~ kittens
•
Todos en el edificio sabían que Otabek Altin del apartamento 408 tenía varios gatitos en su hogar. Los recogía de la calle, los llevaba al veterinario para sus vacunas, su desparasitación, su esterilización y luego les buscaba algún hogar con dueños responsables.
Todos los vecinos sabían que Otabek tenía un gatito favorito. Lo había recogido hacía dos años, una bola de pelos anaranjada y huraña que se pavoneaba con orgullo y arrogancia por los pisos ajenos, pero que no se dejaba hacer cariño por nadie más que su amo. Ese era el único gato que Otabek Altin no había recogido para darlo en adopción, él se había quedado con él.
Por las mañanas se le podía escuchar claramente llamarlo.
— ¡Yura, el desayuno!
Lo mismo a la hora de la comida y a la hora de la cena.
También se le podía escuchar regañarlo.
— ¡Te he dicho que no hagas eso! Tendrás que barrerlo tú.
Todos en el edificio sabían que Otabek era alguien agradable, tranquilo, un poco solitario, pero muy amable. La gente pensaba que era un hombre de negocios puesto que, si bien nadie entraba a su piso, a veces se le podía escuchar hablar con alguien allí dentro y se asumía era el móvil en altavoz.
— Deja los papeles allí, ni se te ocurra jugar con ellos.
— Ya entendí, ya entendí.
También asumían que semejante hombre debía tener (¡por supuesto!) una amante por allí. Los gemidos amortiguados eran el pan de casi todas las mañanas antes de que el hombre se fuera a trabajar.
Sin embargo, lo que nadie, absolutamente nadie sabía, era que dos años atrás, en un día lluvioso, Otabek había recogido una caja con un gato realmente interesante. Un gatito que no era un gatito completamente, sino un híbrido que podía tomar tanto forma humana como forma felina.
...
A Otabek le costó digerir la idea de tal fantasía siendo cierta, ¡y en su propio piso! Y es que cuando dejó al gatito anaranjado -que había recogido esa tarde- en su living, fue a su cuarto y volvió, quedó shockeado al ver a un adolescente de rubios cabellos hasta los hombros, desnudo, de ojos verdes mirándolo con soberbia, como a un ser inferior.
— ¿Qué esperas para secarme? — su voz fría y demandante.
Las primeras semanas de convivencias fueron muy extrañas y difíciles.
Yuri era un híbrido demandante, arrogante, huraño, se creía el rey de la casa y le daba órdenes a Otabek cada dos por tres.
"¿Por qué mi plato está vacío?", "hoy dormiré en tu cama, tú vete al sofá", "no necesito una tina, tengo lengua para bañarme", "no tienes el derecho de regañarme si rompo el papel higiénico, tú me dejas solo todo el día y me aburro", "no es asunto tuyo si voy a pasear a los otros pisos, es mi vida", "dile a la vecina que odio que meta tanto ruido en la mañana, ¡me despierta!", "mueve el sillón hacia el sol, quiero tomar una siesta".
Un día, Otabek simplemente explotó.
— ¡No soy tu sirviente, Yuri, mucho menos tu esclavo!
Yuri frunció el ceño, ofendido, pero Otabek no lo dejó hablar. El hombre se sentía usado y poca cosa para el semifelino al que dedicaba casi la mitad de su tiempo. Se podía decir que Otabek lo quería, pero Yuri siempre lo veía como un ser inferior que debía obedecerlo y limpiar sus desastres.
— ¡Yo te recogí, Yuri! Yo te cuido, te doy de comer, te doy cama, yo te dejo vivir aquí, pero tú siempre rompes cosas que a mí me cuestan dinero, ¡¿oh, pero tú qué diablos irás a saber de trabajar y el dinero si todo lo que haces es estar echado todo el día, dormir y no hacer nada por la vida?! ¡no tienes el derecho de tratarme así! ¡este lugar es mío mucho antes de que tú llegaras!
Yuri se puso rojo de cólera.
— ¡Tú eres un simple humano y yo soy mitad gato, no me trates así! ¡yo soy el que merece respeto!
— ¡Entonces si solo soy un simple humano para ti, vete! ¡Vete y consíguete otro, yo ya me aburrí de ti!
— ¡Bien, me iré! No soportaré que un imbécil venga y me grite.
Al muchacho le salieron las orejas y su cola, abrió la puerta y en tres segundos ya era un gato yéndose para siempre de ese piso.
Otabek todavía tenía la cabeza demasiado caliente y se sentía todavía muy enfadado como para reparar en cómo había culminado si discusión.
Al tercer día en que Yuri no volvió, a Otabek comenzó a dolerle su falta, así como también que Yuri decidiera irse en vez de disculparse. Se sintió herido y dejado.
No se lo había dicho al rubio, pero había comenzado a quererlo de veras. Era un muchacho lindo, inteligente y audaz, su humor negro era algo divertido... ¡pero, joder! Era tan insoportable cuando tenía sus aires de diva y lo mangoneaba de aquí para allá...
Estuvo muy deprimido el tiempo en que Yuri había dejado la casa. Se sintió tonto por haberse encariñado así de rápido, pero aunque lo quisiera, no habría podido evitarlo; Yuri tenía un brillo en los ojos que aceleraba su corazón y lo hacía suspirar.
Yuri volvió dos meses después, sucio, herido y con pequeñas lágrimas bajando de sus ojos felinos. Dejó un grillo muerto que había cazado a sus pies, como ofrenda.
Nadie lo había recibido, nadie lo había cuidado como Otabek lo hizo, nadie le dio de comer y todos lo habían dejado vagar en la calle como había pasado toda su vida antes de conocer a Altin y este le diera amor y cuidado. Un hombre lo había golpeado por intentar robar un pescado de su puesto y entonces comprendió: Otabek nunca lo había tratado mal, por más que lo hiciera enojar, nunca lo había golpeado e incluso al final de cada pelea, le dejaba una lata de atún sobre la mesa de la cocina. Otabek era una lucecita en su vida que él no había apreciado correctamente.
Yuri recibió un baño esa noche, agua tibia y manos suaves lavando su espalda y cabello. Otabek aplicó pomada al moratón en sus costillas y había querido cederle su cama como era costumbre, pero Yuri lo detuvo y dijo que quería durmieran juntos.
Otabek tragó grueso, pellizcándose por su aquello era un sueño o algo por el estilo.
— ¿Estás seguro?
— Sí, tengo frío.
Sus manos rodearon a Otabek y este pudo escuchar claramente el ronroneo de Yuri antes de caer dormido.
Y si bien Yuri al día siguiente volvió a ser el orgulloso gato de siempre, Otabek no recibió ningún trato desdeñoso. De hecho, fueron los demás gatitos que él siguió cuidando en su hogar los que se llevaron las miradas de mala muerte del rubio, quien los miraba a la distancia con saña.
Altin en más de una ocasión tuvo que separar a Yuri en su forma de gato de los otros mininos porque el muchacho les pegaba cuando los veía demasiados encariñados a él; quien ahora consideraba como a un igual, pero de su propiedad.
.
.
.
Temprano en la mañana, antes de que su despertador sonara, Otabek comenzó a sentir los besitos y ronroneos dulces de Yuri en su cuello y labios.
— Otabek, hazme cariño — susurró mordiendo su mentón.
Le costó abrir los ojos y desperezarse.
Acarició con algo de flojera el cuello de Yuri, dejando una suave mordida a la que el semifelino jadeó, pegando más su entrepierna a la de su amo y novio.
Otabek no entendía el gusto de Yuri por hacer el amor en las mañanas... pero tampoco se quejaba.
Todavía algo perezoso, juntó sus labios y bajó su mano para apretar el redondo trasero. Yuri gimió bajito, con sus manos toqueteando su torso.
Iban tomando vuelo, pero de pronto Yuri se separó de golpe y miró hacia la puerta de la habitación.
— ¿Qué pasa?
— Esa cosa de nuevo — gruñó el rubio.
El pequeño gatito que Otabek estaba cuidando ese mes había entrado a la habitación e intentaba subirse a la cama aferrando sus garritas a las sábanas. Otabek sonrió con ternura.
— Oh, míralo, qué ternur...
Yuri le dio un empujón con su pie desnudo. El gatito rodó por la sábana desperdigada y cayó al suelo.
— ¡Yuri! — reclamó Otabek, reincorporándose — es pequeño, no le hagas daño.
El minino maulló disgustado hacia Yuri y le mostró los dientes antes de irse corriendo. El rubio sonrió victorioso y ronroneó a su cuello.
— Yo tengo que ser tu gatito, Beka, yo soy más tierno, no quiero que mires a ningún gato más — le dijo.
Otabek revoleó los ojos, abrazando su cintura y volviendo a tirarse a la cama con una sonrisa resignada. Besó los labios de Yuri, quien mantenía sus orejas a la vista, el chico lo miraba con intensidad; esmeralda derritiéndose en sus ojos.
Se lamió los labios antes de volver a besarlo con una sonrisa resignada.
— Eres mi gatito favorita, Yura, que te quede claro eso.
día 15: gatitos
¡Gracias por leer!
