No poseo los derechos de autor. Los personajes pertenecen a la asombrosa S. M. y la historia es de Christine Feehan (La Maldición de Los Scarletti). Yo solo me divierto un poco.
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Aguanta, bambina, llegaré hasta ti. Haz que siga hablando. La voz de Emmett llegó a ella. Gentil. Alentadora. Muy tranquila.
Isabella no se atrevió a suspirar de alivio.
¡Emmett!
Estaba vivo, entonces. Y la había oído como siempre cuando estaba agitada, en problemas, cuando le necesitaba desesperadamente. Su corazón cantó y el terrible peso que le aplastaba el pecho se alivió.
-¿Por qué hiciste algo así? -Isabella sintió reavivar su determinación.
Se aferró al conocimiento, protectoramente, de que Emmett estaba vivo.
-La mía nonna me vio esa noche. Tu madre no iba a venir a mi cama, y amenazó con acudir al mío fratello. Emmett la habría protegido. El mío padre me la habría entregado, y creo que ella lo sabía, pero se lo habría contado a Emmett, no al mío padre. La atraje a las murallas. -Empujó a Isabella hacia los escalones medio derrumbados que bajaban a la ensenada. Sin la protección de las montañas o los árboles, el viento los golpeaba, el frío les entumecía.
-¿Cómo? -Isabella saboreó el miedo y la furia en su boca-. ¿Cómo conseguiste que saliera ahí en un día tan terrible? -Se le resbaló el pie, y casi cayó a su muerte. Como su madre. Edward tiró de ella acercándola más.
-En realidad no fue difícil. Envié a una doncella a decirle que la mía nonna la necesitaba en la torre. A mi padre siempre le funcionaba cuando enviaba a buscar mujeres. Yo solía esconderme y observarle. Algunas veces me unía a él, o él a mí. Tu madre no fue la primera mujer a la que conduje a la torre. Allí arriba podíamos tomarnos nuestro tiempo, hacer lo que quisiéramos sin temor a interferencias. Ese día, todo el mundo sabía que Nonno y Nonna estaban peleados, y sabían que Nonna paseaba con frecuencia por las murallas o se retiraba a la torre cuando estaba disgustada. Por supuesto tu madre acudió. Todo el mundo quería a mi nonna. Tu madre creyó haber sido llamada, y nunca decepcionaría a Nonna. Yo sabía no habría nadie allí en un día tan lluvioso. El viento estaba aullando, dudo que nadie pudiera haber oído los gritos. Luchó conmigo. En realidad, no tuve elección; ella se lo habría contado a Emmett. Tuve que matarla. Fue solo mala suerte que Carmen y Nonna salieran en medio de la lluvia. Me vieron luchar con ella. Nonna intentó detenerme. Ya puedes ver que no tuve elección.
Parecía como si esperara su aprobación, como si estuviera estableciendo los hechos sin ningún remordimiento en absoluto.
-Carmen lo entendió -Parecía muy razonable.
Isabella sintió erizarse el pelo de la nuca. Edward inclinó la cabeza a un lado, evaluándola con gravedad.
-Carmen sabía que yo estaba destinado a mandar. Actuó al instante. -Su sonrisa no alcanzo los ojos duros y muertos-. Ayudó que yo supiera que había matado a su marido. Le envenenó, sabes. Le dije que lo sabía. -La escalofriante sonrisa estaba desprovista de toda emoción. Empezó a arrastrarla hacia abajo por los viejos escalones, que estaban resbaladizos por la sal salpicada y la neblina del mar-. Le dije que lo sabía, y fue buena cosa, porque quería que fuera mía. Quería que probara ser mía. Las mujeres son tan fáciles de controlar. Creen tener poder, pero en realidad no tienen nada.
Abajo a lo lejos podía ver las olas chocando a lo largo de los acantilados.
-Estaba enamorada de ti -dijo Isabella suavemente, alimentando su ego, buscando cualquier cosa que le mantuviera hablando.
Su aliento llegaba en jadeos entrecortados. Carmen había hecho un mal negocio, creyendo que podía controlar a Edward, pero él la había utilizado, como había utilizado a tantas otras mujeres, de formas asquerosas.
-Habría hecho cualquier cosa por mí. -Edward reforzó su apretón, tirando de ella para acercarla y que pudiera oler su perversa excitación. Estaba sudando, excitado, con la cara ruborizada y los ojos grandes. Necesitó cada onza de autodisciplina que poseía para no luchar contra él-. Le traía putas. -Se encogió de hombros casualmente-. Le dije que podía unirse a mí y me divertiría con ellas a solas. -Había desprecio en su voz-. Me observaba con otras mujeres, yo la hacía observar. Y se acostaba con los hombres con los que yo le decía que se acostara. Me acosté con su propia hija, y aun así venía a mí, suplicándome que la dejara complacerme, como si alguna vez hubiera podido. -Su risa fue baja y desagradable-. Carmen tenía su utilidad, sin embargo. Mantuvo al joven Michael ocupado con sus encantos mientras yo charlaba contigo y con mis hermanos en el patio.
Isabella palideció. Tropezó varias veces mientras fingía intentar mantenerle el paso. Sentía el cuerpo rígido y torpe por el frío mordiente. La niebla se arremolinaba alrededor de ellos, el viento les tiraba de la ropa, tan frío y penetrante que Isabella podía sentirlo todo el camino hasta su alma. Utilizó el frío entumecedor como ventaja, estremeciéndose, resbalando, tirándole del brazo para retrasarle.
-¿Carmen te ayudó con Michael? ¿Por qué? ¿Por qué le mataste? Se habría marchado, y nunca le hubieras vuelto a ver. -Incluso su voz tembló, aunque no de frío. Edward la aterraba con su tranquilo razonamiento. Estaba completamente loco. Su padre le había pervertido, enseñándole a odiar absolutamente a las mujeres.
-Nos oyó hablar, planeando nuestro movimiento contra Emmett. Carmen y yo estábamos paseando juntos, no sabíamos que el chico estaba todavía en el laberinto, después de que Emmett se enfrentara a él. Él no nos vio, pero si hubiera acudido a Emmett, mi hermano se lo habría figurado. No soy un asesino sin corazón, Isabella. -Le presionó los fríos labios contra la piel-. Solo hago lo necesario para proteger mis planes, mi herencia. ¿No lo ves? Carmen sedujo a Michael, atrayéndole con sus considerables encantos. Sabía que le mantendría ocupado. Yo volví después a disponer de él. Créeme, estaba tan ocupado con Carmen, que no sintió nada.
Isabella no pudo evitar el estremecimiento que la recorrió ante la implicación. Carmen había sido indudablemente capaz de seducir a Michael. La masculinidad de Michael había sufrido una afrenta. Habría saltado ante la oportunidad de seducir a una aristócrata. Ahora comprendía como se había perdido su muerte; había sido asesinado en el laberinto, pero Isabella había atribuido el terrible presentimiento a la repentina alarma del pequeño Tyler por lo de Marie. Marie no había muerto hasta después de que Isabella llegara a la granja. Desde las murallas, Tanya debía haber visto a su madre con Michael en el laberinto y se había apresurado escaleras abajo y por el corredor molesta por que su madre estuviera frecuentando a un campesino. Se había tropezado con Isabella y Emmett pero en realidad no había tenido oportunidad de pensar por qué estaba tan molesta. En ese mismo momento, Isabella estaba sintiendo la violencia que tenía lugar en el laberinto con tanta fuerza, sin comprender la auténtica fuente.
Edward le pasó un dedo por la mejilla, trayéndola de vuelta al peligro que corría ella misma.
-Tu piel es incluso más suave de lo que parece -Se encogió de hombros-. No tengo ni idea de por qué el cuerpo no estaba en el laberinto. Lo dejé allí para que lo encontrarás, así creerías que Emm había matado a tu amigo y no habrías mirado con tanto ardor al mío fratello. -Su sonrisa era una enfermiza parodia de expectación-. No echarás de menos a Emmett. Yo me ocuparé de eso.
El estómago de Isabella se revolvió y tensó. Edward parecía perfectamente racional cuando hablaba. Cualquiera que le viera pensaría que estaban teniendo una conversación normal. Eso asustaba a Isabella más que sus amenazas sobre lo que haría. Creía tener derecho a cualquier mujer que deseara. Creía que tenía derecho a matar a cualquiera que se interpusiera en su camino. Emmett, más que nadie, se interponía en su camino. Su mirada oscura saltó lejos de él. La aterraba con su calculadora sangre fría. Asintió como si encontrara razonable lo que estaba diciendo.
-¿Y Tanya? ¿Por qué le hiciste daño?
El apuesto rostro se retorció en un ceño de desprecio.
-Era como Elizabeth, mi esposa. Lloriqueando y adulando. ¡Solo el sonido de su voz me ponía enfermo! Tú nos señalaste a Jasper y a mí que podría haber visto lo que había ocurrido desde arriba. Estabas parcialmente en lo cierto. Acudí a ella inmediatamente, y, como todas las mujeres, quería ser llevada a la cama. Fue bastante fácil sacarle la información. Había visto a Carmen seduciendo a Michael, y me vio entrar en el laberinto. Me lo contó todo, y se quedó callada cuando le dije que lo hiciera. -De nuevo el desprecio que sentía fue evidente en su voz y comportamiento. La joven Tanya había sido presa fácil para un hombre como Edward.
Ahora estaban en la playa, el océano lamía la costa, oscureciendo la arena blanca haciendo que pareciera casi negra y resbaladiza como la sangre. Edward continuó arrastrando a Isabella hacia el borde del agua. La salpicadura salada le mojó la cara y los brazos, la arena se aferró a sus pies descalzos y sangrantes. El viento le tiraba del espeso cabello, soplándole los mechones alrededor de la cara. Isabella estaba desesperada. Buscaba algo para mantenerle hablando.
-¿Y tu esposa? ¿Elizabeth? ¿Por qué te casaste con ella, y como conseguiste que Carmen estuviera de acuerdo con permanecer en silencio?
Los dientes de Edward brillaron hacia ella.
-Yo no tenía dinero. Las tierras y el título pertenecían a Emmett. Aceptando casarme con esa vaca aburrida pero adinerada, pensé que sería rico. Carmen también quería el dinero. Pero no pudo ser. Me cansé de los lloriqueos de Elizabeth. Era divertida al principio, una cosita virginal, pero bastante fastidiosa, suplicándome que no le hiciera daño en la cama. Era divertido asustarla, pero le quitaba la gracia con su interminable llanto. Después de un tiempo no podía dejarla salir de la habitación. -De nuevo le pasó los dedos por la piel, haciendo que Isabella se estremeciera de repulsión. Le puso su mano alrededor de la garganta haciendo que se viera obligada a mirar a sus ojos locos. -Era difícil ocultar los moratones, y no podía dejar que Emmett los viera. La ayudé a terminar con ello. La observé. Tardo mucho tiempo morir. -Sus dientes brillaron de nuevo-. Si no me cuentas lo que quiero saber, también a ti te llevará mucho tiempo morir.
El agua corría hacia ellos, una pared sólida y espumosa. Miró hacia ella impotente. ¿Quería decir que se ahogarían ambos? El agua rompía contra las rocas y subía por la costa para explotar en el aire y burbujear a lo largo del banco de arena hasta que sus tobillos y el ruedo de su falda estuvieron empapados. Las manos de él se cerraron alrededor de su garganta, apretando lentamente.
-Supongo que ya sabes lo que quiero decir, no como Emmett. No esperas que venga a la carga en tu rescate, ¿verdad? Está muerto. Tu buen amigo Alistair fue bastante fácil de persuadir para unirse a mí, y unos pocos más fueron comprados. Se ocuparon de tu marido. Después de todo, si quiero aliviar el sufrimiento de la afligida viuda por un tiempo antes de que muera por su propia mano, primero debe ser viuda. -Su mano se deslizó deliberadamente desde su garganta hasta estrujarle enérgicamente el pecho. Oía su risa enferma mientras le retorcía la carne delicada.
La fuerza de las olas casi la derribó, haciendo que se soltara de la garra de Edward. Le empujó con fuerza y eso combinado con la fuerza del agua le tumbó. Él maldijo furiosamente. Isabella se dio la vuelta y corrió por su vida, dirigiéndose hacia el oscuro interior de la enorme cueva. El agua avanzaba lentamente, después se retiraba igual de rápido, dejando atrás una alfombra de algas marinas. Si solo tuviera el don de Emmett, ser capaz de llamarle, tocarle, asegurarse de que todavía estaba vivo.
La cueva se ampliaba, dividiéndose en dos direcciones distintas.
A la izquierda. La voz le rozó las paredes de la mente. Tranquila. Amorosa.
Isabella oyó el ruido de las botas de Edward sobre la arena, urgiéndola a entrar en acción. Se precipitó hacia el túnel de la izquierda tan rápido como pudo. Cuanto más se alejaba del mar, más oscuro se volvía el interior. Se vio forzada a aflojar el paso, caminando cuidadosamente en la arena húmeda, incapaz de juzgar donde poner los pies. El corazón le palpitaba, los pulmones le explotaban. Estaba exhausta, incluso con la fresca ráfaga de inspiración de Emmett.
Tras ella, Isabella oía a Edward. Ya no corría, sino que se tomaba su tiempo mientras la acechaba, asegurándose de que no pudiera escapar de él. Podía oírle canturrear suavemente para sí mismo, y eso hizo que se le helara la sangre. Estaba loco. Total, completamente, loco. Y ella estaba atrapada en una cueva oscura y húmeda sin ninguna salida, ningún sitio a donde ir.
Se obligó a presionarse contra la pared de la cueva. La sintió húmeda y resbaladiza al tacto, pero le dio una sensación de estabilidad mientras avanzaba en la oscuridad. Casi cedió al pánico cuando llegó a un callejón sin salida. Se habría dado de bruces con ella si no hubiera extendido las manos hacia adelante ciega e instintivamente. Parecía roca sólida. Su corazón se detuvo. ¿Había sido la voz de Emmett la que sonara en su cabeza? ¿O la de Edward? Intentó reproducir las palabras, aterrada en la oscuridad con el corazón palpitándole tan ruidosamente que sonaba como un tambor en sus oídos.
Extiende la mano hacia abajo, y pasa el dedo a lo largo de la superficie de la roca lentamente hasta que sientas una ligera depresión. Está muy baja y a tu derecha.
Las instrucciones fueron un susurro esta vez, la voz ronca y extraña.
Isabella dudó por un momento, pero ¿qué podía hacer? Estaba atrapada, y Edward llegaba tras ella, podía oír su horrible canturreo. No quería volver a sentir nunca sus manos sobre ella. Pasó obedientemente los dedos a lo largo de la superficie de la roca, lentamente, atrás y adelante, para cubrirla centímetro a centímetro. Pareció pasar una eternidad antes de que sintiera la débil depresión. Su palma entera encajaba en el hueco y presionó allí
Como en la habitación del palazzo, una grieta empezó a abrirse en la pared de la cueva, creciendo más y más hasta que hubo una abertura lo bastante grande como para que ella entrase. El pasadizo secreto conducía a una ruta de escape hasta el mar, justo como Emmett le había explicado. Cuando, estando bajo ataque necesitaba retirarse, la familia Cullen desaparecía dentro del palazzo con la fortuna familiar. Entraban en el pasadizo que conducía a la ensenada, donde les esperaban botes para llevarlos a salvo. Isabella entendió ahora las tallas en los dos "mapas" de las habitaciones, las ventanas de cristales de colores, y los botes dorados. En los relieves y pinturas parecía que las serpientes estuvieran llevando a los indefensos aristócratas al mar, pero cuando la luz de la mañana brillaba sobre el mural, las criaturas aladas los llevaban a salvo mar adentro y a los botes que esperaban. Los soldados... sus atacantes... se ahogaban cuando sus barcos se estrellaban contra las rocas. Todo estaba allí para que lo vieran, pero nadie excepto el don en funciones entendería su significado.
El padre de Edward nunca le había dado a Edward la "clave" de los "mapas" porque Nonno nunca le había revelado el significado de las tallas a su hijo. Edward había descubierto los "mapas" pero no la clave.
Isabella miró fijamente al negro agujero que era el pasadizo. Ya había estado en él una vez. Cobijaba trampas, ratas, y estaba muy, muy oscuro. El techo era bajo y las paredes estaban tan cerca que eran sofocantes. ¿El pasadizo albergaba los gritos de otras mujeres confiadas? ¿Mujeres que habían confiados en hombres Cullen? El terrible canturreo se estaba acercando. ¿Qué era peor? ¿Morir a manos de Edward, o morir por una hoja invisible cortándole la garganta rápidamente en el pasadizo? Mordiéndose el labio con fuerza, Isabella escogió el oscuro y húmedo pasadizo. Entró cautelosamente, y las dos mitades de la roca empezaron lentamente a unirse tras ella. El golpeteo del mar había sido ruidoso, resonando a través de la cueva, un asalto a sus oídos, pero ahora la puerta cerrada la sepultaba en un silencio repentino dentro de las estrechas paredes. Isabella cerró los ojos con fuerza como una niñita. Parecía más fácil enfrentar así la negrura de la cámara subterránea. Podía decir que el pasadizo se curvaba hacia arriba desde la ensenada hasta el palazzo. Era una distancia muy larga, encerrada bajo tierra, con moles de roca sobre la cabeza.
Aprisa, piccola.
La voz fue suave, persuasiva, como si supiera que estaba congelada en el lugar, incapaz de obligar a sus pies a moverse. La había llamado pequeña. Fue tranquilizador, ese pequeño apodo. A Edward nunca se le habría ocurrido llamarla así. La hizo entrar en acción como nada más podría haberlo hecho.
No hay peligro hasta que sientas una diferencia de textura en el suelo. Por una vez agradezco tus pies descalzos.
El corazón se le elevó al instante. ¡Era Emmett! No había duda en su mente. Todavía estaba vivo, y la estaba guiando, llevándola a través del complejo túnel. Tenía cientos de preguntas, pero no sabía cómo responderlas, así que se concentró en la única cosa que él necesitaba saber. Si no lo lograba, si cometía un error y moría en el pasadizo, quería advertirle, quería que supiera quién era su mortal enemigo. Su propio hermano.
Edward. Pensó el nombre una y otra vez en su cabeza, reproduciendo los horrendos recuerdos recientes del hombre, esperando que Emmett lo entendiera.
El estrecho camino conducía firmemente hacia adelante, una cuesta empinada que era resbaladiza, aunque arenosa bajo sus pies. Había musgo sobre las paredes de roca como había habido en la cueva. Era duro escalar, y fue incapaz de encontrar en las paredes resbaladizas apoyos que la ayudara a avanzar. Le dolían las piernas, le dolía todo el cuerpo. Era consciente de su propio cansancio. Y siempre estaba ahí la terrible oscuridad.
Entonces oyó el murmullo. Voces zumbando a su alrededor, tan reales que se detuvo bruscamente, tanteando ciegamente alrededor, frenéticamente, con las manos extendidas, tan asustada que literalmente no podía moverse. ¡Él estaba en el pasadizo! ¡Edward conocía la forma de abrir la puerta, y la había seguido! Sabía que estaba atrapado en la oscuridad con ella, lejos bajo tierra. Manteniendo la mano sobre la resbaladiza pared para no girarse, miró hacia atrás, forzando los ojos para ver en el negro pasillo. Había un extraño parpadeo de luz brillando tras ella. Comprendió que Edward había encendido una antorcha, y por tanto podía moverse mucho más rápido que ella.
Está bien, cara mía. Sigue avanzando hasta que sientas la diferencia bajo tus pies. Cuando sientas mármol liso, debes aflojar el paso. Da cinco pasos a lo largo de la pared izquierda. Solo cinco. Cuéntalos.
Isabella se alejó resueltamente de la luz. Emmett estaba en algún lugar delante de ella, quizás avanzando hacia ella a través del pasadizo. Tenía que poner su fe en él. Temblando tanto que apenas podía moverse, forzó a sus pies a ascender el empinado despeñadero y alcanzar el suelo bajo el palazzo. Sus pies desnudos de repente encontraron frío y liso mármol.
-A la izquierda -se recordó a sí misma suavemente.
Los terribles susurros eran más altos ahora, pero no podía distinguir las palabras. Sonaban como el zumbido de un enjambre de abejas. Cautelosamente, Isabella se movió hacia el lado izquierdo del túnel hasta que su hombro rozó contra la pared. Dio cinco pasos, recordando cuidadosamente que Emmett era más alto que ella y su zancada más larga.
Detente al quinto paso, y da un paso directamente a la derecha. Asegúrate de hacerlo lateralmente, piccola.
Captó la ansiedad en su voz. Ahora estaba más cerca... ¡no era su imaginación! Emmett estaba también en el pasadizo, acercándose a ella desde dentro del palazzo. Dejó de moverse, quedándose muy quieta, el corazón le latía en la garganta. Quería quedarse allí mismo, esperar a que él la alcanzara, aunque la oscuridad la estaba aplastando. Un ruido tras ella anunció la aproximación de Edward.
-Sé que estás ahí, Isabella -la llamó suavemente, con diversión en la voz-. Debes saber que el túnel tiene muchas trampas. Y hay ratas aquí, ratas hambrientas. No tienes ninguna posibilidad de atravesarlo sola. Yo tengo una antorcha.
Ella sabía que había ratas; las oía moverse, las sentía rozar sus pies descalzos. Cerca del pánico, dio un paso a su derecha. Sentía las piernas débiles.
Da tres zancadas adelante, y después otra directamente a tu izquierda.
Saboreó el miedo en su boca. Donde antes se había estado estremeciendo de frío, con las manos casi entumecidas, ahora gotas de sudor corrían por su piel. Dio los tres pasos y luego directamente a su izquierda. No le ocurrió nada; ninguna hoja salió silenciosamente de la pared o el techo para terminar con su vida.
Isabella notó que corrían lágrimas por su cara. Se metió el puño en la boca para evitar sollozar. Unas manos la cogieron en la oscuridad, arrastrándola contra un cuerpo fuerte y cálido. ¡Emmett! Estaba allí, alto y enormemente fuerte, su cuerpo era un refugio para ella. El corazón de él palpitaba bajo su oído, sus brazos eran apretadas bandas a su alrededor. Le reconocería en cualquier parte, incluso en ese pozo de oscuridad lejos bajo tierra. El alivio la atravesó, casi agobiándola, y se colgó de él, sujeta solo por la fuerza de sus brazos. Entonces le sintió sobresaltarse de dolor.
-¡Estás herido!
En la oscuridad las manos de él le enmarcaron la cara, su boca encontró la de ella infaliblemente. La besó gentilmente, amorosamente, un poco desesperado en su alivio.
-No es nada. El estilete de Alistair me rozó. Te guiaré a través del pasadizo. Debes seguir mis pasos exactamente.
-No puedo ver nada.
-Lo harás.
Y lo hizo. Isabella comprendió lo extraordinario que era su talento, su habilidad para comunicarse en silencio. Con la mano firmemente en la de él, siguió sus pasos, directamente del mapa que le proyectaba en la mente. Se quedaron en silencio mientras él se concentraba en los intrincados patrones que los llevaron a salvo a través del pasadizo y a la recámara que compartía con su marido. Parecía familiar, reconfortante, un refugio, cuando una vez la había sentido tan extraña.
Su alivio fue tremendo. Isabella se tambaleó hacia la luz que iluminaba la habitación, parpadeando rápidamente mientras sus ojos intentaban ajustarse al brillo de tantas velas encendidas esperando su retorno. Había un fuego ardiendo en el hogar, y Emmett la apresuró hacia su calor. Estaba pasándole las manos por encima, asegurándose de que estaba bien, buscando señales de daño. Ella estalló en lágrimas y se lanzó a sus brazos.
Emmett la abrazó como si nunca fuera a dejarla marchar, enterrando la cara en su pelo, sus fuertes brazos rodeándola, presionándola contra él.
-Creí que te había perdido, piccola. Sabía que un monstruo se paseaba entre nosotros, sabía que se cebaba en las mujeres, pero no creí que fuera Edward. Parecía amar a su esposa, preocuparse por Carmen. Creía que era uno de los soldados, no uno de mis hermanos. -Había profundo pesar en su voz, al igual que rabia.
-Tanya está herida, Emmett. Debemos ir con ella.
-Está a salvo en el palazzo. Sue la atiende, y mis guardias de mayor confianza están apostados fuera de la habitación. Alice está a salvo al cuidado de la Signorina Swan también. Volví con soldados del regimiento al que habías atendido en la frontera. Estaban trayendo al joven Denali al palazzo como les habíamos indicado. El paso estaba bloqueado, pero me encontraron y atendieron mis heridas. -Emmett le estaba echando el pelo hacia atrás, tocándole la cara, el cuello, limpiándole la suciedad de la piel. -Ben se tomó tus palabras al pie de la letra. El pobre Jasper no pudo convencer a Ben de que le permitiera buscarme. Fue puesto bajo estricto arresto. Edward ya había escapado a través del laberinto.
-No sabía cuál de ellos era hasta que fue demasiado tarde. No había nada que yo pudiera hacer por Carmen -confesó Isabella tristemente-. Sus heridas eran demasiado graves, y había perdido demasiada sangre para cuando oí sus gritos pidiendo ayuda. Ella había ayudado a Edward en su conspiración, pero al final, no pudo dejar que matara a su niña.
-Lo sé, cara mía. Hablé brevemente con Tanya. Me contó cómo se encontró con Edward en el laberinto y él la atacó. Carmen les había seguido, y atacó a Edward, pero la redujo fácilmente y la apuñaló varias veces. -Emmett suspiró-. Ahora me culpo a mí mismo. Había habido informes de mujeres en varios villaggi que habían sido violadas e incluso asesinadas. Ordené investigaciones, pero con frecuencia era Edward el que se ofrecía a investigar, a pesar de su presunta repugnancia por los campesinos, cuando no podía prescindir de mis hombres. Y Jasper admitió que fue él quien movió el cuerpo de Michael del laberinto porque creyó que yo había matado al chico en un ataque de celos, y quiso protegerme.
-Edward está todavía en el pasadizo, Emmett. -Los dedos de Isabella se cerraron en su camisa. Miró hacia el mármol liso de la pared, medio esperando que esta se abriera y el hermano menor de él la atravesara de golpe.
-Soy consciente de ello -dijo él gentilmente-. Pero no puedo atravesar el túnel sin el mapa. Se verá obligado a volver atrás, y mis guardias le estarán esperando.
-Sabía lo del mapa, pero no conocía la clave.
-El mío padre no conocía la clave para dársela -confirmó Emmett. - Nonno sospechaba que algo iba mal en su hijo, mi padre, después de la muerte de nuestra madre. Padre solo retuvo el título de don tres años, y Nonno nunca le reveló la clave, así que Padre no pudo entregársela a Edward, aunque era su hijo favorito.
-Edward mató a tu nonna. La estranguló. -Isabella empezó a llorar de nuevo, temblando violentamente como consecuencia del terror-. Y a mi madre. Y a mi tía y a todas las demás mujeres; les hizo daño a propósito. Fue Edward. Mató a tu nonna también.
Emmett la volvió a atraer a sus brazos, sujetándola, su boca tomando la de ella en un intento desesperado por intentar consolarla, consolarlos a ambos.
- Vamos, piccola, ven al baño. Te calentará. Yo iré a ver el final de esto y vuelvo tan pronto como pueda.
Se aferró a él, temiendo dejarle salir de su vista.
-¿Y tus heridas? Déjame al menos verlas.
-No hay necesidad. Debo irme. ¿Quieres que envíe a buscar a Sue?
Más que nada Isabella deseaba el consuelo de la anciana, pero Tanya estaba gravemente herida y acababa de perder a su madre.
-Yo iré después de bañarme -dijo Isabella.
-Tus guardias estarán en la puerta. No salgas sin ellos. ¿Tengo tu palabra sobre esto? -Su negra mirada sostuvo la de ella.
Isabella encontró una pequeña sonrisa en algún lugar profundo de su interior. Ya había tenido suficientes aventuras para toda una vida.
-Tiene mi palabra, Don Emmett.
Él se inclinó y la besó concienzudamente, completamente, su boca fue ardiente, dominante e imperiosa. Profundamente en su interior, la sonrisa floreció entre la calidez.
Isabella entró agradecida en la habitación con la tina profunda y hundida. Se elevaba vapor de la superficie del agua. Encendió tantas velas como pudo, dejando que su fragancia consoladora llenara la habitación. El agua relucía invitadoramente, ofreciendo paz cuando su cuerpo entero estaba sufriendo por el cansancio y el terror. Tiró su ropa a un lado y bajó los escalones descalza, dejando que el agua caliente le acariciara la piel, la calentara. La humedad lamió el moratón que se formaba en su pecho, haciendo desaparecer el terrible escozor, pero no el recuerdo de cómo había sido puesto allí. Todavía se estremecía violentamente, aunque esas pequeñas olas irradiaban saliendo de ella, recordándole la violencia del mar, la violencia oculta bajo la superficie de un hombre.
Entonces lloro. Por su madre, por su tía, por la madre de Emmett y por su abuela, por su abuelo, por Carmen y Tanya, e incluso por Elizabeth y la pequeña Alice, que algún día sabría el monstruo que había sido su padre. Lloró por sí misma y por Emmett. Su padre había sido un hombre enfermo que había convertido sus celos en odio corrupto, y había alimentado a su hijo menor con la misma dieta, creando una abominación. Se quedó sentada en el baño, con el agua lamiéndole la barbilla, y dejó que las lágrimas cayeran hasta que creyó que nunca volvería a llorar.
Finalmente se lavó el pelo, enjuagándose la sal, el olor del mar, intentando aceptar que estaba a salvo al fin. Pero ni siquiera el largo baño pudo eliminar el terror del fondo de su estómago, el horrible temor que llenaba su cuerpo, y el sabor del miedo de su boca. Necesitaba a Sue. Y a la pequeña Alice. Por encima de todo necesitaba a Emmett. Suspirando, abandonó el baño y se vistió con uno de los suaves camisones que Emmett había ordenado hacer para ella. Cogió una bata y fue hacia la puerta del dormitorio.
Para su alivio, reconoció a Eleazar, aunque el otro guardia le era desconocido.
-¿Dónde está Ben?
-Él protege a Tanya, Donna Isabella -respondió Eleazar.
-Por favor llévame hasta ellos -dijo suavemente.
-Por supuesto. -Le sonrió, su mirada era cálida. Pero de repente sus ojos se abrieron de par en par, con una especie de horror. Un hilo de sangre goteaba de su boca hasta la barbilla. Sus rodillas se doblaron, y se derrumbó hacia adelante para caer bocabajo a sus pies. La espalda de su camisa estaba empapada de sangre.
Isabella se encontró mirando la cara sonriente de Edward. La visión de su sonrisa malvada hizo que se le helara la sangre. Sus dedos se cerraron alrededor de la garganta, y la hizo retroceder al interior del dormitorio principal, la acercó a su cuerpo.
-Tengo seguidores leales, ya ves. Creen en mí; comprenden que yo debo mandar. Sé que Emmett cree que Austria recibirá a nuestro país graciosamente en el nuevo acuerdo con España... un matrimonio de conveniencia por así decirlo... y ha estado trabajando con ese fin. Pero yo estoy en desacuerdo con las ideas de Emm, y planeo apoderarme no solo de las tierras Cullen sino de todo el país. -Sus dedos se apretaron en la garganta de ella, intentando cortarle el aire-. Mis guardias esperan fuera a tu marido, así que nosotros... descansaremos aquí juntos.
Los ojos oscuros de Isabella le recorrieron la cara con desprecio.
-Tú nunca podrías ocupar el lugar de Emmett. No como líder, e indudablemente no conmigo.
Las cejas de él se dispararon hacia arriba.
-¿De veras? Conozco más formas de complacer a una mujer... o de hacerle daño... de las que has soñado nunca. Ya veremos. -Pero la soltó bruscamente, apartando las manos de su piel magullada.
Ella dio dos pasos alejándose de él, retrocediendo hacia la pared de mármol, hacia la entrada del pasadizo.
-Has olvidado lo más importante de todo, Edward. Has olvidado la maldición de tu famiglia. -Le sonrió dulcemente, con confianza.
Profundamente en su interior surgía una nueva confianza. Este monstruo ya no la asustaba. Estaba en el palazzo. Su hogar. Y se había familiarizado con el tremendo don que compartía con su marido. Solo tenía que pensar en lo que iba mal, solo un grito de advertencia en su mente, y el fuerte vínculo entre ella y su marido se ocuparía del resto. Emmett siempre estaría allí, solo a un pensamiento de distancia, rodeándola con su amor y protección.
-¿De qué estás hablando? -La voz de Edward era un látigo de desprecio.
-Fuiste tú quien me habló de la maldición. La caída de los hombres Cullen es siempre una mujer. Yo soy la mujer de Emmett Cullen, no la tuya. ¿Si soy una maldición para alguien, quieres que lo sea para ti? Porque nunca seré una maldición para él. -Se hizo a un lado, bien lejos de la entrada del pasadizo mientras la grieta de la pared se ampliaba y su marido se lanzaba sobre su hermano menor.
Edward no tuvo tiempo de reaccionar. Cayó hacia atrás por la fuerza del golpe. Emmett, herido como estaba, dominó al monstruo mientras, fuera de la habitación, los soldados de Emmett vencían a aquellos que estaban a sueldo de Edward.
Emmett se llevó a su hermano al corredor, y cuando sus soldados escoltaban al prisionero a la torre, Edward golpeó a un guardia con su cuerpo, intentado empujarlo por la barandilla. En vez de eso, el guardia se tambaleó hacia un lado, y Edward se lanzó por la misma muralla donde había destruido a tantos otros.
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¡Que fuerte, que fuerte, que fuerte!
Ya solo nos quedan un cap, porfis no olviden dejar un comentario. Me anima mucho saber de ustedes :3
¡Nos leemos pronto!
