Eiji no pudo ocultar su sorpresa al ver el rostro de Max. Era cómo si el hombre hubiese envejecido de repente. Las leves y casi inexistentes arrugas se habían acentuado por todo su rostro, dándole un aspecto deprimente.
— ¿Qué tal estuvo el vuelo? — Preguntó Max, fallando estrepitosamente en el intento de dibujar una leve sonrisa en su rostro. — ¿Todo bien, Eiji?
Por muy tonto que parezca, el muchacho aún no se convencía totalmente de lo que estaba pasando. Quizás, todo era un simple malentendido y Ash se encontraba en perfectas condiciones leyendo algún libro en la biblioteca. O tal vez estaba pasando el rato con su pandilla.
Sin embargo, la expresión demacrada en el rostro de Max le decía que tenía que dejar las ilusiones a un lado y enfrentar la realidad, sin importar cuanto esta doliese.
No, no quería hacerlo. Se negaba a creerlo.
— El vuelo estuvo bien, Max. Muchas gracias por venir a recogernos al aeropuerto.— Dijo Ibe, con expresión cansada.— ¿Nos vamos?
— Por supuesto, vamos. Alquilé un carro, así no tendremos que esperar un taxi o algo.
El viaje en auto era dominado por un tenso silencio. La situación se estaba volviendo cada vez más difícil de sobrellevar, y los mayores no soportaban aquella violenta incertidumbre. Eiji se encontraba demasiado tranquilo en el asiento de atrás.
— ¿A dónde vamos? — Preguntó Eiji, de repente. Su mirada estaba clavada en la ventana del auto; sin embargo, sus ojos se veían vacíos.
Ibe tan sólo pasó saliva. Nunca había escuchado al menor hablar en ese tono. Palabras secas y distantes.
— Vamos a mi casa.— Contestó Max, cómo si estuvieran en un día de paseo normal. Simples extranjeros a punto de adentrarse en el mundo turístico de Nueva York.— Jessica nos está esperando con una deliciosa cena, y Michael está ansioso por ver... -
— Quiero ver a Ash.
Aquella frase de Eiji pareció detener el tiempo unos cuantos segundos. El hecho de enfrentarse a algo tan doloroso cómo ver el cuerpo sin vida de Ash le aterraba en sobremanera, pero así podría probarle a todos de que este asunto era un horrible malentendido. Una asquerosa pesadilla de la cual no podía despertar.
— Ei-chan, eso no me parece una buena idea. Vayamos primero a casa de Max. Comamos y descansemos un poco, y luego... — Shunichi era incapaz de terminar aquella frase, le asustaba ver la reacción de Eiji.
— Voy a estar bien. Si, todo va a estar bien... — Una leve sonrisa se formó en los labios del menor, pero esta no llegó a sus ojos.
— Está bien, vamos.— Contestó Max, sorprendiendo a su amigo japonés.— Además, Sing también se encuentra allá. Ya sabes... declarando.
"¿Sing? ¿Declarando sobre qué?" Un enorme desfile de preguntas y dudas apareció en la mente de Eiji. Todo esto se estaba volviendo cada vez más complicado y confuso.
El auto continuó su marcha por la carretera, llevando a sus pasajeros a un destino tremendamente doloroso y cruel.
De repente, Eiji se vio a si mismo recorriendo los largos pasillos del hospital Belleuve, el hospital público más antugüo de Manhattan. Cada paso que daba se convertía en una dolorosa estocada al corazón, provocando que su pecho ardiera una y otra vez.
— ¡Eiji! — Los pensamientos del joven japones se vieron totalmente abatidos al escuchar una conocida voz.— ¿P-por qué estás aquí?
Frente a él se encontraba un muchacho de estatura baja, complexión delgada, y atlética, ojos tristes, y voz quebrada. Su nombre, Sing Soo-Ling, nuevo jefe del bajo mundo en Chinatown.
— Eiji vino a ver a Ash... — Contestó Max, apareciendo junto a Ibe.
Sing intentó decir algo. Probablemente quería disculparse, o dar una advertencia; pero las palabras no lograron salir de su boca. Sus cuerdas vocales se habían vuelto incapaces de emitir sonido alguno.
— ¿Ash se encuentra en esta habitación? — Preguntó Eiji, mientras acariciaba suavemente el picaporte de metal. El muchacho se veía demasiado tranquilo.
Nadie quiso responder. Ibe y Max cruzaron miradas totalmente preocupados; mientras que Sing tan sólo desvío el rostro, incapaz de seguir viendo a Eiji.
— Si, Eiji. Ash se encuentra allí. Puedes entrar, si quieres. — La inesperada voz sorprendió a todos. Un nuevo integrante en la trágica escena, Charlie Dickenson. — Podemos seguir con el interrogatorio después, Sing.
El más joven asintió con su cabeza, enormemente agradecido con aquel gesto de parte del policía. No se sentía en condiciones de seguir respondiendo más preguntas.
— Entonces voy a entrar... — Cortó Eiji, con una suave sonrisa en su rostro. — Es momento de terminar con este horrible malentendido.
— ¡Espera! — Exclamó Sing, posando su mano en el hombro de su amigo. — Voy a entrar contigo.
—Está bien.
El joven Okumura soltó un sonoro suspiro antes de su siguiente movimiento. Todos se veían tan serios, y apagados; cómo si de una obra dramática dominada por la tragedia se tratase. Tras esto, tomó el picaporte con fuerza y lo giró, totalmente dispuesto a enfrentar lo que sea que estuviese pasando dentro de aquella misteriosa habitación.
— ¿P-pero qué...? — Las palabras salieron de la boca de Eiji cómo un débil tartamudeo.
El cuarto era gris, y húmedo. Iluminado por unas cuántas luces amarillentas que le daban un aspecto aún más tétrico. Múltiples camillas vacías en fila, a excepción de una que se encontraba al final de la habitación. Sobre esta había algo, Eiji no podía ver bien de que se trataba, porque estaba cubierto con una sabana blanca.
El cuerpo del joven tembló como nunca antes. El silencio de aquel horrible cuarto comenzó a dominar todos sus sentidos, haciéndolo caer en una espiral de terror de la cual no podía escapar.
"No, todo está bien. Tranquilo."
Inhalar, exhalar, inhalar, exhalar. Respirar de manera profunda ayudaría. Este no era el momento indicado para entrar en pánico, tenía que mantenerse calmado, y sereno. Enfrentar el destino valientemente.
Entró a la habitación dando un paso a la vez, lentamente. Estaba seguro de que sí se aceleraba, aunque fuese un poco, terminaría cayendo al suelo, siendo victima de una horrible crisis nerviosa. La puerta se cerró de manera sonora, asustándolo un poco.
Podía sentir la presencia de Sing tras sus espaldas, más no escuchaba sus pasos. Inevitablemente pensó en aquella ocasión en la mansión Dawson donde el desventurado grupo conoció a Lee Yut Lung. Eiji tan sólo sacudió su cabeza, intentando desvanecer tan agridulces memorias. Agradeciendo enormemente el hecho de que Sing se encontrara a su lado en un momento tan angustiante cómo ese.
— Sing... — Soltó Eiji, de repente. Ambos muchachos se encontraban junto a la camilla ubicada al final de la habitación. — ¿Puedo tomar tu mano?
— Claro... — Era cómo si la voz de Sing pendiera de un hilo.
Eiji tomó la mano del más bajo, enredando los dedos de este con los propios. La mano de Sing se encontraba cubierta por sudor frio, y temblaba ligeramente; pero lo sujetaba con fuerza. Aliviando un poco su creciente terror.
— No voy a dejarte caer, Eiji. No ahora. — La voz del menor temblaba, pero había fuerza en ella. Convicción a más no poder.
El japonés no supo cómo interpretar aquella frase. Su mente se encontraba demasiado ocupada lidiando con tan horrible situación. Si, agradecía la presencia de Sing, pero no era capaz de procesar sus palabras.
Sin darle más vueltas al asunto, Eiji soltó la mano del más bajo y arrancó la sabana de un tirón. Dejando al descubierto el cuerpo semidesnudo de una persona. Una persona que Eiji conocía realmente bien.
Ash Lynx.
Su rubio amigo se veía tan frágil, y tranquilo. Su imagen era digna de retratar en una pintura. Un ángel descansando sobre los acogedores brazos de Morfeo.
Horribles, e incómodos escalofríos recorrieron el cuerpo de Sing, provocando que este temblara en su lugar. Esta no era la primera vez que veía el cuerpo de Ash -de hecho, fue él quien lo identifico- pero la imagen lo perturbaba en sobremanera. Además, se sentía incapaz de enfrentar a Eiji, quien se encontraba demasiado silencioso. Un hecho que lo hacía preocuparse aún más.
— Ash, ¿Que estás haciendo durmiendo en un lugar cómo este? Levántate. — Soltó Eiji.
Los ojos de Sing se abrieron cómo platos al escuchar al mayor. Eiji se veía tan seguro de si mismo, cómo si estuviera lidiando con algo cotidiano.
— Nos va a costar un poco despertarlo. — Explicó Eiji. — Ash tiene el sueño pesado, y... -
— Eiji.
El más alto dio un pequeño salto en su lugar al oír la voz de Sing. Esta sonaba demandante y desesperada. Una violenta súplica que lo ponía enormemente nervioso. Eiji levantó el rostro para así enfrentar la mirada del chiquillo, encontrándose con una expresión abnegada, unos ojos que luchaban por no dejar caer traicioneras lágrimas. Una persona que parecía querer gritar y explotar, pero que no se lo permitía.
Eiji en ese momento supo que no se trataba de un malentendido. O quizás siempre lo hizo. Desde la llamada de Max, para ser más exactos. Sin embargo, tenía demasiado miedo cómo para aceptarlo.
Pero la verdad estaba frente a él.
El japonés sintió cómo su cuerpo se estremeció dolorosamente, haciéndolo temblar. Su mirada volvió a dirigirse al cuerpo que se encontraba postrado sobre la camilla, y notó ciertos detalles que no había visto antes. Detalles desgarradores.
La piel se encontraba mucho más pálida de lo normal, cómo si de un blanco papel se tratase, provocando que las venas se marcaran cuál caminos púrpura sobre todo el cuerpo. Las cicatrices de la autopsia recorrían el torso desnudo, adornando de manera macabra tan hermosa piel. Y lo peor, a un costado del abdomen se encontraba el horrible vestigio de una puñalada.
Ash había sido asesinado.
— Eiji, ¿Estás bien? — Las palabras de Sing parecían tan distantes. Se sentía cómo un niño perdido, incapaz de encontrar el camino a casa. — Oye, contéstame.
— Estoy bien...
Una de las manos de Eiji se dirigió a la suave mejilla del "durmiente" muchacho, y la acarició con suavidad. Dedos trazando lineas invisibles sobre la delicada piel. No quería tratarlo con demasiada rudeza. Sentía que en cualquier momento el cuerpo de Ash terminaría por desaparecer.
Un sueño imposible, una pesadilla hecha realidad.
— El no va a despertar, ¿verdad? — Preguntó el mas alto, sin apartar la mirada del cuerpo sobre la camilla.
— No. Lo lamento mucho, Eiji.- Respondió Sing, mientras sacudía levemente su cabeza.
— Y-ya veo...
Y ahí fue cuando comenzó. Su cuerpo había sobrepasado el limite de ansiedad y desesperación. Graznidos de dolor escapando de su boca, provocando que su garganta ardiera con cada grito emitido. Abrazó con fuerza al cuerpo de Ash, intentando fusionarse con este. Despertarlo mediante un milagro que sabia que no ocurriría.
La piel contraria se sentía tan fría, tan ajena e incomoda ante el tacto de un extraño. Se notaba la falta de cariño, de caricias consentidas y deseadas.
Eiji se estremeció de rabia al recordar que aquel delgado cuerpo en sus brazos solo había sido utilizado una y otra vez. Cayendo bajo las contaminadas huellas de unos desgraciados sin corazón. Le habían quitado a Ash el derecho del deseo carnal, de tomar la opción de ser amado por alguien más.
— ¡Lo siento tanto! ¡Perdóname, Ash! — Gritaba el japones, aferrándose con fuerza al inerte cuerpo; enterrando su rostro en el cuello de este. — ¡No me dejes, por favor! ¡Te necesito, Ash! Ash... Ash...
Lamentos cargados de desdicha y horror. Eiji estaba siendo sometido ante una realidad de la cual no podría escapar jamas.
Sing solo observaba tan trágica escena, se sentía incapaz de hacer algo mas. Su cuerpo estaba petrificado, y su cerebro no lograba procesar correctamente lo que estaba pasando a su alrededor.
— Eiji... por favor, para... — La voz del menor escapo como un susurro entrecortado. — Ya no... no podemos hacer nada...
Lágrimas incesantes cual cataratas comenzaron a recorrer el rostro de Sing, Ya no podía seguir fingiendo fortaleza. Se estaba quebrando, y le dolía ver a Eiji en ese estado tan desequilibrado. Un momento cargado por una desdicha sin igual.
— ¡Eiji! — Abrazó por la espalda el cuerpo de su amigo, notando de inmediato los interminables temblores de este. — Lo siento tanto... esto es mi culpa...
El mas alto no respondía. Lo mas seguro es que ni siquiera haya podido escuchar las palabras de Sing. Estaba demasiado ensimismado en su dolor, lanzando graznidos incesantes, impregnados de dolor. Sing tan solo cerro sus ojos, deseando no escuchar mas de aquel ruidoso y desesperado llanto.
Un llanto que lo seguiría por el resto de su vida.
— ¿Como está Eiji? — Preguntó Jessica. En su rostro se lograba ver la preocupación maternal que tanto la caracterizaba.
— Acaba de dormirse... — Contestó Ibe, mientras se sentaba en el sofá. — Aquellas pastillas que le diste realmente sirvieron. Muchas gracias, Jessica... gracias a ambos dejarnos pasar la noche aquí.
— No tienes nada que agradecer, Shunichi. Pueden quedarse todo lo que quieran. Ademas, a Michael le encanta pasar tiempo con Eiji. — Interrumpió Max, sentándose junto a su amigo. Posando su mano en el hombro de este como un gesto de apoyo. — No vamos a dejarlos solos...
Un silencio incomodo se formo en el trió de adultos. La situación era cada vez mas abrumadora y difícil de sobrellevar, pero tenían que ser fuertes. Dar el ejemplo como los mayores, y ser un pilar para Eiji; quien era indudablemente el mas afectado con todo lo que estaba pasando.
— ¿Cuando entregarán el cuerpo de Ash? — Cuestionó la única mujer del grupo. En sus manos había una bandeja con unos cuantos vasos y una jarra llena de jugo.
— Mañana. — La voz de Max sonaba distante. Al igual que su mirada, sombría e inexpresiva. — También estoy haciendo el papeleo para que me entreguen el cuerpo de Griff. Ya sabes... hacer una ceremonia para ambos...
— ¿Iremos a decirle a su padre? — La voz de Ibe pendía de un hilo. - En Cape Cod...
— ¡No! ¡No le diremos nada a ese bastardo!
Jessica y Shunichi abrieron sus ojos como platos al oír la respuesta de Max. Este se veía totalmente sofocado y entregado a la rabia, mientras que su rostro se encontraba cubierto por el sudor. Esto también estaba siendo difícil para el.
— Lo siento mucho... iré a tomar un poco de aire fresco...
Max se levanto de su lugar, y se dirigió a la puerta principal de la casa, en busca del pequeño jardín. Sus pasos eran lentos y cansados. Arrastraba los pies como un anciano. Shunichi se removió incómodo en su lugar al ver a su preciado amigo en aquel estado.
— Me duele verlo así... — Pronunció Jessica, intentando contener las lagrimas. — No puede dormir, tiene pesadillas, llora cada vez que esta solo... cree que no me doy cuenta, pero lo conozco y se que esta sufriendo...
No pasaron muchos segundos y Jessica cayó presa del llanto. Se abrazaba a si misma cual niña pequeña en busca de protección. Le dolía ver al hombre que tanto amaba sufrir y no poder ayudarlo con tal situación. De repente, sintió como era rodeada por un cálido abrazo. Shunichi la contenía con su cuerpo, brindándole el apoyo de un amigo que tanto necesitaba en aquellos momentos.
— Tranquila, esto es difícil para todos... fue tan repentino... — El hombre cerro sus ojos recordando la llamada de Max y la horrible noticia que esta contenía. — Max y Ash tenían una relación especial, ¿sabes? Se tenían cariño, mucho cariño...
— Lo sé... — Jessica se separo delicadamente del cuerpo de su amigo. — Tuviste que ver su rostro cuando se entero... se veía tan frágil y perdido...
Ibe tan solo asintió con su cabeza, incapaz de decir algo mas con respecto al comportamiento de su amigo.
— Iré a hablar con el... ve a acostarte, has tenido un día pesado. — Pronunció Shunichi.
La mujer no contesto. Su expresión cansada acentuaba las leves arrugas de su rostro, dándole un aspecto de una persona mayor. Se levantó de su lugar, y se dirigió a las escaleras que conectaban con el segundo piso; donde se encontraba la habitación que compartía con Max.
Shunichi tan sólo lanzó un sonoro suspiro, y sujetó su cabeza por unos cuántos segundos. Necesitaba despejar su mente, deshacerse de aquellos pensamientos abrumadores que lo hacían estremecer.
Sin pensarlo más sacudió su cabeza, y se acercó al jardín, encontrándose con Max. El japones logro resistir su deseo de soltar un bufido de sorpresa al ver a su amigo en tal posición. Max estaba sentado en el césped abrazando sus rodillas, mientras que su rostro se encontraba escondido entre estas. Una metamorfosis plagada de tristeza.
— Max... — Ibe tomó asiento junto al americano. — Yo... realmente no sé que decirte, lo siento tanto...
— Ese bastardo no hizo absolutamente nada por él... ¡Ni por él, ni por Griffin! — Las palabras de Max rebosaban de rabia. Su voz mostraba el fuerte dolor que lo rodeaba en aquellos momentos. — Se supone que el trabajo de un padre es velar por el bienestar de tus hijos, protegerlos... no darles consejos de mierda cómo "la próxima vez tienes que hacerlo pagar."
Los labios de Ibe temblaban de angustia. Él y Max se conocían desde hace años, pero nunca lo había visto de esa manera. Dominado por el descontrol, lanzando maldiciones al aire.
— También sé que no soy quien para decirlo, no es cómo si yo fuera un excelente padre... pero jamas dejaría que algo así le pasara a Michael... — Poco a poco las palabras de Max comenzaron a quebrarse. — Tampoco hubiera dejado que le hicieran daño a Ash... él era mi hijo...
Tras esto, el americano sacó del bolsillo de su chaqueta su celular. Sus movimientos eran torpes, y algo desesperados. Ibe tan sólo observo en silencio, esperando pacientemente. Pasaron unos cuantos segundos y Max le enseñó la pantalla del aparato electrónico. Un mensaje. Se lo había enviado un supuesto "desconocido". En el se leía, "Felicitaciones, papá."
El estómago del japonés dio un vuelco. Era obvio que Ash había escrito ese mensaje. Tan corto y simple, pero a la vez tan importante.
— Juro que no he parado de leerlo. — La voz sel mas alto temblaba. — No puedo creer que esto haya sido lo ultimo que él... lo ultimo...
Los lamentos y el llanto comenzaron, llenando el ambiente de desdicha incesante. Shunichi tan sólo abrazó a su amigo, acariciando suavemente la espalda de este; sintiendo también cómo las lágrimas caían por sus mejillas.
En aquel momento el tiempo se volvió efímero, ninguno de los dos puede saber cuántos minutos estuvieron en aquella intima posición, intentando absorber apoyo de la cálidez del otro. Sin embargo, el abrazo se rompió y los amigos volvieron a la conversación.
— Jessica y yo estuvimos hablando... creemos que lo mejor es cremar los cuerpos de Ash y Griffin. Puede que sea algo estúpido, pero no me imagino al mocoso encerrado... ni siquiera en su propia tumba... — El americano bajo la mirada. — Quiero que sea libre al fin.
Ibe asintió preocupado. No podía evitar pensar en Eiji y su reacción, en todo lo que este sufriría al saber la noticia; pero a la vez también pensaba que era lo mejor.
Después de todo era Ash, cómo la ceniza.
Nota de la autora:
¡Hola a todos! 3
En primer lugar, agradezco enormemente el hecho de que estés siguiendo este fanfic que estoy escribiendo con tanto cariño.
¡Lamento muchísimo haber tardado tanto! Antes dije que actualizaría todos los viernes, y que tenía el número de capítulos ya definido, pero no;; Me costó bastante escribir este capítulo, y quise esperar el final del anime para agregarle ciertos detalles a la historia. Probablemente ahora sea un poco más larga.
También, no habrá día de actualización definido, lo siento mucho;; Aunque intentaré actualizar lo más rápido posible3
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