~ coffee shop
•
"Hola, buenos días (o buenas tarde), qué quiere, cómo paga, cuál es su nombre, gracias por su compra". Era el repertorio que Yuri suponía el chico del café que frecuentaba sabía de memoria, pero que él jamás se cansaba de escuchar con esa voz ronca y profunda, pero paradójicamente sedosa y tranquila.
"Hello, I'm Otabek", decía la tarjeta enganchada en su camisa de trabajo.
Ir al café fuera de la universidad siempre era grato no tan solo para Yuri, sino para todos los universitarios con el lomo hecho polvo por el estudio que compraban su recarga de cafeína en tal agradable lugar. Sobretodo para las féminas que mientras hacían la fila para ordenar se cuchicheaban entre risitas mirando nada disimuladas al apuesto muchacho que atendía la caja de lunes a viernes.
Yuri las miraba feo, insultándolas mentalmente.
Estúpidas feas, brujas babosas, ¿cómo podían ser tan desvergonzadas? siempre coqueteando como sucios buitres.
— Piensas así porque a ti también te gusta ese chico, Yuri — le había dicho Mila, aburrida de que Yuri se quejara toda la clase de las tontas esas que se demoraban a propósito en la fila solo para llamar la atención.
Yuri había chillado y montado espectáculo, ¡¿cómo le decía eso?! ¿gustarle? ¿a él? ¿ese chico de ojos rasgados y de mirada penetrante? ¡ridículo!
— ¿Nombre?
— La chica de tus sueños — el grupo de chicas en la caja soltaron bobas risillas.
Yuri sintió que la sangre le hervía, ¡qué descaradas! ¿cómo diantres no le daba vergüenza?
Y sintió que quería golpear a las féminas cuando, sorprendido, vio que el chico en el mostrador llamado Otabek solo soltaba una fugaz sonrisa incómoda y volvía a preguntar el nombre de la chica para anotarlo en un vaso.
— Contrólate, Yuri — le susurró Mila, dándole un codazo en las costillas para que dejara de maldecir por lo bajo.
La fila siguió avanzando y fue Mila la que ordenó primero.
— Un late moca y un trozo de pastel de banana con chocolate, por favor.
La chica pagó con su tarjeta, dio su nombre y le hizo espacio a su amigo.
— Chocolate caliente y tres galletones rellenos con manjar. En efectivo.
El chico en la caja asintió y Yuri sentía todavía la rabia en su estómago, ¿por qué demonios ese estúpido no le miraba o le sonreía cuando entregaba su cambio? ¿acaso solo sonreía cuando le daban tontos cumplidos con risitas aún más tontas?
Quería arañarle la cara.
— ¿Nombre?
— El chico de tus sueños.
Mila despegó la mirada de su móvil como un látigo y se le resbaló la mandíbula.
La que lo parió... o sea, ¡¿él había dicho eso?! ¿eso había salido de su boca?
Los ojos castaños de Otabek se elevaron para mirarlo.
Yuri sintió su cara caliente, ¡había sido un error! Sus palabras le habían fallado, su cerebro tuvo un leve lapsus de idiotez, ¡no había querido decir eso!
¿O tal vez sí?
Se puso rojo hasta las orejas y Otabek no dio atisbo alguno de risa, de hecho, lo miró seriamente con sus carnosos labios entreabiertos.
— Es-es Yuri — se adelantó Mila, al ver que su amigo no reaccionaba, y lo tomó del brazo ahorrándole el bochornoso momento.
Se sentaron en la mesa del fondo y Yuri sintió que los ojos se le anegaban el lágrimas, ¡qué vergüenza! se debió de haber visto patético. Sentía su cara hervir y ni siquiera pudo moverse porque sus rodillas temblaban y sus pies se habían entumecido.
¿Por qué había dicho eso?
Mila se sentó a su lado para que no pudiera ver hacia la barra e intentó calmarlo, todavía algo sorprendida y entre risas por lo que había dicho su amigo.
Cuando la voz ronca llamó el nombre de Mila, la chica se paró velozmente y Yuri desvió la mirada hacia el vidrio a su lado para que no se le viera la cara llorosa y avergonzada a más no poder.
— Vamos, Yuri, pedí todo para llevar — le dijo la chica cargada con ambos vasos y con las cajitas apunto de caerse.
Yuri vio por un microsegundo que Otabek todavía lo observaba y supo todo su cuerpo como la gelatina. Sintió que podía ponerse a llorar ahí mismo, así que le arrebató su chocolate de las manos a Mila para poder bajar el molesto y humillante nudo en su garganta.
Entonces lo vio.
La campanilla había tintineado cuando salieron del café y él se quedó estático mirando el vaso blanco.
Para el chico de mis sueños.
Imprenta pequeña, linda y desordenada.
Su corazón latió como loco.
— ¿Qué esperas, Yuri? — preguntó Mila.
Sus ojos verdes voltearon hacia el mostrador y a través del cristal de la tienda encontró de inmediato los ojos castaños que lo miraban con insistencia.
Otabek, que lo miraba preocupado, cambió rápidamente su expresión cuando se vio correspondido en atención. Le sonrió y se le marcó una bonita margarita en su mejilla izquierda, meneó su mano para despedirlo.
Yuri volvió a sentir la cara caliente.
Estúpido cajero.
Dio un corto asentimiento aletargado y seguido se echó a correr hacia Mila. Su cara colorada y su pecho rebotando emocionado.
Quizá, solo quizá, un pequeño quizá, ese chico sí le gustaba.
~ día 27: tienda de café
¡Gracias por leer!
