No sabía cuánto tiempo había pasado, tampoco le interesaba saber. El tiempo le pesaba y le dolía. Cada segundo clavándose en su espina dorsal, en sus hombros, en su mente. No quería más de esto.
Eiji se removió incómodo en el taburete y le dio un pequeño trago al vaso de licor que yacía frente a él. El líquido pasó rápidamente por su garganta, quemando y dejando un desagradable sabor. Al parecer, aún no se acostumbraba del todo al alcohol.
Algo extraño, ya que en los últimos meses solía beber cerveza bastante seguido junto a Ash.
No, no era extraño. Sin Ash, todo parecía saber a mierda.
— Oye, mocoso. — La voz de Jim resonó. Estaba parado al otro lado de la barra, observándolo. — ¿Estas bien?
Levantó la mirada y nuevamente se encontró con los ojos de Jim, la rabia apoderándose de cada parte de su cuerpo.
— No. — Espetó, sintiendo como las lágrimas volvían a escurrirse por sus mejillas. — No, no me siento bien.
— A los muertos no les hace bien que los lloren demasiado, ¿sabes? — La voz de Jim sonaba tan natural, como si la noticia del fallecimiento de su hijo no lo hubiese afectado en nada. — No pueden descansar en paz.
— ¡¿Qué demonios sabes tú?
Eiji se levantó del taburete en un movimiento rápido, casi desesperado. Su mente dio unas cuantas vueltas ante un repentino mareo, sin embargo no se movió ni un centímetro de su lugar. Este era el momento de la verdad, tenía que mantenerse firme y apuntar al culpable.
Tenía que culpar a alguien más.
— Nada de esto habría pasado si tú… — Las lágrimas comenzaron a caer cual cataratas por sus mejillas, pero no detuvo sus palabras. — Si tu hubieses sido un buen padre… él no habría tenido que vivir solo junto a Griffin… él no habría sido abusado, no habría tenido que jalar el gatillo… él no habría tenido que haber escapado… él no habría…
Su mente se llenó de agridulces memorias. Aquella noche en la cual Ash decidió abrir su corazón por primera vez y confesarle sobre las terribles cosas que había pasado junto a Papa Dino y sus hombres.
Al recordar sintió un extraño pánico. Ira en su más puro estado.
— ¡Él no habría muerto! — El grito resonó por toda la taberna, formando un pequeño eco.
Eiji seguía en su lugar hecho un manojo de nervios y temblores. Deshaciéndose a través de interminables cascadas llenas de arrepentimientos. Sin embargo, sus ojos se encontraban clavados en el rostro del hombre frente a él. Quería hacerle sentir un poco de su miseria, que cayera en la misma espiral de confusión del que él era víctima.
Pero no ocurrió nada. Jim le correspondió la mirada, impasible. Siguiendo con su tarea de limpiar unos cuantos vasos de whisky con un pequeño trapo blanco.
— ¿Terminaste?
Silencio absoluto. La rabia parecía consumir cada célula del cuerpo de Eij, pero este era incapaz de moverse. La despreocupación de Jim frente a la muerte de su hijo lo descolocaba por completo, no era capaz de creer que había padres tan crueles en el mundo.
Pues claro que los hay. El mundo está lleno de malas personas, su propia experiencia en Nueva York se lo había demostrado.
— Jaja… — Una suave carcajada escapó de los labios del muchacho. Se sentía vacío, incomprendido. — No, la verdad es que aún no termino, soy incapaz de… dejarlo ir…
El vaso que hace unos segundos descansaba frente a él terminó estrellado contra el suelo, solo bastó de un brusco movimiento de brazo para que Eiji lo lanzara por los aires.
Solo buscaba una reacción por parte de Jim. Pena, rabia, culpa, miedo, sorpresa, cualquier cosa. La expresión del adulto no cambió en lo más mínimo, sin embargo sus ojos parecían decirle algo. Tuvo miedo de descifrar aquel mensaje, así que simplemente Eiji optó por desviar la mirada, demasiado exasperado y confundido con la situación.
"Soy un cobarde… soy, soy… patético.", pensó Eiji mientras volvía a sentarse bruscamente sobre el taburete, tomándose la cabeza con ambas manos. Le dolía como mil infiernos.
— Voy a perdonar ese vaso roto, pero el siguiente tendrás que pagarlo. — Dijo Jim tras soltar un bufido. Salió de su lugar tras la barra y se dirigió a una esquina del bar para tomar una escoba y pala, y así comenzar a limpiar los vidrios rotos desparramados por el suelo.
El ambiente volvió a hundirse en un muy incómodo silencio. Solo se escuchaban los sonidos del cristal siendo arrastrados por el piso, formando una melodía bastante triste.
— ¿Aslan era tu amigo?
La pregunta tomó por sorpresa al nipón, quien rápidamente levantó la cabeza de su lugar y se giró. Encontrándose con la imagen de Jim botando los cristales a un pequeño tacho de basura. Los movimientos del viejo eran lentos y erráticos, como si estuviera pensando detenidamente en cada uno de sus pasos.
— Si, mi mejor amigo… — Respondió Eiji, asintiendo unas cuantas veces con su cabeza.
Jim se volteó y ambos quedaron atrapados en la mirada del otro. Los ojos del mayor parecían analizar cada una de las expresiones de Eiji, quien simplemente intentaba hundirse cada vez más en su lugar, ¿acaso no le creía?
— Ya veo… — Terminó por decir el mayor, rompiendo tan incómodo momento. Dirigiéndose otra vez a su lugar tras la barra.
Eiji no podía entender bien el por qué, pero en menos de cinco minutos el rostro de Jim parecía haber adquirido un montón de arrugas, además de ser adornado por un muy notorio ceño fruncido.
Claro que entendía el por qué, simplemente no quería reconocerlo. Debía admitir que sentía lástima por el viejo, pero su rabia era aún mayor.
— Sé muy bien que es mi culpa… — Murmuró Jim, levantando la mirada.
Aquello lo sorprendió en sobremanera, no esperaba oír algo como eso de parte del mayor. Momentos antes hubiese estado de acuerdo con aquellas palabras, pero ahora no se sentía capaz de nada.
Jim le producía lástima, no podía evitar empatizar con él. Estaba seguro de que el hombre también estaba sufriendo, después de todo había perdido a sus dos hijos.
Además, ¿realmente todo había sido culpa de Jim?
Estaba el maldito entrenador del equipo de béisbol, los agentes de policía que lo acusaron de "seducir" a su abusador, la gente de Cape Cod que esparció rumores sobre él, su tía que no fue capaz de cuidarlo apropiadamente, Papa Dino, Marvin Crosby, todos los bastardos dispuestos a pagar por pasar una noche junto a él, los Lee, Dawson, Foxx, Lao, Banana Fish…
Todo había sido una cadena de desgracias.
No. No era así.
"La culpa es mía", pensó finalmente Eiji.
Un fuerte dolor en el pecho, lágrimas corriendo cual cataratas por sus mejillas, sin duda alguna Eiji se había convertido en un ser patético que no hacía nada más que llorar.
— Oye, ya deja de llorar. — Jim puso frente al muchacho un pequeño pañuelo para que este pudiera sonarse y secar sus lágrimas. — Estoy seguro de que a Aslan no le gustaría verte así.
— Lo sé, lo siento… — Pero su llanto no hizo nada más que empeorar.
El nipón lloró hasta quedarse completamente seco. Su rostro terminó completamente hinchado y sus ojos ardían como nunca, pero parecía haberse quitado un extraño peso de sus hombros. Una de múltiples cadenas que lo mantendrían atado por mucho tiempo.
Jim tan sólo observaba al chiquillo frente a él y le brindaba pañuelos cuando este los necesitaba. Le contó unas cuantas cosas de Aslan cuando era pequeño, de cómo él y Griffin jugaban en el patio trasero. Corrían, saltaban, reían, danzaban.
No importaba que tan frió había sido con Aslan en aquel tiempo, el niño siempre lo observaba con devoción y cariño.
— Oye, sé que quizás no tengo derecho a preguntar, pero… — El mayor soltó un suspiro antes de continuar. — ¿Qué fue lo que le ocurrió al muchacho, por qué estaba envuelto con esos mafiosos?
Eiji se quedó de piedra en su asiento.
No tenía la fuerza para confesarle a Jim el tipo de vida en la que se había visto envuelto por tantos años, una espiral de abusos que terminó por arrebatarle absolutamente todo.
— Él lideraba una banda en Nueva York… simplemente terminó con un montón de deudas, ya sabés. Esa clase de problemas…
Su explicación había sido simplona, no tenía pies ni cabeza. Sin embargo Jim optó por solo asentir unas cuantas veces y no hacer más preguntas.
Ambos pasaron un momento más en silencio, pero ya no era incómodo. Al parecer se habían acostumbrado a la presencia del otro, o más bien, cada uno intentaba lidiar con el torbellino de cosas que los rodeaba.
— ¡Aquí estás, Eiji!
Una conocida voz resonó a las espaldas del nipón, quien se giró rápidamente en su asiento, encontrándose con Sing. El muchacho parecía extremadamente cansado.
Eiji se paralizó.
El chino no estaba solo, junto a él se encontraban Yut Lung y Blanca.
