Un golpe, dos golpes, tres golpes. Alguien estaba tocando a su puerta, formando una tediosa melodía, una agobiante sinfonía que lo enfermaba cada vez más. Sabía quién se encontraba al otro lado, pero no deseaba verlo. Cada vez que se encontraba con aquel rostro abatido en su estómago se formaba un nudo enorme; provocándole gran dolor.

Los golpes no paraban, y el sonido de los nudillos contra la madera parecía hacerse cada vez más y más fuerte. Sus oídos retumbando incómodos ante tan desagradable sensación.

— Adelante... — Pronunció el muchacho con voz cansada, sintiendo como cada palabra raspaba en su garganta.

— Ei-chan...

El pelinegro levantó la mirada y se topó con un rostro desolador. Ojos caídos, sin brillo, bolsas que demostraban la evidente falta de sueño, palidez poco saludable. Era como si frente a él se encontrara la imagen de un fantasma.

Su estómago se removió incómodo, sentía lástima y culpa. No podía creer, o más bien no quería creer que la persona que yacía frente a él fuera dueño de tan deprimente presencia.

— Ibe-san, ¿que ocurre? — El chiquillo hizo el pobre intento de formar una leve sonrisa en sus labios, más esta simplemente terminó siendo una mueca.

— Vine a dejarte esto. No has comido bien estos días, así que... pensé que un plato japonés te sentaría mejor... — Ibe se adentró en la habitación, cerrando la puerta tras de sí.

Eiji sintió como su pecho se apretaba con fuerza al oír aquellas palabras. El mayor se preocupaba tanto por él, lo trataba con dulzura y paciencia. Simplemente ya no podía más. Sabía que lo estaba arrastrando a un agujero oscuro, y no estaba haciendo nada por evitarlo.

— Gracias, Ibe-san. Creo que hoy podré comer todo lo que hay en el plato. — Esta vez la voz del muchacho tenía más fuerza. Una extraña energía. — Ya no tienes que preocuparte tanto, ¿sabes? Ayer pude comer un poco más de lo habitual, y bueno...

— Si, te he oído vomitar.

Los ojos del menor se abrieron a más no poder. La vergüenza a flor de piel, haciéndose notar de inmediato en el evidente carmín que habían adquirido sus mejillas. Creía que nadie lo había oído, que nadie se había percatado de aquella extraña costumbre que cada vez se hacía más, y más recurrente en él.

Por otra parte, no pudo evitar sentir enojo, rabia. Ni siquiera sabía el por qué de esto; pero aquel sentimiento golpeaba con fuerza en su interior.

— Yo no he vomitado, ¿de dónde ha salido eso? — Una risa fingida abandonó sus labios. — Esa ha sido una broma de muy mal gusto.

Ibe abrió su boca, enormemente sorprendido por la actitud del menor. Este nunca antes se había comportado de tal manera, tan irrespetuoso y sarcástico. Comprendía que Eiji estaba pasando por un mal momento, quizás el peor de toda su vida, pero no podía negar que este estaba adquiriendo comportamientos cada vez más autodestructivos.

— ¿Qué de dónde ha salido? ¿Quieres saber de dónde? — El mayor depositó con fuerza la bandeja sobre un mueble, haciendo sonar el golpe de la madera contra el aluminio. — ¿Vas a negarlo, en serio?

El más bajo tan sólo observó en silencio, avergonzado consigo mismo a más no poder.

— Lo siento... es sólo que... — Fue incapaz de terminar aquella frase, su garganta picaba de manera incómoda, y realmente no quería seguir con el tema. — Voy a comer, ¿si? Y no vomitaré, lo prometo.

Estaba mintiendo. Las palabras abandonando su boca sin pudor alguno, soltando promesas sin sentido. Pero no es como si no sintiera culpa, ni decepción de sí mismo, era que simplemente no podía mantener la comida en su estómago. Todo le producía asco.

— Claro... — Ibe desvió la mirada, incapaz de seguir viendo el rostro ajeno. — Jessica dijo que prepararía galletas, así que... solo baja, es malo que sigas encerrado, Ei-chan.

El joven tan sólo asintió con su cabeza unas cuantas veces, y esbozo una sonrisa falsa; viendo como el más alto simplemente abandonaba la habitación.

Nuevamente la soledad del cuarto le envolvía. Era un sentimiento sigiloso y alarmante, pero no le molestaba. Después de todo, había logrado encontrar una extraña zona de confort en esta. Se sentía a gusto revolcándose en su propia miseria, culpándose una y otra vez.

Aquellos pensamientos se disolvieron en cuanto la mirada de Eiji se detuvo en un punto de la habitación, un oscuro rincón al cual no le había prestado atención antes. En el había una vieja fotografía de un bello atardecer en el mar.

No bastaron siquiera dos segundos para que una idea apareciera en la mente del muchacho.

Cape Cod.

.

Simplemente dejó una nota sobre la mesa de la cocina. No explicó lo suficiente en ella, ni tampoco dió detalles. De alguna manera, Eiji no quería que lo buscaran, pero no podía ser tan desconsiderado e irse dejando a todos atrás, con sus nervios crispados por la preocupación. Especialmente Ibe-san, quién era la persona que mayormente lidiaba con esto.

Cerró la puerta de la casa lentamente, para así no producir sonido alguno y comenzó a emprender camino hacía la parada de buses más cercana. Sus pasos eran lentos y erráticos, al parecer sus piernas habían perdido la habilidad de caminar correctamente luego de pasar varios días en cama, sin hacer nada.

Un alma en pena caminando por los últimos vestigios de una larga y fría noche.

"Todo estará bien."

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— Demonios. Shunichi va a volverse loco. — Max sujetaba entre sus manos una pequeña nota. Escrita con sumo cuidado, y con un inglés bastante peculiar. — ¿Qué haremos contigo, Eiji? Aunque no puedo culparte…

—¿Qué ocurre? ¿Por qué tienes esa cara? — Jessica entró en la cocina con total naturalidad.

La mujer se veía bellísima envuelta con una suave bata de color amarillo y su cabello recogido en una coleta. Max no pudo evitar que una leve sonrisa se dibujara en sus labios ante tan preciosa imagen. Recuperar a Jessica había sido de las mejores decisiones de toda su vida.

—¿Eh? Ah, bueno... ocurrió esto. — Dijo el más alto tras sacudir levemente su cabeza y así poner fin a su pequeña ensoñación.

Jessica tomó la pequeña hoja de papel que le extendía su pareja y procedió a leerla con suma curiosidad. Frunció el ceño inmediatamente, un gesto que esta no podía evitar cada vez que se encontraba preocupada.

— Eiji... — El nombre abandonó sus labios tras un suspiro cansado. Lo entendía, claro que si. El muchacho era obviamente quién más sufría con esta situación, pero no podían dejar que este se hundiera en la miseria. — Estoy segura de que a Shunichi le dará un infarto.

— Probablemente…

Jessica tan sólo negó unas cuantas veces con su cabeza, para luego comenzar a hacer un poco de café; mientras que su pareja se sentaba en la pequeña mesa, tomando el periódico. Quizás leer un poco lograría distraerlo de toda la amarga situación.

— ¡Buenos días a todos!

El ambiente se congeló de inmediato y una abrumadora sensación de incomodidad inundó la habitación. Shunichi simplemente entró a la cocina con una enorme sonrisa en el rostro, canturreando una suave melodía. Una extravagante y poco creíble actuación de mostrarle a todos que se encontraba bien.

— ¿Qué ocurre? ¿Por qué están tan serios? — Ibe miró a sus amigos en busca de respuestas, pero estos simplemente guardaron silencio. — Vamos, digan algo…

— Eiji se fue, Shunichi. A Cape Cod.

Esa fue la última gota.

"¡Ese niñato!"

.

Sus piernas dolían, su cabeza dolía, sus brazos dolían, todo su maldito cuerpo dolía. Pero nada era peor que el dolor de su corazón. Estaba seguro de que ninguna persona en este mundo lograría sentir un dolor tan abrumador como ese.

Eiji detuvo su caminata y soltó un largo suspiro, intentando a través de este botar un poco de angustia. No hubo resultado alguno.

Frente a él había un viejo bar. Casi toda su construcción era de madera y la pintura ya estaba más que gastada. Se veía mucho peor que la última vez. Sin embargo, algo captó la atención del muchacho. En la entrada ya no había una puerta de tipo cantina, ahora habían unas enormes tablas de madera y en el medio de estas un sucio cartel que decía "Cerrado hasta nuevo aviso."

Observó el letrero por un largo rato, como si su intensa mirada fuera capaz de derretir aquellas palabras, las sucias tablas y simplemente poder entrar, pero no. Ante esto, comenzó a golpear. Eiji estrellaba sus nudillos contra la madera una y otra vez.

Ninguna respuesta.

Un golpe, dos golpes, tres golpes. La estrepitosa melodía contra las tablas aumentaba su fuerza, produciendo una molesta canción que absolutamente nadie querría escuchar. Los nudillos del muchacho habían comenzado a doler, pero este lo ignoraba. No lograba concentrarse en nada más que no fuera la nauseabunda sensación que envolvía su pecho.

— ¡Oye! ¿Qué demonios estás haciendo, mocoso? — Tras su espalda resonó una imponente y conocida voz. Eiji se volteó y se encontró con el hombre que buscaba.

Jim Callenreese.

— Tú... nos hemos visto antes, ¿verdad? — El hombre frunció el ceño, al parecer estaba intentando hacer memoria. — Tu rostro es muy familiar…

— Si, nos hemos visto. Estuve aquí con Ash hace algún tiempo. — Pronunciar aquel nombre era sumamente doloroso, cada letra rasgando en lo más profundo de su garganta.

— Ah, sí. Es verdad. — Jim avanzó hasta la puerta y quitó el letrero de esta. Se veía tan despreocupado. — ¿Como le ha ido a ese chico? ¿Logró librarse de esos matones?

— Esta muerto.

El tiempo se detuvo entre ambos y el mundo pareció caer en los hombros de Eiji. Náuseas, malestar y unas inmensas ganas de llorar que jamás lo abandonarían. Los días seguían su curso y el muchacho aún era incapaz de despertar de tan horrible pesadilla.

— Oye, chico. — El japonés levantó la mirada y se encontró con una expresión indescifrable en el rostro de Jim. — ¿Te gustaría un trago?

— Si, por favor.

Ambos se adentraron en el sucio bar y Eiji tuvo la sensación de lograr entender la expresión en el rostro del mayor. Su estómago dio un vuelco debido a la rabia, Jim no tenía el derecho de sentir algo así. No cuando era él el culpable.

Era una expresión de dolor.

Nota de la autora.

Ha pasado un largo tiempo, ¿verdad?

Realmente me disculpo, este no ha sido un año muy bueno para mi, las cosas no se encuentran bien en mi país (soy de Chile) y además gozó de un incesante recordatorio que me da mi mente, diciéndome que soy inútil y que nunca termino las cosas que me propongo.

Pero decidí que ya no más. Acabo de dar el primer paso y estoy más que dispuesta a dar todo mi esfuerzo y terminar esto.

Muchas gracias por todo el amor que le han dado a este fanfic, en serio. Cada uno de sus corazoncitos y comentarios me llenan de felicidad.

He decidido que la actualización será mensual, así que nos leemos nuevamente a finales de enero, con el comienzo de un nuevo año^^

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¡Nos vemos!