No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.

.

.

.

Isabella miró alrededor, buscando su ropa. El fino rocío de mar se aferraba a su pelo, rizándolo en largas espirales alrededor de sus hombros.

-¿Nunca te cansas de ser el don? -preguntó-. ¿Tantos peticionarios acudiendo a ti con sus problemas, esperando que resuelvas todo a su satisfacción? - Inclinó la cabeza a un lado, el pelo se le deslizó sobre los pechos-. ¿Y cómo es que te convertiste en el don a tan corta edad? ¿Qué le ocurrió a tu padre? -Prefería que se lo contara todo aquí a campo abierto, con el sonido de las olas rompiendo contra la costa y el viento llevando sus palabras mar adentro.

Emmett se pasó una mano por el pelo negro, con una mirada precavida.

-Nonno se puso bastante enfermo, una fiebre terrible. No esperábamos que se recuperara. El manto del liderazgo recayó sobre el mio padre. Aunque Nonno estaba enfermo y al borde de la muerte, había cosas que se negaba a contar al mio padre sobre el manejo de nuestras tierras. Creo que sabía que padre era... -Buscó las palabras correctas-. Que no estaba a la altura de semejante posición. Nonno tuvo una difícil y larga recuperación, y le recuerdo bastante débil. Pero pronto estuvo claro que mi padre continuaría liderando a nuestra gente. Hubo... incidentes. Se hizo enemigos y fue negligente con sus deberes en su constante persecución de mujeres. Nuestra gente y nuestras fincas, las tierras, se estaban arruinando a una velocidad vergonzosa. Eso no podía continuar. También se habló de que se estaba vendiendo a nuestros aliados. -Bajó la mirada a sus manos-. El mio padre fue asesinado. Nunca averigüé quién lo ordenó, aunque lo intenté. Sé que otros dons estaban preocupados por si mi padre estaba ayudando a nuestros enemigos, y sé que Nonno temía que tal cosa pudiera estar ocurriendo. Se le enterró tranquilamente, y como Nonno nunca se recuperó del todo, yo asumí el liderazgo. -Se calló que la mayor parte de su gente creía que su abuelo había asesinado a su propia esposa.

Isabella encontró su blusa y la sostuvo por un momento, agradeciendo haber crecido en el villaggio, libre de tanta intriga mortal.

-Me alegro muchísimo de que me eligieras a mí por esposa, Emmett. Espero borrar siempre las sombras de tus ojos.

Él acudió a ella inmediatamente, sus brazos la acercaron, su boca encontró la de ella. Sus manos se movieron sobre la espalda desnuda, moldeando su estrecho torso, después se deslizaron hacia arriba para acunarle los pechos, sus pulgares juguetearon con los pezones, ya duros picos por el frío aire nocturno.

-Más me alegro yo de haberte visto y reconocerte inmediatamente. Significabas mucho para mí. Supe que eras tú. Lo sentí en mi corazón.

Isabella casi dejó caer la blusa al abrazarle, acunándole la cabeza, con los dedos entre su pelo.

-Yo lo sentí también. -Se acercó, ofreciendo consuelo hasta que él la besó gentilmente hasta dejarla ir a regañadientes.

Ella se metió la blusa por la cabeza, deslizando los brazos en sus mangas, decidida a traer la sonrisa de vuelta en la cara de él.

-Mira lo perfecto que es esto, tranquilidad, un montón de espacio para correr. -Se metió en la falda, inclinando la cabeza hacia atrás, pareciendo una sirena salvaje-. Me encanta esto.

Emmett se vistió lentamente, observándola danzar alrededor de los árboles, su suave risa era un susurro tentador.

Isabella le miró sobre el hombro, provocativa, sexy. Vio que estaba sonriendo. Parecía más joven, más despreocupado de lo que le había visto nunca.

-Mi esposa descalza -dijo él suavemente, y fue a su caballo para frotarlo un manojo de hierba por el lomo-. ¿Si quieres pasar un rato más sola aquí conmigo, quién soy yo para decirte que no? Podemos descansar un ratito. No estamos lejos del palazzo.

-Aquí no, Emmett -dijo Isabella-. Arriba, en los acantilados sobre el mar. Es tan hermoso por la noche. Podemos observar las olas y mirar las luces del mar que a veces brillan en las profundidades bajo el agua. Parecen como redes de plata bajo la superficie. ¿Alguna vez las has visto?

Don Cullen asintió mientras la seguía subiendo por el estrecho sendero hacia los acantilados que daban a la ensenada arenosa donde su primo y aliado le había atacado. Había pasado mucho tiempo desde que se había eludido sus obligaciones y se había tomado unas pocas horas para sí mismo. Tenía una nueva esposa, parecía poco el que le pidiera que se sentara con ella, solo ellos dos, observando el mar. Extendió la colcha sobre el suelo y le tomó la mano, ayudándola a colocarse. Él se sentó cerca, empujándola hasta sus brazos.

Isabella se acurrucó contra él, apoyando la cabeza contra su pecho. Estaba somnolienta, su cuerpo saciado y deliciosamente dolorido. Cerró los dedos entre los de él.

-Yo tuve una niñez feliz, Emmett. Perdí al mio padre antes de conocerle, así que no me entristecí. El tiempo que pasé con la mia madre fue maravilloso. Ella hacía de la vida una aventura. Siempre estaba riendo y cantando, y los demás niños acudían a ella en tropel. Quedé devastada cuando ella y mi tía, su hermana, murieron, pero Sue estaba allí, y me dejó mi libertad, y me amó con todo su corazón. Nunca me hizo sentir diferente. Me hizo sentir especial. Decía que yo tenía dones de Dios.

La mano de él le encontró el pelo y se enredó allí.

-Ahora tú haces que las pequeñas Alice y Angela se sientan especiales, como harás que nuestros hijos se sientan especiales. -Su brazo se apretó posesivamente alrededor de ella-. ¿Por qué me tienes tanto miedo, Isabella? -Las palabras se le escaparon antes de poder detenerlas.

Isabella sintió como el corazón de él saltaba. Se quedó en silencio. No estaba en su naturaleza decir una mentira. Se giró para que su mirada pudiera encontrar la oscura intensidad de la de él.

-Porque tú te temes a ti mismo. Está en todo lo que dices y haces. Esta oscura maldición bajo la que tú y tus hermanos vivís. Crees en ella, y eso le da vida.

-¿Tú no crees en ella? -preguntó él calladamente, sus palabras apenas audibles. Apartó la vista de ella para mirar al espumoso mar-. ¿No puedes verlo?

-Veo que tú le das poder. Mientras creas en ella, le insuflas vida, Emmett. Le das poder. Yace a la espera, observándote en busca de un momento de debilidad. Y todo los tenemos, lo sabes. Cada uno de nosotros. Si crees que estás maldito con el asesinato y los celos incontrolables, llegará un momento en el que sonreiré en dirección de algún soldado joven y guapo, y tú me verás. La maldición estará allí, agazapada como una bestia salvaje, yaciendo a la espera de tomar el control de ti. Yo no le daré vida; tú ya lo habrás hecho. -Sonaba triste.

Emmett inclinó la cabeza hacia ella al instante, besándole los ojos, la comisura de la boca.

-Dime cómo romper la maldición, angelo mio. Dime qué hacer. La siento arañarme cuando miro por la ventana y te veo reír en el patio con Ben o Eleazar o incluso con el mio fratello. Eres tan hermosa, me quitas el aliento. Sé que sin ti estaría vacío. He soportado el vacío, y no quiero volver allí. Preferiría morir ahora, feliz por una vez en mi vida, que arriesgarme a hacerte daño de algún modo como el mio nonno a su esposa. Él adoraba a la mia nonna, pero está muerta, y él está hueco. Mejor sería que nunca te hubiera tomado como esposa que dejar que el destino de mi famiglia nos afectara a nosotros.

-Entonces debes creer en mí, Emmett -susurró Isabella suavemente. Le enmarcó la cara con las manos-. Cree en lo que ves en mis ojos cuando te miro. Cree en mi cuerpo cuando me tocas. Cree en ti mismo, en tu fuerza y poder, pero por encima de todo, cree en nosotros. Si puedes hacer eso, la maldición se romperá, inútil. Yo podría sonreír a cientos de hombres guapos y jóvenes, y tú siempre sabrías que solo veo tu cara, solo deseo tu cuerpo. Es tu elección. -Dejó que sus manos se apartaran de él, pero sus ojos le mantuvieron la mirada.

-¿Crees que los hombre Cullen han moldeado su propia maldición? -Se pasó una mano por el pelo oscuro, despeinándolo incluso más lo que lo había hecho el viento-. ¿Crees que nuestras mujeres se han vuelto locas o han sido asesinados por una maldición sin poder? -Le enredó los dedos en el pelo, los largos y sedosos mechones se deslizaban alrededor de su palma.

A Isabella una sombra le recorrió la cara. La voz de él estaba templada, pero la hacía sentir joven y tonta. Su mirada se apartó de él. ¿Quién era ella para intentar explicar algo con lo que su familia había vivido durante generaciones? Emmett le cogió la barbilla en la palma de la mano, obligándola a mirarle.

-¿Crees lo que estás diciendo, Isabella? -insistió-. ¿Lo crees realmente?

Ella tomó un profundo aliento, su corazón palpitaba. Creía lo que estaba diciendo, pero ¿confiaba en él lo suficiente como para admitirlo? Era mucho más joven e inexperta que él, una mujer y de un estatus mucho más bajo.

-Isabella -Él susurró su nombre al viento. Su talismán. Su mundo. Sus brazos la envolvieron de nuevo, abrazándola firmemente contra su cuerpo.

Decidió hablar y arriesgarse a que se burlara.

-Todo el mundo tiene defectos, Emmett. Incluso los Cullen. Los celos son tan malos como decir una mentira. Le comen a uno por dentro, destruye a hombres y mujeres. Es una debilidad, no una maldición. Puedes detenerla como podría haberlo hecho tu nonno. No deberías darle crédito, no deberías fortalecerla ni alimentarla o permitirle ningún poder en absoluto sobre ti. En realidad, no es una maldición, Emmett. Ningún legado de amor se tuerce. En realidad, es algo contra lo que debes luchar, como un enemigo o una enfermedad. Estar vigilante siempre, no bajar nunca la guardia, y conquistarás la "maldición".

-¿Crees que es tan fácil? -Había tristeza en su voz.

Isabella sacudió la cabeza.

-Fácil no, y con todo no tan difícil. Es cuestión de confiar en ti mismo y aquel al que amas. No puedes simplemente poseer a alguien y esperar que ella te corresponda -señaló valientemente.

Él bajó la mirada al agua espumosa y palpitante, a las olas que rompían contra la costa y se estrellaban contra las rocas. Sus dedos encontraron la nuca de ella, masajeando gentilmente para aliviar sus miedos.

-¿Es eso lo que hacen los hombres Cullen? ¿Poseer a sus mujeres?

-Dímelo tú. Eres tú el que teme a la maldición, Emmett. Yo ya no le tengo miedo, solo a los que creen tanto en su poder que nos destruirá.

Emmett se quedó en silencio largo rato, dando a sus palabras el respeto que merecían.

-¿Cómo has conseguido ser tan sabia a tan corta edad?

-Cada uno de nosotros tiene fuerzas para equilibrar nuestras debilidades. Yo tengo muchas debilidades, Emmett. Los hombres no son una de ellas. Soy leal y de confianza, y seré tu fiel compañera si tú lo permites. -Agachó la cabeza-. Entre mis debilidades están el hacer cosas sin pensar, y necesito la libertad de las colinas. -Su voz se volvía somnolienta.

Él rió suavemente.

-Nunca lo habría supuesto, piccola. Pero estás agotada, durmiéndote. Debemos irnos a casa esta noche. Tendrás un paciente esperando. Me gustaría tenerle allí pronto para asegurar que su identidad no sea descubierta.

Isabella gimió suavemente en protesta, pero se puso de pie obedientemente y se estiró para aliviar la rigidez de su cuerpo. Le frotó la mejilla contra el amplio hombro de él.

-No me importa donde durmamos, mientras sea pronto.

Emmett la levantó entre sus brazos, acunándola contra su pecho.

-Pareces una bambina con tus grandes ojos somnolientos, lista para dormir. -Inclinó la cabeza hacia la de ella, su boca le vagó perezosamente sobre la cara-. Gracias por ser mi esposa.

Ella le sonrió, sus largas pestañas bajaron.

-De nada. -Estaba flotando, medio despierta, medio dormida, mientras él la llevaba de vuelta a donde había dejado el caballo.

Dio la bienvenida al sueño, pero sobre todo dio la bienvenida a la comodidad de sus brazos. Se había atrevido a contarle sus pensamientos, y no se había enfadado con ella, ni había desechado sus ideas por tontas o infantiles. La había tratado como a su igual. Eso significa más que cualquier regalo que pudiera haberle dado.

Lejos, en alguna parte al borde del sueño, oyó el aullido de una lechuza. Pareció resonar a través de la niebla, una nota extraña y discordante que atrajo una sombra a su sueño. Isabella frunció el ceño y giró la cara hacia el abrigo del pecho de Emmett, presionándose contra el firme latido de su corazón. La lechuza estaba respondiendo a otra, ésta estaba mucho más cerca y fue más ruidosa. La sombra interior creció y se alargó.

-Isabella. -Había una clara advertencia en el susurro de Emmett. Le puso los pies sobre el suelo, la boca contra su oído.

-Hay problemas, alguien nos acecha. El caballo ha desaparecido. -La colocó protectóramente tras su sólida figura.

-Lo siento, estaba demasiado dormida -murmuró suavemente.

Era una excusa pobre, debería haber notado el peligro inmediatamente. La lechuza la había advertido dos veces, la sombra había crecido profundamente en su interior, pero había estado cansada, vagando dentro y fuera del sueño. Ahora estaban en peligro.

Oyeron un sonido débil a su izquierda, algo se movía furtivamente entre los arbustos. En la lejanía, la lechuza aulló de nuevo. A cierta distancia, pudieron oír el sonido de cascos martilleando la tierra. La niebla era muy espesa, entretejiéndose con los árboles, arremolinándose locamente. Emmett extendió el brazo hacia atrás para cogerle la mano mientras se movían juntos a lo largo del estrecho sendero en dirección al palazzo.

Isabella conocía las colinas, incluso de noche, pero Emmett no podía dejarla ir delante. Se movió silenciosamente, tanto que ella la aferraba la mano para asegurarse de que todavía estaba allí. La niebla blanca se extendía como una manta, moviéndose a través de árboles y arbustos. La visibilidad era pobre, pero la sombra en su interior creció hasta que su corazón estuvo palpitando y la boca se le quedó seca. Había algo tras ellos, hombre o bestia, acechándoles en la oscuridad.

Hombres, le susurró Emmett en la mente, obviamente leyendo sus intensas emociones.

Le apretó la mano para tranquilizarla. Se abrieron paso en silencio, con solo sus respiraciones y el ruidoso latido de sus corazones para traicionar su presencia. El sendero serpenteaba entre las colinas empezando un descenso pronunciado. Pronto entrarían en el estrecho paso de montaña. Los acantilados se alzaban empinados a ambos lados, y el sendero era rocoso.

Emmett se detuvo tan bruscamente que tropezó con él antes de poder detenerse.

-Este es el lugar perfecto para una emboscada -susurró.

Aquí el viento tiraba de su ropa, mordiendo con su frío, tan feroz que silbaba a través del paso de montaña como el aullido de fantasmas reuniéndose en una estela.

Isabella aferró el brazo de Emmett.

-Debemos ir por el camino largo -advirtió, tirándole de la muñeca-. Esto da mala espina. Sé que tú lo sientes también. No debemos entrar en este paso.

Él la acercó, poniéndole los labios en el oído para que pudiera oírle.

-Tienes la naturaleza de una niña, piccola. El viento siempre silba aquí desde el mar. No es una advertencia para nosotros.

Pero ella sabía que lo era. Siempre lo sabía. Pero Emmett ya estaba en movimiento, desafiando a los furiosos dioses del mar, un mortal que no se dejaba impresionar por su aterrador despliegue de poder. Un Cullen que había reclamado audazmente a su esposa a pesar de vivir una vida de mortales intrigas políticas sin descanso mientras mantenía unida a su gente. Isabella aumentó el apretón sobre su mano, deseando tirar de él, mantenerle a salvo, pero sabía que nada le detendría. Estaba en su naturaleza enfrentar el peligro y conquistarlo. Y ella le amaba. La comprensión llegó en ese momento horrible, con el pelo azotado a su alrededor en un frenesí y el cuerpo temblándole de frío. Con el viento chillando furiosamente ante su desafío y con ladrones o algo peor persiguiéndoles. Amaba a Don Emmett Cullen, con o sin maldición. Y le seguiría a donde quiera que la condujera.

El sendero estaba cubierto de rocas, y a Isabella le dolían los pies mientras corría ciegamente sobre ellas. Oyó un sonido rugiente, bajo al principio, después más alto, llegando de encima de ellos. Emmett le chilló algo, pero el viento lo lanzó lejos. La lanzó delante de él, empujándola con fuerza. Entonces lo sintió, la lluvia de rocas llegando desde los acantilados que se erguían sobre ellos. Un deslizamiento de rocas. Con el corazón en la garganta, empezó a correr, su mano resbaló de la de Emmett. Una figura surgió delante de ella mientras la lluvia de guijarros y rocas atronaba a su alrededor.

Isabella oyó débilmente su propio grito involuntario cuando el viento se lo lanzó de vuelta a la cara. Esquivó a la figura y casi cayó contra la cara del acantilado cuando Emmett la empujó literalmente a un lado. Vio a los dos hombres fundirse entre la lluvia de rocas y la arremolinante niebla. Sin equilibrio, cayó contra el acantilado, arañándose el brazo, pero afortunadamente salvándose de ser aplastada por una roca que cayó a solo unos centímetros a su izquierda. Oyó el gemido de dolor de Emmett y vio el brazo de su atacante alzarse para apuñalarle de nuevo. El hombre gritó su triunfo.

Isabella reconoció la voz, Alistair. Había salido de la noche para exigir su venganza, esperando, estilete en mano, a que alguien empezara el deslizamiento desde arriba para ayudarle. Se lanzó hacia él desde el costado, saltando con fuerza suficiente para golpearle y hacer que fallara su puntería. El afilado estilette había encontrado a Emmett una vez, pero no dos.

Alistair la lanzó lejos de él, y aterrizó pesadamente sobre las rocas, el aliento abandonó sus pulmones. Por un momento no pudo moverse, no pudo respirar. Emmett estaba de nuevo sobre él, dos combatientes luchando ferozmente a muerte. Podía oír los golpes, pero sus figuras estaban oscurecidas por la niebla y una nueva lluvia de rocas. Los misiles caían desde arriba, rebotando en los despeñaderos para golpear el sendero y rodar en todas direcciones. Uno de los hombres fue golpeado, oyó su gruñido de dolor. Y después resonó otro sonido, rivalizando con el aullido del viento. Un estruendo profundo y cavernoso, un terrible ruido agobiante que presagiaba un peligro sin precedentes.

¡Corre! La orden de Emmett estaba en su mente, aguda y vehemente.

-¡Corre! -gritó él en voz alta, el viento llevó su voz lejos de ella.

Enormes rocas estaban estrellándose contra la tierra, muchas de ellas, estaban cerrando el estrecho sendero. Alistair y Emmett todavía luchaban.

¡Corre! ordenó de nuevo.

Finalmente, se giró y corrió hacia el palazzo, y hacia la ayuda, con el sonido del mundo derrumbándose en sus oídos. El paso estaba ahora bloqueado tras ella por las rocas caídas, y Emmett, al otro lado de la barricada, estaba en grave peligro. Se enfrentaba a Alistair y a otro asesino, arriba, que había disparado la trampa.

El deslizamiento terminó tan bruscamente como había empezado, llenando la noche con un extraño silencio. Finos granos de polvo se mezclaban con la niebla, volviendo la niebla blanca de un gris apagado. Isabella se detuvo y dio la vuelta, ahora a campo abierto, mirando a la gran pila de rocas que bloqueaban el paso. No podía hacer que Emmett estuviera de este lado. Se presionó una mano sobre la boca para evitar llorar inútilmente. Tenía que conseguir ayuda, convocar a los soldados para ir en ayuda de su don. No creería que estuviera muerto. No lo creería. Había una sombra que oscurecía su alma, pero no creería que la había abandonado.

Isabella se giró y corrió. Conocía el camino, lo había utilizado cientos de veces, vagando por las colinas día y noche en su niñez. Con frecuencia había contemplado el palazzo, impresionada por las grandes estatuas y gárgolas que guardaban sus aleros y torretas, las largas murallas donde habían nacido leyendas y rumores. Corrió hasta que los pulmones le ardieron y estuvo jadeando en busca de aliento. Corrió hasta que ya no pudo sentir el dolor de sus pies desnudos.

El viento que llegaba del mar se volvió más feroz que nunca. Casi la derribaba, empujándola por los acantilados hacia el atajo que conducía hacia abajo hasta las tierras del palazzo. Alzó las manos hacia la mole voladora y cegadora de su pelo, retorciéndolo mientras se apresuraba por la pendiente empinada y resbaladiza. Le llevó dos intentos recogerse el pelo en su lugar. Estaba exhausta, asustada, casi agotada por su carrera a lo largo de los acantilados. Sentía el corazón y los pulmones como si fueran a explotar, y su cara estaba empapada de lágrimas. Tropezó varias veces mientras corría, cojeando ya, hacia los terrenos inmaculados del palazzo, llamando a los guardias.

De los arbustos que daban forma al laberinto salió una lechuza volando bajo, lanzándose justo hacia su cara. Isabella gritó, levantando las manos para protegerse los ojos. Sintió el fuerte batir de las alas cuando el pájaro viró, la punta de la pluma de un ala le rozó la mejilla. El terrible nudo de su estómago creció, y dejó de moverse y se quedó muy quieta, tomando una honda respiración de aire claro y fría en un intento de calmarse y leer todas las señales necesarias.

-¡Isabella! ¡Isabella! -La voz de Carmen salía inquietantemente del laberinto, un gemido de terror, una súplica de ayuda-. ¡Ayuda! ¡Tienes que ayudarnos! ¿Puedes oírme? ¡Isabella! Te necesitamos ya. Tanya se está muriendo, no puedo parar la hemorragia. Per I'amore di Dio, ayúdanos antes de que sea demasiado tarde.

La sombra oscura en ella se alargó y creció hasta que Isabella estuvo consumida por ella. Dudó, empujada en dos direcciones, la necesidad de conseguir ayuda para Emmett era abrumadora, pero el terror y la desesperación en la voz de Carmen la arrastraban a regañadientes hacia la mujer. La lechuza planeó frente a ella, silenciosa ahora que tenía su atención. Apretó el paso, corriendo por el laberinto, llamando a los guardias pidiendo ayuda, a cualquiera que pudiera oirla. El viento le azotaba el sonido de su voz de vuelta a la cara.

-¿Carmen, qué pasa? Emmett necesita ayuda. Cuéntame rápidamente. -Chilló las palabras a todo pulmón, esperando que alguien pudiera oírla.

-Oh, Isabella, gracias a Dios, por favor ayuda a mi ángel, mi hija. Ayúdala, se está muriendo. -La voz sonaba fina y débil, llena de lágrimas, de pena.

Con el corazón palpitante, Isabella siguió al pájaro, sintiendo la premonición de peligro, de problemas, creciendo más fuerza a cada paso. Cuando rodeó una esquina encontró a Carmen yaciendo en su camino, su cuerpo cubría el de su hija. Había sangre sobre la sien de Carmen goteándole por la cara como lágrimas rojas. Sangre en su vestido y en sus manos donde las había presionado sobre el cuerpo de Tanya.

-No puedo pararlo. Él le hizo esto. ¡Le hizo esto a mi hija! -sollozó Carmen.

Isabella se dejó caer en tierra junto a las dos mujeres, levantando las manos de Carmen para ver la herida de su hija.

-¿Quién hizo esto? -preguntó, horrorizada por la visión. Tanya parecía solo una niña, pálida e indefensa, con los ojos abiertos de par en par y mirando con terror y dolor. Su respiración llegaba en jadeos dolorosos y entrecortados-. Carmen, ve en busca de ayuda. Yo haré lo que pueda por ayudarla, pero necesito a Sue y mi morral, y debes enviar a los soldados a por Emmett. Está herido y bajo ataque en el paso. -Las órdenes de Isabella fueron firmes y crispadas.

Carmen intentó levantarse, asintiendo, después cayó bocabajo en el sendero, sus ojos miraban fijamente a los de su hija. Isabella bajó la vista para ver las puñaladas en la espalda de Carmen.

-Carmen -susurró suavemente-. ¿Quién te hizo esto? -Intentó rápidamente presionar las manos sobre las heridas, para contener el flujo de sangre.

-Salva a mi hija. Que Dios me perdone, yo le dejé hacer esto. Le dejé poner sus sucias manos sobre ella y utilizarla como me utilizaba a mí. Pero ella no es como yo. No como él. Creyó sus palabras bonitas. Sálvala por mí, Isabella. Salva a mi niña, aunque yo no salvara a tu madre. -Su voz era muy fina, solo un hilo de voz.

Isabella se tensó ante la mención de su madre, pero volvió obedientemente a atender a Tanya. No había nada que pudiera hacer por Carmen; había sufrido demasiadas heridas, perdido demasiada sangre. Tenía una posibilidad de salvar a Tanya si la daga no había penetrado demasiado. Convocó cada onza de poder que poseía, levantó la mirada hacia el dosel de hojas que ondeaba desenfrenadamente sobre su cabeza, y gritó con toda la capacidad de sus pulmones llamando a Ben, a Eleazar, a cualquiera que pudiera oírla y venir en su ayuda.

Inclinándose, puso su boca junto al oído de Carmen.

-No te fallaré, Carmen. ¿Me oyes? Salvaré a tu niña.

La mirada desesperada de Carmen se fijó en su cara, aunque no alzó la cabeza. Brotaron lágrimas y estas cayeron para mezclarse con la sangre que se acumulaba en el suelo. Sus labios temblaron por un momento como si fuera a decir algo. Yació allí mirando fijamente a Isabella mientras la muerta la tomaba.

Isabella bloqueó la visión de Carmen yaciendo inmóvil en su muerte, la idea de Emmett necesitando desesperadamente su ayuda, y fijó toda su atención en detener el flujo de sangre de la herida de Tanya. Trabajó firmemente, haciendo lo que podía, por no hacer más daño a la chica con sus cuidados.

-Madre me salvó la vida -dijo Tanya suavemente con asombro-. Realmente me amaba después de todo.

-Tienes que quedarte quieta, cierra los ojos, y no te muevas en absoluto -advirtió Isabella-. He hecho lo que he podido, pero ahora necesito conseguir ayuda. Debo dejarte solo por unos minutos, pero lo que he hecho aguantará si te quedas muy quieta. Prometo que volveré a por ti.

Había dado solo unos pasos cuando oyó voces. La de Jasper. La de Edward. La de Ben. Estaban gritando su nombre. Alguien había oído sus gritos. Al instante Tanya pareció agitarse, sus ojos se abrieron de par en par con terror.

Isabella se puso uno dedos sobre los labios y se alejó apresuradamente de la muchacha.

-¡Ben! -llamó a su guardia personal, el hombre al que Emmett había confiado la seguridad de su esposa-. Alguien ha asesinado a Carmen aquí en el laberinto, y Tanya está gravemente herido. Emmett está en el paso, herido. Fuimos atacados, y le apuñalaron. Envía soldados a ayudarle. Envía soldados también a por Tanya, y no confíes en nadie excepto en Emmett. ¿Me has oído? En nadie más. Ni siquiera en sus hermanos.

Oyó su respuesta instantánea, como rugía órdenes a los soldados.

-Donna Isabella, llámeme. Seguiré el sonido de su voz.

-Aprisa, Ben. Tanya necesita ayuda rápidamente -Isabella se apresuró a rodear otra esquina, temiendo atraer a la persona equivocada con el sonido de su voz.

No confiaba en ninguno de ellos. El rudo y misterioso Jasper era indudablemente sospechosos, y Carmen había estado involucrada en una relación violentamente apasionada con Edward.

Isabella pensó en Tanya abofeteándola, viendo las extrañas marcas de su muñeca, el oscuro moratón como el que Esme, la doncella, tenía en la suya. Isabella rodeó la siguiente esquina, intentando unir todas las piezas. ¿Podía ser Jasper? Pero algo no encajaba. Las muñecas de Tanya. Las muñecas de Esme. Le dejé poner sus sucias manos sobre ella y utilizarla como me utilizaba a mí.

Manos duras y crueles le cogieron el moño del pelo y tiraron de ella hacia atrás haciendo que sus ojos se llenaran de lágrimas y sus pies le fallaran. Cayó a tierra, mirando a la cara oscura y apuesta.

Edward.

No podía ser. Tenía una hija, una hermosa niñita a la que Isabella ya amaba. Él le sonrió y se puso un dedo sobre los labios, ordenándole permanecer en silencio. Le dejé poner sus sucias manos sobre ella y utilizarla como me utilizaba a mí. Por supuesto que era Edward.

Isabella miró a la afilada punta de la daga que él aferraba firmemente en el puño. Estaba cubierta de sangre fresca. El corazón casi se le detuvo, después empezó a latir muy rápido. La cogió por los hombros, alzándola fácilmente sobre sus pies.

-Ahora vas a contarme como leer los mapas -dijo suavemente, con la boca cerca de su oído-. Se ha llevado los tesoros y los ha ocultado en el pasadizo, pero con la clave de los mapas, podré aliarme con el rey de España.-Edward se inclinó de forma que sus labios le tocaron la mandíbula-. Tu piel es suave pero fría. Como hielo. -Su lengua le rozó una monstruosa caricia a lo largo de la mejilla.

-¿Qué mapas? -Corrían lágrimas por su cara, le dolía el cráneo por el tirón a su pelo-. Edward, no sé nada de ningún mapa a parte de los del estudio de tu nonno.

Empezó a arrastrarla a través del laberinto, encontrando el camino rápidamente, con eficiencia mortífera, lejos del sonido de los soldados que buscaban. Lejos de Jasper y Ben. Lejos de Tanya.

-Yo sé de los mapas -le siseó él-. Los he buscado desde hace mucho, pero los encontré al fin. Estaban en las paredes de la habitación de arriba donde están los botes, y en la que es exactamente igual abajo. Están en las tallas. Sé que tengo razón. Soy demasiado listo para ser engañado. Los mapas están a plena vista, pero nadie lo había notado hasta ahora. Hasta que yo resolví el rompecabezas. -Se estaba jactando mientras corrían, sin preocuparse por las ramas que la golpeaban en la cara mientras corrían juntos.

-Eras tú quien proyectaba su voz para que pudiéramos oírla. ¿Estaban tratando de volver loca a la pobre Alice? -Isabella hizo lo que pudo por quedarse atrás, por retrasarle-. ¿Con qué propósito? Emmett ya estaba haciéndose cargo de la responsabilidad que suponía.

-¡Emmett! -Le escupió el nombre, enfurecido por la simple mención de su hermano mayor-. Carmen, esa imbécil, tenía que trasladarla escaleras abajo, justo en la habitación en que yo quería buscar. Estaba cansada de las pesadillas. Alice se despertaba gritando, y Carmen no quería atenderla, así que la envié a donde no pudiera ser oída. No podía tenerla en esa habitación. Sabía que estaba a punto de encontrar los mapas. Sabía que la clave debía estar en los botes, los botes dorados. Emmett los dejaba fuera, mientras el resto de nuestras riquezas, mis riquezas, estaban ocultas,

Estaban en el borde del laberinto, cerca del sendero que conducía al mar. Edward dudó, volviendo a mirar hacia el palazzo que se vislumbraba saliendo de la niebla como un gigante. Las ventanas oscuras los miraban sin entendimiento.

-¿Así que utilizaste tu voz para asustarla y que pudieras tener una excusa para trasladarla? ¿Por qué no insististe simplemente en que se quedara en la habitación de los niños?

Edward le sonrió, sus dientes eran blancos en la oscuridad.

-No quería atraer la atención sobre mí mismo. Mejor hacer de padre afligido que de ogro. La trasladaron exactamente a donde sabía que la trasladarían. Había una entrada al pasadizo en ambas habitaciones y también una en la habitación de los niños.

-Así que colocaste los escorpiones para persuadirlos de que la cambiaran de habitación de nuevo cuando quisiste inspeccionar las paredes. -Isabella se estaba alejando poco a poco de él, demasiado consciente de la daga que sostenía en el costado.

Él tenía la atención puesta en el palazzo, sus luces se hacían más brillantes mientras los rastreadores encendían antorchas. El viento soplaba chispas por el patio hasta que pareció como si estuviera lloviendo fuego. Edward maldijo, furioso por no poder volver sin ser vistos al palazzo. Sus dedos le mordieron el brazo.

-Tú sabes cómo leer los mapas. Sé que lo sabes. Por eso siempre estabas yendo a esa habitación.

Lo supo entonces, supo la respuesta. La había visto una mañana soleada cuando la luz se había derramado a través del extraño cristal coloreado para bañar las paredes de color. La clave de los mapas estaba en el sol de la mañana. No se podían leer de noche. Sacudió la cabeza.

-Estaba buscando pistas de las voces, Edward. No sé nada de mapas en las paredes. -Cambió de táctica, sonriéndole-. Esto está muy mal. Deberíamos ir al palazzo, encontrar juntos a Emmett, hablar con él. Eres su fratello.

-Tú lo cambiaste todo -le escupió Edward, un sonido bajo y cruel lleno de odio-. En el momento en que él posó sus ojos en ti, todo cambió. Emmett empezó a preocuparse de vivir, se volvió más cauteloso. No hubo posibilidad de un... accidente. Y una vez se casó contigo, pronto producirías a sus herederos.

Isabella podía sentir el corazón palpitándole alarmado, latiendo al ritmo del miedo. Su boca estaba demasiado seca para intentar hablar. El apretón de él sobre su brazo era demasiado fuerte, éste estaba empezando a entumecerse. También era muy consciente de la daga que sostenía en el puño, ahora cerca de su garganta. Edward empezó a arrastrarla hacia los acantilados. Estaba temblando de rabia, hacia ella, hacia Emmett.

Emmett. No podía pensar en él, no podía dejar que su mente se entretuviera en la posibilidad de que estuviera seriamente herido o algo peor. Solo podía rezar porque Ben no estuviera al servicio de Edward, que fuera leal a su don y cumpliera sus órdenes.

-¿Sabes lo que es realmente la maldición Cullen? ¿Has supuesto ya la verdad? Se dice que ninguno de nosotros puede escapar de ella, sin importar cuanto lo intentemos. -La voz de Edward era suave, casi amable. Eso hizo que se le helara la sangre. - El mio padre hizo lo que pudo por protegernos, pero pronto comprendió que Jasper y Emmett no eran lo bastante fuertes. Solo yo lo era. Noche tras noche venía a mi habitación y me susurraba que yo era el único Cullen lo bastante fuerte como para conquistar la maldición.

La sacudió violentamente, como si fuera una muñeca, aunque bastante ausentemente, como si quizás hubiera olvidado que ella estaba al final de su mano. La acción la empujó peligrosamente cerca del borde de los inestables acantilados.

-¿Lo ves? Yo sabía que era el destinado a mandar. Soy el más fuerte. Los hombres Cullen están malditos a amar una sola vez, con el corazón, la mente y el alma. Esa única mujer nos consume, se convierte en nuestra vida, hasta que ya no somos auténticos hombres. Pero fue a mí a quien padre entrenó para conquistar la maldición. Puedo atraer a las mujeres, convertirlas en mis esclavas. Mienten por mí. Me suplican que les haga daño, que haga con ellas cualquier cosa que me de placer. ¡Están dispuestas a vender sus almas por mí! Yo soy el fuerte, y merezco mandar, no Emmett. Él nunca debió ser el don.

Sus palabras la enfermaron. Su libertinaje le había llevado a unas terribles depravaciones. La estaba mirando con su evidente enfermedad en los ojos.

-Tantas mujeres... no son nada para mí, sabes, Nada en absoluto. Las que me miran como tú, con esa mezcla de desprecio y pena, son las que más me gustan. Tienen espíritu, luchan antes de desintegrarse como polvo entre mis manos. Tu madre era como tú. -Su voz se volvió astuta-. Ninguno de ellos supo lo que hice. Pensaron que había sido Nonno. Incluso Nonno pensó que podría haberlo hecho. ¡Lo hice yo! -se regodeó-. Igual que estrangulé a la mia nonna.

Isabella se quedó rígida, su estómago se revolvió y protestó por la proximidad con un hombre tan enfermo.

-¿Mataste a tu propia nonna? -Su voz fue un susurro, un jadeo sorprendido.

Podía creer sus bajezas con las mujeres, pero asesinar a su propia abuela, y dejar que su abuelo y todos los demás creyeran que el anciano Cullen era culpable, era la peor clase de pecado.

.

.

.

Oh, no. Oh, no. ¿y ahora?

Ya volví jaja no he tenido tiempo de nada, gracias a todas por su paciencia :3 las amo 3 en recompensa por sus lindos comentarios y sus aun más lindos mensajes privados jeje terminaremos hoy esta historia… solo nos quedan dos caps así que… este será el final jaja

No olviden dejar un comentario para saber qué les parece el capi.

¡Nos leemos pronto!