~ cooking

— ¿Galletas para tus hermanas?

Preguntó mientras se quitaba el abrigo con ayuda de su amigo y lo dejaba colgado en el perchero.

— Sí.

— ¿No es más fácil regalarles calcetines?

Otabek lo miró con cara de "muy gracioso".

— Ellas me regalaron chocolates amargos para mi cumpleaños, quiero hacerles algo también, pero no sirvo solo en la cocina, ¿me ayudas?

Yuri estuvo a punto de soltar un gemido conmovido. A veces Otabek era tan tierno, ¿quién lo imaginaría con delantal para cocinar y preparando galletitas para sus hermanas? Estúpido, sensual y adorable Beka.

Con razón lo había llamado a medio día preguntando si podía ir a su casa. Sus padres estarían trabajando y sus hermanas volvían de visitar a sus primos pequeños la mañana siguiente.

— Compré todo lo necesario, pero no sé qué hacer.

Yuri miró el libro de recetas que había sobre la mesa.

— ... bate la mantequilla hasta que esté cremosa... ¿qué diablos? ¡pero si aquí está todo muy detallado! ¿cómo no puedes hacerlo solo?

Otabek frunció el ceño y se le colorearon las mejillas. Le acercó un pocillo de vidrio y lo instó:

— Prueba.

Los ojos verdes miraron con duda a Altin. Sacó un trocito rostizado y lo mordió.

JODER, casi se saca una muela.

— ¿Cuándo hiciste estas cosas?

— Ayer — respondió Otabek.

Yuri suspiró, ahogando una risa nerviosa. Vaya mierda. Pero no se lo quiso decir a su amigo para no desalentarlo.

— Te ayudaré y me tendrás que dar algunas.

— Las que quieras.

— Bien.

Sacaron a la mesa todos los ingredientes y, mientras Yuri se tomaba el cabello, sintió unos tibios y suaves labios en su cuello despejado. Dio un respingo y volteó, pero Otabek rápidamente le dio la espalda y comenzó a sacar cosas de un estante superior.

Sonrió divertido.

— Tonto — murmuró con el sonrojo bailándole en las mejillas.

Las galletitas de mermelada que Beka quería hacer eran muy fáciles de realizar. Otra cosa era recibir su ayuda...

Era claro que para que terminaran rápido, cocinar debía hacerse entre dos, pero Yuri debía explicarle a Otabek con peras y manzanas hasta de qué lado se tomaba la maldita cuchara. Y de no ser porque eran amigos (y porque a Yuri le gustaba mucho su amiguito), esa tarde Plisetsky ya la habría culminado a gritos y con la paciencia agotada.

— ¡No seas simio, Altin! Son bolitas de masa pequeñitas. No quieres que Bibi y Ori se ahoguen con galletas tan grandes, ¿o sí?

— Ya entendí, ya entendí — gruñó.

Y, mientras Otabek arreglaba la base, Yuri sacó la mermelada del refrigerador.

— Esa bolsa que tienes está abierta — le avisó Altin antes de empezar a averiguar cómo demonios se encendía en horno sin hacer explotar la casa.

Yuri miró el paquete de mermelada de damasco en su mano, buscando la abertura con la vista, pero no hallándola en ninguna esquina.

— Dónde mierd...

Un chorrito de mermelada saltó cuando la apretó y dio a parar justo en la nuca de su amigo.

Yuri abrió la boca y una sonrisa involuntaria brotó en sus labios a la par que Otabek volteaba lentamente y lo miraba con una ceja alzada.

— ¿En serio, Plisetsky? ¿en serio?

Yuri intentó borrar su sonrisa, pero no pudo. Solo pudo pensar en lo inútil que era el delantal de cocina con bellos puntos rojos que usaba Otabek en ese instante y eso le provocó otra risa nerviosa.

— Lo-lo siento, es que... ¡es que no sabía por dónde estaba abierta! Tú, ehh, yo lo hago, digo, yo-yo te limpio en seguida.

— He aguantado toda la tarde que me digas simio, idiota, Estupibek y cuanta cosa más, Yura — dijo tomando la cuchara de palo y salpicándole mezcla en la cara.

Yuri tembló y cerró los ojos. Se limpió con su antebrazo los ojos y vio la sonrisa burlona de su amigo.

— ¡Lo mío fue sin querer! — reclamó.

— ¿Ah, sí? ¡lo mío también lo fue! — su voz irónica.

Yuri frunció el ceño, la mezcla que sobró le resbaló al labio e inconscientemente se relamió.

Eso no se quedaría así.

Volvió a apretar la mermelada y saltó en el rostro ajeno. Otabek intentó cubrirse, pero fue muy tarde.

— ¡Yuri!

No se quedó parado como tonto, tomó la misma mezcla y volvió a tirarle a Yuri a ciegas mientras se quitaba el pegajoso líquido del rostro.

Yuri se agachó y abrió la boca sorprendido cuando vio que Otabek acababa de manchar el cuadro familiar colgado en la pared.

— La tía Aiman te va a matar...

Esa vez la mezcla le dio directo en la boca y la voz risueña de Otabek resonó por toda la cocina. Yuri tragó, tosiendo un poco y sonrió de igual modo.

Una cosa era que le gustara la risa de Otabek, pero otra muy distinta era la declaración de guerra que ese golpe había iniciado.

La cocina se convirtió rápidamente en un campo de batalla donde la mermelada saltaba hacia todos lados, la mezcla para galletas manchaba los muebles y el suelo, y el horno pre-calentado era símbolo de lo inmaduros -además de descuidados- que estaban siendo dos par de adolescentes de dieciocho años que no dejaban de atacarse con comida y riendo cuando el cuerpo ajeno se manchaba más y más con potenciales galletitas desperdiciadas. Por suerte las galletitas para las hermanas de Otabek estaban a salvo en otra charola y esas sí que no las tocaron.

Eran un fiasco. Era ese momento cuando Otabek recordaba por qué el señor Nikolai no les prestaba su cocina a Yuri y a él; la última vez los muffins de Yuri terminaron pegados en el techo y tuvieron que sacarlos con la escoba.

Yuri intentó rodear el mostrador del centro de la cocina para alcanzar a Otabek, pero su pie resbaló por el piso manchado y se fue de espaldas.

— ¡Oh, Yuri! — Altin se acercó a su amigo — soldado caído, ¿estás bien? — a pesar de su preocupación, reía y Yuri se vio contagiado a pesar del dolor en su trasero y espalda.

Otabek le estiró la mano, pero Yuri lo jaló consigo al piso.

Siguieron embarrándose y forcejeando en el suelo hasta que se cansaron. Con la respiración agitada y soltando risas a ratos, ambos tendidos en el suelo de la cocina, el cabello pegajoso y sus ropas hechas un desastre, pero era lo de menos, ya pronto podrían tomar un baño y Otabek podía prestarle ropas a Yuri; quien estaba acostumbrado a las sudaderas grandes y a los buzos sueltos de su amigo.

Tragó con la sonrisa en el rostro y, en un arrebato de valentía, estiró su mano pegajosa por la mermelada y tomó la de Otabek.

Aguardó con el aliento en la garganta, pero la diestra ajena no tuvo problema alguno en acogerlo y entrelazar sus dedos.

Yuri volvió a soltar una risa nerviosa y Otabek hizo lo mismo, hasta que el rubio dijo:

— Tus padres nos matarán cuando lleguen y vean lo que hicimos.

— Yura, por favor cállate y déjame disfrutar de esto.


día 19: cocinando

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