~ souvenirs

Otabek se estiró lo más que pudo para buscar la cabellera rubia entre todas esas personas que se hallaban en la feria de artesanías donde se habían metido. Por más que le enviaba mensajes, Yuri no le contestaba y comenzaba a preocuparse.

Estaban de vacaciones en São Paulo. En la temporada baja de su carrera deportiva, ambos habían querido darse un gusto y habían decidido viajar juntos para disfrutar de unas merecidas vacaciones.

Habían escogido el destino al azar, puesto cada vez que discutían sobre es punto, ninguno terminaba por decidirse y acababan con más posibles destinos que decisiones finales.

Otabek le cubrió los ojos a Yuri y este arrojó un dardo a un mapa mundi pegado a la pared. El primer punto había ido a parar en medio del Atlántico, el segundo en la misma Rusia (que no era la idea puesto querían visitar un nuevo país) y el tercero -como bien dicen- fue el definitivo: Brasil.

Todo el viaje había sido magnífico, el país Latinoamericano era una mancha de movimiento, luces, colores, música bailable y personas muy alegres que siempre los atendían con candidez y una sonrisa amable.

Les había encantado los paisajes, los rascacielos, las grandes palmeras, el clima siempre cálido, las playas con sus arenas rubias, las olas trasparentes, la rica gastronomía; mezcla de grupos europeos, indígenas y africanos que llenaron sus estómagos hasta dejarlos hechos una bola. El movimiento de la ciudad por las noches era fantástico, fueron a varios clubes y las calles parecían tan llenas de personas como si estuvieran de día. El penúltimo día terminaron dando un paseo por la playa a las cuatro de la mañana, algo mareados, pero conscientes y riendo de todo y nada, besándose y abrazándose mientras jugaban con las olas que iban y venían.

Y el último día lo habían dedicado a dar paseos cerca del hotel a las orillas de la playa donde se hospedaban. Querían llevar algunos recuerdos a sus familias y habían caminado por varias calles tomando helado, comiendo algodón de azúcar y cosas por el estilo, hasta que decidieron entrar a una feria de artesanal donde definitivamente encontraron muchas cosas para poder llevar a casa sin que se los confiscaran en el aeropuerto.

Por lo que pudieron notar, la feria se conformaba en su mayoría por artesanías hechas por los mismos locales del país, pero también habías varios puestos dedicados a orfebrería y, lo que más les llamó la atención: un surtido de puestos dedicados a diversos países Latinoamericanos que enriquecía ese lugar con cultura.

Pero a Otabek se le había perdido Yuri mientras se quedaba mirando unas esculturas de piedra del Cristo Redentor, perfecto para llevarle a su madre. Cuando levantó la vista, su rubio compañero ya no estaba a su lado.

Yuri había seguido caminando sin darse cuenta de que su acompañante se había detenido. Cuando vio a un tigre tamaño real tallado a madera en uno de los puestos, corrió para poder apreciar tal bello arte desde cerca.

Otabek estuvo llamando a Yuri un buen tiempo, buscándolo con la mirada y enviando mensajes al muchacho para que hiciera saber dónde rayos se había metido. Logró divisarlo entre el mar de personas por suerte pura, unos metros más allá, mirando ensimismado algo que desde su posición Otabek no alcanzaba a divisar.

Batalló contra las personas para moverse más rápido y no volver a perder a Yuri.

— Hey, no sabía dónde estabas, estaba preocupado, Yuri — le dijo al llegar a su lado. El muchacho ruso soltó lo que tenía en la mano con un respingo y lo miró.

— L-lo siento — sonrió el chico, con las mejillas muy rojas — hey, pero mira ese tigre, está genial, ¿no crees?

Altin miró por donde el rubio le indicaba y, entrelazando sus dedos para no volver a perderlo, se acercaron juntos a admirar al felino tallado en madera. Era un trabajo muy precioso y dedicado, pintado con suaves tonos marrones para que no perdiera la esencia que daba la madera.

Había una viejecilla tejiendo tras el mostrados del puesto.

— ¿Crees que en el aeropuerto nos dejen pasar este tipo de madera? — preguntó Yuri.

Otabek lo miró sorprendido.

— ¿Te piensas llevar este tigre?

— No, no, el tigre no. Son artesanías de Chile, ¿sabías que había un país que se llama así? — Otabek asintió, la verdad, él sí lo sabía — y yo que pensaba que el chile era solo un picante para las comidas...

Miraron las esculturas que seguían. Varios animales y hasta una fuente, duendes para el patio y uno que otro recuerdo pequeño con el nombre de la ciudad donde se hallaban. Hasta que la vista de Otabek se detuvo sobre varias esculturas de curiosa constitución, parecían pequeños indios.

Yuri siguió con la mirada verdosa a Otabek, se mordía el labio.

— Me gustaría llevarle uno de recuerdo a Viktor y a Yuuri, para que adornen su nuevo piso — le dijo, señalando al indio pintado de llamativos tonos.

— ¿A Viktor y a Yuuri?

Otabek se extrañó, ¿Yuri pensando en sus compañeros de pista? Si siempre se quejaba de lo molesto que eran Viktor y Yuuri besuqueándose aquí y allá, siendo cursis y baboseando por todos lados.

— Sí... es que, no sé, me gustaría ver su expresión, creo que podría, ¿gustarles? — soltó una risa divertida que Otabek no comprendió — tómalo para que lo veas mejor. — lo instó.

Y Altin, inocente pajarillo, hizo exactamente lo que Yuri le había dicho. Pero a la pequeñita escultura, al levantarla, se le quedaron los pies en la mesa y sus delgadas piernas de madera aparecieron, de pronto, algo entre sus piernas salió cuando finalmente lo tomó por completo y demasiado tarde reconoció (cuando Yuri soltó una carcajada) el miembro reproductor del indio sobresaliendo hacia adelante.

— Son indios pícaros, hijo, ¿desea uno? — preguntó la viejecilla del puesto en un suave inglés (seguramente los había escuchado discutir en tal idioma) tenía una sonrisa divertida en los labios contagiada por las risas de Yuri.

El kazajo se frotó el rostro con algo de vergüenza. Yuri idiota.

— Deme uno, por favor — dijo el rubio, estirando el dinero hasta la vendedora — no te apenes, Beka — se inclinó para dejarle un besito en su mejilla y susurró a su oído — ningún indio pícaro podría hacerte competencia, campeón.

Otabek sintió que la cara se le ponía roja y tuvo que mirar hacia otro lado cuando Yuri recibió el recuerdo que le llevaría a sus compañeros de patinaje para burlarse de sus reacciones.

— También compré lencería verde, podríamos estrenarla, ¿no? — le consultó cuando salieron de la feria y llevaban varias bolsas en sus manos, muchos recuerdos para sus familias — dijiste que te gustaba como se ve mi piel con ese color.

Otabek volvió a frotarse el rostro, con una sonrisa rendida.

— Pensaba regalarte un tipo de recuerdo especial en este viaje, antes de que lleguemos a Rusia y tú tengas que irte a Kazajstán — añadió con un tono algo triste — pero supongo que podemos adelantar eso, ¿no te parece?

Otabek cruzó su brazo por los hombros de Yuri mientras caminaban de vuelta al hotel. Besó su sien.

— Primero un recuerdo para Yuuri y Viktor, ahora uno para mí, y eso que aún no nos vamos. Yura, eres tan considerado — el chiquillo de ojos verdes soltó una risita y cruzó su brazo por la espalda del kazajo.

— Si quieres -también- te regalo la lencería para que te lleves y pienses en mí en tus solitarios días solo con tu mano. Recuerdo extra.

A pesar de sentir nuevamente el calor en la cara, Altin soltó una risa.

— Diablos, definitivamente, tengo un chico tan considerado...


~ día 28: recuerdos

* Si no sabes lo que es un indio pícaro ajsjsa búscalo por Google ;)

¡Gracias por leer!