No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

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Don Cullen articuló un sonido profundamente en su garganta que se pareció mucho al de un hombre ahogándose.

-No, Isabella. -Sacudió la cabeza en alguna parte entre la risa amarga y la absoluta frustración- Parezco haber perdido toda semblanza de control en mi propia casa.

-Diles que iré al instante, Erik, grazie -dijo Isabella firmemente.

-No. -El don sacudió la cabeza de nuevo- No vas a pasar por nada más hoy, y todavía está el peligro de ese loco suelto. No lo harás, Isabella.

-Son nuestra gente. No puedo imaginarte eludiendo tus responsabilidades y ocultándote en tu recámara porque haya peligro. Soy sanadora, y si nuestra gente me necesita, no tengo más elección que acudir. -Se puso de puntillas y le colocó los labios contra el oído- Sabes que es inevitable que vaya, Emmett, así que no malgastes discutiendo un tiempo que estaría mejor utilizado buscando una forma de mantenerme a salvo.

Emmett soltó un suspiro exasperado y miró a su expectante mayordomo.

-¿Erik, no estás casado, verdad?

Un dejo de sonrisa se arrastró hasta los ojos de Erik.

-Así es, Don Cullen. Y por una buena razón. Diré a los que esperan que la sanadora estará con ellos inmediatamente.

-Di al mozo de cuadra que prepare mi caballo. Yo mismo llevaré a donna Isabella. -La mano de Emmett le tiró del moño- Deberíamos reunir lo que sea que vayas a necesitar.

-Grazie, Emmett -dijo Isabella suavemente, con el corazón en los ojos, dándole sin saberlo mayor recompensa de lo que podía imaginar.

Isabella recogió su morral y su capa apresuradamente, tomándose tiempo solo para asegurarse de llevar con ella todas sus hierbas.

-Sé que estás ocupado, Emmett. En realidad, no tienes que venir conmigo. -aventuró cautelosamente mientras se apresuraban por el palazzo hacia la entrada más cercana a los establos- En realidad, Ben y Eleazar me protegen muy atentamente. Sé que estabas asustado antes cuando les regañaste, pero no lo hiciste en serio.

-No voy a permitir que salgas de mi vista. Y no me hables de Ben y Eleazar ahora mismo. Se supone que tenían que quedarse contigo todo el tiempo, no dejarte huir de ellos a la primera oportunidad. -Emmett le mantuvo la puerta abierta cortésmente- No pueden protegerte si no saben dónde estás.

Algo pequeño, Emmett abriendo la puerta para ella, pero ese gesto cortés la hizo sentir querida. Nadie había llevado a cabo esas pequeñas cortesías por ella antes, y Emmett lo hacía como si ella tuviera derecho a semejante respeto. Le sonrió, absteniéndose de discutir más. Ya era suficiente que la dejara ir en contra de su buen juicio.

Una vez fuera inhaló profundamente para dejar que el viento y el rocío del mar le llevaran sus historias. En lo alto el cuervo voló en círculos una vez, dos, mientras Isabella se colocaba delante del don sobre su caballo. Después el pájaro viró tierra adentro, lejos del mar, volando recto como una flecha.

-Aprisa, Emmett. Las heridas son severas, pero no es demasiado tarde -dijo ella.

Era la primera vez que había pronunciado tales palabras ante él sin miedo. El don podía llevar la locura en la sangre, pero se ocupaba de su mujer con un feroz deseo por protegerla.

Los brazos se le apretaron alrededor cuando él sostuvo las riendas, la pared de su pecho era un apoyo para la espalda de forma que podía descansar la cabeza sobre su hombro.

-Tengo fe absoluta en ti, cara mia. -Las palabras fueron suaves en su oído, en su mente, instalándose en su corazón.

Isabella sonreía mientras el caballo se tragaba las millas en largas zancadas.

Emmett había seguido la dirección del correo, y cuando la noche empezó a caer, presionó al caballo a ganar mayor velocidad. El campamento era pequeño, levantado entre las rocas que sobresalían sobre la línea de árboles, una zona que Isabella nunca había visto. Estaba seguro de que estaban al borde de las tierras de Emmett y cuando él tiró de las riendas del caballo y llamó a alguien que no estaba a la vista, estuvo más segura que nunca.

-¿Estamos en guerra? -preguntó en voz baja, mirando a su alrededor a campamento apresuradamente erigido. Había un secretismo alrededor del campamento que no podía explicarse de otro modo.

Cuando Emmett anunció su presencia, varios hombres emergieron lentamente de las sombras a plena vista. Muchos tenían varias heridas, y todos parecían exhaustos. Isabella resbaló del caballo hasta el suelo, tambaleándose ligeramente mientras intentaba afianzar sus piernas tras la larga cabalgata. Olvidó sus preguntas cuando miro alrededor a los hombres con la ropa manchada de sangre. Emmett lanzó las riendas a uno de los soldados, soltando su morral, y tomándola del brazo para ayudarla en el terreno accidentado. Sus dedos apretaban como una banda la parte superior del brazo y se inclinó hacia ella.

-¡Dio! Isabella, has vuelto a olvidar tus zapatos.

Isabella apenas lo notaba. Había corrido descalza durante tantos años, a ella le parecía natural, pero su marido sonaba exasperado, le lanzó una rápida sonrisa. Durante un momento interminable sus miradas se encontraron. Había orgullo allí, respeto, y algo mucho más profundo y rico que hizo que le diera un vuelco el corazón. Tuvieron tiempo para una sonrisa compartida, un momento de absoluto entendimiento, y después ella se inclinó sobre el paciente más grave.

Emmett la observó llevar a cabo su tarea, sin apartar nunca los ojos de su pequeña y esbelta figura mientras trabajaba rápida y eficientemente con más experiencia de la que debería tener alguien de su edad. Estaba totalmente concentrada en su paciente, un joven soldado con varias puñaladas en el hombro, pecho y pierna. El don estaba asombrado por su poder. Su sola presencia exigía respeto. Los demás saltaban para obedecer sus órdenes tranquilamente expresadas, sin mirarle para verificarlas todas. Él también se encontró a sí mismo saltando para conseguirle las cosas que necesitaba, asombrado por la cantidad de agua caliente que insistía en utilizar. Pero pronto se convirtió en un creyente total. Emmett habría jurado que nadie salvaría al joven, pero ella inspiraba tal confianza, exigía tal obediencia, que nadie en el campamento creía que fallaría. Estaba empezando a pensar que Isabella ordenaba a las heridas sanar.

Trabajó hasta que la oscuridad cayó y el viento aulló atravesando el campamento, haciendo que los hombres se estremecieran. Colocando mantas alrededor del hombre herido, Isabella se irguió, mirando alrededor a las caras de los demás.

-¿Quién más está herido? Este hombre vivirá con buenos cuidados. Debéis ocuparos de que sea llevada a un refugio tan pronto como sea posible y que se le dé abundante líquido. Quizás pueda ser llevado al palazzo, donde podría atenderle diariamente. -Miró a Emmett, que asintió en aprobación.

Ella estaba tambaleándose de cansancio.

Emmett la rodeó con un brazo, acercándola. Su mente buscó la de ella. Su increíble don de sanación requería una tremenda cantidad de energía, drenando su fuerza. Lo sintió en ella, pero todavía estaba examinando a los soldados, decidida a proporcionar ayuda a cualquiera que lo necesitara.

-Descansa un rato -le sugirió suavemente.

Ella le sonrió.

-Estos hombres han sufrido mucho en su batalla. Haré lo que pueda por dejarles más confortables. -Había habido combate, pero no el tipo de batalla que ella había creído al principio. Las heridas que habían soportado eran de cuchillos, no de espadas o flechas. Estos hombres habían estado muy cerca de sus agresores.

Emmett se alejó a cierta distancia, todavía manteniendo un ojo en ella mientras consultaba con su capitán en voz baja. Ella se movió entre los hombres, atendiendo heridas, sonriendo, incluso riendo suavemente con ellos, muy a gusto, aunque se las arregló para parecer regia con los pies descalzos y la ropa campesina, arreglándoselas para parecer hermosa y una dama en cada centímetro de su persona. Emmett intentó no notar la forma en que los hombres la miraban, la forma en que sus ojos la seguían. Intentó ignorar la tensión en su pecho y la ráfaga de sangre caliente arremolinándose bajo la fina superficie de su fachada civilizada.

Isabella sabía que se suponía que no debía ver mucho. Estos hombres eran miembros de la guardia de élite del don. Soldados de confianza, cada uno de ellos. Hombres que habían entregado su lealtad al don muchas otras veces. Don Cullen parecía conocer a cada uno de ellos personalmente. El capitán y el don hablaban en tono ronco, repasando un mapa parecido a los que había visto en el estudio privado del viejo Cullen. Por un breve momento se le ocurrió que Emmett había hurgado entre los mapas de su nonno y robado los que necesitaba. Pero eso no tenía ningún sentido. Emmett era el don, y poseía todo lo que había en el palazzo y en las tierras circundantes. Probablemente su nonno había hecho sin protestar mapas nuevos a su nieto para ayudarle.

Cuando Isabella hubo terminado de atender a su último paciente, Emmett reunió a los soldados.

-Hay una continua necesidad de secretismo. Vosotros, hombres solteros, sois voluntarios y ninguno tiene familia que pudiera insistir en saber dónde estáis. Debéis continuar en silencio, descansar, y estar listo para la próxima llamada. Transportad al joven Denali al palazzo.

La cabeza de Isabella se alzó, e inmediatamente se giró para mirar al joven soldado cuyas heridas eran tan severas. Conocía bien el nombre, la historia de la casa de los Denali. El viejo signore Denali había poseído la basta hacienda al norte de la de los Cullen. Tenía reputación de ser un buen don. Mucho antes del nacimiento de Isabella, cuando el Rey de España había codiciado la zona ávidamente, su familiar había alojado y escondido a miembros de alto rango de la Santa Iglesia. Al mismo tiempo había intentado hacer un tratado de paz con España. Pero había sido asesinado, sus tierras arrasadas, su gente dispersada, y se rumoreaba que sus hijos habían muerto junto con su padre. Este joven tenía que ser un nieto. No todo se había perdido.

-¿Qué está pasando aquí? -le preguntó a Emmett cuando el subió a su caballo y tiró de ella para ponerla delante con su fuerza casual.

Emmett guardó silencio hasta que estuvieron a cierta distancia del campamento.

-Preguntaste si estábamos en guerra. No tenemos más elección que estar en guerra. Nos rodean grandes lobos, poderosos y ávidos. Codician nuestras tierras y nuestras riquezas. Por eso he guardado los tesoros y la riqueza de la familia Cullen profundamente en el interior de los pasadizos, protegidos por las trampas de nuestros ancestros. La riqueza de nuestro país ha sido saqueada una y otra vez. Un buen líder presiente cuando cambia el viento, y debe actuar inmediatamente. Las guerras no se libran necesariamente en un campo de batalla, pero pueden ser igual de mortales y feroces. Austria busca controlar nuestras tierras, y pronto, si estoy en lo cierto, estará en el poder. Creo que es el momento de aliarse con ella. Permitirá que las famiglie más poderosas continúen mandando aquí mientras ellos se ocupan de sus propias fronteras. Tendremos una oportunidad de fortalecernos y prosperar. Para organizar esto, cuando algunos evidentemente no están a favor de mi decisión, necesitamos encontrarnos en secreto, en pequeños grupos, de forma que solo pocos puedan identificar a los demás. Ya que hay un traidor en el palazzo, el joven Denali debe permanecer oculto. Los hombres le traerán a la cala, y yo le llevaré al palazzo a través del pasadizo. Mis propios guardias se ocuparán de su seguridad, y solo tú entrarás en su habitación para atenderle.

-¿Cómo te hiciste el arañazo en el pecho la otra noche? -Preguntó bruscamente intentando controlar la voz y mantener la mente en blanco, como si su respuesta no fuera de gran importancia para ella.

Pero él urgió a su montura a entrar en una espesa arboleda, se detuvo, y desmontó con ella.

Estaban de vuelta en territorio familiar, no lejos del jardín de hierbas de Isabella. Ella se estiró, alzó los brazos sobre la cabeza hacia el cielo nocturno. La brisa del mar era fría y crispada, arremolinando hebras de niebla blanca alrededor de su falda haciendo que parecieran alzarse como una sirena desde las nubes.

Emmett suspiró suavemente.

-Dijiste que creías que mi propio primo había estado implicado en una conspiración contra mí. Sé que mi vida está en peligro. Últimamente ha habido cuatro atentados contra mí. Garrett en la playa, la sopa envenenada, una vez cuando estaba cazando con Jasper, y en nuestra noche de bodas.

Isabella le miró fijamente, con los ojos abiertos a la luz plateada de la luna.

-¿Cuánto hace de tu salida de caza con Jasper? -Podía leer la sinceridad en su voz, en sus ojos.

No había acudido a otra mujer en su noche de bodas, ni había abusado de ella o la había maltratado. Isabella había estado segura de que no, pero aun así era reconfortante oírle confirmar que no había sido él quien hiciera daño a Esme. El recuerdo de la muñeca de Esme, la terrible contusión y las quemaduras, de repente estuvieron vívidas en su mente. Y Tanya había tenido exactamente el mismo círculo de moretones en la muñeca. El aliento de Isabella quedó atascado en la garganta. Ambas mujeres habían estado con el mismo hombre. Se mordió con fuerza el labio inferior, intentando concentrarse en lo que le estaba diciendo su marido, mantener la revelación firmemente para sí misma.

Emmett se encogió de hombros.

-Hace unos meses. El asalto repentino fue solo una advertencia. Supe que alguien debía haber oído hablar de nuestros planes. Me moví inmediatamente para proteger nuestros tesoros y a mi famiglia.

Isabella se alejó de Emmett, no estaba dispuesta a que él le leyera su expresión transparente. Jasper había estado cazando con Emmett. Si, Jasper había resultado herido, pero eso podría haber sido un accidente. Garrett había sido el mejor amigo de Jasper además de su primo. Todo el mundo en el palazzo, incluido Jasper, sabía que Stefan siempre dejaba sopa calentándose para Emmett. Jasper había estado con los guardias la noche antes. Y Jasper había salido del laberinto el día que Michael se había desvanecido en su interior, con la ropa manchada de sangre. Se movía libremente por todas partes, no como Edward, que nunca estaba dispuesto a aventurarse entre los aldeanos del villaggio.

-¿Qué pasó en nuestra noche de bodas? -preguntó suavemente.

Jasper había estado en el pasillo, llamando a su marido para que la dejara.

-Es necesario silenciar a los que se oponen a nosotros, a los que nos traicionarían y pondrían en peligro a nuestras famiglie. Se me pidió que hablara con dos emisarios enviados por un aliado que necesitaba ayuda. Pero el "visitante" era en realidad un asesino enviado a matarme. No tuvieron éxito. -Habló suavemente, un hecho cierto.

Después se colocó tras ella, escudándola del viento con su cuerpo.

-Necesitamos unidad, y Austria no desea realmente controlar este país, tiene muchos otros problemas. Creo que podemos fortalecer nuestra posición y colocar a nuestra gente y estar listos para aprovechar la ventaja cuando la propuesta de alianza tenga lugar. En mi opinión, Austria dejará el control a las famiglie más fuertes. No veo otra opción aparte de unirme a ella para proteger a mi gente.

Muy gentilmente le rodeó el cuerpo esbelto con los brazos y la atrajo hacia atrás contra su pecho.

-¿Te he dicho lo orgulloso que estoy de ti? Sabía que estaba mal por mi parte meterte en un peligroso mundo de intrigas, pero no pude contenerme. Hice lo que pude por mantenerme lejos de ti, pero ahí estabas, justo delante de mí, ya no rondando mis sueños, ya no en informes susurrados de mis hombres, sino de carne y hueso y tan hermosa que no podía respirar cuando te miraba.

Ella echó la cabeza hacia atrás, descansándola contra su amplio hombro, sus ojos oscuros se reían de él.

-Estabas respirando. Recuerdo mi primer encuentro con usted, signore, bastante vívidamente. Estabas definitivamente respirando. Aun enfermo como estabas, todavía eras el hombre más poderoso que había visto nunca. Y me miraste...

-Tenía que mirarte. No podía apartar los ojos de ti -admitió él suavemente. Ella sonrió mientras miraba a la creciente oscuridad y los árboles tambaleantes con sus hojas plateadas.

-En realidad, no puedo decir que lamente que me hayas elegido como tu esposa. Sueño con un tiempo en que nuestra gente sea feliz y no tenga miedo en el palazzo, un tiempo en el que podamos conocernos el uno al otro sin interferencias del mundo exterior.

La boca de él vagaba perezosamente sobre su pelo sedoso, encontrando su oreja, y saboreando su piel un momento mientras las manos se movían hacia arriba por sus estrechas costillas para posarse justo bajo el suave peso de sus pechos.

-El mundo exterior conspira para mantenerme lejos de ti -susurró suavemente, su aliento era una cálida tentación- Pero sabes, piccola, no hay nadie aquí afuera que pueda interferir ahora.

Podía sentir el calor de su cuerpo, la forma en que se hinchaba y endurecía, presionando firmemente contra ella. Isabella sonrió ante su reacción y se presionó incluso más cerca. Inclinó la cabeza hacia atrás y se movió inquietamente, una invitación para sus manos vagabundas. Así era con él. La tocaba, y su cuerpo parecía arder en llamas. No era simplemente cuestión de desear que la tocara, necesitaba que la tocara. Parecía incendiarse, derretirse cada vez que la miraba con deseo llameando en sus ojos negros.

Osadamente, extendió la mano hacia atrás para rodearle el cuello con un brazo, bajándole la cabeza hacia ella. La boca de él encontró el pulso que palpitaba frenéticamente en el cuello. Encontró cada moretón de su garganta, la boca era cálida y consoladora, ardiente y excitante. Emmett inhaló la limpia fragancia de ella. Parecía indomable y libre, elusiva, parte del misterio de la noche, pero ardió por el cuando sus dientes le arañaron la suave piel y sus manos le acunaron los pechos, cuando sus pulgares le acariciaron los pezones hasta convertirlos en duros picos a través de la fina tela de la blusa.

El aire era vigorizante, los látigos de niebla tejían una pantalla de encaje blanco alrededor de ellos. Las sombras de los árboles se habían alargado y crecido hasta que fue casi imposible ver en el interior del bosque. Podían oír el estrépito distante de las olas contra los acantilados. Las criaturas nocturnas se removían, los insectos cantaban. En la distancia un lobo aulló, un sonido extraño y solitario. Otro lobo respondió, algo extrañamente íntimo en la creciente oscuridad. Un salvajismo se extendió por el bosque para envolverlos en un hechizo.

Emmett susurró algo que ella no pudo entender, sus manos le encontraron la blusa y la arrancaron de su cuerpo, dejando que la tela ondeara hasta los arbustos. Sus manos acunaron la carne lujuriosa mientras inclinaba la cabeza hacia el hueco del hombro de Isabella. Había algo muy erótico en estar de pie casi desnuda en la noche, con su cuerpo apoyado en el de él, sus pechos sostenidos posesivamente justo bajo las estrellas. Isabella se quedó sin aliento. Era asombroso lo erótica que se sentía, tan pecaminosamente excitada. Estaba bastante segura de que esta era una de esas cosas que las buenas chicas no hacían.

Pero no importaba. Nada importaba excepto la forma en que sus pechos se hinchaban doloridos ante su tacto. Deseaba más. Deseaba conocer todas las formas de complacerle, hacerle necesitarla como ella le necesitaba a él. El dolor empezó profundamente en su interior, extendiéndose, floreciendo como una tormenta de fuego mientras esta corría a través de su sangre. La boca de él era ardiente, lenguas de fuego se movían por su piel desnuda.

Isabella le sostuvo contra ella, cerrando los ojos para entregarse al puro placer que creaban su boca y sus manos. Sus dientes le tiraron gentilmente de la oreja.

-Quiero que te quites la falda, cara -susurró. Sus manos bajaron de los pechos para poder darle la vuelta poniéndola de cara a él y bebiendo de su belleza.

Su mirada era ardiente mientras viajaba sobre ella. Isabella se quedó de pie mirándole, sus ojos oscuros estaban abiertos de par en par a la luz de la luna. Él podía leer la timidez y el deseo a la vez.

-Quiero ver lo hermosa que eres -la animó.

Ella se estiró lentamente y soltó el nudo de su pelo largo, dejando que los sedosos mechones cayeran en cascada hasta su cintura. La acción elevó sus pechos, y la plateada luz de la luna lanzó encantadoras sombras sobre su cuerpo, haciendo que Emmett apenas pudiera respirar ante su visión. Ella sonrió entonces, observando su reacción.

Isabella se alejó unos pasos de él, justo fuera del alcance de su brazo, y, todavía observándole, se soltó la falda. Oyó su jadeo, una explosión de aliento cuando este abandonó sus pulmones. Alzó los brazos hacia la luna en una especie de homenaje, lo que hizo que su piel brillara invitadoramente en la luz apagada, y su pelo le acariciara el cuerpo como dedos.

-¿Es esto lo que deseas, marido? Quiero aprender a complacerte.

El silencio se extendió tirante mientras él la observaba con su mirada ardiente. Emmett se quitó las botas lentamente mientras ella se quedaba desnuda, esperando ante él.

-Ven a mí -ordenó con voz ronca-. Quiero que me quites la ropa. Eso me complacería, Isabella. Quiero observarte, verte temblar, saber que me deseas como yo te deseo a ti.

Estaba temblando, sorprendida por su propio atrevimiento, sorprendida por la oscura intensidad de sus ojos. La miraba con una feroz posesividad que nunca antes había visto. Era aterrador, aunque excitante. Se adelantó obedientemente, la brisa le tiraba del pelo haciendo que por un momento le cubriera los pechos, dejando solo sus pezones asomando, revelando su cuerpo ante la inspección de él.

Sus dedos temblaban mientras le quitaba la camisa. Él no la ayudó, la ardiente mirada nunca abandonó su cuerpo. Le sintió temblar cuando empezó a desabrocharle los pantalones, y sus dedos rozaron la carne hinchada. Isabella encontró aliento en su reacción. Estaba grueso y duro, absolutamente diferente a una mujer. Levantó la mirada hacia él, sin saber qué hacer a continuación.

-Tócame, Isabella. Muéstrame que tú también me deseas. -Su voz era más ronca de lo que nunca la había oído, su cuerpo era tan caliente que podía sentir el calor atravesarla- Tienes que conocer mi cuerpo como yo conozco el tuyo.

Ella deslizó la mano hacia abajo por el pecho con deliberada lentitud, disfrutando la sensación de sus duros músculos. Inclinándose hacia adelante, besó esos músculos, su pelo se derramó alrededor de él, rozándole la piel y haciéndole jadear de nuevo. Sus manos la cogieron por la parte superior de los brazos. Isabella sonrió ante la fuerza de su apretón, ante el conocimiento de que podría hacer que un hombre tan fuerte y poderoso temblaba de deseo como ella. Su cuerpo estaba ardiendo, húmedo, ardiente y dolorido. Deseaba las manos de él explorándola, su boca moviéndose sobre la de ella.

Exactamente lo que deseaba él. Acarició su longitud, explorando, moldeando, utilizando su mano como una vaina y observando la reacción de él. Se endureció más, hinchándose, las caderas empujaron contra su palma. Sus dedos danzaron y juguetearon, y le observó atentamente mientras su propio cuerpo se encendía y tensaba más y más.

-Dime - susurró lentamente, la tentación de una sirena- ¿es esto lo que te gusta?

Ella parecía salvaje en medio de la oscuridad, y él sentía el mismo salvajismo creciendo en él.

-Utiliza la boca. Quiero sentir de nuevo tu boca sobre mí, ardiente y húmeda como el interior de tu cuerpo -instruyó suavemente.

Sus manos se movieron sobre las caderas de él, e inclinó la cabeza para besarle el estómago plano, encontrar el hueso de su cadera y posar un beso allí. Al instante sintió la diferencia en él, como se tensaba con expectación. Su lengua le saboreó tentativamente. Oyó el aliento abandonar su cuerpo, le sintió estremecer. Su reacción la hizo más audaz. Le llevó unos momentos hacerlo bien, pero Emmett la dejó experimentar por sí misma. Supo que lo hacía bien cuando a él se le escapó un gruñido profundamente de la garganta, cuando las manos se apretaron hasta convertirse en bandas, cuando las caderas empujaron hacia adelante. Los dedos abandonaron sus brazos y se hundieron en su pelo.

-¡Isabella! -gritó su nombre entre dientes, un gemido de placer, de puro deseo. Sus manos la cogieron, casi tirando para levantarla, después la urgieron a levantar la cabeza de forma que pudiera encontrar su boca ciegamente, instintivamente.

Se fundieron juntos, las manos la arrastraron tan cerca que pudo sentir la impresión de cada uno de los músculos de él en su suave piel.

Isabella se entregó a su ardiente y exigente boca. Sus manos eran posesivas mientras se le movían sobre el cuerpo, por todas partes, encontrando sus curvas, los huecos, las sombras secretas. Se sumergió en él dispuesta, experimentando su deseo como algo vivo. La ansiaba, lo ansiaba, e Isabella se perdió a sí misma en su cuerpo fuerte. Las llamas lamían hacia ella. Profundamente en su interior como un volcán de ardiente y fundida lava extendiéndose fuera de control. Le susurró, deseando su cuerpo enterrado profundamente en el de ella.

-Emmett. -Un suave susurro de tentación. Una súplica. Un dolor.

Le cogió las manos y las colocó sobre un leño caído, inclinando su cuerpo de forma que quedara extendida ante él, su piel brillando a la plateada luz de la luna, su trasero redondeado una flagrante invitación. Se presionó contra ella, sus manos le mordieron las caderas. Isabella jadeó ante lo grueso y largo que lo sintió.

Emmett le susurró, sus manos le acariciaron las caderas, las nalgas. Presionó la palma entre los muslos para sentirla ardiente, húmeda y lista. Insertó un dedo en ella, poniendo a prueba su reacción, y la sensación de sus músculos tensándose alrededor de él.

-Estás lista para mí, cara -dijo suavemente, presionándose en su entrada femenina.

Isabella gritó ante la invasión. Se movió lentamente, centímetro a centímetro, saboreándola sensación de sus apretados músculos, suave terciopelo, calor feroz, tensándose alrededor de él. Observó la belleza de sus cuerpos uniéndose. Sus manos una vez más le encontraron las caderas haciendo que empujara tensamente en ella mientras empujaba hacia adelante, enterrándose profundamente, deslizándose dentro y fuera con el viento que soplaba el pelo de ella contra el cuerpo de forma que parecía seda.

-Dio, Isabella, eres ardiente y perfecta -jadeó, montándola con fuerza, empujando con fuerza en ella de forma que ella tuvo que devolver el empuje para evitar ser derribada.

Mientras la tormenta de fuego atravesaba sus cuerpos, el viento les tocaba la piel con dedos fríos, jugueteando e incitando, haciendo que Isabella deseara que el momento nunca terminara. Estaba haciéndola sobrevolar el cielo, uniéndoles en tal pasión, con tal fuerza, que sintió lágrimas de alegría en los ojos. Sintió su propio cuerpo tensarse, como una espiral que se cerraba más y más, la fricción hacía que danzaran llamas en su sangre. Su cuerpo estaba fundido con el de él por el fuego, dolorido.

Isabella cerró los ojos, se entregó completamente, y explotó, oyéndole a él rugir su propio alivio, haciendo que se rompieran juntos, volando alto. Su cuerpo continuó apretándole, y él se estremeció de pasión, abrazándola firmemente contra él durante largo tiempo mientras sus corazones palpitaban frenéticamente y sus piernas se volvían de gelatina. Los brazos de Emmett se deslizaron lentamente alrededor de la cintura de ella para sujetarla, su cuerpo lentamente y a regañadientes se alejó del de ella. La giró para abrazarla contra su pecho, su cuerpo era ahora un refugio para ella. Isabella le envolvió los brazos alrededor del cuello, colgándose de él, incapaz de comprender la magnificencia de la forma en que se había unido. Las manos de él le moldearon la espalda, moviéndose lentamente sobre la larga curva de su espina dorsal para enterrar finalmente la cara en el largo pelo.

-Me encanta la forma en que me respondes -dijo él-. La forma en que tu cuerpo arde, haciéndome saber que me necesitas tanto como yo te necesito. -Le besó la coronilla- Me encanta la forma en que confías en mí cuando no me lo he ganado. Cuando te he colocado directamente en el peligro. Cuando no te di elección, aun así, estás dispuesta a dármela. Gracias, Isabella, por estar dispuesta a darme una oportunidad. -Sonó muy humilde.

Pudo sentir esa curiosa sensación de derretimiento en la región de su corazón. Su pelo voló alrededor de ellos como una capa sedosa, envolviéndolos a ambos.

-¿Sabes, Isabella -murmuró suavemente- que con frecuencia soñaba contigo incluso antes de conocerte? Me tendía noche tras noche y ni una vez concebí que pudieras ser real. -Le cogió la barbilla entre las manos, inclinándole la cara hacia la de él, sus manos fueron gentiles- Angela into, amore mia.

La luna intentaba brillar valientemente a través de las capas de niebla, lanzando un brillo extraño entre los árboles tambaleantes. Isabella sonrió hacia él, ante la oscura intensidad de su mirada mientras la estudiaba.

-Tienes un moretón en la cara -observó él tiernamente- y más en el cuello. -Se inclinó hacia adelante para rozarle la piel con la lengua juguetona y húmeda para aliviar el malestar- Me duele verte herida.

Su corazón saltó, y el calor se acumuló en su interior, así de rápido.

-¿Parezco real cuando me tocas? -preguntó Isabella suavemente, inclinándole la cabeza hacia atrás para permitirle alcanzar las peores marcas de su garganta- Porque algunas veces, cuando me tocas, me siento perdida en un sueño de placer y pasión, y no estoy segura de que seas real.

-Soy muy real, piccola, y me estoy enamorando de ti. Lanzaste un hechizo sobre mí, un maravilloso encantamiento, haciendo que el sol brille para mí solo cuando estás cerca. -Le besó la garganta, las manchas oscuras, la evidencia del peligro.

Su boca vagó más abajo, sobre la piel satinada como si nunca pudiera tener suficiente de ella. Encontró el pecho, jugueteó con el pezón, sus dientes fueron gentiles, su lengua se arremolinó perezosamente.

Isabella le acunó la cabeza, dejando que el delicioso calor se extendiera lentamente a través de su cuerpo, saboreando la forma en que se apretaba más y más.

-Háblame de tu famiglia, Emmett, tus padres, tus abuelos, todos vivís en la sombra de tan horrible maldición.

Emmett suspiró, alzando a regañadientes la cabeza lejos de la tentación de su cuerpo. Su voz fue una mezcla suave de pena y pesar.

-¿Qué puedo contarte de mí famiglia? Mi nonno amaba a su esposa como a ninguna otra. Siempre estaban juntos, siempre sonriéndose el uno al otro a través de la habitación. Ella era una mujer amable y cariñosa. Todo el mundo la quería... ¿cómo podían no hacerlo? Ella nos crió a mí y a Jasper. Intentó criar a Edward, pero el mio padre mantuvo a Edward cerca de él.

-Nunca mencionas a tu madre, Emmett. ¿Por qué? -Una corriente súbita la hizo estremecer. Una sombra cruzó delante de la luna.

Al instante Emmett la abrazó, encerrándola entre sus brazos, su cuerpo protegiéndola del viento.

-La mayor parte de mis recuerdos de ella son de verla recorrer el palazzo, sonriendo. Nos asentía ocasionalmente, pero nunca nos hablaba. No recuerdo que abrazara a ninguno de nosotros, ni siquiera a Edward. El mio padre estaba siempre con ella. Nunca apartaba los ojos de ella. Era muy celoso con cualquiera que se acercara a ella, incluso con nosotros. -Enterró la cara en su pelo sedoso como si los recuerdos que estaba conjurando fueran demasiado dolorosos para soportarlo.

Había tanta desesperación en su voz, Isabella le rodeó el cuello con un brazo, presionando los pechos contra su pecho, deseando consolarle.

-¿Qué le pasó? -No estaba segura de querer saberlo realmente. Había una inmovilidad, una sombra callada en ella que presagiaba problemas.

-Ella... desapareció. Nosotros eramos niños. Nunca olvidaré ese día, no mientras viva. -Emmett se alejó caminando de ella, dejando caer los brazos a los costados.

El corazón de Isabella se compadeció de él. Parecía absolutamente vulnerable. Se alejó de ella, mirando fijamente hacia la niebla arremolinante, sin preocuparse de su desnudez. Isabella comprendió que nadie hablaba nunca de los padres de Emmett. Su padre había sido el don solo durante tres cortos años, y nadie hablaba de él. Ni siquiera Sue hablaba nunca del hombre. Isabella ni siquiera sabía cómo había muerto, dejando el legado Cullen a su hijo mayor, Emmett.

-La vi con uno de los soldados. No era la primera vez. Se encontraban en la torre. Solo que esta vez el mio padre la siguió. Yo estaba en las murallas. Vi a Padre subir las escaleras de la torre. Le llamé, intentando advertir a mi madre de su presencia, pero el viento era fuerte y se llevó mi voz lejos del palazzo. Fue la primera vez en mi vida que tuve realmente miedo. Había algo en la forma en que mi padre estaba subiendo esas escaleras. No puedo explicarlo, pero no parecía bien. Recuerdo extenderme a nuestra manera especial hacia Jasper, pensando puerilmente que entre los dos podríamos evitar lo inevitable.

Una terrible tristeza le abrumó, y Isabella sintió el peso de la carga del niño, un chico incapaz de salvar a su madre de la ira de su padre. Al instante acudió a él, rodeándole con sus brazos, presionando la cara contra su amplia espalda.

Emmett respondió inmediatamente, sujetándole las manos contra su estómago plano.

-El mio padre tenía muchas otras mujeres. Todos lo sabíamos. Ella lo sabía. Pero eso no evitó su rabia. El viento no pudo llevarnos sus gritos lo bastante rápido. Vi el cuerpo del soldado después, y nunca entendí como un hombre podía odiar tanto a otro como para hacer las cosas que él había hecho. -Inhaló profundamente y se dio la vuelta para enfrentarla, sus ojos eran muy negros en su intensidad, ella sintió un profundo terror alojarse en su corazón- Hizo esas cosas delante de ella. La hizo mirar. No sé que le hizo a ella, pero la mantuvo viva mucho tiempo, muchos meses. Pero nunca volvimos a verla, y un día él simplemente anunció que estaba muerta. ¿Entiendes ahora el terrible legado de violencia y celos que ha pasado a nosotros tres? Jasper y yo juramos que nunca tomaríamos esposa. -Le hundió los dedos en los brazos- Sé que no tenía derecho a arriesgarme así con tu vida, envolverte en la red de violencia y muerte que es mi legado. Quiero que sepas que intenté luchar contra ello, pero la primera vez que me tocaste y sentí tu calidez sanadora, por primera vez en mi vida sentí que estaba en casa. Que pertenecía a un lugar. -Sus manos le enmarcaron la cara- No tuve fuerzas para dejarte. Cuando un hombre desea algo, necesita algo, puede racionalizarlo todo. - Parecía oscuro e intenso allí en medio de la noche- Y yo te deseaba, muchísimo. Te miraba y sabía que tendría paz contigo. Tú me proporcionarías paz.

El viento nocturno susurraba alrededor d ellos. La niebla amortiguaba los demás sonidos de la noche, su velo blanco se abría paso entre los árboles. Los ojos oscuros de Isabella estudiaron la cara de él cuidadosamente.

-¿Lo he hecho? ¿Te he proporcionado paz, Emmett?

Él le pasó los dedos por la suave piel, sobre la cremosa hinchazón de sus pechos.

-Más que bastante para toda una vida. Creí que tu cuerpo me daría solaz... un pensamiento egoísta, en realidad... pero también iluminas mi casa, ahora mi gente sonríe. He oído cantos y risas donde solo había silencio. -Se inclinó para besarle los labios gentilmente, tiernamente- Has cambiado mi vida, piccola, y anhelo sentir al mio bambino creciendo en tu estómago- Sus dedos se abrieron como si ya sujetaran al niño bajo su palma- El día no puede pasar lo bastante rápido para que pueda llegar a nuestra recámara donde tú estás esperando por mí- Su mano se deslizó más abajo para enredarse en los oscuros y húmedos rizos, presionando para sentir la ardiente humedad. El aliento de Emmett escapó en un largo suspiro de satisfacción- Miro a los años venideros y sé que siempre será así. En el instante en que te veo, en que siento tu cuerpo, en que te toco, te deseo una y otra vez. Nunca importará que acabemos de hacer el amor. Me pondré duro, hinchado y pesado de deseo.

Deslizó dos dedos en su apretado canal y sintió la ráfaga instantánea de calor húmedo dándole la bienvenida. Inclinó la cabeza a la expectante punta del pecho, su boca succionó, sus dedos se deslizaron dentro y fuera de ella hasta que se le tensaron los músculos con fiera necesidad. Cogiendo su camisa, la colocó sobre el leño caído y después la levantó fácilmente, levantándola hasta que su trasero descansó sobre la camisa. Le cogió los pies, colocándolos cuidadosamente cerca del leño dejándola abierta y vulnerable a su invasión.

-¿Otra vez? -El aliento de Isabella llegaba en jadeos- ¿Me deseas otra vez? -tuvo que abrazarse a sí misma con los brazos.

-Tanto que voy a arder en llamas, cara. -La abrazó, atrapando sus caderas para poder empujar hacia adelante, enterrándose profundamente.

Esta vez podía verle la cara, las líneas profundamente talladas, la ardiente intensidad de sus ojos, sus cuerpos se unieron en una danza de pasión y calor. Se movió con él, igualando su ritmo, urgiéndole a estocadas más largas y profundas, deseando tomarle tan profundamente que se encontrara refugiado en su alma. Le envolvió las piernas alrededor de la cintura, presionando firmemente contra él, apretándole hasta que fueron uno.

Isabella observaba su cara, cada expresión, las sombras, la alegría, cada matiz. Deseaba que el placer de él fuera tan intenso como el suyo propio. Él se estaba entregando, asegurando el placer de ella antes del suyo propio, poniendo cuidado, sin importar lo enérgicamente que entrara en ella, sin importar lo violento de su pasión, sus manos eran gentiles y ella no sufrió ninguna incomodidad aparte del torrente del fuego que crecía en su interior. Del calor caldeante que se apretaba más y más hasta que explotó, llevándole con ella.

Isabella le miró, atónita por la magnitud de su unión. Era un hombre de gran poder, de enorme fuerza, y aun así era siempre muy tierno con ella. Su experiencia nunca la hacía sentir inadecuada. Se encontró sonriendo hacia él.

-Creo que necesito dormir, Emmett. Aquí mismo, ahora mismo. Me has agotado.

Él la levantó y sus pies tocaron tierra, algo real y sólido. Su cuerpo fuerte estaba temblando todavía, su corazón latía fuerte y ruidoso bajo el oído de Isabella.

-¿Quieres dormir aquí? ¿Bajo las estrellas? No querría que te pusieras enferma. -La niebla traía con ella la sal del océano.

Se acurrucó contra él.

-Estoy contigo. Nada puede hacerme daño.

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¡Hola, hola!

Parece que ya compensaron la noche de bodas jeje

Déjenme saber qué les pareció el capítulo n.n estamos a pocos capítulos de terminar la historia.

No olviden dejar un lindo capítulo.

¡Nos leemos pronto!