No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Cullen). Yo solo me divierto un poco.
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El corazón de Isabella de repente palpitaba alarmado. Tanya casi había alcanzado al pequeño grupo, trayendo con ella un amenazador presagio de peligro. La impresión era tan fuerte que Isabella apartó su brazo de Emmett.
El corredor parecía gris y siniestro, oscuro y ensombrecido por la violencia.
-Zio Emmett -Tanya empujó rudamente a Isabella al pasar, su nariz se arrugó delicadamente-. ¿Quién esta gente? Alice, deja de parecer una campesina idiota aferrándote como una bambina a esta mujer.
Isabella no podía mirar a Tanya, con sus ojos venenosos y su orgulloso desdén. La oscuridad se estaba extendiendo como una terrible mancha sobre su alma.
-¿Lo sentís? Algo va mal -murmuró. Se presionó una mano contra el estómago, la advertencia era tan fuerte que casi la paralizó de miedo-. Alguien está en peligro... -Se alejó de los otros para extender los brazos, buscando sentir.
Buscando abrazar la advertencia. Sin mirar a ninguno de ellos, alzó la cara hacia el techo abovedado. Necesitaba salir, sentir el viento en su cara, oler y saborear la salpicadura salada del mar. Necesitaba leer las historias que le traía el viento.
Tanya la miraba con horrorizada fascinación.
-¿Qué demonios le pasa? -exigió-. ¿Está loca? Zio Emmett, has traído a una loca entre nosotros. -Había una flagrante acusación en su voz gemebunda.
-¡Isabella! -Sue pronunció el nombre con voz aguda para sacudir a la joven y sacarla de lo que sospechosamente parecía un trance.
Temiendo que alguien pudiera notar las "diferencias" de Isabella y la llamara bruja, Sue pronunció su nombre en voz alta una segunda vez.
El color desapareció de la cara de Isabella.
-Cerca -dijo suavemente para sí misma, su cuerpo empezó a temblar-. Está muy cerca de nosotros.
Cuando Sue iba a agarrar a Isabella para sacarla de su trance, Emmett apartó amablemente la mano de la anciana.
-Déjala -ordenó-. ¿Qué pasa, cara? -Su voz era increíblemente tranquila, pero cargaba una inconfundible autoridad y penetró en el estado de pánico de Isabella-. ¿Qué va mal, Isabella? Cuéntame, y ayudaré. ¿Qué se acerca a nosotros?
Isabella le miró fijamente, sus ojos estaban abiertos de miedo.
-La morte -susurró suavemente.
Justo fuera de la ventana un pájaro grande y oscuro volaba cerca, su sombra pasó sobre ellos, sus grandes alas rozaron le ventana. Sus garras arañaron el cristal, y su pico lo golpeó dos veces. Isabella jadeó en voz alta, mirando con horror fascinado hacia la oscura criatura.
Tanya gritó ruidosamente y se lanzó a los brazos de Emmett, ocultando la cara en su pecho y llorando sonoramente.
-Va a entra y a cogerme. ¡Tengo miedo! ¡Tengo tanto miedo!
-Ha ocurrido algo terrible -dijo Isabella, empujando a Emmett a un lado en un intento de salir del palazzo-. Debo ir.
El mayordomo, Erik, apareció salido de ninguna parte.
-Hay un muchacho en la entrada de la cocina. Parece muy perturbado. Pide ver a la Signorina Isabella. La llama la sanadora.
-Debo ir -dijo de nuevo Isabella, intentando pasar al don.
Poniendo a Tanya firmemente a un lado, Emmett cogió el brazo de Isabella, haciéndola desacelerar el paso, pero sin detenerla. Fue con ella, igualando fácilmente su zancada corta. Sue se dirigió en dirección opuesta, corriendo en busca del morral de medicinas, llamando a Alice para que la ayudara a encontrar el camino. Tanya simplemente dejó de gemir y se quedó quieta, sorprendida de que nadie le prestara atención. Furiosa por ser abandonada en medio de su dramático momento, miró venenosamente a Isabella mientras esta se marchaba, estampando el pie en el suelo.
Era el joven Tyler, el hijo de Jessica, el que esperaba a Isabella, su cara estaba manchada de lágrimas.
-Tienes que venir, Isabella. Es Zia Marie... está muy enferma. Madre dice que vengas ya mismo. Alistair intentó detenerme -giró la cabeza para mostrarle un moratón oscurecido en el costado de la cara-. pero me escapé y corrí tan rápido como pude. Por favor, Isabella, ven conmigo.
-Por supuesto que iré. Pero necesito mis medicamentos -Estaba buscando en la arremolinante niebla, su corazón palpitaba de terror-. Tengo que ir, Don Cullen. Tengo que ir.
Edward apareció tras el chico. Su ropa estaba un poco desarreglada, evidencia de que el viento se había levantado fuera.
-Indudablemente el palazzo ha revivido con tu llegada, Isabella -No parecía preocupado porque ella estuviera actuando de forma extraña-. Yo la llevaré al pueblo, Emmett, si quieres. Tiene intención de ir. Yo no estoy haciendo nada, y puedo ayudar un rato. Ya estoy empapado por la niebla, y no es problema.
El don hizo señas a los guardias para que trajeran a los caballos.
-¿Necesitarás a la Signorina Swan? -preguntó tranquilamente a Isabella.
Isabella asintió silenciosamente, su cara estaba tan pálida que Emmett le pasó los brazos alrededor.
-¿Puedes sentirlo? -susurró. Su voz quedó amortiguada contra el pecho de él-. Es malo. Alguien está en un terrible peligro. -Era más que eso. Sentía la presencia del mal como si fuera una entidad viva.
-¿Qué está diciendo? -exigió Edward.
-Grazie, Edward, por tu oferta. Iremos los dos y veremos cuál es el peligro. Monta con nosotros -dijo Emmett a su hermano.
-No puedo esperar -insistió Isabella, intentando escapar de los brazos del don.
Los brazos de él mantuvieron su posesión, negándose a permitirle escapar.
-Están trayendo los caballos, cara. La Signorina Swan está aquí con tu morral. Grazie, Alice, por llevarla tan rápidamente a través del palazzo. Se habría perdido sin ti.
-¿Qué pasa, Zio Emm? -preguntó Alice valientemente-. ¿Me traerás de vuelta a Isabella? -Le estaba mirando con confianza infantil.
A Emmett le sorprendió notar que nunca le había mirado a él ni a nadie de ese modo hasta que Isabella había entrado en su familia.
-Si, por supuesto -la tranquilizó mientras cogía la bolsa y conducía a Isabella hasta su caballo.
Montó con un movimiento fluido, después extendió el brazo hacia abajo buscando la mano de ella. Era enormemente fuerte, tiró de ella fácilmente colocándola delante de él.
-Trae el chico, Edward. La Signorina Swan montará con los guardias.
Isabella se agarró a Emmett, agradeciendo su presencia tranquilizadora, con lágrimas ardiendo tras sus ojos. Sentía el peligro, sabía que fuera lo que fuera lo que iba a enfrentar sería malo. Muy malo. Alistair no había enviado en su busca a pesar de la situación, y quizás fuera culpa suya, porque le había permitido ver su profunda animadversión, su desprecio hacia él. Y ahora Marie podría pagar la descuidada muestra de temperamento de Isabella con su vida.
Los cascos del caballo golpeaban la tierra con un ritmo parecido al latido de un corazón. Tronaba en sus oídos, un conjuro. Aprisa. Aprisa. Aprisa.
Las colinas estaban oscuras, las ramas de los árboles siniestramente inmóviles. La niebla era espesa, saliendo del mar, un velo blanco que los envolvía en un mundo extraño e incorpóreo. Miró hacia atrás pero no pudo ver a los demás jinetes. El ruido de los cascos quedaba amortiguado por la niebla y el constante rugido de las olas golpeando las rocas bajo ellos. Isabella enterró la cara en el cuello de Emmett, sin preocuparse de lo que él pensara, sin preocuparse de si se había desenmascarado ante él y su familia e iban a acusarla de brujería.
La urgencia era fuerte en ella, y en alguna parte, en la distancia, oía el terrible aullido de una lechuza. Una vez. Dos. Tres. Un presagio de muerte. Cuando el sonido murió, un lobo soltó un aullido triste, el sonido se alzó y cayó en la madrugada. Un segundo lobo respondió. Un tercero. El silencio reinó una vez más. Sus manos aferraron la camisa del don. Estaba temblando, pero no por la fría neblina o por la noche. En realidad, profundamente en su interior, un helado golpe de gracia la estaba congelando, y sentía que nunca podría volver a calentarse.
Como presintiendo la terrible urgencia, el miedo que brotaba de su interior, el don se inclinó hacia adelante para urgir a su montura a ganar velocidad, algo peligroso ya que montaban casi a ciegas entre la espesa niebla. Un paso en falso y el caballo podría romperse una pata. Isabella rezó a la buena Madonna, pero la sensación de muerte era tan fuerte, que no podía encontrar ni una chispa de esperanza en su interior.
En el momento en que llegaron a la granja de Alistair, Isabella bajó del caballo para abrir la puerta de golpe. La cara blanca y empapada de lágrimas de Jessica fue lo primero que vio.
-¿Qué ha pasado? -exigió Isabella, pasando apresuradamente junto a Jessica y entrando en el dormitorio donde yacía Marie.
Se quedó plantada cuando vio el charco de brillante sangre roja en el suelo junto a la puerta y el rastro de gotas que conducían al armazón de la cama. La colcha también estaba empapada de sangre.
-Marie -susurró suavemente, obligándose a acercarse a la cabecera.
Marie estaba tan pálida, parecía transparente, como si ya hubiera abandonado este mundo. Sus ojos estaban abiertos de par y par y fijos en la cara de Isabella con desesperación, suplicando impotente. Isabella tomó su mano floja, acariciándole el pelo hacia atrás consoladoramente. Los ojos de Marie estaban hundidos, y había un moratón azulado alrededor de su boca. Moratones oscuros marcaban su cara y cuello, sus brazos desnudos.
-Se enfadó porque el bebé estaba llorando -dijo ella-. Me llamó perezosa porque no conseguía levantarme. Quería levantarme, Isabella, pero estaba tan débil. Jessica se fue solo un ratito para atender a su famiglia. Ya estaba de vuelta, pero Alistair no atendía al bambino. Se puso furioso y me sacó arrastras de la cama. Me golpeó y pateó mientras yo acunaba al bebé, pero él todavía estaba furioso conmigo -Sus ojos expresivos reflejaban su dolor-. Tengo tanto frío, parece que no puedo calentarme, Isabella. No consigo calentarme.
-Lo sé -murmuró Isabella, su pena era tan profunda que pensó que su corazón se partiría en dos.
Tiró de las mantas para rodear a su amiga. Marie era tan joven, solo unos años mayor que Angela. Pero no había nada que Isabella pudiera hacer por ella, Marie estaba pidiendo un milagro.
-No quiero morir. No quiero que ninguna otra crie a mi bambino. No dejes que muera, Isabella.
Jessica, estaba de pie en el umbral de la puerta, sollozando ruidosamente y se giró apresuradamente para enterrar la cara entre las manos. Isabella permaneció junto a Marie, hablando suavemente, acariciándole el pelo con dedos gentiles, utilizando su calor sanador para consolar a Marie, para hacer que pasara a la próxima vida tan fácilmente como fuera posible.
-Él dijo que yo era mala, que no merecía a su bebé -Las lágrimas inundaban sus ojos oscuros, y no ya no le quedaba fuerza en los dedos-. Estaba disgustado conmigo y me dejó en el suelo. Se fue a atender a los animales.
-Fue estúpido en su furia, Marie. Sabes que no podría haber otra madre como tú -la tranquilizó Isabella amablemente. Se inclinó para besar la frente de la muchacha. La piel de Marie estaba ya fría y húmeda. -Te queremos mucho... ya lo sabes.
-No puedo sentir tu mano -dijo Marie lastimeramente-. No me dejes sola.
-No estás sola. Estoy aquí contigo -dijo Isabella.
Pero ya era demasiado tarde. Marie se había esfumado con la gran cantidad de sangre, y todo lo que quedaba era la cáscara maltratada de su cuerpo. Su cara estaba vuelta hacia Isabella, sus ojos estaban abiertos con miedo, desesperación y súplica. Isabella cerró gentilmente los párpados de Marie y se sentó con la cabeza inclinada, intentando rezar.
Pena y furia se arremolinaron juntas dentro de ella hasta que se sintió casi entumecida. Fue una sollozante Jessica quien llevó a cabo los rituales de muerte, cubriendo la cara de su hermana menor con un chal y tapando el espejo con un velo negro. Isabella no podía moverse, su pena era tan profunda que ni siquiera podía llorar. Ardía en ella como una terrible marca, su garganta se convulsionó, dejándola falta de aliento.
Alistair irrumpió en la habitación, con la cara retorcida en una máscara de repugnancia.
-Les prohibí que mandaran a buscarte. No te pagaré. Sal de mi casa. Esa perezosa vaca puede levantarse y prepararme la cena.
Se lanzó al aire, volando hacia su monstruosa cara, una rabia volcánica estalló en ella. Alistair la lanzó fuera de su camino, y ella aterrizó pesadamente contra la pared. Después él rugió como un animal herido, arremetiendo contra ella, agitando los puños. Cerró los ojos, haciendo una mueca ante el feo sonido de carne contra carne, pero Alistair no la había golpeado. Isabella abrió los ojos cautelosamente.
Emmett Cullen estaba de pie entre ella y la voluminosa figura de Alistair, el puño de Alistair estaba atrapado en la palma de Emmett.
Los dos hombres estaban nariz con nariz, sus miradas se enzarzaron en un combate mortal.
-Nunca volverás a intentar golpear a esta mujer -dijo el don tranquilamente, la extrema suavidad de su voz traicionaba su furia-. Si alguna vez te cojo haciendo tal cosa, no vivirás para ver el siguiente amanecer. ¿He sido claro? Estoy perdonando este incidente por tu obvio pesar ante la muerte de tu esposa.
Detrás de Alistair había dos guardias, sus espadas estaban desenvainadas y listas para proteger a su don y a Isabella. Edward estaba de pie en la puerta, cortando la retirada de Alistair y manteniendo a raya a Sue que pretendía correr junto a Isabella.
Alistair asintió repetidamente, su cara reflejaba su terror. Entonces las últimas palabras del don penetraron más allá de su furia y su miedo.
-Mi esposa... ¿muerta? -Miró hacia la cama-. Marie estaba bien cuando la dejé. -Su mirada voló hacia Isabella-. Ella me trae mala suerte. Rompió el brazo de mi hijo, y ahora ha matado a mi esposa. Es una bruja, y...
El don le dio un revés a Alistair, su fuerza era enorme, la bofetada casi hizo caer al hombre mucho más grande.
-Ese es un insulto que no dejaré pasar -El Don se agachó para ofrecer su mano a Isabella, levantándola sin esfuerzo del suelo. Amablemente la hizo rodear a Alistair y pasar junto a su hermano hasta los brazos expectantes de Sue-. Signorina, Signora, si fuera tan amable de llevarse a Isabella de esta granja, estaré en deuda con usted. -Su mano bajó por el pelo sedoso de Isabella, un pequeño gesto tranquilizador.
Isabella no podía mirarle a él, o a Alistair. Estaba temblando, tantas emociones la abrumaban haciéndola desear huir a los acantilados más altos y gritar su furia a los dioses. Abrazó a Sue, más para consolar a la anciana que a sí misma, pero no pudo suprimir la rabia que crecía en ella hasta que pensó que iba a estallar si no llevaba a cabo una acción física. Se arrancó de los brazos de Sue y corrió como había corrido la noche en que habían traído a su madre muerta a casa.
No había ningún sonido en la pesada niebla, ni visión cuando corrió ciegamente a lo largo de los senderos que conducían a los acantilados. Conocía el sendero tan bien como cualquier animal salvaje. Había vagado por las colinas toda su vida, noche y día, conocía todos los senderos, cada camino. Tras ella, los dos soldados hacían lo que podían para mantenerla a la vista, pero no tenían su conocimiento del terreno, y la niebla les impedía el progreso. La perdieron entre los arbustos y arboledas. Escucharon, intentando localizarla a través del sonido, pero la niebla amortiguaba cualquier sonido. No tenían posibilidad de oír sus pies descalzos en el camino de tierra. Pero en el camino de vuelta a la casa de Alistair para informar de su fracaso, oyeron un caballo acercándose a ellos, lanzando vapor por las fosas nasales cuando montura y jinete pasaron como un rayo junto a ella entre la niebla cegadora.
Isabella corrió a lo largo de la cima de los acantilados hasta casi el mismo límite, desentendiéndose de los bordes que se desintegraban. Lanzó su furia y desafío hacia el rugiente mar mientras bajo ella las olas golpeaban las rocas y la espuma blanca salpicaba alto en el aire. El viento se rió de ella, tirando de su ropa, haciendo que su falda se hinchara y el pelo le volara en todas direcciones. Sus dedos se cerraron en puños, sus uñas se hundieron en sus palmas. Alzó la cara al viento veloz, y su aullido se mezcló con su propio pesar salvaje, alejando de ella todo peligro.
Bajo ella el mar rabió como rabiaba su corazón. Salvajemente. Apasionadamente. Inconsolablemente. No podía contener su furia y su angustia. Explotó saliendo de ella como las turbulentas olas que se estrellaban como blancas y altas plumas. Gritó su odio hacia Alistair y todos los hombres como él. Gritó su desafío a las deidades que permitían que una jovencita tan delicada y solitaria muriera sin un marido amoroso. Gritó hasta que la garganta se le quedó ronca y descarnada y desgarrada como su corazón.
Emmett desmontó a cierta distancia de la pequeña figura que rabiaba en las cimas. Tenía el corazón en la garganta. Ella estaba tan cerca del borde del acantilado, su pena era tan profunda que no podía soportarlo, y temía por ella. No se atrevió a acercar a su caballo al borde inestable de la cima, así que ató el animal a un árbol y se aproximó a pie, temiendo sobresaltarla. Parecía salvaje e indomable, una criatura misteriosa y elusiva de la noche.
Isabella no era, de hecho, el tipo de mujer que se lanzaba al mar, pero su pena era profunda, su naturaleza era tan apasionada como el rugiente mar de abajo. No parecía consciente del peligro en que se había colocado. Inconsciente. Imprudente. Su corazón estaba con ella. Fijó en ella su mirada negra, como si pudiera sujetarla solo con su voluntad, mantenerla a salvo de la ferocidad de las voraces olas que subían más y más alto hacia ella.
Emmett se acercó lentamente a ella, acechándola silenciosamente, preparado para saltar hacia adelante si hubiera necesidad. Parecía tan apasionada, estaba al borde del desastre con el mar espumoso ante ella, el viento tirándole del sedoso pelo y la niebla rodeándola como un velo gaseoso. La cogió entonces, sus brazos la acunaron, alejándola del precipicio.
Ella se giró hacia él, luchando como una gata salvaje, ciegamente, instintivamente, como si temiera que su intención fuera empujarla por el borde en vez de protegerla. No pronunció ningún sonido, y no hubo reconocimiento en sus ojos oscuros y aterrados. Le sujetó las muñecas juntas con una mano y la arrastró hasta el abrigo de su cuerpo. Estaba helada, temblando incontrolablemente, aunque pareciera inconsciente de ello.
-Isabella -Emmett acabó con la lucha con su fuerza superior-. Estás muy fría. Permíteme calentarte. Nadie puede hacerte daño ahora. Nadie. Estás a salvo conmigo -murmuró las palabras con su voz más amable, casi tierna, manteniéndola inmóvil para intentar calentarla con el calor de su propio cuerpo.
Se desplomó contra él, la lucha la había agotado, el cansancio había ganado la batalla. Finalmente levantó la cara hacia él. Corrían lágrimas por su piel, inundando sus ojos, haciendo que parecieran luminosos en la oscuridad.
-Tú estás aquí -dijo suavemente, una acusación-. Tú puedes hacerme daño. Nunca volveré a estar a salvo. Preferiría que me tiraras ahora por el acantilado en vez de hacer que me quemen por bruja.
El murmuró algo por lo bajo, sus manos le enmarcaron la cara.
-Nadie te quemará por bruja -Hizo el juramento fervientemente, sus ojos negros eran expresivos acerca de su necesidad de protegerla. Emmett inclinó la cabeza saboreó sus lágrimas. Gentilmente. Tiernamente. Besó su piel húmeda, siguió el rastro de lágrimas hasta la comisura de la boca-. No puedes llorar así, Isabella. No puedes.
Entre sus brazos ella estaba todavía helada, temblando tan fuerte que sus dientes castañeaban.
-No creo que siquiera pueda parar -respondió tristemente.
Emmett cogió la esbelta figura fácilmente entre sus brazos, llevándola a su caballo. La envolvió en su propio abrigo elegante, colocándola delante de él de forma que el calor de su cuerpo proporcionar tanto calor como fuera posible en la cabalgada a casa. Montó velozmente por el terreno accidentado, urgiendo a su caballo a tomar mayor velocidad.
El mozo de cuadra del palazzo se apresuró a coger la montura de Emmett cuando este desmontó con Isabella acunada entre sus brazos. Poco le importó que su montura favorita estuviera sudando profusamente en el frío de la noche, normalmente se hubiera asegurado de que a la bestia se le proporcionara un cuidado excelente. Ahora solo pensaba en sacar a Isabella del frío.
Jasper llegaba a la puerta del palazzo en ese mismo momento, su pelo largo estaba revuelto, su ropa mostraba manchas negras y húmedas.
-¿Emmett? -Parecía cansado, pero había una nota de acusación en su voz-. ¿Qué le ha pasado?
Emmett, con Isabella entre sus brazos, apenas miró a Jasper cuando atravesó la puerta que su hermano había abierto. Sus ojos se abrieron ante las condiciones de la ropa de Jasper, pero se abstuvo de hacer comentarios.
-Ha sufrido un shock -replicó tensamente. Gritó llamando a su mayordomo mientras recorría el largo corredor a zancadas, con Isabella firmemente apretada contra él-. ¿Has hecho que enciendan un fuego en su habitación? -exigió cuando el mayordomo se escurrió adelantándole-. ¿Estás calentando el agua?
Jasper dudó como indeciso sobre si seguirles o no, después se giró y atravesó el salón hacia el ala más alejada donde estaban sus habitaciones.
-¿Edward ha vuelto con la Signorina Swan? -Emmett continuaba caminando muy rápido, el mayordomo casi corría para mantenerle el paso
-Los guardias devolvieron a la Signorina Swan al palazzo junto con sus instrucciones, señor. Su hermano se ha quedado en la granja para ocuparse de que sus órdenes se lleven a cabo allí.
Emmett ni siquiera malgastó una mirada en el hombre.
-Grazie, Erik -Las palabras fueron cortantes y bruscas, pero el anciano parpadeó rápidamente como si se le hubiera otorgado una gran recompensa.
Se apresuró rápidamente para adelantar al don y abrir la puerta de la habitación de Isabella. Sue estaba ante las crepitantes llamas, retorciéndose las manos. Lanzó un grito alegre cuando vio a Isabella acunada entre los brazos de Don Cullen.
-Presto Signorina. Su ropa está empapada, y está en estado de shock -dijo Emmett, colocó a Isabella en una silla profusamente acolchada junto al rugiente fuego. Empezó a sacarle la blusa por la cabeza en su prisa por calentarla.
Sue, se sorprendió ante su total desprecio a las convenciones, apresurándose a intervenir.
-Scusa, Don Cullen, aún no está casado con ella. Yo la desvestiré. -Intentó sonar firme a pesar de estar desafiando la dura autoridad del don.
La impaciencia recorrió la cara de él. Tiró de la blusa húmeda quitándosela a Isabella y la tiró a un lado con furia controlada. Los pechos llenos y la piel satinada brillaron dorados a la danzante luz del fuego, y el aliento se le quedó bruscamente atascado en la garganta mientras su pulso palpitaba incómodamente. Sintió el fuego alzarse en respuesta en su sangre, llamas saltando cuando solo deseaba consolarla. Cogió la colcha de la cama y envolvió apresuradamente a Isabella entre sus pliegues.
-¿Dio, Donna, cree que eso importa? Isabella se está congelando y se la debe calentar. Erik está justo afuera. Haga que traiga la tina y la llene de agua caliente para bañarla. No puede dejar de llorar -Por un momento, con toda su autoridad y rango, el don pareció un niño impotente y perdido-. No puede parar.
Sue, rígida por la indignación ante el escandaloso comportamiento del don, abrió obedientemente la puerta y entregó las órdenes al mayordomo.
-Quizás si le diera una buena bofetada, eso la sobresaltaría y sacaría de la histeria-. ofreció mientras volvía a girarse desaprobadoramente hacia el don. Sus ojos agudos habían tomado nota de los ojos ardientes que se movían sobre el cuerpo extremadamente femenino de Isabella.
La mirada negra llameó hacia ella con furia controlada.
-¡No haremos semejante cosa! - Sus brazos se tensaron alrededor de Isabella, sus manos le frotaron vigorosamente los brazos a través de la colcha.
Para horror de Sue, colocó a Isabella en su regazo y empezó a mecerla gentilmente, murmurando suavemente.
Finalmente, cuando Erik hizo que trajeran la tina y fuera llenada, el don dejó de hablar y posó su cabeza sobre la de Isabella en un gesto extrañamente tierno y protector. Continuaba meciéndola, pero la habitación estaba en silencio excepto por los sollozos de Isabella.
Emmett cambió de táctica en su intento de consolarla. La buscó con su mente.
Shss, piccola. Me estás rompiendo el corazón, y no puedo soportar esto mucho más. No eres responsable de la muerte de tu amiga. No hiciste nada mal. No puedes salvar a todo el mundo. Vuelve a nosotros. Estás asustando a Sue. Debes parar.
Con la tina llena y los sirvientes desaparecidos, Sue se irguió en toda su estatura.
-Yo atenderé su baño, signore. No hay necesidad de que se quede.
Don Cullen alzó la cabeza entonces, con una mueca ruda y casi cruel en sus duros rasgos.
-No la dejaré sola en este estado. Usted no la golpeará.
Sue se estremeció bajo el látigo de amenaza de su tono. Isabella se revolvió entre los brazos de Emmett, el primer movimiento que hacía desde que había dejado de luchar con él. Inclinó la cabeza hacia arriba para mirarle. Sus ojos grandes y oscuros le estudiaron la cara un largo rato. Entonces una pálida sonrisa tocó su boca temblorosa.
-En realidad Sue nunca me golpearía, Don Cullen. Ella es mi famiglia. Le gusta asustarnos para inculcarnos decencia con sus amenazas, pero no creía que un hombre adulto fuera a creerla. - Incluso cuando intentaba bromear, su voz temblaba de forma alarmante, y sus ojos se llenaron de más lágrimas.
Él pudo sentir en ella la lucha desesperada por recuperar el autocontrol.
Al instante inclinó la cabeza para quitarle las lágrimas de los ojos con la boca, sus labios se demoraron contra la piel en un gesto intensamente íntimo.
-Ella cree que es impropio que yo me encargue de tu baño. No comprende que la gente ya murmura de mí todo el tiempo. No importa lo que haga, se inventan historias para asustar a sus hijos. Es solo tu reputación lo que me preocupa.
Isabella oyó lo que nadie más había podido oír nunca. O quizás lo sintió... la nota de dolor en su voz, como si, con toda su dura autoridad y modales rudos, le importara que los demás le temieran. Él estaba acariciando su pelo largo y húmedo apartándolo de la cara, y haciendo que cayera en ondeas alrededor de su cuerpo. Su mano siguió los mechones hacia abajo por su espalda rozando su trasero redondeado, y sus ojos negros de repente eran tan ardientemente intensos que Isabella pudo sentir la llama en respuesta que ardió profundamente en su interior. Fue consciente de donde estaba su trasero, acurrucado en su regazo, de que el cuerpo del don estaba caliente, duro e hinchado de deseo. Podía oír el corazón de él latiendo bajo su oído. No llevaba nada de cintura para arriba aparte de una colcha que parecía haber resbalado precariamente para mostrar una visión generosa de sus pechos. La camisa de él yacía en el suelo junto a la de ella en una pila empapada.
Sus ojos se abrieron de par en par cuando notó los nudos de músculo a lo largo de los brazos y el pecho de él, claramente visibles bajo la fina prenda interior. Podía sentir el movimiento de los músculos contra su propia piel. Ligeramente sorprendida, aferró la colcha más firmemente a su alrededor.
-Yo... creo que será mejor que Sue atienda mi baño -dijo.
Él frotó la barbilla en su coronilla.
-No sé, piccola. Un incidente más, y mi corazón será incapaz de aguantar bajo la presión. -Estaba empezando a relajarse, sintiendo que la intensidad de la tormenta que rabiaba dentro de ella había amainado. Muy gentilmente, casi a regañadientes, aflojó su abrazo.
-¿Puedo confiar en que me llames en el momento en que estés vestida? -Le deslizó la mano por el cuello bajo la colcha para acariciarle la piel desnuda.
Isabella se levantó rápidamente y casi perdió la manta mientras se alejaba de él, su corazón palpitaba de repente alarmado. Su piel se estaba congelando, pero por dentro, algo caliente y líquido se estaba convirtiendo en una dolorosa necesidad.
-Le llamaremos al instante -anunció Sue, caminando deliberadamente hacia la puerta.
Don Cullen no parecía arrepentido en absoluto. Se levantó con su acostumbrada gracia fluida, extendió el brazo casualmente en busca de su camisa, y dedicó una ligera inclinación a ambas mujeres antes de salir. Sue cerró firmemente la puerta tras él y giró la llave en la cerradura.
Isabella y Sue se miraron la una a la otra a través de la habitación. Los ojos de Isabella se llenaron de lágrimas otra vez. Al momento la anciana fue hacia ella, abrazándola.
-Siento mucho no haber estado allí -murmuró Sue-. No llores en voz alta, bambina. El don derribará la puerta si te oye. Ese hombre es una ley en sí mismo -Palmeó a Isabella, acercándola la humeante tina. - Debes entrar antes de que el agua se enfríe -añadió.
Isabella dejó que la colcha cayera al suelo, echó la falda a un lado, y se metió en el agua caliente. Esta parecía escaldar contra el frío helado de su piel, pero se sentó grácilmente en la tina. Parecía un lujo pecaminoso bañarse así, en una recámara elegante con otros llevándole el agua. Metió la cabeza bajo el agua para que su pelo flotara como algas marinas.
Sue esperó hasta que Isabella volvió a subir, el agua corría por su cara junto con las lágrimas.
-Don Cullen echó a Alistair, le despojó de su granja. Le dijo que abandonara sus tierras o sus soldados le darían caza. Jessica se llevó al babé para criarlo. El don no iba a entregar a Alistair al bambino de Marie.
Isabella se estremeció violentamente.
-Alistair mató a Marie -dijo en voz baja-. Sabía que tenía que quedarse en la cama, que podía desangrarse hasta morir, pero eso no le importó. No cogió al bebé cuando Jessica fue a casa a atender a su famiglia. Era demasiado problema para él. Arrastró a Marie fuera de la cama y la golpeó porque estaba demasiado débil como para atender al bambino -Se echó el pelo hacia atrás, mirando a Sue con ojos angustiados.
-Lo siento, bambina -murmuró de nuevo Sue, sus manos eran consoladoras mientras lavaba el pelo negro azulado de Isabella.
-Me odiaba tanto, que la dejó morir. No iba a dejar que me llamaran. Se marchó y la dejó tendida en el suelo sola. Simplemente la dejó.
-Jessica me lo contó -admitió la anciana-. Ella la encontró y envió a Tyler a buscarte. Alistair intentó detenerle e incluso golpeó al chico, pero él consiguió escapar y llegar hasta aquí. Isabella, no tenías posibilidad de salvarla. Ya era demasiado tarde cuando Jessica la encontró. Lo sabes -dijo amablemente.
-Ella tenía tanto miedo. Solo me senté allí, sin ofrecerle nada. Simplemente me senté con ella y la observé morir. -Isabella se pasó una mano por la frente, el dolor latía allí tan ferozmente que apenas podía respirar.
Cara mia, debería ir contigo y abrazarte hasta que la pena amaine. Respira por mí, piccola, así también yo podré respirar.
Las palabras se revolvieron en su mente, apacibles y cálidas, una presencia reconfortante. Isabella apoyó la cabeza contra el respaldo de la tina y cerró los ojos agotada. Emmett Cullen. No se parecía a ningún hombre que hubiera conocido nunca. Parecía no tener consideración por las convenciones. Podía hacer cosas que Sue llamaría impuras. ¿Cómo podía enviar sus palabras hacia ella con su mente? Había estado temiendo preguntárselo, temiendo saber la verdad.
¿Y si era un adorador del diablo? ¿Un hechicero? ¿Y si era capaz de hacer magia negra? Isabella se sentía atraída por él como nunca se había sentido por otro ser humano. Se susurraban oscuras y feas historias sobre él. ¿Era capaz de liderar una sociedad secreta de asesinos como se rumoreaba? Ciertamente tenía suficientes visitantes a lo largo del día, que se encontraban con él a solas en su estudio sin que se permitiera a nadie oírles. Sabía que era capaz de matar. Muchas veces había marchado con su ejército para derrotar a hordas de invasores. Le había visto tomar la vida de su propio primo. ¿Era capaz de lanzar a una mujer por la torre del castillo? ¿Quizás incluso haber asesinado a su madre?
Isabella sacudió la cabeza decididamente. No lo creía, ni por un momento. No se engañaba a sí misma pensando que Emmett era un hombre amable. Era capaz de muchas cosas, pero no de matar sin más. Y ciertamente no de asesinar a una mujer o un niño. Podía ser rudo, poco convencional, y despiadado... por lo que ella sabía, bien podría estar aliado con el demonio... pero no mataría a una mujer.
Se tocó la boca, la garganta. Podía ser increíblemente atractivo. La hacía sentir como si fuera especial. Como si la necesitara. Como si la deseara. Incluso como si tuviera que tenerla. Estaba en la oscura intensidad de sus ojos. La posesión de su tacto. En el deseo que llameaba fantasmalmente en su ardiente mirada. Y aun así la había consolado tiernamente. Se había enfrentado a Alistair por ella, incluso había echado al hombre de sus tierras y le había enviado lejos.
-Fue bueno conmigo -Isabella levantó la mirada hacia Sue-. Fue muy bueno conmigo. Me volví un poco loca, creo -Sentía la garganta descarnada por rabiar a los mares. -Nunca antes me había sentido así. No tenía ningún control en absoluto. Incluso intenté atacar a Alistair, pero él me lanzó contra la pared.
Sue jadeó en voz alta.
-¿Que hizo qué? ¿Te hizo daño? -Inmediatamente encendió las velas a lo largo de la pared para inspeccionar cuidadosamente a Isabella. Había ligeras magulladuras que estropeaban su muslo y su cadera izquierda-. Debemos poner una cataplasma en eso. No creo que la herida sea grave, pero Don Cullen no estará contento con magulladuras en tu piel.
Isabella abandonó a regañadientes la cálida tina. El terrible temblor había cesado, y el agua caliente había restaurado el brillo de su piel. Recogió su largo cabello y lo retorció recogiéndolo en un moño holgado con el que trabajar después. Sentía que había recuperado una semblanza de autocontrol, pero este era tenue en el mejor de los casos. Muy lentamente secó su piel. Estaba exhausta y anhelaba irse a la cama y dormir.
-Esta noche no me importa si los malvados monstruos que acechan el palazzo deciden visitarnos. Yo dormiré. No me molestarán.
-Debes comer, Isabella -insistió Sue.
Isabella se puso ropa fresca y se acurrucó en la silla junto al fuego mientras Sue abría la puerta e indicaba a los sirvientes que esperaban que se llevaran la tina. Isabella observó las llamas saltarinas y pensó en su amiga desaparecida.
Fue solo cuando el mayordomo trajo la cena que se movió. Cuando ya se marchaba le llamó suavemente.
-Signore Erik, scusa.
Erik se giró hacia ella, con los rasgos cuidadosamente en blanco.
-¿Signorina?
-Grazie. Por su amabilidad y todos los problemas extra que ha tenido, grazie -dijo sinceramente-. No seré de nuevo una molestia.
Erik la miró fijamente, claramente sobresaltado. Hizo una reverencia, un ademán torpe, pero por alguna razón provocó un nuevo flujo de lágrimas en los ojos de Isabella. Una sombra cayó sobre ellos, la gran figura del don estaba en el umbral. Sus ojos brillantes atravesaron al mayordomo.
-¿Piccola, por qué estás llorando? -Fue una acusación directa al pobre e indefenso Erik.
El hombre se quedó congelado, con la cabeza inclinada, esperando una reprimenda.
Isabella forzó una pálida sonrisa.
-El signore Erik ha sido realmente maravilloso conmigo, Don Cullen. Ha tenido muchos problemas, cuando se levanta muy temprano por sus muchas tareas. Tiene usted una casa enorme que funciona a la perfección, debe ser un trabajador milagroso. ¿Él es otro de sus tesoros, verdad?
Emmett estudió al anciano un largo rato.
-Es cierto, Isabella. Erik, quizás serías tan amable de reunirte conmigo por la mañana para discutir las rutinas diarias del palazzo. Trabajas muchas horas, y podría ser necesario más personal para aliviar tu carga.
Erik se inclinó varias veces más mientras retrocedía saliendo de la habitación, su cara angulosa estaba bastante pálida, como si pensara que su amo pudiera estar poniéndole a prueba.
Emmett se quedó de pie un rato observando el juego de la luz del fuego sobre los rasgos delicados de Isabella. Ella se ruborizó y bajó la mirada hacia la bandeja que tenía entre las manos.
-¿Vas a mirarme toda la noche? -Muy consciente de sí misma se retiró los mechones de cabello húmedo que le caían alrededor de la cara.
Él pudo ver que estaba temblando ligeramente. Asintió lentamente.
-Sí, creo que podría hacerlo.
Sue se situó al otro lado de la habitación, manteniendo un ojo cauteloso sobre el don. Sabía que no haría ningún bien mencionar lo impropio que era tener al novio en la recámara de la novia antes del matrimonio, y estaba empezando a sentirse desesperada. Decidió que el matrimonio tenía que llevarse a cabo inmediatamente o el escándalo sería enorme. No había forma de controlar al don. Era una anciana, soltera, pero incluso ella podía ver la tensión sexual que bullía entre Don Cullen y la joven a su cargo.
Isabella volvió su atención a la comida. Stefan se había esforzado preparándole una comida que parecía bastante sabrosa, pero en realidad, no tenía ningún apetito. Con un suspiro, la dejó.
-No quiero herir los sentimientos de Stefan. ¿Quizás podrías comerte esto? -preguntó esperanzada al don.
-Pareces cansada, cara mia -dijo Emmett suavemente, y la levantó de la silla para acurrucarla contra su cuerpo.
Estaba empezando a sentirse como si ese fuera su lugar.
Isabella le pasó el brazo alrededor del cuello y apoyó la cabeza contra su hombro.
-Siento haberte golpeado antes. Fue horrible por mi parte.
Él enterró la cara contra su cuello e inhaló su fragancia.
-No recuerdo semejante falta de modales. Solo me alegra haber estado a tu servicio -La llevó a la cama, muy gentilmente la colocó bajo la colcha-. Siéntate unos minutos más, cara -. Sus manos le soltaron el moño del pelo en lo alto de la cabeza.
Tomó el cepillo del vestidor y empezó a alisar los enredos.
Isabella cerró los ojos, tan exhausta que se tambaleaba de cansancio. Había habido tanta sangre. Los ojos de Marie habían estado abiertos, mirándola desesperadamente, suplicándole. Inmediatamente la visión inundó su mente, y su estómago se revolvió. Se estremeció.
Emmett se inclinó hacia ella, sus manos eran acariciantes mientras le recogía hábilmente el pelo en una trenza larga y gruesa.
Dormirás, cara, sin pesadillas, insisto en ello, y aprenderás que siempre me salgo con la mía.
Las palabras le rozaron íntimamente la mente. Isabella podía decir que la conexión entre ella y el don se estaba fortaleciendo; sus palabras eran mucho más claras, y ahora le requería poco esfuerzo alcanzarla.
Se acurrucó bajo la colcha, la voz de él era un suave murmullo, no en voz alta sino en su mente, donde nadie más podía oírla, donde ningún otro podía entrometerse. Le hablaba suavemente, consoladoramente, tejiendo historias de aventuras, de arrojo, de hermosas tierras extranjeras, llevándose las imágenes de pesadilla. Todo el tiempo la abrazaba, sus manos se movían en una caricia sobre el pelo sedoso.
Había tanta gentileza en sus manos, tanta ternura en su voz, que Isabella se relajó y vagó empujada por la corriente del sueño.
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¡Hoy habrá maratón! Jajajaja esperen muchas actualizaciones de esta historia.
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¡Nos leemos pronto!
