~ chess

A Yuri no le agradó nada cuando Mila olvidó su cartera en su casa justo el día en que saldrían de compras, justo recordándolo cuando ya se hallaban en el centro.

Pateando piedras (al menos Yuri) se tuvieron que devolver a la casa de la muchacha que simplemente reía por su cabeza olvidadiza, ignorando por completo y con hábil destreza el humor de perros de su amigo.

— Creo que había helado en la nevera, si quieres podemos tomar una copa antes de irnos.

Y con solo esa frase arregló un poco la cara de su amigo.

— Espero que sea de moras, bruja, ¿están tus papás en casa?

— Sí. Mis papis y mi hermano mayor.

Yuri levantó una ceja,

Mila tendía a decirle hermano a su hermanastro por parte paterna, siempre hablaba de él y decía que era su hermano favorito puesto las gemelas menores eran muy ruidosas y siempre se robaban su maquillaje para "hacer tutoriales fails en Youtube" (palabras de Mila).

— ¿Ese no estaba en Kazajstán?

La chica asintió.

— Pero volvió ayer.

— ¿Y las gemelas?

— De visita donde la abuela.

Yuri no le prestó mucha atención cuando Mila comenzó a parlotear y parlotear sobre su hermanito. Algo de que comenzaría la universidad el próximo año, que sus padres estaban muy felices y blablabla.

— ... recuerdo que me enseñaba a sumar y restar cuando era más pequeña, es muy inteligente el desgraciado, en el colegio siempre ganaba los campeonatos de ajedrez.

Yuri no pudo evitar sonreír de lado ante lo último, burlesco.

Si jugaba ajedrez de seguro era un bobito nerd con grandes gafas, granos en el rostro, estúpida camisa dentro de los pantalones e incisivos demasiado grandes que sobresalían como los de los conejos. La imagen mental lo hizo soltar otra sonrisa divertida.

Fue por ese prejuicio de Plisetsky, que cuando se abrió la puerta del hogar Altin-Babicheva, se tuvo que tragar sus palabras.

— Olvidaste tu cartera — le dijo un muchacho de bonitos rasgos a Mila, tendiéndole su pertenencia.

— ¡Beka! — dijo emocionada la chica — Beka, él es Yuri, es mi mejor amigo. Yuri, mi hermano Otabek.

Los ojos rasgados y castaños lo miraron y Yuri sintió su corazón correr y su cara caliente. Hizo un sobrehumano esfuerzo para que su boca no se abriera por la sorpresa.

Sus ojos eran muy profundos y de un precioso caoba, la mandíbula firme y un mentón que tentaba a recorrerlo a mordidas. Tenía tez bronceada (una debilidad para Yuri, siendo tan pálido desde pequeño). Usaba un buzo simple y una camiseta de manga corta que mostraba sus bíceps, brazos fuertes, duros, trabajados. Incluso si su cabello estaba algo desordenado, deseó poder arrastrar sus dedos por su nuca.

¿Qué mierda? ¿ese chico había tomado un año sabático en su natal Kazajstán o se había ido a formar para el Ejército? ¡era un papucho!

No supo si el hermano de Mila pudo ver a través de él, pero le sonrió divertido a la par que le tendía la mano.

— Un gusto, Yuri.

Asintió apenas y cogió la mano que se le tendía: grande y algo más callosa que la suya, ¿haría pesas? Joder, recibiría gustoso una nalgada de esas manos.

Contrólate, imbécil, no eres una puerca... bueno, sí, pero que no se note.

Aunque conocía cada rincón de esa casa, dejó que su amiga lo guiara hasta la cocina, donde coincidentemente el padre de Mila aguardaba por su hijo para continuar con su partida de ajedrez.

Yuri nunca antes había tenido su cerebro tan apunto de explotar. Se había sentado junto a Mila sobre el mueble a un lado de la cocina, pero podía sentir la mirada de su hermano mayor sobre sí mientras comía su helado despacio y avergonzado.

Quiso morir, también, cuando se lo encontró la semana siguiente jugando ajedrez en la plaza con los ancianitos.

¿Qué demonios era ese chico? ¿una mezcla de sexy nerd ardiente filántropo de la tercera edad?

Mierda, al parecer sí le gustaba mucho Otabek Altin-Babichev si el pensamiento de llevarlo a jugar ajedrez con su abuelito Nikolai cruzó por su mente.

No notó que se lo había quedado mirando a mitad de camino sino hasta cuando los ojos castaños buscaron de dónde provenía la sensación de sentirse observado, y lo halló a unos metros más allá.

Yuri apretó las correas de su mochila sintiendo la cara caliente e intentó hacerse el tonto, pero Otabek le levantó la mano y le hizo una seña para que se acercara. Y no pudo huir, habría sido muy obvio.

Tragando y con el corazón galopando, se acercó al chico, preguntándose qué querría.

— Hasta luego, señor Ivanov — escuchó que se despedía cuando el anciano frente a él tomó su bastón y se retiraba con una sonrisa satisfecha por la buena partida.

Otabek le hizo una seña para que ocupara la silla vacía y Yuri asintió.

— ¿Cómo estás? ¿no vienes con Mila? — le preguntó mientras ordenaba las piezas en el tablero.

— Estoy bien. No, la bru... eh, digo, Mila se quedó en clases de reforzamiento de biología.

Otabek sonrió suavemente.

— Ya veo, nunca se le ha dado mucho el estudio.

Yuri jugó con sus manos en su regazo.

— ¿Juegas conmigo? — le preguntó mirándolo con esos pedazos de chocolate fundido que tenía por ojos.

Yuri esbozó una tímida sonrisa.

— No soy tan bueno en el ajedrez como tú, Otabek. Mila me dijo que ganaste varias competencias de esto.

— ¿Mila te habla de mí?

Asintió.

— Es de lo único que sabe hacer en biología.

— Y supongo que tú sabes que es mejor prestar atención en clases que escuchar cosas aburridas sobre mí — dijo con un deje de humildad en la voz a la que Yuri sintió ternura.

— Si quiero puedo hacer ambas cosas.

Otabek lo miró elevando una ceja.

Oh, mierda, ¿eso había sonado como un sutil coqueteo? Yuri tosió, desviando la mirada.

— Bueno... de todos modos no soy bueno jugando.

— Puedo contenerme, si quieres, para conocerte con mayor gentileza — Yuri tragó en seco con una sonrisa nerviosa — conocer mejor tu jugada, digo.

Sus manos terminaron de ordenar las piezas y sus ojos se encontraron.

— Empiezan las blancas — dijo sonriéndole.

Yuri asintió y movió un peón de en medio sin mucho conocimiento de qué hacer. Solo sabía cómo se movían las piezas y cómo se ganaba, pero no tenía ni puta idea de estrategias, tácticas defensivas o cosas así, por lo que al par de minutos, inevitablemente Otabek sentenció un:

— Jaque mate.

Y Yuri fingió un puchero, pidiendo la revancha aunque sabía lo más probable era que volviera a ser masacrado.

— Sé que a Mila le gusta mucho hablar, ¿no te ha contado cómo se comprometieron nuestros padres?

Yuri se mordió la uña, moviendo con cautela una torre.

— Creo que dijo algo, pero no lo recuerdo — y es que Mila hablaba mucha cosa junta — tu padre juega ajedrez como tú, ¿no? ¿no tenía algo que ver con esto?

— Sí, algo así. Mamá era muy mala jugando a juegos de mesa — Yuri soltó una risilla, él también era muy malo — y papá era muy bueno en el póker, carioca y el ajedrez. Le dijo que jugaran solo una partida de ajedrez y mamá aceptó.

— Supongo que perdió.

— Sí — y con un último movimiento, añadió: — jaque mate.

— ¡Pero...! — Yuri observó las piezas como si estas mintieran y Otabek sonrió por la consternación del muchacho — ¡otra vez! — dijo ordenando cada parte en su casilla, nuevamente.

Yuri partió nuevamente con las blancas a su custodia.

— ¿Y qué hay después? ¿había un anillo dentro de la pieza de la reina? — preguntó entretenido.

— No... pero eso hubiese sido una idea bastante original — Altin le dio el mérito por esa gran idea — la destrozó sin piedad.

— Auch, qué injusto, debió haberla dejado ganar.

— No lo pensó, estaba nervioso y solo lo hizo para ganar tiempo.

Yuri no notó la mirada de Otabek sobre él.

— Hubo tres jaque mate a favor de papá antes de que decidiera sacar el anillo.

Yuri cometió un error, dejó desprotegida a su reina y Otabek en un rápido movimiento volvió a acorralarlo.

— Jaque mate, Yuri.

Yuri iba en camino a reclamarle, cuando su cerebro atrapó la información y la mirada de Otabek se pegó en él con algo de expectación.

Mentira.

Sus mejillas se encendieron como dos cerezas y su corazón latió con mucha fuerza.

— Yo no... no me quiero comprometer tan joven... — dijo en un hilillo de voz.

Su reacción fue tan tierna que Otabek soltó una risa. Ese chico realmente era muy lindo. Claro que no quería ofrecerle un anillo (¿todavía?) solo quería pasar tiempo con él y conocerlo.

— Entonces, ¿me harías el honor de ir a tomar un café después de esto?

Algo en el estómago del menor se agitó con gracia, un zoológico, quizá. ¿Eso era una cita?

Sonrió apenado y se echó un mechón rubio detrás de la oreja aun cuando este ni se había movido de su sitio.

No obstante, aunque a Yuri le gustara mucho ese chico, lo sentía, pero él era un mal perdedor. Si Otabek quería algo, debía hacer algo a cambio por el orgullo de Yuri.

— Si me dejas ganarte una vez, acepto.

Le causó gracia que el kazajo comenzara a ordenar las piezas con ánimo y muy rápido.

Si esa era su victoria, entonces en un par de minutos estarían juntos tomando un café. Y la idea le calentó tanto el pecho, que incluso cuando Otabek estaba dispuesto a dejarse vencer, Yuri puso toda su concentración en lograr aquel jaque mate definitivo contra ese ardiente chico.


día 17: ajedrez

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