~ ¡Feliz cumpleaños al Héroe de Kazajstán!


Otabek estiró su mano hacia él y Yuri sonrió con la mirada suspicaz, intentando advertir algún atisbo de broma o algo por el estilo. ¿Otabek invitándolo a bailar? Patrañas, punto uno: Otabek no bailaba... y si lo hacía, lo hacía pésimo.

— ¿La vas a tomar o no? — preguntó correspondiendo su sonrisa divertida, como si advirtiera lo que estaba pensando — puedo hacer una excepción para ti esta noche.

Mila, a un lado del rubio, le dio un pequeño codazo y apuntó al kazajo con la cabeza.

— Anda, Yuri, ve y aprovecha.

El ruso terminó por soltar una risilla boba y tomó la mano de su novio. Pasaron entre las decenas de personas que en ese momento llenaban la sala de la casa Altin.

La música retumbaba en todo el hogar y los invitados rebasaban el lugar bajo techo, algunos incluso se habían aventurado a sentarse a orillas de la piscina y refrescar los pies, siendo iluminados únicamente por las fantásticas calabazas que Yuri había cortado.

Altin se estaba divirtiendo. No es como si le gustara ser el centro de atención, pero recibir emocionados saludos por su cumpleaños y además haber recibido un par de detalles por parte de sus amigos había sido lindo.

Había estado un buen rato intentando compartir con todos mientras miraba a ratos a Yuri que compartía con Mila y Leo cerca del alcohol. El chico tenía en sus rubios cabellos una diadema con pequeños cuernos rojos de demonio y un chiquito corazón del mismo color en su pómulo; se veía adorable, Otabek no podía quitarle de encima los ojos.

Había estado ansioso desde la tarde, recibiendo a los chicos que seguían llegando, indicando a un par dónde estaba el baño y conversando entre varios grupos de amigos de esto y aquello mientras bebían cerveza. Pero, sin duda, de su mente no podía sacar el regalo que Yuri le había prometido para más tarde. Se hallaba a casa minuto buscando con la mirada a su novio y, cuando hacían contacto visual, Yuri lo saludaba agitando su mano y una pequeña sonrisa, ¿podía ser más precioso? Definitivamente no soportó estar un minuto más sin él y, aunque tuviera dos pies izquierdos, inventó la excusa de bailar para poder estar junto a él.

— La última vez que bailamos fue a los quince años en tu cuarto.

— Sí me acuerdo — afirmó el kazajo — robaste el vodka que tu papá guardaba en la alacena más alta y lo bebimos creyéndonos adultos... te caíste en mi cuarto y te golpeaste la cabeza con el mueble de la ropa — dijo Otabek, sosteniendo su cintura a la par que Yuri soltaba una carcajada — no fue gracioso, Yura, pensé que te habías muerto, además yo también estaba ebrio y no sabía qué hacer...

— Solo me dormí, exagerado. Después, tuvimos colegio el día siguiente y nos dormimos en la biblioteca todo un período.

— Corrección: tú te volviste a dormir porque yo tuve que cuidarte por si dejabas de respirar, ¿y si el golpe te dejaba secuelas?

Yuri negó con la cabeza, sus cuerpos meneándose suavemente. Estampó sus labios con los ajenos, colgándose del cuello de Otabek.

— Qué admirable. Mi héroe de Kazajstán.

Yuri ensanchó su sonrisa cuando vio que a Otabek se le subían los colores a la cara, avergonzado por tal apodo. Se miraron en confidencia y las manos del ruso acariciaron la nuca de su novio.

¿Podía haber sensación más agradable en el mundo que amar y saberse amado?

Yuri acarició el rostro de Otabek con su pulgar, repasando su pómulo con algo más de fuerza y haciendo que sus ojos se hicieran más pequeños de lo que eran. Se inclinó y besó uno de sus párpados con cariño.

— Creo que ya todos están ambientados aquí, ¿qué te parece si subimos? — preguntó.

Otabek sintió su corazón saltar. Suspiró intentando relajarse y asintió.

Abriéndose paso entre la gente, resguardó a Yuri para que no fuera empujado y juntos subieron hasta la última puerta del pasillo, donde estaba su habitación.

...

—Nunca lo he hecho — susurró Yuri, sobre el regazo de Otabek. La única luz en el cuarto siendo la lámpara.

— Yo tampoco — respondió Beka, con una sonrisa divertida, sus manos acariciando su espalda — ¿de verdad quieres hacerlo? No tenemos que apurarnos, sabes que yo también quiero hacerlo, pero también puedo esperarte.

— Ya te dije que sería hoy — insistió sacudiendo sus hombros — será hoy y será especial porque es tu cumpleaños y porque es contigo, ¡será perfecto!

Otabek soltó una risa. La verdad él sabía que no podía ser tan perfecto, después de todo ambos eran inexpertos. Pero la seguridad en la voz de Yuri (o la seguridad que intentaba infundarse con tales palabras) era enternecedora.

Besó despacio a Yuri, dejándolo dominar territorio con sus manos blancas y cálidas que acariciaban su nuca y sus dedos curiosos que jugueteaban tímidos con el cuello de su camiseta. Se recostó y dejó al rubio sobre sí, quien comenzaba a repartir besos en su mandíbula e iba directo a lamer el lóbulo de su oreja, haciéndolo suspirar.

Sus manos volvieron a acariciar la espalda de Yuri, esta vez aventurándose bajo su prenda. Sus dedos se deslizaron a lo largo del suave y terso lienzo blanco, repasando de arriba hacia abajo la columna de Yuri y terminando por apretar la tibia porción de carne en su cintura. Buscó la boca de Yuri y se volvieron a besar, recorriendo el cuerpo ajeno a ciegas y con sus manos muertas de curiosidad.

Fue cuando Plisetsky decidió domar al toro por los cuernos y Otabek se mordió la lengua ante la mano que acababa de presionar su miembro. Yuri no supo evitar soltar una risa.

— ¿Te mordiste muy fuerte? — preguntó con fingida inocencia, lamiendo con la punta de su lengua la de Otabek, pocos milímetros fuera de su boca.

El kazajo soltó un pesado suspiro mientras la mano de su novio seguía acariciando de arriba a abajo su pene por sobre la tela y mientras la lengua traviesa jugueteaba con la suya.

— Y yo que estaba yendo lento, dándote tu espacio, para que no te asustaras.

Altin también aprovechó de presionar uno de los pezones de Yuri y este gimió, mordiéndose en labio.

— Sabes que no soy un hada delicada, Altin — susurró el chico — puedes ser bruto conmigo y no me romperé.

— C-Claro que no eres un hada — dijo apenas, el tortuoso movimiento en su miembro despertando lo empezaba a marear. No aguantó y en un movimiento ágil dejó a Yuri bajo su cuerpo — eres un peligroso tigre ruso que al parecer tengo que domesticar.

Yuri sonrió, jadeando. Una mirada cómplice, maldición, ellos se entendían tan bien. Sus bocas uniéndose como un imán.

Los besos desesperados subieron de temperatura y la saliva escapó de donde debería estar. Chocaban sus dientes y mordían sus labios, seguramente ese era el beso más sucio que ese par de adolescentes habían compartido jamás. Buscaban sus lenguas y en más de una ocasión Yuri se quejó por ser mordido, atacando con más intensidad a Otabek como venganza.

Las manos del ruso subieron la camiseta de su novio y se la quitó con ayuda de este. El rubio recorrió con su tacto todo el torso, apretando y rasguñando a gusto. Mierda, él también ya estaba duro. No opuso mayor resistencia cuando su ropa también fue retirada y la boca caliente de Otabek atrapó uno de sus pezones, mordiendo y tirando suavemente. Sentía que su corazón iba a explotar y agradecía que la música fuera de esa habitación amortiguara los sonidos que salían de sus labios. Con sus largas piernas atrapó la cadera ajena y Otabek simuló una embestida sabrosa por encima de la ropa que los hizo gemir a ambos, la electricidad golpeando en sus puntos más vulnerables.

— Te adoro — suspiró Otabek con el corazón acelerado y sus sentidos ardiendo.

Yuri tenía el cabello revuelto en su almohada y sus ojos verdes brillaban.

— Yo también, Beka.

Los jadeos y los gemidos llenaron rápidamente la habitación en la casi penumbra de no ser por la lámpara que daba vista plena a ambos amantes para admirar el cuerpo ajeno; su segunda piel, ahora su segundo hogar.

Otabek se separó del cuello de Yuri, en donde había estado enterrado, donde había dejado más de un chupetón que sería visible a la mañana siguiente. Compartió una mirada con Yuri, antes de bajar y deslizar despacio su ropa interior, liberando la erección del rubio.

Yuri sentía su corazón martillar con fuerza, ¿qué demonios hacía Beka que no lo seguía besando? De pronto comprendió... se reincorporó rápidamente y descubrió la mirada de cazador en su chico. Se sintió muy, muy, muy nervioso.

— No-no es necesario, Beka — dijo en un susurro trémulo, pero, la verdad, muriéndose de ganas por ser tocado de esa forma por su novio.

El kazajo no hizo mayor caso y tomó su miembro con su mano, provocando una descarga eléctrica deliciosa. Yuri tuvo que morder su mano la aguantar la respiración, pero terminó gimiendo desesperado de todos modos cuando la lengua tibia de Otabek lamió desde la base a la punta.

Miró a Otabek, que seguía con sus ojos fijos en él.

— Nooo — gimió echándose hacia atrás, las manos en su cara — ya para.

— ¿No quieres?

— ¡No, ya deja de mirarme así, me pongo nervioso! — le gritó.

Otabek soltó una risa. Lo había estado haciendo para ver si Yuri se encontraba cómodo.

— Lo siento, no lo hago más.

Yuri negó con la cabeza, su entrepierna doliendo y pidiendo.

— ¡Pero no pares, no pares lo otro!

Tan tierno.

Lamió su propia mano y comenzó a estimular el miembro ajeno. Su lengua amoldándose a la punta rosada y sensible del pene de su novio. Las piernas de Yuri se removían inquietas y Otabek empujó una contra la cama.

El pecho perlado de Yuri subía y bajaba. Agradecía al cielo por la maldita música de la casa, de ese modo nadie podía escuchar sus balbuceos inconexos y sus gemidos agudos. Apretaba las tapas de la cama con una mano y con la otra se afirmó de la cabeza del divertido kazajo que disfrutaba verlo retorcerse de manera tan sexy.

Cuando Otabek metió todo dentro de su boca y succionó, Yuri soltó un grito e intentó volver a taparse la boca.

Demonios, la lengua de Otabek se sentía demasiado bien. Y lo enloquecía cuando sus dedos arañaban la piel suave entre sus muslos, obligándolo a mantener las piernas abiertas de par en par. Lo hacía perder la cabeza cuando su placentera boca subía y bajaba, sus dientes rozando ligeramente con su glande.

Otabek apretó sus testículos y Yuri gimió más fuerte, allí el kazajo lamió a fondo. Había algo satisfactorio en ver a Yuri disfrutar con lo que le hacía.

Se aventuró un poco más abajo, sin dejar de estimular su pene con su mano húmeda, y con su lengua recorrió lentamente el perineo del chico que dio un respingo ante tal toque.

— ¡No! ¡Ya para, no hagas eso o me vendré muy pronto! — chilló el ruso intentando reincorporarse, mareado.

Otabek sonrió divertido, pero obedeció a su novio. Lo miró y elevó ambas cejas, haciéndole saber que le escuchaba.

— Solo... solo prepárame para que tú también te puedas sentir bien — dijo con la respiración agitada y los ojos cristalizados.

Otabek, en un arrebato de ternura, se acercó a besarle toda la cara mientras asentía. Yuri tuvo que quitárselo de encima con algo de queja.

— Lo haré, Yura.

— Hay condones y sobres de lubricante en mi mochila — señaló hacia la silla del escritorio, donde se hallaban sus pertenencias.

Altin se acercó rápidamente, pasando por alto la mirada ansiosa de Yuri que se pegó a la tela de su bóxer, donde su erección yacía húmeda. Se mordió el labio, su novio estaba tan bien dotado... tuvo que contener un gemido lastimero.

El primer dedo ingresó fácilmente con ayuda del lubricante, deslizó con gracia y Yuri suspiró complacido. Otabek no pasó por alto aquello.

— ¿Ya te habías tocado aquí antes? — preguntó insertando un segundo dedo, el jadeo de Yuri emocionado lo delató.

— S-sí — respondió con las mejillas rojas.

Otabek ensanchó una sonrisa. Los ojos de Yuri siguieron brillantes la otra mano de su amante cuando liberó su propia erección y comenzó a estimularse solo. Dios, Yuri sabía que estaba haciendo una cara de idiota, pero no lo podía evitar.

— ¿Y en qué piensas cuando lo haces, Yuri? — preguntó en un jadeo.

— ¡A-ah!

Los dedos de su novio en su interior se curvaron y salieron para entrar nuevamente, como una suave estocata. No podía, Yuri simplemente no podía. Tener a Otabek masturbándose descaradamente frente a él y haciéndole tal cosa, quizá en sus más perversas fantasías había soñado con ese momento, pero las emociones y sensaciones en ese momento lo estaban desbordando.

El ruso intentó desviar la mirada, pero no pudo. De veras que debía tener una cara digna de un gatito anonadado e inexperto. Pero a fin de cuentas, decidió echar cualquier barrera a la basura, ¿qué importaba ya? ¿por qué tener vergüenza justo en ese momento?

— En ti... haciendo esto. P-pienso en ti — gimió.

Otabek sonrió complacido. La mano de Yuri, trémula, buscó tocarlo, sus dedos anclándose a su cadera.

El tercer dedo dolió más de lo esperado. A Yuri le costó acostumbrarse y Otabek lo tuvo que distraer a besos y mordidas dulces.

El kazajo tomó uno de los preservativos y se lo puso sin perder la concentración en su novio. Pero a la hora de meterlo, Yuri no pudo disimular la incomodidad.

— Yuri, tienes que decirme si no se siente bien, si no podría hacerte daño y no quiero eso — dijo Otabek acariciándole la mejilla caliente por el esfuerzo.

Yuri se sintió algo frustrado. Estaba ardiendo en deseo, maldición, pero su cuerpo no estaba actuando de a cuerdo al perfecto plan de maldita velada romántica graduándose de la virginidad. Además, sabía que Otabek también estaba muy duro. Prácticamente el kazajo le había regalado toda su atención, ¡Yuri quería complacerlo a él ahora, joder, era su cumpleaños, Otabek debía ser el más mimado allí!

— Pon más lubricante — sugirió sin dejarse vencer. Dolía, pero todavía era soportable. No era tan débil, joder, él podía hacerlo.

Altin lo vio no muy seguro, pero obedeció la sugerencia. Abrió más sobrecitos y los vertió en sus dedos, volviendo a la tarea entre las sedosas piernas.

Los tres dedos volvieron a introducirse, mucho más resbalosos que antes y Otabek guió con cuidado la punta de su miembro hasta la entrada de su novio. Yuri no miraba, mantenía los ojos cerrados intentando relajarse lo más posible.

El aro se estiró recibiendo el miembro de Otabek con algo más de afabilidad. Yuri pudo sentir cómo la extensión se abría paso entre sus carnes y el dolor se mezclaba con una suave sensación placentera al ser penetrado de tal forma. Sus labios se separaron y soltó un gemido.

— ¿Estás bien? — preguntó de inmediato Beka, con el gruñido ahogado en su garganta. En interior de Yuri lo apretaba tan bien.

— Estoy bien — respondió a medias, su entrepierna tirando.

— ¿Duele?

— N-no, ya no tanto... c-creo que sí faltaba algo de lubricante.

— Perfecto.

Altin volvió a inclinarse sobre él, besando sus labios con algo más de lentitud. Yuri separó más las piernas y lo cruzó sus brazos por su ancha y bronceada espalda.

La primera embestida fue advertida por el cumpleañero y fue muy suave. El rubio volvió a sentir algo de molestia, pero fue muy tenue, se abrazó a Otabek mientras se entretenía lamiendo y jadeando en su cuello, soltando obscenos sonidos que sabía ponían la piel de gallina a su novio.

El movimiento pausado, Yuri apretó sus nalgas inconscientemente para sentirlo más. Otabek gimió y amasó los glúteos blancos, disfrutando del calor ajeno y el encaje de sus piernas con su cadera, sintiendo su sangre hervir a cada rebote que hacía ese carnoso trasero cada vez que su pene entraba por completo en una nueva embestida.

Se separó ligeramente y estiró las rodillas de Yuri hasta pegarlas a la cama. El muchacho se dejó hacer, extasiado en las sensaciones. Dios, Yuri era tan elástico que ni lo sentía.

Gracias clases de ballet. Se dijo mentalmente Altin. Si ya era un espectáculo totalmente ardiente verlo practicar sus rutinas en esas calzas deportivas negras, ahora tenerlo en la cama gimiendo su nombre era algo que fácilmente lo hacía sentirse drogado en lujuria.

— Maldición, Yuri — gimió empujando más a fondo, de los labios de su novio saliendo un grito delicioso — eres tan precioso.

— ¡Beka, ahh!

El exquisito sonido de las pieles chocando era une estimulante extra a sus oídos. Yuri muy pronto se vio mareado en una sensación tan placentera que el dolor solo parecía ser azúcar endulzando la situación. Cada vez que Otabek entraba por completo, podía sentirse morir, su chico era tan grande que lo llenaba por completo. Sus manos acariciaron cuanto pudieron la espalda del kazajo, repasando con fuerza los dedos por la hendidura de su columna vertebral y apretando sus costados duros, los brazos fuertes que lo sostenían y el cabello corto en la nuca que le encantaba sobar.

— ¿S-se siente bien? — le preguntó al oído.

Altin se separó y lo besó con furia, aumentando el ritmo de las estocatas y haciendo que Yuri se ahogara con su propia voz y aliento, desesperado por corresponderle.

— Todo de ti se siente bien — le respondió en un rápido susurro antes de soltar un gruñidito placentero.

Yuri tuvo que separarse definitivamente cuando su novio sacó por completo su pene y se volvió a enterrar con certeza en un lugar especial. Soltó un grito muy, muy, muy vergonzoso y ambos se miraron asustados.

— ¿Te-te dolió? Lo siento, paro — balbuceó de inmediato el kazajo.

Yuri negó frenético, atrayéndolo con sus brazos.

— ¡Está bien! — exclamó, buscando con su trasero otra vez el contacto del miembro ajeno — eso se sintió muy bien.

Endemoniadamente bien.

— Vuelve a hacerlo, por favor, Beka — rogó mordiendo su oreja.

Altin, algo precavido, embistió suave otra vez, una vez notó que Yuri no mentía y movía su cadera en busca de más profundidad, replicó el movimiento, hallando en pocos segundos el mismo punto que hizo a Yuri gritar nuevamente.

— ¡Ahí! — exclamó el chico con la respiración acelerada — por favor, ahí, ¡ohh, mierda!

Otabek jadeó, las penetraciones cobrando rapidez. Yuri sentía su cabeza en las nubes, no sabía qué demonios sucedía, pero sentía cómo su cuerpo no podía hacer más que crisparse y desesperarse por más y más contacto.

Altin también lo estaba disfrutando, tanto por la calidez de las aterciopeladas paredes de Yuri como por sus exquisitos gemidos, ¿cómo podía ser la voz de alguien tan angelical y ardiente al mismo tiempo?

Penetró una y otra vez en tal caliente lugar, su miembro duro y deseoso de sentir a fondo a Yuri y hacer de él un desastre.

La habitación era un nido de gemidos, sonidos de pieles chocando con desenfreno y cursilerías susurradas a medias.

El rubio era gelatina pura y no podía pensar en nada más que en lo caliente que sentía su cuerpo, en Otabek, lo bien que se sentía eso, en Beka, en el dolor en su vientre avisando un próximo cúlmine, en Otabek y, por si acaso, otra vez en Otabek.

— Te amo — hasta que, como si estuvieran conectados, Otabek soltó esas palabras primero que él — te amo, mierda, t-te quiero tanto, Yura...

Yuri cerró fuertemente los ojos y finalmente la liberación vino a él con un intenso orgasmo, derramándose sin siquiera ser estimulado entre sus vientres. Cayó laxo una vez se soltó bastante tembloroso de su novio. Otabek sintió a Yuri contraerse y solo bastó un par más de segundos antes de que se viniera, ahogando su gemido contra el propio dorso de su mano.

Joder. Eso había sido único.

Salió con cuidado de Yuri y se quitó el preservativo, lanzándolo con habilidad adquirida al tacho de la basura a un lado del escritorio. Se recostó al lado de su novio, igual de exhausto y ambos intentando recobrar la respiración.

La música seguía sonando amortiguada fuera de esa habitación. La fiesta continuaba, pero sus corazones seguían latiendo alocados allí arriba, en el segundo piso, uno al lado del otro.

Yuri tragó y, todavía con su cuerpo algo sensible y pesado, tomó la manta a los pies de la cama y los cubrió a ambos. Se apoyó en el pecho del kazajo, mirándolo con sus pupilas dilatadas y enamoradas.

— Eso estuvo bien — suspiró enredando una de sus piernas con la de él.

Otabek sonrió,abrazándolo por la cintura e inclinándose con pereza para repartir varios besos por el rostro ajeno.

— ¿Nos quedamos aquí? La fiesta ya no me importa mucho.

Yuri asintió, pestañeando cansado.

— Tampoco es como si pudiera moverme, Beka, creo que tú y tu anaconda acaban de dejarme inválido.

El rostro de Otabek te tiñó de rojo, pero no pudo evitar soltar una carcajada; algo entretención y nerviosismo mezclados. Yuri también se rió.

Se miraron y se admiraron por un buen rato en silencio, sintiendo en sus pechos unidos el latir sincronizado de sus corazones.

— También te amo. Feliz cumpleaños, mi héroe de Kazajstán.


¡Listooo!

¡Muchas gracias por haber leído!:D