No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.
.
.
.
Isabella mantuvo los brazos obedientemente alejados de los costados e hizo una mueca a Sue.
-Me está clavando los alfileres -se quejó-. Tengo algunas cosas que decir al don respecto a esta forma de tortura en particular.
Había pasado buena parte del día intentando explorar el palazzo, pero ahora llevaba horas encerrada con las costureras. Su paciencia se estaba agotando.
-Si te quejas otra vez, Isabella -regañó Sue-, te clavaré un alfiler yo misma. Cualquier otra muchacha estaría encantada de recibir prendas tan elegantes. La extravagancia es casi pecaminosa. Aunque, en realidad, muchos de estos vestidos te cubren tan poco que es casi indecente -se contradijo ligeramente a sí misma.
Isabella rio, el sonido era tan contagioso que incluso las dos costureras se encontraron sonriendo.
-Querrás decir que es pecado que alguien como yo se ponga ropa tan fina.
-Trajes de baile con escotes demasiado bajos -se quejó Sue-. Tú eres una buena chica. La Madonna está llorando... llorando, oye lo que te digo. No deberías ponerte tales vestidos. No está bien -dijo decididamente.
-Estás hermosa, querida -dijo sinceramente la costurera-. Es un placer vestir a una chica tan guapa. Casi hemos terminado.
Carmen asomó la cabeza en la habitación.
-Suena como si alguien se estuviera divirtiendo por aquí -dijo, tenía una sonrisa plasmada decididamente en la cara. No hizo ninguna referencia a la escena que había provocado la noche antes-. ¿Puedo entrar? -No esperó una respuesta, sino que entró en la habitación, su elaborado vestido crujió cuando lo hizo. Vestía una creación a la última moda, su pelo estaba perfectamente arreglado-. Te ves muy guapa, Isabella. ¿Puedo llamarte Isabella? ¿Han empezado tu vestido de boda? Planearé el acontecimiento personalmente, por supuesto. Emmett me dijo que os casaréis casi inmediatamente. -Sus ojos recorrieron especulativamente la figura delgada de Isabella.
Sue alzo la barbilla, sus ojos pálidos ardían de cólera silenciosa.
-No sé por qué Don Cullen insiste tanto en que Isabella se case con él sin un cortejo apropiado. ¿Cómo calma una los miedos naturales de una jovencita cuando ni siquiera conoce a su prometido? -Lanzó las manos al aire dramáticamente.
Carmen asintió.
-Es impropio de él, pero Emmett siempre ha sido una ley en sí mismo -Encogió sus hombros lechosos haciendo que su vestido escotado pareciera de repente precariamente sujeto, a punto de fallar su habilidad de contener lo suficiente el pecho. Carmen sabía que era una mujer hermosa, y sus vestidos mostraban su figura a la perfección. Se movió con grácil confianza en sí misma, con el aplomo perfecto que su posición le había legado-. Emmett hace lo que quiere, y no hay quien le detenga -Las implicaciones eran amenazadoras, casi siniestras, pero Carmen rió suavemente, desestimando sus propias palabras-. Debes dejarlo todo en mis capaces manos. Desde que la esposa de Edward, Elizabeth, la última señora del palazzo... murió, yo he planeado todas las festividades para Emmett, y debo decir, que he recibido muchos elogios por mis esfuerzos.
-Su ayudara sería apreciada, grazie -respondió Sue por Isabella.
-Entonces decidido -Carmen sonrió dulcemente a la futura esposa-. Debemos conocernos mejor la una a la otra, querida, si vas a convertirte en miembro de nuestra casa. Emmett pensará que sería muy perverso por mi parte no ayudarte a aprender tus deberes como su esposa. Tendrás invitados a menudo y tendrás que asegurarte de que su casa vaya como la seda -Su sonrisa era tan falsa como su oferta de amistad-. Es deber de la famiglia Cullen celebrar numerosos festejos. El rey envía a muchos cortesanos aquí para sus negociaciones.
Isabella dejó caer los brazos, chilló cuando los alfileres la golpearon desde todas direcciones, y fulminó a las costureras con la mirada.
-He terminado con esto -anunció-. Sue tiene razón, es pecaminoso tener tantos vestidos. Hay suficientes aquí para vestir a todas las mujeres de mi pueblo. No es posible que pueda ponérmelos todos.
-Necesitarás cada uno de ellos -advirtió Carmen-. Pero, efectivamente, querida, pareces abrumada. Debes parar por hoy -añadió solícitamente.
Un golpe tentativo en la puerta anunció al mayordomo, Erik. Se aclaró la garganta cuidadosamente cuando vio a Carmen, pero entregó su mensaje con su acostumbrado tono monótono.
-Tiene usted visita, signorina. Están esperando en el patio, -Su desdén acostumbrado era mucho más evidente, y había algo más, algo indefinido, como si el hombre estuviera secretamente divertido.
-Gracias. -anunció Isabella cortésmente, sonriéndole con determinación.
Se apresuró detrás del biombo y cogió su falda y su blusa acostumbrada, agradecida por la comodidad de la tela gastada. Después atravesó corriendo el salón, lanzando un saludo distraído a Carmen. Sue estaba mucho mejor preparada para tratar con esa mujer de todos modos. ¡Abrumada, por supuesto!
Isabella hizo un intento por alisarse el pelo mientras se apresuraba a bajar las escaleras. Se las arregló para encontrar el camino hasta la entrada del patio con solo dos giros equivocados, una hazaña increíble en el enorme palazzo. Corrió ligera sobre los azulejos de mármol, sus pies desnudos no hacían ningún ruido mientras corría a través de los corredores hacia la puerta, una repentina alegría emanaba de ella. Sabía quiénes eran sus visitantes, sus queridos y familiares amigos, y los necesitaba desesperadamente.
Los dos guardias corrían tras ella, con las espadas golpeando secamente y las botas resonando contra los azulejos. Isabella dejó que la puerta se cerrara en sus caras y ya había atravesado a medias el patio hacia sus visitantes antes de que ellos la abrieran de un tirón y la siguieran.
Angela estaba sentada en la frondosa alfombra de hierba verde, con la cara enterrada entre las manos, llorando como si su corazón se estuviera rompiendo. Michael se paseaba furiosamente, sus botas salpicaban un chorro de guijarros blancos sobre el sendero.
-¡Bambina! ¡Qué te pasa! -exigió Isabella, cogiendo a la niña entre sus brazos-. ¿Por qué estás llorando? ¡Michael! Cuéntame por qué está llorando así.
Con la niña en los brazos, Isabella se giró para abrazar a Michael también. Cuando Michael las abrazó a ambas, se tambalearon y todos se cayeron en la suave hierba.
Las lágrimas de Angela se convirtieron en risa, y lanzó los brazos alrededor del cuello de Isabella.
-Sabía que serías la misma. Y mira, ¡sin zapatos! Mira, Michael, ¡ni siquiera él puede hacer que lleve zapatos. -Angela parecía orgullosa y feliz por la falta de calzado de Isabella.
Los dos guardias revoloteaban cerca, pero estaba claro que su entrenamiento no les había preparado para tratar con jovencitas descalzas abrazando a una niña sollozante y a un joven furioso. Los tres estaban enredados en el suelo, riendo y obviamente no suponían una amenaza para Isabella. Los guardias se miraron el uno al otro bastante impotentemente y permanecieron en su sitio.
-¿Por qué estabas llorando así, Angela?
Preguntó Isabella, besando a la niña en la coronilla. Apartó su mano de la de Michael, ya que él no parecía inclinado a soltarla.
-Creía que él don podía haberte hecho daño -respondió Angela-. Desapareciste. Y Rachel dijo que los soldados se llevaron a Sue de su cabaña de madrugada. Y dijo que parecía como si hubieras huido y que el don tendría que golpearte y matarte y la desgracia caería sobre todo el villagio para siempre.
Isabella estalló en carcajadas, el sonido fue feliz y despreocupado, alzándose para flotar lejos con la amigable brisa.
-Tonta y vieja Rachel. Le encanta inventar historias de terror -Sonrió hacia Michael-. Seguramente tú no creerías sus historias de miedo.
Michael miró a los guardias y bajó la voz hasta un susurro conspirador.
-El don no tenía derecho a reclamarte. Si hubieras aceptado mi oferta en vez de ser tan testaruda, Isabella, no habría tenido poder para tocarte. Ahora solo se me ocurre una única cosa que hacer para liberarte.
Las cejas de Isabella se dispararon hacia arriba.
-Sea lo que sea lo que estás pensando, Michael, debes olvidarlo. El don y yo aclararemos las cosas.
-¿Quieres decir que intentarás otra escapada? Ya huiste una vez, y él te atrapó. Sé que es por eso que desapareciste de tu casa. Pero se me ha ocurrido una forma de obligarle a dejarte ir.
Angela se apoyó en ella, deseando acurrucarse.
-Yo creía que el don era guapo, pero no quiero que te lleve. El villagio está triste sin ti. Debes volver, Isabella.
-Tengo un plan, -continuó Michael-. Confesaremos al don que hemos yacido juntos. No te querrá entonces, y te ordenará que te cases conmigo. -Michael la miró fijamente-. Funcionará, Isabella. Debes dejarte guiar en esto por un hombre mayor y más sabio.
Isabella enterró la cara en el cuello de Angela para amortiguar su risa. Michael era cuatro veranos mayor que ella pero unos buenos diez o doce años más joven que Don Cullen.
-Mi reputación quedaría arruinada, Michael -le recordó.
-Estarías conmigo, donde perteneces, y de vuelta en el villagio. Hay mucho peligro aquí. Todo el mundo sabe que no vivirás mucho si te quedas en este lugar. -Michael sacó pecho y se puso en pie, extendiendo la mano para llevarla con él.
Una oscura y ardiente furia se arrastró hasta su mente estallando en una llamarada de tal intensidad que Isabella se aferró la cabeza con las manos y presionó con fuerza en un intento por aliviar sus palpitantes sienes. Su mirada, casi por propia voluntad, voló a la fila de ventanas. Don Cullen estaba fuera en el amplio pórtico del primer piso, su mirada negra brillaba amenazadora, cosa que ella reconoció incluso en la distancia. Observándola con implacable intensidad, saltó fácilmente el muro del pórtico y empezó a moverse hacia ellos. Toda ondulación de poder, le recordaba a Isabella a un puma al acecho.
El aliento se le quedó atascado en la garganta. Mientras se acercaba a ellos, pudo ver la sombra oscura en su apuesta cara. Planeó hasta ellos y arrastró firmemente a Isabella bajo su hombro.
-¿Dónde está tu chaperona, la Signora Swan? Debería acompañarte todo el tiempo, cara. Tus jóvenes amigos son bienvenidos a visitarte, pero debes recordar que tus acciones son escudriñadas siempre. -Habló amablemente, su tono era tan suave como el terciopelo, sus brazos le rodearon la cintura gentilmente sujetándola a él, pero había algo muy amenazante a él, algo que no podía definir.
-Soy Emmett Cullen -dijo cortés, pero innecesariamente hacia Michael, su mirada era dura y brillante cuando tocó al joven-. Creo que nos hemos conocido antes.
Michael masculló algo ininteligible en respuesta.
Angela hizo una reverencia perfecta.
-Yo soy Angela -anunció- la amiga de Isabella.
-Ah, sí, por supuesto, te recuerdo -Emmett le sonrió con tanto encanto que la niña le devolvió la sonrisa, tan susceptible a sus artimañas como cualquier mujer.
-Creía que estabas ocupado con tu visitante -aventuró Isabella cautelosamente.
De repente temía lo que Michael pudiera hacer o decir. Podía ser insensato y brusco en el mejor de los casos, apasionado y malhumorado si no se salía con la suya.
-Nunca estaré demasiado ocupado para conocer a tus amigos -respondió Emmett con su voz más amable.
Hizo una reverencia a Angela, que inmediatamente estalló en un ataque de risitas. De espaldas al grupo indicó a los guardias de Isabella que avanzaran hacia el palazzo y fuera del campo de audición.
Michael se irguió en toda su altura.
-Don Cullen, debo hablarle, Isabella es mi prometida.
Isabella jadeó sorprendida. Tiró del joven, aterrada de que el don pudiera ordenar que le llevaran a la mazmorra o, peor, desafiarle a duelo. Las cejas negras de Emmett se alzaron. Tiró de la mano de Isabella contra los pesados músculos de su pecho y la sostuvo contra su latido firme. Su pulgar le recorrió la mano en una pequeña caricia.
-No creo que Isabella pueda estar prometida con los dos, y yo la reclamé primero. Lo siento. Comprendo que cualquier hombre desearía hacer de Isabella su esposa, pero no renunciaré a ella.
Michael tomó un profundo aliento.
-Hay circunstancias especiales que debería conocer.
-No, Michael. -Isabella sacudió la cabeza vigorosamente, su pelo voló como una capa.
Sedosos mechones se enredaron en la mandíbula sombreada de azul del don, creando una intimidad instantánea entre ellos. Él no intentó apartar los mechones, sino que tiró de Isabella incluso más cerca de él.
Emmett inclinó la cabeza hacia ella haciendo que su boca estuviera pecaminosamente cerca.
-No te angusties, piccola. Tú no eres responsable de lo que otros deciden decir o hacer -le susurró contra la piel, con aliento cálido y reconfortante.
Por un momento el corazón de Isabella volvió a su ritmo normal, pero entonces Emmett volvió toda la fuerza de sus ojos negros hacia Michael. Su mirada brillaba con algo peligroso, algo muy amenazador.
Isabella empezó a temblar. Sacudió la cabeza calladamente, sus ojos enormes se posaron sobre Michael, con elocuente miedo. La mano del don se deslizó hacia arriba por su brazo, frotando perezosamente para calentarla.
-Antes de hablar, Signore Michael, recuerde que la mujer de la que está hablando es mi prometida y está bajo mi protección -Una vez más Emmett habló tranquilamente, pero había un destello de amenaza en su tono que los hizo congelarse a todos.
Michael fijó los ojos en Isabella, reuniendo coraje, y barbotó su mentira.
-Isabella y yo hemos yacido juntos.
Los ojos oscuros de Angela se agrandaron y redondearon. Se presionó una mano sobre la boca para evitar emitir un chillido de sorpresa. El silencio fue ominoso, alargándose tanto que Isabella deseó gritar ante su pura presión. Incluso los insectos parecían silenciosos bajo el peso de la oscura desaprobación del don. Emmett cogió la barbilla de Isabella en su mano y la forzó a mirarle. La miró a los ojos un buen rato. Después una lenta sonrisa suavizó los bordes duros de su boca.
Eres tan inocente. No has tenido nada que ver con este patán, ni le amas.
Isabella sacudió la cabeza, incapaz de apartar la mirada del don e incapaz de liberarse del hechizo hipnótico que él siempre parecía lanzar sobre ella. No podía haberle mentido, ni aunque si vida dependiera de ello, y bien podría ser así. Él podría haberla dejado marchar si pensara que se había acostado con Michael.
Nunca te dejaría marchar, así que no creas que este estúpido muchacho es tu salida.
Lentamente, casi a regañadientes, Emmett liberó la mirada de Isabella y se giró para evaluar a Michael con su mirada intensa e implacable.
-Deberías tener suficiente juicio como para no intentar arruinar la reputación de una mujer. Camina conmigo, chico. Tienes necesidad de aprender modales. -Gesticuló hacia el laberinto.
Isabella rodeó los hombros de Angela con un brazo y, con un ceño en la cara, observó a los dos hombres aproximarse a la enorme masa de inmensos arbustos recortados que formaban el laberinto.
Angela le tiró de la falda.
-¿Crees que atravesará a Michael con una espada por mentir sobre ti?
La pequeña habló lo suficientemente alto como para que Michael la oyera. Michael hundió los hombros, y las puntas de sus orejas se pusieron rojas. Isabella sintió pena por él.
-Calla, bambina. Don Cullen sabe que Michael solo está siendo tonto. No recurriría a algo tan cruel. -Isabella no sonó tan convencida como le hubiera gustado.
Sue y Alice se unieron a ellas en el patio. Alice miraba a Angela con una mezcla de aprensión e interés. Marchó directamente hacia Isabella y la tomó de la mano, lanzando a Angela una mirada arrogante.
-Isabella es mia famiglia ahora. Es la mia zia.
Angela hizo una mueca a la niña.
-No será tu zia hasta que esté casada con el don. Isabella es mi mejor amiga.
-Todas vamos a ser buenas amigas -intervino apresuradamente Isabella-. Alice, esta es Angela. Todas nos divertiremos mucho, juntas.
Alice se relajó un poco cuando Isabella continuó cogiéndola la mano y le sonrió dulcemente. Incluso se las arregló para dirigir un pequeño asentimiento hacia Angela. Isabella intentó no reír por la forma en que las dos pequeñas se estaban comportando y en vez de eso sugirió, - ¿Alice, le mostrarías a Angela la cocina y le presentarías a Stefan? Angela, Stefan es el mejor cocinero del mundo y un buen amigo de Alice. Alice te conseguirá una maravillosa comida en la cocina -Le guiñó un ojo a la tímida Alice. - No olvides conseguirme algo a mí también. Confío en que te ocupes bien de mi amiga por mí.
Sintiéndose de nuevo importante por el recado, Alice tomó la mano de Angela, y se marcharon juntas hacia el palazzo.
Isabella se dejó caer en la alfombra verde de hierba, sus rodillas le fallaron.
-Es posible que el pelo se me vuelva gris antes de que se lleve a cabo esta boda -dijo a Sue-. Michael, el muy tonto, dijo a Don Cullen que me había mancillado.
Sue chilló su indignación tan ruidosamente que los pájaros se alzaron en el aire desde las copas de los árboles, dispersándose por el cielo. Trazó el signo de la cruz en todas direcciones, incluyendo sobre Isabella tres veces.
-¡Ese chico merecería una buena paliza! ¿El don te ha ordenado volver al villagio? -Había una nota esperanzada en su voz.
-No creyó a Michael. Están teniendo una charla -Isabella inclinó la cabeza, frunciendo el ceño-. ¿Sue, recuerdas a ese chico del villagio, el del otro lado de la colina? ¿El del aspecto raro cuya mente no creció? Podía ser tan dulce, sonreía a todo el mundo, pero algunas veces cuando alguien le contrariaba, podía volverse loco. Era primero un ángel, después un demonio, como si estuviera dividido. No lo hubiera creído si no lo hubiera visto con mis propios ojos. -Isabella se retorció las manos-. ¿Alguien podría parecer perfectamente normal y aun así ocultar la locura en su interior? ¿Podría estar siempre muy calmado y tranquilo, pero ser capaz de lanzar a una mujer por una torre? -preguntó preocupada.
Sue miró hacia los soldados para asegurarse de que no podían oír la conversación.
-¿Crees que el don podría sufrir una afección semejante?
-No sé si tal cosa es posible. -Isabella observaba el laberinto en busca de señales de una confrontación violenta.
Como siempre, desde el momento en que había llegado al palazzo se sentía como si estuviera siendo observada. Levantó la mirada a las murallas superiores, y, con bastante seguridad, entre las gárgolas con sus ojos duros y fríos divisó a la hija de Carmen. Tanya pensaba que estaba protegida por una criatura de piedra rechoncha y voluminosa, pero su vestido carmesí se hinchaba con las ráfagas de viento. Parecía estar siempre acechando, observando con ojos llenos de odio.
-Yo no seré la esposa que el don necesita, Sue. No puedo entretener a la aristocracia como dice Carmen que debo hacer -Isabella se echó nerviosamente el pelo hacia atrás-. No puedo vivir esta vida con tantos ojos observando cada uno de mis movimientos. Quiero irme a casa, donde pertenezco. Casi desearía que el don hubiera creído a Michael. Creo que podría manejar a Michael, pero no hay quien pueda manejar al don. Él me aterra de muchos modos. No confío en mi propia reacción hacia él.
Sue murmuró vagos consuelos, palmeando impotentemente el hombro de Isabella. Ni siquiera ella podría salvar a Isabella del don.
Isabella le sonrió un poco gravemente.
-Estoy rodeada de enemigos, pero no sé si son míos o del don. Hay muchos secretos aquí, cosas que no entiendo. Alguien está siempre observando -Miró a los soldados que estaba a cierta distancia-. Y estos guardias se toman en serio lo de seguirme -Una sonrisa traviesa reemplazó su humor melancólico, su incontenible buen corazón se negaba a ser frustrado-. Al menos no entraron en la habitación con las costureras.
Sue sonrió a pesar de sí misma.
-Eres escandalosa, bambina.
Isabella se puso en pie cuando Emmett salió del laberinto. Al instante el corazón le latió veloz ante su visión. Era tan alto, poderoso y apuesto que le quitaba el aliento. Pero estaba solo, y parecía despiadado, implacable. Isabella miró más allá de él en un intento de ver a Michael, pero este no siguió a Emmett fuera del laberinto. Se quedó de pie muy quieta, esperando a que el don la alcanzara.
Emmett extendió el brazo para envolverse parte del pelo oscuro de ella en la mano.
-No parezcas tan asustada, cara. No te encerraré en la torre, al menos no aún. Pero mi corazón no puede sobrevivir a todos estos hombres que parecen estar cayendo a tus pies. Debemos casarnos pronto, o me veré librando duelos diariamente. -Tiró del pelo de Isabella hasta que se vio forzada a acercarse a él. Sus dientes centellearon hacia ella-. Eres hermosa, piccola. Más hermosa de lo que puedo expresar. Supongo que no puedo culpar a los jóvenes.
Isabella le miró la mano. Sus nudillos estaban rasguñados, y una mancha de sangre manchaba su camisa inmaculada. Abrió los ojos con horror, y se giró ansiosamente hacia el laberinto con la esperanza de ver a Michael.
-El muchacho está bien -la tranquilizó Emmett-. Intentó insistir en su embuste, pero no podía permitir que continuara manchando tu buena reputación. Pensará en su locura en los próximos días.
-Quizás debería atenderle -dijo Isabella temerosa.
-Yo no lo creo, Isabella -dijo el don con una dura nota de autoridad en la voz y una mirada dura en sus oscuros rasgos.
-Sue debe verle entonces -insistió ella.
-Al muchacho no le gustará que una mujer presencie su estado actual.
-Emmett, has abandonado a tu invitado -saludó Edward, atravesando el patio con una sonrisa secreta y burlona en la cara. Había emergido por el lado más alejado del laberinto, rodeando los arbustos cuadrados... cortando por la alfombra verde de hierba-. Pareces incapaz de apartarte de tu novia, aunque debo decir que no puedo culparte -Miró más allá de su hermano mayor, y una sonrisa de bienvenida apareció en su cara-. ¡Jasper! Has vuelto en un momento de lo más oportuno. ¡La famiglia reunida para celebrar la boda!
Isabella se giró con Emmett para observar a Jasper Cullen emerger del lado opuesto del laberinto. Su ropa estaba desgarrada y rota, manchada en algunos lugares por la que parecía ser sangre y tierra. Parecía cansado, un hombre alto y guapo, pero muy solo.
Jasper se detuvo a cierta distancia, su mirada oscura recorrió a Isabella, el reconocimiento brilló por un momento en sus ojos. Isabella encontró de repente sus pies desnudos muy interesantes. Emmett suspiró suavemente mientras bajaba la mirada hacia su cabeza inclinada.
¿Hay algún hombre que no te codicie?
Isabella se sonrojó furiosamente, el color subió por su cara tan rápido que no tenía esperanza de detenerlo. Fulminó al don con la mirada. Indudablemente Jasper no la codiciaba. Ella y Sue simplemente le habían ayudado una vez, y él las había ayudado a cambio. Emmett no parecía arrepentido.
¿Cómo es que conoces a mi hermano entonces? Una ceja se arqueó interrogativamente, un indicio de diversión se arrastró hasta sus ojos ardientes.
-¿Qué boda? -preguntó Jasper suavemente, su voz era ronca por falta de uso-. ¿Quién va a casarse?
-Emmett -Anunció Edward alegremente, con una amplia sonrisa en la cara mientras entregaba las que eran obviamente sorprendentes noticias.
Jasper se quedó congelado en el lugar, todo su cuerpo se puso rígido. Su mirada oscura saltó a la cara de su hermano mayor
-¿Te vas a casar?
Isabella sentía trasfondos oscuros arremolinándose a su alrededor que no podía entender del todo, pero estaba temiendo que se ahogaría en ellos. Algo oscuro y amenazador se vislumbraba entre los hermanos, una sombra siniestra que nublaba todo intento de felicidad.
Emmett tensó su brazo alrededor de ella, casi protectoramente.
-Isabella ha consentido en ser mi esposa.
Ella se rio. No pudo evitarlo, a pesar de la severidad que los tres hermanos parecían compartir. Encontró la elección de palabras del don divertida bajo las presentes circunstancias. Su risa fue baja y contagiosa cuando levantó la mirada hacia su prometido. Una sonrisa en respuesta suavizó la boca dura de él y disipó las sombras de sus ojos. Por un momento se miraron el uno al otro, perdidos en su diversión compartida.
Emmett examinó a su hermano cuidadosamente.
-¿Estás herido? ¿Hubo problemas?
Jasper se encogió de hombros despreocupadamente.
-Nada que no pudiera manejar.
-Bien -anunció Edward en voz alta- toda la familia reunida. Solo necesitamos a Garrett para completar el círculo familiar-. Se inclinó ligeramente hacia Isabella-. Garrett es nuestro primo y un buen amigo. Todos crecimos juntos.
Ellla fue consciente del súbito cambio en Emmett. Fue sutil, muy sutil, pero su cuerpo estaba junto al de él, y sintió una veta de hierro recorrerle, su sangre corrió de repente. Isabella le miró a la cara. Esta era una máscara inexpresiva, una sonrisa débil y sin humor estaba fija en ella. Parecía despreocupado, casi perezoso, pero estaba tenso y listo para atacar.
-¿Le has visto en tus viajes, Jasper? -continuó Edward-. Envió mensaje de que llegaría hace un par de días. Teníamos planeado cazar juntos. Pero no ha aparecido y no es propio de él.
-Normalmente llega en barco -dijo Jasper-. ¿Has comprobado la ensenada?
Isabella se quedó rígida, el corazón se le detuvo en el pecho. Lo supo. Supo la verdad inmediatamente, casi como si Emmett hubiera compartido la información con su extraño vínculo mental. Su primo estaba muerto, era uno de los hombres a quienes Emmett había dado muerte en la playa. Su cara se puso pálida y se le secó la boca. No se atrevía a mirarle, pero la mano que le sujetaba la suya propia contra el corazón de él fue suficiente. Él sabía que compartía su conocimiento.
Su propio primo. Un hombre con el que había crecido, un hombre al que llamaba famiglia. De repente estaba asustada. Más que nunca quería irse a casa, de vuelta a la simplicidad del villaggio. Ni rastro de conspiración acechaba allí, la gente era trabajadora y temerosa de Dios. Podía contar con su estabilidad. Aquí, en este lugar de locura, en el Palazzo della Morte, las arenas eran siempre movedizas, y no podía llamar a nadie amigo.
-¿Cuándo tuviste noticias suyas por última vez? -preguntó Emmett a su hermano menor.
Edward se encogió de hombros.
-Envió mensaje hace algunas semanas de que estaría aquí para la caza. Creo que deberíamos preguntar a su gente. Quizás ha venido por tierra y se ha detenido en alguna posada -Sonrió-. Garrett tiene ojo para las damas.
-Enviaré mensajeros -dijo Emmett, su mano se apretó alrededor de la de Isabella, advirtiéndole que permaneciera en silencio-. Debemos ocuparnos de la boda.
Isabella miró fijamente a sus pies desnudos. Sabía que el don sentía como su cuerpo temblaba junto al de él, la forma en que su pulso latía tan frenéticamente sobre la yema de su pulgar. Una mano subió a su nuca en un lento masaje. ¿Para consolarla? ¿O para advertirla? Ella permaneció muy quieta y escuchó charlar a los tres hermanos, sus voces eran curiosamente parecidas, aunque sus caracteres eran muy diferentes.
-¡Isabella! -Angela y Alice corrían hacia ella, inconscientes de las peligrosas corrientes ocultas, con las caras felices y manchadas de nata blanca-. ¡Traemos algo para ti! -Las niñas estaban cogidas de la mano cuando se aproximaron a los adultos.
Isabella y Sue sonrieron en bienvenida cuando se detuvieron, inseguras de repente bajo la atención de los tres hombres. Isabella extendió su mano libre hacia ellas animándolas, y ambas niñas se apresuraron inmediatamente a abrazarla.
-¿Alice, quién es tu amiguita? -preguntó Edward a su hija.
Alice se acercó más a Isabella, un fino estremecimiento la recorrió.
-Angela -respondió, casi dolorosamente tímida de nuevo.
Isabella notó que Emmett dejaba caer su mano libre sobra la cabeza de la niña, un pequeño gesto de afecto y ánimo.
Edward hizo una reverencia y fingió besar los dedos de Angela.
-¿Ha venido usted sin escolta? Eso ha sido muy valiente por su parte -Angela estalló en risitas nerviosas.
-Michael vino también -explicó ella sin vergüenza-. Él quería ver a Isabella también. Isabella es mi mejor amiga.
-Bueno, entonces debes venir de visita con frecuencia -animó Edward. Miró alrededor-. ¿Entonces donde está Michael? -Sonrió hacia Angela. - Tu escolta no debería estar tan carente de modales como para dejarte sola tanto rato. Me temo que, si no corrige su errante comportamiento, otro hombre te raptará.
Ella rió de nuevo, esta vez ruborizándose, ya, a tan corta edad, completamente susceptible al encanto Cullen.
Alice aferraba la pierna de Isabella con tanta fuerza que sus dedos verdaderamente le mordían la carne a través de la falda. La niña estaba temblando.
Instintivamente, Isabella rodeó los hombros de Alice y la abrazó.
-Muchas gracias por entretener a Angela por mí. Don Cullen, Alice ha sido muy buena conmigo, creo que debería asistir a la fiesta de la boda junto con Angela. Necesitaré a alguien que se asegure de que lo recuerdo todo.
Emmett sonrió a las pequeñas.
-Como los zapatos. Parece olvidarlos siempre. Te estaría más que agradecido, Alice.
Angela asintió vigorosamente.
-Es cierto, Alice. Debemos ayudar a Isabella a recordar sus zapatos mientras esté aquí.
-Isabella vive aquí ahora, Angela -le recordó Emmett amablemente-. ¿Era ese tu trabajo antes, ayudar a Isabella a recordar?
Angela asintió haciéndose la importante.
-Ella tiene mucho que hacer. La gente de todas partes busca a Isabella porque... -Se interrumpió, horrorizada, poniéndose una mano sobre la boca y mirando a Sue como esperando una dura reprimenda. Al momento lágrimas de remordimiento inundaron sus ojos.
Emmett le sonrió con su abundante encanto masculino.
-Debes contar a Alice todas tus responsabilidades, así cuando tú no estés, ella puede ocuparse de Isabella apropiadamente. Por supuesto Alice tendrá que estar en la fiesta nupcial y atenderte junto con Angela, cara. No podríamos hacerlo sin ellas.
Isabella intercambió una sonrisa genuina con él, agradeciendo que, con todas sus tareas, el don hubiera reconocido las inseguridades de las pequeñas y ayudara a combatirlas. La pobre Alice necesitaba atención de su familia desesperadamente.
-Se hace tarde, Angela. ¿Dónde está Michael? -Miró al don, sus ojos oscuros fueron elocuentes, suplicándole que le permitiera ir a ver.
-Estaba enfurruñado en el laberinto cuando le vi por última vez, y se negaba a volver con las damas -dijo Emmett, denegando la responsabilidad.
-Yo no vi a nadie -dijo Jasper-, pero cogí el atajo.
-Yo nunca he encontrado ese atajo -se quejó Edward-. Caminé solo una pequeña distancia por los bordes exteriores y no vi a nadie aparte de a Carmen en su paseo diario.
-Quizás se fuera a casa -aventuró Sue, conociendo bien la naturaleza encendida de Michael.
Si estaba enfadado y humillado después de su charla con el don podría haberse marchado violentamente, olvidándose de que había escoltado a Angela. Aunque difícilmente podría esperarse que la niña hiciera el camino de vuelta a casa sin acompañante.
-Quizás alguien debería buscarle en el laberinto -Isabella miró al don.
Emmett la evaluó silenciosamente un rato, después llamó a uno de los guardias. Hablaron brevemente, y el guardia llevó a cabo una búsqueda rápida por el exterior del laberinto.
Sue sacudió la cabeza.
-Probablemente se ha ido, Isabella. Estará furioso y enfurruñado durante días.
La niebla estaba empezando a surgir del océano, y el aire se sentía mucho más fresco. Bandas de blanco se movían empujadas por la corriente hacia el palazzo, dando a las esculturas una extraña apariencia extraterrenal. Isabella se estaba acostumbrando a las extrañas imágenes, pero podía ver que tanto la tímida Alice como la generalmente audaz Angela se estaban poniendo nerviosas.
-Yo acompañaré a Angela a casa -dijo Isabella. Quizás Sue tenía razón. Michael tenía un temperamento encendido y era más orgullo que la mayoría. Tras ser humillado por el imperioso don, se sentiría demasiado humillado para enfrentarse a ninguno de ellos-. Con frecuencia paseo por las colinas y conozco bien los caminos. Por otro lado, necesito comprobar mi jardín en el flanco de la colina.
Emmett rio suavemente, si burlona diversión masculina crispó los nervios de punta de ella.
-Difícilmente te permitiré vagar por las colinas, Isabella. Tus días de vagabundeo han terminado.
-Yo escoltaré a la joven Angela, y a Isabella también -se ofreció Edward, haciendo una reverencia.
Los ojos oscuros del don se volvieron al instante duros y brillantes. Isabella pudo sentir el poder recorriéndole, el filo de oscuridad, la sombra de violencia.
-Isabella no abandonará el palazzo. Enviaré a la joven Angela a salvo con su madre con dos de mis guardias personales. Si deseas acompañarlos, Edward, tú mismo -Miró a Isabella-. Estás temblando, piccola. Deberías entrar, se está más caliente-. Habiendo dado una orden, hizo señas a los soldados.
Edward se encogió de hombros, manteniendo gravemente su sonrisa.
-No hay necesidad de una procesión por una niñita. Dejaré que los guardias se ocupen de la tarea. Si me perdonas, Isabella, tengo deberes que atender.
-Y yo debo ir a bañarme -añadió Jasper, inclinándose ligeramente hacia ella.
Emmett no renunció al control de Isabella, su brazo la sujetaba.
-Vamos, Angela, da a Isabella un beso de despedida, por ahora. Informaré a los sirvientes de que puedes visitarnos siempre que quieras ver a Isabella o a Alice. Mis guardias te escoltarán a casa y dirán a tu madre que eres siempre bienvenida aquí y que se ocuparán de tu seguridad en los viajes de vuelta. Ahora nada de lágrimas. No querrás que Isabella se ponga triste.
-¿Lo dice en serio? -exigió Angela.
-Yo nunca digo cosas que no van en serio -dijo el don suavemente.
Angela abrazó a Sue, Alice, e Isabella, a la última tan fuerte y tanto rato que el don se vio obligado a soltar los deditos de Isabella y ponerla amablemente en camino con dos de sus guardias personales. Finalmente, la niña se marchó, alta, erguida y sintiéndose importante entre sus propios soldados.
-Gracias -dijo Isabella, a pesar de sí misma.
Emmett Cullen era una paradoja. Por un lado, sentía que era un hombre peligroso y violento, aunque también podía ser amable y atento. Era dificil no sentirse intrigada por él. Ni atraída por él.
Le miró e inmediatamente quedo perdida en las profundidades de sus ojos. Veía mucha necesidad allí. Un hambre intensa. Un deseo flagrante. Cálidas llamas que amenazaban con consumirla si se atrevía a acercarse demasiado a ellas. Sus dedos se cerraron contra el pecho de él.
Emmett la llevó de vuelta al palazzo bajo el ojo atento de Sue. Alice caminaba con ellos, mirando curiosamente de uno al otro.
Angela habría hecho un millón de preguntas, pero Alice era más reservada y siempre se contenía hasta que estaba a solas con Isabella.
-Tengo mucho trabajo, Isabella, pero confió en que te las arregles para mantenerte fuera de problemas y lejos de otros pretendientes hasta que pueda volver contigo. -bromeó Emmett. Sostuvo la puerta para que las mujeres le precedieran dentro.
La risa surgió de la nada.
-Yo nunca me meto en problemas, Don Cullen. No sé de donde ha sacado semejante idea. -Isabella guiñó deliberadamente un ojo a Alice para incluirla en la broma.
Alice se cubrió apresuradamente la boca para no mostrar su sonrisa. Nunca había oído a su tío Gino burlarse o bromear. Era el cabeza de familia, y todo el mundo le temía. Nunca antes le había oído utilizar esas voz baja y acariciadora tampoco.
-Quizás tenga algo que ver con mirar por mi ventana y encontrarte hecha un lío en el suelo con un joven ardiente. -La caricia arrastrada volvió a su voz, rozando la piel de Isabella como el tacto de dedos-. Quédate con Alice, cara, así podré volver a respirar.
-Respiras bastante bien -dijo Isabella, su risa suave hizo girar las cabezas de los sirvientes y los guardias.
Emmett había notado recientemente un extraño fenómeno en su casa. Era como si las sonrisas de Isabella fueran contagiosas. Muchos de los sirvientes y soldados mostraban ahora sonrisas de respuesta en sus caras. En la tristeza que envolvía el palazzo, Isabella era un rayo de sol. Su mano se cerró alrededor de la nuca de ella, su cabeza se inclinó hasta que presionó su frente contra la de ella.
-No creo que nuestra boda pueda ser lo bastante rápida como para complacerme.
Sue chasqueó la lengua para recordar a Don Cullen que no estaba casado aún y que su comportamiento bordeaba lo impropio. Emmett dejó escapar el aliento lentamente, sacudiendo la cabeza con pesar.
-Tienes a tu chaperona bien entrenada.
-Fuiste tú quien decretó que no estuviera nunca sola -señalo ella. - Podrías haber venido a nuestra colina y haberme cortejado apropiadamente.
Él rió suavemente, frotando ligeramente la punta de sus dedos sobre su boca tentadora.
-¿Apropiadamente? No creo que hubiera habido nada apropiado en la forma en que te habría cortejado en las colinas -dijo él perversamente.
Solo su voz ya resultaba escandalosa, susurrando sobre su piel hasta que el cuerpo le ardía de deseo. Danzaban llamas que la atravesaban, y sacudió la cabeza, hipnotizada por su sonrisa. ¿Cómo podría resistirse a la oscura intensidad de sus ojos, a su boca perfecta y sensual?
Sue se aclaró la garganta ruidosamente. El don cedió a la presión con una sonrisa disgustada, tomando el brazo de Isabella y la mano de Alice y caminando por el corredor.
-Creo que me han dado una reprimenda, Alice -confió en un susurro a la niña, conduciéndolas hacia su estudio.
Alice rio en voz alta, el sonido resultó despreocupado e inesperado. Siempre era una niña muy solemne, pero ahora mismo estaba soltando risitas junto con Isabella.
-Me alegro de que fueras tú el castigado, Zio Emm, y no yo. Ella frunce el ceño así. -Alice miró hacia atrás para asegurarse de que la anciana estaba todavía a alguna distancia tras ellos, después puso una cara que se parecía mucho a la de Sue.
-¡Zio Emmett! -La estridente voz atravesó el largo salón y pareció resonar hasta el techo.
Tanya emergió de la escalera que conducía a las murallas y se apresuró hacia ellos desde el extremo más alejado del corredor. Los últimos rayos del sol que se ponía atravesaban la espesa niebla y las ventanas de cristales tintados. Irradiaban colores sobre las paredes y danzaban sobre los techos. Entonces, de repente, una sombra oscura pasó rápidamente sobre el palazzo cuando el sol se hundió en el mar.
.
.
.
No estaba segura de sí subir el cap hoy mismo jaja pero pues ya falta poco para que esté ocupada con la uni… así que actualizaré las veces que sea posible jaja.
Por cierto… alguien me preguntó acerca de la fecha de la historia… y pues solo sé que es una historia de época jaja hice una búsqueda rápida pero no encontré gran cosa… prometo seguir buscando y cuando tenga el dato se los haré saber.
Espero les guste este cap, no olviden dejar un lindo comentario para que sepa que les gusta.
¡Nos leemos pronto!
