No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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Isabella regresó a su villagio temprano en la mañana de su boda. Varios guardias, hombres recios de caras duras, la escoltaron, decididos a hacer lo que su don había ordenado. Alice había llorado mucho, dando rienda suelta a las lágrimas al ser separada de Isabella, aunque fuera temporalmente, pero se le había negado el permiso para acompañar a Isabella al pueblo. La niña había dormido a salvo en la habitación de Isabella, sin ser perturbada por las voces susurrantes que pudieran haber estado murmurando en su antigua recámara.

Isabella inhaló el viento, el aire fresco llegaba de las montañas. La sensación de libertad fue tremenda.

-Me siento como si pudiera volver a respirar -confió a Sue.

-Sé lo que quieres decir -estuvo de acuerdo la anciana. Su expresión era grave-. Una vez te hayas casado con el don, no podré quedarme en el palazzo. Esta noche será mi última noche atendiéndote como carabina, pero después seré inútil y me veré obligada a marcharme.

Isabella puso sus brazos alrededor de la anciana.

-Tu eres mi famiglia. No quiero que estés en peligro. Yo también quiero estar contigo, pero no te quiero donde el mal aceche en los salones y ronde los dormitorios. Algo no va bien en el palazzo, y hasta que pueda averiguar qué está pasando, no quiero que vivas en peligro. -Fue muy firme.

Sue encogió sus delgados hombros.

-Hay seguridad en el número. Preferiría quedarme en el palazzo. -Agachó la cabeza para ocultar el súbito brillo de lágrimas en sus ojos-. Estaré muy sola sin ti.

-He estado intentando pensar en una solución para los miedos de Alice, -respondió Isabella pensativamente. Saludó a las chicas del villagio que estaban esperando su llegada-. Yo tendré mi propia recámara, por supuesto, y espero que Alice se cuele en ella con frecuencia, pero preferiría que alguien durmiera en su habitación con ella habitualmente. Ha oído susurros amenazadores en su habitación...

-Eso son tonterías -intentó acallarla Sue-. Se dice entre los sirvientes que la niña está oyendo voces como hacía su madre antes que ella. Está en su sangre. -Dudó por un momento-. Algunos dicen que es la maldición Cullen que las mujeres se vuelvan locas y después se las encierre en la torre, o que los hombres Cullen se pongan furiosamente celosos y maten a sus esposas. -Repitió los rumores con voz siniestra.

-Yo no estoy loca, Sue, y oí los susurros en la habitación de la pequeña Alice la noche en que cayó la araña de luces. Tú estabas dormida, pero yo los oí con ella. Esas voces eran reales, no imaginaciones suyas. Creo que la niña está en peligro, pero no sé por qué. Nadie la creerá. -Isabella volvió todo el poder de sus ojos solemnes sobre la anciana-. Tiene gran necesidad de nosotras, si estás dispuesta a afrontar el peligro.

Sue solo tuvo bastante tiempo para asentir en acuerdo antes de que fueran engullidas por las jóvenes risueñas que las llevaron al baño comunitario. Los hombres tenían el otro lado de la casa de baños, separada por un largo salón común donde con frecuencia se celebraban las festividades locales. Piedras gruesas formaban la gran tina comunitaria llena de agua recogida de la lluvia. Estaba fría y resultaba vigorizante, y las mujeres reían y chismorreaban, burlándose implacablemente de Isabella.

El cielo era de un azul brillante, la brisa llegaba del mar firme y fresca. Nubes oscuras llegaban desde la bahía, pero los cúmulos fluían lentamente, como si se sintieran perezosas y no estuvieran seguras de querer moverse tierra adentro. Los pájaros se cantaban los unos a los otros alegremente, y los árboles se balanceaban gentilmente con la sintonía.

Isabella intentó de veras unirse al júbilo, sabiendo que era todo en su honor, pero un terrible temor se estaba apoderando de ella, ensombreciendo la que debería haber sido la ocasión más memorable de su vida. Su miedo natural a lo que ocurría entre un marido y su mujer no se veía aliviado por las burlas, las insinuaciones sexuales que solo aumentaban su miedo a lo que estaba por venir.

Mientras le arreglaban el pelo y el cuerpo, Isabella miraba hacia las invitadoras colinas, deseando desesperadamente correr para ponerse a salvo. Las colinas estaban tan cerca. No le llevaría mucho visitar su hermoso jardín, atender sus plantas solo una hora o dos para escapar de las miradas, las risas y los susurros que las mujeres chismorreaban a su espalda. Pudo oír a dos de las chicas discutir maliciosamente la maldición Cullen e incluso especular sobre si Isabella viviría todo un año. Furiosas por no haber sido elegidas como novia del don, se aseguraron de que Isabella oyera casualmente sus comentarios.

Sabía que ellas no creían realmente que estuviera en peligro. Emmett Cullen era guapo, rico y poderoso. El dinero y la posición eran todo en lo que pensaban y lo que preocupaba a las mujeres. Pero Isabella sabía que había peligro en el palazzo, un mal que se la tragaría como había hecho con tantas antes que ella si no descubría su identidad.

Extendió los brazos obedientemente mientras la embutían en el exquisito vestido blanco que las costureras del don habían creado. Las chicas jadearon de admiración. Ninguna de ellas había visto un vestido tan magnífico. Isabella mantuvo su mente en las colinas. En la libertad. En el viento y el mar.

Mi novia no puede huir el día de nuestra boda.

La voz llegó de ninguna parte. Suave, como una caricia. El sonido de la voz de Emmett rozó seductoramente las paredes de su mente, dando un vuelco a su corazón. Era aterrador ver cómo podía hacer eso. No era simplemente su voz perturbándola en su propia mente, aunque resultaba íntimo y reconfortante a la vez. También era la forma en que podía derretirle tan fácilmente los huesos y calentar su sangre y hacerla sentir cosas que daba miedo sentir.

La hacía vulnerable y la dejaba fuera de control. Isabella se retorció los dedos nerviosamente. Su voz llegó de nuevo, invitando a la risa esta vez.

¿Se están burlando de ti por nuestra noche de boda? ¿Intentan asustarte deliberadamente con los detalles? Estás a salvo conmigo, cara, completamente a salvo.

¿Estaba a salvo con él? ¿Volvería a estar alguna vez a salvo una vez atada a él? Isabella no lo sabía. Solo podía sentir el terrible miedo en su corazón, el presentimiento, la sensación de que algo malevolente acechaba a la espera, como las gárgolas posadas en lo alto del palazzo. Aguardando. Observando. Esperando su momento.

-Isabella, te has puesto pálida -dijo Sue-. ¿Estás enferma, bambina?

Antes de que Isabella pudiera dar voz a sus miedos, Angela se lanzó sobre ella, con los brazos llenos de coronas de flores para las jóvenes de parte del don.

-Estás muy guapa, Isabella, ¡la novia más hermosa del mundo!

Isabella se las arregló para forzar una pequeña sonrisa mientras miraba a la niña. La cara de Angela estaba llena de júbilo y excitación, sus ojos chispeaban de expectación. Las mujeres llevaban todas sus más finos vestidos, inmaculadas y con flores frescas en el pelo. Angela extendió los brazos en su euforia.

-Todo el mundo está muy guapo hoy.

La sonrisa de Isabella alcanzó sus ojos. ¿Quién podía resistirse a la genuina alegría de Angela?

Angela tocó tímidamente el vestido de novia. Nunca había visto nada igual.

-Pareces una princesa, Isabella. -dijo con admiración.

Isabella mantuvo en alto la larga falda del vestido para revelar sus pies desnudos.

-He olvidado algo importante. -Su delicada ceja se arqueó, y sus largas pestañas revolotearon-. ¿Crees que podrías ayudarme a encontrar mis sandalias?

Angela rió, su joven voz levantó considerablemente el espíritu de Isabella.

-Ahora tienes zapatos hermosos, Isabella. Debes llevarlos cuando te cases con el don.

-Estaba pensando que mi vestido es tan largo que nadie sabrá que estoy descalza, Angela.

Angela sacudió la cabeza decididamente.

-Don Cullen lo sabrá. Nos dijo a Alice y a mí que nos aseguráramos de que recordabas tus zapatos. Creo que inspeccionará para asegurarse de que están en tus pies.

Isabella hizo lo que pudo por parecer seria.

-¿Así que crees que es de gran importancia para él?

-Oh, sí, Isabella. El don presta atención a cada detalle. Seguramente lo notaría.

Isabella deseaba el consuelo de la voz de Emmett. La hacía sentir intranquilidad necesitar oírle, sentir su toque rozar las paredes de su mente.

Sue la estaba observando atentamente. Isabella hizo un esfuerzo por sonreírle, por ocultar la intranquilidad que sentía que la aferraba una vez más. Levantó la mirada al cielo, a las nubes oscuras que llegaban desde el mar, a los árboles que se balanceaban gentilmente en la brisa.

De repente se quedó congelada, su corazón casi se detuvo cuando divisó al cuervo sentado en lo alto de las ramas a cierta distancia, sus ojos redondea y pequeños la observaban. La luz del sol se reflejaba en las plumas brillantes de su lomo, y cuando vio que tenía su atención, abrió el pico y soltó un solo graznido de advertencia.

El corazón de Isabella empezó a latir rápido y fuerte. Había sabido, sin la presencia del pájaro, que los problemas se cernían sobre ella, una oscura y siniestra premonición a la que no podía sobreponerse. No importaba cuanto intentara unirse al júbilo que la rodeaba, esa sombra profundamente en su interior presagiaba peligro.

-¡Ya llega, ya llega! -El anuncio resonó desde cada esquina del villaggio-. ¡Ya llega Don Cullen!

Risas y voces se alzaron alrededor de Isabella, el pánico de la excitación. Los aldeanos corrían en todas direcciones para unirse a la procesión de boda mientras esta empezaba a avanzar hacia la catedral.

Sue jadeó y tiró del brazo de Isabella.

-¡Presto bambina! Él no puede verte. Da mala suerte. - Se persignó rápidamente y bendijo a Isabella antes de arrastrarla hacia el carruaje cubierto que las llevaría a la catedral.

Angela corría junto a ellas.

-¡Sus zapatos, Signorina Swan! ¡Debe llevar sus zapatos!

-Los tengo, Angela -tranquilizó Sue a la niña-. No iba a arriesgarme esta vez. Te ves maravillosa hoy con tu nuevo vestido.

Isabella miró realmente a la niña y se sintió instantáneamente avergonzada por su preocupación por sí misma. Angela llevaba un hermoso vestido, uno hecho obviamente por orden del don. Debía haber sido emocionante para la joven Angela haber sido recompensada con un tratamiento tan especial.

-Estás preciosa, Angela -dijo sinceramente. Isabella extendió el brazo y ajustó la corona de flores en la cabeza de la niña-. Me siento honrada de que me asistas en este día. Grazie.

Angela sonrió radiante ante el cumplido.

-Debe llevar el velo para que él no pueda verle la cara antes de la ceremonia -dijo muy solemnemente con su voz más adulta-. ¿Se ocupará de ello, Signora Swan?

Sue asintió en acuerdo mientras Angela se adelantaba e Isabella se sacudía cuidadosamente los pies antes de deslizarlos en los zapatos. Arregló el velo sobre la cara de Isabella y dejó caer las pesadas cortinas para cerrar el interior del carruaje a ojos curiosos.

Isabella entrelazó los dedos firmemente en su regazo mientras el conductor cerraba la puerta, dejándola a solas con Sue. El corazón parecía latirle ruidosamente en los oídos, como el ritmo de advertencia de un tambor. Se sentó tranquilamente con la cabeza agachada, intentando desesperadamente rezar, llegar a la buena Madonna como le indicaba tan frecuentemente Sue que hiciera en momentos de crisis. El aire en el carruaje parecía haber sido tragado, dejándola sin nada que respirar.

No te diriges a tu juicio final, piccola, solo a tu marido. ¿Tan terrible soy que tu miedo debe ahogarnos a ambos?

La voz masculina fue ronca, sensual en su mente. Pudo sentir una calidez peculiar filtrándose en el frío del fondo de su estómago. Se movió a través de ella como una nube vagabunda, caldeándola poco a poco.

Estás conteniendo el aliento otra vez. ¿Crees que tu marido está tan maldito como de dicen tus amigas? Cara mía... una nota de burla se arrastró hasta el sensual timbre de su voz... si tuviera intención de estrangularte, lo habría hecho cuando me obligaste a perseguirte por las colinas en el frío de la noche.

Estaba claramente invitándola a compartir su diversión ante los rumores que los demás lanzaban sobre él. Sobre su familia.

El movimiento del carruaje sacudió sus pensamientos, que se clavaron en su mente como una daga. Su familia. Alguien había estrangulado a su abuela. La mujer había muerto a manos de un hombre, y nadie había cogido al responsable. La propia madre de Isabella y su tía habían muerto brutalmente en el Palazzo della Morte. ¿Y que había de la joven esposa de Edward, Elizabeth? Casi nadie hablaba de su muerte. El marido de Carmen había muerto de una enfermedad degenerativa, aunque la sanadora no había sido llamada al palazzo. El viento pareció incrementar un poco su vehemencia como si reflejara sus pensamientos, azotando el carruaje y silbando insistentemente.

¿Por qué Emmett Cullen no sentía el mal acechando en su hogar? Incluso Sue podía sentirlo, y ella no tenía ni una onza de sangre "diferente" corriendo por sus venas.

¿Por qué crees que no lo siento? Esta vez no había risa la voz, ni pecaminosa tentación. Sonaba más serio que nunca.

¿Soportar? Isabella casi salió despedida de su asiento cuando el carruaje se detuvo repentinamente. Al instante el corazón comenzó a palpitarle otra vez. Ella tendría que soportar todo lo que su marido ordenara. Una vez estuviera atada a él, él la poseería en cuerpo y alma. Su mano voló hacia la manija de la puerta del carruaje, casi por propia voluntad.

Una risa suave resonó en su mente.

Estoy justo junto al carruaje sobre mi corcel, piccola. ¿Estás pensando en huir en tus mejores galas? Tendré que traerte de vuelta de la forma más "impropia". Una vez más su voz era sensual, una burlona invitación a unirse a él en la deliberada intimidad de su mente fundida.

Isabella se calmó contra el asiento. No sería tan tonta como para huir como un conejo y proporcionar diversión a sus soldados. Podía imaginar a los miembros de la guardia de élite apostados por si intentaba escapar a su destino. Cerró los ojos y centró sus pensamientos en Emmett, apoyándose en sus recuerdos de él como un bote a un ancla. Había sido gentil con ella. Era amable con Alice y Angela. Retuvo esos pensamientos, los mantuvo cerca de ella.

Cuando la puerta del carruaje se abrió finalmente, fue ayudada a bajar por un guardia al que reconoció inmediatamente como uno de sus acostumbrados escoltas. Había oído que le llamaban Ben. Isabella sonrió lánguidamente cuando éste le hizo una reverencia cortés. La sintió temblar cuando cerró los dedos alrededor de los de ella.

-Es un buen día para hacerlo -le susurró con ánimo.

Había estado esperando durante algún tiempo encerrada en los confines del carruaje, y sentaba bien ponerse de pie y estirar las piernas. Cuando levantó la cara cubierta por el velo, a través del encaje pudo ver las nubes oscuras directamente en lo alto. Aunque habían estado vagando lentamente, ahora se acumulaban sobre la iglesia, deteniéndose allí como si el viento de repente hubiera cesado. Los dedos de Isabella se apretaron alrededor de los del guardia, un pequeño sonido de disgusto escapó de su garganta. Posado sobre el mismo pico del techo abovedado de la catedral estaba el cuervo.

El guardia miró hacia las nubes, después se inclinó acercándose a Isabella.

-He apostado mi paga a su coraje. -Su voz resultaba apenas audible sobre el suave ruido de los cascos de los inquietos caballos-. Algunos dicen que no tiene usted agallas para caminar junto a nuestro don, pero yo sé que lo hará. -Muy cuidadosamente la ayudó por el terreno accidentado y a través de la fila de aldeanos hacia los escalones de mármol de la iglesia.

Isabella agradeció su apoyo. Era difícil pensar, incluso respirar con los ojos de tanta gente sobre ella, aunque la mayor parte eran amigos y gente que deseaba su bien. Cuadró los hombros y alzó la barbilla. El villaggio entero estaba alineado en el sendero a la catedral, las chicas son sus galas más flamantes, los hombres saludándola y ofreciéndole sus buenos deseos. A algunos no les reconoció, sus caras se mezclaron en un borrón, y temió sucumbir al desmayo.

Una vez más Ben la salvó.

-Si no consigue aguantar toda la ceremonia mi familia no comerá en mucho tiempo. Valor.

Isabella deseó reír ante sus tonterías, pero demasiada gente les rodeaba, y el temor la ahogaba. Aun así, sus palabras la endurecieron lo suficiente como para alcanzar a sus ansiosas asistentes.

-No podemos dejar morir de hambre a tu familia por tus deudas de juego -murmuró sin mirarle.

Estaba mirando fijamente a la caverna de la Santa Iglesia, el corazón le palpitaba tan fuerte que temió que pudiera salírsele del cuerpo. Angela estaba esperando, cogida de la mano de Alice, para seguirla cuando ascendiera por las amplias escaleras.

Ante ella, con las puertas dobles de la catedral abiertas de par en par y el interior tan profundamente ensombrecido, la multitud parecía enorme, indistinguibles como individuos. Eran la aristocracia, llenando los bancos mientras su gente estaba de pie fuera. Isabella caminaba como en un sueño, un pie delante del otro subiendo las escaleras hacia un destino del que no tenía esperanzas de escapar.

Ya estaba en las caderas, aunque no podía ver las ornamentadas esculturas, los techos abovedados, los altos ventanales de vidrieras de colores. Le veía a él. Don Cullen. De pie esperando en el altar, llenando la enorme iglesia con su presencia. Estaba vuelto hacia ella, y a través del velo de encaje, sus miradas se encontraron. Estaba alto y guapo vestido con sus ropas elegantes. Sus hombros eran más amplios de lo que recordaba, sus brazos y su pecho más gruesos. El aura de poder que se aferraba a él parecía llenar la enorme catedral haciendo que solo existiera el don.

Su implacable mirada la compelía a avanzar. No tenía elección. Estaba hipnotizándola asegurando su obediencia. Caminó hacia él al paso del redoble de su aterrado corazón. Había un ambiente extraño en la catedral, como si un velo de silencio hubiera descendido, no con reverencia sino con horrorizada expectación. El sonido del viento penetró, con una súbita sacudida a las ventanas. Luego un gemido se alzó desde la multitud cuando el viento les golpeó, un asalto inesperado, penetrante y frío. El viento se alzó en un aullido triste y atravesó apresuradamente la iglesia, un helado y arremolinante augurio de desastre.

Los guardias cerraron aprisa las puertas para mantener fuera la violencia de la tormenta que ya venía desde el océano, dejando fuera también a los aldeanos de Isabella. No pudieron acallar el sonido, sin embargo, cuando las ventanas traquetearon y el edificio pareció sacudirse bajo el ataque. Emmett permaneció inmóvil, su mirada fija en la de Isabella de forma que pudiera solo seguir mirándole fijamente a los ojos, atrapada allí, prisionera. Incluso mientras la naturaleza protestaba ante su unión, se veía compelida a continuar avanzando.

La tierra se ondeó entonces, una ola bajo sus pies, un estremecimiento de protesta sentido en toda la iglesia. Se levantó un jadeo colectivo, y varias mujeres empezaron a llorar. Isabella sintió entonces como si la tierra estuviera luchando por romper el impío hechizo del don sobre ella. Se tambaleó, pero no pudo apartar la mirada de la negra y brillante de él. Parecía un depredador, atento a su presa, mirándola fijamente, con una demanda tan vieja como el tiempo.

Emmett se movió entonces, deslizándose a su acostumbrada manera casual hacia Isabella. Ese simple ondeo de su poder atravesó la catedral, controlando a la multitud, y acabando con la histeria, una muestra de su absoluta dominación. Su mirada nunca abandonó la cara de Isabella, en vez de eso se intensificó. Recorrió la corta distancia hasta su lado y tomó su mano helada. Todavía sosteniéndole la mirada, se llevó los dedos a la calidez de sus labios, después le llevó la mano al hueco de su codo y la condujo hasta el altar y el sacerdote que esperaba.

La ceremonia fue larga, la fragancia del precioso incienso y el cántico del antiguo latín tranquilizaban. Isabella, arrodillaba junto al don, agachó la cabeza mientras el ritual continuaba. Todo el rato el viento rabiaba hacia la catedral en su frenesí por conseguir entrar. Estaba en un lugar santo, pero algo o alguien estaba tramando un mal indescriptible para castigarla por atreverse a unirse en matrimonio con el don.

Los cielos se abrieron y vertieron una salvaje furia de lluvia azotada por el viento sobre la catedral y el santo padre que pronunciaba los votos que la unirían a Emmett Cullen. El viento aullaba y hacía rechinar las ventanas, y un diluvio bombardeaba el techo y los costados del edificio. La tierra había dejado de temblar, pero un relámpago zigzagueaba por el cielo, arqueándose de una nube negra a otra, y el trueno reverberó tan ruidosamente que la iglesia se sacudió.

Cuando la catedral vibró bajo la salvaje furia de la tormenta, el sacerdote tartamudeó, su voz palideció, incapaz de proclamar a la pareja casada. Sus manos temblaban visiblemente, y miraba con terror a las ventanas tintineantes. La lluvia estaba golpeando los cristales de colores en un flujo martilleante. La gran multitud susurró sobre prácticas impías, persignándose y besando los crucifijos que colgaban de sus cuellos. Nadie se atrevió a utilizar el término Il Demonio, pero este susurro no expresado en palabras era el más ruidoso. Emmett Cullen se movió entonces... un ligero movimiento, nada más... pero fue claramente un movimiento de agresión, de pura amenaza. Los susurros cesaron instantáneamente, y el sacerdote hizo el signo de la cruz varias veces, rociando generosamente agua bendita sobre la pareja.

Isabella mantuvo la cabeza agachaba, obligando a su aliento a entrar y salir. Nadie podía salvarla, ni la buena Madonna ni el santo padre. Ni siquiera el viento y la lluvia que protestaban por su matrimonio, acuchillando la iglesia con rabia. Isabella era agudamente consciente del hombre que estaba a su lado. Su fuerza. su poder. El calor de su cuerpo. La forma en que su mente estaban tan íntimamente ligada a la de ella. Sus dedos estaban entrelazados con los de él, el pulgar le acariciaba el interior de la muñeca, un ánimo silencioso ante la furia de la naturaleza rechazando su unión. Intentó rezar, intentó pedir ayuda para derrotar el hechizo hipnotizante del don sobre ella, pero, en realidad, no estaba segura de querer librarse de él.

El sacerdote bendijo el pequeño anillo de oro posado en medio de su libro de salmos abierto. Se lo ofreció al don. Los presentes vieron como la mano del santo padre temblaba tanto que Don Cullen tuvo que estabilizarla cuando tomó el diminuto círculo dorado. Isabella cerró los ojos cuando la banda de propiedad rodeó su dedo. El relámpago golpeó, rebotando en la torre de forma que por un terrible momento del cielo pareció llover fuego. De nuevo el sacerdote se quedó congelado, indeciso, su voz vaciló. La mirada negra del don brillaba casi fantasmalmente en medio de los destellos del relámpago.

Mirando cautelosamente a la lluvia que golpeaba las ventanas y después a los guardias de élite de pie hombro con hombro en la parte trasera de la iglesia, el santo padre los declaró casados y alzó la mano para bendecir su matrimonio. Un relámpago destrozó el cielo, iluminando la catedral, lanzando extrañas y coloreadas sombras que danzaron grotescamente por la pared. Un trueno estalló, ahogando cualquier cosa que el sacerdote pudiera estar diciendo. Emmett nunca vaciló, alzó el velo de Isabella e inclinó su cabeza hacia la de ella.

-Eres muy valiente, piccola -le susurró contra los labios. Después besó gentilmente su boca vuelta hacia arriba, un simple roce de sus labios contra los de ella. La atrapó firmemente, empujándola bajo la protección de su hombro-. Al fin eres mi esposa, Isabella Cullen -pronunció, la satisfacción inundaba su voz.

Isabella permaneció en silencio, temiendo a su propia voz, temiendo quedar como una tonta si intentaba hablar. Parecía un sueño, una pesadilla en la que estaba atrapada. Fue con Emmett, recorriendo el pasillo mientras los guardias abrían las puertas y erigían apresuradamente un dosel para proteger a la pareja de la furia de la tormenta. Los empapados y aterrados lugareños hacía mucho que habían huido, solo unos pocos rezagados miraron sobre el hombro cuando Emmett la levantó en brazos, avanzando con pasos largos y seguros hacia el carruaje. La colocó gentilmente en el asiento y subió para sentarse junto a ella. La puerta se cerró, y se quedaron solos.

-Isabella -su voz era baja, una caricia arrastrada-. ¿vas a mirarme alguna vez?

Podía sentir su voz susurrándole bajo la piel. Isabella le lanzó una rápida mirada furtiva, apartándola rápidamente ante su apostura. La tormenta estaba ahora alejándose de la catedral, avanzando tierra adentro para esparcirse por las montañas.

-Isabella, mírame. -Su voz era tranquila, incluso gentil, pero fue una orden, no obstante.

Giró la cabeza, sus largas pestañas se alzaron, sus ojos oscuros parecieron enormes en su cara.

-El día de hoy ha sido mucho más difícil de lo que esperaba. -Su voz fue solo un hilo, tan baja que él apenas pudo captar las palabras-. No sé si tengo valor para la celebración en el palazzo.

-Es una tormenta, cara mia, una tormenta violenta como todas las demás que llegan del mar. La tierra eligió ese momento para temblar, como ha hecho en el pasado. Estas cosas ocurren con frecuencia. Son naturales, no las supersticiones sin sentido de monstruos alzándose de los mares para caminar por la tierra que algunos enseñan a creer a los niños. O peor, que los cielos están protestando por nuestra unión porque o tú eres una bruja o yo il diavolo. Sé que no eres una bruja, Isabella, aunque has lanzado tu hechizo sobre mí como nadie podría haber hecho. Y seguramente, no, tú no crees que yo esté aliado con il diavolo. ¿Cómo podría haber entrado en la catedral ileso? ¿Cómo podría haber tomado el crucifijo en mi mano, beber el vino sacramental, o ser rociado con agua bendita? -Su voz era extremadamente gentil, pero había un filo de burlona diversión en ella.

Isabella levantó la mirada de nuevo, una rápida reprimenda por su irreverencia, mientras retorcía la banda de oro poco familiar que rodeaba su dedo.

-¿Cómo es que puedes hablarme en mi mente?

-¿Es tan terrible pecado? -contrarrestó él.

-No sé si es un pecado. Todo lo demás parece serlo. -Las palabras escaparon, y se mordió apresuradamente el labio inferior para evitar alguna otra declaración blasfema.

Emmett estalló en carcajadas.

-Tienes razón, según Sue Swan. Pero yo no pienso así de mi habilidad. Simplemente nací con ella. La mia madre estaba un poco asustada por ello y me advirtió que nunca se la revelara a los demás. ¿Cómo es que puedes curar como haces? Sentí la calidez curativa en tu tacto, ese no es un talento ordinario tampoco.

-También nací con ello -dijo ella. Una pequeña sonrisa se abrió paso hasta su boca.

-No temas la celebración, Isabella -dijo él suavemente, tomándole la mano en un intento de que esta dejara de temblar-. No me apartaré de tu lado.

-Usted me asusta mucho, buen señor -admitió ella, su risa incontenible burbujeó hasta la superficie.

Él le cogió la barbilla con la mano y la obligó a levantar la mirada hacia él.

-Eres tan inocente, piccola, y puedo haberme condenado por imponerte mi voluntad, pero, en realidad, no tuve elección. -Esta vez el filo de su voz la hizo estremecer. Sus ojos negros estaban llenos de una hambrienta intensidad que no intentaba ocultarle.

Se retorció para liberar la barbilla de su palma, sus propios ojos oscuros ardían a fuego lento.

-No le creo, Don Cullen. Uno siempre tiene elección. Tú eres la ley, vida o muerte para aquellos que viven en el pueblo. Tú me quitaste mi elección.

-Mejor yo que algún rudo muchacho campesino -se vengó él.

Llamas de batalla saltaron a los ojos de Isabella.

-Podría habérsete ocurrido que no quería a ningún hombre. Estaba perfectamente bien sin uno.

La risa de él fue baja y burlona.

-No puedes ser tan ingenua como para pensar que algún hombre no habría venido tarde o temprano a llevársete.

-He aprendido a ocultarme. Mi gente no habla de mí a los extraños.

-Yo oí hablar de tu belleza mucho antes de posar mis ojos en ti. -Estiró sus largas piernas, extrañamente ocioso-. Estos carruajes son incómodos medios de transporte.

-¿Oíste decir que yo era... diferente? -preguntó.

Él miró a su cara tensa, a su boca temblorosa. Con un suave suspiro, le tomó la mano.

-Si eres "diferente", cara mia, entonces también lo soy yo. Sé que nos pertenecemos el uno al otro. Ya he dado la bienvenida a los cambios en mi hogar. Tu estancia ha sido corta, pero tu influencia ha tenido mucho alcance. Dices que yo tuve elección. Yo digo, que, si mi gente iba a sobrevivir, no la tenía.

-Hiciste muy feliz a las pequeñas Alice y Angela hoy -dijo Isabella, decidiendo cambiar de tema-. Gracias por pensar en hacer un vestido especial para Angela. -Sabía que Carmen no se había ocupado de ese detalle en particular.

-Solo te vi a ti en la iglesia - admitió él- pero me aseguraré de hacer un cumplido a las niñas en las festividades.

-¿Sabes si algún otro tiene la habilidad de enviar sus voces a las mentes de la gente? -preguntó Isabella, curiosa.

-Mi hermano Jasper es bueno en ello. Mi nonno también, tiene este talente, está en nuestra sangre. Aun así, mi padre no podía haber tal cosa, en realidad, le enfurecía que sus hijos pudieran y pensaba que era de lo más blasfemo.

-¿Y qué hay de Edward?

Emmett asintió.

-Por supuesto. Pero no es tan hábil como Jasper, y raramente utiliza la habilidad. Jasper es mi emisario más valioso en tierras extranjeras, y es de gran utilidad para nosotros hablar silenciosamente cuando nadie más puede oír. E incluso a gran distancia, puedo sentir si está en peligro. Edward, por otro lado, raramente está en peligro, a menos que sea por las atenciones excesivamente ávidas de alguna joven dama. Desde la muerte de su esposa, hay muchas que esperan ser su nueva esposa. Yo creo que podría decidirse por Carmen... están muy unidos... pero todavía está de duelo.

-Tu hermano me dijo una vez que los hombres Cullen aman una sola vez -dijo Isabella, temblando mientras evocaba la amenazadora sensación que había acompañado a esa declaración. Después pensó en añadir-, la pequeña Alice oye voces por la noche, y tiene mucho miedo. No se lo está imaginando, aunque Edward, Carmen y Tanya así lo afirman, ni se está volviendo loca. Yo también he oído las voces. Creo que está en peligro. Dice que su madre oía voces, y algunos la llamaban loca.

Emmett sacudió la cabeza.

-Es una historia triste, Isabella. Elizabeth estaba muy enamorada de Edward, se miraban amorosamente el uno al otro durante horas al principio de su matrimonio. Pero ella cambió muy rápidamente. Se quedaba en su habitación durante horas sin fin, sin permitir entrar a nadie excepto a Edward. Él se ocupaba de ella, llevándole la comida y entreteniéndola. Solo le quería a él. Él se preocupaba por ella, se la llevó de viaje, intentó muchas cosas, pero se convirtió casi en una reclusa. En su desesperación él decidió que debían tener un niño. -Se quedó en silencio, y el carruaje se balanceó y saltó por el estrecho sendero hacia el palazzo.

-Eso no ayudó, -supuso ella.

Emmett suspiró suavemente.

-No, no ayudó. Edward se dedicaba devotamente a Elizabeth, casi nunca abandonaba su lado, pero ella se negaba a salir de su habitación y al final ni siquiera veía a Alice, su hija. Temí por mi hermano. La risa le abandonó. Raramente miraba a su hija, como si la culpara de la condición de su madre. Le envié a un recado, uno pequeño. Estuvo fuera una noche, no más, pero en la mente enloquecida de Elizabeth, ella creyó que la había abandonado.

Isabella le miraba fijamente, horrorizada por la historia.

-Se la encontró muerta por la mañana cuando la doncella fue a recoger su cena. Se había ahorcado. Se te confía esta información como miembro de la famiglia. Edward no se lo perdonaría si esto saliera a la luz. Una vez más la maldición Cullen se cumplía. -Su negra mirada le recorrió pensativamente la cara-. Es por eso que tendrás contigo a los guardias todo el tiempo. No encontraré tu cadáver en algún lugar como le ha pasado a casi todos los hombres de mia famiglia. -Pronunció las palabras severamente, una orden que ella no se atrevió a desafiar-. Probarán tu comida y tu bebida, y te vigilarán cuando yo no pueda. No tendrás una recámara separada, sino que compartirás la mía.

Isabella jadeó.

-Debo tener mi propia recámara a la que retirarme en ocasiones.

-No.

-¿Y Alice? Iba a dejarla compartir mi cama.

Los dientes blancos de él centellearon, y por un momento la diversión iluminó la oscura obsidiana de sus ojos haciendo que brillaran maliciosamente como los de un muchacho.

-Estarás demasiado ocupada compartiendo tu cama con tu marido, no con una niña.

Su voz fue baja y ronca, y su mirada le recorrió ardientemente el cuerpo.

-Pareces un lobo hambriento -reprendió ella. En realidad, su mirada audaz le provocaba llamas que lamieron su piel hasta que ardió por él. Isabella apartó la mirada para ocultar su reacción-. ¿Qué hay de la niña? Quizás Sue podría vivir en el palazzo y quedarse con Alice por la noche.

-¿Es eso lo que deseas, cara mía?

La nota sensual de su voz la derritió, y se apoyó en él, flexible y suave. Asintió impotentemente con la cabeza, mirándole con ojos enormes.

Los dedos de él le abarcaron la garganta, su palma se deslizó hacia abajo tan ligera como una pluma sobre los pechos a través de la tela del vestido. Sintió un salto profundamente en su interior, y un líquido ardiente y fundido le atravesó el cuerpo con un inesperado dolor.

-Recuerda lo que te he dicho, piccola. No perderé a mi esposa por la maldición Cullen.

El carruaje saltó deteniéndose bruscamente, lanzando duramente a Isabella contra él.

-No moriré por mi propia mano, si eso es lo que tanto temes ¿Crees que tantas desgracias en una sola famiglia es el destino, o crees que manos humanas están involucradas en tales cosas?

El guardia abrió la puerta del carruaje, dejando entrar luz y lluvia. El don no se movió, su cara estaba tallada en piedra. Al instante pareció amenazador, invencible, implacable.

-No lo sé, Isabella, pero juro por lo más sagrado, que sea lo que sea, no te apartará de mí. -Salió del carruaje con su gracia casual y extendió la mano hacia ella, sin dejar que su vestido tocara el camino húmedo por la lluvia.

Sin preocuparse por las apariencias, la acunó contra su pecho mientras subía rápidamente los escalones y entraba en el gran vestíbulo para unirse a los que ya celebraban.

Isabella pasó las horas siguientes como en un sueño. Fue consciente de que el don mantenía su palabra y enviaba a buscar a Sue. Se inclinó sobre la mano de Alice y murmuró magníficos cumplidos a Angela. Permaneció siempre cerca que de Isabella, con su mano posesivamente sobre ella parecieron dejarle su marca en la piel justo a través del vestido.

En algún punto fue consciente de las bromas entre Jasper y su nuevo marido, algún trasfondo político sobre la habitación llena de bailarines que ella no entendió. Sabía poco sobre los asistentes a la celebración. La mayoría eran miembros de las grandes casas y representantes de la corte. Pero algo más se estaba tramando, algo de lo que Emmett conversaba mente a mente con su hermano. Ella sabía que estaban hablando, el don estaba dando órdenes a su hermano.

Emmett la llevó a la pista de baile y giró acercándola a él, incluso mientras sus cuerpos se tocaban, sabía que su mente estaba con la de Jasper. Algo iba mal. Algo sobre lo que ambos se mostraban precavidos. Por mucho que lo intentó, no pudo tocar la mente de Emmett y averiguar la verdad.

Edward bailó con ella brevemente, evidentemente fue un momento conmovedor para él, que le recordaba a su propia boda, a su amada Elizabeth, mientras se movía rígidamente con ella bajo la mirada atenta de su hermano. Esa fue la primera vez desde su llegada al palazzo en la pareció disponer de la atención absoluta de Emmett, e inmediatamente fue incómodamente consciente de las manos de Edward sobre su cuerpo, de su dura forma rozando ocasionalmente la de ella. Eso la hizo sentir tensa y torpe, pero cuando levantó la mirada hacia él, Edward estaba mirando fijamente sobre su hombro, con la mente lejos y lágrimas visibles en sus ojos oscuros y atormentados.

Emmett rescató a su hermano menor, deslizándose hacia su lado y apartando gentilmente a Isabella de su apretón. Puso un brazo sobre cada uno de ellos y los hizo retroceder hacia las sombras, donde Edward pudo poner sus emociones bajo control

Emmett se inclinó hacia Isabella, presionando la boca contra su oído.

-Creo que me las he arreglado para cumplir con mis invitados. Ahora quiero estar a solas con mi esposa. Retirémonos a la recámara, ya que ellos continuaran aquí toda la noche, y yo tengo en mente otras ocupaciones mucho más agradables para nosotros.

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¿Está muy emocionante esto, verdad?

No se olviden de dejarme un lindo comentario.

¡Nos leemos pronto!