No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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-No comprendo por qué todavía no hay noticias de Michael -saludó Sue a Isabella cuando esta entró en la cocina. La anciana se tambaleó cuando vio que Emmett había entrado tras Isabella, con la mano descansando posesivamente sobre su espalda. Entonces Sue alzó la barbilla beligerantemente, mirando al don directamente-. Tengo entendido que ha abandonado la búsqueda del joven Michael. -Fue dicho como un desafío, aunque no pudo obligarse a mantener firmemente la negra mirada del don.

-¿Es eso cierto? -preguntó Isabella, girando para enfrentar a su marido.

A la luz de la mañana tenía una apariencia increíblemente poderosa, sin rastro de ternura en sus rasgos cincelados. Parecía distante, lejano; parecía el hombre que había abandonado a su novia en la noche de bodas para acudir a algún recado secreto y clandestino que se negaba a discutir.

-Sí, cara mía -dijo él con un dejo de divertida exasperación en su tono arrastrado.

Siempre lista para pensar lo peor de mí.

Las palabras fueron muy claras en su mente, y un débil rubor cubrió sus mejillas. Habría preferido creer que estaba todavía soñando cuando él volvió a su recámara, pero habían estado demasiado íntimamente enredados para negar que estaba despierta, devolviendo la mirada a sus centelleantes ojos negros.

Su mirada saltó para encontrar la de él ante la muestra casual de como hablaba en su mente en medio de tantos otros. Él se inclinó para rozarle la sien con su boca.

-Recibí noticias de que vuestro Michael está vivo y a salvo, oculto en un villaggio a un día de camino desde el vuestro. Necesitaba a mis soldados y pensé que era indigno para el ego de un joven verse obligado a regresar a casa. -Se inclinó hacia Sue-. Signorina Swan, confío en que haya dormido bien. -Sus dientes blancos mostraron la sonrisa de un lobo, antes de girarse para dejarlas solas.

Sue se persignó, alarmada por la mirada del don.

-Creo que me estaba amenazando -susurró suavemente a Isabella, agudamente consciente de los guardias que había cerca-. ¿Y por qué todavía tiene a estos hombres siguiéndote? Creí que estaban ahí solo para evitar que huyeras antes de la boda. Ahora es tu marido.

El tema era doloroso, así que Isabella decidió no responder.

-¿Dónde está Alice? -preguntó en cambio-. Esperaba verla aquí. - No podía mirar a Sue, no podía encontrar su firme mirada, temiendo que su mentora supiera todas las cosas pecaminosas que había estado haciendo. Por un horrible momento ardieron lágrimas en sus ojos, que amenazaron con vencerla.

-La pequeña diablilla está indudablemente metida en algo. Temo que necesite que la tome entre mis manos. -La voz de Sue era gruñona pero ya contenía genuino afecto-. Debería perseguirla e insistir en que aprenda modales. Eso creo. Como otra muchachita a la que conocí una vez, corre libre, sin nadie que se ocupe de su educación o refinamiento.

-Yo pienso exactamente lo mismo -estuvo de acuerdo Isabella.

Sonrió a Stefan y aceptó el pan fresco del horno, intentando actuar tan naturalmente como era posible, evitando su mirada. El pan estaba caliente y delicioso. Ignoró el hecho de que uno de sus guardias había comido un trozo de él antes que le fuera ofrecido. Estaba intranquila, su cuerpo estaba ligera pero deliciosamente dolorido, su mente saltaba nerviosamente de una cosa a otra de las que había hecho en la privacidad de la recámara con el don. No tenía sentido preguntar a Sue sobre la propiedad de las cosas que pasaban entre un marido y su mujer; indudablemente haría que Isabella fuera a confesarse y encendería una docena de velas.

Mucho después de la comida de la mañana, Isabella todavía sentía las sombras en su mente, una creciente intranquilidad que fue apagando su felicidad natural. Pasó por la emoción de conocer a algunos de los trabajadores del palazzo, se las arregló para reír y bromear con ellos, aunque Erik obviamente no aprobaba semejante intimidad con su personal. Intentó no pensar en los chismes y especulaciones. Que la nueva novia del don era una inocente y no sabía cómo complacer a un hombre semejante. Que por eso la había dejado en la mismísima primera noche juntos. O peor, que todos supieran que había deseado hacer las cosas pecaminosas y prohibidas que había hecho. Por la tarde las sombras de su interior empezaron a alargarse y crecer tanto que buscó refugio en la alcoba del altar a la Madonna.

La pequeña alcoba estaba débilmente iluminada, e Isabella señaló a los guardias que se apartaran para darle algo de la privacidad que tanto necesitaba. Arrodillándose, encendió varias velas, rezando silenciosamente a la Madonna y a su propia madre en busca de guía con su nuevo marido. La personalidad de él agobiaba la suya. Podía hacerla desearle tan fácilmente, eliminando sus inhibiciones y todo pensamiento cuerdo hasta que solo pudo sentir, pensar solo en él, en complacerle. La hacía sentir cosas con las que nunca había soñado, que nunca había imaginado, haciéndola desear hacer cosas que nunca había considerado. Isabella anhelaba el consejo y consuelo de su madre.

En alguna parte tras ella oyó la voz de Carmen alzarse con furia. Una voz más suave respondió con un murmullo indistinguible, pero con una nota lo suficientemente irritada como para que Isabella fuera sacada de su ensueño. Giró la cabeza y vio que una puerta a corta distancia de ella estaba entreabierta. Las dos mujeres que discutían debían haber buscado refugio de ojos curiosos tras ella. Isabella se arrodilló con aire vacilante en la alcoba con la cabeza agachada reverentemente. Las velas que había encendido en memoria de su madre estaban titilando, lanzando una luz danzarina sobre las paredes. No pensó en oír a escondidas, pero se sentía arrinconada, temiendo que si se alejaba ahora su presencia podía humillar a las dos mujeres.

Podía oír la voz de Carmen, aguda y enfadada, mucho más clara ahora.

-No importa lo que creas. ¡Eres una niña inmadura y egoísta y demasiado joven y tonta para mantener la atención de un hombre como él! ¿En qué estás pensando, Tanya? Te crié para que te casaras bien, no para arruinarte intentado atrapar a un hombre como él. -El desprecio y disgusto llenaba la voz de Carmen, tanto que Isabella se encontró haciendo una mueca bajo el cortante látigo-. Se acuesta con vacas tontas como tú, pequeñas inocentes que no tienen posibilidad de mantenerle contento, pero tú eres un mero deporte para él. ¿No comprendes que se reiría de alguien como tú con la figura de un hombre y la cara de una oveja atontada? ¿Cómo esperas casarte bien si eres tan estúpida como para mancillarte por él? -Hubo un ruidoso crack cuando Carmen obviamente golpeó a su hija con fuerza.

Isabella se encorvó, intentando hacerse más pequeña. Afortunadamente, nunca había conocido palabras duras y castigo físico. Su madre y Sue siempre habían sido gentiles, amables y comprensivas. Su padre, conocido también como un buen hombre, estaba muerto y se había ido antes incluso de que ella tuviera edad para recordarle. Sue le había golpeado la mano una y otra vez, pero siempre en gentil reprimenda, no con un golpe real. El corazón de Isabella se compadeció de Tanya.

-¡El me ama! -gritó Tanya, su voz joven estaba llena de dolor-. Tú no lo sabes. Pregúntale. Pregúntale. Quiere estar conmigo. Se casará conmigo.

-Nunca se casará contigo. -Carmen escupió las palabras a su hija, llenas de una furia venenosa. Se oyó el sonido de otro golpe-. ¿Te has acostado con él? -La voz se alzó más, venenosa y furiosa-. ¡Dime, pequeña puta desagradecida! -Obviamente Carmen estaba sacudiendo a su hija en su furia-. Debería repudiarte, contar al mundo lo que eres. Has estado con él... lo veo en tu cara. -Su voz se alzó en un grito estrangulado.

-¡Él me deseaba! -Tanya gritó en respuesta, una niña defendiéndose intentando convencer a un adulto de algo que no creía ella misma-. ¡Se casará conmigo! ¡Lo hará!

-Estúpida, estúpida niña. -Carmen sonaba como si estuviera llorando ahora, su voz estaba rota y ronca, con un tono amargado y triste que pronto se convirtió en llanto-. Aléjate de mí. Vete a donde ya no pueda verte. ¡Fuera!

-Madre -intentó de nuevo Tanya- él se ocupará de mí, y Zio Emmett me dará una generosa dote y permitirá el matrimonio. Todo irá bien.

-¡Fuera! -exclamó Carmen.

Isabella se quedó totalmente quieta cuando oyó unos pasos pesados apresurarse hacia la habitación donde discutían las dos mujeres.

-¿Qué está pasando aquí? -Era la voz de Edward esta vez.

Hubo un roce de tela cuando Tanya evidentemente se lanzó hacia él, estallando en llanto.

-Ahora vete, Tanya -instruyó él suavemente-. Yo hablaré con Carmen.

La chica huyó de la habitación, pasando corriendo junto a Isabella, sus sollozos de vergüenza llenaban el corredor. Carmen aulló con angustia, su furia y pena eran tan grandes que no podía hablar. Edward cogió su figura al vuelo cuando ella arremetió contra él, incapaz de contener su furia. Estaba llorando con fuerza.

Isabella se levantó en silencio, girándose para salir calladamente de la alcoba. Vio a Edward y Carmen luchando ferozmente, y después a Edward envolviendo sus brazos alrededor de Carmen, sujetándola, su boca descendiendo sobre la de ella casi como un asalto.

Sorprendida y avergonzada, Isabella retrocedió a las sombras. Debería haber supuesto que entre ellos había más que una relación de primos. Carmen siempre se apoyaba en Edward, y él parecía confiar en su consejo. Carmen era solo cinco o seis años mayor que Edward. A Isabella nunca se la había ocurrido que la fría y confiada Carmen fuera tan apasionada con alguien, aunque parecía estar devorando a Edward. Edward cerró la puerta de una patada mientras sus manos recorrían rudamente el cuerpo de Carmen con un apretón brutal y frenético.

Isabella miró fijamente la puerta cerrada por un momento, congelada en el lugar, demasiado sorprendida para moverse. El inconfundible sonido de ropa desgarrada la puso en acción. Se retiró rápidamente corredor abajo, pasando silenciosamente la puerta, deseando saber por qué tenía tan mal sabor de boca. Edward y Carmen parecían más furiosos y duros que dos personas haciendo el amor. Estaba ligeramente enferma por el despliegue y súbitamente aterrada por el poder que Don Cullen esgrimía sobre su propio cuerpo.

Sue estaba esperando por ella en el gran patio, lista para su paseo diario.

-¿Qué pasa, piccola? Parecer como si hubieras visto un fantasma.

Isabella miró fijamente a los dos soldados que eran sus sombras constantes. Sus caras estaban cuidadosamente en blanco. Por primera vez se preguntó cuánto sabían de las intrigas del palazzo. Eran leales al don. ¿Le contaban lo que veían, cuando la aristocracia e incluso los sirvientes los trataban como parte del mobiliario? Probablemente lo hacían. Se sintió descolocada y extrañamente cerca de las lágrimas. Ahora más que nunca deseaba huir. Estaba fuera de lugar en este sitio.

Sue se extendió en busca de su mano.

-¿Qué pasa, bambina? Es impropio de ti estar infeliz. ¿El don te ha hecho daño? ¿Es a causa de esa mirada? Ah, ¿es que no te preparé adecuadamente para tu noche de bodas? -Habló tranquilamente, apartándose deliberadamente de los guardias hasta que ella y Isabella estuvieron de cara a los arbustos.

-Yo no pertenezco a este lugar -susurró Isabella-. No entiendo a la gente de aquí, y no me preocupa entenderlos. Quiero irme a casa, volver a las colinas, donde sé que esperar y en quien confiar.

Sue se quedó en silencio un momento. Después puso sus brazos alrededor de Isabella y la abrazó como si todavía fuera una niña.

-Son solo gente -le recordó gentilmente-. Solo gente.

Isabella sacudió la cabeza.

-Son diferentes. No se valoran los unos a los otros como hacemos nosotros. Carmen golpeó a su propia hija, Tanya. Fue algo horrible.

-Con frecuencia yo deseo golpear a esa jovencita -admitió Sue-. Si tuvieras la oportunidad, Isabella, podrías ser para ella una buena influencia. Es una chica vanidosa y perversa que no piensa en nadie más que en sí misma. Seguramente no estás tan molesta por que se le diera una bofetada que hace mucho tiempo necesitaba. Mira las cosas que le dice a la pobre Alice. -La lealtad de Sue ya se inclinaba sólidamente hacia la niña solitaria.

Lágrimas repentinas inundaron los ojos de Isabella.

-Carmen dijo cosas terribles a Tanya. No me sorprende que Tanya pase la vileza a Alice. Su madre la llamó cosas y la condenó cuando Tanya declaró amar a alguien. -Isabella miró impotentemente a Sue-. En realidad, simplemente es joven, inmadura, un año más joven incluso que yo.

-Carmen Cullen vive de la generosidad de su primo, el don. A menos que Tanya se case bien, podrían terminar sin nada. Carmen Cullen debe estar contando con un buen matrimonio para su hija -explicó diplomáticamente Sue-. Si ese joven es un soldado o un plebeyo, naturalmente Don Cullen se opondría al matrimonio.

-Y entonces Edward las oyó pelear y vino a ayudar -dijo Isabella en voz baja, evitando la cara-. Tanya salió corriendo, pero él y Carmen...

Hubo un pequeño silencio.

-Ya veo -dijo Sue suavemente-. Sospechaba que había algo entre esos dos, aunque lo mantienen bien oculto. Ella le mira con una especie de ávida posesividad.

-Lo sentí como si estuviera mal -admitió Isabella reluctantemente-. No sentí felicidad por ellos, como si estuvieran enamorados. En vez de eso sentí como... -se interrumpió- ¿Desesperación? ¿Lujuria? Una batalla incluso. No puedo decirlo seguro. Pero fue desagradable. -Fue más que desagradable, habían parecido estar en guerra, aferrando y arañando el cuerpo el uno del otro. ¿Era así como se había visto ella con Emmett? En débil escarlata se arrastró por su cuello hasta su cara.

Sue le apretó gentilmente la mano.

-Cuando tu marido te mira, es con ternura en su mirada. Esa es la única razón por la que puedo soportar tu unión con un hombre semejante. Todavía creo que es un pagano, y que este castillo se ha ganado el nombre de Palazzo della Morte, pero, Isabella, la necesidad que el don tiene de ti no es simplemente lujuria.

Isabella se inclinó para besar la mejilla de Sue.

-Grazie, sé que no fue fácil para ti decirlo. No sé exactamente lo que siento por Emmett. Cuando estoy con él es de un modo, y después cuando nos separamos, no estoy segura de nada. Miro a las colinas y ellas me llaman, pero si intentara seguir a mi corazón, en realidad, no sabría qué camino elegir. -Avergonzada, estudió el patio, sin desear mirar directamente a la mujer que la conocía tan bien.

-Podría haberse negado a permitirme volver al palazzo y mantenernos separadas, pero no lo hizo -concedió Sue-. Sabe que no confío en él, pero le preocupa que tú seas feliz, piccola.

-Pero es evasivo. -Isabella dio voz a sus preocupaciones, sintiéndose una traidora.

Estremeciéndose, Sue miró hacia la larga fila de ventanas que cubrían el lateral del palazzo. Parecían ser grandes, abiertos, vacíos y malévolos ojos que las miraban fijamente con odio vidrioso.

-¿Lo sientes, Isabella, como siempre nos miran fijamente? ¿Observándonos todo el tiempo? El palazzo tiene secretos, secretos maléficos, y no quiere que los averigüemos.

Sue no tenía un sexto sentido, no era "diferente" en ningún sentido, pero la sensación de estar siendo observada era tan fuerte, que también ella lo sentía. Isabella no necesitaba ninguna otra advertencia para comprender que el peligro era muy real. Se sintió compelida a levantar la mirada hacia esas ventanas también. Podía imaginarse al don paseando de acá para allá en su estudio. Podía ver las sombrías figuras agrupadas alrededor de su escritorio, bajando la mirada hacia algo, estudiándolo. ¿En qué estaba involucrado que dejaba su lecho matrimonial en medio de la noche?

-Yo creo que están todos locos -aventuró Sue-. Jasper se desliza por ahí en silencio, reservado y extraño, su ropa está con frecuencia desgarrada y sucia. Edward no presta ninguna atención a su propia hija, y Emmett podría ser il...

-¡No le llames así! -dijo Isabella bruscamente. Se dio la vuelta y marchó de vuelta al palazzo-. Debo empezar a aprender los quehaceres de esta casa, o no seré de ninguna utilidad a mi marido. Creo que es hora de que la joven Alice empiece su educación también. No tiene ningún conocimiento de arte ni lectura ni nada de lo que necesitará después en la vida. Nadie le presta ninguna atención, Sue, y le hace falta urgentemente.

-¿No quieres pasear conmigo? -Sue alzó las cejas especulativamente.

-Hoy no tengo tiempo. Quizás mañana. -Isabella se apresuró a volver al palazzo.

Se sintió culpable por dejar a Sue tan bruscamente, en realidad, ya tenía dudas sobre su marido, y no quería que la anciana lo presenciara o las aumentara. Se movió lentamente a través de los grandes salones, tomándose su tiempo para examinar la exquisita arquitectura, el mobiliario, los tapetes y las extrañas tallas. Tras ella, en silencio, los dos guardias imitaban cada uno de sus movimientos.

Fue Ben quien la alertó de la presencia del anciano. El mayor de los Cullen observaba desde el umbral de una pequeña habitación mientras ella se acercaba. Miró fijamente a sus guardias.

-Dile a Emmett que tus guardias son inútiles. El robo es endémico en el palazzo. Alguien ha vuelto a hurgar en mis mapas. Ni siquiera pueden proteger una pequeña habitación.

Isabella le ofreció una sonrisa tentativa mientras se acercaba.

-¿Algo te ha molestado, Nonno? Lo hablaré con Don Emmett al instante.

Él hizo a un lado su preocupación.

-No presta atención. Se lo diré yo mismo. Debemos hablar de ti. Creo que no eres una novia feliz -observó.

La voz era baja, casi oxidada, como si, sin estar chillando, no estuviera seguro de cómo hablar.

Ella dejó de avanzar y miró hacia atrás a sus guardias. Estaban claramente intranquilos por su proximidad con el anciano.

-Hay mucho aquí que no entiendo, signore, mucho que me asusta. Miro hacia las colinas en busca de consuelo. ¿Alguna vez ha paseado por las colinas? -Isabella se alejó de la puerta para gesticular hacia las ventanas.

-No desde que era un jovencito. -Sus ojos decaídos adquirieron una mirada lejana-. No me aventuro lejos de la protección de Emmett. Hay mucho odio hacia mí. -La mirada cansada se posó en su cara-. ¿Dime, por qué tú no tienes miedo de mí? ¿No crees que envolveré las manos alrededor de tu garganta y te estrangularé como estrangulé a mi esposa? -Estaba firmemente tieso, con un feroz orgullo en la cara.

-Creo, signore, que es mucho más probable que Sue Swan haga algo así, o quizás el don, si no recuerdo pronto ponerme los zapatos que él cree tan importante. -Isabella rió suavemente y alzó el ruedo de su falda para mostrarle sus ofensivos pies desnudos. Tomó entonces el brazo del anciano-. Si desea pasear por las colinas, Nonno, me encantará la compañía. He plantado muchas maravillosas hierbas sanadoras que necesitan ser atendidas. Debo ir a verlas muy pronto-. Anhelaba las colinas y su solaz con cada fibra de su ser.

El anciano le palmeó la mano gentilmente.

-Quédate cerca de tus guardias, Isabella... si tengo tu permiso para dirigirme a ti de semejante manera.

Ella le sonrió.

-Yo no pedí tu permiso para llamarte Nonno. Espero que nos convirtamos en buenos amigos. Ahora eres parte de mi familia.

-Emmett podría desear otra cosa -dijo tensamente el abuelo del don.

-Cuéntame tu historia, Nonno. No quiero oír rumores de aquellos que solo pueden inventar historias -animó-. No temo a la verdad...

Volvió la mirada hacia los guardias, después a la cara vuelta hacia arriba de ella.

-O eres una muchacha muy valiente o muy tonta. No sé la verdad-. Avergonzado, dejó caer su brazo y se alejó de ella-. Ellos creen que la maté. Mi amada Sulpicia. Que pude hacer algo tan malvado. Pienso en ella a cada momento, un tormento del que nunca puedo liberarme. No puedo hablar de algo tan vil. -Sacudió la cabeza de nuevo, caminando pesadamente de vuelta a la habitación, con los hombros encorvados por un terrible peso.

Isabella le siguió al interior de lo que parecía un pequeño estudio. Los muebles eran pesados, los colores oscuros, sin ventanas que iluminaran la habitación haciendo que pareciera aireada. No había tallas, ni esculturas de monstruos allí.

Pergaminos y varios mapas desgastados yacían sobre el escritorio. Los miró mientras seguía al anciano a la amplia fila de ventanas. Parecía como si el Signore Cullen estuviera trazando nuevos mapas de las tierras del don y las áreas circundantes. Las líneas eran pulcras y precisas. Podía ver que algunos de los mapas más viejos estaban finos y gastados por el uso.

-Quizás deberías hablar de ello -dijo Isabella valientemente.

Era muy consciente de la puerta abierta, de los dos guardias colocados intranquilamente justo afuera, listos para entrar a la carrera si hubiera necesidad.

-No puedo -Corrían lágrimas por su cara gastada-. Déjame ahora-. Fue un feroz latigazo, una súplica de puro tomento.

Isabella acudió a él, rodeándole con sus brazos en un intento de consolarle.

-No puedo dejarte así. Es una locura mantener algo tan terrible dentro. ¿Me crees tan débil como para condenarte? ¿Para huir de ti?

Él la puso ante él, su cuerpo temblaba con alguna terrible verdad. Sus puños se cerraron a los costados.

-Ella era como tú. Era tan hermosa. Como una rara gema. -La miró-. Como tú. Se parecía mucho a ti. Emmett está loco trayéndote a este lugar. -Su voz escapó bruscamente de control, vociferando en latín, condenado a su nieto a los fuegos del infierno.

Isabella se persignó incluso mientras sacudía la cabeza ante la clara agitación de sus guardianes. Consultaron el uno con el otro brevemente, y uno se alejó rápidamente. Ella posó apresuradamente una mano tranquilizadora sobre el brazo del mayor de los Cullen.

-¿Crees en la maldición Cullen? ¿Es por eso por lo que crees que estoy en peligro? Soy muy fuerte, Nonno, y no tengo miedo de enfrentar al peligro. -Le llamó deliberadamente abuelo para ayudarle a recuperar el control.

Él bajó la vista hacia ella con ojos llenos de pena.

-Mi Sulpicia tampoco tenía miedo. Emmett se parece mucho a como era yo. Veo la forma en que te mira. Con el corazón. El alma. Pero ve mucho. La luz del sol te sigue, y también los ojos de otros hombres. -Tragó el nudo que tenía en la garganta-. ¿Tú no entiendes lo que es ser consumido por otro ser? ¿Vivir solo por ese propósito, esa sonrisa, esos ojos, necesitarlo tanto que no puedes respirar si ella no está contigo? Es un fuego en la sangre que no puede ser extinguido. Observas cada uno de sus movimientos, el más ligero gesto. -Cerró los ojos firmemente contra los recuerdos que le perseguían.

Isabella se quedó muy quieta, aunque se agarró al brazo de él mientras confirmaba el peor de sus miedos sobre la maldición Cullen. Celos negros. Corrían profundamente por sus venas. Creaba monstruos donde una vez había habido caballeros.

El mayor de los Cullen tocó su pelo sedoso.

-Emmett es así contigo. No puede apartar los ojos de ti. Ha visto a los demás observándote. Il demonio está en Emmett, justo como moraba en mi propio muchacho. Justo como moraba en mí. Había muchos hombres que deseaban a Sulpicia; no podían ocultarlo. No podía culparles por lo que yo mismo no podía controlar. Pero había uno, un visitante que vino con frecuencia con el paso de los años. Ella le sonrió. Yo estaba loco de odio, sentía la rabia ardiente y el mal en mí. Se extendió hasta que no pude ver otra cosa que a ella sonriéndole. La arrastré a nuestra recámara. Fui rudo con ella. Vi que le hacía daño, pero no podía detenerme a mí mismo. Había bebido, mucho, mucho más que nunca antes, intentando ahogar a Il demonio.

El anciano se hundió en una silla y enterró la cara entre sus manos temblorosas.

-No pude ahogarlo. La golpeé mientras ella me suplicaba que creyera en su inocencia. Yo sabía que era inocente. Lo sabía. La había tomado con ella, pero estaba enfadado por necesitarla tanto, porque una de sus sonrisas a otro hombre pudiera producir semejante mal -Miró a Isabella-. Soy un monstruo. La empujé lejos de mí. Recuerdo como su cuerpo delicado cayó contra la pared, con fuerza. La dejé en el suelo mientras iba a atender al visitante. -Su sollozo sacudió su voz-. Desperté en mi cama a la mañana siguiente. Mi cabeza latía como si fuera a partirse. Sulpicia yacía a mi lado, muy quieta. Yo estaba tan avergonzado, no quería enfrentarme a ella, pero giré la cabeza para mirarla. Sabía que no me condenaría; no era su forma de ser. Pero sus ojos estaban abiertos de par en par, mirando con horror. Había marcas de dedos, grandes magulladuras negras en su cuello. Yacía muerta junto a mí, estrangulada por el monstruo que vive en mí. -Se interrumpió cuando los sollozos desgarraron su garganta.

Isabella acarició hacia atrás su pelo despeinado y plateado, murmurándole palabras de consuelo. Fuera cual fuese el crimen que había cometido contra su esposa, pagaba por él a cada momento de su existencia.

-¿No puedes recordar? ¿De verdad no lo recuerdas?

Él sacudió la cabeza.

-Lo intento. Cada noche repaso una y otra vez la discusión en mi mente, pero hay un vacío. No recuerdo despedir al visitante. No recuerdo nada después de dejar la recámara.

-¿Alguien te vio?

-Mi hijo me dijo que entré rugiendo en su estudio y reprendí a nuestro visitante, pero él me escoltó de vuelta a nuestra habitación y me puso en la cama. No vio a su madre. Debía haber subido a las murallas. Le gustaba caminar por allí arriba cuando estaba preocupada, estar fuera, donde podía pensar.

Isabella se puso rígida. Las murallas. Su madre también había encontrado su muerte allí, esa misma noche. Alguien la había usado brutalmente y tirado su cuerpo al vacío. No podía ser una coincidencia. No podía ser. Dos mujeres muertas. Asesinadas. Ambas habían estado en las murallas. Miró fijamente al anciano. ¿Había ido a buscar a su esposa y, en su rabia, violado y asesinado a la madre de Isabella? Se presionó una mano con fuerza contra la boca para evitar que se le escapara ningún sonido.

El anciano se alzó de repente y caminó hacia ella agresivamente.

-¡Yo no podría haber hecho tal cosa! ¡Lo recordaría si hubiera matado a mi amada esposa! No puedo ser semejante monstruo. ¿Lo ves, Isabella? ¿Ves el peligro para ti? Préstame atención en esto. Debes abandonar este lugar. ¡Debes irte mientras puedas! -Sonaba salvaje, una vez más fuera de control.

-¡Isabella! -Emmett irrumpió en la habitación, sus rasgos eran una dura máscara, sus ojos oscuros brillaban. La acercó a él protectoramente, arrastrándola lejos de los dedos huesudos de su abuelo y escudando el pequeño cuerpo con su figura más grande-. ¿Qué está pasando aquí? -Había una amenaza en el tono bajo, su mirada negra estaba fija en la cara de su abuelo con condena.

-Estábamos discutiendo la idea de pasear por las colinas, -dijo Isabella, palmeando el brazo del anciano Cullen-. Bueno, entre otras cosas. Creo que un paseo sería maravilloso. -Luchó por mantener la cara seria, temiendo traicionar al anciano cuando había sido ella la que le forzara a contar su historia de horror, a condenarse a sí mismo a sus ojos para advertirla. Había sido un gesto noble.

Emmett podía sentirla temblar. Su cara estaba vuelta hacia él, pero los ojos oscuros y elocuentes se negaban a encontrar su mirada. Enfrentó a su abuelo con furia controlada, pero el anciano parecía frágil y se tambaleaba de cansancio. Emmett nunca le había visto en semejante estado. Obligó a un aliento tranquilizador a entrar en su cuerpo, aunque su corazón todavía corría por la advertencia que el guardia le había entregado, temiendo por la seguridad de Isabella. Ella era tan joven, tan inocente, tenía que recordárselo continuamente a sí mismo. Ella no sabía nada de la maldición, de la realidad del monstruo en los hombres.

-¿Estás enfermo, Nonno? -Hizo la pregunta amablemente, cuando todo lo que quería hacer era empujar a Isabella a sus brazos y llevarla tan lejos como fuera posible del peligro.

Su abuelo levantó una mano y sacudió la cabeza agachada. Emmett aumentó su apretón sobre su esposa cuando ella pretendió ir a reconfortar al anciano.

-Debemos dejarle descansar, Isabella -ordenó suavemente.

Estaba urgiéndola a salir de la habitación, acercó su cuerpo hasta que se vio obligada a salir al salón.

-Traidores -susurró a los guardias al pasar junto a ellos.

Ambos sonrieron tímidamente, aunque sin mostrarse arrepentidos.

-Ahora ya sé por qué mis antepasados construyeron esa torre -la informó Emmett-. Estoy pensando que lo mejor para mí sería encerrarte en ella tan pronto como te pongas en pie. Mi corazón no puede soportar la tensión en la que continuamente le pones.

Ella le miró, los ojos oscuros encontraron su mirada. Fue un error. Sabía que era un error antes de hacerlo, pero no pudo contenerse. Sus ojos la atraparon en un mundo de deseo erótico, tentación, excitación. Isabella no quería sentir ninguna de esas cosas, no después de sus votos reciente de buen comportamiento. No con la advertencia de su abuelo resonando en su mente.

Celos. Una locura que destruía a hombres buenos. Ya había observado señales de ellos en Emmett, aunque la amenaza no era suficiente como para evitar que los rescoldos que ardían a fuego lento en su interior se convirtieran en llamas con una mirada de sus ojos hambrientos. La dejaba débil de deseo, su cuerpo volvía a la vida cuando él ni siquiera la había tocado.

La condujo a lo largo del salón, su gran figura la urgía en la dirección que quería que tomara, su cuerpo duro y ardiente, una tentación que deseaba desesperadamente resistir, un placer que deseaba saborear una y otra vez

-Emmett -susurró su nombre, una súplica de que la dejara marchar.

Él lo sabía, la confusión de su pensamiento, de algún modo estaba compartiendo su mente.

Nunca, cara mía. Nunca te dejaré marchar.

Ella podía sentir su feroz determinación, su juramento. La arrastró al interior de una habitación en la que nunca había estado, cerrando firmemente la puerta y girando la llave. Era más pequeña que la mayoría de las del palazzo, con ventanas de cristales tintados y oscuros relieves cubriendo las paredes. Su boca encontró la de ella, tomando su respuesta, dura y dominante, su terror a perderla fue evidente en medio de la tormenta de deseo que atravesaba sus venas.

Fue solo cuando sintió las lágrimas correr por su cara que alzó la cabeza, enmarcándole el rostro con las manos para poder besarle los ojos, la comisura de su temblorosa boca, saborear sus lágrimas.

-¿Qué pasa, piccola? ¿Tan monstruoso soy que no puedes soportar vivir en este oscuro palazzo con semejante bruto?

Nunca podría dejarla marchar; le era tan esencial como el aire que entraba en sus pulmones. No tenía esperanzas de explicarse, ni de que ella no reconociera el peligro para su vida y lo absolutamente egoísta que era.

Su voz fue tan tierna, que le dio un vuelco el corazón. Sonaba tan solitario, dolorido por su necesidad de ella. Isabella alzó la vista hacia él con su inocente honestidad.

-No entiendo este lugar ni a la gente que hay en él. Aquí no distingo lo correcto de lo incorrecto. Eres muy poderoso, y me barres tanto que no me reconozco a mí misma cuando estoy en tus brazos. Ni siquiera te conozco, pero yo... -Se interrumpió, su cara se volvió escarlata, pero encontró valientemente su mirada.

-Isabella -Pareció respirar su nombre, casi con alivio-. Lo que marido y mujer hacen para expresar sus sentimientos el uno por el otro nunca está mal. ¿Cómo puede estar mal algo así? -Sus manos le moldearon el cuerpo, rozando sus pechos, libres bajo la tela fina de su blusa-. ¿Puede esto estar mal, que un marido desee tocar a su mujer, mostrarle la fuerza de sus sentimientos? ¿Deseas vivir durante años sin desear lo que es natural entre un hombre y una mujer? -Sus manos le tiraron de la blusa e inclinó la cabeza hacia los pechos invitadores.

Isabella cerró los ojos cuando látigos de relámpago parecieron danzar a través de su cuerpo. Sus brazos esbeltos le acunaron la cabeza hacia ella. No podía resistirse a él, a su hambre oscura e intensa necesidad. No podía resistirse a la forma en que su cuerpo anhelaba el de él.

-No -susurró derrotada.

Y era cierto. Mejor vivir así, deseando y ferozmente viva, que indeseada, actuando solo para obtener un heredero y detestando el acto como hacían algunas otras mujeres.

Él le levantó la larga falda, sus manos subieron por la carne desnuda del muslo hasta que encontró el caliente y húmedo tesoro que estaba buscando.

-Tú eliminas la oscuridad de mi alma, Isabella -dijo suavemente, su voz era ronca y dolorida cuando empujó a un lado su ropa interior para empujar dos dedos y encontrarla ardiente y apretada, esperando por él- ¿Tanto me temes? ¿Qué crees que haré? ¿Enseñarte a complacerme y después declararte bruja ante el mundo? Realmente me complaces. -Emmett cerró los ojos, saboreando la seda ardiente de su canal, la forma en que su cuerpo bañaba los dedos exploradores con fuego líquido-. Nunca te condenaría sin condenarme a mí mismo. Tú eres mi corazón y mi alma.

Ella temía su posesión, que pudiera hacerla su esclava, que dejara de ser Isabella para ser solo lo que él hiciera de ella. Su cuerpo se estaba moviendo contra la mano, deseándole, anhelándole. Él se liberó a sí mismo de la ropa constrictora y la alzó en brazos.

-Pon los brazos alrededor de mi cuello, piccola, y envuelve las piernas alrededor de mi cintura. -Nunca la dejaría marchar, nunca. Quería que ella le necesitara, que le deseara, que la amara tanto que nunca pudiera pensar en intentar escapar de él. La ataría a él de cualquier modo que pudiera.

-Es a ti a quien deseo, a ninguna otra mujer -Apretó los dientes mientras colocaba su vaina femenina directamente sobre la gruesa y abultada evidencia de su deseo.

Isabella podía sentirle empujar contra ella, caliente y necesitado. El cuerpo de él temblaba, duro como una roca, cada músculo definido. Movió deliberadamente las caderas, un pequeño movimiento circular, incitante, deseándole con cada fibra de su ser. Centímetro a centímetro le tomó en su cuerpo.

Estaba apretada, húmeda e increíblemente excitante.

-Es cierto que he tenido otras mujeres. Todavía podría tenerlas si lo deseara. Pero para mí existes solo tú -susurró, con las manos en su cintura.

El aliento se le escapó en una pequeña ráfaga cuando él la llenó, la posición permitía que ella le estrujara firmemente. Se detuvo varias veces para dejar que el cuerpo de ella se ajustara y acomodara a la invasión del suyo. Empezó a moverse, lenta y fácilmente, cuidadoso con su juventud e inexperiencia. Mantuvo la furia salvaje de su interior firmemente bajo control. Se enterró más profundamente, un poco más duro, buscando ahogarse para siempre en su fuego. Ella consumía la oscuridad interior que se arrastraba como un monstruo ensombreciendo por su vida. Su llama era brillante y pura, una luz blanca y ardiente que le mantenía cuerdo.

Perdió un poco más el control cuando los dedos de ella le aferraron, cuando sus senos le empujaron contra el pecho y el pelo se le derramó alrededor de la cara en una cortina negro azulada. Ella gimió suavemente cuando le presionó la espalda contra la pared para conducirse más profundamente aún en ella. Sus caderas empujaron una y otra vez, enterrándose más profundamente en la feroz vaina. La llevó con él, sus manos la ayudaban a montarle, enseñándole como moverse hasta hacer que apretara los dientes por la necesidad de mantener el control y pudo sentir como los pequeños músculos se cerraban alrededor de él en preparación para su propio alivio. Sintió su cuerpo empezar a moverse en espiral, rizarse y corcovear, provocando su propia respuesta, una explosión violenta de éxtasis, y por un momento pensó que realmente había prendido fuego a su cuerpo y danzaban llamas a su alrededor, alrededor de ella, a través de ambos.

La atrajo a sus brazos, luchando por recuperar el aliento, manteniéndola cerca con la cabeza apoyada en su hombro mientras sus corazones palpitaban a un ritmo frenético. Ambos estaban empapados por su feroz danza.

-No pretendía ser tan salvaje, piccola. Me disculpo por mi falta de control. Me robas la cordura. Temo que todo mi entrenamiento ha sido en vano.

Isabella descansó contra él, incapaz de creer que podía haber semejante placer en la vida como el que había encontrado en los brazos de este hombre. Era poderoso, un aristócrata, en realidad no más que un extraño y uno al que temía, aunque lo encontraba muy atractivo.

-¿Siempre es así entre un hombre y una mujer? ¿Cómo pueden decir tantas mujeres que yacen como una piedra bajo sus maridos mientras ellos "procrean"?

Emmett se puso rígido, una oleada de sangre ardiente le atravesó. Apretó los brazos alrededor de ella hasta el punto del dolor.

-Es impropio por tu parte pensar en otros hombres, Isabella -reprendió-. Nunca seas tan tonta como para buscar la respuesta a esa pregunta. -Había amenaza en su voz.

Permitió que las piernas de ellas cayeran al suelo haciendo que la falda cayera en suaves pliegues alrededor de sus tobillos desnudos.

Isabella era agudamente consciente de que su blusa exponía sus pechos desnudos a la mirada de él, de su semen goteándole por la pierna. Avergonzada, tiró de la tela de vuelta a su lugar, hundiendo los dientes en su labio inferior mientras miraba fijamente al suelo. Emmett le cogió la barbilla con la mano y la obligó a levantar la cabeza.

-Isabella -dijo suavemente con un pequeño suspiro de resignación-. Debes aprender que ahora eres una mujer casada y sujeta solo a tu marido.

-Hice una pregunta para conocer la respuesta -dijo en voz baja-. Creía que una podía preguntar esas cosas a su marido. Sue me dijo que solo tú deberías responder a mis preguntas. ¿Tenemos simplemente esta... relación... y ninguna otra? -Isabella parecía triste-. Había creído que seríamos amigos también, que podía preguntarte cualquier cosa que no supiera. ¿No es eso lo que habrá entre nosotros?

La cólera se calmó, dejándole sintiéndose avergonzado y culpable.

-En realidad, bambina, lo malinterpreté. La Signorina Swan tiene razón. Tu marido debería instruirte en estas cuestiones. No sé por qué te hablé bruscamente. Fue un error por mi parte. -Se inclinó para rozar su boca gentilmente sobre los labios de ella todavía hinchados por la pasión-. Sé que seremos amigos. Y puedes preguntarme cualquier cosa. No, no siempre es así entre un hombre y una mujer. Isabella... -Dudó, como si buscara las palabras correctas-. No estés sola en presencia de otros hombres. No es seguro para ti.

-¿Quieres decir de tu Nonno? Él no tiene razón para hacerme daño.

-Atiende a mis palabras, cara mía -reiteró-. No es seguro.

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Ya casi llegamos al final de nuestro maratón jaja

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¡Nos leemos pronto!