No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella tuvo sueños oscuros y eróticos con el don que hicieron palpitar su corazón y hacer correr la sangre por su cuerpo como lava derretida lenta y feroz. Los sueños fueron sorprendentes, llenos de imágenes y sensaciones en las que nunca había pensado, manos tocando su piel desnuda, la boca de él moviéndose sobre la suya. Su cuerpo y el de él, retorciéndose ardientemente entre las sábanas, entrelazados en sudor y un terrible deseo. Hacia el amanecer sus sueños fueron invadidos por extrañas criaturas de garras que arañaban su piel desnuda, desgarrándola, arrastrándola al mar para ahogarla. Gritó llamando al don, extendiendo la mano hacia él, suplicándole que la salvara, pero él la observaba con ojos fijos e impasibles y una pequeña sonrisa burlona en sus labios perfectamente esculpidos. Tras él estaba el palazzo, con su voluminosa gracia y amplias ventanas que miraban fijamente como ojos terribles y vacíos, observando mientras ella era arrastrada por el agua turbia. Despertó estrangulándose, tosiendo, jadeando en busca de aliento, con el corazón palpitando alarmado.

Se quedó tendida en el gris tristón, mirando alrededor en una especie de estado de shock. El fuego se había apagado, y había frío y corriente en la gran recámara. Este terrible lugar sería su casa. Su prisión. Apenas podía respirar ante la idea de estar encerrada dentro. Ya sus montañas la estaban llamando, sus plantas y los pájaros. Los necesitaba como necesitaba el aire que respiraba.

Un ruido ligero captó su atención, algo parecido al arañar de una rata en una pared. Rodó para mirar las tallas en la cabecera de su cama. Los arañazos se detuvieron por un momento, después empezaron de nuevo, un poco más altos y mucho más persistentes. Cuando más examinaba el mármol, más parecía como si las serpientes y criaturas marinas estuvieran ondulándose y moviéndose.

Frunció el ceño y se puso en pie en camisón, frotándose los brazos mientras estudiaba las tallas y el mural atentamente.

¡Se estaban moviendo! Esto no era una ilusión óptica. ¡La pared se estaba separando, una sección se deslizaba hacia ella! Isabella retrocedió alejándose de la cama hasta el otro lado de la habitación. Saltando nerviosamente de lado, miró tras ella para asegurarse de que esa pared permanecía intacta. Cuando volvió a mirar, una cabecita se asomaba por el grueso mármol hacia ella.

-¡Alice! -Isabella suspiró con alivio. De repente sentía las piernas demasiado débiles, se sentó bruscamente-. Me has asustado. ¿Qué haces?

La niña se puso un dedo en los labios y examinó la recámara cautelosamente antes de salir del todo, cerrando la puerta oculta. Al momento fue una pared de mármol inmaculado de nuevo. Isabella cruzó la habitación para examinarla.

-Debería haber sabido que había una razón para estas extrañas tallas- Pasó la mano sobre las serpientes marinas.

La abertura estaba tan astutamente entrelazada con las tallas que era imposible encontrarla, incluso cuando se sabía lo que se estaba buscando. La pared era increíblemente gruesa, era bastante fácil ocultar los rumoreados pasadizos que recorría el palazzo.

Isabella miró a la niña y sonrió.

-Soy Isabella. ¿Me recuerdas?

Alice asintió con la cabeza tan firmemente que su pelo ondeó.

-Tú me salvaste. Hiciste que mi estómago dejara de doler, y me ayudaste cuando vinieron las voces malas.

-Estabas muy enferma -admitió Isabella-. ¿Ya te sientes bien?

Alice asintió de nuevo, lanzando varias miradas nerviosas a Sue.

-¿Adónde conduce este pasadizo? -preguntó Isabella curiosa.

Alice presionó su cuerpecito contra la pared.

-Se supone que no debería estar en esta habitación -confesó-. Y Papá me dijo que no usara nunca el pasadizo. Se supone que ni siquiera lo conozco. Dijo que no se lo contara nunca a nadie y que no entrara -Sus grandes ojos tocaron de nuevo a Sue, que todavía dormía. Bajó la voz incluso más-. Dijo que había i fantasmi en el pasadizo. Dijo que era peligroso entrar.

Isabella arqueó una ceja. ¿Fantasmas? ¿Monstruos?

-¿Tu padre te dijo eso?

Alice asintió solemnemente.

-No me ha hecho volver aún a la otra habitación. Zio Emm dijo que podía quedarme en la habitación de los niños, incluso aunque Zia Carmen cree que ya soy demasiado mayor. -Sus grandes ojos oscuros estaban abiertos de par en par. - Les oí discutir. Zia Carmen cree que quiero llamar la atención de papá. La oí decir que necesitaba disciplina -Se estremeció-. Pero yo no miento. Tú también oíste las voces. Sé que sí. I fantasmi, el fantasma. Intenté contarle a Zio Emm que tú las oíste también, pero sé que no me creyó. Nadie más puede oírlas. Una vez hice que Papá y Zio Emm escucharan conmigo, pero las voces no vinieron. Tú puedes contarle que no miento. Zia Carmen dice que soy una mentirosa. Yo no cuento historias, pero Papá la cree a ella. -Encogió sus delgados hombros. - A Zia Carmen no le gustó mucho, sabes, porque me parezco a la mía madre. -Intentó parecer fuerte, pero Isabella pudo ver el dolor en sus ojos. Las manos de Alice se retorcieron, y pareció muy triste.

-Tu madre debe haber sido muy hermosa, Alice, porque ciertamente tú lo eres -dijo Isabella suavemente. Se sentó en la cama y palmeó el lugar a su lado. -Ven a sentarte conmigo. -Era obvio que la niña anhelaba atención, estaba hambrienta de cualquier afecto, y el corazón compasivo de Isabella estaba con ella-. ¿Cómo sabías que estaba aquí? ¿Y cómo has sido tan valiente como para pasar la guardia de i fantasmi? -sonó conspiradora y admirada.

Alice sonrió inmediatamente, con aspecto presuntuoso mientras bordeaba el catre donde Sue dormía junto al fuego y se colgaba del borde de la cama.

-El pasadizo está oscuro, pero encendí una vela y la llevé. I fantasmi no viene de día. Solo por la noche. Nunca voy por ahí por la noche.

Isabella sintió.

-Entiendo. ¿Adónde va el pasadizo? ¿Conduce afuera? -sonó más esperanzada de lo que pretendía, y la niña sacudió la cabeza, con los ojos abiertos y alarmados.

-No puedes ir por el pasadizo. Hay arañas, ratas y cosas terribles. Las telas de araña son gruesas y pegajosas. Yo solo voy entre el cuarto de los niños y esta habitación y... -Se interrumpió, con aspecto desconcertado-. Es un lugar malo.

-Gracias por contármelo -dijo Isabella solemnemente-. Ni que decir tiene que no quiero encontrarme con i fantasmi o con arañas y ratas. ¿Todos los demás duermen todavía?

-Zia Carmen y Tanya duermen hasta muy tarde -Alice parecía de nuevo extraordinariamente presuntuosa mientras impartía información sobre la casa-. Nadie se atreve a molestarlas. No hables alto ni te rías, o se enfadarán mucho. Pero Stefan está temprano en la cocina, y te preparará comidas especiales si se lo pides. Él es agradable -le confió.

-¿Y cómo es Don Emmett Cullen? -animó Isabella desvergonzadamente.

La niña suspiró.

-Todo el mundo hace lo que dice Zio Emm. Incluso Papá. Tanya actúa tontamente a su alrededor y siempre se ríe cuando él se acerca. -Alice puso los ojos en blanco-. Ella dice que soy una pequeña plebeya fea.

Las cejas de Isabella se dispararon hacia arriba.

-No dice eso delante de tu papá o de Don Cullen, ¿verdad? -supuso astutamente.

Los ojos de la niña se agrandaron, y sacudió la cabeza.

-Y después está Zio Jasper, el hermano mediano de Papá y Zio Emm. No habla mucho, pero Tanya se ríe a su alrededor también. También actúa muy tontamente alrededor de mi papá.

El elusivo Jasper Cullen. Isabella le había visto en el bosque. Unos pocos meses antes, se había hecho una herida terrible mientras cazaba. Una flecha le había alcanzado en el muslo, y sangraba profusamente. Su caballo, nervioso por el olor de la sangre, le había tirado. Jasper se había acurrucado en los arbustos y yacía inconsciente. El cuervo había conducido a Isabella a su escondite. Inmediatamente se había ocupado de salvarle la vida. Había sido toda una lucha, y no había tenido más elección que calentar una hoja en las llamas y presionarla contra la herida para detener el flujo de sangre, un proceso doloroso. Él no había pronunciado una palabra o ningún otro sonido aparte de un gemido ronco arrancado cuando el cuchillo quemó su muslo.

No había querido que nadie supiera donde estaba, sacudiendo la cabeza repetidamente cuando ella se ofreció a enviar un mensaje al don. Al final ella y Sue habían vendado sus heridas, arreglado un lugar donde dormir, y le habían llevado comida y agua, y permanecieron en silencio a pesar de los soldados que peinaban las colinas buscándole. Había desaparecido a la tercera mañana, e Isabella nunca había oído más que rumores susurrados de que el hermano del don había resultado herido.

Aun así, dos veces, en invierno, alguien había dejado un venado despellejado en su umbral. Isabella sospechaba que Jasper Cullen los había dejado para ellas, para recompensarlas por su ayuda, pero nunca tuvo la certeza.

Isabella golpeteó las uñas sobre la colcha. Jasper Cullen había temido por su vida, estaba segura. Debía haber sospechado que alguien del palazzo había intentado asesinarle. ¿Por qué sino se había negado a permitir que Isabella acudiera a su famiglia en busca de ayuda? Era una idea aterradora.

-¿Alice, Stefan te hizo sopa antes de que enfermaras? ¿Lo recuerdas? ¿Fue para tu cena?

Obviamente incómoda, Alice miró rápidamente hacia Sue, que continuaba durmiendo profundamente. La niñita se miró las manos. Isabella le sonrió.

-No te preocupes, bambina. Estamos solas. Es seguro hablar.

Alice parecía de repente asustada y sacudió la cabeza.

-Tengo que irme antes de que me encuentren aquí. No le digas a nadie que estuve en esta recámara. No se lo cuentes a Papá. -Se bajó de la cama y corrió hacia la pared-. Ven a la cocina, y Stefan nos preparará algo. Aprisa, Isabella.

Isabella observó cuidadosamente como la niña pasaba la mano por el suelo antes de encontrar algún mecanismo oculto. Fuera lo que fuera abrió la pared de forma inquietantemente silenciosa mientras el pesado mármol se abría. Isabella se asomó al oscuro interior. Alice tenía razón sobre el grueso velo de telas de araña. Las hebras de gasa cubrían las paredes y colgaban del techo. El pasadizo era estrecho y oscuro. La pequeña vela de Alice era apenas adecuada para iluminarle el camino. Isabella se quedó en la abertura, observando para cuidar que la niña volviera a salvo al cuarto de los niños.

Sue estaba riendo suavemente entre dientes.

-Creía que esa bribonzuela no se marcharía nunca. Soy demasiado vieja para estar acostada tanto rato en la cama sin moverme. - Se sentó con una débil sonrisa en la cara-. Pasadizos secretos. Debería haber sabido que este impío palazzo tendría de veras esas cosas.

Isabella permitió que la pared se cerrara, estremeciéndose de repente.

-Quizás necesitan tales cosas para guardar todos los cuerpos de las mujeres a las que mataron aquí.

-¡Isabella! -Sue la reprendió automáticamente mientras empezaba a vestirse.

-Cuéntame lo que le ocurrió a la mia madre y la mia zia. Quiero saber. Cuéntame que les ocurrió realmente. -Isabella se apoyó contra el frío mármol y evaluó a la anciana melancólicamente.

Una sombra recorrió la chimenea fría y entró en la habitación, enfriando a ambas ocupantes y haciendo temblar incontrolablemente a Isabella. Sin pensarlo conscientemente buscó el pesado abrigo del don, envolviéndose en sus cálidos pliegues. Se hizo un extraño silencio, como si todo movimiento hubiera cesado de súbito en el palazzo. En ese vacío ni un ratón o rata arañó, ningún sirviente se escurrió por los salones.

Sue suspiró suavemente y sacudió la cabeza.

-Fue hace muchos años, pero no es bueno hablar de ello, no ahora que estamos en el palazzo -Miró alrededor cuidadosamente, hacia los ojos fijos de las muchas serpientes marinas demoníacas-. No es bueno hablar de los muertos, Isabella.

Isabella alzó la barbilla, sus ojos oscuros fueron elocuentes.

-Necesito saber lo que ocurrió. Les recuerdo trayendo el cuerpo de Mamá de vuelta por las colinas. Ese día fue muy oscuro y triste. Yo estaba esperándola en la pradera, y llegó el cuervo. Sabía que ella se había ido. De otro modo el pájaro nunca habría volado entre la lluvia que había caído tan pesadamente esa mañana. Sabía que algo terrible le había ocurrido a mi madre, pero nadie dijo nada, nadie me lo contó. Después oí los rumores. La gente insinuaba que había sido asesinaba, pero en realidad nadie vino y me dijo qué había ocurrido. Era la mia madre, y merezco saber-. Se hundió en el colchón, su mano rodeó el alto y grueso poste de la cama hasta que los nudillos se le quedaron blancos-. Tengo que vivir aquí, Sue... aquí, donde mi madre y mi tía murieron. Necesito saber.

-Se dijo que tu madre estaba trabajando en las murallas, limpiando el pasillo. Era joven y hermosa, ya viuda tan joven, tu padre había desaparecido muy pronto por una enfermedad incurable. Todo el mundo amaba a tu madre y ella cantaba como un ángel. -Había lágrimas en la voz de Sue-. Dijeron que había resbalado sobre la superficie húmeda, el pasillo de mármol estaba resbaladizo por la lluvia.

La mirada oscura de Isabella permaneció firmemente sobre la cara de la anciana.

-Pero tú no les creíste.

-¿Por qué estaría limpiando el pasillo en medio de la lluvia? Era peligroso estando tan alto. Tu madre era muy lista, no habría ido a limpiar los pasillos de alrededor de las torretas con semejante tiempo- Sue extendió los dedos-. Examiné su cuerpo cuando la trajeron a casa. Había caído una gran distancia y tenía muchos golpes y huesos rotos, pero sus uñas estaban rotas y ensangrentadas, como su hubiera arañado para salvar la vida. Los huesos de sus dedos estaban rotos, y había arañazos y magulladuras alrededor de su garganta. Y... -Sue se giró apartándose de Isabella, con lágrimas en los ojos.

-Termina -dijo Isabella-. Tengo que saber a qué me enfrento.

-Había sido malamente usada. Creo que luchó con su atacante, y cuando él terminó con su oscuro acto, la lanzó por la muralla. Debió cogerse a la repisa, y él le martilleó las manos hasta que le rompió los dedos y cayó. -Sue agachó la cabeza-. Mi hermoso ángel. Le conté al don, el padre de Emmett, mis conclusiones, y él llevó a cabo una investigación, pero no se averiguó nada. No pude probar nada.

Sue suspiró pesadamente.

-Esa misma mañana la abuela de Don Cullen fue encontrada muerta en su propia cama con marcas de dedos alrededor del cuello, el anciano estaba durmiendo a su lado. El palazzo, la tierra entera, estaba apenada por la muerte de Donna Cullen. Era muy querida y con razón. Pero nadie recordó la muerte de una campesina, una pobre domestica viuda.

Una oleada de furia hizo erupción en Isabella, haciendo temblar tanto su cuerpo que por un momento solo pudo aferrarse al poste de la cama y luchar por calmar las volcánicas emociones que con tanta fuerza se arremolinaban en su interior. Le llevó unos minutos notar que Sue estaba llorando silenciosamente. Al instante hizo a un lado sus propios sentimientos y se apresuró junto a la anciana. La abrazó con fuerza.

-Siento haberte hecho revivirlo todo de nuevo. No me sorprende que no quieras hablar de tales cosas enfermizas.

-Debió estar tan asustada. Y había ido al Palazzo della Morte segura de que los rumores no eran ciertos. Debí haberle impedido buscar trabajo en semejante lugar, pero necesitábamos pasar el invierno, y no teníamos hombre que ayudara. Yo sabía que era peligroso, había visto el cuerpo de su hermana, tu zia, cuando la devolvieron a casa desde el palazzo.

Sue enterró la cara entre las manos, sus hombros temblaron.

-Solo unos pocos meses antes, tu zia, también había sufrido un "accidente" mientras servía allí. Una pesada estatua de piedra cayó y la aplastó, dijeron.

Isabella abrazó a la anciana. El aire en la habitación parecía opresivo, y por el momento Isabella no quería que Sue dijera más. La premonición de peligro era aguda, robándole el aliento, la capacidad de pensar con propiedad.

-No puedes quedarte aquí, Sue -dijo decidida-. No quiero que estés en peligro. Si quienes mataron a las mujeres todavía residen aquí, deben saber que eres consciente de que esas muertes no fueron accidentes.

Sue palmeó el hombro de Isabella consoladoramente.

-Tu madre y tu zia murieron hace doce años, piccola. La aristocracia no recordaría la muerte de dos domésticas. Y no pueden saber que examiné ambos cuerpos y averigüé la verdad. El padre de Don Cullen está muerto desde hace ocho años. No se lo conté a nadie más.

-Entretanto otras dos mujeres de las villagi circundantes han muerto aquí en extraños accidentes. Y la joven esposa de Edward Cullen. Este es realmente el Palazzo della Morte -Isabella permitió que el abrigo del don cayera de sus hombros hasta la colcha-. No puedo arriesgarme con tu vida, Sue. Debes abandonar este lugar.

-Hasta que te cases, debo quedarme contigo -señaló Sue-. Vístete, Isabella. Tenemos mucho que hacer hoy. ¿Se nos permite salir de la habitación?

-El don no dijo que estuviera confinada en mi mazmorra -dijo Isabella resentida-. Solo que los guardias deben acompañarme a todas partes. Al menos tengo la llave de la habitación y puedo cerrarla de este lado. -rio lamentándose. -No es que importe mucho cuando cualquiera puede entrar por la pared. Deberíamos poner algo pesado contra ella esta noche -Mientras hablaba llevaba a cabo sus abluciones matutinas.

El agua estaba fría, pero se lavó concienzudamente, tomándose su tiempo para prepararse para conocer a los de la casa.

-Quizás debería apelar otra vez al don-. Sue pasó una mano nudosa sobre la fina tela del hermoso abrigo- Preguntarle si ha cambiado de opinión y elegiría otra novia, aunque parecía muy empeñado en ti.

-No te molestes, Sue. Fui bastante elocuente en mis apelaciones. Ese hombre no tiene ningún sentido común, y no escucha a nadie -Isabella se apartó para ocultar su expresión. Los sueños resultaban todavía vívidos en su mente, un color ardiente corría bajo su piel ante los recuerdos. Se aclaró la garganta-. Me siento como si hubiera ojos observándome a cada momento. No sé cómo voy a poder soportarlo.

-Debes tener cuidado -aconsejó Sue-. Creo que siempre serás observada. No debes olvidarlo nunca. Si cometes un error, el don comprenderá que eres... diferente, y te condenará por bruja.

-Yo también lo creía así, pero ahora creo que no. No comprendo por qué habría invocado el Acuerdo Nupcial si sabía que yo era diferente. Si fuera a condenarme a muerte, lo había hecho anoche -Isabella se estremeció-. Alguien en el palazzo sabe quién asesinó a mi famiglia, y tengo intención de averiguar quién es.

Sue jadeó alarmada.

-No puedes. Murieron hace muchos años, y es peligroso remover viejas heridas. Puedes ponerte en un terrible peligro.

Isabella insertó la llave en la cerradura y la giró. Miró sobre el hombro a Sue, sus ojos oscuros estaban serios.

-Ya estoy en gran peligro. Sé que lo estoy. Lo siento. No seré el conejo que se acobarda a la espera del lobo para que me coja -alzó la barbilla con determinación-. Hay maldad aquí, pero iré a su encuentro, no esperaré, temblando como un bebé, en mi habitación -Abrió la puerta de un tirón.

El guardia que estaba allí, era otro hombre diferente al de la noche antes, asintió cortésmente hacia ella y se hizo a un lado para dejarle el paso libre al amplio salón. La luz del sol estaba empezando a atravesar una serie de ventanas de cristales vidriados altas y arqueadas, que lanzaban rayos coloridos por el espacioso corredor. El segundo guardia estaba colocado unos pocos pasos más abajo, de pie en una ventana, pero su atención estaba centrada claramente en Isabella mientras se acercaba. Ella mantuvo alta la barbilla y la mano firmemente cogida a la de Sue.

-¿Sería alguien tan amable de indicarme donde está la cocina ? -Se sintió orgullosa del hecho de que su voz no temblara en absoluto.

-Sígame, Signorina -dijo el hombre que estaba junto a la ventana, y se giró para abrir el camino.

Isabella era agudamente consciente del otro guardia que iba detrás y de que los sirvientes dejaban de trabajar para mirar curiosamente hacia la pequeña procesión que presentaban recorriendo las retorcidas escaleras y a través de los muchos corredores del palazzo hacia la cocina. Miró a su alrededor, inspeccionándolo todo, decidida, a la luz del día, a desvelar algunos de los secretos del palazzo. Sin la vacilante luz de las velas, los techos abovedados daban una sensación de catedral, un efecto bastante tristón. Las filas de ventanas proporcionaban luz solar y vistas espectaculares. Los sirvientes eran aplicados, el palazzo estaba impoluto.

Cuando se aproximaron a los dominios de la cocina, Isabella esperaba una habitación oscura con paredes húmedas, siniestras tallas de cuchillos, y cabezas sobre platos, pero, en realidad, la enorme y aireada cocina estaba limpia y pulcra como el resto de las habitaciones que había visto. El cocinero de aspecto afable, Stefan, trabajaba diligentemente junto a una anciana. Alice estaba sentada en la más pequeña de las tres mesas y dejó escapar un alegre grito de bienvenida.

Isabella cogió a la niña cuando esta saltó a sus brazos.

-¡Sabía que vendrías! Le dije a Stefan que vendrías. Le dije que te preparara algo especial -Envolvió los brazos alrededor del cuello de Isabella y apretó con fuerza.

Isabella se rió mientras se sacaba a la niña de encima.

-Gracias por tu invitación, Alice. Stefan, soy Isabella. He invadido tu dominio ante la invitación de la joven Alice. ¿Te importa?

Stefan ya era consciente de los rumores que volaban por el palazzo. El don había elegido una novia del villaggio vecino, y sabía que esta joven protegida por sus soldados personales de élite llegaría a ser la esposa. Hizo una reverencia y señaló una silla.

-Siempre es un placer entretener a mujeres tan hermosas, signorinas.

Sue le sonrió abiertamente, agradeciendo que alguien fuera amable con la joven a su cargo. Stefan y Emily, su ayudante, prepararon suficiente comida para los guardias también, y estaba bastante buena. Isabella felicitó a Stefan y con unas pocas sonrisas y bromas pronto el pequeño grupo sonreía y reía. Alice se sentó cerca, y después de la comida, Isabella se apoyó contra el mostrador y charló con Stefan, jugando ausentemente con el pelo de la niña.

Don Cullen oyó el coro de risas desparramándose a través de los cavernosos corredores mientras se dirigía a su estudio. Eso le detuvo en el acto. No podía recordar la última vez que había oído reír en el palazzo. Risa auténtica y honesta, no la estúpida y afectada tontería de la hija de Carmen, Tanya, que acostumbraba a coquetear con todo hombre aristocrático que tuviera cerca. El sonido era como la luz del sol, disipando la tristeza de los salones, y se encontró girándose y siguiendo las melodiosas notas que le llamaban.

Se detuvo en el umbral de la cocina, con una cadera apoyada perezosamente contra la pared mientras la observaba. Isabella estaba vestida con una falda y una blusa simple, llevaba el pelo recogido en lo alto de la cabeza con algún intrincado nudo. Unos pocos mechones se habían escapado, cayendo en ondas sedosas alrededor de su cara. Sus ojos eran grandes y oscuros y llenos de travesura mientras bromeaba con el cocinero y uno de los guardias. Sus pequeños pies estaban desnudos, y su boca era lujuriosa e invitadora.

En cuanto le vieron, un silencio cayó sobre el grupo, y Stefan volvió rápidamente a su trabajo. Alice se escondió un poco detrás de Isabella como en busca de protección, y los soldados se pusieron inmediatamente en guardia. Isabella sonrió al don con la inocencia de una niña.

-Realmente tiene un tesoro aquí en la cocina -le saludó alegremente.

-Sí, lo tengo -estuvo enigmáticamente de acuerdo Don Cullen, sus ojos estaban posados sobre la pequeña y delicada cara de ella. Algo en su voz y la forma intensa en que la miraba hizo que Isabella se ruborizara. Su sonrisa se amplió haciendo que sus fuertes dientes blancos fueran mucho más evidentes-. Veo que has olvidado de nuevo tus zapatos. Debo recordar poner un par en cada habitación, así cuando te los quietes, no habrá consecuencias. -Su voz fue baja y amable, un roce de cálido terciopelo sobre la piel de ella.

-Parece estar muy preocupado por los zapatos -observó Isabella, sus ojos oscuros se reían abiertamente de él.

Él le tendió la mano.

-Ven a pasear conmigo, piccola. Estoy seguro de que la Signora Swan y los demás se asegurarán de que no te muerda, aunque pareces muy tentadora esta mañana.

Un débil color le subió por el cuello bajo la piel morena. Miró su mano por un momento como si él fuera realmente capaz de morderla. Muy lentamente, casi a regañadientes, extendió la suya propia. Al instante los dedos de él envolvieron los suyos, cerrándose firmemente. La atrajo a su costado de forma que encajara bajo su amplio hombro. Tras ellos, Alice rió nerviosamente.

Emmett no se dio la vuelta, sino que caminó con Isabella hacia la entrada del patio.

-¿Has dormido bien? -Su cuerpo rozaba el de ella, duro y musculoso, muy diferente del suyo propio, haciéndola demasiado consciente de sus propios contornos suaves y femeninos.

-¿Quieres decir después de toda la conmoción? -Isabella le miró de reojo. Era alto y poderoso, y cada vez que le miraba su corazón parecía dejar de latir y empezar a palpitar. No podía mirarle sin recordar sus malvados y eróticos sueños, todavía muy vívidos en su memoria-. ¿Por aquí siempre son así las noches?

Él le rozó el pulgar a lo largo de la parte interior de la muñeca. Una vez. Dos. Su corazón dio un curioso vuelco. El color se arrastraba de nuevo lentamente bajo su piel. Al instante el salón con corrientes no estaba lo suficientemente frío. La yema del pulgar se demoró sobre el pulso que le latía frenéticamente.

-Confieso que pareces causar bastante conmoción -respondió, tenía la mente claramente en otras cuestiones.

Sus dedos se estaban moviendo sobre la piel de ella como por propia voluntad, dejando caricias a lo largo de su antebrazo, enviando oleadas de calor a través de su cuerpo.

Isabella sabía que tenía que apartarse, pero su tacto era hipnotizador. Él le soltó la mano, deteniéndose bruscamente, haciendo que quedara atrapada contra la pared, su cuerpo le bloqueaba la vista del patio. Ella sintió el calor de su cuerpo a través de la fina barrera de la ropa. Los dedos de él se le cerraron alrededor de la garganta. Sus ojos oscuros la miraron fijamente.

-Cuando te ríes, iluminas el mundo. Eso es algo muy peligroso.

Debería haber sido un cumplido, pero lo dijo con una voz pensativa y casi desaprobadora. No había risa en él, ni rastro de amabilidad. Su mirada negra era intensa mientras vagaba sobre la cara de Isabella. Sus dedos apretaron los de ella, haciéndola jadear.

Separó los labios, una tentadora invitación. Con lo que sonó como un juramento, él bajó la cabeza y tomó su boca. Al instante el mundo de Isabella cambió. La tierra se movió, un sutil y ondeante movimiento bajo sus pies, haciendo que pareciera natural acercarse a la protección de su corazón. Él era enormemente fuerte, sus brazos empujaron el suave cuerpo contra el suyo duro y musculoso mientras su boca tomaba posesión de la de ella. Estaba ferozmente hambriento, una oscura y peligrosa necesidad que no se molestaba en ocultar. Ella se derritió, su cuerpo quedó flácido, flexible, con llamas danzando a lo largo de su piel con una necesidad que no podía definir. Un salvajismo empezó a alzarse en alguna parte profundamente en su interior, necesitando, exigiendo.

-¡Don Cullen! ¡Isabella! -La voz horrorizada de Sue los golpeó a ambos-. ¡Este es un comportamiento escandaloso!

El don se tomó su tiempo, su boca se movía gentilmente sobre la de Isabella. Donde antes había habido un deseo feroz, ahora era gentil, demorándose un momento, besándola concienzudamente hasta que sus piernas amenazaron con ceder y se aferró a él. Solo entonces alzó lentamente la cabeza, su mirada negra e hipnótica hizo que le mirara impotentemente, atrapándola en su hechizo de oscuro hechicero. Las yemas de sus dedos le trazaron las delicadas curvas de la cara como guardándolas en la memoria para siempre.

-¡Don Cullen, debo protestar por este comportamiento! -Sue fue insistente, tirando del brazo de Isabella para liberarla de entre el cuerpo duro del don y la pared del palazzo.

Emmett no renunció a la posesión inmediatamente, sino que continuó mirando intensamente a la cara inclinada hacia arriba de Isabella como si estuviera bajo un hechizo, totalmente absorto en ella.

-Entonces será mejor que nos casemos inmediatamente -dijo él, completamente impenitente, su voz era tan firme y suave como siempre. Estaba hablando a Sue, pero su boca estaba cerca del oído de Isabella, su cálido aliento le removía allí mechones de pelo y vertía calor en su riego sanguíneo. Inclinó la cabeza todavía más, tanto que sus labios se movieron contra el oído de ella-. No puedo esperar -Susurró las palabras contra su piel desnuda, y ella las sintió todo el camino hasta los dedos de los pies.

Sue dejó escapar un graznido indignado. El don se enderezó lentamente, inclinándose ligeramente hacia las mujeres, y paseando lentamente de vuelta al palazzo. Isabella le vio marchar, incapaz de moverse, incapaz de pensar, con una mano presionada contra su boca con sorpresa. Parecía tan tranquilo e impasible, su cuerpo se movía con el mismo ondeo casual de poder, mientras Isabella deseaba derrumbarse pared abajo en un pequeño montón.

Alice rompió el hechizo, envolviendo sus brazos alrededor de las piernas de Isabella y abrazándola firmemente.

-¿Zio Emm realmente va a casarse contigo?

Isabella miró a los dos guardias, que hacían lo que podían por ocultar sus sonrisas. El color fluyó a su cara, y pasó apresuradamente junto a ellos hasta el enorme patio. Este era un estallido de color, las plantas estaban bien atendidas por varios jardineros. Una enorme fuente dominaba la zona, una estructura de mármol de varios pisos de alto.

Una cuadrilla de seis caballos enviaban chorros de agua espumosa desde las pezuñas al aire desde el centro. Era enorme, una escultura ornamentada e increíblemente hermosa.

-Isabella -Alice le tiraba de la falda-. ¿De verdad vas a casarte con Zio Emm? -Su joven voz era insistente, no contenía nada de la duda que frecuentemente parecía exhibir.

Isabella le cogió la mano.

-Bueno, tu Zio Emm ha dicho que lo haré, así que supongo que debo hacerlo. ¿A ti que te parece?

Alice pareció inmediatamente impresionada porque se le estuviera pidiendo su opinión.

-Creo que, si Zio Emm se casa contigo, entonces podrás quedarte aquí para siempre. -Sonrió a Isabella.

Isabella levantó a la niña y la hizo girar en círculos hasta que la pequeña chilló de deleite. Corrieron juntas por el patio, sus risas flotaban provocando sonrisas en las caras de los guardias e incluso de Sue.

Isabella se detuvo en el lado más alejado del patio, arrodillándose para examinar una rara flor que se abría solo en las horas más tempranas de la mañana. Los pétalos estaban cubiertos de rocío, y exclamó por ello, haciendo señas a Alice. En realidad, estaba temblando por dentro, sorprendida por ese lado salvaje y arrebatado de su naturaleza que no había sabido que existiera. No podía negarse a sí misma que era tan culpable de ese beso escandaloso como Don Emmett Cullen. Él podría haberla seducido allí mismo y en ese momento, y le habría dejado, tan hipnotizada estaba por él que no podía ver con claridad.

No quería pensar en estar a solas con él en la recámara. Era un oscuro hechicero que tejía un hechizo de magia negra, y Isabella se acercaba más y más al desastre, atraída inexorablemente hacia su ardiente llama. Al parecer no podía resistirse a él, a la intensidad de su negra mirada, un deseo oscuro que no podía ignorar. Isabella se apartó el pelo con una mano temblorosa, agradeciendo que Sue estuviera al otro lado del patio y no pudiera sermonearla sobre ser una "buena" chica.

-Así que tú eres la novia elegida -Edward apareció saliendo del laberinto de setos, su alta y apuesta figura inmaculada con su atuendo a la moda. Sus ojos oscuros estaban risueños cuando tomaron nota de la falda y la blusa campesina de Isabella y sus pequeños pies desnudos.

Isabella se apresuró a ponerse en pie. Alice miraba a su padre con una especie de doloroso y esperanzado silencio, su mano estaba cogida a la falda de Isabella buscando apoyo. Isabella bajó la mano y acarició el pelo de la niña para consolarla.

-Buenos días tenga usted, señor -dijo alegremente-. Alice ha sido maravillosa, mostrándome los alrededores. No sé qué habría hecho sin ella.

Edward alzó una ceja escéptica.

-¿No te está molestando?

Los dedos de Isabella se deslizaron por el brazo de la pequeña tomándole la mano.

-En absoluto. Le estoy haciendo tantas preguntas que probablemente desee alejarse de mí.

Alice rió nerviosamente.

-Es divertida, Papá.

-¿Divertida, eh? Me lo creo. -El hombre extendió la mano y revolvió el pelo de su hija-. Debo disculparme por el comportamiento de la prima Carmen anoche. Espero que no creas que estoy de acuerdo con sus afirmaciones. Está algo mimada y acostumbrada a salirse con la suya. La ida de una nueva señora aquí la aterra. En realidad, nadie pensaba que Emmett fuera a tomar esposa. Mi hermano, Jasper, y yo pensábamos que era nuestro deber proporcionar herederos ya que Emmett había declarado no estar interesado en el tema. Jasper no se ha casado aún, y estando yo viudo -dijo tristemente- Carmen quedaba como señora de la casa. Pero ahora Emmett te ha escogido... a ti. - Había una débil nota inquisitiva en la voz de Edward, como si medio esperara que Isabella admitiera que había lanzado un hechizo sobre su hermano mayor.

-Y fue su elección. Yo no tenía pensamiento de tomar un marido -respondió Isabella.

Edward echó la cabeza hacia atrás y rió en voz alta.

-Buena respuesta. Soy Edward Cullen. Nos hemos visto, por supuesto, en más de una ocasión, aunque no hemos sido presentados formalmente. -Cogió la punta de sus dedos y se los llevó a la boca para besarlos mientras sus ojos oscuros coqueteaban escandalosamente. Hizo una reverencia-. Aunque no nos habíamos visto antes, me pareces muy familiar. ¿Quizás conozca a tu famiglia?

-Quizás -respondió Isabella vagamente.

Estaba teniendo dificultades para pensar con claridad. Sentía una sensación curiosa en la cabeza, una sensación oscura y opresiva que nunca antes había experimentado. Un pesado temor parecía estar floreciendo en el fondo de su estómago. Sintió la necesidad de apartarse de Edward, de su buena apariencia y encanto. La necesidad de apartar la mano de él era tan aguda y fuerte que realmente lo hizo.

Fue entonces cuando miró hacia las amplias ventanas del palazzo. Desde el largo balcón sobre las colosales columnas que rodeaban la estructura, Emmett los estaba observando. Estaba tan inmóvil como las montañas que los rodeaban, como si estuviera tallado en el propio mármol. Una figura inmóvil e intimidante. Al momento comprendió que él estaba en su cabeza, con una oscura furia que le conducía duramente. Podía sentir oleadas de advertencia golpeando en su mente. Él le estaba exigiendo que se apartara de su coqueto hermano. Este no era ningún suave susurro sino un flujo oscuro de furia y negros celos.

Alzó la barbilla en desafío una fracción mientras le devolvía la mirada. A través de la amplia extensión del palazzo sus ojos se encontraron en un extraño combate, su voluntad contra la de él. Lentamente la malevolencia se desvaneció, siendo reemplazada por una débil diversión burlona.

No puedes esperar ganar una batalla contra mí, cara. Eres demasiado joven e inocente.

Las palabras fueron claras esta vez, no solo una impresión, sino que estaban en sus oídos, ¡como si hubiera hablado en voz alta! Sorprendida por su poder... la prueba de un auténtico hechicero, quizás del propio demonio... Isabella dio un paso atrás.

Prefiero tus sueños a tus miedos, piccola. Le susurró maliciosamente, recordándole vívidamente los sueños eróticos que habían danzado en su cabeza la noche antes.

Él se quedó un pie un momento en el balcón de mármol, con aspecto totalmente aristocrático, un hombre acostumbrado a imponer a otros la autoridad que llevaba estampada en sus duros rasgos. Los dientes blancos de Emmett Cullen centellearon brevemente antes de girarse y volver a entrar en su estudio. Pudo ver su figura alta y musculosa a través de la ventana mientras hacía gestos a alguien que ella no podía ver claramente para que entrara en la habitación.

Edward giró la cabeza para seguir su mirada.

-El mio fratello trabaja duro. Muchas reuniones con gente poderosa, ya sabes. No hay tiempo para la diversión. -Se encogió de hombros casualmente-. No se preocupe, signorina, yo me ocuparé de que su tiempo aquí no sea triste-. Sonrió a su hija-. Espero que Alice no sea demasiada molestia. Si lo es, la enviaremos a aprender a coser esas preciosas colchas que todas las mujeres parecen saber hacer -Su cabeza se acercó de repente, y miró a Isabella casi como si ella fuera un fantasma. Se quedó pálido bajo su piel bronceada.

-¿Qué pasa? -preguntó Isabella, curiosa.

-Solo por un momento me recordaste a alguien que conocí hace mucho tiempo. Hacía unas colchas preciosas. -Se voz sonaba pensativa-. Sería mucho más vieja que tú. Entonces tenía aproximadamente tu edad.

Isabella se volvió a girar hacia las flores del jardín, fijándose en el roció de los pétalos para ocultar su expresión.

¡Su madre! ¡Edward Cullen había conocido a su madre, y la recordaba! ¿Quién no lo haría? Los recuerdos estaban vivos en la mente de Isabella. En ese instante deseó llorar. Había reconocido la colcha de la habitación de Alice como un trabajo de su madre.

¿Isabella?

La voz era gentil, no maliciosa o burlona, ni ferozmente furiosa, sino una pregunta tierna y preocupada. Experimentó una extraña calidez que fluyó en ella. Era apaciguadora, ese hechizo hipnótico la envolvió de forma que no pudo evitar buscarle con el corazón y el alma.

Como empujada por una fuente externa a ella misma, miró sobre el hombro, su mirada vagó por las ventanas que daban al patio. Él estaba allí, mirándola intensamente. Podía ver una figura sombría que paseaba tras él como si estuviera agitada. La atención del don estaba fija en ella en vez de en su importante invitado. Eso hizo que Isabella se sintiera cuidada. Sabía que él sentía su pena, y era importante que la hubiera tocado en la distancia.

Probablemente Sue habría dicho que era pecaminoso, un don del demonio, y que estaba mal, pero en ese momento Isabella se sentía agradecida, y sonrió hacia la oscura y solitaria figura. Él le dirigió un pequeño saludo y se volvió resueltamente hacia su visitante.

Isabella estaba volviendo su atención a Edward y su hija cuando por el rabillo del ojo captó un vistazo de algo brillando en las murallas altas sobre el estudio de Don Cullen. Era Carmen y su hija, Tanya, sus vestidos se hinchaban con el viento, la observaban con hacían las enormes gárgolas aladas.

Un pequeño estremecimiento la recorrió. Estaba siendo observada todo el tiempo, y ya se había permitido olvidarlo. El don parecía capaz de arrancarle todo pensamiento cuerdo, algo que no se atrevía a permitir que continuara. Con tantos ojos observando cada uno de sus movimientos tendría que aparentar ser "normal" todo el tiempo. ¿Sería posible?

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¡Hola! Ta he regresado jaja les traigo un nuevo cap. Este está muy bueno, ¿no creen? A mí me gustó mucho. Déjenme saber qué les pareció.

No olviden dejar un lindo comentario.

¡Nos leemos pronto!