~ rommates

Ser compañero de cuarto de Yuri Plisetsky en la universidad en un inicio fue bastante jodido.

En cuanto llegó en cuanto llegó el primer día, encontró una línea divisoria hecha con cinta adhesiva blanca la cual separaba el cuarto en dos y, cuando se fijó en la cama de una de las esquinas, un chico ceñudo y de aspecto de muñeca lo miraba como si fuera una peste.

Yuri Plisetsky había estado dos años viviendo en esa habitación solo porque para suerte del muchacho los cupos habían cerrado justo sin él poder quedar con compañero dos años seguidos. Hasta que llegó Otabek Altin.

— Esa es tu mitad y esta es la mía. No cruces la línea, no toques mis cosas, no traigas a más gente al cuarto. Yo ocupo el baño cuarenta minutos a partir de las isete de la mañana, no sé cómo te las vas a arreglar tú y no me importa tampoco, pero las cosas son así. Me duermo a las once de la noche si es que no estoy estudiando, ni se te ocurra meter ruido y te juro que si me despiertas, te va a ir muy muy mal.

Otabek quedó perplejo, ligeramente ofendido porque ni siquiera había alcanzado a decir un simple "hola".

Yuri volvió a su móvil y Otabek ingresó con mucho cuidado de no traspasar la línea.

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La alarma de Yuri lo despertó a las seis con treinta minutos de la mañana. Gruñó por lo bajo, pero no pudo volver a conciliar el sueño; él estaba acostumbrado a despertar a las siete con quince. Miró a la cama de enfrente ¡y Plisetsky ni siquiera se había levantado! El chico (con una maraña de cabello rubio a la almohada) miraba su celular distraídamente.

Mierda, ¿es que acaso ponía la alarma treinta minutos antes de las siete solo para revisar su móvil? ¡era una locura!

Se quedó mirando el techo, siendo completamente ignorado. Hasta que recordó algo importante. Tomó y miró su celular con manos rápidas: eran las seis con cincuenta.

Estúpido rubio mimado, que se jodiera.

Se levantó a toda velocidad de la cama y hurgó entre sus cosas que todavía no sacaba de su maleta. Sacó una toalla, champú, cepillo de dientes y demás, se volvió a parar y Yuri se reincorporó.

— ¡Oye, no! — le gritó.

Pero ya era muy tarde cuando Altin se había apropiado del baño.

— ¡Abre la puerta, idiota, te dije que yo entraba a las siete!

— ¡Aún no son la siete! — exclamó Otabek desde adentro, preparando la regadera.

Escuchó a Yuri ahogarse con un par de sus propias palabras.

— ¡Sal de ahí! ¡Eres un maldito!

No pudo evitar reírse de los aporreos que daba el rubio en la puerta, en vano, por supuesto.

Si Yuri había querido imponer sus reglas, Otabek estaba dispuesto a rompérselas todas hallándole a cada una la falla. Él iba a sobrevivir a ese maldito año universitario a como dé lugar.

Cuando salió del baño, treinta minutos después, Yuri estaba echando humo por las orejas. Había intentado golpearlo, pero Otabek apuntó hacia la cinta adhesiva.

— Hey, no te pases a mi lado — y Yuri se puso tan rojo que no supo cómo contestarle. Se fue dando grandes zancadas hasta el baño y cerró de un portazo.

Fue la primera victoria de muchas para Altin.

Otra fue cuando Jean entró deliberadamente al cuarto mientras Yuri estudiaba. El chico hizo un barullo tremendo ya que su voz no era de las más pacíficas y, además, porque había visto a una azabache preciosa en el campus y estaba demasiado emocionado contándoselo a su mejor amigo.

Otabek lo dejó hablar y hablar y hablar a sus anchas mientras leía un par de textos sobre su cama. Miraba de reojo a Yuri que se encogía de hombros hacia sus apunte, como si eso lograra borrar la voz de Jean de sus oídos. Sabía que eso lo enfadaría y lo haría estallar (lo que hizo, en efecto, tan solo dos minutos después), pero en cuanto el kazajo vio que el rubio abría esos bonitos par de labios rosados, le espetó con voz rápida.

— Yo no soy el que te está importunando en tu estudio y tampoco invité a Jean, ya lo viste, entró solo.

No había fallas en su lógica y eso colmó a Yuri. Con un chillido tomó sus cosas y se marchó a la biblioteca no sin antes lanzarle una botella de agua en la cara a Jean.

A partir de entonces, no había día en que Yuri no se enfadara por algo que hiciera o dijera Otabek Altin. Hubo muchas discusiones; en todas el kazajo intentaba buscar buenos argumentos y exponérselos a Yuri con calma. Casi siempre salía victorioso.

No supo en qué momento su relación con su compañero de cuarto se volvió tan divertida (o al menos para él era así). Yuri -por alguna razón- odiaba que le hablasen con tono pasivo y cuando Otabek lo hacía, se ponía como una fiera.

— ¡Deja de hablarme así! — le gritaba con la cara colorada.

Le entretenía ver a Yuri enfadado, se había vuelto como su hobbie favorito.

Al cuarto mes de convivencia se sorprendió yendo sin ninguna molestia a su cuarto en el cual Yuri lo recibía con una mirada de mala muerte y algunos insultos por lo bajo. Le encantaba verlo enfadado, no sabía por qué, o quizá le gustaba mucho ver sus mejillas rojas como dos tomates, sus delgadas cejas fruncidas, los grandes ojos verdes soltando chispas, sus finos labios soltando groserías, su figura delgada pero imponente, cuando se desordenaba el cabello por la frustración y su voz ruda gritándole que parara de romper "las reglas de la habitación".

Yuri era interesante y, además, era bonito; había que decirlo.

No obstante, eso no era lo que pensaban los otros chicos.

— No lo sé, Beks. Ese Plisetsky es raro, nunca lo he visto sonreír, siempre está enojado.

Altin subió y bajó los hombros, recostado en la silla de la cafetería y mordiendo su sándwich.

— Y yo escuché que era gay — dijo de pronto uno de sus compañeros — qué miedo compartir habitación.

Otro acotó:

— ¿A ti nunca te ha...? no sé, ¿él nunca te ha hecho algo raro? Ya que comparten habitación, quizá ese chico...

Otabek dejó de morder y lo miró con una ceja alzada, algo (muy) molesto por el comentario que quedó a medias en la mesa.

— Yo que tú me cuido el trasero al dormir, qué puto miedo dormir con Plisetsky a tu lado.

Mierda. Qué tarados más pesados.

Dejó una mano con -quizá- demasiada fuerza sobre la mesa y eso causó más de un respingo por la sorpresa.

— Si son tan héteros no entiendo qué demonios hacen hablando obsesionados de un chico en vez de hablar de mujeres con los pechos grandes o alguna mierda así como les gusta siempre hacer, ¿acaso te gusta Plisetsky que no paras de hablar de él? Ya detente, ofendiéndolo así solo te ves patético.

Las palabras de su boca salieron sin él pensarlo dos veces y la mesa se sumió en un tenso silencio. De pronto, Otabek también se sintió muy incómodo, pero por alguna razón no se arrepentía de lo que había dicho y siguió mordiendo su comida con algo de molestia.

— A mí me cae bien Plisetsky — dijo de pronto Jean, sonriendo divertido — me tira cosas para echarme de la habitación y cuando lo saludo me levanta el dedo de en medio, pero es aplicado en lo que hace y fuera de todo parece un buen chico.

Otabek lo miró y le mostró una pequeña sonrisa. Gracias, Jean.

— Y ahora, mejor, hablemos de lo hermosa que está hoy Isabella Yang, por favor — dijo con voz llorosa, apuntando discretamente a una de las mesas en el fondo — ese nuevo corte de cabello le queda tan bien, es una preciosura, mi Virgen María...

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Cuando llegó aquella tarde a su habitación, Yuri no estaba allí como era la costumbre.

Un poco extrañado, comenzó a sacar sus libros de su mochila, dejándolos en el escritorio bastante más desordenado que en comparación al de Yuri, quien siempre mantenía su lado impoluto.

Debía estudiar para un examen, por lo que se quedó largas horas pegado con la nariz en sus textos, libros y uno que otro apunte.

La lluvia pronosticada para ese día cayó a las siete de la tarde y, aún cuando el reloj marcó las nueve, Yuri todavía no llegaba.

Miraba a ratos por la ventana, hacia la entrada de los dormitorios, pero el chico no se veía. Volvía al texto en su escritorio, pero lo desconcentraba la hora en su móvil. Intentaba escribir un resumen de los contenidos para el examen, pero la lluvia volviéndose más fuerte allá afuera lo distraía. ¡Mierda! ¿por qué Yuri no llegaba?

Y justo cuando se asomó por vigésima sexta vez por la ventana, vio a alguien encapuchado corriendo hacia el interior con la mochila a la espalda.

Yuri llegó todo empapado y con rostro agitado al cuarto. Cuando se miraron, el rubio hizo una extraña mueca y sus mejillas se pusieron rosadas. Ingresó rápido y violó el espacio de Otabek sin permiso ni reparo, abrió el clóset del kazajo como si fuera el de él y se puso a hurgar.

— ¡Oye, qué haces! — exclamó muy confundido Altin.

— Tienes una maldita caja, la vi cuando te mudaste — unos segundos más y sacó la susodicha de cartón desde el rincón de su clóset.

Otabek estaba dispuesto a reclamarle, pero unos pequeños quejidos agudos y pequeños de oyeron desde dentro del abrigo de Yuri.

— ¿Qué es eso?

— ¿Qué crees que es, tarado? — Yuri y su delicadeza.

El chico se encaminó hasta su lado de la habitación, tomando un par de camisetas de su propio clóset y armando un improvisado refugio para el gatito pequeño que temblaba y se hallaba igual de empapado que su portador.

— Es un gato callejero, ¿es que no tienes ojos para ver?

El comentario no pudo molestarle puesto la criatura que Yuri traía se veía tan débil que él mismo sintió algo de preocupación.

— Hay que secarlo, está tiritando.

— ¿Qué?

Se puso de pie y fue al baño en busca de la secadora de cabello del rubio, yendo rápidamente al lado del otro para conectarla.

— Tómalo y yo lo seco — le dijo — tiene que conservar calor.

Yuri tragó, incapaz de refutarle nada puesto eso era lo correcto.

Cuando el gatito dejó de temblar, una vez ya seco y con colchas calentitas, Yuri sacó de su mochila una lata de alimento para felinos bebés.

— ¿Había algo abierto a estas horas? — preguntó Otabek confundido.

Yuri lo miró de reojo, concentrado en darle de comer al minino desde su propio dedo puesto era tan pequeñito que todavía no sabía comer desde un recipiente.

— Hay... hay una gata en el parque, cerca de la estación, le voy a dejar comida todos los días y hace poco tuvo bebés.

Otabek se le quedó mirando, un poco maravillado por la disposición de Yuri a cuidar animales callejeros. Fugazmente pensó en que tal vez era cierto esa cosa de que si no te llevas bien con los humanos, entonces los animales te entenderán mejor. Pensó que podría aplicarse a Yuri.

— ¿Este es uno de los bebés?

— Sí — asintió apesadumbrado —hoy cuando fui, a la gata se la habían llevado, lo mismo con los demás bebés, pero este estaba escondido atrás de los arbustos muy lejos de donde vivía la mamá. Seguramente se olvidaron de él...

Se quedaron en silencio, viendo como la bola de pelos anaranjada lamía desesperado el dedo de Yuri.

Otabek observó discretamente el perfil del muchacho. Jean tenía mucha razón: Yuri era un buen chico, solo lo malentendían porque era mañoso, aspecto al que al parecer él ya se había acostumbrado. Pero ahora, con ese rostro de angustia mientras alimentaba a algo tan pequeño e indefenso sin importarle que él mismo estuviese calado de agua de cabeza a pies, sin importarle el siquiera enfermar, Otabek se sintió algo culpable.

— Lo siento — le dijo, recibiendo los grandes ojos verdes de vuelta — siento siempre hacerte enojar, no lo volveré a hacer.

Yuri lo observó fijamente, como si en cualquier momento esperase que aquello fuera una broma. Pero no fue así. Y una vez se percató de ello, sus mejillas se pusieron rosadas. Se mordió el labio por dentro y dudó bastante en responderle, hasta que se decidió.

— Gracias por-por defenderme el otro día, en la cafetería.

Otabek sintió que los colores se le subían al rostro.

¿Yuri había estado allí? ¿había escuchado lo que habían dicho de él, lo que él mismo dijo? Joder, qué vergüenza.

Dio un asentimiento escueto.

— El gato, ¿qué vas a hacer con él? — preguntó tratando de cambiar el tema.

— Oh, no lo sé — Yuri también se mostraba un poco apenado — supongo que lo cuidaré un tiempo y luego le buscaré otro dueño.

— Si quieres te puedo ayudar.

Yuri volteó hacia él y le sonrió.

YURI PLISETSKY LE SONRIÓ. YURI LE SONRIÓ A ÉL.

— Bien.

Fue una curva pequeña en sus labios rosados, efímera y sutil, pero suficiente como para alocarle los latidos a Otabek.

— Creo que tener un compañero de cuarto no es tan malo, después de todo — murmuró el rubio mirando al gatito que seguía comiendo como condenado y clavando sus pequeñas garras en su mano.

Otabek no supo cómo reaccionar, se sentía embobado. ¿Estaría bien asumir que ese chico huraño comenzaba a gustarle?

Dios, ¿quién había sido el imbécil de sus compañeros en decir que Yuri no sonreía? Vaya estúpido y ojalá nunca viera a Plisetsky hacerlo. Esperaba que nunca tuviese tal privilegio.

— Sí, no puede ser tan malo, después de todo... — repitió, mordiéndose los labios para contener su propia sonrisa.

Está bien. Quizá sí le gustaba un poco su compañero de cuarto.


día 14: compañeros de cuarto

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