~ pumpkin
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— ¿Qué haremos con todo esto? — preguntó Otabek apuntando la pulpa de calabaza que él y Yuri estaban acumulando en una fuente sobre la mesa.
Yuri subió y bajó los hombros, recortando una puntiaguda sonrisa en uno de los vegetales.
— ¿Quieres que te cocine algo? — preguntó con una sonrisa gatuna — ya que tu mamá me dejó como tu ni-ñe-ro — soltó una risita al silabear la última palabra.
El señor y la señora Altin no habían querido dejar a su hijo el día de su cumpleaños, pero su abuelita en Kazajstán necesitaba el cuidado de los padres del chico por un par de díasy tampoco era como si el dinero les sobrara. Además, Otabek también debía asistir al colegio. Fue por ello que con mucho pesar sus padres tuvieron que viajar a su país natal desde Rusia. Le habían dado su regalo por adelantado: un bonito bajo nuevo que había estado pidiendo desde hacía meses.
Sus padres, también, habían llamado a Yuri, el mejor amigo y novio de su hijo, preguntando su podía hacerle compañía al kazajo los días que ellos no estuvieran. El rubio aceptó de inmediato, llegando a los minutos con un bolso gigante de ropa a la casa de los Altin.
— No es necesario que te quedes — le había dicho Otabek.
— Pero lo haré de todas formas, la tía Aiman quiere que cuide a su bebé y yo lo voy a cuidar porque tengo un alma muy caritativa — le había respondido Yuri.
Así, prácticamente habían vivido juntos desde hacía tres días. Despertaban, desayunaban juntos, hacían lo que debían hacer y se marchaban al colegio, luego volvían y se quedaban viendo películas o haciendo los deberes, ambos hacían la cena y se deseaban las buenas noches antes de irse a dormir. La primera noche Yuri había dormido en la habitación de huéspedes, pero la segunda y la tercera junto a Otabek puesto había dicho que sentirlo cerca le ayudaba a dormir.
— No, pero en serio, ¿qué haremos con esto?
— Puedo hacer una tarta de calabaza, calabaza al horno, sopa de calabaza...
— Comeremos calabaza hasta que mis padres vuelvan, buen plan, Yura.
Yuri sonrió e intentó mostrarse ofendido. Se inclinó hacia su chico por sobre la mesa y sus rostros quedaron muy juntos.
— No te quejes, Altin, has sobrevivido gracias a mí estos días; ayer te enseñé a usar tú lavadora — dijo con una deje de burla y Otabek levantó las manos en señal de rendición.
Bien, tenía razón. Era un punto a favor de Yuri que lo había estado cuidando tan bien esos días. Definitivamente hubiese estado perdido y muerto de hambre (además de sin ropas limpias) si su novio no fuera tan diligente. Otabek lo admiraba, no había cosa que Yuri no hiciera.
Yuri quería celebrar su cumpleaños ya que sus padres no estaban en casa, literalmente Otabek se sintió como un nene en manos de su novio, como si este fuera su madre organizando su fiesta de cumpleaños con payasos, juegos inflables, globos y muchos amiguitos; solo que los dos primeros vendrían siendo decoración de Halloween y alcohol, y los amiguitos vendrían siendo casi cuatro clases completas de su preparatoria.
Pero por supuesto que no se quejaba, agradecía mucho el entusiasmo de Yuri, sin duda él era el mejor compañero que pudo haber recibido como regalo de su décimo octavo cumpleaños.
— ¿Qué haría yo sin ti, mi Yuratchka? — preguntó con ternura, viendo el rostro concentrado de su chico cortando calabazas.
Yuri le lanzó un beso, concentrado en su labor.
Se entretuvieron juntos buscando diferentes expresiones faciales para los vegetales que serían iluminados por gruesas velas blancas por la noche.
Yuri cocinó cupcakes con las calabazas y, como sobraron muchos, los guardaron para la fiesta porque, como bien él dijo y Otabek concordó:
— Tus compañeros de hockey son bestias, de seguro les dará hambre después de beber.
— Gracias por hacer esto por mí, Yura — sus ojos castaños destellando sinceridad, limpiándole con su puño las migajas que le habían quedado en la comisura de los labios.
Cargaron juntos la primera calabaza hacia el patio trasero, junto a la piscina, y se acuclillaron para apreciarla; admirados por lo bonita que se veía con sus ojos triangulares y su sonrisa picuda iluminada por la vela interior.
— Beka, te tengo un regalo — susurró Yuri en la semi penumbra.
— ¿Otro más, después de todo esto? para, por favor, o tendré que ir a buscar tigres al sudeste de China para sorprenderte en tu cumpleaños.
Yuri se rio por el comentario, pero negó con la cabeza.
— No es eso.
— No tienes por qué regalarme algo, con que estés aquí es suficiente, Yura.
Yuri volteó su rostro de gatito hacia él y lo miró con un leve puchero, como si le estuviera reclamando por tales palabras. Por supuesto que estaría allí para Beka, ¡era su novio y su mejor amigo! Lo quería con todo su corazón.
Otabek lo besó suavemente en los labios, saboreándose cuando se separaron.
— Es un regalo muy especial.
— ¿Tus servicios de niñero? — preguntó divertido el kazajo.
Yuri soltó una sonrisa fugaz y lo golpeó en el brazo por querer romper tan íntimo momento.
— Aparte de eso. Es un servicio especial.
Yuri desvió la mirada y se le colorearon las mejillas. Esa fue una señal para que Otabek se pusiera serio y tragara sorprendido, ¿sería correcto pensar en cosas sucias?
— Por ser mi amigo y mi compañero. No sé si quisieras recibirlo, yo estoy bien si eres tú porque confío en ti, pero bueno... eres tú quien al fin y al cabo decide aceptar mi regalo o no...
Otabek lo miró con los labios separados.
Joder, estaba un noventa y nueve coma nueve por ciento seguro de saber a lo que Yuri se refería, pero, ¿de verdad Yuri lo creía digno de eso?
Llevaban mucho tiempo siendo amigos y llevaban un año siendo novios.
— ¿Estás seguro? — preguntó con un hilo de voz.
Yuri asintió y lo miró tímidamente.
— Yo sí, ¿t-tú no quieres?
— ¡Sí quiero! — se adelantó el kazajo, sintiendo algo de pena repentina por mostrarse tan emocionado de la nada.
Yuri abrió los ojos como plato por su exclamación, pero terminó soltando una risa que hizo bailar la llama de la vela.
Se estiró y chocó nuevamente sus labios para hacer un beso duradero. El rubio se enganchó a su cuello y Otabek se sentó sobre el césped para acomodarse mejor, Yuri quedando entre sus piernas sin la intención de separarse.
Los besos de Yuri eran como magia, tenía los labios tan suaves como algodón de azúcar y el aliento tan tibio como si fuera una agradable chimenea calentando desde su propia boca hasta sus pulmones y corazón. Podría quedarse así por los siglos de los siglos y jamás cansarse.
Yuri se apegó más a Otabek y este se abrazó a su cintura, apretándola exquisitamente y haciendo que su novio suspirara. Las manos blancas y gráciles acariciaron su nuca y Altin se sintió derretir por ese toque.
No supo en qué momento ya tenía a Yuri en una profunda posición, con su propia pierna sosteniendo el bonito arco que hacía la espalda del rubio que, todavía acuclillado, se inclinaba ligeramente hacia atrás por la fuerza con la que Altin le devoraba la boca.
— Ejem.
¿Qué había sido eso?
Oh, qué importaba, quizá era el perro del vecino.
Yuri mordía los labios de su novio, los tiraba y los lamía con insistencia, peleando con él por quién comía al otro más profundo. Sintió la mano de Otabek deslizar por el costado de sus costillas, bajo la ropa, y volvió a suspirar al sentir que rozaba uno de sus pezones.
— ¡Ay, no, ya paren, están en el patio! ¡hay una calabaza! — chilló una voz conocida.
Yuri y Otabek fueron sacados totalmente de su burbuja y, mientras uno daba un respingo y se arreglaba el cabello rápidamente, el otro intentaba voltear desesperado y sin mucho éxito puesto todavía sostenía en cuerpo de su novio entre sus brazos.
Viktor se tapaba los ojos y Yuuri sonreía tímidamente, aguantando la risa.
— ¡S-Si ya habían llegado debieron haber avisado! — gritó Yuri, poniéndose de pie enfadado, el rojo tiñendo toda su cara.
— Golpeamos, pero la puerta estaba abierta y decidimos pasar ya que nadie salió — se excusó Yuuri.
Yuri siguió refunfuñando y discutiendo solo, puesto Viktor se acercó a donde antes ellos se besaban y miró maravillado la calabaza.
— ¿Tú la hiciste, Beka? está genial.
— Las hizo Yuri — corrigió el kazajo, poniéndose de pie.
— Hay más en la cocina, hagan algo bueno y ayúdennos a sacarlas — dijo el rubio enfadado, desapareciendo al interior de la casa seguido por Katsuki.
Viktor palmó la calabaza y negó con semblante entristecido.
— Lo siento nena, tuviste que presenciar todo este tiempo el acto canibalista de estos depravados...
Otabek contuvo la risa porque su novio y Yuuri salían cargando una nueva calabaza. Intercambiaron una fugaz mirada y él sonrió al ver las mejillas rosadas del chico del que estaba enamorado.
Esa noche sería muy especial.
~ día 30: calabaza
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