcásticamente.

-¡Isabella! -Esta vez Sue hablaba en serio, su indignación se volcó en su voz haciendo que Isabella contuviera la risa y se disculpara instantáneamente.

-No quise decir que la Madonna aceptaría un soborno, como podría haber hecho uno de los ancianos, -intentó explicar.

Las criaturas sobre su cabeza eran fascinantes, coleaban en el agua. Si mirabas una lo suficiente, parecía moverse, deslizándose a través de las olas, bajando por las paredes hasta el horrendo mural del mar cerrándose alrededor de las desafortunadas almas que se ahogaban. La obra de arte había sido inteligentemente realizada, creando una ilusión óptica que las sombras de las llamas ayudaban a realzar.

-Sue, esto es realmente una obra de arte -anunció unos pocos momentos después en el silencio de la habitación- si no te dejas llevar por tu imaginación. -Su imaginación era vívida y muy capaz de aterrarla, quería el consuelo de la voz de Sue regañándola.

Solo el crujido de las llamas le respondió. Isabella suspiró suavemente. La pared directamente en la cabecera de la cama estaba cubierta de tallas también. Se giró para estudiarla. Todo el tema de la habitación parecía ser de almas condenadas ahogándose o siendo devoradas por el mar que hervía con serpientes y otros monstruos de las profundidades. Allí, en la cabecera de la cama, había extraños paneles con criaturas serpenteantes y escamosas talladas en mármol, parecían ondear de vida. Estudió las pinturas y esculturas de la habitación, intentando ser objetiva, intentando ver como el artista había entrelazado el mural pintado y las tallas de mármol.

Se hizo un ovillo bajo la colcha, escuchando los sonidos de la casa. El palazzo era enorme, de varios pisos de alto con techos altos y abovedados. El sonido resonaba de forma inquietante, aunque fuera amortiguado por el grosor de las paredes. ¿Podría una fuente exterior haber creado los extraños susurros en la habitación de enferma de Alice? ¿Era el don capaz de hacer que toda la gente de la casa oyera el extraño murmullo de su voz a voluntad? Esa idea llegó a Isabella espontáneamente.

Golpeó el colchón duro, medio deseando haber hecho lo mismo con el don. No tenía deseos de encontrarse de nuevo con otros miembros de la casa, y ciertamente no en calidad de futura novia capturada y renuente. ¡Eso era intolerable! Tiró de la colcha.

Don Cullen se había asegurado de que estuviera en el segundo piso, demasiado alto para escapar por la ventana. Estaba atrapada, y la costurera llegaría a mediodía. Decidida a dormir, respiró profunda y uniformemente. Estaba cayendo dormida cuando una voz estridente en el corredor de fuera de su habitación la despabiló. La voz de la mujer exigía claramente entrar en el dormitorio de Isabella.

Isabella se sentó rápidamente, atrayendo lo que tenía más cerca... el abrigo del don... para cubrir su camisón mientras se apresuraba hasta la puerta. Quitó el cerrojo rápidamente y abrió una pequeña rendija para espiar fuera.

Carmen Cullen se estaba enfureciendo con los guardias.

-¡Como os atrevéis a desafiarme! Exijo que me digáis quién está en esa habitación. ¡Abrid la puerta enseguida! -Su voz se estremecía y temblaba de furia-. ¿Qué clase de prisionero trae Don Cullen a nuestra casa que hace que su guardia personal de élite deba vigilarlo día y noche? ¿Vamos a ser asesinados en nuestras propias camas? -Estaba respirando rápida y profundamente, su pecho subía y bajaba, marcando el escote a la moda de su traje.

Isabella podía ver que uno de los guardias estaba pasando un mal rato intentando arrancar la mirada de la extensión de carne cremosa que rebosaba del escote.

-Lo siento, Donna Cullen, pero tenemos órdenes, y nadie puede cambiarlas excepto el don. Nos va en ello la vida si no obedecemos. -Había deferencia en la voz del guardia, pero no cedió.

-Eso lo veremos. Llamaré a Edward. Él llegará al fondo de esta tontería, ¡y me ocuparé de que nunca vuelvas al palazzo!

-Muy bien, Donna -estuvo de acuerdo el guardia, su cara era una máscara de tranquilidad.

-¿Crees que no lo haré? -exigió Carmen. Alzó la voz-. ¡Edward! ¡Edward!

El menor de los hermanos Cullen se apresuró a recorrer el salón, obviamente llegando de la habitación de los niños.

-¿Qué pasa, Carmen, querida? ¿Algo va mal? -Pasó un brazo alrededor de la mujer para consolarla.

-Este hombre horrible se niega a dejarme entrar en esta habitación. Afirma que Emmett le ha dado órdenes de que no entremos. Apenas puedo creer que haya traído a un prisionero tan peligroso bajo nuestro mismo techo. -La voz le temblaba de rabia-. Este hombre se ha negado rudamente a abrir la puerta.

Edward atravesó al hombre con una mirada severa.

-Seguramente no causará daño complacer a Donna Cullen. Por favor abre la puerta inmediatamente.

-Lo siento Signore Cullen, pero tengo órdenes, y no puedo desobedecerlas. Tendrá que hablar con Don Cullen -El guardia estaba resuelto.

La cara de Edward se oscureció de desaprobación.

-Indudablemente puedes decirnos quién está en esta recámara.

Isabella se aclaró la garganta para anunciar su presencia, aunque estaba segura de que los guardias habían sido conscientes de ella desde el momento en que abrió la rendija de la puerta. Se hundió más profundamente en la comodidad del abrigo del don cuando Carmen y Edward se giraron hacia el sonido. Los tres se miraron unos a otros durante un largo momento de silencio.

-Te conozco -dijo Carmen, dejando escapar el aliento lentamente, su mirada se estrechó ligeramente cuando tomó nota del elegante abrigo apretado tan firmemente alrededor de la visitante-. Eres la aprendiz de la sanadora del pueblo. ¿Qué demonios estás haciendo aquí? -Había gran desprecio en su voz. Sus dedos se aferraron con tanta fuerza al brazo de Edward que los nudillos se le pusieron blancos.

Isabella alzó la barbilla, sus ojos oscuros llamearon.

-Creo que el don puede responder a eso mejor que yo, Donna Cullen -Mantuvo la voz baja y plana, pero no servil-. Quizás debería dirigirle a él la pregunta. - Evitó mirar a los guardias o al hermano del don.

La cara de la mujer mayor se endureció perceptiblemente.

-¿Cómo te atreves? -siseó. -¡El don oirá hablar de tu insubordinación y serás azotada! ¡Te echarán a patadas del palazzo junto con este guardia zoquete! -Miró a Edward-. Obviamente estos dos son amantes. Este guardia no tiene tales órdenes. Está ocultando y protegiendo a la muchacha porque no quiere ser descubierto -Se volvió a girar hacia Isabella-. ¿Es así? ¿Vosotros dos sois amantes? No creo que Don Cullen permita semejante comportamiento en su casa. Edward, haz que digan la verdad.

-Estoy muy cansada, Donna Cullen. Si ha terminado su interrogatorio, me gustaría volver a mi cama -anunció Isabella, con la esperanza de que el don la echara del palazzo. Eso sería la respuesta a sus plegarias.

Carmen se volvió escarlata al ser despachada por una plebeya delante de los guardias.

-¡Te azotaré yo misma! -anunció, buscando el brazo de Isabella con toda la intención de sacarla de la habitación.

El segundo guardia se colocó rápidamente entre las dos mujeres.

-Lo siento, Donna Cullen, pero debo pedirle que no toque a la signorina. No puedo permitir que le haga daño. Nuestras órdenes son bastante claras -Habló suavemente, su postura era firme y protectora, su cara una máscara de determinación.

-Carmen, ten cuidado -advirtió Edward-. Debo mucho a esta mujer por ayudar a la pequeña Alice. Y, obviamente Emmett la ha traído aquí. Quizás esté enfermo de nuevo.

-Si lo estuviera lo sabríamos -Carmen dejó caer el brazo a un lado, después retrocedió con un pequeño grito de consternación. Miró a Isabella incrédulamente, cayendo en la cuenta rápidamente. Retrocedió aún más, su grito se hizo más alto.

-Tienes que decirme que Emmett no llevó a cabo su ridícula amenaza de tomar una novia del villaggi. Fue solo una broma, un desafío si gustas. No puede llevar la apuesta tan lejos. -Lo último se convirtió en un dramático gemido de desesperación-. Oh, esto es tan propio de él, castigarnos por indiscreciones imaginarias.

Alzó la barbilla, y sus ojos se volvieron duros y fríos.

-No permitiré tal perversión, signorina. ¡El don tan rebajado! ¡Oooh! Bien puedes empacar tus cosas y volver a tu villaggio inmediatamente, ya, esta noche. Prohíbo esta unión impura. ¡Edward! Tú debes prohibirlo también.

Isabella sonrió serenamente. Miraba sobre el hombro de Carmen, aunque se dirigía a ella.

-Estaría más que feliz de complacerla, Donna Cullen. Si presenta sus objeciones a Don Cullen y le hace entrar en razón, estaré siempre en deuda con usted.

Carmen se giró para ver a quién estaba mirando Isabella tan desafiantemente. Jadeó cuando vio la elegante figura del don apoyada perezosamente contra la pared. Una ceja negra estaba arqueada hacia Isabella, y su boca se curvaba en una sonrisa burlona.

-¡Emmett, no es posible que esta chica diga la verdad! -exclamó Carmen.

-¿Qué ha afirmado, Carmen, aparte de que se marcharía si me convences de mi error? ¿Qué es esa apuesta sobre la que estás parloteando? No sé nada de ninguna apuesta, ningún desafío, ninguna broma. No hable de mi intención de casarme porque mi matrimonio no es asunto de nadie excepto mío y de mi esposa.

Carmen dejó escapar otro grito dramático, con ambas manos se aferró el corazón como si estuviera sufriendo enormemente.

-No puedes hablar en serio, Emmett. ¡No puedes!

-Vete a la cama, Carmen -Emmett parecía exasperado-. Despertarás a la pequeña Alice, y no la separarán de Isabella si oye que su amiga ha vuelto con nosotros.

-Así es, Carmen. Me ha llevado algún tiempo conseguir que mi hija se duerma esta noche. Solo hablaba de la aprendiz de la sanadora. No quiero que se despierte -Edward respaldó a su hermano-. Sería mejor que esperaras hasta la mañana para tratar esto.

-¿Y qué hay de mi hija, Tanya? -exigió Carmen-. Esta noticia la matará. -Miró fijamente a Isabella como si fuera culpa suya-. ¡Esto la matará! ¿Qué esperas que haga, Emmett? -Brillaban lágrimas en los ojos de Carmen.

-Espero que Tanya de la bienvenida a Isabella a nuestra casa y sea su amiga, como espero que hagas tú -El hierro en su voz advertía de que su paciencia se había agotado-. Vete a la cama, Carmen, y no amenaces a mis guardias personales. Aceptan órdenes de mí, no de las mujeres de la casa. -Miró fijamente a su hermano -Ni de ningún otro ya que estamos.

-¿Cómo puedes hablarme así delante de esta muchacha campesina? -lloró Carmen-. ¿Edward, le has oído? ¡Después de todo lo que he hecho!

Edward sonrió a Isabella, encogiéndose de hombros impotentemente, y rodeando la cintura de Carmen Cullen con su brazo.

-Vamos, Carmen, te escoltaré a tu recámara.

Emmett los observó bajar por el salón iluminado por las velas antes de volverse hacia Isabella. Se detuvo cerca de ella, su cuerpo acercándose a ella, haciéndola sentir pequeña y vulnerable. Su mano le acunó la barbilla, inclinándola para que se viera forzada a mirarle.

-¿Carmen te hirió con sus palabras desconsideradas? -Su voz le rozó la piel como una amable caricia-. Está acostumbrada a ser la señora del palazzo y protege su posición celosamente. Pero no importa lo que ella piense.

Los ojos de Isabella estaban vivos de orgullo.

-Todos tus amigos, parientes y allegados piensan igual. ¿No ves que esto está mal y no puede ser?

El pulgar de él encontró su labio inferior, acariciando adelante y atrás, enviando un calor en espiral a través de su cuerpo. Miraba intensamente su boca, y estaba tan cerca, que no podía respirar. Aun así, no hubiera podido moverse ni, aunque su vida dependiera de ello, hipnotizada como estaba por sus ojos oscuros y su voz suave y áspera, por su tacto.

-Yo no tengo amigos, piccola, y nunca me ha importado la opinión de los demás.

Detrás de Isabella, Sue se aclaró la garganta ruidosamente. Se tomaba su rol de chaperona muy seriamente. Extendió el brazo en busca de Isabella, tirando lentamente de ella hacia la habitación.

Los dientes blancos de Emmett relampaguearon hacia ella, una sonrisa arrepentida y casi juvenil mientras Sue le cerraba firmemente la puerta en la cara.

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¡Hola, hola! Qué loco este capítulo, ¿no?

Me gusta mucho la posición de Isabella y francamente los comentarios de Sue me frustran un poco jajaja pero eso es lo que pasa cuando es una historia de época… algunas cosas no se llevarán bien con la era moderna jaja

¡Cuéntenme qué es parece este cap!

No olviden dejar un comentario.

¡Nos leemos pronto!