~ letters

Otabek era hijo del general de la policía de la ciudad donde residían. Viviendo en una casa con siete bocas que alimentar, era inevitable que como hijo mayor tuviera que perseguir el mismo ideal de su padre y mantenerse en la capitanía, relevándolo una vez este fuera anciano y jubilara.

Excepto por él, todas sus hermanas eran mujeres. Su padre ganaba buen dinero, pero la mayoría se le iba en contribuciones y en las deudas de la casa donde vivían. El sueldo de Otabek era algo más bajo y siempre era usado para las compras del hogar, lo poco que sobrara, él lo ahorraba.

Por otro lado, Yuri Plisetsky era el hijo de uno de los nietos de un destacado conde de la ciudad. Había nacido y criado en cuna de oro. A él y a sus demás hermanos jamás les faltó el pan en la mesa y podía jactarse de tener una generosa herencia en cuanto su padre pusiera lo pies en la tumba.

Había conocido a Otabek Altin por pura casualidad, un día que le tocó salir a dar su paseo matutino con Mila Babicheva, la prometida con la que se le estaba obligando a casarse a finales del próximo año. La muchacha, de pomposos vestidos y extravagante maquillaje, le había presentado entusiasmada al general Altin y su hijo: ambos familiares lejanos de su padre.

El flechazo fue instantáneo y la conexión inmediata.

Pero como eran dos hombres en medio de una sociedad arcaica y machista, sus deseos más profundos estuvieron aprisionados en simples conversaciones por las plazas de la ciudad y uno que otro choque de sus antebrazos al caminar uno al lado del otro. Yuri vestido de noble, Otabek vestido con su uniforma policial.

Sin embargo, las cartas que se profesaban eran cuento aparte.

Era en papel y tinta donde podían dar rienda suelta a sus más profundos pecados de desearse con la más fuerte locura que solo un amor prohibido podía inspirar.

Cada trozo de papel lo guardaban celosamente, como un trofeo. Uno bajo su cama, el otro en la pequeña caja al final de su armario. Eran sus preciadas posesiones, el ferviente tesoro del primer amor que les quemaba el corazón y les hacía sonreírse cómplices en cada paseo incluso cuando ni siquiera podían tocarse las manos por el ojo crítico de la sociedad.

Su primer beso fue bajo el puente, casi a media noche. Otabek tomó los labios de Yuri y se enredaron solo como dos amantes desesperados pueden hacerlo tras un largo tiempo sin verse. Degustar el sabor acaramelado de la boca de Yuri fue como saborear fresas y chocolate, un sabor tan delicado como delicioso. Todavía podía recordar el latir salvaje del rubio que se abrazó a su cuello como si la vida le fuera en ello.

Regañaron a Yuri por llegar pasada la media noche a su hogar. Mila estaba allí y se mostró muy ofendida porque estuvo todo el día de visita esperándolo y él llegaba justo cuando su carruaje ya había llegado para marchar junto a su padre. Pero a Yuri no le pudo importar menos. Corrió a su habitación con las mejillas acaloradas y acalambradas de tanto sonreír. Tomó papel, pluma y tinta y comenzó a redactar una larga carta para Altin. No importaba que hace tan solo minutos acabaran de despedirse, él necesitaba rayar sus sentimientos, decirle que lo amaba, que lo amaba como nunca había amado a nadie y que una vida sin él era como una vida sin color, que su jodido matrimonio poco le valía y estaba dispuesto a declinar cualquier tipo de propuesta matrimonial u de obligación para con su renombrado apellido porque lo quería a él, solo a él, a Otabek Altin; con sus sonrisas fugaces y sus ojos profundos, su voz ronca y la amabilidad en la yema de sus dedos, la entretención en sus labios y su corazón que le inspiraba calor.

Otabek tragó duro cuando la mañana siguiente recibió la carta y sus latidos feroces lo hicieron releer al menos diez veces el mismo mensaje con la bella curvilínea letra de su amado. Qué atrevido era ese chiquillo, se sentía eclipsar con su energía y voracidad. Se sentía un maldito afortunado de haber conocido a alguien como Yuri, tan vivaz e inteligente, lleno de belleza y ternura. Podía arrasar como un torbellino su poca cordura y lo hacía ceder ante sus encantos, tan solo pensar en sus labios lo hacía embobar y desear con más ahínco su próximo encuentro.

Pero, como todo lo que subía también debía bajar, la burbuja en la que estaban tan enfrascados amándose se reventó el día en que el padre de Otabek halló las cartas bajo su cama.

Fue un caos, Otabek en un inicio no sabía por qué su padre estaba tan furioso y le gritaba desaforadamente. Sus hermanas habían salido de sus tareas cotidianas asustadas y su madre intentó defenderlo hasta que su esposo lanzó al suelo las cartas que Otabek había guardado con tanto afecto.

Sintió que el corazón se le detenía y un miedo intenso le dormía todo el cuerpo.

Sin piedad alguna, diez azotes fue lo que se ganó porque el General Altin no quería manzanas podridas en su hogar, mucho menos un hijo homosexual, ¡y más encima su hijo mayor! ¡qué vergüenza! ¡qué deshonra a su familia!

Bibi lloró toda la tarde mientras le lavaba la espalda ensangrentada a su hermano mayor. Era su favorito, era su hermano consentido, incluso si Otabek era acusado de asesino y tirano, ella no podría odiarlo porque era su hermanito.

Otabek no supo nada hasta cuatro días después, cuando despertó y cuando Bibi lo puso al tanto con su voz quebrada y sus ojos hinchados que su padre había ido a hablar con el Señor de la casa Plisetsky de lo sucedido; ella lo había escuchado hablar con su madre acerca del encierro en el que estaban manteniendo a Yuri y del adelanto de la fecha de su matrimonio con la señorita Babicheva, puesto el Señor Plisetsky no quería que las malas lenguas esparcieran rumores de que su hijo era un enfermo descarriado.

Otabek sintió coraje, mucho coraje y tristeza. La impotencia con la que se llenó su corazón solo se vio aplacada por el dolor y escozor de las heridas en su espalda.

— Las cartas, Bibi... — murmuró apenas por el nudo en su garganta — ¿dónde están? ¿dónde las ti...?

La chica sacó un par de papeles de su delantal y se los puso en el regazo.

— Rescaté lo que pude — dijo mirando algunos de los papeles chamuscados — lo demás fue quemado.

Otabek tiró la cabeza hacia atrás, chocando con la pared. Los ojos se le anegaron en lágrimas y se mordió el labio para no llorar.

Bibi pudo las manos sobre las suyas.

— Beka, ¿por qué no te vas? — le dijo con voz dulce — ¿por qué no buscas a ese chico y se van lejos?

Otabek la miró incrédulo, negando con la cabeza.

— Se va a casar, Bibi, se va a casar y yo no puedo hac...

— Yo — lo interrumpió — yo leí la última carta que te envió — las mejillas se le pusieron rojas por haber visto algo tan íntimo de su hermano — si él te ama tanto, ¿no crees que aceptará todo de ti? Si tú también lo amas, ¿por qué no lo vas a buscar?

— Pero Bibi, tú y los demás, papá...

— ¡Siempre piensas en nosotros! — exclamó la niña — ¡nosotros estaremos bien aquí! Pero es a ti a quien papá no dejará vivir en paz después de esto — sus ojitos castaños se llenaron de lágrimas — yo quiero que mi hermano sea feliz.

Otabek sintió el corazón chiquito y con gran esfuerzo -y dolor- se inclinó para abrazar a su hermana.

La última carta fue enviada por Bibi a las cinco de la mañana, un encuentro fortuito en las rejas de la mansión Plisetsky con la sirvienta personal del chico que le aseguró el sobre quedaba en manos seguras y que el secreto moría con ella.

Otabek besó por última vez a su hermana a las doce de la noche, en las rejas traseras de su hogar. Llevaba dinero en el bolsillo izquierdo, el pañuelo de Bibi en el derecho y el corazón acelerado justo a la izquierda de su pecho.

Su segundo beso con Yuri Plisetsky fue con las lágrimas del chico rodando por sus pálidas mejillas y compartiendo una sonrisa a la una de la mañana mientras corrían por las oscuras calles hasta perderse quién sabía dónde.

No necesitarían cartas nunca más, podrían pasar el resto de sus días diciéndose sus sentimientos tomados de la mano, uno al lado del otro, en un lugar muy lejos de allí, juntos.


~ día 23: cartas

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