No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.
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Isabella estaba de pie en medio de la inmensa recámara insegura y sin saber qué hacer exactamente. Sus asistentes la habían dejado para que enfrentara a su marido por sí misma. Su pelo largo estaba suelto y se le derramaba por la espalda en ondas de seda negroazuladas. Su camisón se aferraba a cada curva. Se quedó de pie, descalza sobre el frío azulejo y examinando con admiración la enorme habitación. Nunca había visto nada tan asombroso. La recámara del don era más grande que la cabaña entera que ella compartía con Sue.
Sus pertenencias, incluyendo sus nuevos vestidos, estaban en el enorme armario de él, junto con varios pares de zapatos que solo podían haber sido hechos para ella. Vio un buen número de pesadas puertas junto a la que conducía al corredor, pero estaba demasiado nerviosa para explorar. Isabella paseó descalza hasta la ventana que daba al mar. La habitación estaba caldeada por las llamas que rugían en el hogar, aunque ella temblaba. Fuera, el sol hacía mucho que se había rendido en su lucha por iluminar el cielo, sucumbiendo a las nubes oscuras y a la lluvia feroz. El trueno y el relámpago habían avanzado tierra adentro, pero dejando tras de sí el firme tamborileo de gotitas de lluvia sobre el palazzo.
La puerta tras ella se cerró suavemente, y Isabella se giró, la mano le voló protectoramente a la garganta.
Emmett estaba de pie observándola a través de los ojos entrecerrados, apoyando una cadera perezosamente contra la pared más alejada.
-¿Has notado que esta habitación carece más que ninguna otra de esas esculturas tan poco atractivas? -preguntó él.
Se estiró lentamente, pasándose una mano por el pelo negro y ondulado, despeinándolo incluso más de lo normal. Se sacó las botas y las medias, después las hizo a un lado con la pierna. Parecía de lo más íntimo verle con los pies desnudos en la habitación de ambos.
Parecía casi cansado, como si la fachada que presentaba al resto del mundo no se mantuviera en la privacidad de su santuario exclusivo. Su cara parecía sombría, con líneas talladas alrededor de la boca. Isabella sintió el súbito e inexplicable deseo de alisar esas líneas diminutas. En vez de eso, asintió, agradeciendo que él estuviera dispuesto a esperar unos minutos antes de lanzarse sobre ella.
-No había notado. Es un alivio. -Temiendo haber herido inadvertidamente sus sentimientos, le sonrió para aliviar el aguijón de sus palabras-. Pero hay algunas maravillosas obras de arte en el palazzo-. Se alejó de las ventanas y de la vista del espumoso mar para hundirse en las sombras.
Él se internó más en la habitación, deslizándose a su manera silenciosa hacia el lado opuesto del armazón de la cama. Isabella se relajó visiblemente con el enorme ancho de la cama con dosel entre ellos, tan grande que era como una habitación separada.
Emmett se sacó la chaqueta de sus amplios hombros y la lanzó descuidadamente a una silla. Su mirada negra se deslizó otra vez sobre ella. Creyó ver un hambre cruda brillando profundamente en sus ojos antes de que volviera su atención a la camisa. Isabella tragó con fuerza e intentó apartar la vista de él, pero sus movimientos eran mesmerizantes. Observó como se encogía de hombros para quitarse la camisa y dejarla caer tras la chaqueta sobre la silla.
El miedo sabía curiosamente a excitación en su boca. Su corazón estaba latiendo con fuerza, y revoloteaban mariposas violentamente en su estómago.
-Debo preguntarte algo. -Alzó la barbilla ligeramente para proporcionarse a sí misma el valor necesario. - ¿Conociste a la mia madre? -Contuvo el aliento entonces, presionándose ambas manos sobre el sobresaltado estómago, temiendo cualquier respuesta que él pudiera dar.
Temiendo que se negara a contestar. Temiendo haber destruido cualquier posibilidad de entendimiento entre ellos.
Emmett miró desde el otro lado de la habitación hacia su cara pálida, sus manos todavía sostenían la camisa.
-¿Quién no recordaría a tu madre, piccola? Se parecía mucho a ti. Un rayo de sol que iluminaba cada habitación en la que entraba. Tenía la voz de un ángel, y llenaba el palazzo de risa, como haces tú. Si, la conocí.
-¿Crees que estaba limpiando y cayó de las murallas a su muerte? -Las palabras sonaron estranguladas al de su garganta.
Emmett rodeó la cama, parecía un lobo al acecho. Sus ojos brillaban amenazantes, ella retrocedió hasta que la pared la detuvo. Él plantó su figura sólida frente a ella, cortándole toda posibilidad de escape, sus dedos le cogieron el brazo como grilletes. Su otra mano le rodeó la suave y vulnerable garganta, y su pulgar le inclinó hacia arriba la barbilla para que sus miradas se encontraran.
-No estarás pensando en colocarte a ti misma en peligro buscando la respuesta a la muerte de tu madre, porque prohíbo absolutamente semejante tontería. Lo prohíbo absolutamente. -Repitió las palabras, pronunciando cuidadosamente cada una de ellas, como si ella fuera tonta.
-Obedecerás a tu marido en esta cuestión, Isabella.
Pudo sentir un fino temblor propagándose por su cuerpo duro, como si se sacudiera por la fuerza de su propia orden.
-Entonces crees que no murió accidentalmente. -Intentó permanecer calmada ante su absoluta autoridad.
Don Cullen era más que intimidante, y aquí, a solas en la recámara con él, medio desnuda, con el pelo suelto, Isabella se sentía espantosamente vulnerable.
-No, Isabella, no murió como se dijo. No habría estado limpiando allí con la lluvia. -Gesticuló hacia la ventana y la lluvia a cántaros que caía contra ella-. ¿Quién haría tal cosa? No, la tiraron por las murallas, asesinada. -Pronunció la palabra deliberadamente, sus ojos brillaron amenazadores, dirigidos hacia ella-. Eso no te ocurrirá a ti. No lo permitiré. ¡Dio! Todavía recuerdo su cuerpo roto. No te veré así. No harás preguntas ni intentarás de ningún modo averiguar más sobre su muerte. Si yo no pude hacerlo, y los que lo investigaron tampoco, entonces acepta que tú tampoco puedes.
-¿Realmente no sabes quien la mató? -Deseaba creerle, estaba desesperada por creerle. Él era su marido, y esperaba intimar con él. Parecía tan intenso y sincero. Sus ojos buscaron en los de él la verdad.
-Si supiera quien la mató, Isabella, ya estarían muertos, no acechando en las sombras, una amenaza contra mi esposa. -Su pulgar empezó a rozar adelante y atrás su suave piel como si no pudiera contenerse.
-Temes por mí -declaró ella, cuando solo deseaba derretirse bajo el calor de su hambrienta mirada-. No hay necesidad.
Su cabeza estaba bajando lentamente hacia la de ella.
-Hay mucha necesidad, piccola. -Susurró las palabras como un encantamiento mágico contra sus labios-. Tú eres de suprema importancia para mí. No puedo seguir sin ti.
Su boca se posó sobre la de ella. Gentilmente. Persuadiendo. Su mano le enmarcó la cara, después se deslizó a la nuca, urgiendo a su cuerpo más completamente contra él. Isabella se encontró temblando, un escalofrío empezó en su centro para abarcarla lentamente. La tierra pareció moverse bajo sus pies, y el mundo giró para dejarla aferrada a este hombre, su marido, tan sólido y real. Su boca, ardiente de deseo, se volvió más urgente, más exigente.
Isabella sintió el curioso derretimiento de sus huesos que hizo que encajara en el cuerpo de él, cálida y flexible, presionándose escandalosamente contra él. El cuerpo de Emmett se endureció incluso más, caliente y grueso, súbitamente agresivo. Movió las manos sobre su piel, una exploración gentil que provocó una oleada de placer erótico que la estremeció. Su boca jugueteó con la de ella animándola a responder, a igualarle. Deseaba el calor húmedo y la excitación de sus exigencias. Deseaba que sus manos acunaran el peso de sus pechos.
Cuando su boca abandonó la de ella, dejó caer la cabeza hacia atrás, exponiendo la línea de su garganta. Él abrió una brecha feroz de besos a lo largo de la suave piel, sobre la cremosa protuberancia de sus pechos hasta que anheló más. Necesitaba más. En ese momento solo existía Emmett, con su cuerpo duro, su boca perfecta, y el fuego que estaba creando en ella.
Él murmuró algo con voz ronca, un sonido dolorido de deseo.
Isabella le acunó la cabeza entra los brazos cuando bajó la boca a sus pechos, atravesando la fina tela de su camisón. Se sentía pecaminoso, escandaloso, y más erótico que nada que hubiera nunca imaginado. Su boca era caliente y húmeda, tirando fuertemente de su cremosa carne, la lengua danzaba sobre el duro pico del pezón, sus dientes rasparon gentilmente hasta que gritó por el puro placer de ello.
Emmett le bajó el camisón, exponiendo la perfección de sus pechos llenos a su hambrienta mirada. La inesperada frescura del aire tras el asalto de su boca ardiente solo se añadió a la erótica sensación. Su mano le acunó un pecho posesivamente, el pulgar jugueteó con el pezón sensible hasta que su cuerpo gritó por más.
-Quiero verte -susurró él suavemente contra su piel satinada-. Necesito verte. -Le empujó el camisón más abajo hasta que cayó en pliegues fluidos hasta acumularse alrededor de sus tobillos.
Isabella jadeó cuando se quedó en pie ante él, con el cuerpo completamente expuesto al rabioso deseo de sus ojos negros. Nunca se había sentido tan lasciva en toda su vida. La luz danzaba sobre su piel haciendo que pareciera brillar dorada, las sombras marcaban amorosamente lugares secretos, llamando la atención sobre su pequeña cintura y sus caderas redondeadas. Agachó la cabeza haciendo que ondas de cabellos largos rozaron su cuerpo como una capa sedosa. Miró firmemente al centro del pecho de él, incapaz de pensar o moverse.
Cara mia.
Él lo respiró en su mente. Íntimamente. Tiernamente.
-No puedes temer a esta noche conmigo -dijo en voz alta.
Deséame como yo te deseo a ti.
Observó cómo sus manos quitaban la camisa interior. Manos fuertes. Manos que se movieron sobre su piel posesivamente, una caricia seductora a través de su cuerpo. Su pecho era amplio y de pesados músculos, con varias cicatrices profundas, dos bastante recientes. Una parecía peligrosamente cerca del corazón. Isabella sintió el aliento abandonar su cuerpo antes de su visión, ante la vívida imagen de una espada atravesándole el corazón. Involuntariamente se encontró buscándole, sus dedos trazaron la fina y sobresaliente línea. Sintió su cuerpo poderoso tensarse y temblar bajo su toque tentativo. Una ráfaga de calor le dio el coraje para mirarle. Sus ojos eran tan hambrientos, llameantes de crudo y puro deseo. No importaba que él fuera enormemente fuerte y ella era suya para hacer con ella lo que deseara. En ese momento Isabella comprendió que era casi tan vulnerable como ella.
Bajo sus dedos exploradores, sintió la piel caliente y firme, sus músculos definidos y duros. No había nada suave en su cuerpo, solo una dura perfección que la hacía desear presionarse contra él. Su propio cuerpo se sentía diferente, pesado, dolorido, deseoso de algo... algo que aún no comprendía... casi desesperadamente. Deseó tener el coraje de rodearle el cuello con los brazos y colgarse firmemente, moldeando sus cuerpos unidos.
-¿Tienes miedo de mí? -preguntó él suavemente, sus manos le moldeaban las curvas casi reverentemente. La nota ronca de su voz hizo que le diera un vuelco el corazón.
Ella asintió, sus ojos abiertos de par en par traicionaban su inocencia. Eso solo le hizo desearla más, le hizo desear protegerla y poseerla, mantenerla siempre a su cuidado. Sus manos le encontraron la espalda y la arrastró más cerca, haciendo que el calor que irradiaba de su cuerpo se fundiera con el de ella. Su mirada oscura la mantuvo hipnotizada, haciendo que no pudiera apartar la vista de él.
Emmett inclinó la cabeza más cerca.
-Entrégate a mí, Isabella, y juro que nunca te arrepentirás. -Su voz le susurró sobre la piel como cálida seda, hipnótica, seductora.
Sus labios se movieron lentamente, gentilmente sobre los de ella, animándola a abrir la boca a él. Y entonces la llevó a su mundo de húmedo calor y fuego, de pura sensación.
Le siguió dispuesta, más seducida por el puro deseo de él que por los colores arremolinantes y cambiantes que explotaban en su cabeza. Él estaba en todas partes, en todo, sus manos se movían sobre su cuerpo, su boca soldada a la de ella, su pelo rozándole la piel, sensibilizándola incluso más. No podía pensar de lo que le deseaba. No tenía ni idea de que el fuego de su interior pudiera arder tan brillantemente, rabiar tan fuera de control. Se las arregló para posarla en la cama sin que ella ni siquiera supiera como había llegado allí, y su boca abandonó la de ella para encontrar los pechos doloridos, incluso mientras su palma se deslizaba sobre el estómago para descansar sobre los apretados rizos oscuros donde su húmedo calor le llamaba.
Isabella sintió la frescura de la colcha bajo su piel ardiente, el peso de la palma de la mano de él mientras empujaba entre sus piernas.
Ella jadeó con sorpresa cuando su cuerpo entero se tensó y latió en respuesta a su toque. Sus dientes arañaron la piel tierna, su lengua gentil siguió para aliviar cualquier dolor. Sus manos encontraron la curva de las caderas, manteniéndola inmóvil mientras la boca ardía por el estómago hasta lamer el interior del muslo. Los dedos de ella se retorcieron convulsivamente entre su pelo.
-¿Qué estás haciendo? -Se las arregló para jadearle las palabras en voz alta, repentinamente aterrada por el deseo abrumador de algo que estaba más allá de su alcance.
Confía en mí, cara mía. Quiero que me necesites del mismo modo que te necesito yo a ti. Ardo por ti noche y día. No puedo dormir ni comer ni concentrarme. He trazado este camino tantas veces en mi mente.
Sus palabras eran calor y fuego, las sensaciones que inundaban su mente eran más de él que suyas. Ella le era tan necesaria como respirar. Y deseaba que ella sintiera lo mismo con respecto a él. Campanas de alarma estaban intentando sonarle en la cabeza, la auto conservación se alzaba en el despertar de sus talentosas manos acariciándole el cuerpo exactamente donde deseaba... no, donde necesitaba... que la tocara. Y entonces no hubo más que una tormenta de fuego rabiando a través de ella cuando los dedos la acariciaron probando su respuesta.
Su cuerpo se arqueó más completamente contra la mano, y se le escapó un pequeño gemido. Sus dedos se apretaron entre el pelo de él, un ancla cuando oleadas de fuego la bañaban.
-Para -Pronunció la palabra en voz alta, aterrada de que pudiera perderse para siempre.
Su sangre corría ardientemente, sus pechos le anhelaban, su cuerpo deseaba el de él. No podía pensar de tanto desearte.
Aun así, no era suficiente para él. No iba a arriesgarse con su inocencia. La quería resbaladiza, caliente y más allá de todo raciocinio. Se movió más abajo para saborearla. Miel caliente, su esencia llamaba. Su cuerpo se arqueaba de deseo. Emmett se quitó la ropa que le quedaba incluso mientras se movía sobre ella, cubriéndole el cuerpo con el suyo propio.
Le observó la cara, la mirada de deseo y confusión en sus ojos. Había miedo de él, de su fuerza, de su poder, de su dominación sobre ella. Estaba dolorido y lleno, su propio deseo estaba más allá de nada que hubiera experimentado nunca. Se presionó contra ella, duro y grueso, pulsando con una urgente demanda. Movió su cuerpo gentilmente para detenerse en la entrada. Estaba caliente y apretada, sus pliegues eran un ardiente terciopelo rodeando su punta. Ella le cogió los brazos, con los ojos abierto por la sorpresa.
Siénteme en ti, cara mia. Somos uno como debe ser.
Empujó más adelante hasta que encontró la fina barrera de su castidad. Los dedos de ella se hundían en su piel, y de repente se puso rígida por el pánico. Al momento retrocedió, manteniendo su autocontrol con esfuerzo supremo.
-El dolor dura solo un momento, piccola. Es inevitable. -Líneas de tensión marcaban su cara esculpida.
Isabella levantó la mirada hacia él, sus ojos buscaron en los rasgos de él por lo que pareció una eternidad. Él no hizo ningún esfuerzo por ocultar su terrible necesidad de ella, el esfuerzo que hacía por controlarse a sí mismo. Al fin ella se relajó confiadamente bajo él.
Emmett inclinó la cabeza para tomar posesión de sus suaves y temblorosos labios mientras empujaba hacia adelante, tomando su inocencia. Isabella jadeó cuando él la llenó. Fue un dolor inesperado en medio de semejante placer.
Lo sé, cara mía. Sé que duele. Pero date un momento, y será mucho mejor.
Había tanta intimidad en la forma en que su voz le rozaba seductoramente las paredes de la mente. Su boca estaba devorando la de ella, caliente por la excitación, con las respuestas al misterio que transpiraba entre marido y mujer.
Él empezó a moverse, lentamente al principio, con largas y seguras estocadas, observando su cara cuidadosamente en busca de signos de incomodidad. Parecía acalorada, sexy, con su mirada inocente en la de él. Estaba caliente y resbaladiza, una vaina feroz que le aferraba firmemente. Era cuidadoso con ella cuando necesitaba enterrarse profunda y duramente, deseando acurrucarse dentro de ella y soldarlos juntos para siempre.
Sus manos acunaron las nalgas redondeadas, empujándola hacia él mientras profundizaba sus estocadas. Ella se movió con él, buscándole ahora, buscando más de todo lo que él estaba dispuesto a darle. El pequeño dolor fue olvidado cuando la presión creció más allá de nada que hubiera nunca imaginado. Se aferró a él, con los ojos abiertos, observándolo atentamente, observando las sombras que jugaban sobre su cara, las líneas talladas tan profundamente. Estaba empujando en ella con estocadas más fuertes y profundas. Su cuerpo parecía ondear con una vida propia, incluso cuando las manos de él se apretaron sobre ella y le sintió hincharse, duro y lleno, hundiéndose incluso más profundamente haciendo que por un momento se sintiera al borde de un gran precipicio, tan cerca al éxtasis perfecto. Se extendió hacia ello, lo deseaba, incluso mientras el pronunciaba su nombre suavemente, su semilla se vertía ardientemente en ella. Fuera lo que fuera la eludió, dejándola frustrada y ligeramente avergonzada.
Emmett estaba respirando con fuerza, sus manos eran bandas duras alrededor de ella mientras la abrazaba a él. Isabella se sintió inesperadamente cerca de las lágrimas. Su cuerpo todavía ardía de deseo, ligeramente magullada pero muy excitada. Las manos de él le enmarcaron la cara.
-Es solo nuestra primera vez, cara mía. Fue fallo mío... por desearte tanto... no tuyo. Estamos lejos de terminar aquí.
Se mordió nerviosamente el labio inferior.
-No sé que hacer.
-Será un placer enseñarte -dijo él suavemente, inclinando la cabeza para dejarle un beso en la comisura de la boca.
Su corazón se sobresaltó ante la ternura de su voz.
-¿Cómo es que sabes tanto? -se atrevió a preguntar.
La había dejado al borde de perderse a sí misma, de convertirse en una esclava voluntaria entre sus brazos. Pero eso no importaba. No podía pensar en nada más excepto en Emmett y su cuerpo duro, en la forma en que la hacía sentir.
Él apartó la cara.
-Eso no es algo que quieras saber, Isabella. -Todavía estaba profundamente enterrado en ella, extrañamente íntimo, dándole el coraje que necesitaba para ser insistente.
-Te he preguntado -tenía la sensación que estaba a punto de saber salgo cierto sobre él, un pedazo de sí mismo que no compartía con los demás.
Emmett suspiró suavemente, separando a regañadientes sus cuerpos mientras rodaba para liberarla de su peso, sus brazos todavía la envolvían fuertemente.
-Soy un Cullen, piccola. Se nos exige mucho. Se espera de nosotros muchos herederos. Nuestra educación en tales cuestiones se atiende a muy corta edad. El mio padre nos enviaba mujeres para que nos enseñaran esas cosas. Las mujeres le informaban de nuestros progresos. Si no teníamos tanto éxito como él pensaba que debíamos tener, éramos severamente castigados. -Amargura y asco eran como ceniza en su boca.
Isabella frunció el ceño, girando la cabeza para mirarle.
-Qué terrible. Nunca había oído algo así. ¿Toda la aristocracia actúa así?
-Solo era el deseo del mio padre. Sus demandas eran siempre excesivas. Después nos enviaba muchachas, para asegurarse de que sabíamos que hacer con una inocente. Insistía en que sus hijos fueran excelentes en todas las áreas. Las cosas que quería que hiciéramos a las mujeres y muchachas con frecuencia me enfermaban, y me negaba. Él me golpeaba, pero me negaba a darle la satisfacción de acceder a sus deseos o llorar por sus golpes. Algunas cosas hechas bajo la apariencia del sexo son anormales y enfermizas, piccola, y no son para tus oídos.
Isabella oía el asco en su voz. No tenía ni idea de que estaba insinuado, pero algo en su tono hizo que se le retorciera el estómago. Posó una mano sobre su brazo.
-Creo que es curiosa la forma en que tenemos falsas ideas sobre cómo viven los demás. Me alegro no ser aristocrática. -Las manos de él se movían sobre su cuerpo, buscando sombras, suaves curvas, y huecos ocultos.
Observó el juego de la luz del fuego sobre la cara de él mientras disfrutaba de su capacidad de memorizar cada centímetro de su cuerpo. Parecía relajado, incluso feliz, y se le ocurrió que nunca le había visto así antes. Siempre estaba o distante o serio.
Él inclinó la cabeza para encontrarle la garganta, y su pelo le rozó la piel sensible como cosquillas encendidas.
-Tengo una sorpresa para ti -murmuró él, su boca bajaba más abajo haciendo que la sombra oscura de su mandíbula se frotara a lo largo de la hinchazón de sus pechos, enviando un fuego a través de su sangre-. Algo para mantenerte fuera de las colinas.
-Nací corriendo por las colinas -advirtió ella, con la barbilla alzada en un sutil desafío.
Él sonrió, su aliento jugueteaba sobre el pezón erecto.
-Ah, pero tus días de correr por las colinas han terminado, piccola. -Su boca se cerró sobre el pecho, y ella gritó por el exquisito placer de ella, arqueándose hacia él, buscando alivio para el ardor de su cuerpo.
Todavía latía de deseo. La mano de él trazó le trazó la línea de la cintura, después se deslizó hacia abajo sobre el estómago para encontrar el nido de rizos húmedos. Su boca era caliente e exigente mientras sus dedos se movían dentro de ella.
Por un momento Isabella pensó en apartarse de él, consciente de que era un experto en excitar a una mujer, cualquier mujer, pero el fuego ya ardía fuera de control. Se movió contra él frenéticamente, la presión crecía casi hasta el punto del dolor. Y entonces gritó, aferrándose a él en busca de apoyo cuando su cuerpo entero pareció fragmentarse y oleadas de places la bañaron, pasando sobre ella, dentro de ella.
Emmett encontró su boca con la de él, saboreando su pasión. No es igual con otras mujeres. Nunca fue como esto. Y no podía explicárselo. ¿Cómo podría alguna vez? El palazzo era su hogar, y él era el guardián de su gente. El deber era suyo; descansaba directamente sobre sus hombros, y nunca la eludía. Pero la maldición sobre la familia Cullen era muy real. El palazzo había sido acertadamente nombrado por aquellos que chismorreaban... Palazzo delta Morte. Palacio de la Muerte. Era un lugar oscuro y monstruoso en el que vivir, en el que crecer. Un velo de mal lo recubría, uno que él no podía esperar levantar. No había risa o amor allí, solo vacío, miedo y envidia. Algo malvado acechaba allí, envenenando todo lo bueno.
Las mujeres que habían venido y desaparecido de su vida nunca habían sido más que deber, algo que le avergonzaba. Era bien consciente de la maldición, bien consciente de la bestia salvaje que acechaba en su cuerpo, de la sangre caliente que corría por sus venas. Había visto los resultados observando a su padre.
Emmett besó de nuevo a Isabella, gentilmente, tiernamente. ¿Cómo podía decirle que nuca habría debido ser tan egoísta como para obligarse a aceptarle? Que su vida estaba en constante peligro, que la muerte la acechaba en cada momento que estaba en el palazzo.
La besó de nuevo porque tenía que hacerlo, porque no podía hacer nada más en ese momento. Ella yacía en su cama, su cuerpo era suave e invitador, sus ojos luminosos, enormes, tímidos, un ángel atrapado en el reino del diablo.
-Quería encontrar el regalo de boda perfecto para ti -dijo él suavemente, besándole la comisura de la boca, bajando por la barbilla-. Me dijeron que tenías un interés poco común por la limpieza, en agua caliente.
Al momento los ojos de ella se ensombrecieron, fantasmales, su joven cara reflejaba su miedo. Emmett se inclinó más para besar la boca lujuriosa.
-Tienes extraños hábitos, piccola. No puedes negarlo. -Sonaba divertido.
Isabella se removió en un intento de ganar la libertad. ¿Era esto alguna crueldad? ¿Una amenaza velada de que, si no le complacía, la declararía bruja? La palabra ha había salido a colación dos veces, algo aterrador si el don deseaba librarse de ella. Sabía que era diferente, y era lo suficientemente inteligente como para conocer el pago que había sido exigido a su villaggio por esas diferencias. Un Cullen había negociado con los ancestros de los ancianos de la aldea queriendo introducir esas raras habilidades en su linaje. Les había permitido establecer su villaggio bajo la protección del don a cambio del Acuerdo Nupcial.
Cara mia. Su voz fue una caricia arrastrada, una reprimenda gentil.
-Me miras con tanto miedo en tus hermosos ojos. -Era mucho más fácil conectar con ella, cuando sus emociones eran intensas, podía alcanzarla, su voz era fuerte en la mente de ella.
Emmett se movió entonces, un veloz y fluido movimiento de sus músculos. El corazón casi se le detuvo cuando él la levantó como si no pesara más que una niña. Podía resultar muy engañoso en eso, cuando estaba quieto, se mantenía completamente inmóvil, y cuando se movía lo hacía de forma rápida e inesperada. Supo por qué tenía reputación de ser un peligroso adversario.
-¿Qué planeas hacer conmigo? -Estaba completamente desnuda, la evidencia de su inocencia le goteaba por la pierna-. Es impropio, Don Cullen. -Era humillante estar tan indefensa, sin entender las demandas del cuerpo de una y saber que estaba completamente a merced de su marido.
Emmett se movió directamente hacia una de las puertas cerrados, abriéndola de un empujó con un rápido movimiento y llevándola a una enorme y elaborada recámara de mármol. Isabella jadeó, aferrándole el cuello con sus esbeltos brazos. Nunca había visto nada ni remotamente parecido. Había oído hablar de tales lujos pecaminosos, por supuesto; los emperadores romanos tenían reputación de tener tales cosas.
Observándole la cara atentamente, Emmett la dejó sobre sus pies sobre los azulejos de mármol.
Isabella estaba tan asombrada que olvidó que estaba desnuda. El baño era casi tan grande como los baños comunitarios y profundo, con escalones que conducían al interior. El agua caliente lamía los bordes, llamando, el vapor nublaba la habitación, proporcionando la ilusión de nubes. Bajo el agua profunda los mosaicos de azulejos tejían colores como un tapiz. Grandes columnas en el perímetro sostenían esculturas naturales de temibles leones. Las bestias estaban de espaldas al baño, como si montaran guardia.
-Mis antepasados creían en las comodidades.
Isabella recordó de repente que Emmett estaba allí e inmediatamente se ocultó tras uno de los leones.
-¿Crees en la Santa Iglesia? -preguntó, suspicaz.
En su pequeña aldea, se rumoreaba que en el mundo exterior cosas como besar y bañarse podía conducir a cosas pecaminosas y perversas, incluso entre marido y mujer, que solamente debían aparearse para tener niños. Isabella ya temía algo que lo que ella y Emmett habían hecho ya estuviera bajo el titular de pecaminoso y perverso. Le habían gustado demasiado sus atenciones para considerarse a sí misma una mujer decente. La idea era aterradora, aunque excitante al mismo tiempo.
Él arqueó una ceja negra hacia ella, de pie alto y desnudo, pareciendo en cada centímetro un dios griego.
Ni siquiera hemos empezado a ser pecaminosos y perversos.
Las palabras rozaron el interior de su mente, esparciendo calor por su cuerpo hasta que su mismo centro ardió.
-Hay mucho más que esto entre un hombre y una mujer -dijo él en voz alta, observando la respiración acelerada de sus pulmones, observando la forma en que sus pechos le llamaban, hinchándose con dolorido deseo.
Isabella se apresuró a bajar los escalones de la piscina hasta sumergir su cuerpo en el agua, esperando que él ya no pudiera verla. Los azulejos del mosaico de colores creaban un efecto extraño y brillante en el agua. Se sentía como una ninfa acuática, su pelo largo flotaba como sedosas algas marinas negroazuladas sobre la superficie.
El agua caliente lamía su piel, aliviando sus zonas doloridas. Cerró los ojos, saboreando la sensación, saboreando el calor e incluso la posible indecencia de todo ello.
-No respondiste a mi pregunta, Don Cullen -dijo suavemente, levantando la mirada hacia él, más confiada con el agua cubriendo su piel desnuda, las nubes de vapor jugaban sobre su cuerpo, y las sombras oscuras lanzadas por varias velas rozaban su carne.
-Creo a mi manera. Soy el don, responsable de las vidas de muchos. No tengo el lujo de creer ciegamente. Cada decisión que tomo deber ser política. Nuestro país está dividido, y mientras así sea, podemos caer ante los grandes poderes, ser controlados por la Santa Iglesia, Francia, España, o Austria. -Bajó los escalones lentamente-. Mantengo estas tierras porque soy fuerte. Golpeo fuerte y rápido, y mi alcance es largo. Si hay un rumor de traición, si hay una charla sobre atacarme y tomar mis tierras, conquistando a mi gente, elimino la amenaza en la misma garganta de mi enemigo, mucho antes de que alcance mis fronteras.
Los dientes de Isabella mordieron el labio inferior con agitación.
-Hay rumores de que lideras una sociedad de asesinos. -Estaba retrocediendo alejándose de él, lejos del efecto mesmerizante que parecía tener sobre ella.
Casi podía creer que lideraba una sociedad de asesinos. Ya casi creía que era un hechicero lanzando un hechizo sobre ella. Pero era tan hábil en ello, que en realidad no tenía deseos de escapar.
-He oído ese rumor -dijo él con un encogimiento de hombros casual.
Isabella era muy consciente de las gotas de sudor que corrió por los músculos definidos del pecho y los brazos de él. Quería tocarle, saborear esas diminutas gotas de humedad. La idea era aterradora, una corrupción de su modestia innata. Deseaba que la tocara de nuevo, que llevara su cuerpo a una feroz conflagración.
-Incluso con todo lo que me has contado, ¿cómo es que te las has arreglado para mantener tus tierras cuando tantos otros han caído? -Estaba luchando por controlar el terrible deseo que rabiaba en su cuerpo.
-Estás pensando que il diavolo me ha ayudado. No sé si lo ha hecho, Isabella. Son muchas cosas que debo hacer para mantener nuestras tierras que una pequeña inocente como tú no podría concebir. -Se extendió en su busca, sus manos le encontraron el torso, empujándola hacia él a través del agua que los lamía. Sus pechos empujaron contra el pecho de él en una flagrante invitación. Al instante sus manos subieron para ahuecar el suave peso en sus manos.
-Necesito que me expliques algo, Don Cullen -dijo, inclinándose más cerca, casi hipnotizada por las pequeñas gotas de agua que corrían por su piel-. ¿Esto está mal? Lo que me haces sentir... ¿está mal?
-Emmett -la corrigió él-. ¿Y qué podría estar mal entre un marido y su mujer? Tú eres mi otra mitad, cara mia. -Se extendió en busca de su mano.-Esto es como debe ser. Siente cuánto te necesito, Isabella. Cuanto te deseo. -Envolvió los dedos de ella alrededor de su gruesa y dura longitud, después cerró los ojos, saboreando su tacto.
Podía sentirla temblar a pesar de la calidez del agua. Su mano se movió en una caricia sobre el pelo, una caricia de ternura incluso cuando su otra mano daba forma a sus dedos para masajear y explorar.
-Cuando un hombre conoce a una mujer desea que le toque así, cuando ella busca complacerle como él la ha complacido a ella, se vuelve más hambriento de ella. -El vapor del agua estaba flotando alrededor de ellos, entre sus cuerpos, lamiendo sus pieles, como mil lenguas-. Mírame, cara mia, lo grande que ya se ha vuelto mi necesidad de ti. -Susurró las palabras mientras la acercaba, mientras le cogía la cabeza entre las manos y se inclinaba para besarle la nuca. Una seducción. Una tentación.
Isabella pudo sentir el curioso derretir de su interior, el calor en su sangre surgiendo a través de las venas, acumulándose en un dolor bajo y constante de deseo casi desesperado. Deseó inclinarse hacia adelante y saborear las gotas de humedad en su piel. Y ya no fue capaz de contenerse. Casi en trance, se inclinó hacia su pecho y trazó la línea de sus músculos con los labios. Mientras su boca vagaba sobre la piel, le sintió temblar, le sintió crecer más duro en su mano, pulsando con urgente necesidad. Atrevidamente, tentando más allá de lo soportable, su lengua lamió para capturar una pequeña gota de humedad en su pecho. Sabía a sal, a tierra, su masculina fragancia la envolvía. Y deseaba más.
La sensación de poder crecía en ella, reemplazando a la terrible vulnerabilidad. Podía hacerle desearla del mismo modo que él la hacía arder por él. Su lengua capturó otra gota, arremolinándose perezosamente, un movimiento sensual y natural que arrancó un jadeo de las profundidades de su garganta. Su mano se movía ahora por voluntad propia, deslizándose sobre la dura longitud de él, rozando y acariciando, encontrando la punta sensible donde parecía más vulnerable a sus atenciones. Él la dejó explorar, apretando los dientes contra las oleadas de ardiente deseo que fluían en él como lava fundida que apenas podía contener.
Cuando se puso en pie lentamente la lengua de ella se arremolinó a lo largo de su pecho, después más abajo, para encontrar las diminutas gotas que corrían por las ondas de los músculos de su estómago. Se le escapó otro sonido, un gruñido ronco arrancado de su interior. Era erótico, hambriento, tan sensual que no pudo evitar saborearle. Se estremeció visiblemente cuando se boca pasó rozando la punta, ardiente y lista por su gran deseo. El cálido aliento le volvió medio loco.
Emmett había experimentado tales placeres muchas veces en su vida con mujeres experimentadas en su arte, pero ninguna le había conmovido como hacía Isabella. Era tan naturalmente sensual, apasionada, cada gesto era inocentemente erótico, incluso la forma en que giraba la cabeza o movía las caderas cuando caminaba. Y la forma en que su boca se deslizaba tan tímidamente sobre él, ardiente, apretada y perfecta. Sus manos le cogieron la cabeza mientras se recordaba a sí mismo ser gentil, no empujar salvajemente en ella como tan desesperadamente necesitaba hacer. Muy cuidadosamente empezó a guiarla, con la cabeza hacia atrás, su cuerpo tenso por el autocontrol.
Una llamada en la puerta exterior de la recámara hizo enderezar de golpe a Isabella. Miró a Emmett con una especie de horror. Retrocedió alejándose de él, con los ojos abiertos por la sorpresa de su propio comportamiento desenfrenado. Se presionó una mano sobre la boca.
Emmett extendió la mano hacia ella, pero la llamada se volvió más ruidosa, más insistente. Nadie se atrevería a interrumpir su noche de bodas a menos que fuera una cuestión grave.
-Isabella, debo responder a la citación -dijo suavemente, manteniendo la mano extendida hacia ella.
Ella miró alrededor buscando algo para cubrir su desnudez, avergonzada y humillada por su actuación. Don Cullen no la había forzado. Ni siquiera le había preguntado. Se había comportado como no habría hecho ninguna mujer decente. Sus pecados tenían que ser grandes. Y no ayudaba a su conciencia que su cuerpo todavía ardiera con un fuego que no podía extinguir, que le deseara profundamente enterrado en ella, que él fuera ahora un hambre en su sangre, imposible de ignorar. Isabella se persignó y elevó varias plegarias rápidas con la esperanza de que la buena Madonna estuviera escuchando esta noche.
Emmett se movía ahora con prisa. Los golpes eran como un tambor, la llamada era urgente. Lanzó una bata a Isabella mientras se ponía las calzas. Lanzando una breve mirada sobre el hombro para asegurarse de que estaba fuera de la vista, cruzó la recámara y abrió la puerta de un tirón.
-¿Qué pasa? -Su tono fue bajo y furioso, una amenaza al grupo de hombres que esperaban por él.
Isabella se asomó por el borde la de la alcoba donde se estaba ocultando y divisó a Jasper en medio de varios de los guardias de élite de Emmett. Pudo ver que estaban agitados, pero sus voces permanecieron bajas, así que no tuvo posibilidad de oír lo que decían.
Por fin, Emmett se volvió hacia ella, cerrando la puerta. Empezó a vestirse, con sus ojos negros fijos en la cara pálida de ella.
-Lamento tener que dejarte, piccola. Ve a dormir, y yo volveré tan pronto como sea posible.
Ella se apretó la bata más firmemente a su alrededor, sus ojos estaban vivos por el orgullo herido, su cara estaba casi escarlata.
-¿Vas a dejarme, en nuestra noche de bodas? -¿Después de la humillación de lo que había esta haciendo al cuerpo de él? No podía pensar en ello.
-Debo hacerlo. Asuntos de estado me reclaman. Volveré, y aliviaremos todos tus miedos.
Ella alzó la barbilla.
-No creo que quiera que mis miedos sean aliviados. Me has embrujados para hacer tales cosas. Ve a tu trabajo, Don Cullen. Yo volveré a mi propia recámara.
Sonó bastante arrogante, pero él oyó las lágrimas que ahogaban su garganta. Su cara se oscureció.
-Te he dicho que permanecerás en esta habitación. Esta es ahora tu recámara, Isabella. No tengo tiempo de enseñarte todo lo que debes saber.
Los ojos de Isabella ardieron hacia él.
-No deseo tus "enseñanzas", signore, si así es como las llamas. Y no permaneceré aquí como una niña desobediente enviada a su habitación.
Él masculló algo por lo bajo y sacudió la cabeza.
-Volveré tarde. Ve a la cama y duerme en mi ausencia.
Ella estaba de pie en el centro de la habitación, observando como la abandonaba para acompañar a los guardias y a su hermano. Cruzó hacia la puerta y observó mientras atravesaba el salón. Cuando iba a salir desafiantemente al corredor, dos soldados se colocaron delante de ella, sus cuerpos fueron tan efectivos como la puerta de cualquier prisión. Fue una humillación adicional. El palazzo entero estaría alborotado por el rumor de que el don había dejado a su novia en la noche de bodas.
Emmett miró atrás una vez, su negra mirada encontró la oscura y mortificada de ella.
Cara mia.
La voz era suave terciopelo, pero Isabella rechazó su seducción y consuelo, cerrando la puerta de golpe y corriendo hacia la cama. Estaba exhausta y avergonzada, incapaz de explicar su propio comportamiento indecente. Golpeó la colcha con fuerza, jurando que nunca volvería a permitirse semejante comportamiento carnal. Confusa y extremadamente cansada por los acontecimientos del día, cayó dormida con lágrimas corriendo por su cara. Pero Isabella soñó, y soñó eróticamente con el don.
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Él volvió a la recámara con las primeras luces. La habitación estaba grisácea, todavía entre la mañana y la noche. Estaba cansado, había líneas profundamente talladas en su cara. Se desvistió, con los ojos posados sobre la figura dormida de su novia, que tenía todavía manchas de lágrimas en la cara. Sus duros rasgos se suavizaron ante de la visión de ella, una ternura se arrastró hacia dentro hasta derretir el hielo de las profundidades de su alma. Tenía un arañazo en el hombro que no había estado allí antes, una fina línea de sangre apenas discernible.
Emmett se estiró junto a Isabella, con su cuerpo duro curvado casi protectoramente alrededor del de ella. Su brazo la rodeó, empujándola más cerca de él. Al principio se quedó quieto, simplemente escuchándola respirar. Inhalando su esencia.
Isabella empezó lentamente a ser consciente de la presencia de su marido, sintiéndole tomar su fragancia profundamente en los pulmones, respirarla en su cuerpo. Sus labios eran suave terciopelo cuando pasaron junto a la boca para bajar a lo largo de la garganta. Frotó con la nariz hasta que la calidez de su aliento calentó el pezón que asomaba hacia él por la bata que se había abierto. Sintió su lengua al principio, después el arañazo de sus dientes. Después succionó, su boca hambrienta de ella. Cada tirón hacía que un húmedo calor pulsara entre sus muslos. Ella gimió suavemente, una invitación, sus piernas se separaron con impaciencia.
Emmett parecía indiferente a la dolorida necesidad de ella. Se tomó su tiempo, prestando cuidadosa atención a cada pecho, trazando cada costilla, arremolinando la lengua en su ombligo, a lo largo de su estómago. Finalmente, sus manos le separaron las piernas, acariciándole los muslos hasta que arqueó las caderas con exigencia. Presionó la palma contra ella, encontrándola caliente y húmeda.
-Esto me está esperando, bambina -dijo él suavemente, insertando dos dedos en su apretado canal. Se movió entonces mientras se cuerpo se movía, dentro y fuera, hasta que ella alzó las caderas voluntariamente para encontrarle-. Eso es lo que debes hacer -dijo suavemente.
Su cuerpo se movió sobre el de ella, grande y musculoso, sujetándola bajo él, su rodilla le separó los muslos. Estaba duro y caliente, podía sentirle grueso y largo, presionando para entrar. Le cogió las nalgas en sus manos, alzándola para encontrarse con él para poder entrar en ella profundamente.
El movimiento casi le quitó el aliento. Era largo, y la llenaba, estirándola hasta que jadeó con el exquisito dolor de ello. Él fue más allá de sus sueños, volcándolos en la realidad, haciendo que se aferrara a él, empujando hacia adelante para encontrarle, y su lengua empezó a igualar el movimiento de sus caderas, duro y rápido, haciendo que su vaina se volviera más ardiente y apretada. La fricción creció hasta que quiso gritar. Su cuerpo ondeó con vida, aferrándose al de él, arrastrándole más profundamente a su interior, dejándole seco mientras ella se fragmentaba en un millón de centelleantes piezas antes de posarse lentamente en tierra.
-Esto es solo el principio -le susurró el suavemente mientras la aliviaba a regañadientes de su peso. Una pierna estaba cruzada descuidadamente sobre sus muslos para sujetarla a él. Un brazo se curvaba posesivamente alrededor de su cintura. Su cabeza estaba junto a la calidez de sus pechos-. Vuelve a dormir, ángel mío -susurró suavemente contra su cremosa piel. Su cuerpo estaba saciado pero sensible, y se quedó dormida con su boca húmeda y ardiente, frotando la nariz contra su pecho.
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¡La noche de bodas! Que fuerte, todo. ¿Qué habrá pasado? ¿Cuánto durará el maratón? Ya nos estamos acercando al final de la historia.
¡Nos leemos pronto!
