No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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-Angela ya está aquí, Isabella -dijo Alice petulantemente-. Apúrate. Queremos que vengas con nosotras.

Isabella sonrió a Stefan y Sue mientras tomaba otro sorbo del té caliente que la había estado esperando.

-Siempre parezco perderme el desayuno, Stefan. Grazie por todos los problemas extra que tienes por mi culpa. Se aprecia mucho -Sonrió a Alice, que le estaba tirando de la falda-. En cuanto a ti, pequeño diablillo, debes aprender a tener paciencia. Si no como lo que Stefan tan hábilmente ha preparado para mí, no volverá a hacérmelo.

Alice rió.

-Por supuesto que lo hará. Siempre lo hace.

-Entonces deberías tenerle en alta estima y tratarle con gran respeto. Recuerda esto siempre, bambina. Aquellos que cuidan de ti y trabajan duro por ti siempre deben ser tratados con el apropiado respeto. Son más que sirvientes, deberían ser de la familia. ¿Entiendes? -Isabella impartió el consejo gentilmente, inclinando hacia arriba la cara de la niña para poder dejar un beso rápido en su mejilla- ¿Te ocuparás de Sue por mí? Me preocupaba por ella hasta que recordé que estaba contigo. Sabía que serías buena con ella.

Alice sonrió, radiante con el elogio.

-Prometió contarme historias de ti cuando eras bambina.

Isabella rió suavemente.

-Esas historias podrían no ser apropiadas para tus oídos. Siempre estaba metida en problemas. Ven a darme un beso de buenos días y llévate a Angela al patio para tu retozo matutino. La lluvia nos ha traído un día fresco y limpio.

Esperó hasta que las dos niñas la hubieron besado y abrazado y se marcharon para jugar antes de volver su atención hacia Sue.

-¿Por qué me estás mirando como si me hubieran crecido dos cabezas?

Sue golpeó ligeramente la mano de Isabella.

-No hay necesidad de esa lengua afilada, piccola. No estoy mirándote de ningún modo. Quizás te sientas culpable por dormir la mayor parte del día.

Isabella se encontró a sí misma ruborizándose. Su sueño había sido interrumpido placenteramente por su muy ruborizado marido. Isabella estaba insegura de sí misma, insegura de si las cosas que estaba haciendo en su cama estaban bien como su marido le aseguraba.

-Tengo intención de dar un paseo esta mañana -respondió tranquilamente-. ¿Cómo te fue todo anoche, Sue? ¿Nada fue mal en esa habitación, verdad? ¿La joven Alice no intentó entrar de nuevo en el pasadizo, no?

-Don Cullen se aseguró de que no lo hiciera. La llevó al pasadizo y le mostró que había trampas ocultas. -Sue frunció el ceño- Fui con ellos para asegurarme de que la niña no pensara que era un castigo- Había ido para mantener a Alice a salvo. No confiaba en el don ni en los que estaban a sus órdenes- Deberías recordar, Isabella, que fue un antepasado del don quien creo esa cosa perversa. Incluso entonces había asesinato y locura en la familia. ¿Qué hombre normal pensaría en cosas tan malvadas? -Su voz era sombría.

Isabella rió suavemente.

-¿Has visto la mazmorra? Cuando él tenga intención de convertirla en mi hogar, te lo diré.

-No te lo tomes a la ligera, Isabella -reprendió Sue.

Isabella se inclinó para besarle la mejilla.

-Lo siento. Solo quería verte sonreír. Es un hermoso día. Prometo encontrarme contigo en el patio y quitarte a esos diablillos de las manos tan pronto como pueda.

Sue sonrió a pesar de sí misma.

-Siempre encuentras una forma de librarte de mí. -Se acercó, mirando hacia los guardias para asegurarse de que no estaban prestando mucha atención- Lo siento, piccola, pero debo confesar, algo no fue del todo bien. Puse una silla delante del pasadizo anoche como me indicaste, para asegurarme de que nadie pudiera entrar en la habitación mientras dormíamos. También cerré la puerta y quité la llave. Me dormí, pero después desperté al oír ruido en la puerta. -Bajó la voz incluso más- Creo que alguien estaba intentando entrar en la habitación.

La sonrisa decayó en la cara de Isabella. Su corazón pareció detenerse. El color desapareció de su cara.

-Deberías habérmelo dicho al instante. Sabía que nunca debería haberte pedido que te quedaras aquí. Lo sabía -De repente parecía feroz- Nadie va a intentar hacerte daño a ti o a Alice. Pediré a Emmett que coloque guardias en tu puerta por la noche.

Sue la evaluó con ojos serios.

-Podría ser el don quien buscara hacernos daño. No lo sabemos, bambina. -Intentó suavizar la sospecha con cariño.

-No es Emmett. -negó Isabella- Sé que no.- Incluso a sus propios oídos sonaba desafiante en vez de segura. Estaba perdida en la red erótica que él había tejido a su alrededor, un hechizo tan fuerte que no podía escapar de él.

-Espero que tengas razón -dijo Sue suavemente mientras se levantaba.

Isabella no la miró, golpeando los dedos sobre el tablero de la mesa mientras consideraba su relación con Emmett. Era muy gentil y tierno con ella, pero podía sentir el fuego que rabiaba en su sangre, haciendo de él un hombre oscuramente apasionado. Era evasivo, reuniéndose a todas horas del día y de la noche con visitantes que entraban y salían a hurtadillas del palazzo antes de que ningún otro pudiera verles. Protegía a esos invitados de ojos curiosos. Dos veces había observado Isabella a Jasper rondando cerca pero fuera de la vista, como si se estuviera ocultando de sus hermanos al igual que del flujo constante de visitantes.

¿Eran asesinos pagados? Emmett había admitido ante ella que eliminaba las amenazas para su gente y tierras tan pronto como oía hablar de ellas. Repentinamente consciente del silencio de la cocina, Isabella se puso en pie, sonriendo a Stefan.

-Una comida excelente, como siempre. No sé qué haría Don Cullen sin usted, signore. ¿Hay algo que necesite? Me ocuparé de que lo consiga. -Hizo el ofrecimiento con la esperanza de que fuera cierto. Emmett parecía satisfacer sus caprichos. Con frecuencia le sonreía con gran diversión, pero era indulgente con ella.

Stefan hizo una reverencia.

-Don Emmett ya me ha hablado esta mañana, Donna Isabella. ¡Grazie! ¡Grazie! Le haré una lista, y ha dicho que se hará. Es usted realmente un ángel.

Isabella sonrió suavemente y sacudió la cabeza.

-No has pedido la opinión de mis guardias, Stefan. Me temo que ellos no estarían de acuerdo contigo.

Los dos hombres sacudieron las cabezas ante sus tonterías y la siguieron fuera de la habitación, tan silenciosos como siempre. Sus sombras. Isabella sonrió mientras recorría el pasillo hacia la recámara de Sue. Quería examinarla y después la habitación donde Alice había estado tan enferma. ¿Qué había en las dos habitaciones que la ponían en guardia? Estaba acostumbrada a los espacios abiertos, acostumbrada a la libertad, a no a ser observada a cada minuto del día y de la noche. Algo profundamente en su interior se alzaba en rebeldía, y su fuerza era aterradora.

Una sombra oscura la atravesó cuando se acercó a una habitación en el piso inferior, una que nunca había explorado. Disminuyó el paso, sus pies se giraron casi automáticamente, y la sombra se alargó y creció en su interior. La puerta estaba entreabierta, y se asomó dentro. La habitación era un estudio de algún tipo, con libros y pinturas del suelo al techo. Nunca había visto tal riqueza. Isabella abrió más la puerta y vio a la mujer que la había atraído allí.

La misma doncella que le había prestado la escoba estaba intentando limpiar el polvo, pero no podía alcanzar el punto que intentaba limpiar. Isabella podía oír los gemidos de dolor amortiguados mientras trabajaba por alzar el brazo. Muy suavemente, Isabella cerró la puerta a los dos guardias y fue hacia la mujer.

-Estás herida. -dijo- Soy una sanadora. Quizás pueda ayudarte.

La mujer se dio la vuelta, con la cara manchada de lágrimas, y los ojos de un rojo brillante. Cuando vio a Isabella, pareció aterrada, el color abandonó su cara.

-Yo... no estoy herida, Donna Cullen. Está equivocada. Estoy haciendo mi trabajo. -Sus ojos saltaban de un lado a otro, recorriendo la habitación y después la puerta temerosamente, recordando a Isabella a un animal salvaje atrapado en una esquina.

La sombra en ella creció más fuerte. Miró por la amplia ventana. Desde el sendero una gárgola grande y grotesca la observaba en silencio, con ojos fijos.

-Dime tu nombre. -Era su primera orden como nueva señora del palazzo.

La mujer palideció incluso más.

-Por favor, Donna Cullen, necesito el trabajo aquí. Tengo tres bambini. No puedo alimentarlos sin trabajar. -Cuando Isabella continuó mirándola, la mujer miró fijamente al suelo enlosado- Me llamo Esme. Mi marido era el capitán de la guardia personal de Don Cullen. -Dijo lo último con orgullo- Le mataron en la última batalla. El don fue lo bastante amable como para permitirme trabajar aquí desde entonces.

Algo se retorció en el estómago de Isabella. Había débiles magulladuras en el cuello y los hombros de Esme. Cuando vio que Isabella la inspeccionaba, la doncella tiró de sus mangas por debajo de las muñecas, pero no antes de que Isabella pudiera ver los extraños círculos negroazulados alrededor de la piel como unos brazaletes.

-Quiero ver -dijo Isabella. Utilizó la voz hipnótica de la sanadora.

-Por favor, no -dijo Esme suavemente incluso mientras lentamente tiraba del cordón de su blusa. La tela cayó para rebelar su piel, manchada por moratones y varias extrañas marcas de quemaduras. Isabella se acercó, intentando no parecer tan sorprendida como se sentía. Esme parecía haber sido torturada.

Isabella extendió sus dedos gentiles y tocó la peor de las magulladuras a lo largo de las costillas de la mujer, sintió los ramalazos de violencia. Alguien había atacado a Esme, utilizándola malamente, haciéndole daño deliberadamente. La doncella se negaba a mirarla, temblando por miedo a ser descubierta.

-¿Quién te hizo semejante cosa? -preguntó Isabella, tan ultrajada que apenas podía coger aliento- No deberías estar trabajando en estas condiciones. Necesitas descansar para recuperarte.

La mujer retrocedió alejándose de ella, un nuevo flujo de lágrimas corría por su cara.

-Por favor, se lo suplico, Donna Cullen, por favor no se lo cuente a nadie. Por favor no deje que nadie sepa lo que ha visto.

Isabella subió de un tirón la manga de la doncella

-Te ató. -La enfermaba por dentro. ¿Quién sería tan malvado y depravado para hacer algo así a una mujer?

La mujer empezó a rezar ruidosamente a la Madonna, sus sollozos eran más fuertes que nunca.

-Me va la vida si él averigua que lo sabe, que me ha visto. ¡Mi vida! Puedo trabajar. Trabajaré. Por favor signora, no soy una puta. Solo hago lo que debo para sobrevivir y cuidar de mi bambini.

-Dime quién te ha hecho esto. Debemos acudir a mi marido -dijo Isabella.

Esme se lanzó de rodillas, envolviendo los brazos alrededor de las piernas de Isabella, llorando salvajemente.

-¡No! ¡Por amor de Dios, no lo haga! Es mi misma vida. Tengo al bambini. No puede contárselo a él.

Isabella se presionó una mano sobre el estómago repentinamente revuelto. ¿Qué quería decir Esme? Seguramente no temía que Emmett pudiera castigarla por lo que le había hecho algún rudo soldado. Bajó la mirada hacia la cabeza inclinada de la doncella, hacia su cuerpo magullado, y de repente se quedó muy quieta por dentro. Su corazón comenzó a palpitar alarmado. No había sido ningún soldado. Claro que no. Como viuda del capitán de la guardia, seguramente Esme habría acudido al don y pedido que el soldado fuera castigado. Quien fuera que hubiera utilizado a Esme de forma tan depravada era miembro de la aristocracia. ¿Quién más estaría tan enfermo como para utilizar a otro ser humano, pensando que estaba en su derecho? Pero Esme sentía terror ante la idea de acudir a Emmett. ¿Qué significaba eso? De repente, el recuerdo de la noche de bodas volvió a atormentarla. El don la había dejado, y cuando había vuelvo, tenía arañazos frescos en el pecho.

El recuerdo era vivido en su mente. Ella no sabía nada, era una inocente, no había sabido como complacerle. Pero seguramente él no era capaz de un acto semejante. Isabella miró de nuevo las magulladuras. El padre de Emmett había enviado mujeres a sus hijos para que fueran utilizadas, sin preocuparse por los sentimientos o deseos de las mujeres. ¡No! Isabella no creería algo así de Emmett. No era hombre que torturara a una mujer por placer. Podía ser feroz haciendo el amor, podía ser apasionado y exigente, pero nunca haría daño a una mujer.

-Calla, Esme -advirtió Isabella amablemente -los guardias están fuera. Sé que puedo ayudarte. Dime quién te hizo esto y será castigado.

-Nunca. -Esme se apartó de ella- Señora, por mi vida, si dice algo, él me matará. Matará a mi bambini. Sostuvo un cuchillo en la garganta de mi niño dormido y me dijo lo que haría si usted o algún otro lo averiguaba.

Las cejas de Isabella se alzaron.

-¿Yo? ¿Se refirió específicamente a mí? -La doncella se estaba girando alejándose de ella, obviamente demasiado asustada para acudir al don o a su esposa en busca de ayuda. Isabella la cogió del brazo- ¿Dijo si yo lo averiguara?

Esme la miró con ojos aterrados. Lentamente, asintió.

El corazón de Isabella estaba a punto de hacerse añicos.

-No diré nada, Esme, pero creo que puedo encontrar una forma de protegerte. Y debes dejarme intentar sanarte.

Esme agachó la cabeza, avergonzada.

-¿Por qué iba a ayudarme?

Isabella sonrió amablemente.

-Ambas somos mujeres, Esme, ambas aldeanas. Nuestra única esperanza es permanecer unidas. Encontraré una forma de protegerte. Cuando sientas que puedes confiar en mí, apreciaré que me cuentes quién te hizo esto. Si puede utilizarte tan enfermizamente, hará lo mismo con otras.

Ambas se quedaron en silencio mientras Isabella posaba las manos sobre las costillas magulladas de Esme. Podía sentir el calor sanador alzándose en su interior, saliendo de su cuerpo y entrando en el de Esme. La doncella jadeó y la miró fijamente, casi temiendo el poder que fluía de Isabella hasta ella. Isabella normalmente utilizaba elaborados rituales para cubrir su habilidad especial, pero sentía que mostrarse confiadamente vulnerable era necesario para ganarse la confianza de la mujer. Esme podía llamarla bruja, alzar un grito del que ni siquiera Don Cullen pudiera salvarla. Las dos mujeres se miraron fijamente la una a la otra durante un largo tiempo, la doncella obviamente luchando por aclarar la mente. Isabella suspiró suavemente cuando Esme apartó la mirada.

-No puedo contarlo, Donna Cullen. Es mi vida, y tengo que proteger a mi bambini. Estoy en deuda con usted, y lo sé. Si tiene necesidad de mí, haré lo que pueda por protegerla y servirla siempre.

Proteger y servir. Una extraña forma de ponerlo. ¿Qué sabía Esme que Isabella no? Había peligro ahí, Isabella podía verlo en la advertencia de los ojos de la doncella.

-Veré lo que puedo hacer para protegerte, Esme.

Isabella la tranquilizó suavemente y se deslizó por la puerta, asegurándose de que los guardias no captaban un vistazo del ocupante de la habitación. Sabía que informaban diariamente de sus actividades al don. Se estaba irritando más y más por las restricciones, por los ojos vigilantes.

Cuando Isabella entró en la habitación que Alice había ocupado cuando estaba tan enferma, dejó a propósito la puerta abierta para que los guardias pudieran permanecer muy cerca. Se sonrió a sí misma, pensando que los soldados eran un arma de doble filo. Los necesitaba a veces y se resentía con ellos en otras. Algo en esta habitación la ponía claramente nerviosa. Era como si el mal hubiera quedado atrapado dentro de las mismas paredes. Todavía acechaba allí, horrendo y despiadado en su hambre, rezumando inesperadamente para cogerte desprevenido. Las ventanas de colores evitaban que la luz del sol entrara completamente, así que la habitación parecía oscura y sombría, las tallas subían por las paredes hacia el techo, extendiéndose como una insidiosa plaga. La escena mostraba a la aristocracia con sus mejores galas siendo arrastrada al mar. Las rocas dentadas destrozaban los botes, y legiones de soldados caían a las espumosas y rugientes olas.

La araña de luces ya había sido reparada, una vez más colgaba del techo con nuevas colgaduras. Si la tierra hubiera temblado como cuando había pronunciado sus votos, eso explicaría en parte el extraño fenómeno que había tenido lugar esa noche, las extrañas sombras cruzando la habitación como resultado de la forma en que las llamas había titilado y danzado sobre las tallas mientras las paredes temblaban. Vio en la pared más alejada un hueco como el que había en la habitación de arriba. Un bote dorado idéntico, ornamentado y hermoso, estaba en el hueco. Lo miró con asombro.

Isabella se acercó más a la pared para estudiar las tallas. La mayoría eran serpientes de algún tipo con perversos colmillos y garras. Frunció el ceño mientras pasaba el dedo por las formas profundas de la talla. Había algo justo delante de ella, algo que la eludía. Estaba tan cerca, estaba arañando su cerebro, pero se negaba a presentarse.

Los guardias sacudieron las cabezas cuando subió arriba, directa a la recámara que compartían Sue y Alice. De nuevo tenía el mismo extraño presentimiento de maldad. Miró a la pared con alivio. Era muy similar a la de abajo.

-Mira esto. -dijo al guardia más cercano- Obviamente el artista era un hombre muy violento. -Tocó la punta de lo que parecía una garra afilada.

Isabella se sentó en la cama y miró al mural, deseando ver las obras de arte de ambas habitaciones lado a lado. Algo se movió bajo la colcha, rozándole los dedos. Saltó fuera de la cama, tan sorprendida que dejó escapar un grito de sorpresa. Inmediatamente el guardia más cercano tiró de ella para ponerla a su espalda.

-¿Qué pasa, Donna Cullen?

El segundo guardia, Ben, la colocó aún más atrás, casi empujándola fuera de la habitación. Isabella intentó asomarse a su alrededor cuando el primer guardia cogió el borde de la colcha y la arrancó de la cama. Al instante una bola de escorpiones cayó al suelo, una masa negra y marrón que se retorcía y bullía esparciéndose inmediatamente en diferentes direcciones a través del suelo azulejado.

Isabella miró con horror a las horrendas criaturas mientras los guardias les daban caza. Los venenosos insectos eran rápidos. Era una idea espantosa el que alguien hubiera dejado caer un enjambre de ellos en la cama en la que Sue y Alice dormían.

-¿Por qué? -Hizo la pregunta en alto.

-¡Cuidado! -chilló Ben, empujándola nada suavemente hasta el corredor, estampando el tacón de su bota con fuerza sobre un escorpión que se había arrastrado demasiado cerca del pie desnudo de Isabella.

Isabella se tambaleó hacia atrás, intentado desesperadamente recuperar el equilibrio. El guardia saltó para estabilizarla. Otra mano saltó para arrastrarla a la seguridad. Fue levantada contra el cuerpo duro de su marido.

-La torre me está pareciendo cada vez mejor -murmuró él, sus ojos oscuros atravesaron al guardia y a las criaturas venenosas que se extendían por el suelo de mármol.

Don Cullen la tomó en brazos, manteniéndola bien lejos del peligro mientras ayudara a sus guardias a librarse de los escorpiones.

Sus dos hermanos estuvieron pronto allí también, aplastando a las criaturas, Edward recorriendo cada centímetro de la habitación.

-Alice no puede quedarse aquí. -anunció, su cuerpo temblaba- ¡Debe hacerse algo, Emmett! Esto no puede continuar. -Su tono era acusador, su expresión oscura y peligrosa.

El corazón de Isabella se compadeció de él, sabiendo que debía estar temiendo por su hija y estaría furioso porque alguien hubiera hecho semejante cosa. No podía culparle por su furia. Su hija había estado en peligro en más de una ocasión.

-¿Por qué iba a querer alguien hacer daño a Alice? Es solo una niña -Dio voz a lo que los demás no iban a decir.

-La maldición. -dijo Jasper suavemente- Estamos maldecidos a perder a todas nuestras mujeres. -Era una amenazadora advertencia, y sus ojos estaban posados en Isabella cuando la pronunció. Los brazos de Emmett se apretaron a su alrededor como bandas gemelas, amenazando con dejarla sin aire.

-La maldición es nuestra, Jasper, no de nuestras mujeres, y me niego a permitir que controle mi vida. Eso no fue ninguna "maldición". -Gesticuló hacia los escorpiones muertos o moribundos- Un humano reunió y trajo esas cosas a esta habitación. -Isabella podía sentir la furia corriendo por el cuerpo de su marido, una rabia que se negaba a ceder a la superstición que dominaba sus vidas- Quiero que todos los sirvientes sean interrogados. Cada uno de ellos. Llegaremos al fondo de esto. -Sus ojos negros atravesaron a Jasper.

Jasper asintió silenciosamente.

-Estaban bajo la colcha, Don Cullen -anunció Ben- Donna Isabella casi colocó la mano sobre ellos.

Emmett le dio una pequeña sacudida, como si ella fuera la responsable de la tragedia que había estado a punto de ocurrir.

-Estoy considerando seriamente el encadenarte a mi cama.

-No podemos arriesgarnos a que ninguno se escape, Edward. Debemos trasladar a la Signorina Swan y a Alice a otra habitación inmediatamente. La pobre niña pronto sentirá que no tiene hogar.

-Mejor estar a salvo -dijo Edward. - Buscaré la recámara yo mismo. No quiero que ninguna de sus cosas sean llevadas a la nueva habitación cuando una de esas criaturas venenosas podría ser llevada junto con ellas.

Emmett asintió y se giró con Isabella entre sus brazos para llevarla vestíbulo abajo hacia su recámara. Una ráfaga de excitación calentó su sangre, y se relajó en sus brazos.

-No encontré los escorpiones a propósito para provocarte -le informó.

-¿Cómo te las arreglas para meterte en estos incidentes? -preguntó él, empujándola al interior de su recámara mientras la puerta se cerraba de golpe tras ellos.

-Sue dice que tengo un don -admitió Isabella, impenitente.

Se retorció para recordarle que la bajara, pero descubrió, cuando sus senos se movieron contra el pecho de él a través de la tela de su blusa, que su piel estaba de repente caliente y su cuerpo agresivo.

-¿Dónde están todos esos vestidos nuevos que te hicieron las costureras? -exigió Emmett, dejando que sus pies desnudos tocaran los azulejos.

Los ojos de Isabella se oscurecieron, la sonrisa decayó en su boca.

-¿Qué tiene de malo mi propia ropa? -Sonaba herida.

El corazón de Emmett dio un vuelco ante esa nota triste.

-No puedes pensar que me avergüenzo de ti, piccola -dijo suavemente, su voz bajó un octavo hasta que ronroneó a lo largo de su piel como el toque de sus dedos- No me habría casado con una mujer de quien me avergonzara.

-Me gusta mi propia ropa. Estoy cómoda con ella. -Retrocedió defensivamente- Tengo planeado ponerme los nuevos vestidos cuando tengamos que entretener a alguien. -Incluso a sus propios oídos sonaba joven e insegura. Dio otro paso lejos de él- Yo no pertenezco a este lugar, Don Cullen. Aquí no puedo respirar. No entiendo lo que pasa aquí. No puedo ser una esposa apropiada para alguien como tú.

-¿Qué ha llevado a esto, Isabella? -preguntó él suavemente, siguiéndola por la habitación- Tú eres mi esposa. No tendré otra. Estás haciendo lo necesario para convertirte en la señora del palazzo. Los guardias, los criados... todos ellos te aceptan con facilidad. Carmen y Tanya saben que deben hacerlo también. Viven en nuestra casa por nuestra generosidad.

-No quiero esa clase de poder. Provengo del villaggio. Sé que da mucho trabajo llevar una casa de este tamaño, pero no me gusta la forma en que se trata aquí a los sirvientes, y no puedo ser parte de ello. -Alzó la barbilla hacia él incluso cuando le cortaba la escapada plantando su cuerpo firmemente delante de ella.

Emmett extendió la mano y le recogió el pelo gentilmente tras la oreja. El gesto fue tierno, y su palma le rozó la piel haciendo que se estremeciera.

-Soy consciente de que no había notado que Erik tenía demasiado trabajo. Le he proporcionado más ayuda y hecho los cambios que él sugirió. Stefan también me ha informado de ciertas necesidades ante tu sugerencia. Te agradezco haberme llamado la atención sobre esos asuntos. Estuvo mal por mi parte contar con que otros llevaran mi casa sin solicitar su consejo.

Isabella suspiró, pareciendo tan confusa como se sentía. Había prometido a Esme que no revelaría su secreto, y no se retractaría de su palabra, pero era más que de Erik de lo que estaba hablando.

-Tú no lo ves, no puedes coger una planta de donde pertenece y esperar que prospere. Se marchitará y morirá.

-Tú has trasplantado plantas, cara mia. -señaló él gentilmente- He estado en tu jardín en las colinas. Te las has arreglado para mover muchas plantas, prosperan, crecen y parecen sanas.

Isabella tragó con fuerza, sus ojos eran grandes y oscuros.

-¿Desde cuándo has estado observándome? -Estaba temblando, presionándose una mano sobre el estómago de repente revuelto.

La mirada negra de él no vaciló mientras la miraba. Era alto, arrogante, impenitente.

-¿Y eso qué importa?

-Me importa a mí -respondió ella, el corazón le palpitaba con fuerza. Había creído tener libertad, había pensado que el villaggio la protegía. Y todo el tiempo él había sabido de ella. Todo el tiempo había planeado apartarla de su hogar.

-Eso no es cierto. -negó él, aunque ella no había puesto sus pensamientos en palabras, prueba de que su lazo se fortalecía- No tenía intención de reclamarte para mí, solo de protegerte. No quería que la maldición Cullen te reclamara como a todas las demás. Vivo cada día con el conocimiento del asesinato en los corazones de los hombres y de que te he puesto en peligro.

-¿Por qué lo hiciste?

Hubo un golpe insistente en la puerta. Emmett cerró los ojos y sacudió la cabeza como si intentara resistirse a la interrupción.

-¿Por qué lo hiciste? -insistió Isabella- Esto es importante para mí.

-Lo sé, piccola, pero están pasando cosas de las que debo ocuparme. Ten paciencia, y no me condenes por lo que debo hacer para proteger a nuestra gente.- Se pasó una mano por el pelo, con aspecto de cargar con el mundo.

Al instante el corazón de Isabella dio un vuelco, y se encontró deseando abrazarle. Incluso dio un paso hacia él. Emmett la encontró a medio camino, acunándola, con los labios en su pelo.

-Me encanta como vistes, piccola, pero te encuentro demasiado atractiva a la vista. Los hombres te miran, y ven algo que tú, en tu inocencia, no puedes concebir. Sé que llevas poco bajo tu ropa, y los vestidos te cubrirán más adecuadamente.

Ella alzó una ceja.

-Tú no los has visto. Y cuando vago por las colinas, debo llevar algo cómodo.

Emmett gimió cuando los golpes en la puerta se volvieron más insistentes. Sus brazos se tensaron por un momento, después le alzó la barbilla de forma que sus miradas se encontraran.

-Sé que necesitas el consuelo de tu marido, y hay muchas cosas que no entiendes, pero confía en mí, Isabella, un poco más. Ten fe en mí. -Y desapareció tan bruscamente como la había dejado en su noche de bodas, partiendo a otra de sus reuniones secretas.

Isabella estaba de pie en medio de la recámara sintiéndose desolada. Necesitaba consuelo, urgentemente. Le dolía la cabeza de intentar unir todas las piezas del puzzle. Las respuestas estaban allí, justo fuera de su alcance.

Los guardias estaban esperando fuera de la recámara cuando salió. Emmett ya había desaparecido de la vista. No quería pensar más en la maldición. Quería salir al aire frío y crispado y respirar el mar. Quería mirar a sus colinas y estar con las niñas.

Isabella se apresuró por el corredor, consciente de sí misma por primera vez en su vida. Las cosas no eran como Emmett había descrito. Su ropa era útil, simple, no atraía las miradas de los hombres.

Alice y Angela corrieron hacia ella cuando entró en el patio. Sus caras estaban sonrosadas de correr, sus ojos brillaban de alegría infantil

-¡Íbamos a buscarte! -saludó Alice alegremente- Tardabas mucho.

Isabella estaba complacida al ver que iban de la mano, ya buenas amigas. Las besó a ambas, riendo mientras bailan a su alrededor en su exuberancia. La brisa era fresca en la cara de Isabella, trayendo al mar con ella. Miraba de las niñas risueñas al jardín de flores, arbustos y árboles y se sintió viva de nuevo.

Sue sonrió gentilmente hacia ella.

-Hay sombras en tus ojos.

Isabella levantó la mirada a la fila de ventanas. Parecían maliciosas, mirándola con gravedad.

-Fui a mirar el mural de tu recámara y casi metí la mano en un nido de escorpiones que alguien había colocado bajo la colcha de tu cama. -Lo dijo suavemente, asegurándose de que las niñas gritonas no la oían.

Sue jadeó, palideciendo visiblemente.

-¿Escorpiones? ¿Quién haría tal cosa?

-Tengo mucho miedo por Alice, por no mencionarte a ti, Sue, creo que la sopa que tomó Alice y que la puso enferma estaba envenenada a propósito. Las voces que oye son muy reales. No sé por qué su vida estaría en peligro, pero así lo creo. Debemos vigilarla todo el tiempo. Ya he pedido al don que coloque guardias en vuestra puerta por la noche. Os está trasladando a ti y a la bambina a otra habitación.

-¡Isabella! -chilló Angela- ¡Vamos! Encuéntranos.

Isabella observó a las niñas desaparecer en el laberinto.

-Será mejor que las siga. Si no las canso antes de la noche, nos mantendrán a las dos levantadas hasta tarde.

-Angela hace más preguntas que diez niños, -dijo Sue con una sonrisa- y Alice está empezando a seguir su ejemplo. Se está pareciendo más y más a una niña normal. Angela es una buena influencia para ella. La vigilaré todo el tiempo, Isabella.

-Bueno, voy a perseguir a esos diablillos y darte un bien merecido descanso. -Isabella echó un vistazo a los guardias desprevenidos y echó una carrera, un relámpago de pies desnudos y pelo largo volando, su risa se burlaba de los soldados cuando el laberinto se la tragó.

Sue saltó fuera del camino cuando los dos guardias saltaron tras su protegida. Isabella estaba ya bien fuera de la vista, corriendo a lo largo de las vueltas y giros, siguiendo el sonido de la risa de las niñas. Había florcillas esparcidas por los senderos, y bajo sus pies desnudos la exuberante alfombra de hierba se sentía suave y natural. Corrió rápido, alzando la cara hacia el viento, sintiéndose libre. Cuando Isabella supo que estaba a cierta distancia del centro del patio, freno para poder disfrutar de la belleza del laberinto. Los arbustos eran altos, por encima de la cabeza, y muy espesos, formando una pared sólida que no podría atravesar.

-¡Isabella! -Angela se estaba riendo, su voz joven despreocupada y feliz- ¿Dónde estás?

-¿Donde estás? -repitió Alice- No puedes encontrarnos- Hubo más risitas justo adelante, así que Isabella frenó más para no cogerlas demasiado rápidamente.

-Estoy justo detrás de vosotras -gritó, intentando bloquear todo lo siniestro y espantoso del palazzo para disfrutar de este momento con las niñas.

Las dos pequeñas chillaban de deleite. Podía oír sus zapatos en el suelo mientras corría adentrándose más aún en el retorcido laberinto.

-Quedaos juntas -aconsejó, incapaz de evitar que se le escapara la amonestación.

Con frecuencia el pasadizo que atravesaba el laberinto era estrecho y conducía a un callejón sin salida o una vuelta en círculos largos y concéntricos. Isabella estaba ahora profundamente dentro del laberinto, siguiendo a las niñas por el sonido de sus voces. A veces podía oírlas bastante cerca, aunque no habría podido tocarlas si hubiera extendido el brazo a través de los gruesos setos. Otras veces parecían estar a alguna distancia. Las botas de los soldados golpeaban con fuerza el camino mientras estos corrían para cogerla.

Sorprendidos por tanta actividad poco habitual, los pájaros tomaron el aire, moviendo las alas y chillando protestas, abriendo los picos. Al principio Isabella se rió de ellos, pero después empezó a encontrar aterradoras a las precipitadas criaturas. Alzó la mirada al cielo. Una sombra estaba pasando sobre el laberinto. Un bosquejo se alzó del suelo para envolverla. Al instante sintió frío.

Isabella dejó de moverse bruscamente y se quedó muy quieta. Hubo aleteos sobre su cabeza. Tomando un profundo aliento, levantó la mirada de mala gana. El cuervo negro estaba posado en las ramas de un arbusto espeso al final del pasillo donde una curva aguda escondía el resto del camino. Parecía estar creciendo la oscuridad en el laberinto. Tragó el súbito nudo de miedo que bloqueaba su garganta.

-Otra vez no. ¿Dónde están las niñas? -Alzó la voz, muy asustada- ¡Angela! ¡Alice! -Su voz sonaba temblorosa- Tenéis que encontrarme ahora. ¡Venid a mí!

El miedo en su voz alarmó a los guardias.

-Donna Isabella, quédese donde está. Iremos hasta usted -ofreció Ben- ¿Tiene problemas?

Si, tenía problemas. El pájaro le decía que había problemas. Aunque no sentía heridas ni enfermedad. El viento llevaba historias de accidentes. Las niñas todavía reían jovialmente. ¿Así que por qué estaba allí el cuervo, advirtiéndola de algún infortunio cercano? Isabella no podía decirles eso a los guardias. Empezó a regañadientes a caminar hacia el pájaro. Este la observó aproximarse con sus ojos pequeños y redondos. Isabella esperaba que volara en una dirección u otra, pero en vez de eso, cuando se acercó, este giró por el suelo, plegando las alas y saltando hacia el arbusto que formaba la curva del laberinto.

Isabella podía sentir como el corazón le latía con fuerza, y la boca se le quedó seca en temerosa anticipación. Las sombras se arrastraban desde el palazzo hasta el laberinto. Demonios grotescos extendían los brazos, los guardianes del palazo maldito buscando mantener a salvo sus secretos. Observó al pájaro mientras este saltaba resueltamente por el suelo.

Renuentemente lo siguió por la curva. El laberinto ofrecía una elección a la izquierda o derecha, ambos giros abruptos, uno ligeramente más estrecho del otro. El pájaro eligió el angosto y más silvestre. Los arbustos no estaban allí bien atendidos, y pequeñas ramas rozaron su piel cuando lo recorrió lentamente. Oía las risitas de las niñas como si estuvieran a gran distancia. El ruido habría debido ser tranquilizador, pero sonaba burlón, como si el laberinto hubiera tomado las notas alegres y las hubiera retorcido hasta una risa malvada. Los soldados la llamaban, ambos. Estaban corriendo, y podía decir que se había dividido para buscarla. Quiso responderles, pero el miedo que la estrangulaba lo evitaba. Tenía frío, incluso se estremecía, pero su piel estaba húmeda por la transpiración. El pájaro giró la cabeza hacia ella, mirándola con un toque de malevolencia que ella asociaba con las ventanas y gárgolas del palazzo.

-Muéstramelo simplemente -exclamó, sus puños se apretaban en los bolsillos de la falda. No quería saber de más problemas; estaba luchando por encontrar un lugar en su nueva casa con un hombre al que apenas conocía. Un hombre que la hipnotizaba. Que la tentaba. Se pasó por el pelo una mano temblorosa con agitación, los ojos se le llenaron de lágrimas. No quería saber de más problemas. Ya no quería tener miedo.

El pájaro graznó hacia ella, con un tono feo y acusador. Se limpió las lágrimas de un manotazo, alzando la barbilla en desafío. Casi a sus pies, el pájaro estaba inclinado hacia los arbustos y tiraba de algo de color claro. Se arrodilló para extender el brazo más allá de la criatura, para agarrar el trozo de tela y tirar. Estaba profundamente enganchado en las ramas espinosas. Su corazón empezó a palpitar. Reconoció la tela. La había visto docenas de veces. Normalmente era de un azul desteñido, pero ahora parecía sucia y estropeada, cubierta de una gran cantidad de manchas parduscas.

Isabella se dejó caer sentada en el suelo, aferrando la camisa de Michael. Lo sintió entonces, la terrible vibración, los ramalazos de violencia. Michael estaba muerto, asesinado allí en el laberinto, muerto todo este tiempo. Mientras ella se casaba y hacía el amor con el don y reía con las niñas, él estaba muerto, su vida arrebatada para siempre, su único crimen había sido querer casarse con Isabella. Su marido le había llevado al laberinto. Su marido había salido solo del laberinto, con los nudillos arañados y sangre en su camisa inmaculada. Su marido había dicho que Michael había sido visto en el villaggio, y había interrumpido la búsqueda.

Presionando la camisa contra ella, se sentó allí en el suelo, meciéndose adelante y atrás, con lágrimas cayendo sobre la hierba, mientras las ramas de los arbustos empezaban a balancearse con el viento que llegaba del mar.

Bandas de niebla se acercaban también, y el pájaro volaba perezosamente en círculos en el cielo, sus ojos agudos recorrían la escena de abajo y a la mujer triste que lloraba.

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¡Chanchancha!

Aquí termina el maratón de esta historia jaja tendrán noticias pronto.

No olviden dejarme un lindo comentario.

¡Nos leemos pronto!