No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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La luz del sol entraba a raudales a través de los gruesos cristales tintados, y danzaban colores sobre el mural. Rojos y azules teñían las extrañas tallas. Isabella despertó con un pequeño cuerpo acurrucado a su lado. Cautelosamente giró la cabeza, sus pestañas se abrieron revoloteando. Alice yacía apretada contra ella, el pelo oscuro se le derramaba alrededor de la cara. Una vela derretida estaba en el suelo junto a la pared de mármol donde la niña la había dejado, un testimonio de su coraje al enfrentar al temido fantasmi en su esfuerzo por llegar a Isabella. Su manita aferraba el fino camisón blanco de Isabella.

Isabella soltó gentilmente el apretón que mantenía Alice sobre su camisón y se incorporó. Sue ya no estaba en la habitación, indicativo de que probablemente era bastante tarde. Isabella no solía dormir pasado el amanecer. Había un silencio apagado en el palazzo. Isabella se estiró perezosamente atravesando la recámara para llevar a cabo sus abluciones matinales. Su pelo todavía estaba húmedo cuando se soltó la gruesa trenza que el don había hecho por ella la noche antes.

Cerró los ojos contra los recuerdos que se aglomeraban en su mente: la sangre de Marie y su cara joven y desesperada mirándola en busca de un milagro que Isabella no podía proporcionar. Entonces miró a la niña inocente que dormía tan pacíficamente en la gran cama. A esta niña podía ayudarla y lo haría, juró.

Isabella no quería pensar demasiado atentamente en su propio comportamiento con el don la noche pasada. Él le había quitado la blusa, exponiéndole el cuerpo a su ardiente mirada. En ese momento había estado en estado de shock, pero ahora el recuerdo era vívido, mucho más vívido de lo que le gustaría. La mirada en los ojos del don había sido intensamente posesiva. En su mente, había sentido sus honestos intentos por consolarla, pero su mirada había contenido puro y crudo deseo. Empezó a sentir el cuerpo caliente e incómodo ante el recuerdo.

Suspiró y volvió su atención deliberadamente de vuelta al mural y a las tallas de la pared de mármol. Con los rayos del sol atravesando los cristales tintados, prismas de color bañaban e iluminaban la escena. Sobre la colcha, tonos rojos, verdes, amarillos y azules formaban un hermoso arcoíris. Isabella se giró para examinar los paneles de las ventanas. Estas captaron su interés, era tan inusualmente altas, virtualmente un tapiz de imágenes entretejidas en los varios paneles circulares. Escenas de la vida de la aristocracia. Guardianes alados cuidando de la famiglia aristocrática. Entretejidos entre los paneles había enredaderas que unían las escenas. Era una auténtica obra de arte, y la filigrana de metal ejercía un extraño efecto sobre el mural de la pared. Las serpientes parecían completamente diferentes, casi como escaleras en espiral que conducían al fondo del mar.

Alice se movió, su manita recorrió la cama, obviamente buscando a Isabella. Cuando descubrió que estaba sola, soltó un jadeo sobresaltado y se incorporó, con los ojos abiertos de par en par de miedo. Isabella se apresuró instantáneamente a su lado.

-Estoy aquí mismo, bambina. Seguramente no tienes miedo. Enfrentaste il fantasmi anoche para compartir mi habitación. A la luz del día, nada puede asustarte.

Alice rodeó el cuello de Isabella con sus delgados brazos.

-Temía que no volvieras. Tanya dijo que eras una bruja malvada y Zio Emm nunca se casaría contigo. Insistirá en que te marches lejos o seas lapidada o ahogada. No le gustas y no te quiere aquí. -Estalló en lágrimas y abrazó a Isabella con fuerza. - Yo te quiero aquí, Isabella, y no creo que seas una bruja.

Isabella acarició consoladoramente el pelo revuelto de Alice.

-Tanya solo estaba intentando asustarte con sus estúpidas historias. Tu zio es un gran hombre. Ni siquiera el poderoso rey español se ha atrevido a invadir sus tierras. El rey se tragó a nuestros vecinos, pero no ha podido derrotar a tu zio. Una simple bambina como Tanya no le hará cambiar de opinión. - Besó la cabeza de la niña y buscó su cepillo para empezar a domar el cabello de Alice. - Tanya tiene una imaginación salvaje -Isabella fue muy amable mientras desenredaba los nudos del pelo de la niña.

-No quiero que te vayas nunca, Isabella -confió Alice-. Podrías casarte con el mio padre y entonces serías la mia madre.

-Voy a casarme con tu zio, Alice, así seré tu zia y viviré aquí en el palazzo. Siempre estaremos juntas, y si alguna vez tengo una bambina, tú serás la zia, y me ayudarás mucho-. Abrazó a la niña-. ¿No se supone que tendríamos que ir a la cocina y pedir a Stefan que nos prepare algo de comer? Creo que nos hemos quedado dormidas.

Una sonrisa se arrastró hasta los ojos de Alice, disipando su expresión preocupada.

-Debo vestirme -Entonces su cara se nubló-. ¿Les oíste anoche? -Rodeó a Isabella a toda prisa para llegar al hueco donde estaba la bacinilla.

-¿Oírlos? -repitió Isabella. Por alguna razón su corazón dio un salto ante la frase. Sus manos se cerraron alrededor del poste de la cama-. ¿Qué oíste anoche, Alice?

La pequeña volvió hasta Isabella, sus ojos grandes y oscuros eran solemnes.

-Les oí susurrar de nuevo. Me encontraron en el cuarto de los niños. Yo creía que estaba a salvo allí, pero vinieron a por mí. Por eso vine y me escondí en tu habitación.

Isabella sintió el corazón palpitar como un tambor en los oídos. Ella creía a Alice. Había oídos los extraños murmullos su primera noche en el palazzo. Y Emmett Cullen podía proyectar la voz directamente en su mente. ¿Podría ser que estuviera llevando a cabo algún extraño experimento con su habilidad, y la pobre pequeña Alice estuviera sintiendo los efectos del mismo?

-Ven aquí, bambina -invitó suavemente, extendiendo una mano hacia la pequeña. Era consciente de que Alice esperaba ansiosamente ser condenada por mentir como le había pasado en el pasado-. Quiero que me lo cuentes siempre que oigas esas voces. Fuiste muy valiente viniendo hasta mí por el pasadizo. Estoy orgullosa de ti.

-Creo que me cogerán pronto -confió Alice, su labio inferior temblaba. Cogió la mano de Isabella-. Cogieron a la mia madre, y Tanya dice que me llevarán a mí también, adonde nunca volveré a cruzarme en su camino.

-Tanya parece una joven muy desagradable -señaló Isabella- y no muy lista. Tu zio ha dicho que debes atenderme en la boda. Nadie desobedece a tu zio.

Pero los dientes de Isabella mordisqueaban nerviosamente su labio inferior. Había tenido una extraña premonición de peligro cuando Alice había mencionado los susurros en la noche. Isabella tenía la sensación de que la niña realmente estaba en peligro, ¿pero por qué? ¿Qué peligro podía representar para nadie? No estaban en la línea hereditaria del palazzo, no con Emmett a punto de casarse y Edward y Jasper tan jóvenes y viriles. Indudablemente uno de los tres hermanos tarde o temprano tendría un heredero varón.

-No quiero volver al cuarto de los niños -dijo Alice-. Sólo los oigo por la noche, pero nunca los había oído allí antes. - Sus ojos oscuros eran confiados mientras levantaba la mirada hacia Isabella-. ¿Y si ahora están allí?

-Iré contigo al cuarto de los niños y te ayudaré a vestirte -se ofreció instantáneamente Isabella-. Debes contármelo inmediatamente cada vez que oigas las voces, Alice. Vamos, ya llegamos tarde, y Sue seguramente nos fruncirá el ceño cuando lleguemos a la cocina.

Salieron juntas al amplio corredor, Isabella asintió hacia los dos guardias. Mientras llevaba a Alice salón abajo, Isabella no pudo evitar maravillarse ante la belleza del edificio. Producía una sensación extraña y fantasmal, una maldad aceitosa que parecía colgar de los aleros y aferrarse a las extrañas tallas. Quizás emanaba de las horrendas y demoníacas esculturas que las miraban tan solemnemente. Parecían haber muchos ojos observándolas todo el tiempo, e Isabella temía que algunos de ellos no fueran humanos.

De repente Alice jadeó y reafirmó su apretón.

-¡Isabella! -Llevada por el pánico, la niña se detuvo en medio del corredor, mirando con puro terror al hombre que venía hacia ellas en dirección opuesta.

Era alto y delgado con pelo plateado empinado en todas direcciones. Habría sido guapo si su cara no hubiera estado retorcida por un ceño permanente.

Isabella vio como los sirvientes se escurrían saliendo del camino del mayor de los Cullen, persignándose, aferrado crucifijos como talismanes. Cuando el abuelo del don se aproximó a varios trabajadores, estos se alejaron apresuradamente de él, como si pensaran que era un demonio y no se atrevieran a mirarle. Ella estudió la cara del anciano. Era orgullosa, arrogante, y estaba retorcida por una especie de furia feroz. Su cabeza estaba alta, y golpeó a un par de sirvientes rezagados con el bastón que utilizaba más como arma que para ayudarse a caminar.

-Corre, Isabella -susurró Alice-. Debemos huir. -Tiró y empujó a Isabella para hacer que la siguiera, pero no soltó su mano.

Alice no huiría abandonando a su única amiga. Cuando Isabella se negó a moverse, Alice se escabulló tras ella en busca de protección, intentando ocultarse en los pliegues de su amplia falda.

Isabella apretó la mano de la niña para tranquilizarla. Esperó tranquilamente mientras el anciano se acercaba a ellas, su ceño se oscurecía a cada paso, sus señas pobladas se encontraban en una línea recta y feroz. Isabella le sonrió cuando estuvo casi sobre ellas, cayendo en una grácil reverencia y tirando de Alice para que hiciera lo mismo.

-Buenos días, Signore Cullen -dijo decididamente-. Vamos a la cocina a ver si podemos persuadir a Stefan para que nos prepare algo de comer, aunque llegamos muy tarde. ¿Le gustaría unirse a nosotras?

Los pasos del anciano se tambalearon. Farfulló una respuesta ininteligible, pareciendo de repente vulnerable. Se quedó de pie un momento con aparente indecisión, después recurrió a sacudir su bastón hacia ella. Pareció un intento desganado de atentar contra Isabella, pero Alice escondió la cabecita tras Isabella, asustada, y los guardias se adelantaron protectoramente.

Isabella rió suavemente, el sonido resultó feliz e invitador en los amplios salones.

-Si tuviera un bastón, buen señor, podría usted enseñarme a batirme en duelo. Podríamos divertirnos mucho aquí en el gran palazzo, aunque estoy segura de que seríamos severamente reprendidos por el don -Se inclinó acercándose a él-. Puede ser un poco feroz con sus reprimendas, pero yo estoy dispuesta a arriesgarme si lo está usted.

Se hizo un pequeño silencio. Isabella sentía a los guardias listos para entrar en acción si hubiera necesidad de protegerla de su propia locura. Varios de los sirvientes se habían vuelto y estaban observando el intercambio con horrorizado silencio.

El anciano la miraba fijamente. Por un momento su boca pareció temblar como si estuviera luchando por sonreír, pero parecía haber olvidado como hacerlo. Murmurando algo por lo bajo, pasó junto a ella sin hablar y se apresuró a bajar por el corredor. Una vez miró atrás, y a Isabella le pareció cuando le vio, que sus ancianos ojos estaban acuosos.

-Isabella -dijo Alice suavemente-. el nonno del don no le gusta a nadie, y nadie le gusta a él. Zia Carmen dice que me matará un día mientras duermo si no me mantengo fuera de su camino. Mató a su propia esposa. Incluso Tanya le tiene miedo. No puedes hablar con él, Isabella. Es posible que ni siquiera Zio Emm pueda protegerte de su nonno.

-Es posible que tengamos que ser sus amigas -señaló Isabella amablemente-. No es bueno estar siempre solo, Alice. Y no creo que tu Zio Emm permita nunca que su abuelo te mate mientras duermes. Tu Zio Emm te quiere mucho, ¿y quién más recordaría mis zapatos por mí si no lo haces tú?

Alice rió.

-Nunca te he visto llevar zapatos, Isabella. ¿Tienes zapatos?

-Pequeño diablillo -Isabella frunció el ceño burlonamente.

Alice era exactamente lo que necesitaba después del trauma de la noche anterior. La niña era cautivadora, dulce y estaba ansiosa por complacer. No tenía la autoconfianza de Angela, pero estaba ganando rápidamente seguridad. Cuando más permanecía Isabella a su lado, más parecía Alice una niña normal, feliz y curiosa y dispuesta a complacer y jugar. Hizo un guiño a la pequeña.

-¡Adivina lo que vamos a hacer hoy!

-¿Qué? -preguntó Alice ansiosamente, saltando en su euforia.

Abrió de golpe la puerta del cuarto de los niños y se detuvo para permitir que Isabella pasara primero.

Isabella entró sin dudar.

-Vamos a explorar -Rió suavemente ante la expresión horrorizada de Alice-. Lo haremos. Vamos a limpiar el pasadizo entre el cuarto de los niños y mi habitación. No quiero todas esas terribles arañas colgando de las paredes.

Alice sacudió la cabeza tan vigorosamente que su pelo voló en todas direcciones.

-No podemos ir allí. ¿Y si Papá nos atrapa?

Isabella ayudó a la niña a vestirse.

-En eso consiste la diversión, tonta piccola. Tenemos que hacerlo a hurtadillas. Tú serás el vigía.

-¿Eso qué es? -preguntó Alice.

Parecía un trabajo importante, y un poco emocionante.

-Después de que convenzamos a Stefan para que nos prepara una comida, volveremos a mi habitación y cerraremos la puerta. Mientras yo estoy en el pasadizo, tú te quedarás en mi habitación y vigilarás que nadie nos descubra. Idearemos una señal, como cantar o tararear, para advertirme si viene alguien-. Isabella rió alegremente-. Y después de ocuparnos del pasadizo, nos ocuparemos de hacer algo para hacer estaba habitación mucho más agradable para ti.

Alice sacudió la cabeza rápidamente.

-Las voces me encontraron aquí. No me quieren aquí. Tengo que dormir contigo. -Sus ojos eran grandes y melancólicos-. No me lo invento. Zia Carmen dice que soy una niña malvada por contar semejantes historias, pero les oí. Me escondí bajo las mantas, pero no se detuvieron.

Isabella acarició el pelo de Alice una vez más después de que la niña se cambiara de ropa, más para darse tiempo a pensar y consolar a la pequeña que para otra cosa.

-¿Alice, pudiste entender las palabras? ¿Alguna vez las voces te dicen cosas?

-Quieren que me vaya. Son como el nonno de Zio Emm. Quieren que me vaya lejos y no vuelva nunca. -Alice extendió la mano para tomar la de Isabella, abriendo la boca para hablar, pero no salió ninguna palabra. En vez de eso, sus ojos se llenaron de lágrimas.

Isabella se arrodilló instantáneamente y cogió a la niña entre sus brazos.

-Cuéntame, bambina. No tengas miedo a contármelo.

-Zia Carmen dijo a Tanya que estoy perdiendo la cabeza como la mia madre. Dijo que la mia madre oía voces por la noche, y que ambas estamos locas. No quiero estar loca -Sus ojos oscuros estaban llenos de pena-. ¿Crees que lo estoy?

Isabella abrazó a Alice fuertemente.

-Bueno, yo oí las voces también, Alice. Así que, si estás loca, y tu madre estaba loca, entonces yo debo estar loca también. - Sonrió a la niña, sacudiendo la cabeza-. No te pasa nada malo, bambina, créeme. Nada en absoluto. Averiguaremos lo que está pasando con esas voces. Quizás sea solo una estúpida broma. Hay muchas explicaciones posibles.

Secretamente, Isabella pensaba que pasaba pasando algo siniestro.

Inesperadamente, pensó en la atractiva voz del don arrastrándose hasta el interior de su mente, sin duda era capaz de enviarla a los demás. ¿Pero por qué la pequeña Alice? ¿Cuál sería el propósito de conducir a una niña a la locura? Isabella se frotó las sienes y recorrió el cuarto de los niños con la mirada. A la luz del día, la habitación tenía auténtico potencial para ser realmente hermosa. Una joven madre podría arreglárselas para hacer bastante con semejante habitación. Quitar las pesadas cortinas oscuras harían mucho por disipar la tristeza. Sacudió la cabeza, intentando librarse de la voz de Emmett rozando seductoramente su mente. Creaba una increíble intimidad entre ellos. Pero podía ver el peligro del mal uso de un don semejante.

Alice no pareció notar que Isabella se había quedado muy callada cuando abandonaron el cuarto de los niños. Estaba bastante feliz tras el consuelo de Isabella, y saltó por el corredor hasta la escalera. Isabella la siguió a un paso más tranquilo, con el amenazador significado del murmullo de voces dando vueltas en su cabeza. Las voces tenían que significar algo. Quizás eran incluso un presagio de muerte. Isabella creía que era posible que hubiera espíritus viviendo en la casa, malvados o buenos. A veces la impresión de maldad era muy fuerte en el palazzo. Isabella sacudió la cabeza. No quería que la noción del mal persistiera. Quería desestimar las posibilidades, no asustarse a sí misma con tonterías supersticiosas. Lo más probable era que hubiera una persona viva tras el mal del palazzo, no un espíritu.

Alice había entrado en la cocina antes de Isabella, y uno de los guardias había ido delante también. Entró tras ellos y levantó la vista a tiempo para ver al guardia beber de una taza y colocarla cuidadosamente de vuelta en su lugar en la mesa. Después se alejó, sin mirarla, para quedarse contra la pared.

Isabella saludó a Stefan. Él también actuaba de forma extraña, casi culpable. Por un momento, cuando se sentó frente a Alice en la pequeña mesa, tuvo miedo de comer, miedo de que la comida estuviera envenenada. Tocó la taza de la que el guardia había bebido y vuelto a colocar. Le miró, después otra vez a la taza.

La comprensión emergió. Miró fijamente a Stefan, que estaba de repente muy ocupado con sus preparativos. Emily, su ayudante, estaba removiendo bastante vigorosamente algo en un gran cuenco. Solo Alice parecía normal, parloteando con todo el mundo mientras comía rápidamente, agradeciendo la comida de Stefan y la ausencia de la rezongona Sue.

Isabella empujó la comida por su plato. Miró al guardia de nuevo.

-El don te ha dado orden de probar todo lo que coma o beba. -Fue una declaración, pero sus ojos oscuros fueron firmes sobre la cara del guardia, animándole a responder.

Él intentó apartar la mirada, después miró impotentemente al otro guardia, claramente buscando ayuda. Se aclaró la garganta.

-Sí, signorina. Es uno de mis deberes.

Ella tamborileó con los dedos sobre la mesa.

-Si la comida estuviera envenenada, enfermarías -Exasperada, miró hacia Stefan en busca de ayuda, pero el cocinero se negaba testarudamente a mirarla. Estaba ocupado supervisando el trabajo de Emily-. Dudo que la comida envenenada actúe tan rápidamente. En cualquier caso, no quiero que enfermes porque alguien quiera hacerme daño.

El soldado se encogió de hombros.

-Es una práctica común, signorina. Se hace con todos los miembros de la familgia.

-¿El don hace que se pruebe su comida? -No parecía propio de Don Cullen permitir que otro se arriesgara por él.

La imagen de él con los brazos extendidos, alejados de los costados, mientras el asesino intentaba matarle cerca de las cuevas se arrastró inesperadamente hasta su mente.

El guardia intercambió otra mirada bastante avergonzada con su compañero y después con el cocinero. Una lenta sonrisa curvó la boca suave de Isabella.

-No tienes que responder. Creo que lo entiendo. - No podían hablar de su "conspiración" a espaldas del don. Obviamente estaban intentando proteger al don a pesar del hecho de que él nunca les permitiría ponerse en peligro probando su comida-. Pero, por supuesto, no quiero que nadie se arriesgue de nuevo por mí. Lo digo en serio. Hablaré con el don y haré que rescinda la orden. No hay necesidad, ni quiero la responsabilidad de que alguno de vosotros se ponga enfermo. Entiendo que necesitéis protegerle... a él-. Miró de nuevo a la niña de ojos abiertos como platos, que fue distraída con el último ofrecimiento de Stefan-. Bueno, ya sabéis lo que quiero decir. Pero yo no estoy en la misma posición que él. -Dijo esto último un poco débilmente.

Los dos guardias se sonrieron el uno al otro y miraron significativamente sus pies descalzos. No iban a escuchar sus órdenes por encima de las de su don. Isabella se rindió, decidida a tener una charla con Don Cullen a la primera oportunidad. Mientras los guardias estaban ocupados comiendo su propio desayuno a cierta distancia, Isabella bromeó con Alice, distrayéndola rápidamente de la conversación anterior. Movió deliberadamente las cejas e hizo escandalosas referencias susurradas sobre el pasadizo y la gran aventura que seguramente correrían juntas. Ninguno de los guardias había estado de servicio la noche antes, así que no habían notado que Alice no había pasado toda la noche en la recámara de Isabella. Isabella agradeció no tener que dar explicaciones sobre cómo la niña había llegado allí.

Alice se acercó a ella cuando terminaron su comida.

-¿Y la Signorina Swan? Quizás nos coja y nos mire así. -La niña cambió la cara a un ceño severo.

Resultó tan fiel representación de la feroz desaprobación de Sue que Isabella, los dos guardias, Stefan y Emily rompieron a reír.

Isabella cogió la mano de la niña para sacarla de la cocina y dio las gracias apresuradamente al cocinero y su ayudante.

-Estás consiguiendo ser demasiado buena en eso, Alice. Una de estas veces, Sue te cogerá, y entonces las dos tendremos problemas. ¿Sabes el nombre de esa doncella? -Señaló a una joven que limpiaba afanosamente el nicho del altar de la Madonna.

Alice sacudió la cabeza, pero Isabella fue impertérrita en su búsqueda. En cuestión de momentos la doncella se estaba riendo con ella, y la escoba quedaba en posesión de Isabella. Los guardias sacudieron las cabezas antes su comportamiento impredecible, pero la siguieron escaleras arriba de vuelta a su habitación. Los ojos de Isabella danzaron hacia ellos.

-Aseguraos de vigilar bien ahí, y advertirnos si al don o Sue se les ocurre aparecer.

Los guardias se miraron el uno al otro suspicazmente.

-¿La Signorina Swan? -le preguntó uno.

Alice asintió vigorosamente.

-Vamos a... -Se puso una mano sobre la boca y miró a Isabella.

-Limpiar -añadió Isabella apresuradamente-. Una sorpresa para Sue. A ella le repugna el polvo, y la habitación está realmente polvorienta.

-El don querría que una domestica hiciera la limpieza, indudablemente no su novia- señaló el guardia.

Alzó la ceja hacia su compañero, que solo se encogió de hombros y sonrió ante las extrañas condiciones de su cargo.

-A la Signorina Swan le gustan las cosas de una cierta forma -corrigió Isabella, empujando a Alice al interior de la habitación, donde ambas rompieron a reír-. Yo estoy bastante acostumbrada a hacer las cosas como a ella le gusta-. Isabella cerró apresuradamente la puerta ante las expresiones sorprendidas de los guardias-. No podía contar una mentira, o Sue me haría encender cantidad de velas a la buena Madonna y arrodillarme para rezar durante mucho, mucho tiempo.

-¿Estás segura de que no te encontrarás con il fantasmi? -preguntó Alice.

Lo que antes había parecido una gran aventura era un poco más aterrador cuando realmente estaban a punto de hacerlo.

-Si realmente existe tal cosa -dijo Isabella mientras examinaba el borde liso de la pared buscando el mecanismo oculto- solo saldría por la noche.

Alice suspiró y metió su cuerpo entre Isabella y la pared para poder guiar la mano de Isabella hasta el lugar correcto.

-Ahí adentro está oscuro -advirtió Alice-. Quizás il fantasmi no puede ver la diferencia.

Retrocedieron cuando la pared pareció cobrar vida. El sol había cambiado de posición, y Isabella notó que las extrañas diferencias provocadas por las ventanas tintadas ya no eran evidentes. Habían convertido el mural en imágenes de perversidad y juicio final. ¿O no? Miró con más atención. ¿Las criaturas aladas arraigadas en el mármol estaban intentando liberar a las desafortunadas víctimas de las serpientes marinas?

-¡Isabella! -Alice tiraba de su falda-. ¿Ves lo oscuro que está?

Isabella miró hacia el interior y quedó sorprendida de lo oscuro que estaba en realidad. Allí no había ventanas, el pasadizo parecía negro por dentro. Cuando encendió una vela y la sostuvo en alto, esta iluminó las brillantes telas de araña, blancos tapetes de sedosas hebras que cubrían las paredes y colgaban de los techos. Levantó la mirada a las paredes con la esperanza de encontrar un soporte para su vela, pero no encontró ninguno. Se vio forzada a colocar la vela precariamente en el suelo.

Isabella estudió el pasadizo. Era estrecho en comparación con los cavernosos corredores del palazzo, pero un hombre de anchos hombros, como Emmett Cullen, podría pasar aun así sin arañarse la piel.

Por mucho que deseara explorar, ver a donde conducía el pasadizo, Alice estaba asustada, respirando con rapidez, casi saltando en su terror. Isabella se contentó con quitar las telas de araña entre el cuarto de los niños y su habitación. Las paredes del pasadizo parecían lisas, las puertas secretas obviamente estaban ocultas a ambos lados. El suelo inmediatamente fuera de la habitación estaba hecho de mármol, pero dentro pronto daba paso a piedra más desigual y granulada.

Recuperó la vela y avanzó más en el oscuro interior, sujetando en alto la luz para poder ver más allá del cuarto de los niños. Extendió la mano tentativamente con la escoba en ella, limpiando las paredes lisas con la esperanza de descubrir otra puerta. En vez de eso, algo cayó de lo alto de la pared, un objeto pesado, plano y puntiagudo que cortó limpiamente el mango de la escoba, haciendo que el extremo de cerdas traqueteara en el suelo. El corazón casi se le paró cuando la enorme hoja desapareció con un silencio amenazador de vuelta al techo, como si nunca hubiera existido. Jadeando, Isabella, dejó caer la vela, que cayó al suelo de piedra y rodó, extinguiendo la llama. Al instante el pasadizo pareció un lugar oscuro y siniestro, una trampa mortal, y se estremeció al pensar en Alice atravesándolo. Se quedó congelada, temiendo moverse, mirando alrededor ahora con ojos abiertos y asustados.

Tras ella, Alice mantenía la puerta abierta, llevando a cabo valientemente su parte de la aventura, completamente inconsciente del peligro muy real para cualquier que se adentrara en el pasadizo. La niña era la única posibilidad de escape de Isabella. Si la pared de mármol se cerraba de algún modo, sería incapaz de encontrar la salida. No tenía ni idea de donde estaban localizadas las puertas o siquiera como abrirlas. No tenía ni idea de qué otras trampas ocultas yacían a la espera de una víctima confiada pero estaba segura de que las había, cada una de ellas tan letal como la que había disparado accidentalmente. Ahora, en la oscuridad, después de presenciar el súbito descenso de esa horrenda hoja, sentía las vibraciones de violencia. Muy cautelosamente, Isabella se dio la vuelta, cuidando de no tocar las paredes y colocando los pies con cuidado, uno directamente delante del otro, para minimizar el riesgo de pisar la piedra equivocada.

¡Cara! Podía oír claramente la ansiedad en la voz del don. ¿Qué pasa? Tu miedo me está abrumando.

El sonido de la voz de él rozó tan gentilmente su mente que resultó instantáneamente reconfortante. Isabella se las arregló para tomar un profundo aliento, exhalando antes de caminar lenta y cuidadosamente hacia el punto de luz que era la puerta abierta todavía a varios pasos de ella. Deseó tener el talento particular de Don Cullen para poder responderle. Era aterrador moverse en la oscuridad, temiendo incluso a las paredes y al techo. Utilizó lo que quedaba de la escoba para tocar las piedras que tenía directamente delante antes de colocar el pie.

Oyó chillar a Alice, la oyó gritar su nombre, y para horror de Isabella, la cabeza de la niña se retiró al interior de la habitación. Al momento, la gruesa pared de mármol se cerró de golpe, el débil punto de luz se extinguió, dejando el pasadizo en absoluta oscuridad. Se quedó congelada, el corazón le latía tan fuerte que casi lo oía resonar en el extraño silencio.

Isabella intentó obligar a su mente a alejar el miedo y el pánico. No importaba la luz diurna de afuera; allí en el pasadizo siempre era de noche. Podía oír los arañazos de ratas, pequeños sonidos que hacían que se le helara la sangre. El aire era rancio y espeso, pesado e inmóvil, opresivo con su silencio. Gotas de sudor empezaron a correr por su piel. Al contrario del palazzo que tenía tanta ventilación, el pasadizo era sofocante. El techo bajo y las paredes parecían aplastarla, sin dejar ningún espacio para el aire.

Cuadró los hombros y se dijo que simplemente era un ambiente poco familiar. Con frecuencia se quedaba sola en las colinas, por donde rondaban osos y lobos. Esto no era diferente. Ambos lugares eran potencialmente peligrosos, pero no necesariamente letales. A pesar de su firme aleccionamiento, Isabella no podía obligar a sus pies a avanzar. Esa hoja oculta había salido de ninguna parte y había desaparecido tan silenciosa como fácilmente. La evidencia... en forma de mango de escoba... estaba entre sus manos.

¿Qué ocultaba el pasadizo? ¿Adónde conducía? ¿Qué era tan secreto que alguien había preparado trampas letales para protegerlo? Un roedor curioso tocó su tobillo con una diminuta nariz húmeda, y ella gritó, avanzando en línea recta, temiendo tocar las paredes. El retumbar en su cabeza parecía más fuerte, y por un momento se quedó literalmente ahogada de miedo.

Justo delante apareció una débil grieta de luz. Al principio una simple hendidura, pero después la luz iluminó el pasadizo. La figura grande de un hombre llenó el umbral abierto. Isabella se lanzó hacia adelante, sin preocuparse del decoro, sin preocuparse del estado de él. Corrió a los brazos de Don Cullen, casi empalándole con los restos del mango de la escoba que tenía firmemente aferrado en la mano.

Emmett envolvió los brazos a su alrededor y la sostuvo firmemente, enterrando la cara en su pelo. Tomó la precaución de quitarle el mango de la escoba y tirarlo al interior de la recámara. Su cuerpo estaba temblando ligeramente, y esperó allí, todavía parcialmente en el pasadizo, dando tiempo a su corazón para calmarse. Después arrastró a Isabella de vuelta al dormitorio y la sacudió ligeramente, furioso porque se las hubiera arreglado para asustarle cuando ningún hombre había podido hacerlo antes.

Bruscamente, sus brazos volvieron a acercarla y envolverla protectoramente.

-He considerado el encerrarte en la torre, piccola, pero sospecho que incluso ahí te las arreglarías para meterte en problemas. -Susurró las palabras con exasperación contra su oído.

Isabella se permitió el lujo de acurrucarse contra él, para poder oír el tranquilizador latido de su corazón. Era sólido y fuerte. Él inclinó la cabeza hacia la de ella, su mano le alzó la barbilla de forma que su boca encontrara la de ella con total desesperación. Saboreó su miedo por ella, su hambre. Una necesidad tan elemental como el tiempo. Era ferozmente protector. Y su beso fue la cosa más pecaminosamente íntima que había experimentado nunca.

Sintió la forma en que el cuerpo de él se endurecía, los brazos eran como bandas de hierro a su alrededor, la ingle caliente y agresiva. Pero su boca... Se movía sobre la de ella como ardiente seda. Jugueteaba e insistía. Acariciando y tentando. En el momento en que se relajó y rindió, abriendo su propia boca, él tomó el control absoluto, lanzándola a un mundo donde solo había sensaciones. Solo Emmett e Isabella y pura sensación. Por propia voluntad, sus brazos se arrastraron hacia arriba para rodearle el cuello, y su cuerpo se derritió, blando y flexible, contra el de él. Encajaban perfectamente a pesar de las diferencias de sus tamaños. Como si fueras las mitades del mismo todo.

Emmett profundizó su beso, exigiendo, dominando, bañándola despiadadamente con la creciente ola de su propia salvaje compasión. Y ella le siguió a donde la conducía. Le deslizó las manos por la espalda, moldeando su pequeña cintura para deslizarse sobre la curva de su redondeado trasero, arrastrándola aún más cerca hasta que estuvo presionada firmemente contra él.

-¡Qué está pasando aquí! -La voz de Sue Pia sonaba indignada-. ¡Don Cullen, exijo que deje a esa niña al instante!

La boca de Emmett ardía de deseo, moviéndose sobre la de Isabella, su lengua danzaba y luchaba y bañaba su cuerpo de ardientes llamas hasta que se ahogó en su propio deseo. Dejó escapar un sonido. Un suave gemido de frustración y deseo. Lentamente, con infinito cuidado, le besó a regañadientes la comisura de la boca, después descansó la frente contra la de ella como si no tuviera fuerzas para levantar la cabeza.

-¡Isabella! -La voz de Sue fue más aguda que nunca, y esta vez penetró lo suficiente como para que Isabella oyera la nota de miedo.

Desconcertada, miró a Emmett, sus ojos oscuros le examinaron atentamente la cara. Él le sonrió, la expresión de sus ojos era tan tierna que le robó el aliento. Cuidadosamente le quitó una tela de araña de los sedosos mechones de pelo.

-Me has quitado diez años de vida -le confió muy suavemente.

-Gracias por rescatarme -Su voz no parecía la suya.

Era ronca y suave, una seductora invitación, y se encontró a sí misma ruborizándose salvajemente.

El don giró la cabeza para mirar a Sue. Se inclinó ligeramente, un gesto cortés y elegante.

-Creo que voy a tener que insistir en que su quede con su protegida todo el tiempo, Signorina Swan. Es eso o que los guardias estén apostados dentro de su habitación-. Un oscuro ceño ensombreció su cara ante la idea de dos hombres en la recámara de Isabella.

-Ese pasadizo es peligroso, Don Cullen -anunció Isabella, señalando el mango seccionado de la escoba como prueba-. Alice lo ha estado utilizando para llegar del cuarto de los niños a mi habitación. Su padre lo sabía. -Su voz contenía acusación, aunque intentó con todas sus fuerzas mantenerse neutral.

Las cejas de él se dispararon hacia arriba.

-Llámame Emmett -señaló él, sus labios estaban tan escandalosamente cerca de su oído que sintió la calidez de su aliento calentándole de nuevo la sangre-. Está totalmente prohibido utilizar el pasadizo. Alice lo sabe, e indudablemente Edward lo sabe. Se cambió a Alice del cuarto de los niños cuando se descubrió que conocía el pasadizo. Se le advirtió varias veces del peligro. Edward y yo le prohibimos utilizarlo. Hay numerosas trampas ahí, y más de una persona ha muerto intentando encontrar el tesoro o escapar hacia el mar.

Isabella alzó una ceja.

-He oído hablar de los Cullens bajo asedio que escaparon sin ser vistos hasta el mar, pero nunca había oído rumores de un tesoro oculto.

Emmett encogió sus amplios hombros con despreocupada facilidad.

-Se dice que nuestro antepasado, Marco Cullen, que hizo construir este palazzo, incluyó el pasadizo oculto para permitir que los miembros de la familia escaparan hasta los barcos anclados a la espera si hubiera necesidad. Pocos saben cómo maniobrar en el pasadizo o en las rocas de la cala, pero Marco dibujó cuidadosamente un mapa para futuras generaciones. Más de una vez, durante una invasión, el pasadizo y la cala se utilizaron para escapar. En los días en los que el palazzo fue construido, las fortalezas ocultaban con frecuencia trampas elaboradas para los invasores. Marco tenía reputación de tener un tesoro sin igual. Sólidas esculturas de oro. -Cruzó la habitación con su gracia natural, y alzando el bote dorado de su estante, se lo ofreció a Isabella-. Estas piezas han sido protegidas de todo invasor, incluyendo a la Santa Iglesia.

Ella jadeó ante la admisión abierta de la necesidad de proteger las riquezas de la Iglesia y miró a Sue, que se persignaba devotamente. Isabella era también reluctante a coger la escultura. Era una pieza exquisita, ricamente detallada y altamente ornamentada. Admiró el ingenioso trabajo, la atención al detalle y lo devolvió inmediatamente.

-¿Por qué lo tienes en esta habitación? Debe valer una fortuna. Alguien podría robarlo.

Por un momento los ojos del don brillaron peligrosamente.

-Creo que eso es de lo más improbable. -Su voz fue un ronroneo amenazador.

-¿Y hay más de estas esculturas? -animó ella.

Emmett asintió.

-El rey de España se ha anexionado la mayor parte de las ciudades y estados de esta región. Yo me las he arreglado para repeler sus ejércitos en nuestras tierras, y él no quiere soportar más pesadas pérdidas. Aun así, mis "antepasados" con sus mapas y pasadizos ocultos, guardaban sus secretos por si acaso yo fallara en detectar una amenaza a tiempo para evitar que los invasores nos invadan. Por el momento tenemos un tratado incómodo con España, pero la codicia puede inclinar la balanza. Hay un rumor de guerra con Austria. A España le gustaría poner las manos en nuestros cofres. Esto no es algo de lo que hablar con ningún otro, así que confío en que tú y la Signorina Swan permanezcáis en silencio sobre el asunto. El pasadizo es un mal necesario, y agradezco que hayas atraído mi atención sobre que la bambina lo haya estado utilizando. Nadie puede llegar al mar sin el mapa. Cada sección tiene numerosas trampas para retrasar al enemigo y permitir que la famiglia escape. Solo el don en funciones sabe dónde está el mapa y como leerlo.

-Debiste haberme advertido -le reprendió Isabella.

Una lenta sonrisa eliminó la línea implacable de la boca de él e iluminó sus ojos oscuros.

-No se me ocurrió que una mujer entrara en semejante lugar. En realidad, no creí que ni siquiera oyeras hablar de él. En el futuro, no explores hasta que consultes conmigo.

Ella alzó la barbilla una fracción.

-Siempre estás ocupado, y no quiero molestarte. Normalmente no me meto en dificultades.

Él soltó un sonido ahogado.

Isabella le fulminó con la mirada.

-No me meto en dificultades. Y tomé precauciones. Alice estaba vigilándome. Estaba sujetando abierta la puerta. - Se puso las manos en las caderas-. ¿Dónde está ese pequeño diablillo?

-Yo sabía que estabas en peligro, y me corrí abandonando del modo más impropio a mi importante visitante y subí a esta habitación. La puerta estaba cerrada por dentro -lo dijo como una acusación- así que amenacé con echarla abajo. Alice, indudablemente temblando ante mis amenazas, corrió a abrir la puerta. Dejó caer la llave fuera de la cerradura al menos tres veces, de miedo. Estoy seguro de que será severamente castigada por su parte en esta escapada. La pared debe haberse cerrado cuando se apresuró a abrirme la puerta. Fue una experiencia desoladora, esperar a que la niña me dejara entrar.

-Porque probablemente la asustaste a muerte -dijo Isabella con exasperación, sin simpatizar en absoluto con sus quejas-. ¿No comprendes que, si no la hubieras asustado, la pared nunca se habría cerrado, y yo habría salido del pasadizo sin ningún problema? Pobre pequeña, probablemente esté llorando.

-Sin duda -admitió él secamente. Le deslizó la mano alrededor de la garganta, caliente, fuerte y demasiado íntimamente-. Pediré al santo padre que nos permita casarnos inmediatamente. Estará de acuerdo.

-Quizás eso no sea tan buena idea -se apresuró a intervenir Sue, cogiendo la mano de Isabella y atrayendo a la joven firmemente a su costado. Lejos de Don Cullen. Isabella pudo sentir temblar a la anciana.

-¿Qué pasa, Sue? -preguntó amablemente.

-Michael no volvió al villaggio -anunció, sus ojos pálidos estaban fijos en el don con acusación.

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¡Nos leemos pronto!