La primera impresión que tuvo Eiji de Ash fue extraña, o más bien confusa. Cabellos rubios, ojos color jade, piel blanca y delicada. Diecisiete años. Joven, demasiado joven.
Cualquiera que lo viera sin conocerle pensaría que este muchacho fácilmente podría tratarse de un modelo, un actor, o quizás un cantante. Pero no. Este chico de aspecto tan angelical era el líder de una banda de jóvenes delincuentes. Era el príncipe en un mundo en el cual la violencia, sangre, dolor y miedo eran pan de cada día.
-Eiji. Prepara el equipo, por favor.- La voz de Ibe lo hizo despertar de su pequeña distracción.
-¡S-Si!- El muchacho se apresuro para comenzar su trabajo. Sus manos eran algo torpes, pero aun asi se las arreglaba para ser util como el asistente de Ibe.
-¿Eh? ¿Así que en Japón ocupan niños como asistentes?- Resonó la voz de Ash tras sus espaldas. Un tono burlesco.
"¿Que? ¿Tienes 19 años?", "Este mocoso no puede ser un universitario", "Vaya, así que trajiste a tu hijo como asistente, ¿Eh, Ibe?" No importaba cuantas veces ocurrieran ese tipo de situaciones, Eiji era incapaz de acostumbrarse.
-Soy mayor que tú.- Dijo el asiático, mirando con un leve desdén al rubio, ¿Quien se creía?
-Vaya, pues disculpa.- Replicó Ash, para luego dejar salir una pequeña risa burlesca.
"Yo no soy el mocoso, tú si", pensó el pelinegro para sus adentros.
Cada vez que alguien confundía a Eiji con un niño, este no podía evitar sentir como su orgullo se quebraba. Pero en aquella ocasión no era su orgullo lo que le molestaba, era algo distinto, era...vergüenza. Se sentía enormemente avergonzado de que Ash lo viera como un mocoso, y no podía entender el por qué.
De repente, algo captó la atención de Eiji. Una pistola. Ash tenía una pistola en el bolsillo trasero de sus jeans.
Un montón de preguntas aparecieron en la mente de Eiji "¿Por qué él tiene una pistola?, ¿Es una pistola real?, ¿Sabrá utilizarla?" De alguna manera, la curiosidad se había apoderado del pelinegro. En japón las armas eran ilegales, así que solo las había visto en la televisión.
-¡O-oye!- Exclamó Eiji.- Esa es un arma de verdad, ¿Cierto?
-¿Hm? ¿Que quieres decir?
Solo bastaron unos segundos para que Eiji se diera cuenta de que su pregunta había sido bastante ingenua.
"¿Que estoy diciendo? Esto no es Japón, por supuesto que es real" Pensó el asiático, bastante avergonzado. Sin embargo, el muchacho intento explicar el por qué de su curiosidad y sorpresa.
-En Japón sólo las armas falsas son legales, ¿Puedo verla por un momento?
El ambiente se tensó de manera inmediata. Eiji pudo sentir como todas las miradas del lugar se posaban sobre el. La mayoría de estas mostraban signos de burla, incluso se podía oír como algunos pandilleros reían. Eiji no lograba entender el por qué de las risas, su petición no tenía intenciones escondidas, y A sh no le parecía una mala persona.
Eiji no tenía miedo de Ash.
-¡Oye, Ei-chan!- La voz de Ibe resonó tras sus oídos.- No creo que eso sea una buena idea.
-¿Eh? ¿P-por que no? Yo, yo solo...
Ash se levantó del taburete para acercarse al más bajo. Pasos lentos y firmes. Mirada calculadora. Un lince analizando su presa.
-Claro.
Miradas de sorpresa. Confusión y expectación a flor de piel.
Eiji tomó entre sus manos el arma sin pensarlo demasiado. Ignoro por completo el hecho de que todo el mundo se encontraba mirándoles. Aquello no importaba ni en lo más mínimo.
-¡Vaya, es muy pesada!- Exclamó el pelinegro, con una leve sonrisa en su rostro. Era extraño tener un arma entre sus manos. Eiji jamás hubiera pensado que viviría una situación como esa.- Muchísimas gracias por mostrármela, aquí tienes, ¿Puedo preguntarte una cosa más?
-¿Que es?
-¿Has asesinado a alguien?
Un pequeño silencio se formó entre ambos. Ninguno apartaba la mirada del otro.
-Asi es.
-Vaya, así que lo has hecho, ¿Eh?
-Sólo eres un bebé.
Ese fue el primer encuentro de Ash y Eiji. Extraño, confuso, diferente. No hay palabras exactas para describirlo. Simplemente, se conocieron sin saber que ambos cambiarían por completo el mundo del otro. Una extraña jugada del destino. Sin embargo, Eiji jamás se arrepentiría de haber conocido a Ash. Al contrario, estaba enormemente agradecido de haber sido capaz de hacerlo.
-Ash...-Aquel nombre escapó de los labios de Eiji cómo un leve suspiro.
El pelinegro abrió sus ojos con cierta dificultad, ya que sus parpados se habían vuelto enormemente pesados. No solo eso, tenía la sensación de que su cuerpo se había transformado en un bloque de plomo. Duro, incapaz de hacer movimientos demasiado bruscos.
Se sentía desorientado, y un poco asustado. Tantas emociones en tan poco tiempo parecían haberle jugado una muy mala pasada. A pesar de todo esto, Eiji se las arregló para lograr sentarse.
No tardó demasiado en identificar el lugar en el que se encontraba. Las paredes pintadas de un muy suave color beige. El pequeño escritorio ubicado en la esquina derecha. La repisa que sostenía unos cuantos trofeos y medallas. Las cortinas azul marino estampadas con dinosaurios que tanto le avergonzaban. Estaba en su habitación.
De repente, un extraño sentimiento de alivio se apoderó de su cuerpo. Lo más probable es que aquella llamada telefónica tan solo había sido una pesadilla. Si, tan solo una simple pesadilla producida por la cantidad de estrés a la cual se había visto sometido por los últimos meses.
-Ei-chan...
Las débiles ilusiones del pelinegro comenzaron a quebrarse en cuanto vio frente a el a Ibe. La expresión de este solo demostraba tristeza; su rostro estaba enrojecido, y sus ojos enormemente hinchados. Había estado llorando.
"No, no podía ser cierto..."
-I-Ibe-san...-En un arrebato de adrenalina Eiji se levantó de la cama, para luego sentir como sus piernas perdían todo equilibrio.
Los brazos de Shunichi le rodearon antes de que pudiera caer al suelo. Lo sujetaban con fuerza. Una fuerza abrumadora y sobrehumana. El muchacho terminó por aferrarse al cuerpo del mayor, pegándose a este como si de una simple lapa se tratase.
Eiji no hacía nada más que temblar, y derramar lagrimas. Esto no se trataba de una pesadilla, esto era el mundo real. Un mundo en el cual Ash Lynx no existía más.
Los llantos de Eiji no se hicieron esperar. La desolación en su forma más pura, en forma de gritos desesperados. Ibe sabía que nunca más en su vida olvidaría aquel llanto.
-T-Todo...todo va a estar bi...-El mayor fue incapaz de terminar aquella frase. Sólo estaba intentando mentirse a si mismo, mentirle a Eiji. Pero no podía hacerlo, no tenía el corazón para hacerlo. Probablemente, nada estaría bien por el resto de sus vidas.
La puerta de la habitación se encontraba entreabierta, y alguien había aprovechado aquella oportunidad para oír la controvertida conversación entre Eiji e Ibe.
Akiko Okumura observaba la situación como si de una pintura abstracta se tratase. No la comprendía totalmente, pero intentaba descifrarla para así poder entenderla. Su pequeño estaba destruido, y ella no podía explicar el por qué. Se sentía aterrada.
La mujer aún podía recordar el día cuando Eiji abandonó su hogar en Izumo para adquirir nuevas experiencias en Nueva York.
Una sonrisa nerviosa en los labios del muchacho, y un destello de expectativa en su mirada. Akiko en todo momento se opuso a aquel viaje. Le parecía enormemente peligroso, y no soportaba la idea de estar separada de Eiji por tanto tiempo. Sin embargo, terminó por aceptar la propuesta de Ibe. Eiji necesitaba un cambio de aires, la depresión parecía estar comiéndoselo vivo día a día y Akiko como madre estaba dispuesta a hacer cualquier cosa por pararla.
Akiko había confiado en Ibe. Le había confiado una de las cosas más importantes en su vida, y este simplemente le había fallado.
Su hijo se había marchado de Japón siendo un cristal agrietado, y había vuelto a sus brazos hecho trizas. Imperdonable.
De repente, Akiko escuchó la voz de su hijo. Angustia en cada una de sus palabras.
-Yo...Yo lo quería, Ibe-san...
El corazón de Akiko se detuvo en ese mismo instante.
