No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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¿Qué pasa? Puedo sentir tu dolor y pena, pero estás intentando cerrarme tu mente.

Las palabras brillaron tenuemente en sus pensamientos como alas de gasa, la voz era hermosa, reconfortante, pero mortal a pesar de todo. Isabella sabía que el don ya se estaba moviendo hacia ella. La conexión entre ellos parecía fortalecerse más y más.

¿Si una esposa sentía algo por otro, y su marido tenía los tremendos dones del don y sus oscuros celos, sería eso motivo suficiente para el asesinato?

-¿Qué pasa? -Fue Ben quien la encontró, levantándola del suelo, con ropa manchada de sangre y todo- ¿Donna Isabella, ha sufrido una herida?

No podía mirarle con las lágrimas que corrían por su cara y la evidencia de la culpabilidad de su marido en las manos.

-¿Dónde están las pequeñas? -se ahogó, no quería que las niñas la vieran tan perturbada.

El guardia llamó a su compañero Eleazar para que recogiera a las dos pequeñas.

-Debe volver al palazzo, Donna Isabella -le dijo suavemente con los ojos en la tela que sostenía entre las manos.

Asintió y fue con él. ¿De qué servía intentar explicarse? Ben era absolutamente leal al don. Como todos los demás, el guardia no se preocuparía por la muerte de un aldeano, especialmente por la de uno que había sido lo bastante tonto como para desafiar a su don.

Emmett se estaba paseando en la entrada del laberinto, Edward y Jasper estaban con él, sugiriendo que habían estado juntos cuando el don había sido consciente de que algo iba mal con su esposa. Se precipitó a su lado, tirando del cuerpo rígido de ella hasta sus brazos, inclinando la cabeza para presionarle un breve beso en la sien.

Isabella luchó por permanecer inmóvil, no quería hacer una escena y empujarle lejos de ella. Se avergonzaba de sí misma por desear su consuelo incluso cuando lo condenaba. Sintió como el cuerpo de él se puso rígido, evidencia de que estaba leyéndole el pensamiento.

-¿Qué has encontrado que te ha perturbado, piccola? -preguntó gentilmente.

Alzó la cabeza para mirarle, sus ojos oscuros eran una elocuente acusación.

-La camisa de Michael. La he visto muchas veces. Es la suya, y está cubierta de sangre. -Sus ojos permanecieron fijos en los de él- Sé que está muerto. Cuando sostengo esta ropa, lo sé -admitió calladamente, seriamente, desafiándole a llamarla mentirosa, a intentar discutir con ella, o condenarla llamándola bruja.

Que la llamara así. Mejor morir de una muerte honesta que dormir con un hombre, soportar semejante intimidad durante todos los años de su vida, cuando era un asesino.

¿Eso es lo que crees? ¿Eso es realmente lo que crees? ¿Puedes tocarme y no sentir la verdad en tu corazón?

Había profundo dolor en su tono, en las palabras que rozaron su mente, una acusación. Emmett se giró para mirar a Jasper sobre la cabeza de ella.

-¿No me dijiste que Michael estaba en el villaggio por el que habías pasado en tu camino de vuelta a casa?

Jasper se encogió de hombros, su cara era inexpresiva.

-Solo había visto a ese hombre una vez, Emm. Pude haber cometido un error. No hablé con él, simplemente le observé beber en una taberna. Otro hombre le llamó Michael. -Jasper volvió su atención hacia Isabella. Se inclinó ligeramente con la misma cortesía que con frecuencia mostraba Emmett- Lo siento, hermana. Al parecer soy responsable de este malentendido. Informé de lo visto inmediatamente, ya que necesitábamos a los soldados para buscar a nuestro primo desaparecido, Garrett, y protege nuestras fronteras del Rey de España, que tan a menudo parece acechar nuestras tierras.

Parecía haber una simple sinceridad en su voz y su actitud, pero Isabella ya no confiaba en ninguno de ellos. No creía ni una palabra de lo que Jasper estaba diciendo. Sostuvo la camisa de Michael, la prueba de su fallecimiento. ¿Cuándo, exactamente, había muerto? Estaba conectada con Michael, pero el pájaro no había venido a ella cuando él estaba moribundo. Debería haber sentido las vibraciones de violencia en el momento en que el asesinato hubiera ocurrido. No tenía sentido. ¿Por qué no había sentido la perturbación si su marido había apuñalado a Michael en el laberinto? Había estado cerca de los dos hombres, separada solo por las paredes de arbustos. ¿El don era capaz de bloquear su extraña habilidad para sentir el amenazaron presagio de una herida mortal o de una muerte?

Don Cullen dio órdenes a sus hombres de buscar en el laberinto centímetro a centímetro en busca de más pruebas. Edward parecía furioso.

-¿Emm, está pasando algo que todos deberíamos saber? -exigió furiosamente- Si Garrett estuviera vivo, habría encontrado una forma de contactar con nosotros. ¿Qué hay de todos esos encuentros secretos que tú y Jasper habéis estado celebrando últimamente, y tus visitantes a los que nunca se nos permite ver? ¡La gente no desaparece simplemente o consigue que la maten en nuestro propio patio!

-Este no es el momento ni el lugar de discutir tales cosas, Edward -La voz de Emmett fue como un látigo- Debemos averiguar que le ocurrió a este chico.

-Hombre -corrigió Edward- Era un hombre que había puesto sus ojos en tu mujer. Si dispusiste de él por algún acto o traición, solo tienes que decirlo. No tenía derecho a venir aquí e intentar robarte a tu novia.

Isabella jadeó, ambas manos empujaron con fuerza la pared del pecho de Emmett. Él apretó su abrazo alrededor de ella, negándose a dejarla escapar.

-Usa el cerebro, Edward. -Su voz era pura amenaza, baja, arrogante y llena de desprecio, un latigazo que hizo que su hermano menor hiciera una mueca- El chico no puede haber sido asesinado en el laberinto y muerto allí, o los buitres lo habrían estado sobrevolando. ¿Y qué hay de los soldados que buscaron en el laberinto ese día? ¿Cuándo tuve tiempo de disponer de un cuerpo? ¿Un soldado podría haber sido tan leal como para ayudarme, pero un regimiento entero? Dudo que esgrima la clase de poder que requiere tamaña conspiración. No ha habido rumores de un cuerpo encontrado. El muchacho estaba vivo cuando le dejé.

-Quiero ayudar en la búsqueda -dijo Isabella.

A sus propios oídos sonó desafiante. Si había alguna otra pista, quizás el pájaro se las revelaría. Y podría pensar más claramente sin el don tan cerca.

Un pequeño silencio siguió a sus palabras. Emmett dejó caer los brazos a regañadientes y la dejó escapar.

-Si es eso lo que crees que debes hacer, cara, entonces hazlo -Habló tranquilamente, con la mirada en los dedos de ella que alisaban la ropa ensangrentada.

Isabella se dio la vuelta e inmediatamente volvió a entrar en el laberinto. No quería darle la posibilidad de cambiar de opinión. Se mordía nerviosamente el labio inferior mientras intentaba razonar el asunto. Lo que Emmett había dicho a su hermano tenía sentido para ella. Él no había tenido tiempo de matar a Michael y disponer del cuerpo. Y había vuelto al palazzo casi inmediatamente.

¿Cuándo había muerto Michael? ¿Por qué no había "sentido" su muerte? La pregunta la golpeaba como el ritmo de un tambor, como su propio corazón. Recorrió el laberinto lentamente, manteniendo la mirada fija en el suelo, registrando los arbustos en busca de signos de violencia. Varias veces se tropezó con soldados mientras estos recorrían los caminos cuidadosamente por orden de su don. ¿Por qué no había sentido la muerte de Michael? Aunque no había sido más que una niña, había sabido cuando murió su madre.

Las palabras de Emmett no solo tenían sentido, sino que sonaban sinceras. Isabella suspiró y se pasó una mano por el largo pelo, echándoselo hacia atrás para recogerlo en un nudo al azar a fin de mantenerlo apartado de su cara. Quería creer a Emmett. La respuesta estaba allí, tan cerca, persistente en el fondo de su mente, si solo pudiera alcanzarla.

Isabella dobló otra curva y casi cayó a los brazos de un soldado. En la distancia oyó el sonido del cuervo, un ruidoso graznido de advertencia. Profundamente en su interior, la sombra se alargó y creció. El soldado la cogió por los hombros para estabilizarla, su apretón fue tan fuerte que levantó la mirada rápidamente.

Por un momento el tiempo pareció congelarse. Un solo latido de corazón. Un terrible momento de reconocimiento. Las manos firmes instantáneamente se envolvieron alrededor de su garganta y apretaron con fuerza, casi alzándola sobre sus pies, cortándole el aliento y toda capacidad de pedir ayuda.

Alistair, vestido de soldado, esperando su momento de venganza. Casi al instante el pánico fluyó, y todo se volvió negro, con diminutas estrellas blancas disparándose hacia ella.

¡Isabella!

La voz estaba gritando en su cabeza, angustiada, aterrada, furiosa. Emmett exigía que luchara con su atacante, exigía que no le abandonara. Eso le dio fuerzas. Extendiendo las manos hacia arriba ciegamente, intentó hundir las uñas en los ojos de Alistair. Le pateó e intentó meter una rodilla entre sus piernas. Oyó gritos débiles cerca. La voz de Emmett se alzaba dando la orden de encontrarla, indicando que tenía problemas. Los guardias se apresuraban a cumplir la voluntad del don. Emmett corría para encontrarla. Aunque la realidad iba y venía, Isabella podía oír el sonido de pisadas y voces altas como truenos en sus oídos.

Alistair cedió al pánico y la dejó caer. Se quedó de pie sobre ella un momento mientras ella se ahogaba y tenía arcadas.

-No soy el único que te quiere muerta. -Le escupió, después se giró y huyó entre las altas paredes del laberinto.

Emmett y Ben la alcanzaron al mismo tiempo. Es don era como un hombre poseído. Empujó al guardia lejos de ella, levantándola entre sus brazos, su cara era una máscara de furia cuando notó las oscuras marcas de dedos alrededor de su cuello y garganta.

-¿Donde estabas? -Se giró hacia el guardia, el otro soldado llegaba corriendo- Os encargué una sola tarea... mantenerla a salvo. ¡Una tarea! Encontrad al hombre que le hizo esto. ¡Encontradlo y traédmelo! ¡Que ninguno se atrevan a volver sin él!

Edward y Jasper había seguido a su hermano cuando este había emprendido la carrera mortal, siguiendo infaliblemente el camino de Isabella a través del laberinto.

-¿Quién ha hecho esto? -le preguntó gentilmente Jasper.

Le llevó varios intentos hacer que su voz funcionara, hinchada como tenía la garganta.

-Alistair. Vestido de soldado. -Graznó las palabras, y cada una hizo daño.

Isabella se colgó de Emmett, su cuerpo temblaba en reacción, tanto por ser el objetivo de semejante odio como por el ataque casi mortal de Alistair.

-¡Encontradle! -repitió Emmett, sonaba, en cada palabra al don- No volváis sin él. -El tono de su voz expresaba una auténtica amenaza- Quiero a cada hombre buscándole. Jasper, ya sabes que hacer. No me decepciones. Me temo que no os perdonaré fácilmente a ninguno por el éxito de este ataque a mi esposa.

Se dio la vuelta y la llevó a través de los estrechos caminos, las vueltas y recodos del laberinto. A cada paso que daba crecía su furia.

-Esto no volverá a ocurrir, Isabella. ¡Nunca más! -siseó por lo bajo, más para sí mismo que para ella.

Mientras atravesaba el patio a zancadas, alzó la voz y llamó a Erik y a Sue. Había rabia en su voz, en su caminar, en cada gesto que hacía. La furia le dominaba tanto que Isabella casi temía moverse.

Tosió varias veces en un intento por recuperar la voz. El latido de su corazón estaba volviendo a la normalidad. Era muy consciente de la creciente agitación de don Cullen. No podía estar fingiendo el temblor de su cuerpo, la rabia que le recorría tan ardiente y peligrosa como cualquier volcán.

Se acurrucó contra su cuerpo, rodeándole el cuello con los brazos haciendo que la camisa manchada de sangre ondeara por un momento contra él.

-Lamento haber dudado de ti -graznó roncamente.

-No hables -ordenó él, su negra mirada era pensativa- ¿De qué sirven guardias y soldados si no pueden proteger a una mujercita? No pido mucho a los que están a mi servicio, a los que entrego generosamente toda mi vida. Cabalgo con esos hombres, les enseño, les protejo, les alimento y doy alojamiento. ¿Cómo ha podido ocurrir esto? Si el marido de tu difunta amiga se ha infiltrado en las filas de mis hombres, deber haber tenido a alguien que le ayudara, alguien de alto rango.

Isabella permaneció en silencio, consciente de que su marido estaba de un humor demasiado explosivo para ser consolado, y porque su garganta estaba muy hinchada. Posó la cabeza contra su hombro y agradeció su dura fuerza. Sue y Erik los seguían, casi corriendo para mantener el paso de las largas zancadas de Emmett. Isabella colocó gentilmente la mano contra la mandíbula sombreada de azul del don. Le llevó un rato mientras la llevaba a través del palazzo notar el gesto tierno. Casi al instante pudo respirar más fácilmente. Ella lo sintió. Él lo sintió. Para cuando hubieron alcanzado la recámara, él había vuelto a recuperar una semblanza de control.

-Signorina Swan, no la he mantenido tan a salvo como esperaba. -escupió don Cullen entre dientes, cada palabra fue afilada y precisa. Sus ojos eran muy negros, helados, su expresión conjuraba la sensación de una tumba- Quiero que se ocupe de sus heridas mientras yo voy a unirme a los que dan caza a esta serpiente. Erik le traerá cualquier cosa que necesite. -Colocó a Isabella en medio de la cama y se inclinó para rozarle un beso en la sien- Me temo que te colocaré en esa torre, o no tendré paz mental. -Por un momento su mano tocó las terribles marcas de la garganta y se demoró allí, el dolor se reflejó en las profundidades de sus ojos oscuros.

Sue le observó salir antes de tocar la piel hinchada y magullada de la garganta de Isabella.

-No creo que estuviera bromeando, bambina. -Los ojos de la anciana estaban llenos de lágrimas- He estado a punto de perderte.

-Fue Alistair. No sentí la advertencia hasta que fue demasiado tarde, hasta que tuvo sus manos sobre mí -susurró Isabella roncamente- No sentí la muerte de Michael. ¿Cómo pudo ser, Sue? ¿Qué está pasando que ya no puedo confiar en lo que siempre ha sido parte de mí?

Sue le palmeó la mano consoladoramente.

-Calla, bambina. -Alguien tenía que mantener la mente clara- Necesitaré agua fresca, Erik -Quería que el hombre se fuera, que dejara de oír. Esperó hasta que hubo desaparecido antes de dejarse caer en la cama junto a Isabella- No sé por qué tu don te está fallando, Isabella, pero debe ser algo aterrador perderlo cuando más lo necesitas.

Isabella la miró con los ojos abiertos de par en par, de repente se le ocurría una idea.

-Supongo que no lo he perdido, Sue. Es posible que Alistair no tuviera ni idea de que yo estaba en el laberinto. Creo que estaba tan sorprendido como yo de cruzarse conmigo. -Se tocó la garganta y se humedeció los labios con la lengua. -El pájaro y la sombra llegaron justo antes de que me agarrara. -Se sentó y apartó un mechón de pelo que se había escapado del recogido- Es posible que Alistair no viniera aquí a matarme a mí, sino que el don fuera su auténtico objetivo. No hubo advertencia previa porque Alistair no estaba preparado para golpear aún.

-Eso no lo sabes, Isabella -le advirtió Sue- ¿Y qué hay de Michael? ¿Cómo explicas su desaparición? Seguramente no creerás que esté vivo.

Cogió la camisa empapada de sangre de la cama donde Isabella la había dejado caer.

-En realidad, Sue, no sé lo que le ocurrió a Michael. No, no está vivo. Siento su muerte en ese trozo de tela. -Su voz estaba llena de pena- Pero algo está mal. Algo casi a mi alcance, pero se me escapa. ¿Llamarías a Alice por mí?

-No puedes exponer a la niña a esta vil conspiración -Como había hecho toda la vida, Sue todavía protegía a la joven a su cargo.

-Ella es parte de esto. No sé por qué, pero ya está expuesta al peligro. Si voy a resolver este acertijo, debo tener más piezas. Creo que Alice puede proporcionármelas. Me envolveré una bufanda alrededor del cuello para ocultar las marcas. Mi voz es casi normal de nuevo. -La garganta de Isabella dolía abominablemente, y su voz era ronca, pero tenía miedo de esperar mucho más.

Algo iba muy mal en el palazzo, y temía que de no encontrar la respuesta pronto, habría más muertes.

Mientras Sue iba en busca de la niña, Isabella aplicó hierbas consoladoras en los moratones de la garganta y el cuello. Erik volvió con el agua, obviamente perturbado por el evento, sus ojos estaban preocupados y graves. A Isabella se le ocurrió que había hecho unos pocos amigos en el pallazzo después de todo. Se estaba colocando la bufanda alrededor de la garganta cuando llegó Alice, sus ojos estaban rojos de tanto llorar.

Isabella inmediatamente extendió los brazos.

-¿Qué pasa, Alice? ¿Y Angela está preocupada también? No podemos permitir eso. ¿ Sue, buscas a Angela? Dile que me uniré a ella en la cocina en unos minutos.

La anciana frunció el ceño.

-No creo que el don desee que abandones la recámara, Isabella. Se dice que nadie le ha visto nunca tan enfadado. Están asustados en el palazzo. Hay mucho silencio. Cientos de soldados están peinando el patio y el laberinto. Creo que es mejor que no pongas más a prueba su paciencia.

Isabella pensó que Sue tenía razón sobre el don, pero tenía intención de aliviar la preocupación de Angela a la primera oportunidad. Esperó hasta que todo el mundo se hubo ido, dejándola sola con Alice.

-¿Ves, bambina? Estoy bien. Un pequeño incidente. Todo lo demás es charla absurda. Necesito tu ayuda, sin embargo, piccola. Para algo más importante.

Los ojos de Alice estaban abiertos de orgullo ante la oportunidad de ayudar a Isabella.

-¿Qué puedo hacer yo?

-¿Recuerdas cuando te pusiste enferma y yo vine por primera vez al palazzo a ayudarte? -Isabella alborotó tiernamente el pelo de la niña- Algunas cosas que creemos son muy malas pueden ser buenas, ¿no? Así es como te conocí.

Alice escaló hasta la cama y se removió en el regazo de Isabella.

-Me alegro de haberme puesto enferma entonces -dijo solemnemente.

Isabella la besó en la coronilla.

-Quiero que me cuentes cómo llegaste a comer la sopa que te puso enferma. Nadie puede oírte excepto yo, así que sabes que no te meterás en problemas. -Hizo lo que pudo por sonar tranquilizadora.

Alice apartó la mirada, estaba claro que no quería responder.

-Papá estaba muy enfadado conmigo -admitió a regañadientes- Le pedí a Stefan que me hiciera una cena especial, pero al final no me gustó, y me negué a comerla. -Arrugó la nariz- Papá dijo que no fuera así, que el cocinero se había tomado muchos problemas por mí. -Bajó la mirada a sus manos- Tiré el plato al suelo y fui muy mala. -La admisión llegó con una vocecilla.

-¿Por qué hiciste eso, piccola? No es propio de ti herir los sentimientos de Stefan.

Alice agachó la cabeza.

-Papá siempre escucha a Zia Carmen. Ella dijo que, si lo había pedido, tenía que comerlo, y Tanya se rió de mí. Pero ellas no se lo comieron. Dijeron cosas e hicieron muecas, y Papá las escuchó. Pensé que, si actuaba como ellas, él me escucharía también. Yo sólo quería que me escuchara.

Isabella abrazó a la niña.

-Entiendo, bambina. Pero ahora sabes que esa no es buena forma de conseguir la atención de papá. El pobre Stefan estaba muy herido, ¿no? Cuéntame lo de la sopa -animó.

Alice se acurrucó contra Isabella, tomándole la mano confiadamente.

-Papá me envió a la cama y dijo que no podía comer hasta mañana, pero yo esperé hasta que fue muy tarde, y fui a la cocina y encontré la sopa. Stefan la hizo para Zio Emm. Es su favorita, aunque con frecuencia no deja de trabajar para comer con nosotros. Stefan siempre le deja la sopa en una cazuela colgando en el hogar de la cocina. Cogí la sopa de Zio Emm.

-Porque tenías mucha hambre -dijo Isabella compasivamente.

Alice asintió, presionándose las manos sobre el estómago como si recordara el vacío.

-Zio Emm llegó y me vio. Pero no gritó. Se rió y empezó a comer conmigo del mismo cuenco. Papá entró y estaba enfadado conmigo.

-Porque le habías desobedecido y salido de tu cama cuando te había castigado -le recordó Isabella.

La voz de Alice fue indignada.

-Dijo que era muy mala por comerme la comida de mi zio cuando él trabajaba duro y seguramente tenía hambre. -Grandes lágrimas inundaban los ojos de la niña- Zio Emm dijo que estaba bien porque había bastante sopa para compartir, pero Papá seguía enfadado y dijo que Zio Emm me consentía y yo estaba mimada.

Isabella la abrazó para tranquilizarla.

-No estás mimada, mi dulce bambina, en absoluto. Tu zio tuvo razón en compartir su sopa, pero no debes volver a desobedecer así. -La besó- Gracias por contármelo. Ahora deberíamos buscar a Angela, o llorará hasta que Sue se enfade con nosotros.

Así que la sopa había sido envenenada para matar a Emmett, no a Alice, justo como Isabella sospechaba. Alistair probablemente había venido a matar al don, no a Isabella.

En algún lugar en el palazzo, un asesino yacía a la espera, esperando su momento. Isabella no sabía si era por razones políticas o personales, pero ella sabía, sin ninguna duda, que don Emmett Cullen estaba en un terrible peligro.

Mientras caminaba con Alice a lo largo del pasillo de arriba con sus vastos espacios y techos abovedados, oía los murmullos bajos de voces femeninas siseando suavemente de acá para allá. Carmen y Tanya estaban discutiendo de nuevo, los sonidos eran amargos y furiosos. Isabella se tocó la garganta hinchada a través de la fina bufanda, preguntándose, no por primera vez, si el mal estaba tan encerrado en las paredes del palazzo que nunca sería exorcizado. Siguió a Alice por el corredor hasta la cocina, agradeciendo que, en su prisa por capturar a su atacante, don Cullen hubiera olvidado asignarle guardias.

Angela se lanzó a los brazos de Isabella, estallando en sollozos, su carita ya bañada en lágrimas.

-¡Creí que estabas muerta! Oí a una de las doncellas decir que tu nuevo marido te había matado porque te encontró con otro hombre.

La cara de Isabella se quedó blanca. Su barbilla se alzó, sus ojos oscuros llamearon con temperamento.

-¿Stefan, es eso lo que está diciendo el personal? ¿Están acusando a don Cullen de estrangularme?

Él agachó la cabeza, avergonzado. Isabella se dio la vuelta cuando una sombra cruzó el umbral. El abuelo de Emmett rondaba por allí con aire vacilante. Su cara estaba arrugada por la preocupación, sus ojos estaban rojos y borrosos. Pudo ver que estaba muy agitado. Todavía abrazando a Angela, fue inmediatamente hacia el anciano para tranquilizarle.

-Estoy bien... una refriega, nada más, con un hombre que estaba furioso porque perdió su granja cuando dejó que su esposa muriera desatendida. No fue nada, Nonno. Rechacé al hombre cuando me pidió que me casara con él, y me ha guardado rencor desde entonces. Emmett le está buscando ahora. No dejaré que nadie en nuestra casa esparza rumores a espaldas de Emmett. -Se dio la vuelta, arreglándoselas para parecer regia incluso con sus ropas de campesina- ¿Dónde está Erik? Quiero que todos los que sirven en el palazzo se reúnan en el vestíbulo delantero inmediatamente. -Isabella utilizó su voz más severa, decidida a ser tomada en serio.

El viejo Cullen abrazó a Isabella torpemente, con Angela y todo. Alice le miró con los ojos como platos e intentó una sonrisa tentativa cuando él la miró. El anciano se encontró devolviéndole la sonrisa antes de alejarse deprisa, no queriendo ser observado por tantos ojos condenatorios.

Erik reunió a los criados sin demora. Isabella quedó bastante sorprendida de que tan poca gente atendiera una propiedad tan vasta. La mayoría parecían trabajadores externos. Reuniendo coraje, Isabella se colocó ante ellos, con Angela todavía aferrada a ella. La niña le daba valor para enfrentar a los sirvientes.

-Soy Donna Cullen, para aquellos que no me conocéis. Erik me comunicará cualquier queja o sugerencia que podáis tener para hacer más fácil y suave vuestra vida en el palacio. Sin embargo, quiero abordar un asunto inmediatamente. Se ha estado hablando del reciente ataque sobre mi persona. Se rumorea que mi marido intentó estrangularme.

Al instante en la habitación se hizo un inquietante silencio, exento incluso del rumor de pasos. Isabella fue consciente inmediatamente de que cada ojo de la habitación se fijaba en ella. Lentamente desenredó la bufanda para que pudieran ver las marcas de su cuerpo. Surgió un jadeo colectivo.

-Fui atacada, pero ciertamente no por mi marido. Creo que mi atacante estaba aquí para hacer daño a don Cullen, no a mí. Yo estaba simplemente en el camino de este hombre. Quiero que se sepa que no toleraré deslealtad al don de aquellos que trabajáis en nuestra casa. No quiero oír rumores sobre él o nosotros. Si tenéis preocupaciones, me encantará atenderlas, pero no servirá de nada intentar dividir nuestro hogar.

Isabella aferró firmemente la mano de Angela en la suya y extendió la otra a Alice, que estaba con los ojos abierto, mirando con temor a la garganta de Isabella. Sue tenía los brazos alrededor de la niña. Inmediatamente se unieron como una familia unida, presentando su lealtad las unas hacia las otras ante los sirvientes. Sue estaba sonriendo a Isabella con orgullo.

En los minutos siguientes Isabella hizo todo lo apropiado, intentando llevar a cabo una conversación con las niñas parloteando, asegurándoles constantemente que en efecto iba a vivir. Pero su mente estaba en otro lugar, ocupada con el cuervo. Si tenía razón en sus suposiciones de que Alistair no había tenido intención de hacerle daño, ni siquiera a Emmett en ese preciso momento, sino que simplemente había aprovechado la oportunidad cuando se tropezó con ella, entonces eso quería decir que su extraña habilidad no había desaparecido necesariamente. Solo significaba que el pájaro no había tenido tiempo de avisarla.

Aun así, ¿por qué no había sido advertida de la muerte de Michael? Si Emmett había apuñalado a Michael en el laberinto, tan cerca de ella, lo habría sentido. Y el pájaro habría acudido a ella.

-¡Isabella! -Angela estampó contra el suelo su piececito- Te he dicho lo mismo tres veces, y no me has respondido. Estás mirando fijamente por la ventana. Todos los soldados están fuera, pero Sue dice que no es seguro y que debemos quedarnos dentro. No quiero quedarme dentro, y tampoco Alice.

Isabella miró al patio bajo ella. Podía ver a los soldados esparcidos por los terrenos como hormigas, buscando en cada posible ruta de escape. Pero Alistair ya había desaparecido. Se había escapado. Lo sabía en su corazón, un miedo oscuro que permanecía como una sombra en su alma. Él buscaba la seguridad de su escondite, alguien en quien don Cullen confiaba le había ayudado a ocultarse.

-Lo siento, Angela, pero en realidad Sue tiene razón. No es seguro aún. El hombre que intentó hacerme daño aún no ha sido capturado. Y es un hombre que te conoce, Angela. Es Alistair, vestido de soldado, y no querrá que le identifiques si le ves la cara. Cuando vuelvas al villaggio, haré que varios de los guardias del don vayan contigo.

¿Por qué el pájaro no había acudido a ella? ¿Por qué no había sentido la muerte de Michael? No tenía sentido. ¿Cómo podía haber muerto y ella permanecer tan inconsciente de ello?

-Queremos salir -insistió Alice, tirando de la falda de Isabella.

Isabella se inclinó para dejar un beso en la cabeza de la niña.

-Lo siento, piccola, pero no podéis. Si miras por la ventana, verás que una espesa niebla avanza tierra adentro desde el mar. Es peligroso cuando está así. Sue inventará un juego para vosotras aquí en el palazzo. La niebla puede ser tan espesa que Angela tendrá que pasar la noche aquí. ¿No sería eso una gran aventura? -Palmeó a ambas niñas ausentemente, girándose para irse- Ahora tengo cosas que atender.

-¡Isabella! - Sue siseó su nombre, persignándose mientras lo hacía-. Te olvidas de ti misma. No tienes protección mientras tus guardias están fuera. No vas a vagar por el palazzo por tu cuenta.

Isabella alzó la barbilla.

-Esta es mi casa, y me moveré libremente dentro de ella, o no tendré vida en absoluto. -Se apresuró a volver escaleras arriba, decidida a echar un vistazo una vez más a la habitación donde Sue y Alice habían estado durmiendo.

¿Por qué habían sido colocados los escorpiones en esa habitación? Si la sopa había estado destinada al don, había otra razón para los escorpiones, otra aparte de amenazar a la joven Alice ¿Alguien quería a Alice fuera de la habitación por otro motivo? Había una entrada al pasadizo secreto en la habitación de los niños y en esa habitación en particular. Alice ya había sido desplazada de ambas habitaciones. Como había sido trasladada de la habitación de abajo, la habitación donde había estado tan enferma. ¿Había también una entrada al pasadizo en esa habitación? Isabella quería saberlo.

Cuando pasaba por la habitación de Tanya, oyó la voz de la joven alzarse en un tono agudo y desagradable.

-Te haré azotar por esto. ¡Sé que cogiste mis joyas! Eres una ladrona y una puta. ¡Rasgaste deliberadamente mi vestido!

Para sorpresa de Isabella, reconoció la otra voz.

-Se lo dije, no cogí nada de esta habitación. No toque el vestido. -Era la doncella, Esme, su voz era baja y temblaba de miedo- Nunca le robaría o destruiría su ropa.

La puesta estaba entreabierta, y Isabella la empujó para abrirla más.

-¿Qué está pasando, Tanya? -Tomó nota de la escena: la doncella acobardada contra la pared, Tanya sacudiéndola con furia.

Había cosas desparramadas por toda la habitación como si hubieran volado en todas direcciones. Isabella bien podía imaginar a Tanya lanzándolas con rabia.

-No es asunto tuyo -espetó la hija de Carmen-. Es mi doncella, y la trataré como merece la gente como ella. Fuera de mi recámara privada.

-Es una trabajadora de mi casa -corrigió firmemente Isabella- Si hay un problema, yo debería ser informada al instante. -Entró en la habitación para quedarse junto a la doncella- ¿Dices que te ha robado? -Por mucho que lo intentó Isabella no pudo evitar la incredulidad en su voz.

El tono de Isabella solo inflamó más a Tanya.

-¡Fuera! -gruñó- Tú misma no eres más que una campesina. ¿Cómo podrías saber cómo tratar a esta gente ignorante? No saben nada sobre servir. ¡Mira mi vestido! ¡Rasgó mi vestido!

Esme sacudió la cabeza.

-No lo hice, Donna Cullen, y no le robé. Vine a ayudarla a vestirse, y me tiró cosas porque no pudo encontrar una joya. Yo no la cogí. El vestido se desgarró cuando ella pisó el dobladillo.

Tanya chilló y se apresuró hacia la mujer, su cara era una máscara de furia. Alzó un brazo, balanceándolo salvajemente. Isabella se colocó delante de la doncella acobardada, aceptando el golpe, una dura bofetada que llenó el aire con un sonido grotesco, de lleno en la cara. A Isabella le pareció por un momento como si todo hubiera ocurrido a cámara lenta, Tanya adelantándose, la mano alzada, marcas débiles en su muñeca, recuerdo de algo, algo que disparó un recuerdo fugaz.

Un terrible rugido hizo girar a las tres mujeres para mirar al umbral. Todas se quedaron congeladas al enfrentar a Emmett Cullen. Sus ojos negros brillaban amenazantes, su cara apuesta estaba marcada con oscura crueldad.

Tras él, Edward y Jasper jadearon hacia Tanya como si esta hubiera perdido la cabeza. Emmett sentía tal rabia, que la habitación bullía con ella. Cubrió la corta distancia hasta Tanya con pasos gráciles, como un lince al acecho.

La cogió del brazo y la lanzó lejos de Isabella.

-Abandonarás esta casa al instante. -Escupió las palabras entre los dientes apretados- No me importa a donde vayas o que hagas, pero nunca volverás a entrar a esta casa.

Tanya se quedó tan blanca, que parecía un fantasma. Por primera vez parecía joven y vulnerable, una niña que había sobrestimado su mano y ahora había perdido sin remedio.

Isabella tocó el brazo de Emmett con dedos gentiles.

-Estamos muy perturbados para tomar decisiones apresuradas. Tú, más que nadie, deberías saberlo. Tanya no pretendía golpearme. No es más que una niña, Emmett.

Cuando el don continuó mirando fijamente a Tanya con ojos penetrantes, la mano de Isabella se deslizó hacia arriba hasta su mandíbula, una tierna y suave caricia, girándola la cara hacia ella.

-Por favor, Emmett, no la envíes lejos. Ella y yo no tendremos oportunidad de hacernos amigas. Sería un comienzo terrible para nuestro matrimonio. -Le susurró las palabras suavemente, sus ojos oscuros fueron elocuentes, suplicando.

Don Cullen se quedó inmóvil, su cuerpo rígido. Ninguno de los hermanos habló. Ninguno se atrevía a respirar. Al fin él asintió bruscamente.

Isabella se relajó ligeramente, cuidando de no tocarse la mejilla sensible.

-Gracias, Tanya, por ilustrarme con el hecho de que preferirías no tener una doncella personal. Como estamos cortos de personal por el momento, eso liberará a Esme para ayudar a Sue y Alice. Esme, por favor dile a Erik que deseo que te tomes unos días libre... con paga, por supuesto... y cuando vuelvas, atenderás a Sue y a la pequeña Alice personalmente.

Esme hizo una reverencia varias veces, rodeando cuidadosamente al don, escabulléndose junto a los dos hermanos sin mirar a ninguno de ellos, y alejándose a la carrera.

Emmett tomó la mano de Isabella en la suya, sus ojos negros eran tan fríos como el hielo cuando miraron a Tanya.

-Si hubieras sido un hombre, ahora mismo estarías muerta. -Tiró de Isabella bajo la protección de su hombro y pasó junto a sus hermanos.

-No dolió -dijo Isabella suavemente mientras caminaba con él por el salón.

-No debería decir que quise estrangularla con mis manos desnudas, ya que esa parece ser la costumbre Cullen -admitió él-. Quería quitarle la vida por golpearte. Dio, Isabella, ¿por qué no puedes mantenerte fuera de problemas?

Isabella le lanzó una sonrisa rápida.

-Te dije que es un don que tengo. ¿Encontraste a Alistair? Porque estoy segura de que vino a matarte a ti, no a mí.

Una ceja oscura se alzó.

-¿Cómo llegaste a esa conclusión? ¿Habló contigo? -Su cuerpo rozaba contra el de ella, cálido, duro y sólido. Un consuelo para ella.

Isabella se sobresaltó ante la pregunta. Debería haber sabido que iba a preguntar. Suspiró cuando él continuó mirándola, exigiendo silenciosamente una respuesta.

-Dijo que él no era el único que me quería muerta.

Un músculo saltó en la mandíbula de Emmett, sus ojos llamearon con amenaza.

Isabella apretó rápidamente su garra sobre su mano.

-Pero esa no es la cuestión. Sé cosas... sabes que es así. Creo que alguien está intentando matarte. Creo que sea quien sea está ayudando a Alistair a escapar de todos esos hombres que le están buscando. Alguien envenenó la sopa que debía ser para ti la noche que la pequeña Alice la comió. Y tú y yo sabemos que tu primo, Garrett, estaba involucrado en una conspiración contra ti. Y ahora Alistair.

-No es seguro mezclarse en esto, Isabella -dijo él severamente- Olvida que alguna vez viste a Garrett. No hagas más preguntas. Sé que otros conspiran contra mí, pero no sé quién. Ya estás en peligro.

-Quiero subir a las murallas. ¿Recuerdas cuando Tanya corrió hacia nosotros por el corredor el día en que el pequeño Tyler me convocó al lecho de muerte de Marie? -Tanya lanzándose hacia la doncella había disparado un recuerdo en la mente de Isabella. Más que eso, había algo más, algo sobre Tanya que eludía a Isabella, pero sabía que era importante.

Profundamente en su interior, la sombra se adentraba en su corazón, en su alma. Algo iba mal, y su miedo crecía. Miró por la ventana y vio al cuervo volando en círculos entre las largas hebras de niebla blanca. Parecía aparentemente ocioso, sereno, como si volara por casualidad fuera de la ventana. Pero Isabella lo vio, y lo supo. Había problemas en alguna parte. Instintivamente inhaló profundamente en un intento de atraer aire fresco a sus pulmones y leer las señales.

-No vas a acercarte a ese pasillo superior. Lo prohíbo -dijo Emmett severamente- Los guardias tienen sus órdenes, y las seguirán al pie de la letra.

-Tú puedes subir conmigo -señaló Isabella, distraída de su absoluta autoridad por las sombras que profundizaban en su interior- Es importante. Quiero ver el aspecto del laberinto desde arriba, cuánto puede ver una persona cuando mira hacia él.

-Un buen trozo está cubierto por arbustos colocados para formar una canopia -dijo Emmett tensamente- No subirás allí por ninguna razón, conmigo o sin mí. Conociéndote, resbalarías y caerías, y te encontraría colgada de una uña. Me obedecerás en esto, Isabella. -Dejó de caminar para cogerla de los brazos, interrumpiéndola para examinar su cara en busca de moratones.

Sin ninguna razón en absoluto, aparte de la ardiente mirada de sus ojos, Isabella se encontró ruborizándose.

-Deja de mirarme. Te lo dije, no me hizo daño. Y realmente necesito subir a esa muralla. -Allí podría sentir el problema.

-Bueno, pues no vas a ir -dijo él-. No vas a ir a ninguna parte en los próximos veinte años. Estoy en medio de algo que no puedo compartir contigo. No me atrevo. Tendrás que confiar en mí y hacer lo que digo.

Erik apareció tras él, aclarándose la garganta para atraer la atención.

Emmett se dio la vuelta, sus ojos negros brillaban con disgusto.

-¿Qué? -exclamó impacientemente.

-Scusa, signore, se requiere a la sanadora.

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¡Oh, no! ¡Oh, no!

¡Qué intenso estuvo este capítulo! Primero Michael, luego Alistair, luego Tanya… ¿y ahora? ¿Alguien más estará herido? Esto se está poniendo muy interesante, ¿no?

De verdad que me han gustado mucho mucho sus comentarios jeje me alegra saber que la historia está teniendo muy buen impacto. Lamentablemente ya estamos cerca del final, nos quedan unos pocos capítulos… awww de repente no quiero que se termine… de todos los libros que he leído de Christine Feehan, este ha sido mi favorito jaja espero que ustedes lo estén disfrutando tanto como yo jaja

En fin, no retrasaré lo inevitable.

No olviden dejar un lindo comentario para saber su opinión de este cap.

¡Nos leemos pronto!