No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.
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Se hizo un silencio absoluto en la habitación. Una corriente fría pareció salir de las mismas paredes y rodear a Isabella. Esta se estremeció, y profundamente en su corazón, oyó su propio grito de protesta silenciosa. Había maldad paseándose por el palazzo. Miró a Don Cullen, su mirada se cruzó con la de él. Feroz. Intensa. Alma a alma. Ni siquiera podía sentir la mano de Sue en la suya. Ella y el don eran las dos únicas personas que existían. La estaba observando atentamente, su mente estaba en la de ella. Le sentía allí. Estaba esperando en silencio a que ella le condenara.
Inesperadamente llegó la imagen de sus nudillos arañados, la gota de sangre incriminadora en su, por otra parte, inmaculada ropa. Isabella sintió su corazón palpitar incómodamente. La mirada de él continuaba fija en la suya, y no podía apartarse. Sabía lo que estaba esperando, sabía que esperaba que le recriminara. Don Cullen, Il Demonio del palazzo. La maldición. Los susurros. Los rumores.
Emmett permaneció alto y erguido, sus ojos negros insondables, sus rasgos cuidadosamente inexpresivos. Isabella tomó aliento y lo dejó escapar lentamente.
-¿Enviarás a tus hombres a registrar el laberinto entero buscándole? Quizás Michael no pudo encontrar la salida.
Él se inclinó ligeramente.
-Al instante, piccola. Y les enviaré a las colinas para ver si el chico resultó herido en su camino a casa -añadió deliberadamente para recordarle los numerosos viajeros que había caído víctima de animales salvajes, el terreno, o incluso ladrones.
Su voz fue increíblemente amable. Una calidez rozó las paredes de su mente haciendo que se sintiera en cierto modo reconfortada.
Isabella tragó el nudo de su garganta. Era difícil pensar con claridad con el don observándola tan intensamente. Ahora podía sentir en ella los ojos de Sue, tan acusadores como cuando se habían posado en Don Cullen.
-Usted fue la última persona que vio a Michael con vida, Don Cullen -Sue dijo lo que Isabella no iba a decir. Su mismo tono era una declaración de culpabilidad.
-No sabemos si está muerto, Signorina Swan -señaló Emmett suavemente. Su voz contenía un hilo de amenaza, como si su paciencia se estuviera agotando rápidamente-. Si el joven encontró su final en el laberinto, los carroñeros serían los primeros sospechosos.
El alivio atravesó a Isabella.
-Eso es cierto, Sue -dijo.
Pero un terrible temor se arrastraba hasta su mente, corazón y alma como una sombra oscura. Ella lo sabría si alguien hubiera resultado herido, ¿verdad? Siempre lo sabía.
Sue enfrentó al don con valentía.
-La boda debe posponerse hasta que el joven sea encontrado -desafió.
Si resulta usted exonerado. Las palabras quedaron sin decir, pero brillaron allí en la habitación, tan vívidamente como si Sue las hubiera pronunciado en alto como condenación.
Los ojos negros brillaron amenazadoramente
-Nada detendrá la boda, Signorina Swan. Ni usted, ni este joven errante. Por lo que yo sé, desapareció con toda la intención de detener los planes de boda. Estaremos casados en la mañana. -Era un decreto, los oscuros rasgos de Emmett se mostraban implacables.
Por un momento Sue pareció ir a revelarse, pero las palabras del don parecieron calar. Ella conocía bien a Michael. Tenía un temperamento infantil y, si le habían humillado, podía enfurruñarse durante días. Era bastante capaz de desaparecer para asustar a la compasiva Isabella y así castigarla por no casarse con él como había exigido. Aun así, tenía la sensación de que Isabella estaba en terrible peligro, y deseaba desesperadamente sacarla del palazzo. Sue miró a la joven a su cargo.
-Quizás me preocupo por nada -dijo suavemente, mirando al suelo derrotada.
Don Cullen no pasaría nada malo si entregaba a su amada Isabella, podía verlo en su agresividad masculina, en su postura posesiva cada ver que se acercaba a la joven. Quizás era su miedo por Isabella, viviendo en un ambiente semejante, lo que había provocado que condenara al don tan apresuradamente.
Emmett extendió el brazo para capturar la mano de Isabella, apartándola del apretón de Sue. Fue un gesto claro, la reclamaba, marcando a Isabella como suya. Se llevó los dedos de ella a la calidez de su boca. Su mirada negra estaba fija en la de ella, y Isabella sintió esa extraña sensación de estar cayendo hacia adelante, de estar atrapada para siempre en la profundidad de sus ojos. El tiempo se detuvo. Su corazón latía por él. Sintió el apresuramiento de sangre, de calor, de fuego líquido.
Don Cullen la soltó a regañadientes, su tacto se demoró por un momento antes de alejarse.
-He dejado esperando demasiado a mi visitante, y debo ocuparme de que los hombres empiecen a buscar a tu joven amigo.
Isabella se quedó de pie algo aturdida, como en trance, mirando fijamente a la puerta que se cerró cuando el don abandonó la habitación.
Sue suspiró pesadamente.
-¿Le crees, Isabella? ¿Realmente le crees? Porque yo no estoy segura de hacerlo. Es posible que Michael se oculte en las colinas. Cuando era pequeño y se enfadaba con su madre, hacía cosas así, o quizás esté herido y necesite ayuda. -Estaba observando atentamente a Isabella mientras hablaba.
Los dientes de Isabella mordisqueaban nerviosamente su labio inferior. Ella sabría si alguien tenía necesidad de ella, y Sue era bien consciente de ello. Isabella siempre lo sabía. Y el pájaro habría acudido a ella. Miró a la anciana con ojos afligidos.
-Debo salir afuera donde pueda sentir el viento en mi cara. Quiero mirar al cielo.
-¿Qué tienes en el pelo? -Sue la rodeó y cogió hebras de una tela de araña del largo pelo-. ¿Qué has estado haciendo? -Por primera vez tomó nota del palo de escoba que el don había retirado cuidadosamente de las manos de Isabella cuando esta había estado a punto de herirle con él.
Este había sido cortado limpiamente con una hoja de algún tipo. Sue lo levantó, girándolo de un lado a otro para examinarlo antes de mirar a Isabella con un ceño.
-No preguntes -dijo Isabella, pasándose una mano por su largo pelo-. Llegaste después del desastre en el pasadizo oculto. ¿Qué importa ahora que ya no quieras que me case con el don? Hace no mucho no estabas tan en contra.
-Algo va mal aquí, piccola. Cuando estoy en esta casa, siento el eco de los gritos de tu madre cuando fue lanzada sobre las murallas. Puedo sentir los espíritus de las demás muertas. Están rondando este palazzo. -Hizo la señal de la cruz y besó su crucifijo-. Pueda la buena Madonna salvarte de tus enemigos.
Isabella no protestó. Sabía que tenía enemigos en el palazzo; solo que no sabía por qué. Sentía ojos mirándola fijamente con desaprobación cada vez que abandonaba su recámara.
-Debo salir -dijo de nuevo. Sentía el corazón pesado en el pecho. Abrió la puerta, volviéndose hacia Sue mientras lo hacía. - ¿Cómo empezó todo esto, hace cuánto? ¿Cuándo se oyó el primer rumor de que la famiglia Cullen estaba maldita? ¿Es posible que haya una veta de locura en su sangre?
Sue miró más allá de Isabella hacia los guardias que esperaban.
-No es buena cosa hablar de ello en este lugar cuando las paredes tienen ojos y oídos. -Alzó la barbilla-. Vamos, salgamos al patio. Veremos si el don mantiene su palabra y envía a sus hombres a buscar a Michael.
Por alguna razón a Isabella le irritó que Sue considerara la posibilidad de que el don pudiera traicionar su confianza.
-Puedo imaginarme muchas cosas sobre Don Cullen, pero vive para su palabra. No me diría una cosa y haría otra -le defendió.
Sue la miró fijamente
-Quizás estés ya cayendo bajo su hechizo. Te dije que tuvieras cuidado. Puede leer la mente, hacer que uno diga lo que no quiere revelar. Debes ser fuerte, Isabella. Hasta que sepas más del don...
-El hombre que va a ser mi marido -corrigió Isabella-. Estaremos casados en la mañana. Viviré con él, y este palazzo será mi hogar. No tengo ninguna elección en la cuestión. Tu misma dijiste que ni siquiera el santo padre desafiaría al don.
Sue murmuró ininteligiblemente mientras bajaban por el largo corredor hacia las escaleras. Miró hacia la barandilla y una vez más se persignó devotamente.
-Mira esto, Isabella. ¡Una serpiente enroscada alrededor del tronco de un árbol! Ese es el artesonado de su escalera. ¿Qué clase de hombre es él?
-Heredó el palazzo y el título de su padre y su padre de su abuelo antes que él, y así sucesivamente. ¿Qué tendría que haber hecho? ¿Negarse a vivir aquí porque no le gusta el artesonado de la escalera? En realidad, es bastante hermoso, Sue. Si miras algunos de los trabajos, son realmente extraordinarios.
Sue recurrió a cloquear como hacía con frecuencia cuando estaba agitada.
-Temo que ha lanzado un hechizo sobre ti, bambina.
Isabella miró sobre su hombro hacia los guardias silenciosos que las seguían a una distancia circunspecta.
-¿Dónde está la pequeña Alice? -La niña estaría todavía disgustada porque Isabella hubiera sido atrapada en el pasadizo secreto.
-Se la envió a su habitación, signorina -replicó el guardia, alzando una ceja hacia su compañero.
El otro guardia se encogió de hombros con una sonrisa seca y colocó algo en la palma abierta del primer guardia.
Isabella ignoró el jueguecito entre los dos hombres.
-Debo ir con ella; todavía estará asustada. Ya pensará que il fantasmi me ha cogido.
Cuando empezó a subir de nuevo las escaleras, el guardia sacudió la cabeza.
-Se la ha trasladado del cuarto de los niños y ahora está en el primer piso.
Isabella le sonrió.
-Gracias. -Sabía exactamente en qué horrenda habitación había sido encerrada la niña.
Corrió a lo largo del pasillo, saludando a la doncella a la que antes le había cogido prestada la escoba. La mujer dejó de trabajar lo bastante como para levantar la mano en respuesta, ruborizándose cuando se fijó en los dos guardias que seguían a Isabella.
Alice estaba bocabajo en la gran cama, tan pequeña que apenas se la podía ver entre las mantas. Isabella se apresuró hasta ella y la arrastró a sus brazos, meciéndola mientras la niña sollozaba como si se le estuviera rompiendo el corazón.
-¡Creía haberte matado! -Hipó las palabras, sus lágrimas empaparon el cuello y la cara de Isabella-. Lo siento, Isabella.
-Bambina. -Isabella la abrazó incluso más fuerte-. No hiciste nada malo. Hiciste exactamente lo que debías. Don Cullen te ordenó que abrieras la puerta, y por supuesto debías hacer lo que te decía.
Alice alzó la cabeza, con aspecto triste.
-Nunca podré volver a salir de esta habitación. Zio Emm y Papa me dijeron que nunca entrara en el pasadizo secreto. Dijeron que era peligroso. Ahora tengo que quedarme aquí para siempre. Tengo que ser castigada. -Aulló lo último dramáticamente.
La boca suave de Isabella se curvó.
-¿Quién te dijo que te quedaras en tu habitación?
-Zio Emm. -Alice parecía tan patética como era posible.
Isabella rio suavemente.
-Sue se quedará contigo, y yo iré a hablar con tu zio. Quizás crea que ya has sido castigada lo suficiente. Pero debes prestar atención a sus advertencias. No creo que il fantasmi guarde el pasadizo, pero ciertamente hay trampas allí que pueden poner en peligro tu vida. Debes prometerme que nunca volverás a entrar ahí.
Alice asintió vigorosamente, dispuesta a prometer cualquier cosa a Isabella.
-Seca tus lágrimas, bambina. Conseguiré sacarte de tu prisión. -Alborotó el pelo de la niña y señaló a Sue que entrara en la habitación para consolar a Alice mientras ella se iba.
Isabella volvió a recorrer el vestíbulo, haciendo una pequeña mueca a los dos guardias que parecían muy divertidos por sus payasadas.
-Apostar es pecado -les recordó arrogantemente, pero ninguno de los dos pareció arrepentido en lo más mínimo al saber que ella sabía lo que había pasado.
En vez de eso, ambos le sonrieron abiertamente.
Fuera del estudio del don, dudó, su coraje flaqueó de repente. Iba a interrumpir su trabajo, a entrometerse en su tiempo. Inmediatamente se sintió insegura de sí misma. Don Cullen había sido más que amable con ella, pero tenía una cierta reputación, e Isabella no estaba ciega al hecho de que era un hombre poderoso. Probablemente se había ganado esa reputación muchas veces a lo largo de los años. Se mordió el labio en una agonía de indecisión. No podía animar a Alice a desafiar a su tío y abandonar la habitación sin permiso. Sus pies desnudos golpeteaban un ritmo nervioso sobre el suelo enlosado. Ya le habían interrumpido una vez, obligándole a dejar a su importante visitante para rescatarla en el pasadizo.
Miró sobre su hombro hacia los guardias. Estaban susurrándose el uno al otro, sin duda haciendo otra apuesta sobre cuál sería su reacción. Llamó rápidamente a la puerta antes de perder completamente los nervios, mirando fijamente a los guardias mientras lo hacían. El mismo soldado tuvo que ofrecer sus pérdidas. Ella alzó una ceja hacia él.
-Cualquier pensaría que habrías aprendido la primera vez.
Él se echó a reír. Emmett abrió la puerta para encontrar a Isabella compartiendo el júbilo con sus dos guardias. Suspiró pesadamente y le envolvió la palma alrededor de la nuca mientras salía al pasillo, cerrando la puerta de su estudio tras él, obviamente para ofrecer a su visitante privacidad y anonimato. Su pulgar le inclinó la cara hacia arriba.
-Una vez más te encuentro sin tu carabina, cara mia. ¿Has vuelto a huir de la Signorina Swan? ¿Cómo te las arreglas para eludirla? A mí me parece bastante capaz.
Ese ligero estremecimiento traicionero empezó de nuevo, profundamente en su interior. Miró hacia los guardias. Estos no fueron de ayuda, se habían alejado para proporcionar al don privacidad en su trato con su errante novia. Emmett la urgió a acercarse a la dura fuerza de su cuerpo.
-Has vuelto a perder tus zapatos, por lo que veo. ¿Qué es tan urgente, piccola, como para que desafíes a il Demonio en su guarida? -Su pulgar le rozó la delicada línea de la mandíbula para demorarse sobre el pulso que latía frenéticamente.
Sus ojos oscuros estaban enormes cuando levantó la mirada hacia él.
-Yo no pienso en ti como Il Demonio -negó
Él alzó una ceja elegante hacia ella.
-¿De veras?
-Puede que antes de conocerte -reconoció de mala gana, indefectiblemente sincera.
Sus ojos brillaron hacia ella, una maliciosa diversión danzaba en las oscuras profundidades.
-Puede que me haga convertido en uno desde que te conocí -le respondió él sugerentemente.
Ella le frunció el ceño.
-Creo que te gusta asustarme con tu perversidad, Don Cullen, pero en realidad, no soy tan fácil de asustar. -Era la verdad. Nadie más parecía asustarla como él lo hacía-. Yo... tenía necesidad de hablar contigo... sobre tu orden de hacer que tus hombres prueben mi comida y bebida. No desearía que nadie se pusiera enfermo por mí -aventuró, dudando sobre como aplacar su enfado con la pequeña Alice, prefiriendo que se fijara en ella primero.
Emmett sacudió la cabeza gravemente.
-No rescindiré mi orden, cara mía, ni siquiera por complacerte. Pero ya sabías eso. Sospecho que tenías otra razón para buscarme.
Ella le evaluó firmemente con la mirada por un momento, golpeteando nerviosamente con el pie sobre el suelo, considerando la mejor manera de discutirlo con él. Parecía demasiado implacable. Suspiró pesadamente. No quería reducir las oportunidades de Alice de conseguir la libertad. Pero, en cualquier caso, él la estaba observando con tan increíble intensidad que no estaba segura de ser capaz de pensar mucho más tiempo con claridad.
-Me gustaría llevar a la pequeña Alice conmigo al patio. Lamenta mucho su desobediencia, y la he aleccionado sobre los peligros del pasadizo, aunque creo que podría venirle bien una demostración de su Zio Emm, ya que le respeta tanto. En cualquier caso, yo la animé a ayudarme. No debería ser castigada.
La miró durante tanto rato, que pensó que se derretiría. Isabella estaba hipnotizada por la ardiente intensidad de su mirada. Era muy consciente de su cuerpo, tan cerca, tan cerca del de ella que podía sentir el calor de su piel. De nuevo una corriente pareció arquearse entre ellos como un relámpago, crujiendo y danzando hasta que su piel estuvo sensible y dolorida de deseo. La mirada de él cayó a su boca, y su cuerpo se debilitó. Alas de mariposa revoloteaban en su estómago; su cuerpo se tensó, y el calor se acumuló dentro de ella.
Honestamente no supo quién se movió primero. La boca de él devoró la suya, ardiente y excitante, barriéndola con él. Fue una oscura promesa, erótica, sensual, su lengua le exigía que respondiera en vez de pedirlo. Se derritió, suave y flexible, su cuerpo moldeándose contra el de él, haciendo que sintiera su feroz erección. En vez de apartarse como debería haber hecho, Isabella celebró su poder, deseando más, anhelando de repente sus secretos oscuros, dolorida por un deseo tan fuerte que ardió con él. Fuego líquido. Calor fundido.
Sus pechos se hincharon de deseo, empujando contra los pesados músculos de su cuerpo, luchando por su tacto. La fina tela de su blusa parecía de pronto demasiada barrera entre ellos. Su mente estaba de repente llena de imágenes: sus manos sobre la piel de él, la palma de él acunándole el pecho, su boca quemando a lo largo de su garganta, más abajo, por la piel desnuda para acercarse, caliente y húmeda, a su dolorido pezón. Le deseaba más de lo que había deseado nada en su vida.
Emmett alzó la cabeza, con la mano todavía rodeándole la nuca, el cuerpo de ella descansando contra el suyo.
-Te necesito, Isabella. -Su voz era ronca y sensual-. ¡Dio! No creo que pueda esperar una noche más. Llévate a la niña al patio, y no te metas en ningún otro problema. Mantén a la Signorina Swan contigo todo el tiempo; ella es tu única protección.
Podía sentir su cuerpo fuerte temblando por el esfuerzo de dejarla marchar. Una buena chica habría estado agradecida por su conducta, sorprendida y horrorizada ante la suya propia, pero Isabella sospechaba que no era tan buena como le hubiera gustado a Sue. Deseaba las manos del don sobre su cuerpo. Sabía que él la deseaba a ella. Isabella. A ninguna otra. Le dejaba tan débil de deseo como él a ella. Sonrió hacia él, intentado desesperadamente encontrar la forma de respirar. Él gimió suavemente.
-No puedes hacer eso, piccola. No puedes mirarme con tanta confianza y deseo en tus ojos. - Le besó la coronilla. -No soy de confianza a tu alrededor. Ve a buscar a tu inútil carabina e insiste en que se quede pegada a tu costado. -Emmett la alejó cuidadosamente de él-. Prometo que impresionaré a Alice lo suficiente como para que se mantenga fuera del pasadizo. Ahora vete mientras todavía me queda algo de respeto por mí mismo.
Isabella no se atrevió a mirar a los dos guardias. Sabía que tendrían sonrisas socarronas en las caras, y por el momento no le importaba. Miró al don, y por primera vez tocó su mandíbula sombreada con la punta de los dedos, una pequeña caricia casi tierna. Su mirada le recorrió la cara como si bebiera de él.
Emmett sacudió la cabeza e inclinó la cabeza colocando la boca contra su oído.
-Creo que podrías ser una bruja como dice Tanya, lanzando tus hechizos para hipnotizar a un simple mortal. -Su aliento le caldeó la piel y envió diminutos escalofríos de fuego por su sangre.
Por primera vez, no la asustó la burla. Giró la cara haciendo que sus labios se movieran tentadoramente contra los de él.
-Yo no te llamaría un "simple mortal", Don Cullen, nunca.-Fue un roce pecaminoso, calor sedoso, sus bocas se tocaron mientras le susurraba. Su cuerpo se movió contra el de él con deseo intranquilo. Un ardiente deseo llameó en los ojos de él, una tormenta de fuego de tal intensidad que les robó a ambos la capacidad de respirar.
Esta vez fue Isabella quien se apartó. Se giró y alejó lentamente por el corredor, balanceando las caderas con femenina invitación. Don Cullen no podía ser malvado. No podía ser. No importaba cuantos rumores corrieran sobre el palazzo y su don, no podía encontrar en su corazón la forma de creer que fuera un asesino. Bajó la cabeza, no estaba mirando por donde iba, así que casi saltó cuando alguien la cogió del brazo y tiró de ella hasta una pequeña alcoba.
Aterrizó contra la pared y se encontró mirando al abuelo del don. Parecía más salvaje que nunca, con la cara retorcida en un ceño feroz, sus cejas tupidas se unían en una línea aterradora. Sobre su hombro vio a los dos guardias acercarse a la carrera. Apresuradamente sacudió la cabeza hacia ellos, una advertencia para que retrocedieran. Lo hicieron a regañadientes, quedándose lo bastante cerca como para alcanzarla si hubiera necesidad. Su presencia le permitió relajarse en el apretón sorprendentemente fuerte del anciano.
-Signore Cullen -dejó escapar lentamente el aliento-. ¿Algo va mal? Por favor, cuénteme. Puedo ver que está molesto.
Él la miró fijamente. Podía sentir como su cuerpo temblaba por una terrible tensión.
-Debes abandonar este lugar al instante. No te acerques a ninguno de ellos. A ninguno de nosotros. ¡Vete mientras todavía estés viva! -Sus dedos le mordieron el brazo. Incluso la sacudió ligeramente-. Estás en peligro. ¡Si te quedas aquí, seguramente morirás! -La empujó lejos de él y se alejó, apartando a los guardias con su bastón y haciendo que se apresuraran a salir fuera de su alcance.
Isabella se derrumbó contra la pared, viendo como el anciano se alejaba a la carrera. Su voz había resultado áspera por el miedo. Le estaba advirtiendo que se alejara de todos los hombres Cullen, incluso de sí mismo. ¿Qué quería decir eso? ¿Podía estar equivocada sobre el don? ¿Había una veta de locura en la familia? ¿Dos lados en los hombres? ¿Ángel y demonio? Se frotó ausentemente las marcas de dedos del brazo. ¿De dónde había sacado el hombre tanta fuerza? Había notado que el don parecía anormalmente fuerte. ¿Era eso cosa de familia como la locura?
Uno de los guardias se acercó solícitamente a ella.
-¿Le hizo daño?
Ella sacudió la cabeza.
-No pretendía hacerme ningún daño. Al contrario, estaba intentando ser agradable. -Sabía que el anciano había magullado su piel con su tremendo apretón, pero parecía desesperado por hacer que le creyera.
-Debo informar de esto al don, signorina -El guardia habló calladamente, sabiendo que ella protestaría-. Es mi deber.
Ella se retorció las manos.
-¿De veras? En realidad, no me hizo daño. No quiero que le reprendan, y el don parece muy... -se interrumpió, buscando las palabras correctas.
-Protector hacia usted -ayudó el guardia-. Pondré cuidado en como formulo mi informe.
-Grazie -respondió Isabella, y se alejó de la pared.
Más sacudida por el encuentro de lo que deseaba admitir, se apresuró por el corredor hasta que estuvo a salvo en la habitación de Alice.
La recámara estaba como la recordaba, pero sin la araña de luces. A la luz del día la habitación no parecía tan alarmante. Isabella sonrió a la niña impaciente.
-Tu zio Emm ha dicho que puedes venir al patio conmigo, bambina.
La cara de Alice se iluminó.
-¡Sabía que conseguirías que dijera que podía ir!
Isabella ofreció una mano a la niña, cuidando de evitar mirar a Sue. La anciana la conocía muy bien y sabría que algo la había molestado.
-Yo tampoco puedo esperar a estar fuera. -Intentó mostrarse entusiasta, pero de repente tenía miedo.
El mayor de los Cullen había conseguido aterrarla. Isabella intentó mantener a su mente errante bajo control, pero parecía imposible. Su imaginación corría salvaje mientras salían fuera. El palazzo parecía una entidad viva y que respiraba, completamente contra ella. No quería sentirse así; quería considerarlo un hogar.
-Estás muy callada, piccola. -dijo Sue pensativamente mientras salían.
Isabella inhaló profundamente, mirando hacia el remolino de nubes que surcaban el cielo azul. Ningún pájaro agorero sobrevolaba en círculos el laberinto. El viento no le traía ningún mensaje de una herida o enfermedad. La presión de su pecho empezó lentamente a aliviarse. Michael no podía estar muerto o muriéndose en el laberinto, y, en honor a su palabra, Don Cullen tenía soldados moviéndose a través de los altos setos. Podía oír sus voces llamándose los unos a los otros. Arriba en las murallas, varios hombres más estaban utilizando prismáticos en un intento de examinar el interior del laberinto desde lo alto.
-Pero bueno, si es mi nueva cuñada -Edward, junto con Jasper, llegó por el pasillo de verdes arbustos abriéndose paso hacia Isabella.
Ambos se inclinaron cortésmente, Edward con elegancia, Jasper rápidamente, como si estuviera poco en compañía de señoras.
Isabella les sonrió.
-¿Los dos habéis estado buscando a Michael?
Jasper se removió intranquilo. Ella vio las sombras que cruzaron su cara. Él asintió, evitando sus ojos. Edward se encogió casualmente de hombros.
-No creo que esté en el laberinto. Le habríamos encontrado ya. Los hombres de Emm son muy concienzudos.
Isabella estuvo de acuerdo con él. Asintió hacia los soldados del balcón alto sobre ellos.
-¿Alguien le dijo a Tanya que Michael había desaparecido? Ella estaba en el balcón ayer; la vi. Posiblemente divisó algo desde arriba. Puede haber visto salir a Michael. -Miró a Edward-. Podría contártelo si le preguntas. -Formuló su comentario cuidadosamente para no ofender.
Tanya se mostraría maliciosa si ella le pedía información. Isabella había conocido a otras nobles como Tanya. Sentía que era poco digno decir o hacer algo por los que habían nacido en un escalafón más bajo.
Los rasgos apuestos de Edward se oscurecieron visiblemente. Sus ojos brillaron, por primera vez le recordó a Isabella a su hermano mayor.
-Si vio algo y está reteniendo información para afligirte, se lo sacaré -prometió.
Jasper parecía más incómodo que nunca.
-Yo hablaré con ella, Edward -dijo, con voz tan baja que fue apenas un hilo-. La hija de Carmen puede ser tan testaruda como su madre.
-Lo hará si yo se lo ordeno, y ciertamente Carmen insistirá en que coopere, -respondió Edward-. Esa jovencita está demasiado mimada.
-Es posible que no viera nada fuera de lo habitual, y quizás ni siquiera ha oído hablar de la ausencia de Michael -ofreció Isabella, temiendo haber metido a la chica en problemas.
-Lo ha oído -dijo Edward, frunciendo el ceño hacia ella. Parecía incluso más guapo con el ceño fruncido-. No malgastes tu lástima con ella, Isabella. Tanya vive para incordiar a los demás. Yo trataré con ella.
Jasper suspiró.
-No te aflijas por Tanya, Isabella. Debo estar de acuerdo con mi hermano. Es bastante capaz de retener información solo por rabia. No te quiere aquí. Es joven y consentida y acostumbrada a ser el centro de atención. -Se frotó la nariz pensativamente, dejando escapar el aliento en un largo suspiro como si charlar fuera una cuestión angustiosa.
Edward suspiró en acuerdo.
-Todos la hemos consentido abominablemente. Tengo mucho cuidado con mi hija para que no se vuelva como Tanya. A veces temo haber ido demasiado lejos en el sentido contrario. -Miró amorosamente a su pequeña, que estaba danzando con deleite cerca de una explosión de flores-. Deseo que sea tan buena como hermosa, como su madre. -Se ahogó con la palabra, y apartó la mirada rápidamente, pero Isabella captó el brillo de lágrimas en sus ojos, y su corazón se compadeció de él.
Jasper descansó la mano brevemente sobre el hombro de su hermano menor. Edward suspiró y sacudió la cabeza.
-Confío en el consejo de Carmen, pero es más difícil resistirse a las lágrimas de Alice cuando quiere algo muchísimo.
Isabella se mordió el labio inferior para evitar señalar que Carmen no había hecho muy buen trabajo criando a su propia hija.
-¿Qué le pasó al padre de Tanya? -preguntó para cambiar de tema.
Jasper pareció apesadumbrado por la pregunta. Fue Edward quien respondió.
-Carmen se crio con nosotros aquí en el palazzo bajo la tutela del mio padre. Es una prima lejana. Otro primo, el hijo del hermano del mio padre, con frecuencia vivía aquí también. Él se casó con Carmen, y tuvieron a Tanya. Estaba muy unido a nosotros, pero se puso enfermo y lentamente se consumió. Carmen nunca abandonó su lado, ni por un momento. Le atendió ella misma, incluso le alimentaba, pero a pesar de todos sus cuidados, no pudo salvarle... -La voz de Edward se desvaneció.
Un escalofrío se apoderó de Isabella, y se estremeció violentamente. Tanta muerte en el palazzo. ¿Por qué no se había llamado a la sanadora del pueblo cuando un hombre se estaba consumiendo lentamente? Sintió el corazón pesado, y se alejó de los hermanos Cullen. Ambos parecían muy abiertos y simpáticos, pero no confiaba en ninguno de ellos. En ninguno. Una sensación de peligro la aplastaba, la historia no sonaba del todo cierta. Cada vez que miraba directamente a Jasper, él apartaba la mirada. Edward parecía hacer justo lo opuesto, encontrando su mirada casi demasiado audazmente.
Isabella estudió a Jasper. Tenía la misma constitución que los otros dos hermanos Cullen, alto y elegante, con músculos tensos y elocuentes ojos negros. Parecía un poco más duro, aunque esta vez su ropa estaba inmaculada. Se mordió el labio, y sus ojos se abrieron recordando de repente. ¡La ropa de Jasper también había estado manchada de sangre cuando salió del laberinto el día anterior! Lo recordaba claramente. Llevaba ropa de caza cubierta de manchas oscuras, justo como cuando le había encontrado meses atrás. Retrocedió alejándose de los dos hermanos, dando pequeños pasos apenas perceptibles, pero su piel se había puesto pálida bajo su tono dorado.
Edward se giró para evaluar a su hermano firmemente, obviamente leyendo la cara transparente de Isabella.
-Parecías haber sufrido algún infortunio ayer cuando llegaste a casa, Jazz. ¿Qué ocurrió?
Jasper pareció más incómodo que nunca. Se encogió de hombros, de nuevo evitando la mirada de Isabella.
-Emm me envió fuera a un asunto, que me llevó más de lo que esperaba. En el camino a casa me persiguieron.
Edward arqueó una ceja hacia su hermano.
-Tu acostumbrado disparate, haciendo donaciones secretamente a las viudas y huérfanos del pueblo. Jasper se ve a sí mismo como el gran salvador de los oprimidos. -Su voz era cordial en vez de desdeñosa, pero Isabella se encontró ruborizándose intensamente.
Isabella había sido la receptora de carne fresca por parte de un donante anónimo. Indudablemente Jasper había sido quien la proporcionara para ella y Sue.
Él frunció el ceño a su hermano.
-A veces es un pago por servicios prestados, Edward. La gente nos da mucho. Tú no aprecias todo lo que hacen.
Edward alzó las manos riendo en rendición.
-Hemos oído ese discurso en más de una ocasión. Pasaré de otro sermón. -Se inclinó hacia Isabella, con una sonrisa burlona en la cara-. Veo que Emm ha sido mordido por la famosa maldición Cullen. Los celos corren profundamente en nuestra sangre. -Asintió hacia el estudio y el hombre que miraba por la ventana hacia el patio.
Emmett estaba muy quieto, con las manos a la espalda, observándolo todo con su oscura mirada de águila. Permanecía inmóvil, aunque ella podía ver más allá de él entre las sombras de la habitación que no estaba solo. Su visitante gesticulaba mientras hablaba, gesticulaba inútilmente, ya que Emmett no le estaba mirando. Sin duda estaba escuchando atentamente; Isabella no podía imaginar nada más.
-Es una terrible maldición la que sufrimos -explicó Edward-. No puedes culparle; nuestra sangre se calienta cuando se trata de nuestras mujeres. No es poca cosa capturar y mantener la atención de un Cullen, pero amamos solo una vez y no permitimos a ningún otro hombre cerca de la amada. -La forma en que pronunció las palabras, casi como una amenaza, la hizo estremecer.
Isabella se frotó los brazos desnudos. Jasper exclamó suavemente y extendió la mano para tocarle la parte superior del brazo.
-¡Estás magullada! -Levantó la mirada hacia su hermano mayor de pie inmóvil en la ventana.
Hubo un vislumbre de algo espantosa en los ojos de Jasper, algo que recordaba al propio Emmett.
Edward se giró dejando de observar a su hija rodear la fuente más grande del patio, saltando y cantando alegremente.
-¿Magullada? ¿Quién ha marcado tu piel? -Él también levantó la mirada hacia su hermano mayor-. ¡Dio! No lo creo de él. No lo creeré de él, no importa lo que digan los rumores. Él no maltrataría a una mujer. Pero no puedes jugar con sus sentimientos -le advirtió a Isabella severamente-. Debes permanecer lejos de los demás hombres. Marcas como esas traicionan pasión. Buena o mala, pero pasión, al fin y al cabo.
Isabella se volvió de un vívido rojo, el color subió por su cuello hasta la cara. Sus ojos llamearon hacia él.
-¿Cómo te atreves a acusarme de comportamiento impropio! -gesticuló hacia los guardias-. No tendría oportunidad ni siquiera si me sintiera inclinada a ello. -Su barbilla se alzó arrogantemente-. Será mejor que les deje, señores-. Hizo una reverencia cortés hacia los dos hermanos y se alejó marchando, con la espalda recta.
La furia hervía profundamente en su interior. ¡Que Edward la acusara de tal cosa y suponer simplemente, como la mayoría de los hombres, que cualquier flirteo era culpa de ella! ¡Marcas de pasión! ¿Quién llamaría a moratones marcas de pasión?
Se apresuró hacia Sue, la furia se alzaba a cada paso. No estaba satisfecha con la explicación de Jasper sobre la sangre de su ropa; había parecido demasiado evasivo para su gusto. ¡Y Edward! Era arrogante y un auténtico aristocrático en su actitud hacia la gente que vivía en las tierras Cullen. Más aún, no le perdonaba el hecho de que hubiera sacado a colación un tema en el que no quería pensar. El miedo que estaba rondando el borde de su consciencia. La maldición de la familia Cullen. Había crecido oyendo los rumores susurrados de locura y celos. Era ampliamente aceptado que el abuelo de Emmett había estrangulado a su esposa en un ataque de rabiosos celos. Edward había sonado muy amenazador, casi como si estuviera advirtiéndola, como había hecho su abuelo. Un acertijo que tenía que resolver. Y necesitaba resolverlo. Si no lo hacía, muy bien podría costarle la vida.
-Hermanita. -Edward saltó tras ella-. Te pido perdón si creíste que estaba acusándote de mal comportamiento. No fue tal mi intención. Quería aconsejarte sobre tu comportamiento simplemente tú no conoces el extraño calor que se arremolina en nuestra sangre Cullen. Solo me preocupo por ti y por mi hermano.
Isabella miró sobre su hombro a Jasper, que había permanecido muy quieto. Estaba mirando a su hermano mayor, que todavía les observaba tan solemnemente.
-Don Cullen no me hizo daño ni en un ataque de furia ni en ningún otro caso. Creo que el que pienses que pudiera hacerlo es un insulto hacia él, como me insulta que pensaras que otro hombre había puestos esas marcas sobre mí por la razón que insinuaste. Fue poco galante y de lo más impropio por su parte, signore.
-Solo pretendía servirte -replicó Edward, sus ojos oscuros estaban constrictos cuando se inclinó de nuevo-. No nos peleemos, hermana.
Supuso que no era culpa de Edward el haber contribuido al auténtico miedo que tenía de casarse con el don. Había visto destellos de celos en Emmett, sentido la oscura furia en su mente cuando la había visto con otros hombres, incluso con sus propios hermanos. Era absolutamente posible que la locura corriera profundamente en la sangre de los Cullen, como le habían advertido Edward y el viejo Signore Cullen. Una advertencia podía ignorarla, pero dos sería estúpido. Alzó la barbilla y se giró para levantar la mirada hacia la ventana donde estaba de pie Emmett.
A través de la distancia sus ojos se encontraron, los de ella preocupados y llenos de miedo, los de él insondables, imposibles de leer. Por la mañana su vida estaría unida a la de él para siempre. Viviría en el palazzo entre su siniestro artesonado y los ojos vigilantes, rodeados por enemigos y sin saber nunca quiénes eran o por qué la odiaban.
Isabella se giró y miró hacia el enorme laberinto con sus giros y vueltas. Le recordaba al camino que estaba empezando, con callejones sin salida en cada esquina y ninguna forma segura de salir. Necesitaba el consuelo de Sue y Alice. Caminó la distancia que faltaba hasta la anciana y la rodeó con los brazos.
Sue supo inmediatamente lo que necesitaba y la abrazó firmemente sin decir una palabra. Alice también sintió su necesidad de consuelo y dejó de jugar y correr y envolvió los brazos apretadamente alrededor de las piernas de Isabella.
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¡Nos leemos pronto!
